sábado, 11 de abril de 2015

qué dirá la sociedad


          En el principio de los tiempos, Dios dispuso que ese país gozara de un clima benévolo, sin veranos ni inviernos extremos, de variedad de flora y fauna, de ríos caudalosos y un mar sereno con múltiples especies ictiológicas, montañas ricas en minerales. “Maestro, ¿no le parece un exceso de privilegios?”, objeta Lucifer, quien todavía conservaba su puesto en lo más alto del Coro Celestial, a lo que el Creador responde: “Ahora vas a ver a la gente de mierda que voy a poner allí”. Este viejo chiste grafica muy bien lo que en ese momento Alfredo y sus amigos piensan sobre el terruño que los vio nacer. Sentados frente al televisor, en la sala de la casa de Coco, observan pasmados cómo el país se sacude a menos de cuarenta y ocho horas del atentado contra la Embajada de los Estados Unidos con un escándalo político que estremece a las altas esferas gubernamentales. Misión, el programa periodístico sabatino de Continental Televisión propala el audio de una conversación telefónica —obtenido mismo Watergate— en el que se escucha al Ministro de Defensa, General Augusto Praelli, conversando con un oscuro traficante de armas de manufactura soviética de dudosa calidad. “No seas huevón, compadrito, toda esa huevada está arreglada. Carajo, nos costó bastante, pero la licitación nos favorece. Hablamos de un culo de plata. Mínimo noventa millones de dólares. Funcionó que al cojudo de Presupuestos le pusieras a la Olenkita calatita en bandeja. Le dio su cachadita, con mamada de huevos incluida, y el huevas no puso más trabas. Esta vez no seas pendejo. Procura no traernos fierro viejo ni aviones que se caigan en el primer vuelo. La mercadería que les vendiste a los bolivianos era una buena mierda. Acordamos que mi comisión es del diez por ciento. Me la depositas en mi cuenta en Liechtenstein. No te preocupes por ese periodista. A ese cojudo mañana le damos vuelta. Si esta huevada sale a la luz, toditos nos vamos a la mierda”. El periodista al que hacen mención es precisamente César Bradlee, conductor del programa y uno de los más incisivos del medio.        
            —Está que se juega la cabeza —comenta Chabelo.
            —No lo creo —le refuta Alfredo—. Esta cojudez está arreglada. Ese diálogo se produjo a mediados del año pasado y los aviones Antonov y los tanques Szhatie llegaron en noviembre. Que lo lancen hoy no es casualidad, justo cuando tenemos rumores de Golpe de Estado, encabezado por el propio Praelli. Este reportaje no sólo lo embarra ante la opinión pública, también con la CIA que no va a apoyar a un golpista que negocia con el bloque soviético.
            —Un desalmado inconsciente que cree que con chatarra le pueden hacer frente al PCR. Con razón se están apoderando del país —lamenta Coco.
            —General o ministro, este tipo ya se jodió. Que se despida de sus sueños de dictador —agrega Tucho.
            —Si pues, con ese lenguaje tan procaz seguro el lunes le exigen que renuncie a su puesto —razona Pepe Peláez en su última noche en la ciudad. Al día siguiente parte a la Capital a prepararse para ingresar a la Universidad Agraria.
            —¿A qué te refieres, huevón? —inquiere Chabelo confundido.
            —A que este tipejo no puede ocupar el cargo de ministro si hace gala de un vocabulario tan soez. ¿Cómo queda su imagen al proferir semejantes palabrotas?
            —¿Eres consciente de lo que afirmas, Pepito? —exclama Coco sorprendido— ¡A este sujeto lo deben mandar al paredón por corrupto y tú te escandalizas porque es lisuriento! Todos los militares hablan groserías, todos los hombres en general cuando conversan coloquialmente.
            —Pero una autoridad no puede darse el lujo de expresar malas palabras en público...
            —¡Qué públicamente, papa frita! —estalla Tucho— Este huevón ni siquiera se imaginaba que lo estaban grabando. Si hubiera sospechado que esta conversación iba a salir a la luz, se habría cuidado de no mencionar detalles de sus negociados antes que de un ‘mierda’ o un ‘carajo’.
            —No, amigos, por eso es que andamos mal. Lo más importante es conservar las formas y las buenas costumbres. Con esa ‘boquita de caramelo’ que se gasta... ¡qué dirá la sociedad!


            El ‘Chapulín’ Antúnez cumple ese sábado diecisiete años. Sus padres le han  organizado una fiesta a la que Coco, Chabelo, Tucho, Alfredo y mucho menos Pepe Peláez han sido invitados, pero igual se hacen presentes. Si bien no son amigos cercanos, el hecho de que sean sus compañeros de clase, obliga al ‘Chapu’ a dejarlos pasar. La comida y bebida despachada por mozos vestidos de etiqueta es de primera. Canapés rellenos de salmón noruego. Quesos y patés importados de París. Cortes de carne incrustados en sables a la usanza de los rodizios brasileños. La calidad de bebidas no puede desentonar y se sirven whiskies, rones y vinos exquisitos, al igual que las cervezas, sólo se sirven Heineken, Carlsberg y Stella Artois. Ser su familia propietaria de una de las principales flotas de camiones del norte del país, le permite agasajar con un boato que deja turulatos a sus invitados, unos doscientos dispersos en el amplio salón y el patio toldado para la ocasión. Los adultos, que son mayoría, visten terno y las damas traje de gala. La presencia de menores de edad se reduce a los primos del ‘Chapu’, su grupo del colegio conformado por el ‘Mono’ Fernández, el ‘Tetas’ Rosales y Martín Pezzutti. Las chicas que los acompañan son compañeras del colegio de Tatiana Ruiz, la enamorada del homenajeado quien es bastante agraciada, pero sus amigas no, así que las precauciones por preservarlas de los colados está demás. “¡Son más feas que mi culo!”, murmura Chabelo. “Con un par de tragos las feas se arreglan”, sostiene Coco. “Con un par de tragos hasta al ‘Chapu’ me lo como”, afirma Tucho. Alfredo por su parte, se siente cohibido ante tanta distinción, al punto que piensa que el duque de Buckingham no desencajaría en este ambiente. La copa de champagne la toma con sumo cuidado, como si se tratase de cristal de Murano. Procura beber despacio y no hacer mescolanzas en la variedad de licores por temor a embriagarse, acentuarse su torpeza natural y romper algo, protagonizando un papelón.
            —¡Cogiendo la copa con la yema de los dedos pareces cabro! —le increpa Pepe, quien agarra la copa con la mano extendida, cubriendo toda la base y bebe de un sorbo el contenido. Llama la atención de uno de los mozos con la intención de despejar sus dudas— Disculpe, ¿puede decirme qué marca de champagne están sirviendo?
            —Moët & Chandon, joven —responde.
            —¡Cualquier cosa! —cataloga Pepe, cambiando la copa vacía por una llena— Te lo digo yo que en el matrimonio de los Grimaldo probé el Dom Pérignon.  
            Como si se tratase de un eximio catador de licores, experiencia adquirida según él en los múltiples ágapes de alta sociedad a los que su familia suele asistir, Pepe intercambia puntos de vista con algunos de los presentes, quienes disfrutan haciendo gala de su cultura etílica. Concuerdan en sus elogios al Old Parr, considerándolo superior a Johnnie Walker y el Chivas Regal, “un whisky para afeminados”, según su calificación. Uno de los participantes en la cháchara, un comerciante que ha hecho plata con el contrabando de artículos importados, rescataba del olvido al Ye Monks, sobre todo a su presentación en garrafa de cerámica, muy apreciada por los conocedores, que un buen día dejó de comercializarse y desapareció del mercado. “Si se conserva lacrada, con el sello intacto, hoy es un objeto de colección”, concluye. “¡Mi papá tiene varias de esas en casa! —afirma Pepe con orgullo— Se las regalaban por Navidad a los ingenieros, en la época dorada de la Cooperativa Azucarera. Hace unos años se abrió una para el cumpleaños de mi hermana Mechita, dejándome en el paladar un saborcito ahumado de madera, bastante agradable”. Abochornado por las jactancias de su vecino, Chabelo le dice a Tucho al oído: “Todos lo que sabe este farsante lo escuchó de boca de los borrachos de sus parientes. Sus viejos a este cojudo no lo dejan ni tomar el vino de las misas”. “Pues entonces hay que advertirle que se mida un poco. Ahora está que bebe vodka”.
            —...Mira, mi amigo, estás con un especialista en la materia. El Orloff, según mi opinión, es una mala marca. Para mí es veneno puro, una resaca fatal. Prefiero el Smirnoff, el Absolut o el propio Stolichnaya, el único vodka verdaderamente ruso que se comercializa en este país...
            Coco y Alfredo, por su parte, se unen a un grupo en el que se bebe Bacardí  solamente con hielo. “Destilarlo toma años de esfuerzo y dedicación que ustedes no valoran”, les increpan cuando los ven combinar el ron con el doble de Coca-Cola.  Don Estuardo Iglesias es el mayor de todos, reconocido hombre de leyes y presidente del Rotary Club de la ciudad. A su diestra se ubica don Lázaro Villafañe, antiguo escribano y regidor del Concejo Provincial. A su siniestra, don Alberto Campodónico, docente de la Universidad de filiación socialista, insigne maestre de la Logia Masónica. Escuchar a semejantes dinosaurios debatir sobre el contexto nacional, hace que los muchachos permanezcan en silencio, embelesados.
            —...Oigan, ¿y a cuál Olenkita le dieron su cachadita, según el lengualarga de Praelli? —inquiere Iglesias.
            —Es la flaquita esa, la rubiecita piernona que sale en el programa del mediodía —asegura Villafañe.
            —¿Cuál? ¿La Rieckermann? —se sorprende Campodónico.
            —¡Claro! —subraya Villafañe— Esa pendejita con su carita angelical es de las que vuela alto. Desde que está en la farándula, ha conseguido departamento amoblado, auto deportivo y jugosos contratos publicitarios, gracias a que cuenta con contactos muy poderosos.  
            —Esta Olenka Rieckermann, ¿es algo del ‘Colorao’ Rieckermann? —pregunta Campodónico.
            —¡Es su hija! —informa Villafañe.
            —¡Puta madre! ¡Pobre, Colorao! Un hombre de su valía no merecía que la hija le saliera ligera de elásticos —se lamenta Campodónico.
            —¡Ese infeliz no es un ejemplo de padre ni de nada y se merece cosas peores! —estalla Villafañe— Lleva trece años prófugo de la Justicia, escondido en alguna nación de la Cortina de Hierro. Seguro ya se cambió de nombre y nacionalidad.
            —Lo que se ha armado contra el Colorao es una persecución política —lo defiende Campodónico— Yo lo conocí bastante bien cuando fui dirigente estudiantil. Era una figura revolucionaria y la oligarquía no le perdona que haya sido precisamente él, hijo de una de las mejores familias, quien haya denunciado y descubierto a todos los que complotaban contra el Gobierno Popular.     
            —Rieckermann era un perro de presa, un rottweiler, una pésima caricatura de Lavrenti Beria —lo describe Villafañe—. Su misión en el gabinete del Cachaco era perseguir y amordazar a todos los opositores del régimen, valiéndose de la difamación y el chantaje. Él fue el precursor del chuponeo telefónico. Llegó a tener tanto poder que él mismo se encargaba de firmar las órdenes de arresto o de deportación de cientos de disidentes ...y a varios de ellos los pasó por las armas.  
            —¡Eso es mentira! ¡El régimen del Cachaco no mató a nadie! Deportó a varios, los metió en prisión, pero nunca recorrió al aniquilamiento extrajudicial. Las torturas y desapariciones son métodos propios de los dictadores fascistas, caso de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay...
            —Si le hubiera metido bala a unos cuantos seudodemócratas, que hoy ocupan una curul, el Gobierno Popular hubiera aguantado un poquito más —deduce Iglesias.
            —¿Acaso usted estuvo a favor de las barbaridades que cometió al Cachaco? —se sorprende Villafañe.
            —Estuve a favor de varias de sus medidas como la nacionalización de las empresas de hidrocarburos, la reforma agraria que liquidó el sistema feudalista que regía a este país, la reforma educativa, la entrega de las fábricas a los propios trabajadores...
            —¡Pero ese fue el error! —indica Villafañe— Todo el aparato productivo se fue al carajo porque los empleados, creyéndose propietarios, se negaron cumplir sus funciones. Muchas industrias cerraron sus puertas, haciendo que a la fecha nuestra tasa de desempleo sea una de las mayores de la región. En este país el proletariado necesita del látigo para despabilarse.   
            —Algunas cosas se hicieron mal, por eso estamos como estamos, pero se debe rescatar que el Cachaco ha sido el único presidente, en casi doscientos años de vida independiente, que quiso cambiar las injusticias de este país. Por desgracia, pecó de ingenuo. Confió mucho en el pueblo y por eso les otorgó un poder al que no estaban acostumbrados. No tomó en cuenta que somos una raza de mierda, corrompida y adulterada —se lamenta Iglesias.
            —De buenas intenciones están forradas las paredes del Averno. La cura resultó más nociva que la plaga, traducido en crisis económica, inflación, terrorismo, falta de oportunidades. El Gobierno Popular fue el empujoncito que necesitábamos para aventurarnos al precipicio —dictamina Villafañe.
            —Tuvimos una oportunidad histórica de revertir nuestro destino y fracasamos —diagnostica Campodónico, sintiéndose parte de ese movimiento—. Cierto es que por errores propios, pero también por el boicot de la clase dirigente, de los partidos políticos, incluso los de Izquierda quienes no soportaban que otros ejecutaran la revolución que ellos pregonaban, del los gremios sindicales y de la CIA que financió el contragolpe en las esferas militares ajenas al proyecto socialista. Al pobre Cachaco lo traicionaron y lo botaron de Palacio de Gobierno de un puntapié, confinándolo prácticamente a su domicilio en el barrio de La Aurora, donde murió un par de años después a causa del desengaño y la melancolía fulminante.   
            —Murió en la pobreza —agrega Iglesias—. Nunca se llenó los bolsillos con el erario nacional. Que quede como ejemplo de probidad y honradez.
            —Eso no pueden decir Rieckermann y otros de sus secuaces que se fugaron bien forrados del país —ironiza Villafañe. 
            —Rieckermann se fugó con su amante, la Cuchita Solezzi, que era la Olenkita de esa época —agrega Campodónico—. Ella fue la que cayó en el aeropuerto de Roma con las maletas llenas de dólares. El dinero fue extraditado, la Solezzi no.
            —Y ustedes, chicos, ¿qué opinan de estos temas? —se entusiasma Iglesias por el interés con que los jóvenes siguen su conversación.
            —Nosotros nacimos en la época del Cachaco y lógicamente no recordamos nada —dice Chabelo, quien junto con Tucho se ha unido a la conversación— Mi padre trabajaba para Guillermo Cuellar, latifundista propietario de los terrenos de media ciudad. Fuera de los lotes que convirtió en urbanizaciones, sus hectáreas agrícolas las repartió entre sus trabajadores antes de que fueran expropiados por la reforma agraria. A mi viejo le tocó veinte hectáreas donde hoy funciona nuestros establos, criamos vacas y caballos y en lo demás sembramos espárragos.
            —Tú familia le debe estar agradecida al Cachaco —razona Villafañe.
            —En mi casa nadie es socialista —concluye Chabelo.
            —Así somos en este país —se lamenta Campodónico—. “¡Cachaco, contigo hasta la muerte!”, era la frase de un montón de personas, de varias sanguijuelas cuya única ideología es acomodarse a la coyuntura y sacar el mayor provecho. Socialistas del momento que rápido mutaron de color cuando soplaron otros vientos.
            —Recuerdo que en los primeros días de la revolución, en uno de los baños del Ministerio de Agricultura, alguien escribió: “¡Cachaco, contigo hasta tu muerte!” Ahí me dije con gente tan cínica el Gobierno Popular caminaría como el cangrejo e iba terminar gangrenado —comenta Iglesias.  
            —¿Recuerdan los despilfarros en las Cooperativas Agrarias? —agrega Villafañe con un toque de burla—, con las arcas llenas los campesinos se volvieron locos y todos los comerciantes hicieron su agosto vendiéndoles todo tipo de chucherías, como lustradoras cuando el piso de sus casas era de tierra. La orgía les duró poco y ahora están quebradas.      
            —La Cooperativa Azucarera del valle también vivió sus días de gastadera, pero hubo también quienes se preocuparon por invertir en equipos para el ingenio de última generación —opina Coco con cierto conocimiento de causa, pues su padre trabajó un tiempo como asesor legal de la Cooperativa.  
            —Y pagaban jugosos sueldos a los ingenieros y técnicos especialistas —indica Chabelo—. Al viejo de Nando y sobre todo al viejo de Pepe les fue muy bien... ¿Y Pepe? ¿En dónde está Pepe?  
            Los cuatro amigos voltean y ven a su amigo en medio del salón bailando un merengue bastante movido, como si se tratara de una balada pegadita. Su pareja de baile es una mujer cercana a los treinta años, rubia al pomo, agraciada y con un aire de que le agrada la vida alegre. El vestido rojo, escotado, funge como vitrina de dos melones apetitosos, al igual que la abertura en la parte inferior que deja su muslo y pantorrilla carnosa al descubierto. El muchacho la abraza, la sujeta, se mueve como si en su cabeza sonara: “The lady in red is dancing with me, cheek to cheek, there’s nobody here, it’s just you and me...”
            —¡Ese burro de mierda ya está borracho! —deduce Coco.
            —Le ha metido whisky, vodka, ron y champagne —enumera Tucho—, es un milagro que con esa mezcolanza todavía se mantenga en pie.  
            Hembra tan poderosa normalmente tiene propietario, alguien que compró su amor con lujos y caprichos. Su marido, en este caso, se llama Rogelio Gaviria, natural de Cali, es un hombre un par de décadas mayor que su mujer, de cabello y bigote entrecano. Su negocio de importación de insumos ferreteros sirve como fachada al tráfico de cocaína hacia los cárteles colombianos. Si estuviera en su tierra, el muchacho habría pagado la insolencia de coquetearle a su esposa con la mutilación de su pene y sus testículos anudados en la garganta, pero como se encuentra en tierra extranjera, aguarda que la canción acabe, se acerca a ambos y le solicita, con la mayor cortesía, que se retire y no merodee a la que considera su presa. Pepe asiente sin decir una palabra. Observa con una copa de Moët & Chandon que el narcotraficante vuelva a enfrascarse en la conversación que venía sosteniendo con miembros de la Beneficencia Pública, cuando vuelve al ataque. La mujer, cuyo poco recato hace rato que ha naufragado en el alcohol, se deja arrastrar y baila como Juana la cubana. Rojo de indignación, el marido deja las formas diplomáticas y jalonea a Pepe hacia un costado.
            —¡Te advertí que no te acercaras a mi mujer!
            —Tu mujer es una buena mujer y yo soy hombre y los hombres tenemos necesidades, y ella me calienta y me corresponde —afirma insolente.
            Pepe intenta llegar hasta la mujer, quien observa gustosa todo el alboroto que se ha armado por su causa, el esposo lo contiene y saltan otros invitados, armándose un escándalo mayúsculo. Avisados los cuatro amigos, acuden a sosegar al energúmeno que exige que lo suelten, que no repriman sus deseos de homo eroticus. El señor Antúnez, abochornado como anfitrión, llama a su hijo y le pregunta: “¿Ese joven borracho es tu amigo?” “No, papá —responde el ‘Chapu’ apocado— es amigo de mis amigos”. “¡Diles que se vayan volando de esta casa o los corro a balazos!”, exclama sin perder la calma, como ya la perdió el propio Gaviria ante las impudicias de ese mentecato. Olvidándose en donde se encuentra, extrae de su saco una Browning automática con cacha de marfil y apunta a la multitud, provocando que las mujeres griten y más de uno busque ponerse a cubierto. Coco y Tucho toman a Pepe de ambos brazos y lo sacan al patio. El ‘Chapu’ se acerca a Alfredo y Chabelo y les dice: “¡Váyanse, huevones! ¡Peláez la ha cagado!” La detonación de un primer disparo que impacta en la araña de cristal, desata el pandemónium en el salón principal. Los cuatro llevan a su amigo a empellones por un pasadizo que conduce a la puerta principal. Salen despavoridos cuando se escucha un segundo disparo.
            —¿Ya nos retiramos de la fiesta? —exclama Pepe, quien parece no percatarse de la gravedad del asunto, apenas caminan media cuadra.
            —¡Avanza, huevonazo, si no quieres terminar con un balazo en la cabeza —le grita Tucho.
            —Oigan, pero adentro hay una mamacita que quiere conmigo. Déjenme bailar un mambo sucio y regreso. A una hembra no se le deja en situación de espera.
            —Tampoco a un marido celoso que quiere arreglar cuentas contigo —le dice Coco— ¿Sabes con quién carajo te has metido? Con el ‘Colocho’ Gaviria, uno de los principales narcotraficantes de esta puta ciudad. Camina si no quieres sellar tu sentencia de muerte.
            —¡Chucha, huevones! —exclama Pepe, quie parece, por fin, darse cuenta de la situación— Ese cojudo ni cagando me va a perdonar. Tengo que volver y arreglar este ‘malentendido’.
            —¡Esta noche no hay nada que puedas arreglar, huevón! —interviene Alfredo— Camina y no empeores las cosas.
            —¡Nada, huevones! ¡Suéltenme! Esta huevada se arregla ahorita.
            Pepe se echa a correr despavorido, pero por su paso torpe a Tucho y Chabelo no les resulta difícil atajarlo cuatro casas más allá, el primero le pone cabe y consigue tumbarlo en un jardín donde el caído forcejea para liberarse. Los dos amigos esgrimen los mismos argumentos pero no consiguen convencerlo.
            —En la pasada Semana Santa, cuando estuve en Pacharra —le comenta Coco a Alfredo— la noche anterior a que ustedes llegaran nos pusimos a tomar unos tragos con los integrantes de uno de esos grupos folclóricos que recorren América Latina con sus quenas y charangos. Nos comentaban que hacía unas semanas estuvieron de paso por Medellín y los invitaron a una fiesta con harto vallenato y harta chica bonita. El compañero que tocaba la percusión se fijó en una muchacha guapa, piernona como toda buena parcera, y la sacó a bailar. No sospechaba que se trataba de la novia de un narco y de un momento a otro a todos los encañonaron con revólveres y fusiles, los hicieron subir a la tolva de una camioneta y los llevaron a un descampado donde uno de los sicarios les dijo: “Se me echan a correr todititos, menos usted”, señalando al percusionista. Los disparos al aire no dejaron margen a ningún tipo de diálogo. A los dos días encontraron el cadáver del muchacho. Lo habían torturado antes de acribillarlo.    
            —Ahora sí, Pepito, nos vamos a casa —dice Tucho.
            —Vamos... —responde tambaleándose y con la mirada en el suelo. Su camisa y pantalón de marca lucen una lástima en ese momento.  
            —¿Nadie tiene plata para un puto taxi? —inquiere Chabelo y nadie le responde— Ya me había advertido mi madre que no me juntara con amigos que no tienen en dónde caerse muertos.
            —Oigan, esta huevada la tengo que arreglar —insiste Pepe, echándose de nuevo a correr con dirección a la casa de los Antúnez.
            —¡Puta madre! —exclama Coco al ver que los otros tres intentan atraparlo— ¡Déjenlo que se joda solito!
            —No podemos dejarlo, huevón —dice Chabelo—. No está en sus cabales.
            —¡Yo no pienso moverme más! —dictamina Coco— Me acompañan a la una, me acompañan a las dos... ¡Chau! Ya me fui.
            El trío de amigos está tan ocupado sujetando al majadero, quien yace como delincuente maniatado al momento de su captura con la cara pegada al suelo, que no se percatan por cual camino se pierde Coco, zigzagueando por las calles estrechas y oscuras de la urbanización Mercaderes.
            —¡Ahora sí, Pepito, déjate de cojudeces! ¡O nos vamos o nos vamos! —le ordena Tucho.
            —¡Entiéndanme, carajo! Yo no puedo dejar las cosas así.
            —¡Huevón de mierda, escúchame bien! —le dice Tucho tomándolo de los mofletes— ¡Ya la cagaste!, ¿entiendes? ¡La cagaste! Cuando algo se caga como tú la has cagado, no hay cómo chucha se pueda arreglar.
            —¿Entonces la cagué? —intenta el beodo convencerse, mientras es ayudado a reincorporarse.
            —¡La cagaste, Lancaster! Por eso yo te digo que tú la cagaste —exclama Alfredo en ritmo de hip-hop.
            —La cagué, la cagué, la cagué, la cagué... —canta Pepe a su vez, utilizando como tonada la clásica Oh My Darling, Clementine, que el asociaba más con los dibujos de Huckleberry Hound que veía en su infancia.
            Vuelven a la avenida Libertadores. Alfredo ve pasar un Dodge a toda velocidad y cree reconocer al volante al señor Villafañe, acompañado de su esposa. Lo mismo sucede con el señor Iglesias a quien distingue al pasar en su Buick. Así los hayan visto, después de lo sucedido ninguno se animaría a darles un aventón. 
            —Haríamos bien en perdernos por Mercaderes —propone Alfredo— ¿Qué sucede si nos encontramos con el pistolero agraviado? Le mete bala a Pepe y también a nosotros.  
            —¡No seas cobarde, cabrón! —arenga Tucho— Estamos a ocho cuadras de Cali. Si este infeliz no estuviera borracho, estaríamos ya por la Escuela de Bellas Artes.
            —¡Yo no estoy borracho, huevón! ¡Váyanse todos p’al carajo! ¡Esta huevada la tengo que solucionar sí o sí!
            De nuevo Pepe vuelve a correr, esta vez con paso más acelerado y decidido, igual como en aquel torneo de atletismo del colegio Celestiano en el que obtuvo presea de oro en los cuatrocientos metros planos. Ahora sí resulta una presa muy difícil de atajar. Con un veloz rush les saca varios metros de ventaja. “¡Ahora cómo lo detenemos!”, piensa Chabelo, tan poco acostumbrado a correr que ya está con la lengua afuera. A Tucho no se le ocurre una idea más socorrida que tomar un grueso guijarro y lanzarlo. El impacto es preciso en la espina dorsal. Con un estruendoso “¡ay!”, Pepe cae de bruces en el asfalto, dando la impresión de que se ha desmayado.       
            —¡Le partiste la madre, cabrón! —exclama Alfredo con acento mexicano.
            —Bueno fuera —agrega Chabelo—, ese tarado es de acero inoxidable.
            Los tres intentan reincorporar al caído, pero les resulta imposible. Permanece inconsciente en el asfalto. Tucho le toma la muñeca y constata que tiene pulso. Alfredo acerca el oído a su rostro y escucha leves ronquidos a través de sus fosas nasales. “¡Este cojudo se ha quedado dormido!”, piensa. Chabelo lo remueve frenéticamente, pero nada, Pepe no reacciona. “¿Qué hacemos?”, se preguntan. No les queda más remedio que cargarlo como ‘peso muerto’. Alfredo y Chabelo lo toman de los brazos, Tucho de los pies. Caminan una cuadra y quien es transportado vuelve a cantar entre susurros: “La cagué, la cagué...”    
            —¡Olvídense, carajo! —arroja Chabelo la toalla— Cargando en procesión al ‘difunto’ vamos a llegar a Cali de amanecida.
            El cuerpo es desparramado a la vera del camino y los cargadores se sientan en la vereda para reponer energías. Mientras un par se quejan del escándalo y la mala borrachera, Alfredo se distrae tarareando Watching the Wheels de Lennon a propósito de cada vehículo que ve pasar. De repente un Ford Falcon, modelo 1964, de carrocería granate, muy bien cuidada, se cuadra cerca de ellos de manera intempestiva, quienes saltan temerosos de ser arrollados.
            —¿Qué pasa? —se burla quien va al volante— ¿Se quedaron sin combustible?
            —Habla... ¿nos jugamos una revancha? —retruca Alfredo, poniéndose de pie y apoyando sus antebrazos en la ventanilla del copiloto.
            —Si pues... díganle al Negro que nos podemos disputar su pierna —responde Aldo Cabieses, en alusión a la fractura de Lucho Castañón.
            —¿Y este vejestorio? —pregunta Alfredo a Abelardo Quiñones, el conductor.
            —De mi abuelo. Le damos su última vuelta antes de enviarlo al chatarrero.
            Ayudado por Chabelo, Tucho consigue poner a Pepe de pie e intenta hacerlo pasar en los asientos traseros del Falcon, pero el muchacho que va allí lo observa con el vidrio subido y las manijas con seguro. Desesperado porque el bulto empieza a desparramarse y le babea en el trayecto lo que él considera su fina camisa de chalí, comienza a aporrear la puerta del vehículo.    
            —¡Abre! ¡Abre...! —le mira la cara y no recuerda su nombre, sabe que estudiaba con Cabieses y Quiñones, pero como lo jalaron ahora cursaba el Tercer Año—  ¡Abre, car’e chancho!
            Recuerda que lo llaman a causa de sus ojos y labios porcinos y a pesar que a Fernando Cuellar no le agrada que le recuerden ese sobrenombre, accede y permanece impávido cuando depositan en sus piernas el cuerpo de Pepe y es arrinconado en un extremo con la embestida de los tres muchachos de Quinto Año quienes pugnan por entrar.
            —¡Qué esperas para arrancar! —ordena Tucho a continuación y Quiñones accede, estallando en carcajadas, mas se toma un momento para no colisionar con el Chevrolet Corvette que pasa por su costado a toda velocidad.
            —Cualquier día el ‘Colocho’ Gaviria se va a matar —comenta Cabieses.
            —¿Quién dices? —se interesa Alfredo.
            —El patita ese que le dice a todo quien lo quiere oír que su carrazo y su casota en Cayo Cangrejo es por proveerle herramientas a los consorcios mineros.
            —Camuflando los kilos de clorhidrato entre los fierros —apunta Quiñones, quien pisa el acelerador y en cuestión de minutos llega al domicilio de la familia Peláez.
            —¿Quién toca la puerta? —pregunta Chabelo una vez apeados del Falcon.
            —¡Tú, pues! —asevera Tucho— ¿Acaso no es tu vecino?
            —Sale su viejo y nos putea, huevón, y yo ya pasé suficientes malos ratos para una sola noche —subraya Chabelo— Hagamos una cosa, yo me guardo a mi casa y ustedes tocan la puerta hasta que vean que las luces se encienden. Entonces se echan a correr y no pasa nada. Sólo sus hermanas se van a encargar de sacarle la puta madre por llegar borracho a casa.
            La sugerencia de Chabelo no les suena descabellada al otro par. Una vez que se retira, Tucho presiona el botón del timbre, ocasionando los ladridos y demás abucheos en los hogares aledaños donde también les interrumpen el descanso a las tres de la mañana. “¡Ponte a correr, huevón!”, exclama Alfredo apenas ve las luces de la casa prenderse y ambos parten raudos hacia el fondo de la urbanización.
            —¡Qué dirá la sociedad! —se burla Alfredo cuando cruzan el parque grande, al recordar la frase que lanzó un Pepe realmente escandalizado por las palabras soeces de un ministro en televisión.
            —Le bastaron unos cuantos tragos para que su urbanidad y buenas costumbres se fueran por el retrete —se aúna Tucho a la puya— La etiqueta social es la práctica de la hipocresía y de la doble moral.  
            —Tuvimos suerte. Un ratito más y nos topábamos con el ‘Colocho’. Mínimo nos metía su carro.
            —Pero Pepito tenía razón —subraya Tucho— su esposa le daba entrada y estaba requetebuena. Yo sé que la pendeja acude a La Gata Rosa para teñirse el pelo y hacer la manicure, pedicure y culicure... Una tarde podemos hacerle la guardia.
            —¿Estás hablando en serio, huevón?
            —Yo siempre hablo en serio cuando se trata de sexo.
            —El mundo es de quienes se arriesgan, no de los que se suicidan.
            —Tu cobardía explica el por qué yo tengo una vida sexual activa y tú no. ¿Me acompañas el próximo jueves?
            —Te acompaño, huevón. Pero sólo para ver.
            —Sí, huevón. Sólo para ver qué pasa.                       

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