A poco de iniciar su
clase, el profesor Boz interrumpió su cháchara sobre trigonometría, la
curiosidad le impedía concentrarse, así que dejó la tiza y se dirigió a la
dirección de Disciplina en busca de Mario Pratts. “Acompáñeme por favor”. Ambos
se dirigen a la sección de Quinto Año y echan un vistazo a toda la fauna
estudiantil. “¿No percibe usted nada anormal?”, pregunta Boz. Pratts agudiza la
mirada. “¿Algún angelito con el cabello largo?” El docente menea negativamente
la cabeza y llama uno por uno a los posibles infractores de una norma, aunque no
logra avizorar específicamente de cual se trata. Salen al frente Tomás,
Carlitos, Tucho, Alfredo, Coco y el Negro. Recién entonces el director de
disciplina repara en que todos y cada uno presentan distintas magulladuras en
la cara. Coco y Alfredo los pómulos hinchados, Tucho y el Negro los pómulos y
también los párpados, Tomás y Carlitos lucen igual, pero llevan un grueso
vendaje en la cabeza. “¿Acaso les ha pasado un tranvía encima?”, exclama Pratts
al percatarse de la gravedad de los hematomas, disponiendo que los dos últimos
retornen a sus casas. “¡Qué padres tan inconscientes!, enviar a sus hijos en
ese estado!”, piensa.
—Dime, Gómez, ¿qué diablos les pasó? —le pregunta a
Tomás, ni bien llega el padre de Carlitos a recogerlo.
—¿Usted sabe lo que es la pasión por el Tres Coronas? —le
responde quien pasará toda la mañana en su oficina y ningún familiar vendrá por
él— Para algunos es un asunto de vida o muerte. Yo le aseguro que es mucho más
importante que eso. El juego del Tres Coronas es la forma que Dios utiliza para
comunicarse con los hombres, puedes ver el paraíso de cerca cada vez que gana y
el infierno cuando le toca perder. Ayer el equipo perdió en casa y eso fue como
profanar tierra sagrada. Caímos ante las fuerzas del mal.
Exagerada o no la descripción que el propio Tomás hace de
su fanatismo por el Tres Coronas, el cual comparte en mayor o menor medida con
un buen puñado de sus compañeros de clase, lo cierto es que ayer los once
jugadores del llamado ‘equipo del pueblo’ jugaron mal en su propio estadio
frente al Sporting Rambler, institución perteneciente a Industrias Rambler —la
cual le compró la categoría, hace una punta de años, al desaparecido equipo de
la tabacalera nacional— y que se ha ganado la antipatía de las mayorías por
adquirir los mejores jugadores de los demás clubes y también el favor de los
árbitros. El Tres comenzó ganando con un cabezazo tras una distracción de un
defensa que estorbó la salida del arquero. Igualó el Sporting con un tiro
penal, dudoso como todos los penales que le cobran a favor. Con el empate se
fueron con todo al ataque y se pusieron adelante ahora con un testazo similar al
que metió el Tres. En desventaja, los locales se fueron con todo al ataque y el
Sporting logró el tres a uno de contragolpe. De nada les valió luego descontar
con gol de su defensa central y principal caudillo, el Tres Coronas había
perdido en la tercera fecha del campeonato su primer partido y cedido la punta
en solitario al University, el rival de siempre.
Apenas acaba el partido, Alfredo, tanto o más fanático
que Tomás del Tres, apaga la radio y siente en el estómago una agrura que le
estropea el almuerzo. Con un humor de perros, se encierra en su dormitorio
hasta que llega la noche y le avisan que tiene una llamada telefónica. Se trata
de Chabelo quien le avisa un buen grupo del aula ha quedado encontrarse en la
Plaza Mayor, después de la liturgia de las ocho de la noche en la Catedral.
“Estoy allí a las ocho y media”, asegura. Se baña y se viste lo más rápido que
puede y ataja a sus padres al momento de que sacan la camioneta Toyota
station-wagon.
—¡Papá! ¡Espérame! ¡Los acompaño!
—¡Qué milagro quieres visitar a tu abuela! —le dice su
progenitor.
—Cualquiera que te escuche, diría que soy un nieto muy
ingrato —lo cual es verdad—, aparte que hace tiempo que no pruebo sus
sanguchitos de lomito asado.
Sentado en la mesa, Alfredo no sólo degusta el lomito
asado, también los sánguches de jamoncito serrano y los de aceituna
encebolladas. “¿Alfredito, quieres más?”, insiste la dueña de casa, pero ebrio
de tanto comer, le hace señas con las manos que es suficiente. “Con tremenda
tragadera, échate a la cama e intenta dormir”, le recomienda su tía Margot,
recordando que a las boas constrictoras el dormitar les favorece la digestión.
El comilón se niega y anuncia que mejor estira las piernas.
—¿Y a dónde te vas, pajarito? —lo encara su papá.
—Un rato a la retreta, papá. Mis amigos van a ir un rato
y...
—Alfredo, mañana es lunes y tienes que ir al colegio —le
dice su madre.
—Sólo por este domingo, mamá. Converso con los amigos un
rato y estoy en casa a las once.
—A las diez, pajarito —le advierte su padre— Si no el
próximo fin de semana no sales.
—¡Cuánta disciplina, por amor de Dios! —exclama Pratts,
fingiendo indignación, teniendo a los otros muchachos magullados al otro lado
de su escritorio— El colegio hace su parte intentando educarlos, pero
tropezamos si los padres son tan permisivos. En vez de estar repasando sus
lecciones, ustedes se encuentran en las calles a horas que no deben. Díganme,
¡qué pasó después!
La casa de la abuela de Alfredo se sitúa a la vuelta de
la Plaza Mayor. Se trata de un viejo solar edificado a mediados del siglo XIX y
ocupado por su familia a raíz que su abuelo fue nombrado Vocal Superior de la
Corte de Justicia por los días en que Hitler anexó Checoslovaquia al Tercer
Reich. Allí crecieron don Genaro y sus siete hermanos. Cuando Alfredo llega a
la esquina de la plaza, entre la Catedral y el Hotel de Turistas, allí se encontraban,
formando un redondel, Tucho, el Negro, Tomás, Carlitos, Coco, el Gordo, Viche,
Chabelo y Rodrigo. El reloj marca cuarto para las nueve y emergen de las
puertas de la Catedral los fieles creyentes y las muchachas que son su foco de
atención.
La retreta es una actividad social que se remonta a los
principios de la república. Los ciudadanos se congregaban los domingos por la
noche a escuchar a la banda de infantería entonando marchas y tocadas festivas.
Congregaba, en sus mejores tiempos, al alcalde y demás autoridades, los
colegios organizaban paseos de faroles y concursos de danzas folclóricas, se
colocaban puestos de viandas y golosinas donde los niños podían adquirir globos
y algodón dulce. Las retretas de hoy son distintas. Ya no hay bandas de
músicos. Por ordenanza municipal los comerciantes están prohibidos de colocar
sus puestos de viandas en el perímetro de la plaza. Los colegios dejaron de
realizar paseos de faroles. Los integrantes de la alta sociedad se replegaron a
sus casas o a otras actividades, dejando las retretas en manos de la juventud
de otros sectores, quienes a la salida de los diversos templos o de las
funciones de vermouth en los cines del centro, abarrotaban la plaza. También
ganaron espacio en el lugar los más pobres, los desplazados, los emigrantes de
la sierra dedicados a oficios menores. El corazón de la ciudad era los domingos
propiedad de la chusma y la decadencia asomaba irreversible. Alfredo recordaba,
apenas un lustro atrás, a los jóvenes de los mejores colegios haciendo sentir
su presencia en las retretas —de ahí que las llamaran ‘zonzódromos’ por dar
como zombies vueltas por la plaza—, él tendría doce años cuando su padre, luego
de visitar a la abuela, cumplía con recoger a su hermano Genaro y amigos en una
de las esquinas, frente al edificio de la Beneficencia. En ese tiempo los
cazadores estaban tras las chiquillas del Virgen de las Mercedes o del
Paulista, ahora las ‘presas’ provienen de colegios de menor jerarquía, chicas
que estudian una carrera corta en algún instituto y hasta empleadas del hogar
en su día de franco.
—¡Gordo! —le pasa la voz Tucho sobre dos muchachas que
desfilan con su jean apretado— Ataca a la de la derecha y yo le voy a la de la
izquierda.
—¡Miren a esas flacas! —grita el Gordo para que todos
volteen— ¡Hay una culona que está bien buena!
—¡Pa’ ti solito, mierda! —exclama Tucho con un tono de
voz que delata el estrato popular en el que se ha criado y todos estallan en
carcajadas.
—¡De que se ríen, carajo! A cualquiera se le escapa un
‘gallo’ —se defiende.
—¡Nada, serrano de mierda! —le dice el Negro— Se te salió
el callejón de donde provienes.
A esa hora, como todos los domingos, la plaza se
encuentra sectorizada por diversos públicos. Los chicos ‘bien’, la gentita,
tienen su ghetto frente a la Catedral. Frente a la Beneficencia está tomada por
los cadetes del Colegio Militar quienes aguardan el bus que los trasladará a su
institución, camino a Puerto Banderas. Frente a la Municipalidad se concentran
los albañiles, las mucamas y algún músico folclórico que les aviva la nostalgia
entonando canciones de sus serranías. En la última esquina, frente al bar
Colonial, se ubican los charlatanes que argumentan tener la solución a los
problemas de ese país o los cómicos ambulantes, quienes a cambio de unas
monedas aglomeran a un nutrido grupo de curiosos con sus chácharas y sketchs
callejeros. Viche y Rodrigo no paran de reír, mimetizados entre el público, con
la rutina de Pikito, uno de los más ocurrentes del medio, quien luego de
ponerse una peluca rubia y mover frenéticamente la cabeza con la introducción
de Venus de los Shocking Blue,
utilizando una escoba como guitarra, finaliza con uno de sus acostumbrados análisis
comparativos entre ricos y pobres.
—...Existen marcadas diferencias entre un pituco de
verdad y el que pretende serlo y es más feo que la mierda. Por ejemplo, cuando
el pituco invita a una flaca a bailar, se le acerca así —se mueve exagerando el
movimiento de hombros—, se detiene delante de ella y le estira el brazo sin
mirarla siquiera, como si en el fondo le estuviera haciendo un favor. “Flaca, ¿bailas?”,
pregunta y su pie comienza a moverse
impaciente, marcando el tiempo que se demora en responder. La mayoría de
veces le atracan porque el pituco de verdad es lo que aparenta, pero si ella
rechaza la invitación porque está cansado o porque tiene un fuerte dolor de
ovarios, el pata se quedará con la última palabra: “Pucha, flaca, no sabes lo
que te pierdes, yo estoy de moda”, y se retira con la misma caminada. Aquí no
pasó nada. En cambio, el que se cree pituco y vive en la invasión de la punta del
cerro, cuando quiere sacar a bailar, camina así —recoge uno de los pies de
manera exagerada—, jurándose bacán pero parece perro con moquillo. Se para
frente a su víctima y le dice, masticando el chicle como una alpaca:
“Madrecita, ¿bailas?” Lo más seguro es que lo disparen con un: “¡Salte de acá,
serrano apestoso!”, pero como tantos rebotes ya sacan costra, el maldito se
retirará bailando como John Travolta, cantando: “yuchulbidancinyeee...”
—Por eso es que ustedes no recibieron golpes —les dice
Jonás a Viche y Rodrigo, al verlos en clases sin ninguna huella de la golpiza.
—Todo comenzó mucho después —aclara Viche, sospechando
que la maliciosa intención de Jonás es acusarlos de haber rehuido de la
gresca—, yo llegué a repartir golpe cuando vi a Tucho, Alfredo y Tomás en el
suelo. Si me ves entero es porque todavía no me encuentro con el matón que me
parta la cara.
—¿Y tú, Rodrigo? —persiste Jonás en embarrar a alguien.
—Me encontré con Helga.
—¿Con quién?
—Con una perraza. Regresaba al grupo con Viche y ella que
se nos cruza a la altura del monumento. “Tú eres el hermano de Popi”, me dice y
yo me hice el que no la conoce, aunque sabía que Popi le había dado hasta por
el poto. Cuando se armó la bronca, yo no podía dejar a Helga sola, Viche saltó
en representación de los dos. Ella y yo trepamos en un taxi y la dejé en su
casa, a espaldas del bar de la argentina, en Cali.
—¿Te la comiste?
—No, me la chapé nomás y por ahí su manoseadita de tetas.
Pero hemos quedado para este viernes. Allí si me la reviento hasta por las
orejas.
—Si no se entera Popi y te saca la mierda.
—No creas, Jonás. Ese huevón no es celoso con sus perras.
“El Popi tiene lo suyo y lo comparte con orgullo”, me dijo cuando se lo conté
por la mañana.
—¿Y cómo comenzó todo?
—No lo tengo claro —responde Viche—. Debió ser por culpa
de Tucho o del Negro, siempre los más belicosos...
—Así que ayer te corriste —le dice el Negro a Coco—. Los
dejaste solos cargando con Pepe Peláez.
—Yo jamás me he corrido de una pelea —se defiende el
aludido—, siempre he saltado por mis amigos y lo voy a seguir haciendo. Lo de
ayer fue distinto. Hablamos de un narcotraficante que no sólo te va a pegar, te
va a cortar las pelotas y puede que hasta asesine a tus familiares que no
tienen nada que ver en el entuerto. Soy bronquero, pero no suicida, me bronqueo
con cualquiera menos con un narco o con un terruco.
—¿Saben
algo de Pepe? —pregunta Carlitos— ¿Amaneció vivo?
—Vivito y coleando —responde Chabelo—. Orita debe estar
viajando a la capital, poniendo varios kilómetros entre él y las pistolas del
narco. Por un buen tiempo no lo vamos a ver por aquí.
—Bueno, cómo esto está más fúnebre que un velorio, al
menos que haya trago. Armemos la ‘chancha’ para comprar un macerado de coco en
La Virreina —propone Tomás.
—En las retretas no te dejan chupar. Estamos rodeados de
municipales. Nos decomisan el trago y pueden hasta meterlos en cana por ser menores
de edad —asegura Tucho, siendo de ellos el único con documentos por ser un año
mayor.
—La botella la encaleto en este bolsillo —asegura Tomás,
mostrando el interior de su abrigo— y nos pasamos el vasito con cuidado. Nadie
se va a dar cuenta. Necesito tomar algo para que se me pase la cólera del
partido de hoy.
—Es mucho riesgo, huevón —apunta el Gordo—, y quiero irme
tranquilo a mi cama. Mañana hay clases.
—Miren al fondo cómo esos forajidos toman con toda la
concha del mundo. Tienen como tres o cuatro botellas en el piso y nadie les
dice nada —observa el Negro.
—Esos serranos son delincuentes —continúa el Gordo—. Hace
un rato los municipales se han acercado y los han corrido. Seguro cargan con
cuchillo y verduguillo. Ahí debe intervenir la policía, antes de que se pongan
a mear o vomitar en el monumento.
—¡Nada, huevones! Lo que nos falta a nosotros es tener más
carácter, hacernos respetar, tenemos miedo hasta de una resondrada.
El Negro se encarga de caldear un ambiente bastante tenso
de por sí. Tucho quiere una oportunidad para taparle la boca al candelero, Coco
demostrar que no se achica ante nadie, Tomás y Alfredo se incomodan por un
grupúsculo de simpatizantes del Sporting Rambler que, trago en mano, celebran
ruidosamente el triunfo sobre el Tres Coronas como si hubieran ganado la final
del campeonato. Incluso un sujeto tan pasivo como Carlitos arde de indignación
cuando un vendedor ambulante lo golpea con su recipiente de madera cargado de
cigarrillos y golosinas, regándose un sinnúmero de caramelos por el piso.
—¡Carajo! ¡No puedes ver por donde pisas! —responde el
vendedor con todo desparpajo, apurándose en recoger su mercadería.
—¡Tienes cigarrillos! —pregunta Tucho.
—¡No ves que sí! —continúa insolente.
—Tienes Winston rojos.
—¡No! Los tengo amarillos.
—¿No te han enseñado a responder bien, huevón? —exclama
Coco, ganoso de intervenir en el pleito.
—¡Y a ti no te han enseñado a quedarte callado! —le
responde el vendedor.
—Deja tus huevadas de lado y atrévete a volver a
levantarme la voz.
El vendedor ambulante acepta el reto, deposita el
recipiente de madera en una de las bancas y sea porque ha tenido un mal día,
mezcla de bajas ventas y problemas en casa, se cuadra para pelear.
—Seguro se trataba de un mocoso de doce años —señala
Jonás, sabedor de que Anita, Gina, Marité y Joaquina han parado la oreja—,
flacuchento y descuajeringado.
—Era más bajo que Coco —señala el Gordo—, pero fornido,
uno o dos años mayor que nosotros. Una pelea bastante pareja.
Formado el círculo de espectadores, Coco toma la
iniciativa y lanza dos patadas que el vendedor esquiva y éste, a su vez,
responde con dos derechazos que impactan en los brazos de su contrincante.
“¡Qué esperas, huevón, masácralo!” le ordena Tucho y Coco, resoplando ira por
la nariz, embiste como un toro, llevándoselo por delante y los dos ruedan por
las baldosas. Forcejean por un rato hasta que el embestidor consigue levantarse
y con una lluvia cargada de puntapiés impide que su rival se levante. “¡Mátalo,
huevón, remátalo!” El agresor obedece, enardecido por un impulso bestial, mas
el vendedor, consigue rodar y escabullirse, como si su cuerpo y extremidades
fueran de goma, debajo de una de las bancas y de allí echarse a correr por las
escalinatas que conducen a lo alto del monumento y emitir un estridente silbido
hacia otro de los sectores de la plaza. Entonces, otros vendedores ambulantes,
lustrabotas, limpiadores de autos y grupos de malandros que se encuentran
exaltados por el alcohol, acuden al llamado, formando una cuarentena de
personas dispuestas a repartir golpe.
—¡Y cómo no los mataron! —se horroriza Joaquina.
—Porque personas ‘bien’ como nosotros, saltaron a
defendernos y metieron goma a diestra y siniestra —responde Chabelo.
—Parece que ayer había un aroma de violencia en el
ambiente, un hedor tóxico que enervaba a quien lo inhalaba —agrega el Gordo.
De buenas a primeras, la plaza mayor se convierte en una
vorágine de puñetes y patadas, de cabezazos y contorsiones. Algo que no se veía
desde la revolución del año treinta y dos. Tucho y el Negro, los más
experimentados en estos menesteres, se colocan en los extremos del círculo de
amigos. El primero mantiene a raya a los vendedores, el segundo a los
lustrabotas y limpiadores de autos, aunque uno de ellos consigue derribarlo al
chicotearle la cara con su trapo húmedo. El ‘Winston Amarillo’ parece haber
recuperado nuevos bríos y encuentra a Coco con quien se lía a puñetazo limpio
en el centro del círculo. Tomás, henchido por su amor al Tres Coronas, solito
les busca camorra a los tres simpatizantes del Sporting Rambler y como los
agarra de sorpresa, en su primera arremetida tumba a dos de ellos al suelo y
con su tremenda masa encefálica derriba al tercero, reventándole la nariz. Carlitos,
por su parte, desarma de un tacle a un malandro y su navaja cae en el jardín.
Alfredo arremete contra otro de ellos y el Gordo, a espaldas de este, ensaya un
manotazo en el aire o lanza una patada en pos de una canilla. El propio
Chabelo, entusiasmado por el sensacional arranque de sus amigos, ensaya una
patada voladora contra otro de los malandros y consigue que este caiga
aparatosamente, impactando su cabeza con el filo de una de las bancas, mas no
prevé que un compinche del caído va a estamparle un patadón en la espalda que
lo hace volar y caer de bruces sobre los arbustos. Nunca se le había visto más
pálido y asustado como cuando volvió a levantar la cara y comprobar que las
cosas comenzaban a tornarse color de hormiga. Mejor enterrar la cabeza y
‘perder el conocimiento’. La noche había finalizado para él.
—Si tenían la pelea prácticamente dominada —razona
Nando—, ¿en qué momento se dejaron voltear el marcador?
—En ningún momento he afirmado que las acciones hayan
estado a nuestro favor —aclara Viche—. Al principio quizá aprovechamos la
sorpresa de los malandros quienes no calcularon que los ‘pituquitos’ iban a
salir a atacarlos, cumpliéndose aquello de “quien golpea primero, golpea
doble”. Pero una vez repuestos del embate, no sólo equipararon las acciones.
Todo se tornó una masacre.
Cuando Viche llega al auxilio de sus amigos, afanoso por
reventar cerebros, ya las cosas daban un vuelco trágico. La inclusión de
conocidos del colegio Celestiano y de muchachos mayores que comienzan a repartir
goma con verdadero entusiasmo, repitiendo la frase: “hagamos patria, matemos a
un indio hoy”, poco hacen para aminorar los ímpetus de sus adversarios, quienes
parecen multiplicarse, aflorar de cada baldosa de la plaza. Los limpiadores de
carros caen como si se tratasen pirañas encima de el Negro, lo mismo sucede con
Tucho quien pierde el equilibrio y es cocido a patadas por tres vendedores.
Peor le va a Tomás a quien uno de los hinchas del Rambler le revienta la cabeza
con una botella, mientras que el otro que queda parado, lo muele a puntapiés.
Para desplomar a Carlitos, los malandros hacen uso de una estrategia similar,
le revientan la cabeza con una cadena y lo rematan en el piso. Caído el
principal baluarte, también Alfredo es tumbado y apenas atina a cubrirse en
posición fetal de los ataques. El Gordo, por su parte, al ver todo perdido,
toma asiento en una de las bancas y se pone a silbar hasta que pase la turbulencia.
Milagrosamente nadie se fija en él. Coco logra, después de dura brega, conectar
el puñetazo preciso que deja al ‘Winston amarillo’ fuera de combate. “¡Levántate
que recién estoy calentando!”, lo desafía. No se percata que un malandro se
cuelga en su espalda y otro le propina un certero golpe en los riñones que lo
hace caer de rodillas.
—No me explico cómo siguen vivos —exclama el Cabezón,
sobándose los nudillos. Le hubiera gustado estar allí y ayudar a sus
amigos.
—Porque al igual que en las películas de vaqueros —narra
el Gordo—, la caballería llegó en nuestro rescate.
Una mezcla de efectivos policiales y agentes municipales
llegaron en sus vehículos ululares y como por arte de magia, los malandros
comenzaron a desaparecer cuando la plaza es alumbrada por las luces rojas y
azules de las circulinas. “Se esfumaron al igual que Drácula al contacto de la
luz solar”, ilustra Alfredo que al igual que todos los caídos les cuesta
ponerse en pie. Chabelo y Viche se encargan de subir a Carlitos, quien ha
llevado la peor parte, en uno de los patrulleros y acompañarlo a que le pongan
puntos en el Hospital Regional. Lo mismo hacen el Negro y Coco con Tomás.
Sentados en una banca quedan Tucho, Alfredo y el Gordo.
—¡Qué muchachitos de mierda! —les resondra uno de los
policías— Esta gracia ha podido resultarles muy cara. Vamos volando para la
comisaría.
—No sea malo, jefe —intenta Tucho convencerlo—, somos
escolares. Encima que nos han gomeado, le vamos a dar tremendo colerón a
nuestros padres.
—¡Y qué quieren! Que les demos galletitas y chocolate
caliente. Si por mí fuera los metería en una correccional para que aprendan.
—Nosotros no hemos sido, jefe —insiste Tucho a punto de
botar unas lágrimas para causar más lástima—, fueron esos malandros quienes nos
buscaron pelea. Nos vieron con buena ropa y buenas zapatillas y nos quisieron
asaltar. Somos estudiantes del colegio Mariano. Mi hermano es John Salas, es
íntimo amigo del comisario...
—¡Cállense la boca y retírense a sus casas! Si los vuelvo
a ver por aquí a estas horas, los hago barrer y limpiar las letrinas de la
comisaría.
Enterado de los hechos, el reverendo padre Rodrich se
levanta de su escritorio y observa a los cinco muchachos apretujados en el
mullido sofá de cuero verde.
—Señor Calligari, usted es el que menos faltas tiene
acumuladas en su hoja de conducta, así que retorne a su sección —Coco se
levanta, hace una venia a la autoridad y se retira—. Señor Salas, usted fue
aceptado en esta institución el año pasado por mediación del Hermano Basilio,
que Dios lo tenga en la gloria, sus problemas son de otra índole, bajo rendimiento
y porque adeuda siete mensualidades. Su padre firmó una carta comprometiéndose
con ponerse al día en los pagos, pero a la fecha naca la piriñaca. Al menos
debería preocuparse por tener un comportamiento decente.
—Eso intento padre...
—¡Intentarlo no es suficiente! Condúzcase con cuidado y
recuérdele a su padre que tienen hasta el 24 de julio para cancelar su copiosa
deuda con este plantel, sino se le entregarán sus papeles y tendrá que terminar
la Secundaria en otra parte —Tucho se retira abochornado y mentándole la madre
al director por haber revelado su precaria situación crediticia—. Con ustedes
tres no tengo muy claro que voy a hacer.
—Si quiere llamo a mis padres a Houston y les digo que
paguen todo el año por adelantado —ironiza el Negro.
—Señor Novaro, sabe muy bien que el problema con usted no
es pecuniario, si no de disciplina. Ustedes tres son los únicos estudiantes con
matrícula condicional de la sección de Quinto Año y si bien no conté con las
pruebas suficientes con el asunto de la pasada telefónica, ahora sí se colocan
en bandeja de plata para poder expulsarlos.
—¡Ayayay, me duele la cabeza! —finge Tomás, llevándose la
mano al vendaje— Hable un poquito más despacio, mire que todavía estoy muy
afligido por lo el traspié del Tres Coronas; dígame, ¿por qué vamos a ser
expulsados del colegio?
—¡Y todavía tiene la desvergüenza de preguntar! ¿No le
parece motivo suficiente haberse involucrado en batahola semejante, faltando a
los buenos principios con los que debe regirse cualquier estudiante de esta
institución?
—Un momentito, padrecito, serénese un poco y aclaremos
este asunto por partes —se prepara Tomás a darle rienda suelta a su
cantinfleo—. En primer lugar, el Negro y yo salíamos de escuchar misa de la
Catedral como buenos cristianos, cuando nos encontramos con Alfredo, Tucho,
Carlitos y Coco que salían del cine en función de Vermouth, ¿qué fueron a ver?
—Mississippi en
llamas —miente Alfredo—, excelente radiografía sobre el racismo y la
hipocresía en los pueblos donde el poder fosilizado hace uso del terror y la
manipulación para demostrar que todavía mantiene la sartén por el mango.
—Excelente argumento, acorde a estos aciagos momentos que
nos toca afrontar —ironiza Tomás—. Nos detuvimos a conversar como lo hace mucha
gente de nuestra edad en una retreta dominical, cuando fuimos atacados por un
grupo de crueles desadaptados que quisieron echarle guante a nuestras
billeteras.
—Me quieren hacer creer que intentaron asaltarlos en
medio de cientos de personas...
—Esa es la purita verdad, padre —expresa el Negro con
cinismo—, ya la retreta no es lo que era en los tiempos idos, ahora se ha
convertido en tierra de nadie donde impera el pillaje y la violencia. El
arzobispado debería tomar cartas en el asunto si no desea que la feligresía
disminuya a las liturgias nocturnas. Yo por lo pronto no vuelvo a asistir a
misa pasado el mediodía.
—De todas maneras, padre, todavía no me queda claro cuál
es la gravedad de nuestra falta —salta Alfredo—. Según el reglamento del
educando, estamos prohibidos de involucrarnos en peleas sea en el interior del
plantel o fuera de él, siempre y cuando portemos la insignia representativa de
la institución o vistamos uniforme escolar y todos los involucrados ayer
estábamos vestidos con ropa de calle. Nadie portaba el estandarte del colegio
Mariano por ninguna parte.
—Convengamos entonces que expulsarlos sería un acto
arbitrario que hasta podría costarle a este plantel una querella judicial por
parte de sus padres. Empero, igual soy de la opinión que es necesario extirpar
a las ovejas negras para preservar el orden y los principios cristianos en el
resto del rebaño. Así que tengan mucho cuidado porque no descansaré hasta
verlos fuera de estas paredes que ustedes abominan con su presencia.
—Hoy se cumplen los primeros once días de nuestro último
año de clases —calcula Tomás—. Estamos seguros que con la ayuda de Dios y la de
nuestros educadores, alcanzaremos la meta.
—¡Fuera de mi vista!
Las cuatro cuadras que separan la plaza mayor del local
de Jambos, la mejor sanguchería de la urbe, las recorren a paso ligero. El
Gordo se pide un ‘Matahambre’, una bestialidad que contiene hamburguesa,
chorizo, huevo frito, salchicha vienesa y ensalada. Alfredo, a quien el ajetreo
le ha abierto el apetito a pesar de todo lo que ha ingerido en la casa de su
abuela, pide un Cheese Burger embadurnándola con la mostaza que el mismo
establecimiento prepara y cuyo sabor es único. Entre ambos le financian a Tucho
un económico hot-dog parrillero.
—Hoy nos duele poco comparado a mañana. Vamos a sentir
cuando nos levantemos que una aplanadora nos ha pasado por encima —opina el
Gordo.
—Ha sido una verdadera sacada de mierda —comenta
Alfredo—. La paliza que recibimos en Pacharra no se compara a ésta.
—Yo no quise mecharme con los que ustedes se enfrentaron.
Me agarré con los ambulantes, tipos mucho más sanos. ¿No reconocieron con
quienes se trenzaron a golpes? —les dice Tucho.
—No, huevón. Cuando emergen tantos en la oscuridad, todos
me parecen iguales —responde Alfredo.
—Yo sí reconocí a un par de ellos —prosigue Tucho—. A uno
le dicen ‘Branco’ y al otro ‘Resguardo’, forman parte de la banda de Los
Chacales.
—¿Acaso no habían barrido con esos infelices? —acota el
Gordo.
—Mientras no lo encierren al Pericles, el cabecilla de la
banda, siempre va a tener a algunos perros a su costado y ellos pululan cerca
de nuestro barrio. Ojalá no nos hayan reconocido, si no cualquier día nos
cuadran y nos meten cuchillo.
—¡Porca miseria! —estalla Alfredo— Ayer amenazados por un
narco y hoy por un par de malandrines. ¡En qué puta ciudad estamos!
—Avisémosle al ‘Viejo’ —sugiere al Gordo, aludiendo a
quien funge, sin haber sido nombrado, de protector en el barrio—, ese huevón,
solito se ha bronqueado con varios de Los Chacales y siempre les ha sacado su
mierda.
—Igual no estaría demás tener cuidado cuando salgamos a
la calle, sobre todo de noche...
En eso el trío observa que el ‘Jet’ Souza, un flaco del
colegio Mariano, ocho promociones mayor que ellos, dedicado a la compra-venta
de automóviles, acaba de terminar su sánguche y se dispone a partir en su Mazda
pick-up hacia Cali, por lo que le piden un aventón. “¡Puta madre!, van a ser
las once, hoy mi viejo me saca la mierda”, avizora Alfredo. Acomodados en la
tolva, ven que a media cuadra se les acerca un par de jóvenes del colegio
Celestiano, quienes en algún momento se llegaron a involucrar a favor de ellos
en la gresca de la retreta. Rápido reconocen a quien levanta las manos pidiendo
también un aventón, se trata de Toto Orreaga, el vecino del Gordo. La camioneta
arranca sin esperarlos, pero Tucho no pierde la oportunidad de gritarle:
—¡A ti, huevón, que te lleve la Virgen!

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