Los martes, entre recreo y recreo, tocan dos
horas de clase de una de las materias que más le agradan a Alfredo, Literatura
Universal, dictadas por el Vasco Etxeverria, vecino de la calle Euskera como
tantos hijos de refugiados de la Guerra Civil Española, aunque su familia no
procedía precisamente de la nación vasca, sino de Torrelavega en Cantabria.
Apasionado del siglo de oro español, el Vasco enseña las letras como pocos.
Cada párrafo y cada diálogo los transmite con un lirismo que cala en su
auditorio, incluso en los reticentes a la lectura. Nadie como él para declamar El Poema del Mío Cid cuando cursaban el
Tercer Año, Romeo y Julieta en Cuarto
y la semana pasada los había deleitado metiéndose en la caparazón de lo que se
ha convertido Gregorio Samsa, transmitiendo vívidamente cómo se va pudriendo la
manzana en su interior. Digan lo que digan, incluso sus propios colegas lo
acusan de expresarse con una cursilería propia de Bécquer, para Alfredo el
Vasco es un capo y por eso es uno de los pocos profesores que Alfredo aprecia
de verdad.
Esa
mañana, mientras los alumnos permanecen enfrascados en la lectura de la primera
parte de Cien Años de Soledad
—algunos porque la mayoría prefiere cotorrear sobre cualquier nadería—, el
Negro, lector voraz que ha digerido en cinco días una novela programada para
todo un bimestre, comenta: “Entre tantos Aurelianos y José Arcadios, no
comprendo en dónde hay cabida a la soledad en Macondo. Creo que al pendejo de
García Márquez se le ocurrió un título efectista que guarda poca relación con
el contenido de la obra”. “Cien años...
se publicó en 1967, el mismo año que los Beatles sacaron Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, parece que la soledad estaba
en esos días de moda”, observa Rodrigo. “Gabo quiso escribir esta novela cuando
tenía diecisiete años, bajo el título tentativo de ‘La Casa’ —agrega Viche,
quien entusiasmado por lo que ha leído, ha investigado sobre el génesis de esa
obra—, pero era tanta la información y la nostalgia, que se sintió preparado
para abordar el proyecto un par de décadas después”. “Hubiera aplazado su
trabajo veinte años más y nos habríamos liberado de la tortura de soportarlo”,
se lamenta Nando que no pasa de “Muchos años después, frente al pelotón de
fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde
remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. “Pese a que es una obra
monumental, de lo mejor que he leído en mi vida, igual yo me atrevería a
cambiar algunas cosas de su párrafo inicial —insiste el Negro, muy metido en su
papel de crítico literario—, me parece que el ‘muchos años después’ está demás,
arrancaría al toque con: ‘Frente al pelotón de fusilamiento’, cambiaría también
el ‘había de recordar’ por el pretérito imperfecto ‘recordaría’, ¿qué opinan?”
“Corregir nada menos que a García Márquez, puta que te pasaste de insolente,
Negro de mierda. Que ni te escuche el Vasco”, exclama Tucho quien ha recorrido
todos los locales de alquiler de vídeos de la ciudad en busca de la película
basada en la novela —que no se ha filmado jamás— y ganar algún dinerillo como
lo hizo el año pasado al sacarle copia a las versiones de Hamlet, Enrique V y Ricardo III de Laurence Olivier, cuando
les tocó revisar la obra de Shakespeare el año pasado. Alfredo, por su parte,
no puede evitar comparar a Macondo con la Comala de Pedro Páramo y piensa si en el futuro tendrá la enésima parte del
talento del colombiano o del mexicano Rulfo —a quien le agradece haber escrito ¡Diles que no me maten!— para describir
pueblos imaginarios y situaciones fantásticas con pinceladas melancólicas y
autobiográficas.
“¡Qué
tanto habla Caludia con el profesor!”, comenta Ana con su grupo de amigas y es
Joaquina la única que lanza una explicación razonable. “Falta menos de un mes
para el día de la madre”. Todas se miran y comprenden. Como todos los años, en
homenaje a la mamá mariana, el colegio organizará una nueva temporada de
teatro, siempre bajo la supervisión del docente de literatura, encargado de que
las tres secciones mayores representen una pieza teatral que él mismo se
encarga de seleccionar. Hace un par de años la sección montó Un cierto tic tac de Sebastián Salazar
Bondy, con las actuaciones de Caludia y Tulio Artidoro, quienes fueron muy
elogiados por su buen histrionismo. El año pasado montaron El hijo mayor de Aleksandr Vampilov, pero como a Tulio lo jalaron
de año y sus padres los cambiaron al colegio Celestiano y Caludia contrajo
varicela a edad tardía —encerrándola dos semanas en casa—, el Vasco recurrió a
otros estudiantes, recayendo el papel de Busiguin en Alfredo, de Nina en
Carmencita Torres, de Silva en Coco, del padre en Rasputín y del hijo menor en
Rulo. El éxito de la presentación fue apoteósico, al punto que volvieron a
ponerlo en escena un par de veces más, en el Día del Maestro y en los Juegos Florales
de Primavera. Hubieran presentado la obra una vez más, próxima a la Navidad,
pero Carmencita emigró con sus familiares a México Distrito Federal y el Vasco
se negó a que Caludia fuera su reemplazo, ofreciéndole, para que no se ofenda,
el papel femenino protagónico de la obra que montaría al año siguiente.
—Queridos
pupilos —toma el profesor la palabra—, he encargado a la señorita Tévez aquí
presente a que realice la convocatoria para lo que será la obra teatral que a
ustedes les tocará representar el próximo mes. He seleccionado para ustedes El malentendido de Albert Camus, me
imagino que habrán alguna vez escuchado sobre ese autor —el silencio en el aula
es completo, menos en Nando a quien el apellido le suena a postre de chocolate—.
Necesito para mañana en la mañana una lista con los alumnos, dos jóvenes y tres
señoritas, interesados en interpretar los cinco personajes que participan en la
pieza, de preferencia quienes lo hicieron muy bien el año pasado.
—Lo
siento, amigos —anuncia Alfredo—, pero en esta oportunidad tendrán que
prescindir del talento del ‘Gran Garrick’.
—¿El
gran quién? —pregunta Rulo.
—David
Garrick, actor británico del siglo XVIII —ilustra el Negro, haciendo gala de su
alto nivel cultural, sólo comparable con el del propio Alfredo—, en su tributo,
el mexicano Juan de Dios Peza compuso el poema Reír llorando. Presumo que este papa frita quiere compararse con él
sólo porque el año pasado tuvo sus quince minutos de fama sobre las tablas.
—Si
quieres me comparo con Sarah Bernhardt.
—Si
conoces el poema sabrás que Garrick acusaba de un sincero dolor en el alma,
para el cual no había receta o posible cura. Tu dolor en el alma tiene nombre
de mujer, Caludia, por eso más que al payaso Garrick te asemejas al Payaso de José José, aquel que por culpa
de un amor va de fracaso en fracaso.
—“Y
en verdad soy un payaso, pero que le voy a hacer, uno no es lo que quiere, sino
lo que puede ser”.
—Bueno,
déjate de huevadas y actúa —le conmina Rasputín—, la troupe de Quinto Año
necesita de ti.
—Lo
siento, amigos, búsquense a otro. Confío en que el Vasco con su buen ojo
encontrará a alguien mucho más talentoso que yo.
—Mira,
idiota —salta Coco—, Caludia me acaba de comentar un poco de que se trata la
obra y el papel que te toca interpretar es bastante similar al que hiciste en El hijo mayor, así que no nos vengas con
huevadas y asume tu responsabilidad con el debido profesionalismo.
—Yo,
huevones, no nací para actor y no tengo ningún compromiso con ustedes ni con
nadie, así que no me hinchen las pelotas.
—¿Esa
es tu decisión final? —interviene Tomás.
—¡Sí!
—Entonces
ándate a la reconchetumadre...
En
un colegio donde se fomenta la competencia, obtener la primera ubicación en la
temporada de teatro es un asunto de interés colectivo de cada sección. Hace un
par de años, cuando concursaron por primera vez quedaron segundos, los alumnos
de Cuarto de ese entonces los superaron con la puesta en escena de La boda de los pequeños burgueses de
Bertolt Brecht. Al año siguiente, la misma sección, ahora en Quinto, volvió a
superarlos con Eloísa está debajo de un
almendro de Jardiel Poncela, quedándole a Alfredo el sabor que perdieron no
porque el histrionismo de sus rivales fuera superior, sino porque el padre
Rodrich ya había asumido la dirección del plantel y por la antipatía que desde
entonces a él le prodiga, como presidente del Jurado su voto fue decisivo
para arrebatarles el primer puesto, por
lo que en desagravio el Vasco hizo que representaran El hijo mayor un par de veces más, dejando por sentada su posición
de que se había cometido una injusticia. Si bien la presencia de Caludia, quien
sin ningún tipo de concurso ya aseguró el rol protagónico, es la causa
fundamental de su abstención, el hecho de que el padre vuelva a presidir el
jurado, también lo desanima, por lo que al final de las clases busca a Sandrita
Murillo, la presidente de la sección, con la intención de exponerle sus temores
y que ella luego abogue por él.
—...Conmigo
es seguro que vamos a perder. Ayúdame a que los demás lo entiendan, porque hoy
me han tratado peor que a un leproso.
—Conozco
poco de actuación, pero si la mayoría sostiene que tú eres el Robert de Niro de
la promoción, entonces no nos puedes fallar.
—¡Justamente
lo que quiero es no fallarles! Así interprete un papel digno del Oscar, el
padre Rodrich ya me puso una cruz y con el cargo que ocupa en el Jurado va a
influir para que volvamos a perder.
—Creo
que exageras...
—¡No
exagero! El padre me detesta y me quiere ver fuera de este plantel. Ayer me lo
dijo a quemarropa. No va a descansar hasta que a mí y al Negro nos expulsen.
Con esas intenciones es improbable que premie algo en lo que yo formo parte.
—Es
posible también que ofrezcas una mejor performance que la del festival pasado y
la gente te aplauda a rabiar. Si somos claramente superiores a los demás, su
injusticia quedaría en evidencia si es que no obedece al clamor popular, se
arriesgaría a que su imagen quede por los suelos ante los padres de familia y
hasta podríamos realizar una campaña en la que lo acusemos no sólo de estar en
tu contra, sino que se la tiene jurada a toda la sección. Piénsalo antes de
negarte en definitiva.
—Sandrita,
eres bastante astuta, entiendo ahora por qué te designamos presidente vitalicia
de la promoción. Suenas convincente pero igual no me quiero arriesgar. Aunque
viendo las cosas desde tu cristal, si ganamos el certamen tendré algo a mi
favor en caso desee expulsarme, y si perdemos me victimizaría en público y podría
acusarlo de persecutor implacable.
—Entonces,
¿contamos contigo?—No.
—¿Eres huevón?
—Tengo
otro ‘enemigo’ dentro del grupo y yo no la puedo soportar.
—Te
refieres a Caludia.—A quién más.
—En
ese asunto no me pienso inmiscuir. Si no son lo suficiente maduros para superar
sus diferencias, lo más saludable es que permanezcan separados. Mezclar el
fuego con la gasolina puede terminar quemándonos a todos.
—Hablaste
con más sabiduría que la reina de Saba. Ahora comprendes por qué prefiero
mantenerme al margen.
—Alfredo...—¿Qué?
—¡Eres un huevón!
El
año pasado, al finalizar el curso, Alfredo se entrevistó con el Vasco y le
entregó uno de sus relatos de ciencia ficción, con la intención de que el
profesor lo ayudara con los diálogos y plasmarlo en obra de teatro a presentar
en el próximo festival. El relato se titula Góndar
y habla de la extinción de un planeta lejano del cual lograron sobrevivir siete
parejas conformadas por siete hombres y siete mujeres condenados a vagar por la
galaxia. Seis de los hombres abandonan la nave nodriza en sus vehículos
exploradores en busca de otro planeta que reúna las condiciones para
establecerse y garantizar la supervivencia de su raza. Góndar, como único
varón, queda a cargo de la nave y del cuidado de las hembras de su especie. Al
cabo de muchas lunas, las seis mujeres que quedaron sin pareja perdieron las
esperanzas de volverlos a ver, lo que las lleva a emplazar a Gifa, la mujer de
Góndar, a compartir a su esposo, dejar que fecundase sus matrices y perpetuar
su civilización. Gifa aparenta aceptar ante la presión de sus compañeras, pero
antes solicita ser ella la que le comunique a Góndar la decisión del Consejo
Femenino. En la privacidad de sus aposentos, la mujer le entrega a su marido un
poderoso narcótico y adormecido lo despoja de sus órganos reproductores,
procede a sumergirlos en una sustancia hasta lograr embalsamarlos y los cuelga
como trofeo alrededor de su cuello, dejando en claro hasta que el tiempo se
encargó de eliminar a la última exponente de esa raza estéril que lo que es
propiedad de Gifa sólo le pertenece a Gifa.
—Es
una buena historia —le alentó el Vasco en aquella oportunidad—, metáfora de que
el egoísmo y los intereses personales se anteponen ante el bien de la
comunidad. Una oda a la irracionalidad.
—¿Entonces
me ayuda a desarrollar los diálogos?
—Si
tengo tiempo en el verano. Quiero comenzar con mi tesis de doctorado y pienso
viajar a España para investigar sobre la semántica en las canciones del Rock
Radical Vasco. ¿Has escuchado sobre ese movimiento?
—Desconozco
totalmente. Aquí nos llegan las canciones de Alaska y Dinarama, Nacha Pop,
Radio Futura, Farmacia de Guardia y otras de la movida madrileña...
A
la mañana siguiente, el miércoles, el Vasco le entregó a Sandrita la lista
oficial con los alumnos de la sección que intervendrían en la obra teatral.
Aparecen en la nómina: Caludia Tévez en el papel de Marta, Joaquina Ferrer como
María, Anita Fibonacci como la madre, Jorge Calligari como el viejo criado y
Alfredo en el papel de Jan. A continuación, la presidente procede a entregarle
a cada mencionado el libreto correspondiente.
—Debe
haber un error, yo...
—¡Ninguno!
El Vasco ha decidido que actúes sí o sí.
Enervado
porque se hayan tomado la potestad de obligarlo a proceder en contra de sus
deseos, Alfredo busca al profesor apenas suena el timbre del primer recreo en
la sala de docentes y lo encuentra distraído leyendo las copias fotostáticas de
unas revistas de rock españolas que hablan de Kortatu y La Polla Records.
—¡Profesor!,
vengo a decirle que yo no...
—Quieres
participar en el montaje —se le adelanta sin despegar su mirada de la mesa,
anotando una idea en su libreta antes que se le escape—, acaso se deberá a una
pataleta porque no me animé a convertir su relato en un drama teatral.
—Usted
me dijo que le agradó el año pasado.
—Pero
no le dije que por ética profesional no acostumbro a involucrarme en las obras
de los demás. Me imagino que de haber acometido esta empresa, hubiera acabado
en una pieza cargada de misoginia, cuando creo que su visión iba por denunciar
los sentimientos de posesión que llegan a destruir los intereses colectivos y
pueden desencadenar la desaparición de la raza humana. Usted, señor Lora, tiene
talento como escritor, pero a veces le gana la desidia y quiere que otros
aterricen sus ideas. Si quiso que su relato futurista se convirtiera en un
juguete cómico, debió aprovechar los días del estío para desarrollar sus
diálogos.
—Si
me da veinticuatro horas puedo...
—Demasiado
tarde, estamos en pleno otoño y ya les designé una obra de Camus. Después de
verlo como Busiguin, el papel de Jan le viene como anillo al dedo. Confío en
que lo hará bien.
—Pero
yo ya manifesté que no voy a participar...
—Una
negativa macerada en la hiel no puede ser tomada en cuenta. Reflexione bien y
participe en los ensayos que comienzan hoy. Lo espero en el auditorio a las
cuatro de la tarde.
—Y
si me niego.
—Yo
no tengo la execrable costumbre de conminar a las personas a realizar actos en
contra de su voluntad o extorsionar a los estudiantes con bajas calificaciones.
Apelo a su sentido común y no nos prive de su talento histriónico.
—Lo
siento, profesor, ya tomé una decisión —exclama depositando el libreto cerca de
los apuntes del profesor.
—Un
capricho lamentable. Usted es la encarnación del negativismo egoísta que busca
denunciar en su Góndar. Así no actúe
en la obra, igual llévese este libreto —le dice volviendo a extender los
papeles hacia él—, yo guardo otras copias y estoy seguro que este escritor
argelino le va a ayudar a mejorar su redacción de diálogos.
Leer
el libreto le ayuda a sobrellevar el aburrimiento que le causan las clases de
Física, a cargo del ‘Zorrillo’ Pomar. Si bien es cierto que el papel que le han
designado guarda en cierta manera similitud con el que interpretó en El hijo mayor, considera que a pesar de
la adaptación hecha por el Vasco —olvidándose de su cacareada ética
profesional—, la obra de Camus es bastante lúgubre y corrosiva, propia de un
existencialista, y que guarda significativa distancia con los juguetes que se
acostumbran a montar en los festivales del Mariano. “Partimos en desventaja”,
comenta al llegar a sus oídos que a los de Tercero les toca representar Petición de mano de Antón Chejov y a los
de Cuarto, Kathie y el hipopótamo de
Vargas Llosa. Al sonar el timbre del segundo recreo, la mayoría de estudiantes
continúa castigando a Alfredo con la ‘ley del hielo’ por lo que aguarda que
todo el salón se vacíe para recién salir. Cuando se pone de pie, ve que la
menuda figura de Sandrita le aguarda erguida en el umbral, cruzada de brazos y
con cara de pocos amigos.
—¡Ahora
sí te pasaste!—¿Por qué mantengo mi posición?
—Porque
te mantienes en tu necedad. Tan ciega es tu soberbia que no te das cuenta de
nada.
—Siento
fallarles al Vasco, a ti y a la sección entera, pero no es sano para mí ni para
Caludia compartir escenario juntos. Ni ella ni yo somos actores profesionales.
Estamos a años luz de ser como Joan Crawford y Bette Davis, cuyo odio
compartido fue muy bien aprovechado por Robert Aldrich en ¿Qué pasó con Baby Jane? Nuestra incomodidad estaría tan latente
que de seguro echaríamos todo a perder.
—¡Qué
ciego eres!
—¿Por
qué me lo vuelves a repetir?
—¿Quién
crees que confeccionó la nómina final de la obra?
—El
Vasco, por supuesto.
—Te
equivocas. Fue Caludia.
—¿Qué?
Anda, no te lo creo.
—Piensa,
borrico. Quién ha sido la persona más interesada. La coordinadora, no solamente
ayer, con el propio Vasco desde varios días atrás. Caludia sueña con
convertirse algún día en estrella de cine y televisión y por eso aspira en esta
obra ofrecer su mejor performance, no porque le interese que la sección se
imponga en el festival, sino para convencer a sus padres que ella tiene vena
histriónica y no le pongan ‘peros’ el próximo año cuando postule a la Escuela
de Arte Dramático.
—Es
verdad, desde chiquilla se ha alucinado Shirley Temple, pero ¿qué gana con mi
presencia?
—Sabe
que eres el mejor actor de todos. El complemento ideal para que ella se luzca.
Si la obra es un éxito y el público la llena de elogios, Caludia podrá en el
momento adecuado enfrentarse a sus padres y sostener que ella tiene ‘madera’ de
actriz y que no le estropeen sus aspiraciones.
—Directa
o indirectamente Caludia vuelve a servirse de mí.
—La
vida es servirse siempre de alguien, de manera consciente o no. Digamos que
Caludia te necesita y por eso al menos el periodo que transcurra entre los
ensayos y la fecha de presentación, mantendrá contigo la fiesta en paz. El
resto depende de tu voluntad. Hoy por ella, mañana por ti.
—Lo
malo es que hoy ella se sirve y mañana y pasado igual ella repite y uno se
queda con la sensación de ser un objeto descartable. No sé si igual pueda
soportarlo.
—Tu
orgullo hace que no veas que tú también sacas provecho de esta circunstancia.
Tú le sirves, ella se sirve y toda la sección se sirve de ustedes dos.
—¿Tengo
otra alternativa?
—Es
la única que te queda. Afuera aguardan el Negro, Coco, Rasputín y compañía dispuestos a sacarte la
mierda...
—Alfredo, ¿podemos hablar un momento?—le dice Caludia
cuando se encuentran a punto de traspasar el umbral del colegio y él accede
sorprendido, con una sonrisa que no oculta su alegría tras dos semanas de
incomunicación.
—Fumemos
un cigarrillo para poder conversar —responde, extrayendo una cajetilla de
Winston, ella accede—. Te invitaría una copa pero es miércoles.
—El
éxito de una representación es que cunda la armonía entre todos los actores. En
estas semanas he prometido olvidar todo lo que pasó.
—Y
después de la representación volvemos a pelear como Tom y Jerry.
—No
quiero llevarme mal con nadie. Con el asunto de la Virgen hice las paces con mi
mamá. Nos costó mucho reconciliarnos.
—Me
imagino. Son dos mujeres difíciles. Las conozco bien.
—Firmemos
el armisticio, Alfredo. Siempre serás una persona especial en mi vida. Me
molesta que las cosas entre nosotros caminen mal.
—Pienso
lo mismo. Por higiene mental es preciso olvidar.
—¿Amigos
de nuevo? —ofrece Caludia, estirando la mano como un puente.
—Amigos...
—le toma la mano— hasta que otra rabieta tuya nos vuelva a separar.
—Se
me pueden cruzar los chicotes de vez en vez, pero en esta oportunidad tú
tuviste la culpa. ¿Sigues negando que hiciste esa mala pasada telefónica?
—Lo
niego. ¿Estás dispuesta a volverte a enojar?
—Qué
caso tiene. Queda en ti si mientes o no. Tener la certeza no es algo que me
desvele.
—Si
pues, ahora vives motivos más importantes como para desvelarte.
—¿A
qué te refieres?
—A
tu pretendiente, el inglesito.
—Stuart
es un amigo.
—Que
te dedica canciones de amor como en un tiempo te las dedicaba yo.
—¿Me
estás reclamando algo?
—Sabes
que no tengo derecho a reclamarte nada.
—No
tengo por qué darte explicaciones pero te explico, Stuart es alguien para pasar
el rato, es un ave de paso. Con este asunto de la bomba en la embajada de los
Estados Unidos, ha tenido que volver a la base de Huaranasi. De aquí cuándo
volverá.
—Me
recuerdas a Mambrú se fue a la guerra.
¿Pasó algo entre ustedes dos?
—Nada
que sea de tu incumbencia, pero como eres mi amigo ‘predilecto’ te aclaro que
no pasó nada, somos amigos y nada más.
—¿No
llegaron a la base dos, a la base tres o cuatro?
—¡No!
Stuart es un militar educado, con modales de gentleman, no es un caballo como
otros que conozco.
—Muchas
veces relincho, pero también he aprendido a ser agradecido y te agradezco en
que hayas insistido en que el Vasco me incluya en la obra, a pesar de mi
estúpida negativa —comenta Alfredo, sintiendo una inocultable felicidad al
creer que es verdad que la relación de Caludia y el inglés no ha trascendido a
mayores.
—No
tienes nada que agradecer. Eres el mejor actor de la sección y lo sabes. Era
cuestión de que recapacites un poco.
Sin
más que decirse, Caludia se despide de su antiguo enamorado una cuadra antes de
llegar a su casa en la urbanización Mercaderes. “No es conveniente que mi mamá
nos vea juntos todavía”, le dice poniéndole la mejilla para que la bese. Son
veinte para las siete y la noche lo cubre todo con su negro crespón. Alfredo
pega la media vuelta rumbo a su casa, con otro cigarrillo en los labios y
azotado por el viento del sur. Ensimismado como va, a la altura del parque
grande recién se percata que lo vienen siguiendo a prudente distancia. Gira y
se toma el tiempo suficiente para reconocerlos, forman parte del grupo de
malandrines con los que se lió a golpes en la retreta del domingo anterior.
“¡Los Chacales!”, se dice y parecen decididos a ajustar cuentas con él. Apura
el paso y ellos lo apuran también. Comienza a sudar frío. Llega a la bodega de
don Silvio y deja pasar la última oportunidad de buscar refugio. De aquí a su
casa le quedan todavía cinco largas cuadras. Confía en que no lo van a atacar
en una calle transitada. Cambia el panorama cuando llega a la calle Verona,
oscura y solitaria como de costumbre, sabe que no le queda más remedio que
respirar profundo y echarse a correr, sintiendo que es imitado por sus
persecutores. Al doblar la esquina de Verona con Olmo —calle en la que habita—
aumenta la velocidad y con el corazón en la boca ruega por tener el tiempo
suficiente de sacar la llave antes de que lo muelan a golpes en plena puerta. A
menos de media cuadra consigue avistar a la ‘Java’, la empleada cama adentro,
regando el césped del frontis y suspira aliviado.
—¿Qué
te pasa? —le dice la ‘Java’ al notar la lividez de su rostro— ¿Necesitas
ocuparte en el baño?
—¡Me
persiguen! ¡Me persiguen! —exclama con el aliento que le resta.
—¿Quién?
¿Acaso te estás corriendo de fantasmas? —el muchacho vuelve a mirar la calle y
la ve solitaria como de costumbre. Los dos individuos han desaparecido de
repente, esfumándose sin dejar rastro— Ya te he dicho que dejes de embriagarte.
Tan jovencito y ya sufres de delirio de persecución.
Alfredo
prefiere no responder y tras recuperarse se apresura en coger el teléfono
ubicado en la cocina. Marca el 70-2610, el número de la familia Salas. La casa
es del tamaño de una caja de fósforos, pero igual se demoran un montón en
contestar.
—¿Qué
pasa? —responde Tucho, quien se ha tomado también su tiempo en ponerse al
habla, luego que su hermana Cheni le pasó la voz.
—¡Los
he visto!
—¿A
quiénes?
—A
los Chacales que el domingo tú reconociste.
—¿A
‘Branco’ y a ‘Resguardo’?
—Me
imagino. Me corretearon hasta mi casa y luego desaparecieron.
—¡Chucha!
¡Te jodiste! No vas a poder salir ni a la esquina.
—¡Nos
jodimos, huevón! Si saben en donde vivo, deben saber en dónde vives tú y
también el Gordo.
—Tienes
razón, todos estamos jodidos. Espérame en la puerta de tu casa. Esta huevada la
tenemos que arreglar ahorita mismo.
Alfredo
asiente, enciende otro cigarrillo y aguarda en el lugar indicado, detrás de las
faldas de la ‘Java’ por si las moscas. “¡Váyase más allá!”, le pide la empleada
a quien le molesta el humo del cigarrillo. “allá está muy oscuro, ni cagando”,
se dice y no se mueve del umbral. Casi de inmediato, un remolón como Tucho
cumple con asomarse con el plazo acordado. El asunto debe ser realmente álgido.
—Tenemos
una sola jugada —asegura el recién llegado—, apostar por la intervención del
‘Viejo’, si no viviremos con los huevos en la garganta hasta que nos mudemos de
barrio.
Los
dos amigos caminan mirando para todos lados, si no fuera hábito de maricones,
se hubieran tomado la mano. No tienen que llegar hasta la casa del ‘Viejo’, lo
encuentran en medio del parque, apoyado en el monumento en forma de guillotina
que recuerda la época del terror durante el gobierno de Robespierre, con un
pucho en la boca y una chata de ron, bastante raro en una persona que no
acostumbra beber y menos fumar.
—¡Oye,
‘Viejito’! —irrumpe Tucho— Necesitamos de tu ayuda. Tenemos problemas con Los
Chacales. Han venido aquí, a nuestro barrio y casi le sacan la mierda a
Alfredo.
—¿Quiénes
fueron? —pregunta sin levantar la mirada.
—El
‘Branco’ y el ‘Resguardo’, tú los conoces bien.
—Sí,
los conozco bien, son los perros de Pericles. Está bien —les asegura, levantando
la mirada y los dos amigos se percatan que sus ojos lucen irritados de tanto
llorar—, pero no haré nada hoy, tampoco mañana, quizás pasado... Hoy en la
tarde, hace un par de horas, mi hijito se acaba de morir.

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