En el principio de los
tiempos, Dios dispuso que ese país gozara de un clima benévolo, sin veranos ni
inviernos extremos, de variedad de flora y fauna, de ríos caudalosos y un mar
sereno con múltiples especies ictiológicas, montañas ricas en minerales. “Maestro,
¿no le parece un exceso de privilegios?”, objeta Lucifer, quien todavía
conservaba su puesto en lo más alto del Coro Celestial, a lo que el Creador
responde: “Ahora vas a ver a la gente de mierda que voy a poner allí”. Este
viejo chiste grafica muy bien lo que en ese momento Alfredo y sus amigos
piensan sobre el terruño que los vio nacer. Sentados frente al televisor, en la
sala de la casa de Coco, observan pasmados cómo el país se sacude a menos de
cuarenta y ocho horas del atentado contra la Embajada de los Estados Unidos con
un escándalo político que estremece a las altas esferas gubernamentales. Misión, el programa periodístico
sabatino de Continental Televisión propala el audio de una conversación
telefónica —obtenido mismo Watergate— en el que se escucha al Ministro de
Defensa, General Augusto Praelli, conversando con un oscuro traficante de armas
de manufactura soviética de dudosa calidad. “No seas huevón, compadrito, toda
esa huevada está arreglada. Carajo, nos costó bastante, pero la licitación nos
favorece. Hablamos de un culo de plata. Mínimo noventa millones de dólares.
Funcionó que al cojudo de Presupuestos le pusieras a la Olenkita calatita en
bandeja. Le dio su cachadita, con mamada de huevos incluida, y el huevas no
puso más trabas. Esta vez no seas pendejo. Procura no traernos fierro viejo ni
aviones que se caigan en el primer vuelo. La mercadería que les vendiste a los
bolivianos era una buena mierda. Acordamos que mi comisión es del diez por
ciento. Me la depositas en mi cuenta en Liechtenstein. No te preocupes por ese
periodista. A ese cojudo mañana le damos vuelta. Si esta huevada sale a la luz,
toditos nos vamos a la mierda”. El periodista al que hacen mención es
precisamente César Bradlee, conductor del programa y uno de los más incisivos
del medio.
—Está que se juega la cabeza —comenta Chabelo.
—No lo creo —le refuta Alfredo—. Esta cojudez está
arreglada. Ese diálogo se produjo a mediados del año pasado y los aviones
Antonov y los tanques Szhatie llegaron en noviembre. Que lo lancen hoy no es
casualidad, justo cuando tenemos rumores de Golpe de Estado, encabezado por el
propio Praelli. Este reportaje no sólo lo embarra ante la opinión pública,
también con la CIA que no va a apoyar a un golpista que negocia con el bloque
soviético.
—Un desalmado inconsciente que cree que con chatarra le
pueden hacer frente al PCR. Con razón se están apoderando del país —lamenta
Coco.
—General o ministro, este tipo ya se jodió. Que se
despida de sus sueños de dictador —agrega Tucho.
—Si pues, con ese lenguaje tan procaz seguro el lunes le
exigen que renuncie a su puesto —razona Pepe Peláez en su última noche en la
ciudad. Al día siguiente parte a la Capital a prepararse para ingresar a la
Universidad Agraria.
—¿A qué te refieres, huevón? —inquiere Chabelo
confundido.
—A que este tipejo no puede ocupar el cargo de ministro
si hace gala de un vocabulario tan soez. ¿Cómo queda su imagen al proferir
semejantes palabrotas?
—¿Eres consciente de lo que afirmas, Pepito? —exclama
Coco sorprendido— ¡A este sujeto lo deben mandar al paredón por corrupto y tú
te escandalizas porque es lisuriento! Todos los militares hablan groserías,
todos los hombres en general cuando conversan coloquialmente.
—Pero una autoridad no puede darse el lujo de expresar
malas palabras en público...
—¡Qué públicamente, papa frita! —estalla Tucho— Este
huevón ni siquiera se imaginaba que lo estaban grabando. Si hubiera sospechado
que esta conversación iba a salir a la luz, se habría cuidado de no mencionar
detalles de sus negociados antes que de un ‘mierda’ o un ‘carajo’.
—No, amigos, por eso es que andamos mal. Lo más
importante es conservar las formas y las buenas costumbres. Con esa ‘boquita de
caramelo’ que se gasta... ¡qué dirá la sociedad!
El ‘Chapulín’ Antúnez cumple ese sábado diecisiete años.
Sus padres le han organizado una fiesta
a la que Coco, Chabelo, Tucho, Alfredo y mucho menos Pepe Peláez han sido
invitados, pero igual se hacen presentes. Si bien no son amigos cercanos, el
hecho de que sean sus compañeros de clase, obliga al ‘Chapu’ a dejarlos pasar.
La comida y bebida despachada por mozos vestidos de etiqueta es de primera.
Canapés rellenos de salmón noruego. Quesos y patés importados de París. Cortes
de carne incrustados en sables a la usanza de los rodizios brasileños. La
calidad de bebidas no puede desentonar y se sirven whiskies, rones y vinos
exquisitos, al igual que las cervezas, sólo se sirven Heineken, Carlsberg y
Stella Artois. Ser su familia propietaria de una de las principales flotas de
camiones del norte del país, le permite agasajar con un boato que deja
turulatos a sus invitados, unos doscientos dispersos en el amplio salón y el
patio toldado para la ocasión. Los adultos, que son mayoría, visten terno y las
damas traje de gala. La presencia de menores de edad se reduce a los primos del
‘Chapu’, su grupo del colegio conformado por el ‘Mono’ Fernández, el ‘Tetas’
Rosales y Martín Pezzutti. Las chicas que los acompañan son compañeras del
colegio de Tatiana Ruiz, la enamorada del homenajeado quien es bastante
agraciada, pero sus amigas no, así que las precauciones por preservarlas de los
colados está demás. “¡Son más feas que mi culo!”, murmura Chabelo. “Con un par
de tragos las feas se arreglan”, sostiene Coco. “Con un par de tragos hasta al
‘Chapu’ me lo como”, afirma Tucho. Alfredo por su parte, se siente cohibido ante
tanta distinción, al punto que piensa que el duque de Buckingham no
desencajaría en este ambiente. La copa de champagne la toma con sumo cuidado,
como si se tratase de cristal de Murano. Procura beber despacio y no hacer
mescolanzas en la variedad de licores por temor a embriagarse, acentuarse su
torpeza natural y romper algo, protagonizando un papelón.
—¡Cogiendo la copa con la yema de los dedos pareces
cabro! —le increpa Pepe, quien agarra la copa con la mano extendida, cubriendo
toda la base y bebe de un sorbo el contenido. Llama la atención de uno de los
mozos con la intención de despejar sus dudas— Disculpe, ¿puede decirme qué
marca de champagne están sirviendo?
—Moët & Chandon, joven —responde.
—¡Cualquier cosa! —cataloga Pepe, cambiando la copa vacía
por una llena— Te lo digo yo que en el matrimonio de los Grimaldo probé el Dom
Pérignon.
Como si se tratase de un eximio catador de licores,
experiencia adquirida según él en los múltiples ágapes de alta sociedad a los
que su familia suele asistir, Pepe intercambia puntos de vista con algunos de
los presentes, quienes disfrutan haciendo gala de su cultura etílica.
Concuerdan en sus elogios al Old Parr, considerándolo superior a Johnnie Walker
y el Chivas Regal, “un whisky para afeminados”, según su calificación. Uno de
los participantes en la cháchara, un comerciante que ha hecho plata con el
contrabando de artículos importados, rescataba del olvido al Ye Monks, sobre
todo a su presentación en garrafa de cerámica, muy apreciada por los conocedores,
que un buen día dejó de comercializarse y desapareció del mercado. “Si se
conserva lacrada, con el sello intacto, hoy es un objeto de colección”,
concluye. “¡Mi papá tiene varias de esas en casa! —afirma Pepe con orgullo— Se
las regalaban por Navidad a los ingenieros, en la época dorada de la
Cooperativa Azucarera. Hace unos años se abrió una para el cumpleaños de mi
hermana Mechita, dejándome en el paladar un saborcito ahumado de madera,
bastante agradable”. Abochornado por las jactancias de su vecino, Chabelo le
dice a Tucho al oído: “Todos lo que sabe este farsante lo escuchó de boca de
los borrachos de sus parientes. Sus viejos a este cojudo no lo dejan ni tomar
el vino de las misas”. “Pues entonces hay que advertirle que se mida un poco.
Ahora está que bebe vodka”.
—...Mira, mi amigo, estás con un especialista en la
materia. El Orloff, según mi opinión, es una mala marca. Para mí es veneno
puro, una resaca fatal. Prefiero el Smirnoff, el Absolut o el propio
Stolichnaya, el único vodka verdaderamente ruso que se comercializa en este
país...
Coco y Alfredo, por su parte, se unen a un grupo en el
que se bebe Bacardí solamente con hielo.
“Destilarlo toma años de esfuerzo y dedicación que ustedes no valoran”, les
increpan cuando los ven combinar el ron con el doble de Coca-Cola. Don Estuardo Iglesias es el mayor de todos,
reconocido hombre de leyes y presidente del Rotary Club de la ciudad. A su
diestra se ubica don Lázaro Villafañe, antiguo escribano y regidor del Concejo
Provincial. A su siniestra, don Alberto Campodónico, docente de la Universidad
de filiación socialista, insigne maestre de la Logia Masónica. Escuchar a
semejantes dinosaurios debatir sobre el contexto nacional, hace que los
muchachos permanezcan en silencio, embelesados.
—...Oigan, ¿y a cuál Olenkita le dieron su cachadita,
según el lengualarga de Praelli? —inquiere Iglesias.
—Es la flaquita esa, la rubiecita piernona que sale en el
programa del mediodía —asegura Villafañe.
—¿Cuál? ¿La Rieckermann? —se sorprende Campodónico.
—¡Claro! —subraya Villafañe— Esa pendejita con su carita
angelical es de las que vuela alto. Desde que está en la farándula, ha
conseguido departamento amoblado, auto deportivo y jugosos contratos
publicitarios, gracias a que cuenta con contactos muy poderosos.
—Esta Olenka Rieckermann, ¿es algo del ‘Colorao’
Rieckermann? —pregunta Campodónico.
—¡Es su hija! —informa Villafañe.
—¡Puta madre! ¡Pobre, Colorao! Un hombre de su valía no
merecía que la hija le saliera ligera de elásticos —se lamenta Campodónico.
—¡Ese infeliz no es un ejemplo de padre ni de nada y se
merece cosas peores! —estalla Villafañe— Lleva trece años prófugo de la
Justicia, escondido en alguna nación de la Cortina de Hierro. Seguro ya se
cambió de nombre y nacionalidad.
—Lo que se ha armado contra el Colorao es una persecución
política —lo defiende Campodónico— Yo lo conocí bastante bien cuando fui
dirigente estudiantil. Era una figura revolucionaria y la oligarquía no le
perdona que haya sido precisamente él, hijo de una de las mejores familias,
quien haya denunciado y descubierto a todos los que complotaban contra el
Gobierno Popular.
—Rieckermann era un perro de presa, un rottweiler, una
pésima caricatura de Lavrenti Beria —lo describe Villafañe—. Su misión en el
gabinete del Cachaco era perseguir y amordazar a todos los opositores del
régimen, valiéndose de la difamación y el chantaje. Él fue el precursor del
chuponeo telefónico. Llegó a tener tanto poder que él mismo se encargaba de
firmar las órdenes de arresto o de deportación de cientos de disidentes ...y a
varios de ellos los pasó por las armas.
—¡Eso es mentira! ¡El régimen del Cachaco no mató a
nadie! Deportó a varios, los metió en prisión, pero nunca recorrió al
aniquilamiento extrajudicial. Las torturas y desapariciones son métodos propios
de los dictadores fascistas, caso de Chile, Argentina, Brasil, Paraguay...
—Si le hubiera metido bala a unos cuantos seudodemócratas,
que hoy ocupan una curul, el Gobierno Popular hubiera aguantado un poquito más
—deduce Iglesias.
—¿Acaso usted estuvo a favor de las barbaridades que
cometió al Cachaco? —se sorprende Villafañe.
—Estuve a favor de varias de sus medidas como la nacionalización
de las empresas de hidrocarburos, la reforma agraria que liquidó el sistema
feudalista que regía a este país, la reforma educativa, la entrega de las
fábricas a los propios trabajadores...
—¡Pero ese fue el error! —indica Villafañe— Todo el
aparato productivo se fue al carajo porque los empleados, creyéndose
propietarios, se negaron cumplir sus funciones. Muchas industrias cerraron sus
puertas, haciendo que a la fecha nuestra tasa de desempleo sea una de las
mayores de la región. En este país el proletariado necesita del látigo para
despabilarse.
—Algunas cosas se hicieron mal, por eso estamos como
estamos, pero se debe rescatar que el Cachaco ha sido el único presidente, en
casi doscientos años de vida independiente, que quiso cambiar las injusticias
de este país. Por desgracia, pecó de ingenuo. Confió mucho en el pueblo y por
eso les otorgó un poder al que no estaban acostumbrados. No tomó en cuenta que
somos una raza de mierda, corrompida y adulterada —se lamenta Iglesias.
—De buenas intenciones están forradas las paredes del
Averno. La cura resultó más nociva que la plaga, traducido en crisis económica,
inflación, terrorismo, falta de oportunidades. El Gobierno Popular fue el
empujoncito que necesitábamos para aventurarnos al precipicio —dictamina
Villafañe.
—Tuvimos una oportunidad histórica de revertir nuestro
destino y fracasamos —diagnostica Campodónico, sintiéndose parte de ese
movimiento—. Cierto es que por errores propios, pero también por el boicot de
la clase dirigente, de los partidos políticos, incluso los de Izquierda quienes
no soportaban que otros ejecutaran la revolución que ellos pregonaban, del los
gremios sindicales y de la CIA que financió el contragolpe en las esferas
militares ajenas al proyecto socialista. Al pobre Cachaco lo traicionaron y lo
botaron de Palacio de Gobierno de un puntapié, confinándolo prácticamente a su
domicilio en el barrio de La Aurora, donde murió un par de años después a causa
del desengaño y la melancolía fulminante.
—Murió en la pobreza —agrega Iglesias—. Nunca se llenó
los bolsillos con el erario nacional. Que quede como ejemplo de probidad y
honradez.
—Eso no pueden decir Rieckermann y otros de sus secuaces
que se fugaron bien forrados del país —ironiza Villafañe.
—Rieckermann se fugó con su amante, la Cuchita Solezzi,
que era la Olenkita de esa época —agrega Campodónico—. Ella fue la que cayó en
el aeropuerto de Roma con las maletas llenas de dólares. El dinero fue
extraditado, la Solezzi no.
—Y ustedes, chicos, ¿qué opinan de estos temas? —se
entusiasma Iglesias por el interés con que los jóvenes siguen su conversación.
—Nosotros nacimos en la época del Cachaco y lógicamente
no recordamos nada —dice Chabelo, quien junto con Tucho se ha unido a la
conversación— Mi padre trabajaba para Guillermo Cuellar, latifundista
propietario de los terrenos de media ciudad. Fuera de los lotes que convirtió
en urbanizaciones, sus hectáreas agrícolas las repartió entre sus trabajadores
antes de que fueran expropiados por la reforma agraria. A mi viejo le tocó
veinte hectáreas donde hoy funciona nuestros establos, criamos vacas y caballos
y en lo demás sembramos espárragos.
—Tú familia le debe estar agradecida al Cachaco —razona
Villafañe.
—En mi casa nadie es socialista —concluye Chabelo.
—Así somos en este país —se lamenta Campodónico—. “¡Cachaco,
contigo hasta la muerte!”, era la frase de un montón de personas, de varias
sanguijuelas cuya única ideología es acomodarse a la coyuntura y sacar el mayor
provecho. Socialistas del momento que rápido mutaron de color cuando soplaron
otros vientos.
—Recuerdo que en los primeros días de la revolución, en
uno de los baños del Ministerio de Agricultura, alguien escribió: “¡Cachaco,
contigo hasta tu muerte!” Ahí me dije con gente tan cínica el Gobierno Popular caminaría
como el cangrejo e iba terminar gangrenado —comenta Iglesias.
—¿Recuerdan los despilfarros en las Cooperativas
Agrarias? —agrega Villafañe con un toque de burla—, con las arcas llenas los
campesinos se volvieron locos y todos los comerciantes hicieron su agosto vendiéndoles
todo tipo de chucherías, como lustradoras cuando el piso de sus casas era de
tierra. La orgía les duró poco y ahora están quebradas.
—La Cooperativa Azucarera del valle también vivió sus
días de gastadera, pero hubo también quienes se preocuparon por invertir en
equipos para el ingenio de última generación —opina Coco con cierto
conocimiento de causa, pues su padre trabajó un tiempo como asesor legal de la
Cooperativa.
—Y pagaban jugosos sueldos a los ingenieros y técnicos
especialistas —indica Chabelo—. Al viejo de Nando y sobre todo al viejo de Pepe
les fue muy bien... ¿Y Pepe? ¿En dónde está Pepe?
Los cuatro amigos voltean y ven a su amigo en medio del
salón bailando un merengue bastante movido, como si se tratara de una balada pegadita.
Su pareja de baile es una mujer cercana a los treinta años, rubia al pomo,
agraciada y con un aire de que le agrada la vida alegre. El vestido rojo,
escotado, funge como vitrina de dos melones apetitosos, al igual que la
abertura en la parte inferior que deja su muslo y pantorrilla carnosa al
descubierto. El muchacho la abraza, la sujeta, se mueve como si en su cabeza
sonara: “The lady in red is dancing with me, cheek to cheek, there’s nobody
here, it’s just you and me...”
—¡Ese burro de mierda ya está borracho! —deduce Coco.
—Le ha metido whisky, vodka, ron y champagne —enumera
Tucho—, es un milagro que con esa mezcolanza todavía se mantenga en pie.
Hembra tan poderosa normalmente tiene propietario,
alguien que compró su amor con lujos y caprichos. Su marido, en este caso, se
llama Rogelio Gaviria, natural de Cali, es un hombre un par de décadas mayor
que su mujer, de cabello y bigote entrecano. Su negocio de importación de
insumos ferreteros sirve como fachada al tráfico de cocaína hacia los cárteles
colombianos. Si estuviera en su tierra, el muchacho habría pagado la insolencia
de coquetearle a su esposa con la mutilación de su pene y sus testículos
anudados en la garganta, pero como se encuentra en tierra extranjera, aguarda
que la canción acabe, se acerca a ambos y le solicita, con la mayor cortesía,
que se retire y no merodee a la que considera su presa. Pepe asiente sin decir
una palabra. Observa con una copa de Moët & Chandon que el narcotraficante
vuelva a enfrascarse en la conversación que venía sosteniendo con miembros de
la Beneficencia Pública, cuando vuelve al ataque. La mujer, cuyo poco recato
hace rato que ha naufragado en el alcohol, se deja arrastrar y baila como Juana
la cubana. Rojo de indignación, el marido deja las formas diplomáticas y
jalonea a Pepe hacia un costado.
—¡Te advertí que no te acercaras a mi mujer!
—Tu mujer es una buena mujer y yo soy hombre y los
hombres tenemos necesidades, y ella me calienta y me corresponde —afirma
insolente.
Pepe intenta llegar hasta la mujer, quien observa gustosa
todo el alboroto que se ha armado por su causa, el esposo lo contiene y saltan
otros invitados, armándose un escándalo mayúsculo. Avisados los cuatro amigos,
acuden a sosegar al energúmeno que exige que lo suelten, que no repriman sus
deseos de homo eroticus. El señor Antúnez, abochornado como anfitrión, llama a
su hijo y le pregunta: “¿Ese joven borracho es tu amigo?” “No, papá —responde
el ‘Chapu’ apocado— es amigo de mis amigos”. “¡Diles que se vayan volando de
esta casa o los corro a balazos!”, exclama sin perder la calma, como ya la
perdió el propio Gaviria ante las impudicias de ese mentecato. Olvidándose en
donde se encuentra, extrae de su saco una Browning automática con cacha de
marfil y apunta a la multitud, provocando que las mujeres griten y más de uno
busque ponerse a cubierto. Coco y Tucho toman a Pepe de ambos brazos y lo sacan
al patio. El ‘Chapu’ se acerca a Alfredo y Chabelo y les dice: “¡Váyanse,
huevones! ¡Peláez la ha cagado!” La detonación de un primer disparo que impacta
en la araña de cristal, desata el pandemónium en el salón principal. Los cuatro
llevan a su amigo a empellones por un pasadizo que conduce a la puerta
principal. Salen despavoridos cuando se escucha un segundo disparo.
—¿Ya nos retiramos de la fiesta? —exclama Pepe, quien
parece no percatarse de la gravedad del asunto, apenas caminan media cuadra.
—¡Avanza, huevonazo, si no quieres terminar con un balazo
en la cabeza —le grita Tucho.
—Oigan, pero adentro hay una mamacita que quiere conmigo.
Déjenme bailar un mambo sucio y regreso. A una hembra no se le deja en
situación de espera.
—Tampoco a un marido celoso que quiere arreglar cuentas
contigo —le dice Coco— ¿Sabes con quién carajo te has metido? Con el ‘Colocho’
Gaviria, uno de los principales narcotraficantes de esta puta ciudad. Camina si
no quieres sellar tu sentencia de muerte.
—¡Chucha, huevones! —exclama Pepe, quie parece, por fin,
darse cuenta de la situación— Ese cojudo ni cagando me va a perdonar. Tengo que
volver y arreglar este ‘malentendido’.
—¡Esta noche no hay nada que puedas arreglar, huevón!
—interviene Alfredo— Camina y no empeores las cosas.
—¡Nada, huevones! ¡Suéltenme! Esta huevada se arregla
ahorita.
Pepe se echa a correr despavorido, pero por su paso torpe
a Tucho y Chabelo no les resulta difícil atajarlo cuatro casas más allá, el
primero le pone cabe y consigue tumbarlo en un jardín donde el caído forcejea
para liberarse. Los dos amigos esgrimen los mismos argumentos pero no consiguen
convencerlo.
—En la pasada Semana Santa, cuando estuve en Pacharra —le
comenta Coco a Alfredo— la noche anterior a que ustedes llegaran nos pusimos a
tomar unos tragos con los integrantes de uno de esos grupos folclóricos que
recorren América Latina con sus quenas y charangos. Nos comentaban que hacía
unas semanas estuvieron de paso por Medellín y los invitaron a una fiesta con
harto vallenato y harta chica bonita. El compañero que tocaba la percusión se
fijó en una muchacha guapa, piernona como toda buena parcera, y la sacó a
bailar. No sospechaba que se trataba de la novia de un narco y de un momento a
otro a todos los encañonaron con revólveres y fusiles, los hicieron subir a la
tolva de una camioneta y los llevaron a un descampado donde uno de los sicarios
les dijo: “Se me echan a correr todititos, menos usted”, señalando al
percusionista. Los disparos al aire no dejaron margen a ningún tipo de diálogo.
A los dos días encontraron el cadáver del muchacho. Lo habían torturado antes
de acribillarlo.
—Ahora sí, Pepito, nos vamos a casa —dice Tucho.
—Vamos... —responde tambaleándose y con la mirada en el
suelo. Su camisa y pantalón de marca lucen una lástima en ese momento.
—¿Nadie tiene plata para un puto taxi? —inquiere Chabelo
y nadie le responde— Ya me había advertido mi madre que no me juntara con
amigos que no tienen en dónde caerse muertos.
—Oigan, esta huevada la tengo que arreglar —insiste Pepe,
echándose de nuevo a correr con dirección a la casa de los Antúnez.
—¡Puta madre! —exclama Coco al ver que los otros tres
intentan atraparlo— ¡Déjenlo que se joda solito!
—No podemos dejarlo, huevón —dice Chabelo—. No está en
sus cabales.
—¡Yo no pienso moverme más! —dictamina Coco— Me acompañan
a la una, me acompañan a las dos... ¡Chau! Ya me fui.
El trío de amigos está tan ocupado sujetando al majadero,
quien yace como delincuente maniatado al momento de su captura con la cara
pegada al suelo, que no se percatan por cual camino se pierde Coco, zigzagueando
por las calles estrechas y oscuras de la urbanización Mercaderes.
—¡Ahora sí, Pepito, déjate de cojudeces! ¡O nos vamos o
nos vamos! —le ordena Tucho.
—¡Entiéndanme, carajo! Yo no puedo dejar las cosas así.
—¡Huevón de mierda, escúchame bien! —le dice Tucho
tomándolo de los mofletes— ¡Ya la cagaste!, ¿entiendes? ¡La cagaste! Cuando
algo se caga como tú la has cagado, no hay cómo chucha se pueda arreglar.
—¿Entonces la cagué? —intenta el beodo convencerse,
mientras es ayudado a reincorporarse.
—¡La cagaste, Lancaster! Por eso yo te digo que tú la
cagaste —exclama Alfredo en ritmo de hip-hop.
—La cagué, la cagué, la cagué, la cagué... —canta Pepe a
su vez, utilizando como tonada la clásica Oh
My Darling, Clementine, que el asociaba más con los dibujos de Huckleberry
Hound que veía en su infancia.
Vuelven a la avenida Libertadores. Alfredo ve pasar un
Dodge a toda velocidad y cree reconocer al volante al señor Villafañe,
acompañado de su esposa. Lo mismo sucede con el señor Iglesias a quien
distingue al pasar en su Buick. Así los hayan visto, después de lo sucedido
ninguno se animaría a darles un aventón.
—Haríamos bien en perdernos por Mercaderes —propone
Alfredo— ¿Qué sucede si nos encontramos con el pistolero agraviado? Le mete
bala a Pepe y también a nosotros.
—¡No seas cobarde, cabrón! —arenga Tucho— Estamos a ocho
cuadras de Cali. Si este infeliz no estuviera borracho, estaríamos ya por la
Escuela de Bellas Artes.
—¡Yo no estoy borracho, huevón! ¡Váyanse todos p’al
carajo! ¡Esta huevada la tengo que solucionar sí o sí!
De nuevo Pepe vuelve a correr, esta vez con paso más
acelerado y decidido, igual como en aquel torneo de atletismo del colegio
Celestiano en el que obtuvo presea de oro en los cuatrocientos metros planos.
Ahora sí resulta una presa muy difícil de atajar. Con un veloz rush les saca varios metros de ventaja.
“¡Ahora cómo lo detenemos!”, piensa Chabelo, tan poco acostumbrado a correr que
ya está con la lengua afuera. A Tucho no se le ocurre una idea más socorrida
que tomar un grueso guijarro y lanzarlo. El impacto es preciso en la espina
dorsal. Con un estruendoso “¡ay!”, Pepe cae de bruces en el asfalto, dando la
impresión de que se ha desmayado.
—¡Le partiste la madre, cabrón! —exclama Alfredo con
acento mexicano.
—Bueno fuera —agrega Chabelo—, ese tarado es de acero
inoxidable.
Los tres intentan reincorporar al caído, pero les resulta
imposible. Permanece inconsciente en el asfalto. Tucho le toma la muñeca y
constata que tiene pulso. Alfredo acerca el oído a su rostro y escucha leves
ronquidos a través de sus fosas nasales. “¡Este cojudo se ha quedado dormido!”,
piensa. Chabelo lo remueve frenéticamente, pero nada, Pepe no reacciona. “¿Qué
hacemos?”, se preguntan. No les queda más remedio que cargarlo como ‘peso
muerto’. Alfredo y Chabelo lo toman de los brazos, Tucho de los pies. Caminan
una cuadra y quien es transportado vuelve a cantar entre susurros: “La cagué,
la cagué...”
—¡Olvídense, carajo! —arroja Chabelo la toalla— Cargando
en procesión al ‘difunto’ vamos a llegar a Cali de amanecida.
El cuerpo es desparramado a la vera del camino y los
cargadores se sientan en la vereda para reponer energías. Mientras un par se
quejan del escándalo y la mala borrachera, Alfredo se distrae tarareando Watching the Wheels de Lennon a
propósito de cada vehículo que ve pasar. De repente un Ford Falcon, modelo
1964, de carrocería granate, muy bien cuidada, se cuadra cerca de ellos de
manera intempestiva, quienes saltan temerosos de ser arrollados.
—¿Qué pasa? —se burla quien va al volante— ¿Se quedaron
sin combustible?
—Habla... ¿nos jugamos una revancha? —retruca Alfredo,
poniéndose de pie y apoyando sus antebrazos en la ventanilla del copiloto.
—Si pues... díganle al Negro que nos podemos disputar su
pierna —responde Aldo Cabieses, en alusión a la fractura de Lucho Castañón.
—¿Y este vejestorio? —pregunta Alfredo a Abelardo
Quiñones, el conductor.
—De mi abuelo. Le damos su última vuelta antes de
enviarlo al chatarrero.
Ayudado por Chabelo, Tucho consigue poner a Pepe de pie e
intenta hacerlo pasar en los asientos traseros del Falcon, pero el muchacho que
va allí lo observa con el vidrio subido y las manijas con seguro. Desesperado
porque el bulto empieza a desparramarse y le babea en el trayecto lo que él
considera su fina camisa de chalí, comienza a aporrear la puerta del vehículo.
—¡Abre! ¡Abre...! —le mira la cara y no recuerda su
nombre, sabe que estudiaba con Cabieses y Quiñones, pero como lo jalaron ahora
cursaba el Tercer Año— ¡Abre, car’e
chancho!
Recuerda que lo llaman a causa de sus ojos y labios
porcinos y a pesar que a Fernando Cuellar no le agrada que le recuerden ese
sobrenombre, accede y permanece impávido cuando depositan en sus piernas el
cuerpo de Pepe y es arrinconado en un extremo con la embestida de los tres
muchachos de Quinto Año quienes pugnan por entrar.
—¡Qué esperas para arrancar! —ordena Tucho a continuación
y Quiñones accede, estallando en carcajadas, mas se toma un momento para no
colisionar con el Chevrolet Corvette que pasa por su costado a toda velocidad.
—Cualquier día el ‘Colocho’ Gaviria se va a matar
—comenta Cabieses.
—¿Quién dices? —se interesa Alfredo.
—El patita ese que le dice a todo quien lo quiere oír que
su carrazo y su casota en Cayo Cangrejo es por proveerle herramientas a los
consorcios mineros.
—Camuflando los kilos de clorhidrato entre los fierros —apunta
Quiñones, quien pisa el acelerador y en cuestión de minutos llega al domicilio
de la familia Peláez.
—¿Quién toca la puerta? —pregunta Chabelo una vez apeados
del Falcon.
—¡Tú, pues! —asevera Tucho— ¿Acaso no es tu vecino?
—Sale su viejo y nos putea, huevón, y yo ya pasé
suficientes malos ratos para una sola noche —subraya Chabelo— Hagamos una cosa,
yo me guardo a mi casa y ustedes tocan la puerta hasta que vean que las luces
se encienden. Entonces se echan a correr y no pasa nada. Sólo sus hermanas se
van a encargar de sacarle la puta madre por llegar borracho a casa.
La sugerencia de Chabelo no les suena descabellada al
otro par. Una vez que se retira, Tucho presiona el botón del timbre, ocasionando
los ladridos y demás abucheos en los hogares aledaños donde también les
interrumpen el descanso a las tres de la mañana. “¡Ponte a correr, huevón!”,
exclama Alfredo apenas ve las luces de la casa prenderse y ambos parten raudos
hacia el fondo de la urbanización.
—¡Qué dirá la sociedad! —se burla Alfredo cuando cruzan
el parque grande, al recordar la frase que lanzó un Pepe realmente
escandalizado por las palabras soeces de un ministro en televisión.
—Le bastaron unos cuantos tragos para que su urbanidad y
buenas costumbres se fueran por el retrete —se aúna Tucho a la puya— La
etiqueta social es la práctica de la hipocresía y de la doble moral.
—Tuvimos suerte. Un ratito más y nos topábamos con el
‘Colocho’. Mínimo nos metía su carro.
—Pero Pepito tenía razón —subraya Tucho— su esposa le
daba entrada y estaba requetebuena. Yo sé que la pendeja acude a La Gata Rosa
para teñirse el pelo y hacer la manicure, pedicure y culicure... Una tarde
podemos hacerle la guardia.
—¿Estás hablando en serio, huevón?
—Yo siempre hablo en serio cuando se trata de sexo.
—El mundo es de quienes se arriesgan, no de los que se
suicidan.
—Tu cobardía explica el por qué yo tengo una vida sexual
activa y tú no. ¿Me acompañas el próximo jueves?
—Te acompaño, huevón. Pero sólo para ver.
—Sí, huevón. Sólo para ver qué pasa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario