sábado, 4 de abril de 2015

sábado a la noche


      Varios sábados habían pasado para que Alfredo vuelva a padecer la habitual desconsideración de Tucho. Todos los sábados sale de su casa a las nueve de la noche. A los cinco minutos toca la puerta de la familia Salas, una casa pequeña y de un solo piso en la que viven apretujados Tucho, sus padres y sus cinco hermanos. Igual, a pesar de la cortísima distancia que los separa, va a transcurrir un buen lapso antes de que alguien se moleste en abrir. “¡Tuchooo...! ¡Te buscan!” y transcurrido otro lapso exasperante, el aludido se aparecerá todo desgreñado y con su ropa de casa, dando motivo a la discusión acostumbrada.    
            —¡Carajo! ¿Todavía no estás listo?
            —Todavía... Espera un ratito.
            Y ese ‘ratito’ se traduce en otra tracalada de minutos en la que Alfredo podría fumarse hasta la cajetilla de puro desesperado y casi una hora después, Tucho saldrá a la calle, fresco, como si nada hubiera pasado, mientras que su amigo lo mira con ganas de asesinarlo.  
            —Oye sorreconchetumadre... ¡Por qué mierda eres así! Todos los sábados me haces la misma vaina —le reclama mientras caminan las cuatro cuadras que los separan de la casa de Nando.
            —A ti te dan tu propina semanal sin necesidad de abrir la bocota. En cambio yo tengo que trabajar a mi viejo, sentarme a su lado, ver alguna pelea en El Rincón del Box y luego decirle: “papá, voy a salir”, y a él cómo le gustar estar conmigo, me va a decir que me quede y voy a tener que prometerle pasar todo el domingo con él, que temprano lo acompaño a ver sus cultivos de espárragos en Laramie, lo que por supuesto no va a suceder porque seguro dormiré la borrachera hasta el mediodía, pero igual mi viejo atraca y suelta su billetera. Es casi como la canción de Moris: “sábado a la noche ya cobré y mi dinero ya me lo gané, mi madre me dice ‘ven y quédate’, sábado a la noche no me quedaré...”
            —¡Te jodiste, huevón! Igual es la última vez que me quedo, cagándome de frío, parado en esa esquina. A la próxima, máximo espero diez minutos, si no estás listo ¡me voy! —exclama Alfredo, pero igual, como tantas veces, sus advertencias se disiparán el siguiente fin de semana, cuando volverá a padecer el mismo maltrato con denodado masoquismo.        
            Llegan a la casa de Nando y éste sale bien vestido y perfumado, tanto que se burla de la facha de Tucho.  
            —Oye, mierda, ¿no te da vergüenza salir a la calle con ese polo hastalculo?
            —¡Fíjate bien la marca, petiso! ¡Es un Didacta!
            —¡Didaquéee! ¿Y de dónde chucha es esa marca?
            —¡Qué vas a saber de alta costura! Didacta es una marca de... de... ¡Alemania!
            —¿Oriental? —se inmiscuye Alfredo.
            —¡Sí! de Alemania Oriental, elaborado con algodón ucraniano de muy buena calidad. Es la marca más fashion detrás de la Cortina de Hierro.
            —Pero está muy viejo y raído —comenta Nando tocando la manga—, y así cómo está con un par de lavadas va a quedar puras hilachas.
            —Que ni para trapo —se une Alfredo en la mofa.
            —¡Infelices!
            Pasan por la casa de Bruno Gaspar y Nando comenta que ya llegó de Canadá y que ya se encuentra en la Capital. Llegan a la casa de Viche y junto con él llegan a la calle Magna en busca de Coco y de Chabelo quien vive una cuadra más allá. Los dos se burlan también del polo que Tucho lleva puesto.
            —Me llamó Rasputín —comenta Coco—. Dice que todos los de San Pedro están empinchados con nosotros porque no fuimos a entrenar.
            —¿Saben que nos quedamos chupando en El Ranchito hasta las cuatro de la mañana? —pregunta Viche.
            —Dice que ellos se colaron a un quinceañero en el Club Libertad, pero igual cumplieron con levantarse y estar en el colegio a las nueve de la mañana. Me llamaron por teléfono a esa hora, pero mi mamá les dijo que me encontraba ayudando a mi viejo en su estudio de abogados.           
            —Hablando de quinceañeros y San Pedro —los corta Chabelo—, en la tarde me pasaron la voz de uno en la calle San Servando.
            —Es el quinceañero de Carol Noriega, una chica del colegio Paulista, por eso he venido con mi mejor camisa —saca pana Nando.
            —¿Te han invitado? —se sorprende Viche.
            —Fuera de nuestras compañeras de promoción, a nosotros nunca nos invitan a ninguna fiesta, pero por si acaso he salido preparado.
            —¿No hay otro plan? —inquiere Coco.
            —Podemos ir al parque grande, trepar árboles y cazar lechuzas —bromea Viche.
            —Vamos a ese quinceañero —asume Coco la voz de mando—, pero ¿en qué nos movilizamos?
            —En taxi si me prestan plata. He salido recontra misio —advierte Tucho.
            —¡Puta madre! ¡Siempre la misma huevada! —le reclama Nando— ¿Alguna vez piensas salir sin intenciones de gorrear a los demás?
            —¿Y tú qué hablas, la concha de tu hermana? ¿Cuánto llevas en los bolsillos?
            —Esteee... tengo para mi pasaje en micro. Lo malo es que ya no pasan a esta hora.
            —Comiencen a caminar, huevones. A buen ritmo podemos llegar en media hora —sugiere Alfredo.
            —¡Misios de mierda! —exclama Chabelo quien lleva dinero de sobra, pero no va a poner un real demás a nadie.


            Los seis salen de Cali, como tantos sábados, usando sus propios medios. Semejan sombras proyectándose en las calles poco iluminadas, cuidándose al cruzar las esquinas de la urbanización Mercaderes de no caer en el alcantarillado. Hace varias semanas que los malhechores se han birlado las tapas de acero de los buzones. “¡Cuando carajo tendremos carro!”, es el lamento compartido. De todos los grupos conocidos, el suyo es el único que no cuenta con movilidad nocturna los fines de semana. “No levantamos flacas porque no andamos a pata —argumenta Tucho—, una caña aumentaría nuestro sex-appeal, es el mágico ingrediente que convierte en pendejos a los más huevones”.    
                 Como Alfredo bien había calculado, el trayecto les toma poco más de media hora y llegan a una vivienda donde un manchón de ‘paracaidistas’ — jóvenes como ellos que buscan caer en las fiestas sin haber sido invitados— se agolpa en la puerta, con la intención de engatusar al custodio de la puerta. Como la invitación, que no tienen, reza ‘sport elegante’, Coco, Nando, Viche y Alfredo, quienes llevan camisa puesta, tienen más posibilidades de entrar.
            —¡Chabelo! ¿Qué haces aquí? —todos voltean y se topan con un joven bastante alto, prominente dentadura y cabello ondulado que sobrepasa sus hombros; lleva camisa, corbata, pantalón de vestir y zapatillas Converse All Star— Seguro piensas colarte en el tono.
            —¡Habla, Fonseca! —saluda el aludido a su ‘colega’, el baterista de Praxis, con quien ha compartido escenario teloneando a bandas de más renombre—, ¿crees que así como luces te van a dejar pasar?
            —No, hermano, sucede que la quinceañera es mi prima, por eso me tuve que disfrazar. Si quieres te hago pasar a ti y a una punta más.
            Chabelo elige a su amigo de la misma calle y ambos caminan detrás del pelucón quien habla y se mueve lerdo, como si se hubiera fumado un bosque completo. Los otros aguardan, menos Tucho quien se asoma con ellos a la puerta.
            —¡Vengan! —les dice a los otros tres al regresar y los lleva a un costado— Mientras Chabelo y Coco entraban, pude chinear de reojo la lista de invitados y me grabé tres nombres que todavía no los han marcado como ‘ingresados’. Tú, Viche, ahora te llamas Esteban Sánchez y tú, Alfredo, Marco Llorente.
            —¿Y yo? —pregunta Nando.
            —A ti, petiso, no te digo ni mierda. Conociendo como eres, te vas a poner nervioso cuando te toque mentir y la vas a cagar. Vayan, inténtenlo ustedes dos. Ya me encargo luego de que el petiso y yo ingresemos. 
            Ambos amigos hacen caso, se abren paso entre la muchedumbre y prueban suerte asumiendo otra identidad frente al cancerbero. “¿Su ticket?” “Nos hemos olvidado, profe; pero mire, estamos en la lista”. El hombre desconfía, pero tras el reglamentario cotejeo, los dejan pasar. Sólo quedan Nando y Tucho afuera.     
            —Mira, petiso, aquí los dos estamos jodidos y sólo tenemos una oportunidad.
            —¡Zamparnos por la ventana!
            —No seas idiota, ¡piensa! Yo tengo un nombre y tú una camisa. Yo soy pendejo y tú un huevas tristes. La única forma de que yo pueda pasar es poniéndome tu camisa.
            —¿Y yo qué?
            —Me esperas, pues petiso. Ya adentro yo me muevo para que entres tú también.
            —Sin mi camisa me voy a enfriar y me va a dar una bronconeumopulmoasma.
            —¡No seas gil! Me das la camisa y te pones mi polo.
            —¡Yo no me pongo esa huevada!
            —¿Tenemos otra alternativa?
            —¡Está bien, tuberculoso de mierda! Pero mucho cuidado con mi camisa, ¿oíste? Mira que es Pierre Cardin.
            —Perfecto. Mi polo es ‘piel carnal’.


            Ubicados en un rincón estratégico de una sala bastante amplia, de piso de parquet y despejada de muebles, salvo las sillas pegadas a la pared donde las féminas aguardan sentadas con las piernas juntas que alguien las invite a bailar, los cinco amigos observan a la muchedumbre y no hallan caras conocidas. Las señoritas provienen del colegio Paulista o del Virgen de las Mercedes, los donceles del Celestiano, ninguno del Mariano, por lo que se sienten como bichos raros. La quinceañera es la única que luce elegante, con un vestido beige vaporoso que le cubre los zapatos de charol con taco mediano. Es flaquita, de cabello rizado y tiene su gracia. Por el papel confeti en el suelo, deducen que ya arrojó su bouquet y designó a su chambelán con el que danzó el Danubio Azul. Sin importarle que su vestimenta no sea la más apropiada —un jean nevado y zapatillas blancas— Coco piensa en acercarse y meterle letra, sería de puta madre agarrarse a la cumpleañera que no lo ha invitado, pero para ello necesita armarse de valor y hace caso a la proposición de Viche de hacerle la guardia al mozo en la puerta de vaivén y asaltarlo porque las botellas de cerveza no llegan hasta donde ellos se encuentran.
            —Oye, Chabelo, ¿la chata que está en el centro no es la que te gusta? —apunta Alfredo, señalando con un gesto a la blanquiñosa de cabello negro, ojos dormilones y hocico de roedor que baila cha-cha-cha con un fulano con pinta de salsero.
            —No me ha visto, ¿verdad? —dice ruborizado hasta las orejas, ocultándose tras Alfredo.
            —No seas huevón, toda la noche no vas a estar escondido. ¿Por qué la evitas? ¿Acaso le has hecho algo?
            —Le fallé la última vez que la vi, en la fiesta de Año Nuevo del Country Club. A ella le gusta el jazz, a mí no tanto, y quedamos que la iba a acompañar a un concierto de un saxofonista de Quebec que se iba a presentar en la Alianza Francesa y... no fui. La dejé plantada. Ni siquiera la llamé para disculparme.
            —Han pasado tres meses, tiempo suficiente para que se le haya pasado y decirle que lo sientes.
            —Vámonos, rápido —propone nervioso—, les pongo un par de chelas, ¡media caja!, en El Ranchito.
            —¡Estás bien huevón! Si bien tremenda oferta resulta tentadora viniendo de un tacaño como tú, zamparnos en este tono nos ha costado mucho. Si no quieres que todos te mandemos a la misma mierda, asume las consecuencias de tu bellaquería.
            —¡Pongo una caja!
            —Eleva rápido tu propuesta porque la tormenta se avecina.
            —¿Y? ¡Desapareciste! —le reclama la muchacha con las manos en la cintura.
            —Ho-hola, Patty, cuánto tiempo sin verte...
            —Noventa y cinco días exactos, contando con que este año es bisiesto. Tengo un razonamiento matemático muy bueno.
            —Si pues, “la vida no pasa en vano, las horas duelen, se van”, ese compromiso que tuvimos puedes volverlo a tomar.
            —Tendrías para eso que contratar a toda una banda de jazz traída desde Nueva Orelans.
            —Tendrás que conformarte conmigo en la batería y quizá convenza a Salvatore para que toque el banjo.      
            —¿Crees que podría volver a confiar en ti?           
            —Quizá si bailamos esta canción —suena Long Cool Woman (in a Black Dress) de The Hollies, hace varios años tema de ley en las fiestas de la ciudad— te pueda dar noventa y cinco motivos para convencerte.   
            —No puedo dejar sola a mi amiga —señala a una chiquilla vestida con un traje a rayas negras y blancas horizontales, de ojos grandes y sonrisa radiante, que sentada mueve los pies, delatando su deseo de bailar—, hemos venido juntas.        
            —¡Yo me ocupo de ella! —se entromete Alfredo, atento a la conversación, y sin más dilaciones se acerca a la muchacha— ¿Bailas?
            La muchacha asiente sin dejar de sonreír y mientras se menean de un lado a otro, al igual que Chabelo, Patty y una veintena más, Alfredo observa a su ocasional pareja de baile y siguiendo el ritmo de la música, se le acerca al oído y comienza su manido ritual de afane, tan predecible, como cuando mueve el peón delante de la reina al principiar cada partida de ajedrez.  
            —¿Cómo te llamas?
            —Rocío.
            —¿Dónde estudias?
            —En el Virgen de las Mercedes.
            —¿En qué año estás?
            —En Quinto.
            —¿Vives por aquí?
            —Sí, a unas cuatro cuadras.
            Se corta el diálogo afanador que suena más a interrogatorio policial. La canción se acaba. Allan Clarke repite “Had it All” y Alfredo no encuentra palabras para prolongar una conversación que se hunde como el Titanic. Una lástima porque la chica le agrada.
            —¿Y tú cómo te llamas? —pregunta la muchacha, lanzando un ‘salvavidas’ para  que el diálogo no naufrague.
            —Me llamo Alfredo —responde y en un gesto audaz, la toma de los hombros y besa su mejilla— Ahora sí estamos formalmente presentados.
            —¿También eres músico como tu amigo? —prosigue, ni bien se recupera del ósculo repentino.
            —Lo único que toco son las puertas. ¿Te gusta la música?
            —Bastante.
            —¿Qué géneros te gustan más?
            —Me gusta el rock, las baladas.
            —¿Te gusta esta canción? —suena Police and Thieves de The Clash y ella asiente con la cabeza— ¿Bailas? —vuelve a asentir— ¿tienes alguna banda en especial?
            —Me gusta Bread, ¿los has escuchado?
            —Look What You’ve Done es un tema que forma parte de la banda sonora de mi vida.
            —¡Esa canción es preciosa! “You have taken the heart of me, and left just a part of me, and look, look, look what you’ve done...” ¿Qué más sigue? 
            —Esteee... no me puedo concentrar bien con la música tan alta —se salva de quedar en ridículo con su inglés mal aprendido—, pero honestamente me engañaste. Hubiera apostado que te gustaban más las baladas en español. 
            —Me gustan en todos los idiomas. Las canciones de Bread las aprendí en mis clases de inglés en el ICPNA.
            —¿Acabaste de estudiar inglés?
            —Casi. Me falta un semestre. En el verano inicié en paralelo mis clases de francés en la Alianza Francesa. Ahora estoy aprendiendo las canciones de Indochine, ¿te gustan? 
            —Alguna que otra. Un tío que vivió en Francia me regaló un cassette con varios cantantes de su época: Jacques Brel, Charles Aznavour, Gilbert Giscard, esos me parecen alucinantes. 
            —Me parece haberlos escuchado en alguna película. Todos los jueves en la Alianza pasan películas de esa época. La semana pasada nos hicieron ver Suzanne Simonin, la religeuse de Diderot, trata de una joven de mente liberal, obligada a tomar los hábitos, a la que acusan de estar poseída.
            —¿Te gusta ver ese tipo de películas? —se entusiasma, al encontrar a una muchacha que parece tener aficiones similares a la suya, tanto que parados en medio de la sala cuando la música acabó, le dice para bailar la canción que sigue y la que sigue y la que sigue y la que sigue... 
            —No voy siempre. Lo hago por recomendación de algún profesor. Si a ti te llama tanto la atención, ¿por qué no acudes alguna vez? El ingreso es gratuito.
            —Puede ser, si encuentro la compañía apropiada —responde insinuante.
            —¡Perfecto! Tengo varios compañeros aficionados al cine francés. Te pongo en contacto con ellos para que formen una especie de cine-club.
            —¿A ti no te gustaría presidir el grupo?
            —Me gustaría si se hablara también de otros artes. Pintura, poesía, música...
            —Fútbol.
            —Eso no es arte. Mi padre es psiquiatra y dice que es un catalizador de la violencia.
            —¿Tú eres artista?
            —Practiqué ballet hasta hace poco y nada más. Me gusta el ambiente.
            —Y te gustan también las tontas canciones de amor.
            —Doce rosas de Lorenzo Antonio me encanta.
            —¿Me permites vomitar?
            —Siempre que no me salpiques en el vestido.


            Encontrarte con una muchacha, entablar una conversación que fluya con naturalidad, sintiéndote a gusto, libre de presiones, es una fortuna que no acontece en todas las fiestas. No obstante, se presentan rachas que sobre todo los tímidos o los que carecen de facilidad de palabra, deben aprovechar. ..Hace dos sábados Alfredo mantuvo un romance de pocas horas con Leticia Cano, el sábado pasado, tuvo relaciones con una muchacha de Chicote, ahora con Rocío el Destino le brindaba la oportunidad de despercudirse de ese lastre sentimental llamado Caludia, de, por qué no, volverse a ilusionar. A medida que platica con ella, en ese momento sobre las clases del colegio y las materias que más aborrecen o las que tienen más afinidad, él se siente cada vez más embelesado, cojonudamente feliz. Mira a su alrededor y nota que Chabelo experimenta la misma sensación con la chiquilla con hocico de roedor. Más allá ve a Tucho bailar con una morena corpulenta, moviendo como le es característico, el cuello hacia adelante, similar a un gallinazo a punto de picotear. Viche y Coco se mantienen al acecho, escondiendo cuatro botellas de cerveza bajo el mantel de una mesa donde queda una ponchera con su contenido a medio vaciar y las fuentes de aluminio donde alguna vez hubo sánguches de pollo. “¿Y Nando?”, se pregunta. Sólo cuando la música se detiene puede percibir entre los murmullos de la gente, la voz de su pequeño amigo. Otea por todos los rincones y no consigue divisarlo. “¡Aquí, mongol, aquí!” Voltea y se percata que la voz proviene de los vidrios de persiana de un angosto tragaluz, al costado del baño.
            —Rocío, ¿me disculpas un momento? Un amigo me está llamando.
            —Claro, voy a servirme un poco de ponche.
            —¿Podrás esperarme? Quiero que me termines de contar cómo se las ingenian en un colegio de mujeres para copiarse en un examen de matemáticas.
            —Si me sacan a bailar antes, no tendré más remedio que compartir con otro ese ‘secreto’.
            —¡Apúrate, mongol de mierda! —Nando se desespera y a Alfredo no le queda más remedio que despegarse de esa muchacha.
            —¿Qué haces allí afuera, huevón? ¿Por qué no entras?             
            —Porque me encanta quedarme aquí afuera, cagándome de frío, mongolón. No preguntes huevadas y pásale a Tucho la voz. Yo le presté mi camisa para que pueda entrar. Estoy esperando que se mueva para que me dejen entrar a mí también.
            —Míralo allá al fondo. El flaco en realidad está que se ‘mueve’, pero no para que entres.
            Nando aguza la mirada y consigue avistar a Tucho haciendo ‘trencito’ con las otras parejas al ritmo de Disco Samba de Two Man Sound. “¡Ayay, caramba! ¡Ayay, caramba!”, lo distingue cantar, subiéndole la sangre a la cabeza cuando ve que su camisa muestra gruesas manchas de sudor en los sobacos.
            —¡Tucho de mierda! ¡Mi camisa!
            —Mala suerte, enano. Vas a tener que remojarla en lejía por dos semanas. No me digas que tú llevas puesto... —Alfredo estalla en risas al notar que lleva el polo de Tucho— Puta, con esa huevada pareces esos chibolos que venden chicles, cigarrillos, caramelos.
            —¡Puedes decirle a ese conchudo de mierda que haga algo por mí!
            Bien encomendado, Alfredo se acerca a su amigo y vecino y sin que éste deje de bailar, le recita el encargo en la oreja. Sintiendo que ya cumplió con el compromiso, busca a Rocío y la observa bailando con un muchacho con facha de bobalicón. Como el potpourri es largo, se acerca a Coco y Viche en pos de un vaso de cerveza y luego se pone a la expectativa de que la música expire.
            —¿Le confiaste a ese paparulo cómo le haces para copiar en los exámenes? —se finge ofendido, moviéndose más sereno al ritmo de You Give Love a Bad Name de Bon Jovi, tras apresurar el paso para que ninguno de sus rivales le supere en invitarla a bailar. Dispuesto a acapararla, no piensa soltarla hasta que la fiesta llegue a su final.  
            —No, me preguntó si es que tuviera edad para votar en las próximas elecciones, a quién elegiría.
            —Deberías elegir mejor a los chicos que te sacan a bailar.
            —Creo en la democracia. Todos merecen una oportunidad.
            —¿Incluso los torpes y poco agraciados?
            —¿Acaso tú haces distingos cuando sacas a bailar?
            —Soy muy selectivo. A mí no me gusta bailar por bailar. Mover los pies al ritmo de la música es una de las manifestaciones más inútiles y absurdas del género humano. 
            —¿Y qué estás haciendo en este momento?
            —La estoy pasando muy bien contigo. Te voy conociendo. Mantenemos una conversación en movimiento.


            A las dos de la mañana se acaba la cerveza. Varios muchachos del Celestiano reclaman con cierta hostilidad y como Coco y Viche lo pueden prever, ya que ellos también lo han hecho —siendo el Negro un especialista— el inodoro y otras piezas de los servicios higiénicos sufren las consecuencias. Incitado por el aroma de violencia que se propaga, Tucho, el más pleitista, se prepara para buscar camorra, pero Coco lo detiene, haciéndole ver que son minoría y que con Chabelo y Alfredo en plan de cirios no es posible contar. Rocío se percata de la hora avanzada y le dice a Patty que llegó el momento de marcharse. En la mañana tienen que estar en el coro de su parroquia antes de las nueve.   
            —¿A qué Iglesia vas? —le pregunta Rocío a su pareja de baile, dando por hecho que asiste a misa todas las semanas.
            —Voy a la Catedral, los domingos a la noche, después de visitar a mi abuelita —miente con descaro este joven hereje a quien ni pagado lo convencen de asistir a este tipo de ritos. Si bien el colegio Mariano es regido por una congregación religiosa, no tiene como política obligar a sus alumnos a acudir al templo, bajo amenaza de severos castigos, como sucede en el Celestiano.
            —Chabelo se ha ofrecido acompañarnos —le dice Patty a su amiga.  
            —Me robó el ofrecimiento de la boca —agrega Alfredo.
            “¡Nos vamos!”, les informan a Viche, Coco y Tucho y éstos al notar que sin cerveza, con una que otra muchacha bastante disputada por los gileros —ya que a la mayoría sus padres han venido a recogerlas— y con los técnicos de sonido aguardando que se cumpla la hora del contrato para desconectar sus equipos, ya no les queda más por hacer. Siguiéndolo a Tucho quien tiene el desparpajo de despedirse de los dueños de casa y de la propia quinceañera, a quien abraza y besa efusivamente como si fuera un amigo de siempre, los tres marchan detrás de sus amigos, a prudente distancia para no estropearles el afane.
            —¡Tucho de mierda! —vociferan a sus espaldas y todos voltean para ver de quien se trataba, encontrándose con un muchacho que semeja ser un rapazuelo de la calle, muriéndose de frío sentado en la vereda.
            —¡Petiso! ¿Qué diantres haces allí? —responde el aludido muy suelto de huesos.
            —¡Esperando que me devuelvas mi camisa! Carajo, ¿no quedamos en que te ibas a mover para hacerme pasar a la fiesta?
            —No se pudo, petiso. Tú mismo te ganaste que ni bien entré, cerraron la puerta y no dejaron pasar a nadie. Así que caballero, lo único que pude hacer fue vacilarme en tu nombre.  
            —¡Y ahora cómo desinfecto mi camisa! —reclama cogiendo una de las mangas— ¡Me la has dejado oliendo a mierda!
            —Lo mismo digo yo con mi polo. Voy a tener que refregar bastante para quitarle tus humores. ¿No sabes que la cojudez se contagia por el sudor?
            —Yo pienso que tu polo no aguanta una refregada más. Y tendrías suerte. Esa huevada habla mal de tu guardarropa —se burla Viche.
            —¡Infelices! Me van a dar lecciones a mí sobre el buen vestir.
            —Y tú, Nando, ¿por qué no te fuiste a tu casa? —inquiere Viche— Yo ni de vainas aguantaba el tiempo que has esperado.
            —Es queee... no tenía plata. ¿Qué otro remedio tenía, aparte de esperar?
            —Yo hubiera caminado —insiste Viche.
            —Nooo... Cali está lejazos y las calles son muy oscuras. Me podrían haber cachado.
            —Guarda con tu vocabulario —le recomienda Coco, haciéndole ver que hay dos chicas acompañándolos.
            —¡Uy!, tienes razón, debo tener más cuidado para hablar... pero es que este haragán de mierda me saca de mis casillas. ¡Miren cómo me ha jodido mi camisa! Mañana mi viejo me cacha y mi vieja me hace limpiar los guáteres con la lengua... ¡Puta madre con este huevón!
 

            Apenas unos minutos es lo que les toma llegar a la calle donde viven las muchachas, Apoyados en el muro de la vivienda que media entre las casas de Patty y Rocío, frente a un parque de árboles frondosos, el cuarteto prolonga la despedida, impávidos a que sus amigos aguarden aburridos en la esquina, junto a un sereno que se despierta y cumple con romper el silencio con su silbato.
            —¿Qué les parece si salimos el próximo fin de semana? —propone Chabelo.
            —Me debes una tocada de jazz —reclama Patty.
            —Hagamos algo más tranquilo —propone Rocío—, por qué no nos juntamos en mi casa, preparamos una pizza y alquilamos una película. O quizás Patty prefiera que nos juntemos en su casa y escuchemos sus discos de jazz.
            —A mí me parece macanudo. No sé si a Chabelo se le ocurre otra idea mejor —agrega Alfredo.
            —El plan es muy bueno —y muy económico, se dice en pensamientos—, ¿qué les parece si quedamos para el viernes a la noche?
            —¡Perfecto! Rocío y yo nos encargamos de la pizza.
            —Y Chabelo y yo de la sangría —pensando en sustraer un vino de caja de la bodega de su madre y comprar una gaseosa de cola roja y manzana para picar.
            Ultimados los detalles, la cita para el viernes queda oleada y sacramentada con un besito en la mejilla al momento de la despedida.
            —¿No podían demorarse más? —les reclama Tucho en quien reposa la pequeña anatomía de Nando, que de tanto rabiar se ha quedado dormido de pie.


            De retorno a Cali, gastando las suelas en las calzadas, como cualquier madrugada dominguera, Chabelo intenta esbozar una excusa que nadie tiene ganas de refutar, mientras que Alfredo permanece en silencio, sonriendo de oreja a oreja. “Mírenlo a este huevón, está recontra Guazón”, bromea Coco, haciendo alusión el archienemigo de Batman. Sólo falta que dentro de unas horas el Tres Coronas salga triunfador de su visita a las alturas de Huáncar para que su fin de semana sea perfecto.          

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