El Cabezón Bruno Gaspar se incorporó a clases
al inicio de la segunda semana. En el pasado diciembre su familia, al igual que
muchas familias, se marchó de un país en crisis buscando mejores horizontes.
Arribaron a Canadá y se instalaron en una casita de la villa de Trois-Pistoles,
al norte de Quebec, frente al río San Lorenzo, donde soportaron todo el rigor
del invierno septentrional, hasta convencerse que las gruesas capas de nieve no
son para ellos. El sábado pasado llegaron en la capital y el domingo retornaron
a su domicilio en Cali —que hicieron bien en no vender— con el firme propósito
de su progenitor de volver a intentar la misma aventura migratoria el próximo
año, pero esta vez a Australia, “un Canadá pero con mejor clima”, subraya el
Cabezón tras recibir los efusivos abrazos de sus compañeros de aula, incluso de
Beto Patiño, su presa predilecta, a la que nunca renunciaba a cazar cuando
salía disparado hacia la cancha de fútbol buscando salvarse del apanado de sus
compañeros, derribándolo siempre de un certero puñetazo en la espalda y ya en
el suelo lo inmovilizaba, utilizando las mangas de la chompa o casaca de éste
para anudar manos y pies, igual como hacen los vaqueros con los novillos en los
rodeos.
—Oye
Beto, ¿y cómo te sientes tras tu debut carnal? —le pregunta Alfredo en la
clases de matemáticas.
—Fu-fue
mi primera vez con una pu-puta y en un bur-burdel... pero yo-yo ya no era virgen.
—¿Cómo
que ya no eras virgen? ¿Alguien acaso te había dado por el culo?
—No-no...
en el ve-verano lo-lo hice con una mu-mujer.
—¡Anda,
huevón! ¿Y por qué no nos lo dijiste? ¿No sabes que tu polvo nos costó a todos
un huevo de plata?
—Es
que no-no me dieron oportunidad de-de contarles. En el pa-paradero no-no
tomaban en cuenta mis opiniones. En el co-colectivo, abría la-la boca y me
daban de-de tomar. Al chongo ya llegué ma-mareado.
—No
te creo un carajo, pero igual cuenta, ¿cómo fue tu primera vez?
—Me
fui a la selva un par de se-semanas. Una tía, pri-prima de mi mamá, visitaba
se-seguido la ca-casa de mi abuela y desde que llegué se-se mostró muy
ca-cariñosa conmigo. Febrero es temporada de lluvias to-torrenciales y una
tarde cayó un chubasco, con truenos y re-relámpagos, que se prolongó hasta la
noche, produciéndose un corto circuito que dejó el pueblo a oscuras. Después de
la cena, mi abuela nos reunió a todos en la sala, alrededor de la radio para
informarnos de-de los daños por las inundaciones y las re-recomendaciones de-de
Defensa Civil, cuando mi tía me pide que la a-acompañe al cuarto donde iba a
quedarse a dor-dormir, al otro lado del patio. Pre-prendo la lámpara de
querosene y mi tía me abraza por la espalda, me-me muerde el cuello y la oreja y
me lleva a su ca-cama. Intento, pero no quiero zafarme, ella me-me aplasta y me
co-coge las manos pidiéndome que la acaricie por todas partes. Me-me agarra de
los huevos y me-me pide que la monte, co-como perrito, como mulita, co-como
caballito. Fu-fue muy rico. De ahí hasta mi regreso, la tía me llevaba a su
casa y me-me enseñaba co-cosas que yo-yo no me imaginaba que-que se hicieran.
Me.me gustaba cuando me-me la chupaba o me-me agarraba de los pelos para que me
comiera su co-concha o se la metiera por el po-poto.
—¡Guau!,
Betito, bien guardadito te lo tenías. De repente te convertiste en Dustin
Hoffman con su Mrs. Robinson. Hace un par de meses eras un completo pajero,
ahora tienes más experiencia que cualquiera.
—Esta
es mi tía para que-que la veas —y orgulloso extrae una fotografía rugosa de su
billetera con pega-pega en la que se muestra a una mujer entrada en años y en
carnes, posando sin tapujos en bikini en las aguas de un río apacible y al
reverso una dedicatoria: “Para mi sobrino querido, para que recuerde los
momentos tan felices que vivimos”. La húmeda fragilidad del papel, mezcla de
sudor y semen, conlleva a deducir que Beto se masturba frecuentemente con la
imagen de la tía que, mirándola bien, se asemeja a la añosa prostituta con la
que se revolcó el viernes pasado. “El mismo tipo, las mismas deformidades, de
allí que el huevas se haya estimulado”.
—¡Así
que debutaste como cacherito! —celebra Bruno en el recreo, metiéndole a Beto un
manazo por la espalda que casi le saca los pulmones por la garganta.
Quienes
parecen más contentos con el regreso del Cabezón son Rasputín y Coco, los
estudiantes que se turnan la banda de capitán de la selección del colegio. Cuentan,
ahora sí, con un plantel más equilibrado. Junto con Tomás comienzan a
planificar el partido que disputarán contra los de Cuarto Año, mañana por la
tarde. El Negro irá al arco, defenderán con una línea de tres con Coco y
Rasputín a los costados y Tomás en el centro. En la volante alineará con Carlitos
y el Cabezón en la contención, Nando y Viche en la creación y adelante estará
Rulo a la derecha, Alfredo a la izquierda y Jonás como ariete. De todos los
mencionados, titulares indiscutibles de la selección son el arquero, los
defensas, la contención, Viche en la creación y Rulo en la delantera. Nando y
Alfredo hace dos temporadas que calientan banca por jugadores más talentosos de
Cuarto y Tercer año. Jonás ha sido puesto de relleno.
Los
de Cuarto alinearán con Giancarlo Martínez en el arco, gordo bastante ágil, un
refrigerador Coldex, a quien se la baja la moral trabajándole de boquilla.
“¡Chancho, lávate el poto!”, lo baten sus propios compañeros. Si imitan su
planteamiento y colocan a tres en la zaga, alienará Octavio Petrozzi en el
centro y Alex Ross y Caesar Mirror en ambos lados. Tres huesos duros de roer.
En su medio campo destacan Aldo Cabieses y el serrano Urquijo, su punto débil
lo conforman Guille Mindreau y Adolfo Camacho. Arriba la cosa se complica con
el chueco Abelardo Quiñones por la derecha, un goleador temible como Tito
Ordóñez, hermano de su compañera Maribel, en el centro y Lucho Castañón por la
izquierda, un flaquito intrépido y quimboso que la rompe en todos los torneos
internos, pero arruga cada vez que le ha toca jugar contra otros colegios, como
si le pesara la camiseta oficial de la selección.
—¡A
ese maricón no lo quiero en el equipo! —sentencia el Negro, quien rumia todavía
el gol que Castañón le hizo en la temporada pasada, humillándolo frente a
todos, haciéndolo gatear de un lado a otro en el área, antes de sombrearle el
balón. Con esa anotación los de en ese entonces Tercer Año les arrebataron a
los capitaneados por Rasputín el segundo puesto, permitiendo que la Promoción
del año pasado obtuviera un cómodo campeonato.
—Debemos
evitar, así nos ganen, que el Monín lo convoque a la selección —se aúna Tomás,
recordando que en un torneo del año pasado en la Capital, al cual asistieron
invitados, el padre Rodrich les decomisó el trago que llevaban en las mochilas,
siendo Castañón el principal sospechoso de haberlos delatado.
—Esta
es la oportunidad perfecta para sacarlo del equipo —propone Coco en plan de
Maquiavello, quien tampoco le perdona su poca entrega en aquel partido en que
el Celestiano los goleó por cuatro a uno—. Qué sucede si de repente, en una
jugada infortunada, Castañón sufre una lesión que lo aleja unas semanas de las
canchas, las suficientes para que se arme el equipo y no lo tomen en cuenta
para el torneo distrital.
—¡Claro!
—agrega el Cabezón—, una jugada dividida en que su pierna se fracture de manera
‘casual’.
—Esa
misión debe caer en alguien con antecedentes, que se sepa de su juego brusco y
a pesar de haber lesionado a varios, siempre sale libre de las acusaciones de
malintencionado —propone Rulo al recordar a Alfredo, su amigo que lo lesionó en
un partido amistoso, metiéndole una zancadilla que lo hizo volar y caer mal.
—De
acuerdo —observa Carlitos—, total él es el principal interesado. Para Monín,
Castañón sería el titular y con el levante de ese chibolo Wilson de Tercer Año,
es posible que Alfredo no aparezca ni de suplente. Así que él decide.
—Pero
yo nunca he querido actuar con mala fe —se excusa Alfredo, quien admite su
torpeza para jugar el fútbol, lo que le hace cometer faltas bastante groseras,
que le han costado varias tarjetas rojas y la lesión de un muchacho de una
escuela fiscal al que envió al hospital.
—Queremos
algo así, que lo quiebres igual como a ese muchacho, una patadita asesina y
todos te estaremos agradecidos —le anima Viche.
—A
ese muchacho yo lo cagué, huevón —rememora Alfredo con sentimiento de
culpabilidad— Mi viejo tuvo que meter plata para costear su rehabilitación.
—Es
que se trataba de un muchacho pobre, desnutrido y cuasiosteoporósico que se iba
a quebrar con cualquier metida de pata. No lo compares con Castañón que será
flaquito, pero bastante fibroso. Un golpe tuyo, en el peor de los casos, lo hará cojear una semana —interviene Jonás.
—Lo
siento, amigos, lo que me piden se escapa a mis posibilidades. Yo no me opongo
a que le partan la pierna en tres, pero yo no lo puedo hacer. Por las noches me
gusta dormir tranquilo, sin ningún tipo de culpa.
—Mira,
loquito —le abraza Tomás, llevándolo a un costado—, quizá hemos exagerado un
poco. Castañón es un maricón de mierda. Entre Coco, Rasputín y yo le vamos a
estar repartiendo sistemáticamente cada vez que intente asomarse por el área.
Tu misión es que cuando ya tengamos sus piernas ‘ablandadas’, tú en una barrida
lo saques definitivamente del partido, ¿estamos?
—¿Ya
no quieren que lo parta?
—Somos
jugadores, no una manga de matones. El fútbol es un deporte de contacto y en
cualquier partido es normal que a espaldas del árbitro los contrincantes se
fastidien, se insulten, se escupan, se metan patadas y hasta codazos.
Entrenadores como Bilardo consideran aburrir y lesionar al rival un recurso
válido.
—Por
eso es que prefiero la escuela de Menotti.
—¡Carajo!
Tú eres tan hincha del Tres Coronas como yo, ¿verdad? —Alfredo asiente— ¿Viste
ayer lo que le hizo el ‘cirujano’ Espino a ese delantero del Minas Palmas?
Tanto cargoseaba que lo tuvo que ‘operar sin anestesia’ como es su costumbre y
ya no volvió a molestar más. Al poco tiempo pidió su cambio. Con ello su ataque
perdió peso y nuestro club se quedó con los tres puntos y seguimos en la punta
del campeonato. Esas son faltas estratégicas, ¿comprendes? —vuelve a asentir sin
estar convencido— Entonces, ¿contamos contigo?
Alfredo
acepta sin estar seguro y las horas que siguieron, previas al partido, fueron
un calvario para él. Llega a casa y no merienda con el acostumbrado apetito, no
hace caso de la invitación de su padre de ver juntos la telenovela de la tarde
y fuma el cuádruple de lo acostumbrado. En la noche duerme tarde y mal. Piensa
en por qué sus amigos y él no pueden echarse a jugar como la Holanda de Cruyff
o la Francia de Platini —las expresiones futbolísticas que más idolatra— en vez
de apelar a la brusquedad del Estudiantes de la Plata de Zubeldía o de la
Inglaterra que campeonó en su Copa del Mundo, pidiéndole a él que desempeñe el
papel de Nobby Stiles, jugador cuyo accionar malintencionado era fruto de su
severa miopía.
A
la mañana siguiente se levanta de mal humor y se mantiene taciturno y poco
festivo de las bromas en el aula. En las últimas horas, en clases de Educación
Física, Rasputín le consulta al instructor Rigoberto Arzú —alias Monín por su
físico de simio esmirriado— si los ‘seleccionados’ pueden realizar una pichanga
de práctica con miras al partido pactado a las cuatro de la tarde. De paso lo
compromete, como director técnico del equipo, a arbitrar el encuentro.
Después
de pelotear a medio ritmo para no fundir el motor, Alfredo llega a su casa,
almuerza ligero y tras fumar un último pucho, se baña, se viste con un short y
un polo de entrenamiento oficial del Tres Coronas, se vuelve a poner el buzo de
Educación Física, pone en su maletín una toalla para el sudor, una botella de
agua y linimento para preparar los músculos, se cuelga los botines de fútbol
Adidas que heredó de Genaro —quien pasó a la historia como el arquero que más
goles le metieron en la historia del colegio— y sale de su casa, veinte minutos
antes de la hora señalada. Cuando llega, se percata que todo el equipo de
Cuarto está presente. En Quinto todavía faltan Coco y Nando, los tardones de
siempre.
—¡Entrenador!,
son las cuatro de la tarde en punto, hora de comenzar el partido —exige Octavio
como capitán de Cuarto. Nando asoma a lo lejos Nando acercándose al campo con
su acostumbrado paso cansino.
—Tiene
razón —exclama Arzú tras consultar su reloj—, comencemos ya.
—¡No
podemos, entrenador! Todavía falta Caligari —salta Rasputín, el capitán de
Quinto, intentando dilatar las acciones.
—Lo
siento, Valdivieso, la puntualidad es esencial en cualquier disciplina
deportiva. Si no entran a la cancha en treinta segundos, no tendré más remedio
que declarar ganador a los alumnos de Cuarto por WalkOver.
“¡Mierda!”,
piensa Rasputín. No les queda más remedio que replantear el esquema. El Cabezón
y Carlitos irán de laterales, él y Tomás a la zaga central, Viche, Nando,
Alfredo y Jonás poblarán el medio campo y solamente Rulo jugará en punta. Arzú
convoca a los dos capitanes al centro, les brinda las indicaciones de rigor. El
partido se dividirá en dos tiempos de treinta y cinco minutos cada uno. De
acabar igualado, se definirá por penales. Arroja la moneda y los de Cuarto
ganan el sorteo de terreno. Eligen arrancar de sur a norte.
Suena
el silbato. Urquijo la mueve para Ordóñez, éste la retrocede para Cabieses
quien se la pasa a Camacho, éste a Mindreau y Mindreau se la devuelve. La
pelota rota en el campo de Cuarto y ninguno de Quinto hace nada por
arrebatársela. Castañón, quien viste la camiseta número ocho, parece deambular
distraído en el campo rival se dirige hacia el área. Petrozzi lo ve y le lanza
un pase de casi cincuenta metros. En veloz carrera y con la pelota pegada a los
pies, el flaco se echa a correr, supera a Viche y Nando con facilidad, con un
quiebre de cintura se quita la marca de Tomás, ingresa al área y a Rasputín no
le queda más remedio que derribarlo. Arzú pita el penal, han transcurrido
cincuenta segundos y los de Quinto ni siquiera han tocado el balón. Con una
sonrisa autosuficiente, Petrozzi se dispone a cobrar la falta. El Negro se le
acerca, intenta trabajarlo de boquilla, se mueve de un lado a otro en la línea
de meta. El árbitro da la orden y el ejecutor patea. El portero se lanza a la
derecha y el balón se incrusta en el centro del arco. Los de Cuarto se ponen
adelante en el marcador.
Les
toca sacar a los de Quinto. El esférico es rápidamente recuperado por sus
rivales quienes asoman con más peligro. Han sentido la pegada. El chueco
Quiñones se proyecta imparable por su banda, sucede lo mismo con Castañón a
quien tienen que salir de a tres para atajarlo y Ordóñez, un asesino en el
área, se ha puesto hasta en tres oportunidades a tiro de gol. Si no fuera por
la agilidad de pantera del Negro, los de Cuarto les llevarían tres goles de
ventaja.
—¡Puta
madre! ¡Marquen, carajo! —reclama Carlitos a los defensores— Esos huevones se
cuelan con facilidad y ustedes solamente los miran.
Rasputín
le lanza una mirada a Alfredo y con las manos le indica que le propine a Castañón, quien le ha ganado todas las
pelotas divididas, un guadañazo que lo ahuyente de ese sector. En el siguiente
mano a mano se dispone a obedecer. El adversario intenta correr como una gacela
escurridiza por su costado y él le mete el pie, haciéndolo volar aparatosamente.
Falta peligrosa cerca de la media luna y la primera cartulina amarilla del
partido para el infractor. El puntazo del serrano Urquijo estremece el
travesaño. El Negro ni siquiera la ve.
Trascurridos
veinte minutos de partido, aparece Coco con sus implementos al hombro. Se mueve
con una pachorra que exaspera aún más a sus compañeros.
—¡Apúrate,
huevón!, ¿por qué te demoraste tanto? —le reclama Rasputín.
—Me
dio sueñito —es la lacónica respuesta de un muchacho acostumbrado a dar siestas
monumentales de dos a tres horas.
Sin
haber calentado lo suficiente, el jugador con la casaquilla número tres ingresa
y en su primera intervención se estira el muslo, al intentar poner freno al
avance de Quiñones. Se cobra la falta que termina en un tiro libre sin
consecuencias para los de Quinto.
Coco
cojea, pero su presencia ayuda a ordenar a sus compañeros quienes comienzan a
equiparar las acciones. La velocidad característica de Rulo deja a Mirror mal
parado. Ross le sale a la marca. Lo hace bailar uno-dos-tres y cuando Petrozzi
desesperado sale a barrerlo con todo, comete el error de descuidar a Carlitos
en la marca, quien prácticamente recibe la pelota solo en el área, la detiene
de pecho a espaldas del arco de Martínez y con efectivo movimiento de cintura
da media vuelta y la clava en un ángulo imposible de llegar. Es el empate.
Los
minutos que restan de la primera mitad se tornan friccionados y violentos.
Rasputín y Tomás golpean por turnos a Castañón con o sin pelota. Bruno y
Urquijo —en un duelo de cabezones— se agarran asolapados a codazos y empujones.
En cada avance Viche o Rulo aprovechan para patear a Ross a mansalva, el joven
pecoso parece masoquista y los invita a que lo sigan maltratando. “Oye, le has
robado los chimpunes a la Barbie”, le repite reiteradamente Quiñones a Nando,
cada vez que lo tiene a su costado, burlándose de sus pies pequeños —y a los
que le tiene que poner cuatro pares de medias para que le ajusten— a sabiendas
de lo fosforito que es el petiso. “Devuélvele los chimpunes a la Barbie”,
insiste el energúmeno. “¿Acaso las tabas de la Chichobelo te quedan grandes?”,
se burla con su risa sarcástica y es la gota que derrama el vaso. Nando estalla
y lo derriba a puñetazos y una vez que está en el suelo lo muele a patadas con
los “chimpunes de Barbie”. Se arma la trifulca entre ambas escuadras. El gordo
Martínez es el primero en llegar a las inmediaciones y coge al ofendido por la
espalda. “Si quieres le digo a mi hermana que te preste las zapatillas de Ken,
que son más varoniles”, se burla el portero de Cuarto y Nando también arremete
contra él. “¡A mí me respetas, chancho de mierda!” Arzú considera cortar por lo
sano, acaba la primera mitad cuando todavía restaban un par de minutos y les
muestra la cartulina roja a Nando y al propio Quiñones.
—¡Por
qué a Abelardo si él nada ha hecho! —reclama Abelardo justificadamente y el
árbitro aduce que Quiñones respondió a la agresión con una combinación de
puñetazos que nadie vio— ¡Qué tal concha, carajo! —estalla el capitán de Cuarto
y se gana la tarjeta amarilla por su falta de respeto.
Quince
minutos de descanso. Ambos equipos se rehidratan y recuperan piernas a un
costado del campo, ambos iniciarán la segunda mitad con diez hombres y los de
Cuarto son los que más pierden. Siendo Abelardo mejor jugador que Nando, el
tiro le salió por la culata.
—Y
tú, Alfredo, ¿qué esperas para cumplir con tu trabajo? —rezonga el Negro
contrariado— has sido bastante delicado con Castañón, lo tratas mejor que a una
hembrita. ¿Lo estás afanando?
—¡Carajo!
Ya me sacaron tarjeta amarilla. Debo golpear con más cautela si no quieren que
me expulsen.
—Mira,
huevas, para lo que aportas en el juego colectivo, más útil eres reventándole
la pata que quedándote en el campo —le dice Tomás—, así que ni bien comience el
segundo tiempo, ¡lo masacras!
Alfredo
observa a su objetivo quien sonríe despreocupado sin sospechar lo que le
aguarda. Recordó aquel Argentina-Perú por las Eliminatorias a México ’86 en que
Camino, por encargo de Bilardo, le metió una patada a Navarro al minuto de
juego y lo sacó del partido. Una misión criminal que lo equipara ya no con un futbolista,
si no con un sicario como John Wilkes Booth, Ramón Mercader o —el más
despreciable de todos— Mark David Chapman.
Comienza
la segunda parte. A Jonás se le recomienda bajar para suplir la ausencia de
Nando. Los de Cuarto en cambio, adelantan sus líneas y Cabieses ocupa la
posición de Quiñones, convirtiéndose en el socio ideal para Castañón y Ordóñez.
Transcurren siete minutos, Cabieses corre pegado a la raya lateral. “¡No dejes
que centre!”, le dice Tomás a Rasputín, pero demasiado tarde, la pelota llega a
la otra banda donde Castañón supera a Coco en el salto y de cabeza la pivotea
para que llegue Ordóñez y de un furibundo puntazo revienta el arco del Negro.
Los de Cuarto vuelven a pasar adelante en el marcador.
El
equipo de Quinto vuelve a mostrarse confundido y falto de reacción. En vez de
aprovechar el desconcierto, los capitaneados por Petrozzi comienzan a especular
y salvo Ordóñez y Castañón quienes insisten en llevar peligro, sus demás
compañeros rotan el esférico sin mayor ambición. Rasputín les ordena entonces a
Carlitos y al Cabezón que jueguen más adelantados y tomando a Alfredo de los
hombros, le dice: “Mira, loco, este es el momento clave, o revientas a ese
cabrón o perdemos el partido”. Alfredo se echa a correr tras su presa que, como
un emú escurridizo, vuelve a superar a Coco y a Tomás. Clava en su mirada sus
piernas larguiruchas. A esa distancia es fácil encajarle un violento puntapié
que le impida jugar los minutos que restan, dejarle un moretón que no va a
desaparecer en semanas. Prepara la guadaña, apunta y un requiebro moral le
impide ejecutar tremenda felonía. Lo único que hace es escoltarlo a lo largo de
su recorrido que termina en un disparo de fuera del área que el Negro contiene
sin apremios.
—¡Tenías
todo para clavarlo! —reclama Coco.
—¡Váyanse
todos a la mierda! ¡Quiébrenlo ustedes y a mí no me jodan! ¡Déjenme tranquilo
con mi conciencia! —responde Alfredo, volviendo como zurdo a la izquierda, a su
ubicación natural, haciendo oídos sordos a las voces que le replican: “¡cabro
de mierda!”, “¡malparido!”, “¡Castañón te cacha en perrito!”
La
disposición de que Carlitos y el Cabezón jueguen más adelantados, comienza a
rendir sus frutos. En el minuto veinte, el primero aprovecha su corpulencia
para llevarse de encuentro a Cabieses y Mindreau, quienes terminan rodando por
el suelo, el último ve que el balón circula sin dueño por las inmediaciones,
Ross sale a cortar su avance, pero con la patada de mula que le caracteriza
—acostumbrado a jugar con zapatillas porque no se encuentra en el mercado
chimpunes para su talla anormal— la pelota impacta en la anatomía del pecoso y
se desvía lejos de los guantes de Martínez. Quinto Año vuelve a igualar.
Ahora
es el equipo de Petrozzi el que asoma desconcertado y el equipo de Rasputín
marcha con todo en pos del triunfo. Coco, quien parece haber superado el
estirón, abandona la marca y marcha a la ofensiva como un delantero más.
“¡Carajo! ¡Estás dejando bastantes espacios!”, le dice Tomás, tras cortar el
enésimo avance de Castañón, pero él no hace caso. Se enterca con la posibilidad
de anotar un gol.
Minuto
veintinueve. Rulo se proyecta por su banda y su centro es desviado por la
pierna de Mirror. Tiro de esquina que él mismo se dispone a cobrar. Antes de
que la pelota surque por el aire, Arzú toca repetidamente el silbato y se ve
obligado a intervenir. El área se ha convertido en escenario de forcejeos y
debe poner coto a los actos violentos. Se aparece en el momento en que Coco y
Camacho ruedan por el césped y a ambos los invita a pararse para mostrarles la
cartulina amarilla. “No había notado que los dos son parecidos, parecen
hermanos”, comenta el instructor y todos los presentes estallan en carcajadas,
ocasionando que los aludidos se ruboricen hasta sentir sus orejas arder. Ese
comentario hace que todos se relajen y que el centro de Rulo se pasee por el
área sin que nadie lo conecte. Llega hasta la otra banda y Urquijo lanza un
pase de casi sesenta metros para Castañón quien se echa a correr raudo hacia el
arco rival. Tomás, el único defensa a la retaguardia, es fácilmente dejado
atrás, ya no le quedan obstáculos entre él y la portería, salvo Alfredo quien
emprende veloz carrera tras sus pasos. “¡Bájatelo, huevón!”, escucha al Negro
vociferar y no le queda otra que lanzarse en carretilla, impactando reciamente
contra su adversario, quien sale expelido varios metros, a un costado del
terreno, revolcándose compulsivamente de dolor. “¡Bien hecho! ¡Lo mataste!”, lo
felicita Coco, palpándole la testa y él se levanta como un resorte, espantado
por su acto violento.
—¡Imbécil
de mierda! ¡Qué chucha te pasa! —lo empuja Octavio y de repente se ve vapuleado
por un cerco de rivales. Alfredo está tan anonadado que no reacciona. Deben
llegar Viche, el Cabezón y Coco en su ayuda y sólo los silbatazos desesperados
del Monín, quien corre hacia el infractor, impiden una gresca campal. Jalándolo
del brazo lo saca de la multitud y le muestra la cartulina roja. Los de Quinto
se quedan con nueve hombres, a falta de cinco minutos más descuentos para que
finalicen las acciones. Camino a darle encuentro a Nando, Alfredo se siente tan
apesadumbrado que piensa que su expulsión es poco castigo. “Ojalá no lo haya
fracturado”, se dice lleno de angustia. Castañón es ayudado por dos de sus
compañeros a reincorporarse. Le cuesta en un principio apoyar el pie en el
gramado. Cabieses pide permiso por él para que vuelva a ingresar al campo, Arzú
da el visto bueno y el lastimado da sus primeros pasos rengueando, hasta que
poco a poco vuelve a ganar confianza y se echa a correr en pos del balón.
—Puta
madre, ni para lesionar sirves —le dice Nando y Alfredo vuelve a respirar
tranquilo. Ya imaginaba a su padre gritándole: “¡de nuevo, carajo!” y
prohibiéndole tajantemente que vuelva a pisar una cancha de fútbol.
El cronómetro del Monín marca el minuto treinta y seis. Señala con los
dedos que agregará dos minutos y luego se irán a penales. Coco recupera la
pelota y marcha hacia adelante con todo, contagiando a sus compañeros. Intenta
armar una pared con el Cabezón, pero Ross intercepta el envío y antes que
Carlitos y Jonás le caigan con todo, lanza un pase de veinticinco metros que
vuelve a encontrar a Castañón bien ubicado y avanza con todo hacia el área. “¡Dámela,
Luchito!”, le solicita Ordóñez quien acompaña la jugada y se encuentra mejor
ubicado, pero el flaquito no le hace caso, quiere terminarla él. Se deshace de
la marca de Tomás pasando el esférico entre sus piernas, el defensor intenta
agarrarlo de la camiseta pero le es imposible, parece que nada lo puede
detener. El Negro sale raudo del arco y consigue achicarle el ángulo, a
Castañón no le queda más que levantar la pelota y sombreársela. El portero
salta con los brazos extendidos, mas el esférico le sobra por unos centímetros
y no lo consigue atrapar. El número ocho intenta escabullirse por un costado,
parece que lo logra, y de repente se escucha un crujido estremecedor y un quejido
apagado. Todos los testigos presencian perplejos cómo las rodillas del Negro,
con todo el peso de su anatomía, caen sobre una de las piernas de Castañón,
quebrándole la tibia y el peroné. Cuando entre dos levantan al fracturado, se
puede apreciar la magnitud del impacto. La extremidad partida en dos y la parte
inferior que se mueve como un péndulo, dando la impresión que el largo de la
media es lo que evita que se desprenda.
Como
adulto responsable, Arzú carga a Castañón entre sus brazos y seguido por Ross,
Ordóñez y Cabieses corren raudos hacia su Volkswagen Escarabajo y de ahí
partirán hacia el hospital. En la cancha sólo quedan los muchachos de Quinto y
algunos de Cuarto, entre ellos Petrozzi, cuyos ojos verdes se clavan en el
rostro desolado del Negro, quien parece no creer que él haya sido el culpable
de atropello semejante.
La
noche ha caído y Marco Aurelio Macaya recibe afuera de su casa a Tucho,
Alfredo, Viche y el Cabezón. El tema ineludible es el partido que los tres
últimos acaban de disputar.
—Ese
Negro es un salvaje, como buen descendiente de Chaka Zulu, le afloran los genes
tribales —acota el Gordo.
—No
quiero pecar de ingenuo, pero le otorgo al Negro el beneficio de la duda. Pudo
tratarse de una jugada fortuita. Calculó mal y le partió la pierna —argumenta
Alfredo, sin sonar muy convincente.
—¡Fortuitos
son mis huevos, huevón! —replica Tucho— A ti te gusta hacerla de chupapingas y
defiendes a cualquiera con tal de dar la contra. El Negro es un malero de
mierda. Siempre lo ha sido. Es brusco y no mide las consecuencias.
—Puede
ser belicoso y abusivo pero el Negro es un buen amigo de quienes considera sus
amigos —insiste Alfredo—, es de los que jamás te abandona. Si tienes un
problema él es el primero que se pone a tu lado.
—¡Entonces
anda que te cache! —se sulfura Tucho— No intentes tapar el Sol con un dedo. Lo
cierto aquí es que el Negro ha jodido a un chibolo de por vida.
—No
cabe dudas que el Negro cayó encima de Castañón con la intención de golpearlo
—interviene el Cabezón—, pero no creo que haya querido reventarle la pata. Uno
lo veía y se notaba que estaba asustado por lo que había hecho.
—Se
llenaba la boca con excusas, arguyendo que había sido de casualidad, que su
intención era agarrar la pelota y no se percató de la pierna de Castañón. Incluso
nos lo repetía a nosotros al salir del colegio y rumbo al paradero, intentando
convencernos o quizá queriéndose convencer a sí mismo —comenta Viche.
—La
rehabilitación de esa pierna va a tomar varios meses —diagnostica el Gordo—, le
pondrán clavos y cuando se reintegre a las clases por un tiempo andará con
bastón. Cómo le remorderá al Negro la conciencia cada vez que lo vea. Es seguro
que nunca más volverá a jugar al fútbol.
—La
conciencia del Negro es tan oscura como el color de su piel —fustiga Tucho,
quien no oculta que mantiene una antipatía compartida con el infractor—, mañana
que todavía el asunto está fresco va a seguir con su semblante dolido y
apocado, capaz de golpearse el pecho en acto de constricción, pero pasado
seguirá siendo el mismo jijuna de siempre, pleitista y bullanguero.
—Fastidioso
y todo, igual siento pena por la tragedia de Castañón —sigue Alfredo—, el
flaquito dominaba la pelota como pocos y quién sabe, con un buen régimen de
ejercicios sus músculos hubieran podido quizá desarrollar la tonicidad
necesaria y podría haberse dedicado profesionalmente al balompié. El gol que
estuvo a punto de marcar en esa infausta jugada iba a ser de antología. Quizá
lo más espectacular que se haya visto jamás en la cancha del colegio.
—Menos
mal que tú no cometiste la falta —le dice Tucho a Alfredo—, sería la excusa
perfecta para que el padre Rodrich te expulse del colegio.
—El
Negro tiene matrícula condicional como yo...
—Sí,
pero no lo van a botar —asegura Viche—, él es muy amigo del Monín y seguro
mañana cuando presente su informe exculpará al Negro argumentando que fue
fortuita la jugada y no malintencionada.
—Y
bueno... ¿la bola ingresó o no ingresó? Hasta ahora nadie me aclara esa jugada.
—No
lo sé, Gordo —responde el Cabezón—, desde mi posición pude ver cómo la pelota
hacía una parábola sobre la cabeza del Negro, chocaba en el pasto y luego
mansita fue dando botecitos hasta chocar en la base del parante y quedarse
quietecita en la línea de gol. No sé si la traspasó totalmente o en su
totalidad.
—Petrozzi
quiso reclamar que era gol —complementa Viche—, pero con el accidente de
Castañón, el Monín no le hizo caso. Para dejarlo en duda, Tomás llegó y despejó
el balón. Él es el único que puede decir a ciencia cierta si entró o no.
—Entonces
quedamos empates —concluye Tucho.
—Sí,
pero a un mal precio —deduce el Gordo—, me pregunto cómo hará el Negro para
conciliar el sueño esta noche.

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