martes, 14 de abril de 2015

ser o no ser


            Los martes, entre recreo y recreo, tocan dos horas de clase de una de las materias que más le agradan a Alfredo, Literatura Universal, dictadas por el Vasco Etxeverria, vecino de la calle Euskera como tantos hijos de refugiados de la Guerra Civil Española, aunque su familia no procedía precisamente de la nación vasca, sino de Torrelavega en Cantabria. Apasionado del siglo de oro español, el Vasco enseña las letras como pocos. Cada párrafo y cada diálogo los transmite con un lirismo que cala en su auditorio, incluso en los reticentes a la lectura. Nadie como él para declamar El Poema del Mío Cid cuando cursaban el Tercer Año, Romeo y Julieta en Cuarto y la semana pasada los había deleitado metiéndose en la caparazón de lo que se ha convertido Gregorio Samsa, transmitiendo vívidamente cómo se va pudriendo la manzana en su interior. Digan lo que digan, incluso sus propios colegas lo acusan de expresarse con una cursilería propia de Bécquer, para Alfredo el Vasco es un capo y por eso es uno de los pocos profesores que Alfredo aprecia de verdad.
            Esa mañana, mientras los alumnos permanecen enfrascados en la lectura de la primera parte de Cien Años de Soledad —algunos porque la mayoría prefiere cotorrear sobre cualquier nadería—, el Negro, lector voraz que ha digerido en cinco días una novela programada para todo un bimestre, comenta: “Entre tantos Aurelianos y José Arcadios, no comprendo en dónde hay cabida a la soledad en Macondo. Creo que al pendejo de García Márquez se le ocurrió un título efectista que guarda poca relación con el contenido de la obra”. “Cien años... se publicó en 1967, el mismo año que los Beatles sacaron Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, parece que la soledad estaba en esos días de moda”, observa Rodrigo. “Gabo quiso escribir esta novela cuando tenía diecisiete años, bajo el título tentativo de ‘La Casa’ —agrega Viche, quien entusiasmado por lo que ha leído, ha investigado sobre el génesis de esa obra—, pero era tanta la información y la nostalgia, que se sintió preparado para abordar el proyecto un par de décadas después”. “Hubiera aplazado su trabajo veinte años más y nos habríamos liberado de la tortura de soportarlo”, se lamenta Nando que no pasa de “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. “Pese a que es una obra monumental, de lo mejor que he leído en mi vida, igual yo me atrevería a cambiar algunas cosas de su párrafo inicial —insiste el Negro, muy metido en su papel de crítico literario—, me parece que el ‘muchos años después’ está demás, arrancaría al toque con: ‘Frente al pelotón de fusilamiento’, cambiaría también el ‘había de recordar’ por el pretérito imperfecto ‘recordaría’, ¿qué opinan?” “Corregir nada menos que a García Márquez, puta que te pasaste de insolente, Negro de mierda. Que ni te escuche el Vasco”, exclama Tucho quien ha recorrido todos los locales de alquiler de vídeos de la ciudad en busca de la película basada en la novela —que no se ha filmado jamás— y ganar algún dinerillo como lo hizo el año pasado al sacarle copia a las versiones de Hamlet, Enrique V y Ricardo III de Laurence Olivier, cuando les tocó revisar la obra de Shakespeare el año pasado. Alfredo, por su parte, no puede evitar comparar a Macondo con la Comala de Pedro Páramo y piensa si en el futuro tendrá la enésima parte del talento del colombiano o del mexicano Rulfo —a quien le agradece haber escrito ¡Diles que no me maten!— para describir pueblos imaginarios y situaciones fantásticas con pinceladas melancólicas y autobiográficas.
            “¡Qué tanto habla Caludia con el profesor!”, comenta Ana con su grupo de amigas y es Joaquina la única que lanza una explicación razonable. “Falta menos de un mes para el día de la madre”. Todas se miran y comprenden. Como todos los años, en homenaje a la mamá mariana, el colegio organizará una nueva temporada de teatro, siempre bajo la supervisión del docente de literatura, encargado de que las tres secciones mayores representen una pieza teatral que él mismo se encarga de seleccionar. Hace un par de años la sección montó Un cierto tic tac de Sebastián Salazar Bondy, con las actuaciones de Caludia y Tulio Artidoro, quienes fueron muy elogiados por su buen histrionismo. El año pasado montaron El hijo mayor de Aleksandr Vampilov, pero como a Tulio lo jalaron de año y sus padres los cambiaron al colegio Celestiano y Caludia contrajo varicela a edad tardía —encerrándola dos semanas en casa—, el Vasco recurrió a otros estudiantes, recayendo el papel de Busiguin en Alfredo, de Nina en Carmencita Torres, de Silva en Coco, del padre en Rasputín y del hijo menor en Rulo. El éxito de la presentación fue apoteósico, al punto que volvieron a ponerlo en escena un par de veces más, en el Día del Maestro y en los Juegos Florales de Primavera. Hubieran presentado la obra una vez más, próxima a la Navidad, pero Carmencita emigró con sus familiares a México Distrito Federal y el Vasco se negó a que Caludia fuera su reemplazo, ofreciéndole, para que no se ofenda, el papel femenino protagónico de la obra que montaría al año siguiente.
            —Queridos pupilos —toma el profesor la palabra—, he encargado a la señorita Tévez aquí presente a que realice la convocatoria para lo que será la obra teatral que a ustedes les tocará representar el próximo mes. He seleccionado para ustedes El malentendido de Albert Camus, me imagino que habrán alguna vez escuchado sobre ese autor —el silencio en el aula es completo, menos en Nando a quien el apellido le suena a postre de chocolate—. Necesito para mañana en la mañana una lista con los alumnos, dos jóvenes y tres señoritas, interesados en interpretar los cinco personajes que participan en la pieza, de preferencia quienes lo hicieron muy bien el año pasado.
            —Lo siento, amigos —anuncia Alfredo—, pero en esta oportunidad tendrán que prescindir del talento del ‘Gran Garrick’.
            —¿El gran quién? —pregunta Rulo.
            —David Garrick, actor británico del siglo XVIII —ilustra el Negro, haciendo gala de su alto nivel cultural, sólo comparable con el del propio Alfredo—, en su tributo, el mexicano Juan de Dios Peza compuso el poema Reír llorando. Presumo que este papa frita quiere compararse con él sólo porque el año pasado tuvo sus quince minutos de fama sobre las tablas.
            —Si quieres me comparo con Sarah Bernhardt.
            —Si conoces el poema sabrás que Garrick acusaba de un sincero dolor en el alma, para el cual no había receta o posible cura. Tu dolor en el alma tiene nombre de mujer, Caludia, por eso más que al payaso Garrick te asemejas al Payaso de José José, aquel que por culpa de un amor va de fracaso en fracaso. 
            —“Y en verdad soy un payaso, pero que le voy a hacer, uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser”.
            —Bueno, déjate de huevadas y actúa —le conmina Rasputín—, la troupe de Quinto Año necesita de ti.
            —Lo siento, amigos, búsquense a otro. Confío en que el Vasco con su buen ojo encontrará a alguien mucho más talentoso que yo. 
            —Mira, idiota —salta Coco—, Caludia me acaba de comentar un poco de que se trata la obra y el papel que te toca interpretar es bastante similar al que hiciste en El hijo mayor, así que no nos vengas con huevadas y asume tu responsabilidad con el debido profesionalismo.
            —Yo, huevones, no nací para actor y no tengo ningún compromiso con ustedes ni con nadie, así que no me hinchen las pelotas.
            —¿Esa es tu decisión final? —interviene Tomás.
            —¡Sí!
            —Entonces ándate a la reconchetumadre...          


            En un colegio donde se fomenta la competencia, obtener la primera ubicación en la temporada de teatro es un asunto de interés colectivo de cada sección. Hace un par de años, cuando concursaron por primera vez quedaron segundos, los alumnos de Cuarto de ese entonces los superaron con la puesta en escena de La boda de los pequeños burgueses de Bertolt Brecht. Al año siguiente, la misma sección, ahora en Quinto, volvió a superarlos con Eloísa está debajo de un almendro de Jardiel Poncela, quedándole a Alfredo el sabor que perdieron no porque el histrionismo de sus rivales fuera superior, sino porque el padre Rodrich ya había asumido la dirección del plantel y por la antipatía que desde entonces a él le prodiga, como presidente del Jurado su voto fue decisivo para  arrebatarles el primer puesto, por lo que en desagravio el Vasco hizo que representaran El hijo mayor un par de veces más, dejando por sentada su posición de que se había cometido una injusticia. Si bien la presencia de Caludia, quien sin ningún tipo de concurso ya aseguró el rol protagónico, es la causa fundamental de su abstención, el hecho de que el padre vuelva a presidir el jurado, también lo desanima, por lo que al final de las clases busca a Sandrita Murillo, la presidente de la sección, con la intención de exponerle sus temores y que ella luego abogue por él.
          —...Conmigo es seguro que vamos a perder. Ayúdame a que los demás lo entiendan, porque hoy me han tratado peor que a un leproso.
            —Conozco poco de actuación, pero si la mayoría sostiene que tú eres el Robert de Niro de la promoción, entonces no nos puedes fallar.
            —¡Justamente lo que quiero es no fallarles! Así interprete un papel digno del Oscar, el padre Rodrich ya me puso una cruz y con el cargo que ocupa en el Jurado va a influir para que volvamos a perder.
            —Creo que exageras...
            —¡No exagero! El padre me detesta y me quiere ver fuera de este plantel. Ayer me lo dijo a quemarropa. No va a descansar hasta que a mí y al Negro nos expulsen. Con esas intenciones es improbable que premie algo en lo que yo formo parte.
            —Es posible también que ofrezcas una mejor performance que la del festival pasado y la gente te aplauda a rabiar. Si somos claramente superiores a los demás, su injusticia quedaría en evidencia si es que no obedece al clamor popular, se arriesgaría a que su imagen quede por los suelos ante los padres de familia y hasta podríamos realizar una campaña en la que lo acusemos no sólo de estar en tu contra, sino que se la tiene jurada a toda la sección. Piénsalo antes de negarte en definitiva.
            —Sandrita, eres bastante astuta, entiendo ahora por qué te designamos presidente vitalicia de la promoción. Suenas convincente pero igual no me quiero arriesgar. Aunque viendo las cosas desde tu cristal, si ganamos el certamen tendré algo a mi favor en caso desee expulsarme, y si perdemos me victimizaría en público y podría acusarlo de persecutor implacable. 
            —Entonces, ¿contamos contigo?
            —No.
            —¿Eres huevón?
            —Tengo otro ‘enemigo’ dentro del grupo y yo no la puedo soportar.
            —Te refieres a Caludia.
            —A quién más.
            —En ese asunto no me pienso inmiscuir. Si no son lo suficiente maduros para superar sus diferencias, lo más saludable es que permanezcan separados. Mezclar el fuego con la gasolina puede terminar quemándonos a todos.
            —Hablaste con más sabiduría que la reina de Saba. Ahora comprendes por qué prefiero mantenerme al margen.
            —Alfredo...
            —¿Qué?
            —¡Eres un huevón!

 
            El año pasado, al finalizar el curso, Alfredo se entrevistó con el Vasco y le entregó uno de sus relatos de ciencia ficción, con la intención de que el profesor lo ayudara con los diálogos y plasmarlo en obra de teatro a presentar en el próximo festival. El relato se titula Góndar y habla de la extinción de un planeta lejano del cual lograron sobrevivir siete parejas conformadas por siete hombres y siete mujeres condenados a vagar por la galaxia. Seis de los hombres abandonan la nave nodriza en sus vehículos exploradores en busca de otro planeta que reúna las condiciones para establecerse y garantizar la supervivencia de su raza. Góndar, como único varón, queda a cargo de la nave y del cuidado de las hembras de su especie. Al cabo de muchas lunas, las seis mujeres que quedaron sin pareja perdieron las esperanzas de volverlos a ver, lo que las lleva a emplazar a Gifa, la mujer de Góndar, a compartir a su esposo, dejar que fecundase sus matrices y perpetuar su civilización. Gifa aparenta aceptar ante la presión de sus compañeras, pero antes solicita ser ella la que le comunique a Góndar la decisión del Consejo Femenino. En la privacidad de sus aposentos, la mujer le entrega a su marido un poderoso narcótico y adormecido lo despoja de sus órganos reproductores, procede a sumergirlos en una sustancia hasta lograr embalsamarlos y los cuelga como trofeo alrededor de su cuello, dejando en claro hasta que el tiempo se encargó de eliminar a la última exponente de esa raza estéril que lo que es propiedad de Gifa sólo le pertenece a Gifa.
            —Es una buena historia —le alentó el Vasco en aquella oportunidad—, metáfora de que el egoísmo y los intereses personales se anteponen ante el bien de la comunidad. Una oda a la irracionalidad.
            —¿Entonces me ayuda a desarrollar los diálogos?
            —Si tengo tiempo en el verano. Quiero comenzar con mi tesis de doctorado y pienso viajar a España para investigar sobre la semántica en las canciones del Rock Radical Vasco. ¿Has escuchado sobre ese movimiento?
            —Desconozco totalmente. Aquí nos llegan las canciones de Alaska y Dinarama, Nacha Pop, Radio Futura, Farmacia de Guardia y otras de la movida madrileña... 


           A la mañana siguiente, el miércoles, el Vasco le entregó a Sandrita la lista oficial con los alumnos de la sección que intervendrían en la obra teatral. Aparecen en la nómina: Caludia Tévez en el papel de Marta, Joaquina Ferrer como María, Anita Fibonacci como la madre, Jorge Calligari como el viejo criado y Alfredo en el papel de Jan. A continuación, la presidente procede a entregarle a cada mencionado el libreto correspondiente.
            —Debe haber un error, yo...
            —¡Ninguno! El Vasco ha decidido que actúes sí o sí.
            Enervado porque se hayan tomado la potestad de obligarlo a proceder en contra de sus deseos, Alfredo busca al profesor apenas suena el timbre del primer recreo en la sala de docentes y lo encuentra distraído leyendo las copias fotostáticas de unas revistas de rock españolas que hablan de Kortatu y La Polla Records.
            —¡Profesor!, vengo a decirle que yo no...
            —Quieres participar en el montaje —se le adelanta sin despegar su mirada de la mesa, anotando una idea en su libreta antes que se le escape—, acaso se deberá a una pataleta porque no me animé a convertir su relato en un drama teatral.
            —Usted me dijo que le agradó el año pasado.
            —Pero no le dije que por ética profesional no acostumbro a involucrarme en las obras de los demás. Me imagino que de haber acometido esta empresa, hubiera acabado en una pieza cargada de misoginia, cuando creo que su visión iba por denunciar los sentimientos de posesión que llegan a destruir los intereses colectivos y pueden desencadenar la desaparición de la raza humana. Usted, señor Lora, tiene talento como escritor, pero a veces le gana la desidia y quiere que otros aterricen sus ideas. Si quiso que su relato futurista se convirtiera en un juguete cómico, debió aprovechar los días del estío para desarrollar sus diálogos.
            —Si me da veinticuatro horas puedo...
            —Demasiado tarde, estamos en pleno otoño y ya les designé una obra de Camus. Después de verlo como Busiguin, el papel de Jan le viene como anillo al dedo. Confío en que lo hará bien.
            —Pero yo ya manifesté que no voy a participar...
            —Una negativa macerada en la hiel no puede ser tomada en cuenta. Reflexione bien y participe en los ensayos que comienzan hoy. Lo espero en el auditorio a las cuatro de la tarde.
            —Y si me niego.
            —Yo no tengo la execrable costumbre de conminar a las personas a realizar actos en contra de su voluntad o extorsionar a los estudiantes con bajas calificaciones. Apelo a su sentido común y no nos prive de su talento histriónico.
            —Lo siento, profesor, ya tomé una decisión —exclama depositando el libreto cerca de los apuntes del profesor.
            —Un capricho lamentable. Usted es la encarnación del negativismo egoísta que busca denunciar en su Góndar. Así no actúe en la obra, igual llévese este libreto —le dice volviendo a extender los papeles hacia él—, yo guardo otras copias y estoy seguro que este escritor argelino le va a ayudar a mejorar su redacción de diálogos.


            Leer el libreto le ayuda a sobrellevar el aburrimiento que le causan las clases de Física, a cargo del ‘Zorrillo’ Pomar. Si bien es cierto que el papel que le han designado guarda en cierta manera similitud con el que interpretó en El hijo mayor, considera que a pesar de la adaptación hecha por el Vasco —olvidándose de su cacareada ética profesional—, la obra de Camus es bastante lúgubre y corrosiva, propia de un existencialista, y que guarda significativa distancia con los juguetes que se acostumbran a montar en los festivales del Mariano. “Partimos en desventaja”, comenta al llegar a sus oídos que a los de Tercero les toca representar Petición de mano de Antón Chejov y a los de Cuarto, Kathie y el hipopótamo de Vargas Llosa. Al sonar el timbre del segundo recreo, la mayoría de estudiantes continúa castigando a Alfredo con la ‘ley del hielo’ por lo que aguarda que todo el salón se vacíe para recién salir. Cuando se pone de pie, ve que la menuda figura de Sandrita le aguarda erguida en el umbral, cruzada de brazos y con cara de pocos amigos. 
            —¡Ahora sí te pasaste!
            —¿Por qué mantengo mi posición?
            —Porque te mantienes en tu necedad. Tan ciega es tu soberbia que no te das cuenta de nada.
            —Siento fallarles al Vasco, a ti y a la sección entera, pero no es sano para mí ni para Caludia compartir escenario juntos. Ni ella ni yo somos actores profesionales. Estamos a años luz de ser como Joan Crawford y Bette Davis, cuyo odio compartido fue muy bien aprovechado por Robert Aldrich en ¿Qué pasó con Baby Jane? Nuestra incomodidad estaría tan latente que de seguro echaríamos todo a perder.
            —¡Qué ciego eres!
            —¿Por qué me lo vuelves a repetir?
            —¿Quién crees que confeccionó la nómina final de la obra?
            —El Vasco, por supuesto.
            —Te equivocas. Fue Caludia.
            —¿Qué? Anda, no te lo creo.
            —Piensa, borrico. Quién ha sido la persona más interesada. La coordinadora, no solamente ayer, con el propio Vasco desde varios días atrás. Caludia sueña con convertirse algún día en estrella de cine y televisión y por eso aspira en esta obra ofrecer su mejor performance, no porque le interese que la sección se imponga en el festival, sino para convencer a sus padres que ella tiene vena histriónica y no le pongan ‘peros’ el próximo año cuando postule a la Escuela de Arte Dramático.
            —Es verdad, desde chiquilla se ha alucinado Shirley Temple, pero ¿qué gana con mi presencia?
            —Sabe que eres el mejor actor de todos. El complemento ideal para que ella se luzca. Si la obra es un éxito y el público la llena de elogios, Caludia podrá en el momento adecuado enfrentarse a sus padres y sostener que ella tiene ‘madera’ de actriz y que no le estropeen sus aspiraciones.
            —Directa o indirectamente Caludia vuelve a servirse de mí.
            —La vida es servirse siempre de alguien, de manera consciente o no. Digamos que Caludia te necesita y por eso al menos el periodo que transcurra entre los ensayos y la fecha de presentación, mantendrá contigo la fiesta en paz. El resto depende de tu voluntad. Hoy por ella, mañana por ti.
            —Lo malo es que hoy ella se sirve y mañana y pasado igual ella repite y uno se queda con la sensación de ser un objeto descartable. No sé si igual pueda soportarlo.
            —Tu orgullo hace que no veas que tú también sacas provecho de esta circunstancia. Tú le sirves, ella se sirve y toda la sección se sirve de ustedes dos.
            —¿Tengo otra alternativa?
            —Es la única que te queda. Afuera aguardan el Negro, Coco,  Rasputín y compañía dispuestos a sacarte la mierda...


            A las cuatro de la tarde el Vasco se reúne con cuatro de los estudiantes de Quinto Año seleccionados para interpretar la obra en cuestión en el auditorio del plantel que lleva el nombre del beato Chamartin, fundador de la congregación Mariana en la ciudad de Tolosa en los albores de la Tercera República. A las cuatro y diez aparece quien va a interpretar a Jan, el propio Alfredo Lora quien saluda a todos afectuosamente, menos a quien va a interpretar a Marta, a ella solamente la saluda con una venia, la cual es correspondida de la misma forma. Comienzan los ensayos. Principian con el diálogo entre Caludia y Anita, quien interpreta el papel de la madre. Culminan con el diálogo siguiente entre Alfredo y Joaquina, su esposa en la ficción. El pequeño papel de Coco como el viejo criado carece de parlamentos. Satisfecho por los resultados del primer encuentro, el Vasco da por culminado los ensayos pasadas las seis de la tarde y vuelve a citar al quinteto el próximo miércoles a la misma hora, no sin antes recomendarles que memoricen sus partes en el transcurso de la semana. Alfredo no puede evitar observar de reojo en quien recae el papel principal, quien en todo momento se ha mostrado cortés y risueña cuando se efectuaba alguna broma o alguna equivocación propia de la dificultad del entremés, pero también muy resuelta a no mostrarle mayores empatías que las exigidas. “Será mejor así”, pensó él al abandonar el auditorio.
            —Alfredo, ¿podemos hablar un momento?—le dice Caludia cuando se encuentran a punto de traspasar el umbral del colegio y él accede sorprendido, con una sonrisa que no oculta su alegría tras dos semanas de incomunicación.
            —Fumemos un cigarrillo para poder conversar —responde, extrayendo una cajetilla de Winston, ella accede—. Te invitaría una copa pero es miércoles.
            —El éxito de una representación es que cunda la armonía entre todos los actores. En estas semanas he prometido olvidar todo lo que pasó.
            —Y después de la representación volvemos a pelear como Tom y Jerry.
            —No quiero llevarme mal con nadie. Con el asunto de la Virgen hice las paces con mi mamá. Nos costó mucho reconciliarnos.
            —Me imagino. Son dos mujeres difíciles. Las conozco bien.
            —Firmemos el armisticio, Alfredo. Siempre serás una persona especial en mi vida. Me molesta que las cosas entre nosotros caminen mal.
            —Pienso lo mismo. Por higiene mental es preciso olvidar.
            —¿Amigos de nuevo? —ofrece Caludia, estirando la mano como un puente.
            —Amigos... —le toma la mano— hasta que otra rabieta tuya nos vuelva a separar.     
            —Se me pueden cruzar los chicotes de vez en vez, pero en esta oportunidad tú tuviste la culpa. ¿Sigues negando que hiciste esa mala pasada telefónica?
            —Lo niego. ¿Estás dispuesta a volverte a enojar?
            —Qué caso tiene. Queda en ti si mientes o no. Tener la certeza no es algo que me desvele.
            —Si pues, ahora vives motivos más importantes como para desvelarte.
            —¿A qué te refieres?
            —A tu pretendiente, el inglesito.
            —Stuart es un amigo.
            —Que te dedica canciones de amor como en un tiempo te las dedicaba yo.
            —¿Me estás reclamando algo?
            —Sabes que no tengo derecho a reclamarte nada.
            —No tengo por qué darte explicaciones pero te explico, Stuart es alguien para pasar el rato, es un ave de paso. Con este asunto de la bomba en la embajada de los Estados Unidos, ha tenido que volver a la base de Huaranasi. De aquí cuándo volverá.
            —Me recuerdas a Mambrú se fue a la guerra. ¿Pasó algo entre ustedes dos?
            —Nada que sea de tu incumbencia, pero como eres mi amigo ‘predilecto’ te aclaro que no pasó nada, somos amigos y nada más.
            —¿No llegaron a la base dos, a la base tres o cuatro?
            —¡No! Stuart es un militar educado, con modales de gentleman, no es un caballo como otros que conozco.
            —Muchas veces relincho, pero también he aprendido a ser agradecido y te agradezco en que hayas insistido en que el Vasco me incluya en la obra, a pesar de mi estúpida negativa —comenta Alfredo, sintiendo una inocultable felicidad al creer que es verdad que la relación de Caludia y el inglés no ha trascendido a mayores.      
            —No tienes nada que agradecer. Eres el mejor actor de la sección y lo sabes. Era cuestión de que recapacites un poco.
            Sin más que decirse, Caludia se despide de su antiguo enamorado una cuadra antes de llegar a su casa en la urbanización Mercaderes. “No es conveniente que mi mamá nos vea juntos todavía”, le dice poniéndole la mejilla para que la bese. Son veinte para las siete y la noche lo cubre todo con su negro crespón. Alfredo pega la media vuelta rumbo a su casa, con otro cigarrillo en los labios y azotado por el viento del sur. Ensimismado como va, a la altura del parque grande recién se percata que lo vienen siguiendo a prudente distancia. Gira y se toma el tiempo suficiente para reconocerlos, forman parte del grupo de malandrines con los que se lió a golpes en la retreta del domingo anterior. “¡Los Chacales!”, se dice y parecen decididos a ajustar cuentas con él. Apura el paso y ellos lo apuran también. Comienza a sudar frío. Llega a la bodega de don Silvio y deja pasar la última oportunidad de buscar refugio. De aquí a su casa le quedan todavía cinco largas cuadras. Confía en que no lo van a atacar en una calle transitada. Cambia el panorama cuando llega a la calle Verona, oscura y solitaria como de costumbre, sabe que no le queda más remedio que respirar profundo y echarse a correr, sintiendo que es imitado por sus persecutores. Al doblar la esquina de Verona con Olmo —calle en la que habita— aumenta la velocidad y con el corazón en la boca ruega por tener el tiempo suficiente de sacar la llave antes de que lo muelan a golpes en plena puerta. A menos de media cuadra consigue avistar a la ‘Java’, la empleada cama adentro, regando el césped del frontis y suspira aliviado.   
            —¿Qué te pasa? —le dice la ‘Java’ al notar la lividez de su rostro— ¿Necesitas ocuparte en el baño?
            —¡Me persiguen! ¡Me persiguen! —exclama con el aliento que le resta.
            —¿Quién? ¿Acaso te estás corriendo de fantasmas? —el muchacho vuelve a mirar la calle y la ve solitaria como de costumbre. Los dos individuos han desaparecido de repente, esfumándose sin dejar rastro— Ya te he dicho que dejes de embriagarte. Tan jovencito y ya sufres de delirio de persecución.
            Alfredo prefiere no responder y tras recuperarse se apresura en coger el teléfono ubicado en la cocina. Marca el 70-2610, el número de la familia Salas. La casa es del tamaño de una caja de fósforos, pero igual se demoran un montón en contestar.
            —¿Qué pasa? —responde Tucho, quien se ha tomado también su tiempo en ponerse al habla, luego que su hermana Cheni le pasó la voz.    
            —¡Los he visto!
            —¿A quiénes?
            —A los Chacales que el domingo tú reconociste.
            —¿A ‘Branco’ y a ‘Resguardo’?
            —Me imagino. Me corretearon hasta mi casa y luego desaparecieron.
            —¡Chucha! ¡Te jodiste! No vas a poder salir ni a la esquina.
            —¡Nos jodimos, huevón! Si saben en donde vivo, deben saber en dónde vives tú y también el Gordo.
            —Tienes razón, todos estamos jodidos. Espérame en la puerta de tu casa. Esta huevada la tenemos que arreglar ahorita mismo.
            Alfredo asiente, enciende otro cigarrillo y aguarda en el lugar indicado, detrás de las faldas de la ‘Java’ por si las moscas. “¡Váyase más allá!”, le pide la empleada a quien le molesta el humo del cigarrillo. “allá está muy oscuro, ni cagando”, se dice y no se mueve del umbral. Casi de inmediato, un remolón como Tucho cumple con asomarse con el plazo acordado. El asunto debe ser realmente álgido.
            —Tenemos una sola jugada —asegura el recién llegado—, apostar por la intervención del ‘Viejo’, si no viviremos con los huevos en la garganta hasta que nos mudemos de barrio.  
            Los dos amigos caminan mirando para todos lados, si no fuera hábito de maricones, se hubieran tomado la mano. No tienen que llegar hasta la casa del ‘Viejo’, lo encuentran en medio del parque, apoyado en el monumento en forma de guillotina que recuerda la época del terror durante el gobierno de Robespierre, con un pucho en la boca y una chata de ron, bastante raro en una persona que no acostumbra beber y menos fumar.
            —¡Oye, ‘Viejito’! —irrumpe Tucho— Necesitamos de tu ayuda. Tenemos problemas con Los Chacales. Han venido aquí, a nuestro barrio y casi le sacan la mierda a Alfredo.
            —¿Quiénes fueron? —pregunta sin levantar la mirada.
            —El ‘Branco’ y el ‘Resguardo’, tú los conoces bien.
            —Sí, los conozco bien, son los perros de Pericles. Está bien —les asegura, levantando la mirada y los dos amigos se percatan que sus ojos lucen irritados de tanto llorar—, pero no haré nada hoy, tampoco mañana, quizás pasado... Hoy en la tarde, hace un par de horas, mi hijito se acaba de morir.     

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