domingo, 12 de abril de 2015

la retreta

               
               A poco de iniciar su clase, el profesor Boz interrumpió su cháchara sobre trigonometría, la curiosidad le impedía concentrarse, así que dejó la tiza y se dirigió a la dirección de Disciplina en busca de Mario Pratts. “Acompáñeme por favor”. Ambos se dirigen a la sección de Quinto Año y echan un vistazo a toda la fauna estudiantil. “¿No percibe usted nada anormal?”, pregunta Boz. Pratts agudiza la mirada. “¿Algún angelito con el cabello largo?” El docente menea negativamente la cabeza y llama uno por uno a los posibles infractores de una norma, aunque no logra avizorar específicamente de cual se trata. Salen al frente Tomás, Carlitos, Tucho, Alfredo, Coco y el Negro. Recién entonces el director de disciplina repara en que todos y cada uno presentan distintas magulladuras en la cara. Coco y Alfredo los pómulos hinchados, Tucho y el Negro los pómulos y también los párpados, Tomás y Carlitos lucen igual, pero llevan un grueso vendaje en la cabeza. “¿Acaso les ha pasado un tranvía encima?”, exclama Pratts al percatarse de la gravedad de los hematomas, disponiendo que los dos últimos retornen a sus casas. “¡Qué padres tan inconscientes!, enviar a sus hijos en ese estado!”, piensa.            
            —Dime, Gómez, ¿qué diablos les pasó? —le pregunta a Tomás, ni bien llega el padre de Carlitos a recogerlo.
            —¿Usted sabe lo que es la pasión por el Tres Coronas? —le responde quien pasará toda la mañana en su oficina y ningún familiar vendrá por él— Para algunos es un asunto de vida o muerte. Yo le aseguro que es mucho más importante que eso. El juego del Tres Coronas es la forma que Dios utiliza para comunicarse con los hombres, puedes ver el paraíso de cerca cada vez que gana y el infierno cuando le toca perder. Ayer el equipo perdió en casa y eso fue como profanar tierra sagrada. Caímos ante las fuerzas del mal.  
            Exagerada o no la descripción que el propio Tomás hace de su fanatismo por el Tres Coronas, el cual comparte en mayor o menor medida con un buen puñado de sus compañeros de clase, lo cierto es que ayer los once jugadores del llamado ‘equipo del pueblo’ jugaron mal en su propio estadio frente al Sporting Rambler, institución perteneciente a Industrias Rambler —la cual le compró la categoría, hace una punta de años, al desaparecido equipo de la tabacalera nacional— y que se ha ganado la antipatía de las mayorías por adquirir los mejores jugadores de los demás clubes y también el favor de los árbitros. El Tres comenzó ganando con un cabezazo tras una distracción de un defensa que estorbó la salida del arquero. Igualó el Sporting con un tiro penal, dudoso como todos los penales que le cobran a favor. Con el empate se fueron con todo al ataque y se pusieron adelante ahora con un testazo similar al que metió el Tres. En desventaja, los locales se fueron con todo al ataque y el Sporting logró el tres a uno de contragolpe. De nada les valió luego descontar con gol de su defensa central y principal caudillo, el Tres Coronas había perdido en la tercera fecha del campeonato su primer partido y cedido la punta en solitario al University, el rival de siempre.
            Apenas acaba el partido, Alfredo, tanto o más fanático que Tomás del Tres, apaga la radio y siente en el estómago una agrura que le estropea el almuerzo. Con un humor de perros, se encierra en su dormitorio hasta que llega la noche y le avisan que tiene una llamada telefónica. Se trata de Chabelo quien le avisa un buen grupo del aula ha quedado encontrarse en la Plaza Mayor, después de la liturgia de las ocho de la noche en la Catedral. “Estoy allí a las ocho y media”, asegura. Se baña y se viste lo más rápido que puede y ataja a sus padres al momento de que sacan la camioneta Toyota station-wagon.                                             
            —¡Papá! ¡Espérame! ¡Los acompaño!
            —¡Qué milagro quieres visitar a tu abuela! —le dice su progenitor.
            —Cualquiera que te escuche, diría que soy un nieto muy ingrato —lo cual es verdad—, aparte que hace tiempo que no pruebo sus sanguchitos de lomito asado.
            Sentado en la mesa, Alfredo no sólo degusta el lomito asado, también los sánguches de jamoncito serrano y los de aceituna encebolladas. “¿Alfredito, quieres más?”, insiste la dueña de casa, pero ebrio de tanto comer, le hace señas con las manos que es suficiente. “Con tremenda tragadera, échate a la cama e intenta dormir”, le recomienda su tía Margot, recordando que a las boas constrictoras el dormitar les favorece la digestión. El comilón se niega y anuncia que mejor estira las piernas.
            —¿Y a dónde te vas, pajarito? —lo encara su papá.
            —Un rato a la retreta, papá. Mis amigos van a ir un rato y...
            —Alfredo, mañana es lunes y tienes que ir al colegio —le dice su madre.
            —Sólo por este domingo, mamá. Converso con los amigos un rato y estoy en casa a las once.
            —A las diez, pajarito —le advierte su padre— Si no el próximo fin de semana no sales.
            —¡Cuánta disciplina, por amor de Dios! —exclama Pratts, fingiendo indignación, teniendo a los otros muchachos magullados al otro lado de su escritorio— El colegio hace su parte intentando educarlos, pero tropezamos si los padres son tan permisivos. En vez de estar repasando sus lecciones, ustedes se encuentran en las calles a horas que no deben. Díganme, ¡qué pasó después!
 
             
            La casa de la abuela de Alfredo se sitúa a la vuelta de la Plaza Mayor. Se trata de un viejo solar edificado a mediados del siglo XIX y ocupado por su familia a raíz que su abuelo fue nombrado Vocal Superior de la Corte de Justicia por los días en que Hitler anexó Checoslovaquia al Tercer Reich. Allí crecieron don Genaro y sus siete hermanos. Cuando Alfredo llega a la esquina de la plaza, entre la Catedral y el Hotel de Turistas, allí se encontraban, formando un redondel, Tucho, el Negro, Tomás, Carlitos, Coco, el Gordo, Viche, Chabelo y Rodrigo. El reloj marca cuarto para las nueve y emergen de las puertas de la Catedral los fieles creyentes y las muchachas que son su foco de atención.
     La retreta es una actividad social que se remonta a los principios de la república. Los ciudadanos se congregaban los domingos por la noche a escuchar a la banda de infantería entonando marchas y tocadas festivas. Congregaba, en sus mejores tiempos, al alcalde y demás autoridades, los colegios organizaban paseos de faroles y concursos de danzas folclóricas, se colocaban puestos de viandas y golosinas donde los niños podían adquirir globos y algodón dulce. Las retretas de hoy son distintas. Ya no hay bandas de músicos. Por ordenanza municipal los comerciantes están prohibidos de colocar sus puestos de viandas en el perímetro de la plaza. Los colegios dejaron de realizar paseos de faroles. Los integrantes de la alta sociedad se replegaron a sus casas o a otras actividades, dejando las retretas en manos de la juventud de otros sectores, quienes a la salida de los diversos templos o de las funciones de vermouth en los cines del centro, abarrotaban la plaza. También ganaron espacio en el lugar los más pobres, los desplazados, los emigrantes de la sierra dedicados a oficios menores. El corazón de la ciudad era los domingos propiedad de la chusma y la decadencia asomaba irreversible. Alfredo recordaba, apenas un lustro atrás, a los jóvenes de los mejores colegios haciendo sentir su presencia en las retretas —de ahí que las llamaran ‘zonzódromos’ por dar como zombies vueltas por la plaza—, él tendría doce años cuando su padre, luego de visitar a la abuela, cumplía con recoger a su hermano Genaro y amigos en una de las esquinas, frente al edificio de la Beneficencia. En ese tiempo los cazadores estaban tras las chiquillas del Virgen de las Mercedes o del Paulista, ahora las ‘presas’ provienen de colegios de menor jerarquía, chicas que estudian una carrera corta en algún instituto y hasta empleadas del hogar en su día de franco.
            —¡Gordo! —le pasa la voz Tucho sobre dos muchachas que desfilan con su jean apretado— Ataca a la de la derecha y yo le voy a la de la izquierda.
            —¡Miren a esas flacas! —grita el Gordo para que todos volteen— ¡Hay una culona que está bien buena!
            —¡Pa’ ti solito, mierda! —exclama Tucho con un tono de voz que delata el estrato popular en el que se ha criado y todos estallan en carcajadas.
            —¡De que se ríen, carajo! A cualquiera se le escapa un ‘gallo’ —se defiende.
            —¡Nada, serrano de mierda! —le dice el Negro— Se te salió el callejón de donde provienes.
            A esa hora, como todos los domingos, la plaza se encuentra sectorizada por diversos públicos. Los chicos ‘bien’, la gentita, tienen su ghetto frente a la Catedral. Frente a la Beneficencia está tomada por los cadetes del Colegio Militar quienes aguardan el bus que los trasladará a su institución, camino a Puerto Banderas. Frente a la Municipalidad se concentran los albañiles, las mucamas y algún músico folclórico que les aviva la nostalgia entonando canciones de sus serranías. En la última esquina, frente al bar Colonial, se ubican los charlatanes que argumentan tener la solución a los problemas de ese país o los cómicos ambulantes, quienes a cambio de unas monedas aglomeran a un nutrido grupo de curiosos con sus chácharas y sketchs callejeros. Viche y Rodrigo no paran de reír, mimetizados entre el público, con la rutina de Pikito, uno de los más ocurrentes del medio, quien luego de ponerse una peluca rubia y mover frenéticamente la cabeza con la introducción de Venus de los Shocking Blue, utilizando una escoba como guitarra, finaliza con uno de sus acostumbrados análisis comparativos entre ricos y pobres.
            —...Existen marcadas diferencias entre un pituco de verdad y el que pretende serlo y es más feo que la mierda. Por ejemplo, cuando el pituco invita a una flaca a bailar, se le acerca así —se mueve exagerando el movimiento de hombros—, se detiene delante de ella y le estira el brazo sin mirarla siquiera, como si en el fondo le estuviera haciendo un favor. “Flaca, ¿bailas?”, pregunta y su pie comienza a moverse  impaciente, marcando el tiempo que se demora en responder. La mayoría de veces le atracan porque el pituco de verdad es lo que aparenta, pero si ella rechaza la invitación porque está cansado o porque tiene un fuerte dolor de ovarios, el pata se quedará con la última palabra: “Pucha, flaca, no sabes lo que te pierdes, yo estoy de moda”, y se retira con la misma caminada. Aquí no pasó nada. En cambio, el que se cree pituco y vive en la invasión de la punta del cerro, cuando quiere sacar a bailar, camina así —recoge uno de los pies de manera exagerada—, jurándose bacán pero parece perro con moquillo. Se para frente a su víctima y le dice, masticando el chicle como una alpaca: “Madrecita, ¿bailas?” Lo más seguro es que lo disparen con un: “¡Salte de acá, serrano apestoso!”, pero como tantos rebotes ya sacan costra, el maldito se retirará bailando como John Travolta, cantando: “yuchulbidancinyeee...”
            —Por eso es que ustedes no recibieron golpes —les dice Jonás a Viche y Rodrigo, al verlos en clases sin ninguna huella de la golpiza.
            —Todo comenzó mucho después —aclara Viche, sospechando que la maliciosa intención de Jonás es acusarlos de haber rehuido de la gresca—, yo llegué a repartir golpe cuando vi a Tucho, Alfredo y Tomás en el suelo. Si me ves entero es porque todavía no me encuentro con el matón que me parta la cara. 
            —¿Y tú, Rodrigo? —persiste Jonás en embarrar a alguien.
            —Me encontré con Helga.
            —¿Con quién?
            —Con una perraza. Regresaba al grupo con Viche y ella que se nos cruza a la altura del monumento. “Tú eres el hermano de Popi”, me dice y yo me hice el que no la conoce, aunque sabía que Popi le había dado hasta por el poto. Cuando se armó la bronca, yo no podía dejar a Helga sola, Viche saltó en representación de los dos. Ella y yo trepamos en un taxi y la dejé en su casa, a espaldas del bar de la argentina, en Cali.
            —¿Te la comiste?
            —No, me la chapé nomás y por ahí su manoseadita de tetas. Pero hemos quedado para este viernes. Allí si me la reviento hasta por las orejas.
            —Si no se entera Popi y te saca la mierda.
            —No creas, Jonás. Ese huevón no es celoso con sus perras. “El Popi tiene lo suyo y lo comparte con orgullo”, me dijo cuando se lo conté por la mañana.
            —¿Y cómo comenzó todo?
            —No lo tengo claro —responde Viche—. Debió ser por culpa de Tucho o del Negro, siempre los más belicosos...


            —Así que ayer te corriste —le dice el Negro a Coco—. Los dejaste solos cargando con Pepe Peláez.
            —Yo jamás me he corrido de una pelea —se defiende el aludido—, siempre he saltado por mis amigos y lo voy a seguir haciendo. Lo de ayer fue distinto. Hablamos de un narcotraficante que no sólo te va a pegar, te va a cortar las pelotas y puede que hasta asesine a tus familiares que no tienen nada que ver en el entuerto. Soy bronquero, pero no suicida, me bronqueo con cualquiera menos con un narco o con un terruco. 
            —¿Saben algo de Pepe? —pregunta Carlitos— ¿Amaneció vivo?
            —Vivito y coleando —responde Chabelo—. Orita debe estar viajando a la capital, poniendo varios kilómetros entre él y las pistolas del narco. Por un buen tiempo no lo vamos a ver por aquí.
            —Bueno, cómo esto está más fúnebre que un velorio, al menos que haya trago. Armemos la ‘chancha’ para comprar un macerado de coco en La Virreina —propone Tomás.
            —En las retretas no te dejan chupar. Estamos rodeados de municipales. Nos decomisan el trago y pueden hasta meterlos en cana por ser menores de edad —asegura Tucho, siendo de ellos el único con documentos por ser un año mayor.
            —La botella la encaleto en este bolsillo —asegura Tomás, mostrando el interior de su abrigo— y nos pasamos el vasito con cuidado. Nadie se va a dar cuenta. Necesito tomar algo para que se me pase la cólera del partido de hoy.
            —Es mucho riesgo, huevón —apunta el Gordo—, y quiero irme tranquilo a mi cama. Mañana hay clases.  
            —Miren al fondo cómo esos forajidos toman con toda la concha del mundo. Tienen como tres o cuatro botellas en el piso y nadie les dice nada —observa el Negro.
            —Esos serranos son delincuentes —continúa el Gordo—. Hace un rato los municipales se han acercado y los han corrido. Seguro cargan con cuchillo y verduguillo. Ahí debe intervenir la policía, antes de que se pongan a mear o vomitar en el monumento.
            —¡Nada, huevones! Lo que nos falta a nosotros es tener más carácter, hacernos respetar, tenemos miedo hasta de una resondrada.
            El Negro se encarga de caldear un ambiente bastante tenso de por sí. Tucho quiere una oportunidad para taparle la boca al candelero, Coco demostrar que no se achica ante nadie, Tomás y Alfredo se incomodan por un grupúsculo de simpatizantes del Sporting Rambler que, trago en mano, celebran ruidosamente el triunfo sobre el Tres Coronas como si hubieran ganado la final del campeonato. Incluso un sujeto tan pasivo como Carlitos arde de indignación cuando un vendedor ambulante lo golpea con su recipiente de madera cargado de cigarrillos y golosinas, regándose un sinnúmero de caramelos por el piso.        
            —¡Carajo! ¡No puedes ver por donde pisas! —responde el vendedor con todo desparpajo, apurándose en recoger su mercadería.
            —¡Tienes cigarrillos! —pregunta Tucho.
            —¡No ves que sí! —continúa insolente.
            —Tienes Winston rojos.
            —¡No! Los tengo amarillos.
            —¿No te han enseñado a responder bien, huevón? —exclama Coco, ganoso de intervenir en el pleito.
            —¡Y a ti no te han enseñado a quedarte callado! —le responde el vendedor.
            —Deja tus huevadas de lado y atrévete a volver a levantarme la voz.
            El vendedor ambulante acepta el reto, deposita el recipiente de madera en una de las bancas y sea porque ha tenido un mal día, mezcla de bajas ventas y problemas en casa, se cuadra para pelear.
            —Seguro se trataba de un mocoso de doce años —señala Jonás, sabedor de que Anita, Gina, Marité y Joaquina han parado la oreja—, flacuchento y descuajeringado.
            —Era más bajo que Coco —señala el Gordo—, pero fornido, uno o dos años mayor que nosotros. Una pelea bastante pareja.
            Formado el círculo de espectadores, Coco toma la iniciativa y lanza dos patadas que el vendedor esquiva y éste, a su vez, responde con dos derechazos que impactan en los brazos de su contrincante. “¡Qué esperas, huevón, masácralo!” le ordena Tucho y Coco, resoplando ira por la nariz, embiste como un toro, llevándoselo por delante y los dos ruedan por las baldosas. Forcejean por un rato hasta que el embestidor consigue levantarse y con una lluvia cargada de puntapiés impide que su rival se levante. “¡Mátalo, huevón, remátalo!” El agresor obedece, enardecido por un impulso bestial, mas el vendedor, consigue rodar y escabullirse, como si su cuerpo y extremidades fueran de goma, debajo de una de las bancas y de allí echarse a correr por las escalinatas que conducen a lo alto del monumento y emitir un estridente silbido hacia otro de los sectores de la plaza. Entonces, otros vendedores ambulantes, lustrabotas, limpiadores de autos y grupos de malandros que se encuentran exaltados por el alcohol, acuden al llamado, formando una cuarentena de personas dispuestas a repartir golpe.
            —¡Y cómo no los mataron! —se horroriza Joaquina.
            —Porque personas ‘bien’ como nosotros, saltaron a defendernos y metieron goma a diestra y siniestra —responde Chabelo.
            —Parece que ayer había un aroma de violencia en el ambiente, un hedor tóxico que enervaba a quien lo inhalaba —agrega el Gordo.
            De buenas a primeras, la plaza mayor se convierte en una vorágine de puñetes y patadas, de cabezazos y contorsiones. Algo que no se veía desde la revolución del año treinta y dos. Tucho y el Negro, los más experimentados en estos menesteres, se colocan en los extremos del círculo de amigos. El primero mantiene a raya a los vendedores, el segundo a los lustrabotas y limpiadores de autos, aunque uno de ellos consigue derribarlo al chicotearle la cara con su trapo húmedo. El ‘Winston Amarillo’ parece haber recuperado nuevos bríos y encuentra a Coco con quien se lía a puñetazo limpio en el centro del círculo. Tomás, henchido por su amor al Tres Coronas, solito les busca camorra a los tres simpatizantes del Sporting Rambler y como los agarra de sorpresa, en su primera arremetida tumba a dos de ellos al suelo y con su tremenda masa encefálica derriba al tercero, reventándole la nariz. Carlitos, por su parte, desarma de un tacle a un malandro y su navaja cae en el jardín. Alfredo arremete contra otro de ellos y el Gordo, a espaldas de este, ensaya un manotazo en el aire o lanza una patada en pos de una canilla. El propio Chabelo, entusiasmado por el sensacional arranque de sus amigos, ensaya una patada voladora contra otro de los malandros y consigue que este caiga aparatosamente, impactando su cabeza con el filo de una de las bancas, mas no prevé que un compinche del caído va a estamparle un patadón en la espalda que lo hace volar y caer de bruces sobre los arbustos. Nunca se le había visto más pálido y asustado como cuando volvió a levantar la cara y comprobar que las cosas comenzaban a tornarse color de hormiga. Mejor enterrar la cabeza y ‘perder el conocimiento’. La noche había finalizado para él. 
            —Si tenían la pelea prácticamente dominada —razona Nando—, ¿en qué momento se dejaron voltear el marcador?
            —En ningún momento he afirmado que las acciones hayan estado a nuestro favor —aclara Viche—. Al principio quizá aprovechamos la sorpresa de los malandros quienes no calcularon que los ‘pituquitos’ iban a salir a atacarlos, cumpliéndose aquello de “quien golpea primero, golpea doble”. Pero una vez repuestos del embate, no sólo equipararon las acciones. Todo se tornó una masacre.
            Cuando Viche llega al auxilio de sus amigos, afanoso por reventar cerebros, ya las cosas daban un vuelco trágico. La inclusión de conocidos del colegio Celestiano y de muchachos mayores que comienzan a repartir goma con verdadero entusiasmo, repitiendo la frase: “hagamos patria, matemos a un indio hoy”, poco hacen para aminorar los ímpetus de sus adversarios, quienes parecen multiplicarse, aflorar de cada baldosa de la plaza. Los limpiadores de carros caen como si se tratasen pirañas encima de el Negro, lo mismo sucede con Tucho quien pierde el equilibrio y es cocido a patadas por tres vendedores. Peor le va a Tomás a quien uno de los hinchas del Rambler le revienta la cabeza con una botella, mientras que el otro que queda parado, lo muele a puntapiés. Para desplomar a Carlitos, los malandros hacen uso de una estrategia similar, le revientan la cabeza con una cadena y lo rematan en el piso. Caído el principal baluarte, también Alfredo es tumbado y apenas atina a cubrirse en posición fetal de los ataques. El Gordo, por su parte, al ver todo perdido, toma asiento en una de las bancas y se pone a silbar hasta que pase la turbulencia. Milagrosamente nadie se fija en él. Coco logra, después de dura brega, conectar el puñetazo preciso que deja al ‘Winston amarillo’ fuera de combate. “¡Levántate que recién estoy calentando!”, lo desafía. No se percata que un malandro se cuelga en su espalda y otro le propina un certero golpe en los riñones que lo hace caer de rodillas.
            —No me explico cómo siguen vivos —exclama el Cabezón, sobándose los nudillos. Le hubiera gustado estar allí y ayudar a sus amigos. 
            —Porque al igual que en las películas de vaqueros —narra el Gordo—, la caballería llegó en nuestro rescate.
            Una mezcla de efectivos policiales y agentes municipales llegaron en sus vehículos ululares y como por arte de magia, los malandros comenzaron a desaparecer cuando la plaza es alumbrada por las luces rojas y azules de las circulinas. “Se esfumaron al igual que Drácula al contacto de la luz solar”, ilustra Alfredo que al igual que todos los caídos les cuesta ponerse en pie. Chabelo y Viche se encargan de subir a Carlitos, quien ha llevado la peor parte, en uno de los patrulleros y acompañarlo a que le pongan puntos en el Hospital Regional. Lo mismo hacen el Negro y Coco con Tomás. Sentados en una banca quedan Tucho, Alfredo y el Gordo.
            —¡Qué muchachitos de mierda! —les resondra uno de los policías— Esta gracia ha podido resultarles muy cara. Vamos volando para la comisaría.
            —No sea malo, jefe —intenta Tucho convencerlo—, somos escolares. Encima que nos han gomeado, le vamos a dar tremendo colerón a nuestros padres.
            —¡Y qué quieren! Que les demos galletitas y chocolate caliente. Si por mí fuera los metería en una correccional para que aprendan.
            —Nosotros no hemos sido, jefe —insiste Tucho a punto de botar unas lágrimas para causar más lástima—, fueron esos malandros quienes nos buscaron pelea. Nos vieron con buena ropa y buenas zapatillas y nos quisieron asaltar. Somos estudiantes del colegio Mariano. Mi hermano es John Salas, es íntimo amigo del comisario...
            —¡Cállense la boca y retírense a sus casas! Si los vuelvo a ver por aquí a estas horas, los hago barrer y limpiar las letrinas de la comisaría.


            Enterado de los hechos, el reverendo padre Rodrich se levanta de su escritorio y observa a los cinco muchachos apretujados en el mullido sofá de cuero verde.
            —Señor Calligari, usted es el que menos faltas tiene acumuladas en su hoja de conducta, así que retorne a su sección —Coco se levanta, hace una venia a la autoridad y se retira—. Señor Salas, usted fue aceptado en esta institución el año pasado por mediación del Hermano Basilio, que Dios lo tenga en la gloria, sus problemas son de otra índole, bajo rendimiento y porque adeuda siete mensualidades. Su padre firmó una carta comprometiéndose con ponerse al día en los pagos, pero a la fecha naca la piriñaca. Al menos debería preocuparse por tener un comportamiento decente.
            —Eso intento padre...
            —¡Intentarlo no es suficiente! Condúzcase con cuidado y recuérdele a su padre que tienen hasta el 24 de julio para cancelar su copiosa deuda con este plantel, sino se le entregarán sus papeles y tendrá que terminar la Secundaria en otra parte —Tucho se retira abochornado y mentándole la madre al director por haber revelado su precaria situación crediticia—. Con ustedes tres no tengo muy claro que voy a hacer.
            —Si quiere llamo a mis padres a Houston y les digo que paguen todo el año por adelantado —ironiza el Negro.
            —Señor Novaro, sabe muy bien que el problema con usted no es pecuniario, si no de disciplina. Ustedes tres son los únicos estudiantes con matrícula condicional de la sección de Quinto Año y si bien no conté con las pruebas suficientes con el asunto de la pasada telefónica, ahora sí se colocan en bandeja de plata para poder expulsarlos.
            —¡Ayayay, me duele la cabeza! —finge Tomás, llevándose la mano al vendaje— Hable un poquito más despacio, mire que todavía estoy muy afligido por lo el traspié del Tres Coronas; dígame, ¿por qué vamos a ser expulsados del colegio?
            —¡Y todavía tiene la desvergüenza de preguntar! ¿No le parece motivo suficiente haberse involucrado en batahola semejante, faltando a los buenos principios con los que debe regirse cualquier estudiante de esta institución?
            —Un momentito, padrecito, serénese un poco y aclaremos este asunto por partes —se prepara Tomás a darle rienda suelta a su cantinfleo—. En primer lugar, el Negro y yo salíamos de escuchar misa de la Catedral como buenos cristianos, cuando nos encontramos con Alfredo, Tucho, Carlitos y Coco que salían del cine en función de Vermouth, ¿qué fueron a ver?
            —Mississippi en llamas —miente Alfredo—, excelente radiografía sobre el racismo y la hipocresía en los pueblos donde el poder fosilizado hace uso del terror y la manipulación para demostrar que todavía mantiene la sartén por el mango. 
            —Excelente argumento, acorde a estos aciagos momentos que nos toca afrontar —ironiza Tomás—. Nos detuvimos a conversar como lo hace mucha gente de nuestra edad en una retreta dominical, cuando fuimos atacados por un grupo de crueles desadaptados que quisieron echarle guante a nuestras billeteras.
            —Me quieren hacer creer que intentaron asaltarlos en medio de cientos de personas...
            —Esa es la purita verdad, padre —expresa el Negro con cinismo—, ya la retreta no es lo que era en los tiempos idos, ahora se ha convertido en tierra de nadie donde impera el pillaje y la violencia. El arzobispado debería tomar cartas en el asunto si no desea que la feligresía disminuya a las liturgias nocturnas. Yo por lo pronto no vuelvo a asistir a misa pasado el mediodía.
            —De todas maneras, padre, todavía no me queda claro cuál es la gravedad de nuestra falta —salta Alfredo—. Según el reglamento del educando, estamos prohibidos de involucrarnos en peleas sea en el interior del plantel o fuera de él, siempre y cuando portemos la insignia representativa de la institución o vistamos uniforme escolar y todos los involucrados ayer estábamos vestidos con ropa de calle. Nadie portaba el estandarte del colegio Mariano por ninguna parte.
            —Convengamos entonces que expulsarlos sería un acto arbitrario que hasta podría costarle a este plantel una querella judicial por parte de sus padres. Empero, igual soy de la opinión que es necesario extirpar a las ovejas negras para preservar el orden y los principios cristianos en el resto del rebaño. Así que tengan mucho cuidado porque no descansaré hasta verlos fuera de estas paredes que ustedes abominan con su presencia.
            —Hoy se cumplen los primeros once días de nuestro último año de clases —calcula Tomás—. Estamos seguros que con la ayuda de Dios y la de nuestros educadores, alcanzaremos la meta.
            —¡Fuera de mi vista!


            Las cuatro cuadras que separan la plaza mayor del local de Jambos, la mejor sanguchería de la urbe, las recorren a paso ligero. El Gordo se pide un ‘Matahambre’, una bestialidad que contiene hamburguesa, chorizo, huevo frito, salchicha vienesa y ensalada. Alfredo, a quien el ajetreo le ha abierto el apetito a pesar de todo lo que ha ingerido en la casa de su abuela, pide un Cheese Burger embadurnándola con la mostaza que el mismo establecimiento prepara y cuyo sabor es único. Entre ambos le financian a Tucho un económico hot-dog parrillero.
            —Hoy nos duele poco comparado a mañana. Vamos a sentir cuando nos levantemos que una aplanadora nos ha pasado por encima —opina el Gordo.
            —Ha sido una verdadera sacada de mierda —comenta Alfredo—. La paliza que recibimos en Pacharra no se compara a ésta.
            —Yo no quise mecharme con los que ustedes se enfrentaron. Me agarré con los ambulantes, tipos mucho más sanos. ¿No reconocieron con quienes se trenzaron a golpes? —les dice Tucho.
            —No, huevón. Cuando emergen tantos en la oscuridad, todos me parecen iguales —responde Alfredo.
            —Yo sí reconocí a un par de ellos —prosigue Tucho—. A uno le dicen ‘Branco’ y al otro ‘Resguardo’, forman parte de la banda de Los Chacales.
            —¿Acaso no habían barrido con esos infelices? —acota el Gordo.
            —Mientras no lo encierren al Pericles, el cabecilla de la banda, siempre va a tener a algunos perros a su costado y ellos pululan cerca de nuestro barrio. Ojalá no nos hayan reconocido, si no cualquier día nos cuadran y nos meten cuchillo.
            —¡Porca miseria! —estalla Alfredo— Ayer amenazados por un narco y hoy por un par de malandrines. ¡En qué puta ciudad estamos!
            —Avisémosle al ‘Viejo’ —sugiere al Gordo, aludiendo a quien funge, sin haber sido nombrado, de protector en el barrio—, ese huevón, solito se ha bronqueado con varios de Los Chacales y siempre les ha sacado su mierda.
            —Igual no estaría demás tener cuidado cuando salgamos a la calle, sobre todo de noche...
            En eso el trío observa que el ‘Jet’ Souza, un flaco del colegio Mariano, ocho promociones mayor que ellos, dedicado a la compra-venta de automóviles, acaba de terminar su sánguche y se dispone a partir en su Mazda pick-up hacia Cali, por lo que le piden un aventón. “¡Puta madre!, van a ser las once, hoy mi viejo me saca la mierda”, avizora Alfredo. Acomodados en la tolva, ven que a media cuadra se les acerca un par de jóvenes del colegio Celestiano, quienes en algún momento se llegaron a involucrar a favor de ellos en la gresca de la retreta. Rápido reconocen a quien levanta las manos pidiendo también un aventón, se trata de Toto Orreaga, el vecino del Gordo. La camioneta arranca sin esperarlos, pero Tucho no pierde la oportunidad de gritarle:
            —¡A ti, huevón, que te lleve la Virgen! 

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