jueves, 2 de abril de 2015

el último mariano virgen

          Hace un par de años, cuando su relación con Caludia se marchitó con la llegada de la primavera, a fines de septiembre, convivir juntos en el mismo salón resultó para Alfredo un martirio. Estar tan cerca, radiante por el nuevo amor que llegaba a su vida, mientras que él se sumergía en su soledad con forma de caparazón, semejándose a la famosa tortuga de las Galápagos, era una experiencia que no le hubiera gustado repetir. El dolor se mantuvo fresco hasta la culminación de las clases. Al año siguiente, cuando Caludia cambió a Marco Ferrer por Yago Romero, el corazón de Alfredo estaba más curtido y aparentemente todo lo que hiciera su antigua enamorada le dejó de interesar. La ‘institucionalización’ por parte de sus amigos de las borracheras, colarse a las fiestas y quinceañeros y lo más importante aún, volverse a ilusionar con otra muchacha, como sucedió con Janeth Matta, muchacha del colegio Paulista, todo eso contribuyó a que se disipen sus sentimientos y tal vez, a esas alturas, ya todo lo habría superado si no fuera por ese concierto de verano en la casa de Milly que los volvió a juntar y pasarla tan bien como en los momentos idos hizo que se volviera a ilusionar, cuando lo mejor habría sido ponerle llave al pasado.      
            Con el firme propósito de trabajar en el olvido, esa mañana Alfredo ingresó a clases con la firme intención de mostrarse distante e indiferente. Traer a la mente tantas humillaciones y malos tratos sirvieron para que cumpliera su cometido. Al sonar el timbre del segundo recreo, sus pensamientos se enfocan más en las pesquisas de Lucho Elías, fundándose en el temor de que Lucio Zelaya o Abelardo Quiñones, sus cómplices en la travesura, lo pudieran delatar. Agrupados en el patio, se exalta cuando Rasputín lanza una noticia.  
            —Entre los alumnos de Cuarto las cosas están muy movidas.
            —¿Por qué? —pregunta Alfredo con un nudo en la garganta, seguro de su expulsión.
            —Mañana se van al chongo en mancha y van a llevar de los pelos a todos los que les falta ‘debutar’, incluso a los más babosos. ¿Saben lo que eso significa?
            —Van a faltarnos el respeto —presume el Negro—, enrostrándonos una supuesta superioridad porque no quedan vírgenes entre ellos y nosotros tenemos a varios crónicos.
            —Me parece que te equivocas —le contradice Jonás—, que yo sepa en el grupo de Cali y en el de San Pedro nadie está pito. Y he escuchado por allí que en los demás grupos quienes faltaban han aprovechado el verano para ponerse al día.
            —Nos falta uno que no pertenece a ningún grupo pero es responsabilidad de todos —agrega Rasputín—, Beto Patiño.
            —¡Estamos cagados! —razona Rulo— Es más fácil que todas las chicas del salón pierdan su virginidad antes que Beto.
            —Si no atraca ir al burdel por las buenas, lo tendremos que obligar —sentencia el Negro—, financiarle el polvo entre todos si es necesario.
            —Mañana entonces todos nos vamos al chongo —añade Jonás.
            —¡Es una cuestión de dignidad! —agrega Rodrigo. 
            —Yo me encargo de pasar lista y ¡pobre del que falte! —amenaza Rasputín.
            —Hasta ahora sólo hemos hablado los de San Pedro —reclama el Negro—, ¿los de Cali están comprometidos en esto o no?
            —A mí particularmente me tiene muy sin cuidado los complejos de superioridad de los de Cuarto Año —responde Coco.
            —Pero si se trata de mojar el pájaro —añade Tucho—, cuenten con nosotros.
            —Es más, ¿por qué no vamos al chongo hoy? No sólo nos adelantamos a los de Cuarto por un día, si no que a las putas las encontramos ‘limpias’ —apunta Viche, siendo de dominio público que todos los jueves, las meretrices de los burdeles madrugan en la entrada del Hospital Regional, donde son examinadas para ver si han contraído alguna enfermedad venérea.
            —¡No!, tiene que ser mañana, tenemos que intimidarlos a esos mocosos de mierda —replica el Negro con su ánimo belicoso. 
            —De acuerdo —retruca Chabelo—, tiene que ser mañana, pero eso no soluciona el problema. ¿Quién se encarga de asegurar la presencia de Patiño?
            —Que se encarguen los de Cali —se despercude Jonás del encargo—, ese mongol vive cerca de su barrio.
            —Está bien, nosotros nos encargamos —acepta Tucho el desafío—, pero los de San Pedro asumen todos sus gastos.
            —Trago incluido —agrega el Gordo.  
            Rulo, el Negro, Rasputín y Tomás aceptan sin reparos, Rodrigo y Jonás no tanto. Se ultiman los detalles y al momento de sonar el timbre de retorno a clases convienen en que ambos grupos se darán cita en el paradero de colectivos, poco antes de las seis de la tarde.
           

            Al asomarse por la ventana, la señora Patiño se sorprende al encontrarse con los rostros sonrientes de Tucho, Alfredo y Viche. Que vengan en busca de su hijo resulta  bastante inusual. Sabe que Beto es un muchacho solitario, sin amigos, del cual han abusado en exceso en su etapa escolar a causa de su tartamudez, torpeza y falta de carácter. “¡Eres un idiota y tú debes juntarte con los idiotas!”, le decía cada vez que era víctima de una mataperrada o de una golpiza. Menos mal que para toda la familia el suplicio se acaba en diciembre. El próximo año, si el cerebro le rinde, lo enviarán a estudiar jurisprudencia en alguna universidad de la capital.
            —¡Ma-má! Hay una reunión en la casa de To-tomás, ¿me-me dejas ir?
            —¿Estás seguro que quieres ir, hijo? —inquiere la madre, preocupada al recordar la última fiesta a la que le dio permiso el año pasado. Quienes dicen ser sus ‘amigos’ lo embriagaron, le dieron de beber un vaso de orina diciéndole que era cerveza, lo depositaron inconsciente en la entrada de su casa y casi revientan la puerta a puntapiés. Unos malditos salvajes.
            La progenitora aunque no quiere, no encuentra motivos para negarle la salida. Es viernes y mañana no hay clases. Con el corazón contrito, le recomienda que se ponga la chompa de lana que ella misma le ha tejido, “Pero mamá, todavía hace calor”. “¡No importa! ¡Te la pones o no sales!”, le hace prometer que no va a aceptar que le den de beber y le deposita unas monedas en el bolsillo para que llame si necesita auxilio.
            —¡Puta madre! ¿Sólo con eso sales? —le recrimina Tucho al revisarlo y constatar que cuenta con pocos fondos—. Con eso pagas el taxi al paradero de colectivos.
            —¿Pa-paradero? ¿Co-colectivos?
            —¡Apura, mierda! ¡Sube al taxi! —le ordena Viche, metiéndolo al vehículo casi a empellones.
           

            La avenida Manzanares se extiende a lo largo de diecinueve cuadras, pobladas de árboles raquíticos y añosos a ambos lados. En la primera cuadra se encuentra el Happy Donkey, un centro recreacional campestre muy venido a menos, que hace un par de décadas señalaba el límite septentrional de la urbe. En las cuadras siguientes se levanta el moderno estadio con capacidad para veinticinco mil espectadores —el estadio viejo con su cancha de tierra y tribunas de madera, destinado para partidos de la liga distrital, se ubica cerca de la «zona roja»—, el coliseo cerrado y la piscina olímpica. Más allá se encuentra la Facultad de Medicina, el Hospital General y el Colegio Militar. La avenida culmina en un óvalo cuyo monumento abstracto rinde homenaje a los mártires de tantas guerras perdidas y desde allí comienza la carretera hacia el norte.    
            Ubicado a espaldas de la fábrica de gaseosas, en una calle oscura, poblada de restoranes al paso y talleres de mecánica, el paradero de colectivos al burdel bulle de pasajeros ansiosos en pos de un asiento en una de las unidades de color rojo y techo anaranjado, la mayoría Chevrolet Bel Air modelo 1955. Es viernes, fin de semana y la demanda aumenta. Al ingresar al canchón provisto de bancas de madera para resguardarlos de miradas indiscretas, Beto se pasma al constatar entre los hombres canosos y aburridos de la rutina conyugal —quienes por si las moscas ocultan su rostro tras un tabloide vespertino—, la presencia del Negro, Rulo, Rasputín, Tomás y Rodrigo de San Pedro —Jonás tuvo que cambiar de planes porque lo matricularon en una academia preuniversitaria— y de Coco, Nando, Chabelo y Carlitos de Cali —el Gordo no encontró excusas para zafarse de la celosa marcación de Rosita—, formando su cola como buenos parroquianos.
            —Beto, ¡grita aleluya al cielo! Hoy oficialmente dejarás de ser virgen —lo recibe el Negro, palmeándole la espalda, ocasionando que su rostro mofletudo se ponga lívido de la impresión.
            —¡Qué te pasa, huevón! —lo guapea Rodrigo— ¿No quieres hacerte hombre?
            —Ya-ya-ya, no lo presionen —salta Carlitos en su defensa—, si para alguien ‘normal’ la primera experiencia nunca es fácil, imagínense para un idiota.
            —Carlitos tiene razón —comenta Chabelo sólo para que lo escuchen quienes lo rodean—, el pobre está a punto de mearse en los pantalones. Si lo siguen jodiendo, lo más seguro es que lo van a bajonear y se anule totalmente.
            —Y ni siquiera se le pare —agrega Viche.
            —En el colectivo debe trepar con la gente apropiada —sugiere Coco—. Que vaya Tucho como ‘maestrito de la Vida’, Alfredo y Rasputín porque lo conocen desde el kindergarten, Viche y Tomás quien carga con una chata de ron en su casaca.
            —En ese trance, un buen trago vale más que mil recomendaciones —razona Tucho.


            La partida del colectivo coincide con el crepúsculo en el horizonte. Viajan junto con el chofer, Viche y Alfredo, mientras que atrás van apretujados Tomás, Tucho, Rasputín y Beto, quien todavía no puede digerir la situación en la que se encuentra. En la radio se escuchan boleros y pasillos ecuatorianos, la banda sonora de tantas excursiones al lupanar, la cual se dejaría oír con total nitidez, si es que Tucho dejara de atormentar al debutante con una retahíla de consejos inútiles que lo ponen más nervioso.
            —¡Ya párala, huevón! —exclama Viche, podrido de tanta majadería— Oye, Tomás, circula el trago. ‘Vitamina’ es lo que en este momento Beto necesita.
            El aludido intenta negarse, pero un sonoro “¡chupa, mierda!” por parte de Rasputín y un manazo en la cabeza de Tomás lo terminan por convencer. “¡Carajo! ¡Hasta el fondo!”, lo guapea Tucho, agarrando la chata como si se tratase de una mamadera y obligando a que Beto ingiera varios tragos que cocinan su garganta. “¡Así, huevón! ¡Cómo hombre!”, lo anima Alfredo, “vas a ver cómo te sientes mejor”.
            Más que serenar sus nervios, el ‘paliativo’ provoca que los sentidos del novato se vayan adormeciendo y no le hagan mella las bromas y recomendaciones, tipo “si la fulana tepregunta ‘ya terminaste’, ni se te ocurra decir que todavía estás en Quinto Año” o “Al quitarte la ropa sólo quédate con la media izquierda, vas a cachar más rico”.
“¡Seca lo que queda en la chata, huevón!, Nadie quiere chupar de tus babas”, lo apura Rasputín al momento que el colectivo abandona la carretera y transita por un camino afirmado de pedruscos. El constante vaivén aumenta en Beto la incertidumbre. Observa de frente y logra distinguir, en la polvareda levantada por el vehículo que va delante de ellos, la fachada con luces de colores acercándose más y más. Cierra los ojos y se disipa su temor. El trago se le ha subido a la cabeza.  
            “¡Despierta, mierda!”, exclaman todos al unísono y dejan caer una lluvia de manazos sobre la testa de Beto. El colectivo se ha detenido justo en el bar ubicado entre los dos burdeles, el ‘viejo’ y el ‘nuevo’. Según la leyenda urbana, en el primero laboran meretrices en edad del retiro, ‘quemadas’ y con tarifas más populares, en el otro mujeres con las carnes más firmes, más limpias y por eso cobran un poco más.
            —Mis primos me cuentan que acaban de instalar boleterías en los principales burdeles de la capital y tienes que pagar tu ticket para ingresar —le comenta Viche a Alfredo—. No tardarán en aplicar la misma medida en este lugar.
            —¡Este gobierno, hijo de puta! No les basta con la hiperinflación si no que buscan sacar plata de donde no hay —rezonga Alfredo—. Menos mal que en mayo hay elecciones y en julio se largan. Si se quedan en el poder, seguro se las ingenian para que las putas entreguen factura por sus servicios carnales.
            —¡Oigan! ¡Déjense de pendejadas! —les llama Tomás la atención— Ayuden a bajarlo a Beto del coche.
            Rasputín empuja el ‘peso muerto’ del asiento y casi se cae de bruces en el suelo de tierra, si no es por la oportuna intervención de Viche y Alfredo, quienes lo toman de los brazos y lo ayudan a caminar. Con paso lerdo el debutante camina rumbo a la entrada. El fuerte olor a orina le indica que está cada vez más cerca.
            —Beto, ni se te ocurra meterte al cuarto de la primera puta —le recomienda Tucho—, es bueno que des un par de vueltas de reconocimiento para que selecciones la mejor en esto de brindarte amor. 
            Beto no responde. Su vista permanece atornillada en el mural de la entrada con motivos amazónicos con árboles, micos y bejucos, en el que cuatro ninfas de rasgos duros y exóticos se bañan desnudas en el río, dejando que sus frondosas cabelleras caigan sobre sus pechos generosos. “Una obra maestra”, subraya Tucho. En ambos extremos del mural se encuentran el inicio o el final, según por donde se decida comenzar, del pasadizo principal, diseñado en forma de herradura, con los cuartos y la mercadería exhibiéndose a diestra y siniestra, convenientemente iluminado con el tono carmesí de los fluorescentes, que acentúa la sensualidad y camufla las imperfecciones corporales.
            Los seis amigos dan la primera vuelta de reconocimiento. Por ningún lado avistan a los alumnos de Cuarto Año. Viche cuenta cuarenta y ocho puertas al culminar el recorrido, que ofreciendo un promedio de quince prestaciones diarias, arroja la cifra de —convertida a moneda americana para protegerse de la inflación— siete mil doscientos dólares, nada mal si piensa montar un negocio en el futuro. “Es la rentabilidad de la triple ‘C’ —asegura Tucho—, con crisis o no, la gente nunca va a dejar de comer, chupar y culear”.
            Al retornar a la entrada, se topan con el resto del grupo que acaba de arribar en un colectivo al que se la bajó el neumático en el camino.
            —¡Carajo! Les damos el encargo de trabajar a este huevas para que pierda su virginidad de manera decorosa y miren cómo lo han dejado —reclama el Negro al ver a Beto más mareado que cuy en tómbola.
            —Prácticamente se tomó toda mi chata de ron, así que entre todos me tienen que poner otra —aclara Tomás.
            —Vamos dando otra vuelta, seguro que se le pasa —propone Rasputín.
            Todos se ponen en marcha y se internan por el pasadizo de donde proviene, no saben de dónde, la voz de Lucho Barrios cantando: “Adiós, ya me quedo sin ti y así para qué más vivir...” Conforme van avanzando, el grupo se vuelve cada vez más ralo. Coco y Chabelo se detienen en la puerta de una mulata bien despachada. Tomás, Rodrigo y Rasputín dos-tres y cuatro puertas más allá. Tucho se planta sobre una fémina de melena oxidada y le mete letra en pos de un descuento, afanándola como si se tratara de una chiquilla a la que se quiere invitar a salir el fin de semana. Los que restan dan una tercera vuelta. Carlitos ingresa al cuarto de una quijadona que es casi tan alta, desgarbada y caderona como él. Rulo con una chata rolliza con cara de niña pura, jamás de puta. Nando hace negocio con una veinteañera de cabello castaño, labios carnosos y mirada penetrante. Se trata de la misma que Alfredo se ha fijado en los paseos anteriores y fiel a su filosofía burdelera, la de acostarse con la misma meretriz que un amigo suyo, así en caso de contraer una enfermedad no sería el único en padecerla, se detiene en la puerta hasta que acabe. Con las ganas y faltas que tiene el petiso de una hembra, no tiene aguardar mucho.
            El cuarto en sí no tiene nada especial. Un catre sin ornamentos. Una silla y una mesa para dejar las prendas. Paredes de ladrillos sin tarrajear y en una de ellas, una estampita de Santa Afra, la patrona del oficio. Alfredo se despoja de la ropa, quedándose en medias —nunca hizo caso de aquello de quedarse totalmente calatito—, abre el condón y no puede evitar recordar la primera vez que pretendió utilizar este tipo de protección. Como no estaba instruido en su aplicación y le daba vergüenza mostrarse ignorante frente a sus amigos, lo cogió y lo desenrolló completamente, ocasionando la reprimenda de la meretriz. “¡Ahora cómo te lo vas a poner!” Hizo el intento y fue infructuoso. No quedó más remedio que comprarle un profiláctico a la fulana, pagando el triple de lo que pagó en la farmacia, el mismo que se le zafó aprisionado en los labios vaginales cuando estaban en plena faena. En realidad para alguien como él, a quien eyacular le toma sus buenos minutos, acudir a un lupanar podría resultar una experiencia frustrante, como efectivamente lo era en un principio, cuando las prostitutas, para quienes el tiempo literalmente vale plata, lo echaban del cuarto sin haber terminado, dejándolo con la pichula entre las patas; sin embargo tras dejar de preocuparse en derramarse y concentrarse más en morder y acariciar —si es que quien se alquila lo permite—, llegaron su primer y posteriores orgasmos putañeros al aprender en no presionarse por culminar y sólo disfrutar del proceso.
            La muchacha lubrica su abertura con vaselina y se deposita en la cama con las piernas y brazos abiertos para cobijar a su cliente. Comienza el forcejeo. Como si estuviera cronometrado, ella ordena detenerse y continuar con la segunda de las siete poses pactadas con antelación. Alfredo toma asiento al filo del catre y la muchacha se sienta encima de su miembro, dándole la espalda. Mientras ella hace todo el trabajo y le permite que la abrace por el abdomen, él se percata de la honda cicatriz que le recorre a lo largo de la espina dorsal, como si se tratase de un dique seco. Lejos de amilanarse, piensa por un momento el origen, cuán terrible debió ser la riña para que alguien la pudiera marcar con un tajo semejante. Ya la imaginaba en un cuarto similar a ese, tendida desnuda en el piso, gimiendo por ayuda con la sangre brotándole de la columna a borbotones, cuando le ordena que se ponga de pie para el cambio de pose, mientras ella se coloca en posición de ‘perrito’.
            Antes de que le proponga una cuarta pose, Alfredo le dice “basta de malabares” y le solicita volver a la primera, a como todo el mundo lo hace desde el origen de los tiempos y que es la que más le satisface, porque al ponerse encima siente que tiene el control total sobre su ‘presa’, su boca queda cerca de sus pechos y su cara —aunque como tantas golfas, ésta también se niega a despojarse del corpiño y ser besada— y tiene contacto con sus ojos escurridizos. En cada rincón de carne, el muchacho busca encontrar a Caludia, a Leticia, a Liz, la chica con la que copuló en Semana Santa sin tampoco verle las tetas, y como si todo el género femenino mantuviera con él una deuda que saldar, eyacula con cierta furia y vileza, desplomándose sin fuerzas a un costado del catre. “Terminó la función”, se dice mientras observa a la muchacha coger una palangana llena de agua, venir hasta él y lavarle el miembro en un ritual que imaginaba similar al de María Magdalena lavándole a Jesús los pies. Se viste, se coloca un cigarrillo en la boca y escucha: “¡No salgas todavía!”, temerosa de que la vean desde el pasadizo sentada en un rincón enjuagándose los genitales con la misma palangana. En medio de tanta mugre, ese acto de higiene tiene su gracia. 


            Dos muchachos casi derriban a Alfredo con su paso presuroso al momento de salir de la habitación. “¡Apúrate!”, ordena quien va adelante y ve que se tratan de Guille Mindreau y Alex Ross, estudiantes de Cuarto Año, nerviosos porque les ha llegado el momento de debutar. Más allá distingue a Abelardo Quiñones, más canchero en este tipo de menesteres, aguardando sonriente a que uno de sus compinches le preste dinero para acostarse con una selvática a la que viene vigilando.
            —¿Te citaron con el psicólogo? —inquiere Alfredo.
            —Sí.
            —¿Dijiste algo?
            —¿Qué tendría que decir? A ti no te conozco.
            —Correcto, no nos conocemos.
            —Anda a ver a tus amigos que están allí arremolinados. No es prudente hacer chongo en el chongo.
            Alfredo hace caso y se encuentra que están todos menos Tucho, Carlitos, Viche y Coco, rodeando a Rasputín quien discute acalorado con Octavio Petrozzi, el abanderado de los muchachos de Cuarto.
            —Nosotros llegamos con nueve vírgenes y falta que debuten cuatro —se ufana Octavio—, ustedes vinieron con sólo uno, pero que salga de pito está bien verde...
            —Espera que se le pase la borrachera y verás que nos ofrece una buena jornada taurina, cortando rabo, orejas y cachos.
            —Apostemos entonces. Si todos mis compañeros consiguen debutar hoy y tu compañero no, ustedes nos entregan tres cupos para el equipo del colegio, aparte de los cinco que determinan para Cuarto Año.
            Rasputín duda. Apostar porque un nerd se recupere de la borrachera y cabalgue como semental es prácticamente perder los tres cupos y con ello los de cuarto sumarían ocho en total, con lo que tendrían la mitad del equipo entre titulares y suplentes, ganando un grueso poder de negociación. Está por negarse cuando de repente el Negro se le adelanta.
            —¡Hecho, chibolo huevón! Si ustedes ganan se quedan con la mitad del equipo, si pierden solamente se quedan con dos cupos.
            Octavio, quien es igual de picón y pleitista que el Negro, acepta el trato de buena gana y estrecha la mano de Rasputín, el dubitativo capitán del equipo, seguro de que Cuarto Año ya ganó la apuesta. 
            —¿Dónde está Beto? —pregunta Alfredo y Rulo con un gesto de testa le señala una habitación con la puerta abierta. En su interior, una prostituta de largos cabellos, sentada al filo del catre, cruzada de piernas, limándose las uñas, les recuerda a sus amigos con los que hizo la transacción que la tarifa sigue subiendo a medida que pasa el tiempo.
            —¿Qué pasó? —pregunta Viche quien se acaba de desocupar y se sorprende al ver la gruesa anatomía de Beto sólo con calzoncillos y medias de vestir, desparramada boca abajo en el catre. 
            —Yo no sé —dice Chabelo—, cuando salí de culear supe que el Negro y Rasputín le pagaron a esa pendeja para que tire con ese huevón.
            —Ella se negó en un principio —agrega Rasputín—, aduciendo que estaba borracho y que iba a demorarse un montón, pero el Negro zalamero la convenció diciéndole que Beto es virgen, que tuviera caridad y paciencia y lo dejara merecer...
            —Pero la cojuda me dijo:“nada de caridades que no estamos en un hospicio” —interviene el Negro—, si queríamos que ella lo desvirgara, teníamos que pagar la tarifa ‘especial’, es decir el doble de lo normal. En eso llegaron Rulo y Tomás, hicimos la ‘chancha’ entre los cuatro y empujamos a Beto adentro del cuarto...
            —Esperamos diez-quince minutos y cuando ya creíamos que su último rasgo de virginidad se había extinguido, la puta salió diciendo que era inútil, que mucho le costó desnudarlo y hacer que se tienda encima de ella, pero el muy huevas se quedó dormido —finaliza Tomás. 
            —¿Y qué carajo vamos a hacer? —pregunta Alfredo.
            La solución parece venir del otro burdel, del ‘viejo’, donde Coco y Tucho, haciendo caso del consejo de un par de chuchumecas apostadas en las puertas contiguas, les dijeron que vayan en busca de Anastasia, quien aparte de ducha en las lides amatorias, es medio bruja y conoce de sortilogios capaces de incentivar a los parroquianos más remolones, “incluso le sacaría leche a la higuera que Cristo secó”, afirma la más hereje.
            A los dos amigos no les costó mucho convencerla y como si se tratase de una vieja gloria del fútbol a punto del retiro, reconocida por la afición y las nuevas generaciones, la flamante Anastasia es ovacionada cuando recorre el pasadizo principal y llega hasta el lugar de los hechos. Vista de cerca parece imposible que ella pueda cumplir con la misión encomendada. Físicamente es difícil calcularle la edad, pero fácil supera la media centuria —“¡Qué vieja para más puta!”, comentaría Viche—. Su piel es blanca y maltratada, arrugada como la nata que flota en la leche, lleva pegada en la cara una verruga, como si se tratase de un gordo gusano. Su cabello rizado y rojizo le hacen recordar a Chabelo a Brian May, el guitarrista de Queen. Puesta en autos por su colega, ingresa a la habitación y procede a despojarse del sobretodo impermeable, mostrando un negligé raído que en la parte superior deja al descubierto sus senos chupados y caídos.
            —Debe tratarse de una broma —exclama Rodrigo desconfiado.
            —No pierdas la fe —le dice una prostituta que llega a escucharlo—, vas a presenciar el trabajo de una verdadera profesional.
            —¡Desalojen del cuarto que esto no es espectáculo para párvulos! —exclama la que regularmente labora en esas cuatro paredes.
            —Lo sentimos mucho, señorita, pero en este polvo hay mucho en juego. ¡Exigimos que la puerta del cuarto permanezca abierta! —exclama Octavio y deposita en sus manos un buen fajo de billetes para esfumar todo tipo de objeciones.
            —Anastasia, ¿a usted no le importa que la observen trabajando? —pregunta la que se opone.
            —A mí me han pagado por verme tirando con perros, burros y caballos. ¡Qué me voy a cohibir si me ven revolcándome con esta ‘cosita’ preciosa! —asegura, tomando los cachetes de Beto, quien por un momento abre sus vidriosos ojos verdes—Ven aquí, cariñito. Ven, recuéstate con tu mami...
            Como si se tratase de una bestia domesticada, Beto comienza a estimularse con las caricias de esa mujer. Besa su rostro rugoso y papada, juguetea con sus pechos flácidos, le descubre el abdomen y parece excitarse con su textura de pan añejo, introduciendo su lengua en lo profundo de su ombligo. “Sigue, bebito, sigue”, jadea la doña y flexiona sus rodillas para dejar al intemperie su orificio, apenas cubierto por los labios gruesos y ajados, fruto de tantos años de caliente labor. “Chúpalos, bebito, chúpalos”, le solicita y bien solícito el muchacho aprisiona una de las protuberancias vaginales con su boca, halándola como si se tratara de un pliegue chicloso del que hay que succionar para degustar de toda su sustancia. 


            —¿Y qué sucedió después? —inquiere Pepe Peláez, con los ojos llorosos de tanto reírse sentado en una de las mesas de El Ranchito, poblada de botellas de cerveza y todos los amigos de Cali, menos Nando, que participaron en la aventura, explayándose en los acontecimientos. Más allá se escucha el crujir de las brochetas de carne que Virgilio, el encargado del antro, fríe a la parrilla y en la radio a Roberto Carlos cantando: “Me enseñaste el amanecer de un lindo día y fui feliz con tu querer, un mundo lleno de amor y de alegría, que terminó en anochecer...”
            —Pocos soportaron el espectáculo —responde Tucho— y optaron por salirse del cuarto. Tomás y Rulo lo sacaron a Rodrigo del chongo para que vomitara y respirase aire fresco. Aún con el estómago revuelto, sólo nos quedamos los machos.
            —¿Quiénes fueron los que se quedaron? —insiste el mayor chismoso del barrio.
            —No recuerdo bien... —intenta sacar Chabelo la cuenta— Se quedó el Negro, Rasputín, Tucho y creo que tú también, ¿no, Coco?
            —Yo me salí antes que tú, huevón. Me sobrevinieron arcadas.
            —También se quedaron Octavio Petrozzi, el chibolo de Cuarto, seguro de que Beto fallaría en el intento, y Alfredo, propenso a ver ese tipo de cochinadas —apunta Viche sin que le falte razón, su amigo se quedó pegado, fascinado, de la misma forma como se quedó al visionar, en una cinta betamax, las escenas repulsivas de Salò de Pasolini, a sus tiernos trece años.
            —¿Y perdió o no su virginidad? —insiste Pepe.
            —¡Puta madre! —interviene Tucho—Cuando el huevón agarró viada, se la quiso montar pero al revés...
            —¿Le quiso dar por el culo?
            —¡No! Se dio vuelta y se echó encima de ella pero al revés, restregándoles sus verijas en la cara, moviéndose frenéticamente, rozando su pichulita de chancho no en la boca, si no en su ñata.
            —“¡Está cachando! ¡Está cachando!”, exclamó el Negro alborozado, pero Octavio Petrozzi le hizo ver que técnicamente el cache se produce cuando el pene invade la cavidad vaginal —narra Alfredo—, así que tuvieron que detener el inútil embiste de Beto y tomándolo de los brazos, el Negro y Rasputín lo colocaron en la posición correcta...
            —Y hasta aseguraría que el Negro, con tal de ganar la apuesta, le cogió la pichula para direccionarla hacia la cuchulina —agrega Tucho.  
            —No seas mal hablado —le contradice el otro observador de los hechos—, a lo mucho entre ambos le cogieron las piernas y hasta le acomodaron el culo para que se moviera en el ritmo correcto.
            —¿Y tú qué diantres hacías aparte de mirar cómo huevón? —le recrimina Coco.
            —Interpretar un papel similar al de los prelados del Medioevo, a quienes las nobles familias les solicitaban presenciar la noche de bodas de una novel pareja para certificar que la copula carnali consummatum est.
            —Te quedaste para certificar que Beto introdujo su colgajo en la vagina de esa vieja —observa Viche.
            —Así es.
            —Entonces Beto perdió su virginidad —concluye Pepe.
            —Se puede decir que se graduó con honores. Todos los que nos quedamos le brindamos una sonora ovación —comenta Tucho.
            —¿Y cómo reaccionó Beto?
            —Quedó contento —responde Viche—, no dijo nada pero su sonrisa en la cara lo decía todo. No se le borró hasta que lo llevamos a su casa. Creo que con esto nos redimimos en parte del maltrato que le hemos prodigado a lo largo de una década.
            —¿Y le ganaron la apuesta a los de Cuarto Año?
            —Se declaró un empate ya que ellos consiguieron que su batallón de vírgenes debute —aclara Carlitos.
            —¿Y cómo van a definir el pleito?
            —En un partido de fulbito, el martes en la tarde en el colegio, después de las clases de Educación Física —señala Coco—. Tenemos este fin de semana para entrenar.  
            —¿Significa que este es el último par de cervezas? —pregunta Chabelo que el fútbol le interesa tanto como participar en un interescolar de Matemáticas.
            —Sí. Hemos quedado entrenar temprano, a las nueve de la mañana.
            —Bueno... yo pongo después mis dos últimas cervezas.
            —Y yo un par más para rematar la noche.
            —Y yo.
            —Yo también quiero poner un par más. ¿Me prestan plata?

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