De todos los secretos del Viejo, el mejor
guardado es el que concierne a su propia edad. Tema recurrente en las
borracheras en el parque de la Guillotina, los cálculos más benévolos le
chantan cuarenta y cuatro años, tomando en cuenta que Paulo, su hermano mayor,
frisa los cincuenta y Danilo, el
segundo, unos tres años menos. Mónica, la menor, andaría por los cuarenta. El
Viejo, partícipe en varias de esas discusiones, alimenta la duda respondiendo
con silencio a la pregunta impertinente. Hubo quienes decididos a ganar una apuesta,
acudieron a las oficinas del municipio en pos de su partida de nacimiento,
hallando las de todos sus hermanos, la de su progenitor inclusive, pero no
había rastros de la de él, añadiéndole un misterio más a su peculiar existencia.
“Estamos frente a un tipo no nato —concluyeron—, el anticristo del barrio”.
El nombre del Viejo es Juan Carlos. Sus padres
y amistades más cercanas los llaman ‘Juanca’, su madre y su abuelita lo
llamaban ‘Juancaquita’, a pesar que nunca le agradó, ya que le sonaba a “mierda
chiquita”. Se apellida Benítez y muchas veces ha mostrado jactancia de su
ascendencia directa de un asturiano que fungió de corregidor de esos
territorios durante la Colonia, convenciendo a sus hermanos de mandar a tallar
sus blasones —dos osos empinados al tronco de un peral de sinople— en la
entrada principal de su casa, con la finalidad de diferenciarse de la plaga de
Benites con ese, inscritos con yerro por un registrador malparido. Su padre,
que en paz descanse, había llegado a ocupar la presidencia del Tribunal
Superior de Justicia de la región. Su madre, quien también había pasado a mejor
vida, era una dama mexicana —natural de Oaxaca— de físico similar a Sara
García. Los hijos varones de este matrimonio habitan en el caserón de tres
pisos que recibieron de herencia. Mónica vivió allí hasta que conoció a un
refugiado argentino, acusado de montonero, se casó y hoy radica en Bahía Blanca.
En el primer piso lo ocupa el hermano mayor con su familia, compuesta por su
esposa y sus dos hijos pequeños quienes estudian en el colegio Mariano a pesar
de que él es egresado de una de las primeras promociones del Celestiano.
Graduado en Jurisprudencia, sigue los pasos de su padre y funge como Vocal de
la Corte Superior. El segundo hermano es un importante funcionario del Banco
Continente y ocupa el segundo piso, junto con su segunda esposa y sus hijos en
edad infantil. Sus vástagos mayores viven con su primera mujer en la Capital.
Juan Carlos habita en el tercer nivel, junto con su hijo Nicolás. El resto de
dormitorios están abarrotados de libros, periódicos, discos y una infinidad de
cachivaches que él se niega a desprenderse, salvo cuando presta algo a algún
sinvergüenza y luego éste tiene la desfachatez de no devolvérselo, abusando de
su buena fe. Alfredo Lora, por ejemplo, le conserva un libro biográfico de Bob
Dylan, una memoria del Tres Coronas a raíz de la consecución de su vigésimo
título nacional y el Let it Be de los
Beatles y el Alive She Cried de los
Doors en vinilo.
La casa de los Benítez se ubica en la calle La
Glorieta, frente a la casa de los Lora, cruzando el parque. Alfredo conoce al
Viejo desde que tiene uso de razón. Lejos de asustarse por su fúnebre figura —acentuada
por su andar semejante al Nosferatu de Murnau— o por su rostro cejijunto y
perfil de cernícalo, la simpatía hacia este personaje se selló para siempre
cuando apenas era un párvulo de cinco años y éste saltó para defenderlo de los
abusos de Genaro —su tormento principal hasta la pubertad— a quien cogió de las patillas y lo samaqueó
dando cuatro piruetas en el aire hasta hacerlo aterrizar de hocico en los
arbustos, advirtiéndole que si volvía a maltratar a su hermano menor, le
rompería cuatro dientes. Santo remedio. Genaro nunca más volvió a golpearlo en
público, desfogando sus abusos entre cuatro paredes. No existe nada que el
Viejo aborrezca más que la injusticia, por eso en el barrio se había convertido
en una especie de vigilante que combatía el vilipendio en cualquiera de sus
manifestaciones. Se trata pues de un hombre bastante alto y si bien su porte es
delgado, ha sido provisto por la Naturaleza de una fuerza descomunal que para
muchos es equiparable a la de Sansón de la Biblia. Su fama es tal que ningún
malhechor en su sano juicio osaría a cometer un atraco en el parque y en varias
manzanas a la redonda. A los últimos que intentaron birlarle la cartera una
vecina, les propinó tal pateadura que tuvieron que trasladarlos moribundos al
hospital en vez de la comisaría. Cuando el Viejo golpea, su vigor se sale de
control, lo cual se contradice con una persona que regularmente se conduce como
un pan de dios, bonachón y servicial, que responde con una sonrisa cada vez que
le toman el pelo y del que la mayoría abusa por su carácter afable. “Juan Carlos
es el agua mansa, cuyo efecto es devastador cuando se pone bravo”, opina don
Genaro que ha sido testigo de su furia las veces que salía a regar la escasa
vegetación del parque, en los tiempos que era un terral y no habían edificado
el monumento en tributo a Robespierre. “Puede decir que no, renegar un rato,
pero al final termina haciendo lo que otros le piden”, lo describe su hermana. En
el barrio todos lo quieren y todos lo aceptan sin importar condición o edad.
Parlanchín infatigable, gusta conversar de infinidad de temas, haciendo gala de
su ilustración y de mantenerse informado sobre la actualidad. Se junta más que
nadie con los vagos treintones de la cuadra, aquellos que no hacen nada y les
basta efectuar algunos cachuelos que se gastan en un cebichito y las cervecitas
del fin de semana. La patota está conformada por el Papi, cuya pinta de galán
de fotonovela y su tonalidad de cabello color caca, le valieron para casarse y
ser mantenido por la familia de su esposa; el Jeshu, hijo unigénito y
alcohólico de una pareja senil, que le pusieron el nombre ‘Jesús’ por haber
nacido en la víspera de la Navidad; el Ponja Murakami, quien ayuda en la
librería de sus padres cada vez que necesita fondos para juerguear o para
implementar el equipo estereofónico de su Volkswagen; el Guille, el cuñado de
Chabelo —casado con su hermana mayor—, quien hace la finta repartiendo leche en
porongos del establo de sus suegros u organizando parrilladas pro bolsillo y,
finalmente, el Gordo Zaldívar, el eterno estudiante de Leyes, que se libra de
ser expulsado de la Universidad Nacional porque siempre ocupa un puesto en el
Centro Federado Estudiantil, y es de todos el que más cochinea y abusa del
Viejo, con quien discute vehemente su pasión por Hitler y el fascismo,
justificando el holocausto contra los judíos, sanguijuelas a las que aún hoy se
deben exterminar. El Gordo fue el que le colocó otro de sus apodos más célebres:
‘Tiburón blanco’, “porque de cuando en cuando se come a un hombre”, insinuando
que la víctima de sus burlas no tiene escrúpulos si se trata de amancebarse con
una mujer o con un varón, según se presente la situación. “Siempre que iba a
los baños de la Universidad, la vaina se le paraba, la caca lo estimula”, se
ríe. Si bien la acusación puede ser infundada —pero varios le dan crédito—, lo
cierto es que el instinto carroñero del Viejo hace que corteje a damiselas de
baja estofa, poniendo la mira en las ambulantes que venden fritangas o huevitos
de codorniz en el centro de la urbe o afuera de los hospitales. “Les hablas
bonito, les convidas su churrito relleno de manjarblanco de cincuenta centavos
y ya la tienes calata en la camita”, él mismo ha explicado a quien quiera
oírlo, excusándose en que es feo y a su edad las mujeres que valen la pena ya
no le hacen caso.
Aparte de caerle bien, Alfredo guarda verdadera
admiración por su vecino. Varias veces, conversando con su padre —que conoció a
su padre, porque fue colega y amigo de su padre—, se preguntó cuándo en un
hombrón como ese comenzó a desarrollarse su notorio complejo de inferioridad.
“¡En qué momento se jodió Juan Carlos!” Indagando por aquí y por allá, supo que
crecer en la hacienda de sus abuelos, en un punto inhóspito de la cordillera,
alejado de sus padres y hermanos, hizo de él un niño retraído a quien luego el
colegio hizo poco por despabilarlo. Siempre fue un marginal que no supo sacarle
provecho a su estatura y vigor a causa de su torpeza para los deportes. En vano
los instructores intentaron convertirlo en un remedo de Wilt Chamberlain en el
baloncesto o de Lev Yashin en el balompié. Impedido de socializar con sus
compañeros a causa de su acendrada timidez, se refugió en los libros, en las
funciones de matinée de sábados y domingos, en los discos de vinilo y en las
transmisiones radiales de los partidos por el campeonato, aficionándose no como
las mayorías del Tres Coronas, el University, la Academia o el Export Palermo —las
instituciones más importantes del fútbol nacional—, sino del Sporting Rambler, el
equipo advenedizo y que en sus inicios era tan impopular como él en su niñez.
Tras estudiar en varios colegios, por lo que no queda muy claro de dónde
egresó, sorprendió a propios y extraños cuando se presentó a cumplir con el
servicio militar obligatorio y no lo evadió como lo hace la gran mayoría. Fue
trasladado a la base fronteriza del norte donde el calor del trópico, las
noches de timba, plagadas de naipes y muñecas de alquiler, transformaron su
manera de ser. Se volvió dicharachero y por su fisonomía sobresaliente se ganó
el respeto de la tropa y de sus superiores. Leyenda o no, cuentan que arrastraba
inmensos troncos de algarrobos con sus propias manos y alguna vez apostó que
solito podía empujar un tanque Sherman de más de treinta toneladas y ganó. Sin
embargo, no pudo cumplir con los dos años de servicio. Fue dado de baja por
padecer de recurrentes blenorragias y contagiarse del dengue, produciéndole una
hemorragia por las mucosas que casi se lo lleva a la otra. Padecer la
enfermedad lo incentivó a estudiar medicina en una prestigiosa universidad de
la Capital, ingresando en un puesto sobresaliente. Su rendimiento hace
presagiar un futuro prometedor como galeno hasta que se cruzaron las faldas en
su camino.
“La desgracia de los hombres tiene figura de
mujer”, llega a escuchar Alfredo de boca del Papi, apenas llega al velorio del
hijo de Juan Carlos, acompañado de Tucho y el Gordo Macaya, a golpe de cinco de
la tarde. Comentan que cursando el tercer año de la carrera, el Viejo no
reprimía su afición por tener contacto carnal con las obreras del amor,
prendándose de una de ellas, al punto de empeñarse en que abandone el oficio y proponerle
matrimonio, casándose en una parroquia aledaña a la calle de las meretrices y
estableciéndose en un departamento cercano a su Facultad. “No seas mal hablado —corrige
el Guille al Gordo Zaldívar—, es cierto que su costilla era medio loca y
casquivana, pero no era de las que pusiera tarifa a sus favores. Creo que se
conocieron en el hospital donde él hacía sus prácticas”. “Una rumbera metida a
enfermera —complementa el Ponja—, por las fotografías que conserva, se parecía
bastante a Ninón Sevilla”. El enlace duró poco. Se acabó con el natalicio de su
hijo Nicolás, párvulo que vino al mundo privado de poder desarrollarse
mentalmente, lo que empujó a que la mujer se marchara sin tener hoy paradero
conocido y Juan Carlos asumiera todo el cuidado, tratamiento y manutención de
su vástago, abandonando la carrera y retornando a la casa de sus padres en
busca de apoyo para una cruz demasiado pesada de cargar. Intentó postular a la
policía, pero moler a golpes a un alférez que maltrataba sin motivos a un
pordiosero echó por tierra sus aspiraciones y le costó tres semanas en el
calabozo. Trabajó por muchos años en una empresa de transporte blindado hasta
que lo hirieron de bala en un asalto bancario. Por darle gusto a su madre que
acababa de enviudar, postuló a Leyes en la Universidad Nacional, “donde otra
damisela —recuerda el Gordo Zaldívar con quien compartió algunas materias—,
volvió a aprovecharse de su naturaleza enamoradiza”. Se llamaba Fernanda y era
bastante más joven. Había entre ambos una diferencia de veinte años. Venía del
norte, de un hogar con carencias por lo que el Viejo le solventaba la comida y
la renta de su cuarto. Dentro de la Facultad eran pareja, pero afuera Fernanda
le sacaba la vuelta. “Tenía la desfachatez de llegar borracha a la casa de Juan
Carlos a la una de la mañana, picarle plata y seguir la juerga con otros
bribones”. Uno de sus amantes le tomó fotografías desnuda, boca arriba,
jugueteando con los pliegues de su vagina y atragantándose un falo bien
proporcionado. Las fotos circularon por los pasillos universitarios, incluso
quisieron mostrárselas al enamorado para que abriera los ojos, pero él mismo se
negaba, aduciendo que se trataba de un montaje. Todos en la universidad se
burlaban de él. Le decían Lope de Rueda por aquello de ‘Cornudo y Contento’.
Quienes de verdad lo estimaban lo alentaban a que tuviera algún arrebato de
dignidad, pero de nuevo se excusó en su fealdad y edad avanzada para aceptar
las migajas con que Fernanda le pagaba.
El deceso de la progenitora del Viejo coincidió
con el rompimiento de su relación y su decisión de abandonar los estudios a
media carrera. Como si él mismo se infligiera un autocastigo, comenzó a ejercer
oficios de baja remuneración como celador de su cuadra, excusa para quedarse en
vela toda la madrugada, escuchando baladas y conversando con cualquiera que se
cruzara por su silla. “Pero siempre lleva dinero en los bolsillos”, resalta el
Papi. “¡Yo les pecho el almuerzo!” es una de sus frases acostumbradas, o puede
invitar la gaseosa o el trago que él no toma porque es abstemio, haciendo
alarde al gastar lo que no le sobra. El decano de la Facultad de Leyes,
enterado de su situación, le conminó a terminar sus estudios, comprometiéndose
a conseguirle trabajo, no como abogado —porque carecía de malicia— si no como
catedrático de Humanidades, ya que era un desperdicio no propalar en las aulas
tanta cultura acumulada. El Viejo sin embargo, como si se tratase de una
tortuga panza arriba, no mejoró su situación y se puso a trabajar como conserje
y guardián en las instalaciones de Radio La Poderosa, ubicadas en la avenida
Las Sirenas, a cambio de una mísera paga y una ruma de discos de 45
revoluciones desgastados de tanto poncharlos. “Si tanto sabes de música,
anímate a conducir un programa”, le propuso el dueño de la emisora y él
accedió. Preparó con ahínco un mano a mano con boleros de Leo Marini y Rolando
Laserie, pero al instante del debut se quedó paralizado al observar el botón
rojo de ‘al aire’ encendido, estableciendo un hito —una marca digna de Guinness—
en cuanto a la menor duración de un programa radial. El pánico escénico había
echado a perder lo que pudo ser la carrera de un extraordinario locutor.
Antes que el Viejo aceptara el trabajo en La
Poderosa —a la que llamaba ‘La Ponderosa’, aludiendo a Bonanza, una de sus series favoritas—, la avenida Las Sirenas era
la zona donde la banda de Los Chacales hacía de las suyas. Sin embargo, desde
que él hizo su aparición, el número de actos delictivos disminuyó de manera
considerable, sacando de circulación a varios bribonzuelos al descalabrar
cabezas y extremidades. Pericles, el jefe de la banda, en más de una ocasión
buscó ajustar cuentas con esta especie de justiciero. Organizó varias
emboscadas, armando a sus esbirros con palos y navajas, pero el fortachón,
haciendo gala de su dominio de las artes marciales, los desarmaba con dos o
tres movimientos. El malandrín consiguió un revólver y le encajó seis disparos,
montado en una motocicleta, mas sea por la poca visibilidad o la mala puntería,
ninguna de los proyectiles le impactó, haciendo mayor la fama de indestructible
de su adversario. Se le ocurrió entonces estudiarlo un poco más y supo por las
lenguas viperinas que aparte de su vástago, su punto débil es el corazón, su
necesidad de amar y ser amado lo hacen presa fácil de las féminas y para ello
se valió de Ester, su querida prima, una de las anfitrionas de Las Flamitas, el
lupanar clandestino que funciona en una casa nueva de dos pisos con balcón,
pintada de verde, situada casi al final de la Scamarone, avenida cuyas veinte
cuadras principian en Las Sirenas y se prolongan hasta llegar a los pantanos
con los que colinda la ciudad. Como si se tratara de una Dalila moderna, abordó
a Juan Carlos en la puerta de la radio y mediante embelecos donde tras
ofrecerle su orificio que hiede a anchoveta, se dejó sorprender literalmente
con los calzoncillos abajo por Pericles y sus huestes quienes irrumpieron en la
alcoba armados hasta los dientes. Así como Sansón venció a los filisteos con
una quijada de burro, cuentan que el Viejo arranchó uno de los soportes de la
cama y se abrió paso dejando títeres sin cabeza regados por el suelo, corriendo
hacia la calle donde de milagro se subió a un taxi que le salvó el pescuezo. A
pesar de la felonía, la próxima vez que el embaucado se encontró con Ester,
dócilmente aceptó sus disculpas y encima le ‘prestó’ plata para comprar un
balón de gas. Si bien sus enfrentamientos con los Chacales aminoraron, era
consciente que ni él ni Pericles estarían tranquilos hasta que uno de los dos
se borrara en definitiva del mapa, por lo que seguía entrenando duro para
afrontar la confrontación decisiva.
El aprecio entre Alfredo y el Viejo es
recíproco. Uno lo ve como si fuera un héroe prodigioso, un ángel guardián,
capaz de protegerlos a todos, el otro se entusiasma con el nivel cultural del
adolescente, semejante al suyo. Cada vez que coinciden en el parque, la
tertulia se prolonga sin reparar en el reloj. “¿Por qué no aprendes jiujitsu o
kung fu?”, recuerda que le recomendó mientras observa a los familiares vestidos
de luto en el velorio. “Ya es muy tarde para mí”, fue su ociosa respuesta.
“¿Sabes a qué edad aprendí artes marciales? A los veintinueve años”, le
confesó, añadiendo que El retorno del
Dragón fue su inspiración, no por Bruce Lee, si no por Chuck Norris, su
verdadero ídolo, “que pierde en la película sólo porque no era el protagonista,
en la vida real seguro que le saca la mierda”. “¿Qué opinas de Jackie Chan?”
“Un bufón antes que un luchador. El Buster Keaton de Hong Kong”. “¿De Stallone
y Schwarzenegger?” “¿Hablas en serio? Nula técnica y full esteroides”.
“Jean-Claude Van Damme?” “Ágil. Diestro en full-contact y kick boxing, pero
para mi gusto alardea con muchas piruetas, no me llama la atención. De un
sopapo lo parto en dos”. “¿Steven Seagal?” “Me agrada. Sus movimientos bruscos
y tajantes demuestran su maestría en el aikido. Aparte que es guapo. Un
papasote. Me gustaría bañarme con él y jabonarle los muslos”. El Viejo le gusta
hacer comentarios sobre su supuesta homosexualidad, muy habituales en sus
coloquios. “Hombre maduro, vestido de oscuro, maricón seguro”, chismean algunas
vecinas al no conocerle mujer. La madre de Alfredo, incluso, presenta ciertos
resquemores de que su hijo cultive su amistad. “¿Nunca se te ha insinuado de
manera indecorosa?”, le preguntó alguna vez. “A cada rato. Quizá algún día de
estos acceda a sus requiebros”, le respondió, sin aclarar si hablaba en serio o
no, gustoso de torturar a su progenitora. Con quien más se juega Juan Carlos de
esa manera es con el Papi. “Que te parece si nos hacemos el amor, me penetras
tú, te penetro yo, pero nada de besitos ni arrumacos, esas son mariconadas”.
“Agradece que saliste macho, si fueras cabro serías el doble de repulsivo”, le
aseguró Jeshu una noche cansado de sus arranques, en la que se puso a aletear y
cantar con un timbre más fino que el de Eloísa Angulo: “las lindas mariposas
del amor, estaban enamoradas de la luz”.
“Vamos a dar el pésame”, propone el Gordo
Macaya a sus amigos, poniendo pausa al parloteo fuera de la casa. A las seis de
la tarde, el interior continúa abarrotado de amistades y parientes, haciendo
cada vez más difícil llegar hasta los deudos. Este tipo de trámites a Alfredo
le desagrada cumplirlos. Hace un par de años acudió al velorio del progenitor
de Anita Fibonacci, quien falleció a causa de un paro cardíaco. Al momento de
expresar sus condolencias a la viuda, exclamó: “¡Feliz pésame!” Esa torpeza
verbal la ha repetido en otras circunstancias similares, ganado por la
incomodidad y los nervios. Conforme el trío avanza por el patio poblado de
sillas hacia la entrada, Tucho le infunde valor, asegurándole que el secreto
para salir del paso es abrazar y balbucear cualquier frase ininteligible,
culminando con “mi más profundo pesar”. Los deudos están tan dolidos por el
deceso que las palabras son aceptadas sin escuchar. Los tres aguardan que se
despeje un poco para ingresar a la sala. Cuatro luces en forma de cirios
custodian el féretro color damasco de considerables proporciones, lo cual hace
suponer que el finadito tenía el mismo porte que su padre. “Deben haber enviado
el cajón desde una funeraria de Brobdingnag”, bromea el Gordo. Avanzan y a las
primeras personas que les expresan su sentir son a los hermanos y cuñadas del
Viejo. Abriéndose paso con unos cuantos empellones, llegan hasta el amigo del
barrio quien permanece sentado con las manos entrecruzadas, elegantemente
vestido de negro impecable, camisa y corbata de seda, terno de casimir y
zapatos brillantes. La lividez de sus pómulos recién rasurados, resaltan el
tono bermellón de sus órbitas oculares. Su expresión es ida, dopada de tanto
alprazolam. Recibe las condolencias y parece no percatarse de quien se las da.
Tucho se queda al final y lo sacude de los hombros para capturar su
atención.
—He visto a Pericles y sus chacales merodeando por el parque —le avisa apenas le da el pésame y el Viejo, como impulsado por un resorte, se pone de pie.
—He visto a Pericles y sus chacales merodeando por el parque —le avisa apenas le da el pésame y el Viejo, como impulsado por un resorte, se pone de pie.
—¡Mi desgracia sirve de regocijo para esas
escorias! —exclama y los otros dos tienen que cruzarse en su camino para que no
salga a la calle como una tromba.
—Tranquilo, Viejito, todo tiene su momento —intenta
el Gordo calmarlo y éste se detiene, apoyando sus manos voluminosas en el ataúd
de su vástago.
—La venganza es un platillo que se degusta
frío... y no conozco en esta ciudad lugar más propicio para un ajuste de
cuentas que la esquina de Scamarone con Las Sirenas, al costado del reservorio
de agua. Seguro mañana lo encontraré drogándose en ‘La Piedra’, allí lo jalaré
de las mechas hasta cumplir con nuestro duelo final —emplaza el Viejo como si
se tratase de un spaghetti western, mirando hacia la calle. Alfredo por un
momento habría jurado escuchar el doblar de campanas y la banda sonora de Ennio
Morricone.
El segundo recreo acaba y la sección en pleno
se prepara para atender la clase de Geopolítica. Alfredo observa su reloj. Las
doce y veinte. La misa de cuerpo presente debe haber culminado y los presentes,
con paso taciturno, camino al cementerio. Del velorio había salido de noche, en
el momento en que los vagos mezclaban las botellas de ron con cola negra. A la
mañana siguiente, temprano, le dijo a su padre que quería faltar al colegio,
que se sentía obligado a participar en el sepelio, pero éste, con un “¡estás
bien huevón!”, le conminó a no perder clases, prometiéndole que se escaparía un
rato del trabajo y asistiría en representación de la familia.
Fuera de Tucho y el Gordo, sus compañeros no
comparten la misma aflicción. Tampoco tienen por qué. Juan Carlos Benítez es un
personaje particular de uno de los tantos barrios de Cali, conocido en un radio
de unas doce manzanas. Nando y Carlitos saben de él, pero como no llegaron a
intimar, la muerte de su hijo es una noticia que no les afecta. Menos aún en
quienes habitan en la calle Magna.
—Unos nacen, otros mueren. La vida sigue igual —comenta
Coco.
—¿Y cómo es eso que esta especie de ‘vigilante’
los va a liberar de los Chacales? —inquiere Chabelo, intrigado por este
personaje del que no ha oído hablar y sus amigos lo describen con tintes cuasi
fabulosos.
—Porque los ha combatido por años y los ha barrido
del barrio —responde el Gordo—. Nuestras calles serán oscuras, pero uno puede
caminar tranquilo a cualquier hora sin temor a que te cuadren.
—Yo no creo en héroes individuales —opina Coco—.
Si queremos quitarnos el problema de los Chacales, debemos organizarnos,
armarnos hasta los dientes y marchar más allá de Las Sirenas, meterles bala a
todos...
—¿A todos? —se asusta Nando por la propuesta
genocida.
—¡A todos! —recalca, haciendo que sus dedos
tomen forma de una pistola— Incluso a los chibolos, ¡pum!, para que en el
futuro no sean choros.
—¿Y con qué les vas a disparar, con la pistola
de Bambán? —se burla Carlitos, recordando aquella arma de fuego hechiza que el
propietario le encargó a Iván, el hermano de Coco, y éste la puso sobre la mesa
en una noche de tragos en El Ranchito y cuando disparó al aire, el cañón, el
tambor y el gatillo se cayeron en pedazos, quedándose el ejecutor del disparo
sólo con la cacha.
—Ríete. Hoy permanecen focalizados en
barriadas, en ghettos, mas en un futuro cercano habrán crecido en número y
tomarán las calles, asaltarán las casas, ultrajarán a tu mamá y tus hermanas,
extorsionarán a los empresarios y secuestrarán a quien más quieres. Díganme qué
van a hacer cuando todo sea demasiado tarde.
—El exterminio es ilegal y lo sabes —interviene
Viche—. Si lo intentas, lo más seguro es que acabes tras las rejas y esos
choros que aborreces te violen sin condón. No creo en el comunismo ni en la
justicia social, pero sí en la educación. Es la única forma que los desposeídos
tengan oportunidad de progresar.
—La educación genera revanchismos en los
desposeídos —le contradice Rodrigo—. Las revoluciones se han desarrollado con
odio ilustrado. El caldo de cultivo del PCR se encuentra en las universidades
públicas.
—No confundas terroristas con ladrones comunes —le
hace ver Jonás.
—¡Son la misma mierda, huevón! —se exalta
Rodrigo— El choro te roba y el terruco hace la guerra para robarnos nuestra
forma de vida.
—Señor La Madrid, ¿tiene algún problema? —lo
llama al orden el profesor Yáñez, confirmando que la patota del fondo no viene
cumpliendo con resolver el cuestionario que aparece en el libro sobre los
movimientos migratorios en el país.
—Nada, profesor, aquí me encuentro ‘ayudando’ a
mis compañeros a lograr una mejor comprensión de la lectura —exclama con la
mayor frescura.
—¿Y a qué conclusión ha llegado usted? ¿Por qué
se ha producido en los últimos tiempos una inmigración acelerada de las zonas
rurales al ámbito urbano?
—Los inmigrantes consideran que en la ciudad
tienen una oportunidad de salir de la miseria. No son conscientes que con su
presencia aumenta la pobreza, el desempleo y la delincuencia.
—¡Los diputados deberían promulgar una ley que
prohíba las migraciones!
—¿Y por qué, señorita Gálvez? —retruca el
profesor— ¿Acaso las personas del ámbito rural no tienen derecho a superarse?
¿Aspirar a una mejor calidad de vida debe ser prerrogativa exclusiva de los
habitantes de las urbes? Lo que este país necesita en las próximas elecciones
es elegir a unas autoridades, sean de derecha o izquierda, que pongan en agenda
el desarrollo de los pueblos más alejados, de los agricultores y ganaderos del
Ande, pues al fin y al cabo ellos son la despensa de la nación.
—Yo no creo en comunismo, capitalismo,
fascismo, anarquismo y demás ‘ismos’ —argumenta Alfredo—. El actual desarrollo
de la humanidad no permite que el progreso y el bienestar alcance para todos.
El día que el acceso a la tecnología se democratice y no sea sólo de unos
cuantos, las cosas comenzarán a funcionar.
—La tecnología es un privilegio imposible de
compartir —razona Jonás—. Es una forma de sujeción, mantiene hegemonías, es lo
que permite que unos pocos exploten a varios cuantos.
La paranoia es una plaga contagiosa. En el día
previo la sección se había enterado de la correteada sufrida por Alfredo a pies
de dos de los Chacales y pocos de los que estuvieron en la retreta del domingo
pasado, se animan a hacer planes para ese viernes en la noche. “Hoy nos vemos
hasta temprano”, le dice Carlitos, quien todavía lleva un vendaje en la cabeza
tras el cadenazo, a Karla, su enamorada, poniendo como excusa que debe cuidar a
su hermana pequeña. Lo mismo sucede con el Gordo quien marcará tarjeta con
Rosita manejando su camioneta —la ‘perica’— y se retirará antes de las ocho,
aduciendo que debe recoger a su padre de la zapatería y a su madre de ‘El Mesón
del Chancho’, su restaurante de carnes a la parrilla. Chabelo, por su parte,
alega que toda la noche va a practicar con su batería, el próximo viernes su
banda se va a presentar en el pub Las Tinajas y hay un par de canciones que aún
no consigue dominar. Coco manifiesta no tener planes, pero igual cuando avancen
las horas le picarán las patas para salir y se mandará a mudar con los amigos
de su hermano. Nando se muere de ganas por pisar la calle, pero como siempre le
van a negar el permiso. Viche y el Cabezón no salen si nadie los pasa a buscar.
Tucho y Alfredo prefieren no correr riesgos y se quedan en casa, aguardando que
Juan Carlos se meta en el papel de Charles Bronson en El Vengador Anónimo.
—¿Por qué le mentiste al Viejo de que había
Chacales merodeando su casa? —le reclama el Gordo a Tucho, apenas salen del
velorio.
—No conviene que el dolor lo distraiga de los
‘deberes sagrados que tiene que cumplir’.
—Y la mención de Pericles en ese trance resultó
propicio. Hizo que el asunto se volviera más ‘personal’ —conviene Alfredo,
mostrándose acorde con el proceder maquiavélico de su amigo.
—El fin no siempre justifica los medios —les
recrimina el Gordo— y todo tiene sus límites. Lo que han hecho no es de
cristianos.
Alfredo le da la razón al recriminador, pero
comprende que el pánico no conoce de principios y a veces nos obliga a actuar
de una forma que no corresponde con la corrección, si no más bien con nuestra
conveniencia. Tras sonar el timbre que anuncia el inicio del fin de semana,
Caludia aborda a su ex enamorado y le solicita que la acompañe a su casa.
Creyendo que van a conversar sobre la obra teatral, él comienza a hablar sobre
los diálogos de su personaje, cuando de repente es interrumpido por las
medrosas tribulaciones de su acompañante. “Vivo teniendo miedo, lo palpo, lo
respiro y estoy cansada de ello. Tengo miedo cuando me acuesto, cuando me
levanto, cuando salgo a la calle o cada vez que mi papá se despide de nosotros
rumbo al cuartel y no se sabe si va a regresar. No recuerdo los días en que
este país conocía la paz. El terrorismo es para mi familia una pesadilla
omnipresente que nos ha arrebatado la seguridad. Vivimos intranquilos, temerosos
de las bombas y atentados, y como si eso no bastara, ustedes se enfrentan a una
banda de malandros que seguro ya nos han marcado a todos en el colegio. ¡Cómo
enfrentamos a la delincuencia! Los militares tienen orden de disparar, pero los
policías no, los meten a la cárcel y a los tres días los dejan en libertad, con
ganas de vengarse de quienes lo denunciaron. ¡Por Dios, me quiero largar de
aquí!” Alfredo, por su idealismo juvenil, no comparte esos sentimientos. Si
bien la mayoría de sus compatriotas desea marcharse a países más seguros y que
ofrezcan mayores oportunidades, él siente que esa es su tierra y no se va a
mover por más inseguridad o cataclismos que deba afrontar. Pero, ¿hará algo por
cambiar las cosas que estén mal, o se cruzará de brazos como tantos
conformistas que aguardan que sean otras personas —como el Viejo en su caso—
los encargados de solucionar los problemas que le aquejan? Pregunta crucial que
definirá su conducta en el futuro.
—¡Alfredo! ¿Te busca el holgazán de la vuelta! —le
avisa la ‘Java’ sin ocultar la antipatía que siente por Tucho, engendrada hace
un par de veranos, luego de que éste convenció al señorito de la casa de vender
un hato de ropa usada en un puesto del mercado mayorista y que la empleada daba
por descontado que doña Elena se lo iba a obsequiar como en otras
ocasiones.
—¡Vístete! —le ordena el recién llegado al
verlo en pijama— Vamos a tomar unas aguas en El Ranchito.
—¿A esta hora? —le dice al ver el reloj de su
amigo— Son las diez de la noche y nadie va a salir. ¿Y si nos topamos con los
Chacales en el parque grande?
—Olvídate de los Chacales. Ya son problema
resuelto.
—¿Cómo así? ¿Acaso el Viejo ya los desahuevó?
—Más que eso.
—No te entiendo.
—El Viejo se enfrentó con Pericles en la tarde
y también con Resguardo y con Branco... Mató a los tres.
—¿Cómo?
—Los mató, esa es la noticia que circula por el
barrio —le informa soltando una lágrima que recorre su mejilla.
—¿Y por qué estás tan triste?
—Porque el Viejo ha muerto también.

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