Hay circunstancias y compromisos que para las
personas representan un suplicio, tragos amargos que se atascan en la garganta pero
que tenemos que digerir sea por estudios, salud, responsabilidad o motivos
laborales o emocionales. En la lista personal de trances aciagos de Alfredo
figura acudir al médico —sintiendo pavor a que le apliquen inyecciones— o al
dentista, escuchar los sermones en las misas, atender las clases soporíferas,
acompañar a su madre de compras o a tramitar documentos engorrosos y la
depresión posterior cada vez que le toca perder a su querido Tres Coronas. Otra
situación que no detesta, pero que le resulta incómoda por su timidez es
cumplir con una cita sentimental. Su natural cobardía hace que sea más fácil
enfrentar a sus propios demonios que a las exponentes del sexo opuesto. Puede
en un principio ser muy mandado, pero una vez que le dan entrada se chupa
toditito y no sabe cómo reaccionar. Si tiene que llamarlas por teléfono se
aturde, le sudan las manos, el corazón le bombea más rápido conforme disca el
número y ruega o le digan “no se encuentra” mientras se demoran en contestar.
Si logra comunicarse con la muchacha, la plática se vuelve torpe, tortuosa y
hará de todo para que culmine lo antes posible, dejándole un mal sabor de boca
al momento de colgar.
Uno
de los peores momentos que le ha tocado afrontar ha sido declararse a una
mujer. Qué agonía tan terrible resulta proponerle a alguien “¿quieres estar
conmigo?”, carcomido por la incertidumbre, el terror al rechazo, sintiendo que
das sin paracaídas un salto al vacío. Escuchar el “¡No!” tajante e innegociable
de una niña tiene consecuencias devastadoras en la autoestima. Recomponerse de
la humillación, de un fracaso como ese, toma su tiempo. No es fácil remendar la
dignidad cuando quedan solamente hilachas.
—¿En
qué momento se estableció que los hombres debemos declararnos a las mujeres?
—le comentó Alfredo a Tucho en una de esas noches ociosas que invitan a
filosofar, desparramados en la fachada de los Salas— En una época a los
trogloditas les bastaba coger a una fémina de las mechas y arrastrarla a su
caverna.
—No
todos los trogloditas, esa era prerrogativa de los más fuertes y líderes de la
tribu —afirma Tucho, sacando pecho como si hablara de sí mismo—, sólo los
cazadores tenían derecho de aparearse con todas las hembras. Los perdedores
como tú estaban resignados a las tareas menores y a correrse la paja.
—La
declaratoria de amor es una invención relativamente nueva —le respondió su
padre cuando lo hizo partícipe de la misma inquietud—, durante centurias los
noviazgos y enlaces nupciales eran pactados según los intereses de las familias
involucradas. El deseo entre hombres y mujeres ha existido siempre, es la
fuerza que ha desarrollado a las civilizaciones, pero la idealización del amor
de pareja es una ocurrencia de narradores y poetas que carece de fundamentos
biológicos, una falacia como la fidelidad que es una forma de castración
sexual. En la antigüedad se propaló como plaga luego que Homero describiera el
rapto de Elena por parte de Paris y volvió a ponerse de moda con el éxito en el
teatro de Romeo y Julieta.
—Ustedes
los hombres se quejan de que es un aprieto espantoso —le dijo Marité cuando
discutieron el tema en el salón—, ¿pero qué hay de las mujeres que no quieren
que ese chico que les cae bien se les declare, que tienen que decirle “¡No!”
porque no sienten nada por él, bajo riesgo de que la amistad se malogre. Y
créeme, nada entre los dos volverá a ser igual y eso es bastante incómodo.
—¡Nada!
—rezonga Alfredo— Como el ‘Rey Lagarto’ afirma en People are Strange: “las mujeres son perversas cuando no te
desean”.
—¿Y
qué hay de los hombres? —interviene Gina, interesada en el tema— Pobrecitos
ustedes, lloran si los rechazan pero tienen al menos la posibilidad de
intentarlo. Los códigos sociales nos impiden a las mujeres hacer manifiestos
nuestros sentimientos o peor aún, expresarlos al muchacho que nos gusta.
—Bien
que nos la ingeniamos paras hacerle saber al motivo de nuestros desvelos que
queremos algo con él —le refuta Anita—. Por allí conseguimos que alguien nos
haga el bajo, se arme el corralito y prácticamente lo empujamos a que se nos
declare.
—Pero
no todas tienen la misma suerte —contraataca Gina—. En un mundo donde se rinde
culto a la apariencia física, las chicas lindas y los chicos churros tienen
todas las de ganar, entre ellos se buscan y se encuentran. Los feos y
bobalicones pueden tentar a la suerte y por ahí que en alguna de esas les liga.
Las que están jodidas son las feas, las tontas y las quedadas. Ellas también
tienen sentimientos y se ilusionan, mas sufren en silencio por ese amor
inalcanzable. Si no encuentran a nadie que se fije en ellas es posible que
vistan santos o sean las tías solteronas que nunca faltan en cualquier familia
respetable. Tú, Alfredo, que has iniciado todo este entuerto, ¿cómo
reaccionarías si una chica que no te gusta o que está lejos de tus aspiraciones
de pareja, se te declara? ¿La aceptarías? ¿Difícil, verdad?
—No
lo creas. Este huevón está tan desesperado por hembra que es capaz de atracar
con cualquier mostra —se burla Carlitos.
El
aludido reconoce que la mofa, en parte, tiene algo de razón. Desde que Caludia
rompió con él lleva en el interior un agujero difícil de llenar, sin embargo no
por eso ha tenido alguna relación con las contadas muchachas, tipo Inés
Meléndez, que se le han ofrecido. Agarres de una noche y nada más porque aún
los despechados pueden darse el lujo de seleccionar con quien involucrarse de
nuevo. Por lo que compartieron en el verano, Leticia Cano hubiera sido la
enamorada ideal. Lástima. No funcionó. Analizando fríamente lo acontecido en
Puerto Banderas hace tres semanas, Alfredo llega a la conclusión que entre
ambos no hubo una declaración formal de amor. Los hechos en esa última fiesta
se precipitaron de tal manera que provocaron que Leticia se percatara que él le
importaba. Con Caludia tampoco medió una declaración. A la única chica que le
había solicitado formalmente ser su enamorada fue a Janeth Matta en el invierno
pasado cuando por una temporada compartieron aula en una academia de
afianzamiento matemático, en el segundo piso de un vetusto edificio del centro,
donde su madre —con vana esperanza— lo había matriculado. Esa muchacha alta,
con piel de porcelana y bucles de oro se convirtió en el motivo por el cual
asistiría puntualmente a clases los martes y jueves en horario vespertino. A
pesar que era mayor que él, cursaba el último año en el colegio Paulista, cómo
no iba a prendarse de ella —y cantarle Be
My Baby de las Ronettes en secreto— si parecía un grácil cervatillo en un
bosque de carpetas que despertaba el apetito de todos los lobos —algunos de la
misma edad de Janeth y otros que se preparaban para postular a la universidad—,
pero curiosamente ella lo eligió a él, al lobezno, como compañero de pupitre y
de asiento en el micro de retorno a casa, la muchacha se bajaba en Mercaderes y
Alfredo seguía camino a Cali. En una oportunidad, Janeth le pidió a la salida
que le tomase la mano. La aguardaba en la puerta un hombre de unos
veintitantos, apoyado en su carro. “¿Puedo conversar contigo?” “¡Suéltame,
Franco! ¡Estoy con mi ‘enamorado’!”, le respondió, sin dejar que la tome del
brazo. “¿Estás con este mocoso? —se burló—, ¡pues que te aproveche! Buena eres
para cambiar pañales”. Enamorado de ficción o recurso para salir del paso, a la
semana siguiente se sintió más seguro de sus posibilidades cuando ella le pidió
que la acompañara a una fiesta de su colegio en el Club Libertad y que le
consiguiera pareja a dos de sus amigas —quiso la casualidad que se encontrara
con Tucho y con Pepe Peláez en el paradero y de inmediato quedaron invitados—
donde bailaron toda la noche. Ilusionado hasta el tuétano con tanta entrada, al
martes siguiente Alfredo se bajó con Janeth en Mercaderes, a la altura de la
distribuidora de la Shell, y juntos caminaron hasta su casa en un moderno
condominio. Una vez que la tarde se hizo noche, el movimiento de la calle
estaba calmo y la charla había derivado en la pausa adecuada, él, con la mayor
seguridad del mundo, le declaró su amor y ella, con la mayor naturalidad, le
dijo que no, lamentando que “hubiera confundido las cosas”, pidiéndole que
siguieran siendo amigos. “¡Amigos para qué, maldita sea!”, pensó, tornándose la
experiencia del rechazo más traumática cuando la compartió con sus amigos entre
cervezas en El Ranchito. “¡Te abro las puertas de mi corazón! ¡Cómo se te
ocurre mandarte a una flaca con palabras tan cursis! ¡Con razón te choteó!”,
juzgó Tucho, mientras que los demás le chantaron los motes de ‘Cheque sin
fondos’ o ‘Pelota de básquet’ porque “rebota como la putamadre”, robando las
sonrisas maliciosas incluso de la propia Caludia. “Después de mí nunca más
volverás a estar con nadie”, le aseguró cuando terminaron y la maldición
parecía tener visos de realidad. Janeth al poco tiempo comenzó a enamorar con
un zambo profesor de Física pura de su colegio, bastante mayor que ella y
Alfredo nunca más regresó a la academia.
—…El
auto contenía cinco kilos de anfo y destruyó toda la fachada de la Embajada de
los Estados Unidos. No se sabe cuántas personas han muerto. Se habla de treinta o cuarenta. El Gobierno ha decretado
el toque de queda indefinido en la capital, bajo orden de disparar a quien
circule por las calles. ¡La cagadita, huevón!
—Chabelo,
son las ocho —corta Alfredo, aburrido de escuchar sobre el atentado perpetrado
por el PCR al mediodía y que a esa hora de la noche seguía teniendo amplia
cobertura en todos los medios. El viernes ha llegado y ellos tienen una cita
con dos muchachas del Virgen de las Mercedes, por eso llegó a la casa de su
amigo bien trajeado y perfumado para ser lo más puntuales posible.
—El
vocero de la Casa Blanca mencionó que los Estados Unidos se encuentran
profundamente indignados y van a enviar una delegación militar para borrar a
los terrucos del mapa —agrega Pepe Peláez, quien vive al frente de la casa de
los Campero y se unió a la cháchara al ver a su vecino y a Alfredo en la
puerta.
—¡Está
bien, conchesumadre! —exclama Coco, quien llegó al poco rato, acompañado de
Viche, el Gordo y el Cabezón— Que los gringos nos conviertan en su colonia,
mismo Puerto Rico, o en otro estado de ultramar, mismo Hawaii.
—No
es la primera vez que los gringos intervienen militarmente en nuestro
territorio. Hace veinte años barrieron con un movimiento guerrillero a punta de
napalm, explosivo incendiario elaborado por la Dow Chemical Company y que en
ese tiempo estaba en fase de prueba. Luego lo utilizarían oficialmente en
Vietnam —los ilustra el Gordo, dando cátedra de otra de sus pasiones, las armas
de fuego.
—Esos
movimientos eran distintos. Estaban inspirados en los barbudos de Sierra
Maestra. Mataban pero tenían su encanto. Había mucho romanticismo. En cambio el
PCR tiene otra metodología, más violenta e irracional que propone destruir todo
lo que represente diferencia de clases. Están más cercanos a los campos de
exterminio de Pol Pot —complementa Viche que no lo quiere compartir, pero uno
de sus tíos, miembro de esa guerrilla pasada, fue uno de los que murió
achicharrado con napalm.
—Ese
asunto del toque de queda tiene a mis viejos asustados —añade el Cabezón—. Casi
no me dejan salir de casa.
—La
medida de fuerza sólo es para la capital. Quizá se extienda por el sur o el
centro del país donde el PCR tiene cuadros bien organizados. Aquí en el norte
no pasa nada. Vivimos en un oasis —comenta Chabelo.
—Mis
viejos también están preocupados por mí —cuenta Pepe—. La otra semana viajo a
la capital. Ya comenzaron mis clases en la Pre de la Universidad Agraria. Allá
la paranoia es tal que la gente sale de sus casas y no saben si van a regresar.
—La
palabra ‘terrorista’ viene de terror y eso es lo que han logrado estos hijos de
puta. Tener a todos cagándose de miedo en los pantalones —apunta el Gordo.
—Chabelo,
son las ocho y veinte. ¿Vamos o no vamos? —exige Alfredo con cierta
desesperación.
—Espera,
huevón, no hay apuro. Ellas seguro recién acaban de llegar de la Alianza
Francesa. Déjalas que se acicalen un poco. Deben estar cansadas. ¿Ustedes qué
planes tienen? —les pregunta el aludido a los demás.
—Nada
especial —responde Viche, encogiéndose de hombros—. Matar el rato en el Che
Burger.
—Hoy
en la mañana escuché a las chicas quedar en ir al Che a lorear un rato. De ahí
podemos quedar en ir a la discoteca —agrega Coco, sin sonar muy convencido.
—Oye
Pepe, mucho cuidado cuando vayas a la universidad —le advierte el Cabezón—, en
los pabellones hay muchos terroristas infiltrados.
—Eso
sólo pasa en las facultades de Educación o Humanidades, en las carreras de
Antropología o Sociología. En Ciencias Agrarias nadie pierde el tiempo ni le
hace perder el tiempo a los demás. “Sólo el Agro salvará al país” —cierra
orgulloso con una frase acuñada durante el régimen militar, desconociendo que
su mensaje era netamente socialista.
—En
todas las universidades hay presencia del PCR. Se han expandido como una plaga
por todas las carreras —le refuta Viche—. Cuídate con quién andas o con quién
hablas. Hay fuertes rumores que grupos paramilitares van a intervenir en las
universidades y esos no creen en nadie. Van a echarle guante a los terrucos y
también a los sospechosos de serlo. Es posible que a muchos los refundan, sean
culpables o inocentes, y nunca más se sepa de ellos.
—Los
van a hacer desaparecer como en la Argentina de Videla. Los van a subir drogados
en un avión y los van a arrojar en alta mar. Espantoso destino. Nadie los
vuelve a encontrar —vislumbra el Gordo.
—“A
dónde van los desaparecidos —canta Chabelo, emulando a Rubén Blades— busca en
el agua y en los matorrales”.
—Seguro
van a intervenir en las universidades populares, las que cobijan a tanto
resentido social —observa Coco— y me parece bien. Al país le caería bien una
buena limpieza étnica.
—Chabelo,
son las ocho y media —insiste Alfredo.
—Entonces
márchate, pues huevón —lo reta Coco—. ¿No tienes los cojones para ir tú solo?
—La
cita no es para uno, son dos chicas quienes nos esperan. Una oportunidad así no
se presenta todas las semanas.
—Ni
todos los meses —observa el Gordo.
—¿Cómo
están seguros que los están esperando? —duda Pepe Peláez— ¿Las han llamado por
teléfono para confirmar?
—Esteee...
me olvidé de pedirle su número —responde Alfredo, aunque es seguro que así lo
tuviera jamás la habría llamado.
—A
mí me lo dijo pero se me olvidó —agrega Chabelo.
—Entonces,
¿cómo están seguros de que los esperan?
—Porque
son unas señoritas serias, de su casa, incapaces de fijar una cita y olvidarse
después. En enero, Patty y yo quedamos en ir a una tocada de jazz. La dejé
plantada. Se fue el verano y no se había olvidado. Me lo sacó en cara el sábado
pasado.
—¡Ves,
huevón! —alza Pepe la voz— Se trata de una venganza. Van a ir hechos unos
huevas y les van a cerrar la puerta en la cara.
—¡No
hables piedras! —salta Alfredo— Tú no las conoces, así que...
—¡Y
tú las conoces de toda la vida! —ironiza Coco— Si conocieras un poco más sobre
las mujeres, sabrías que lo que propone Pepe no es descabellado. Son rencorosas
por naturaleza y seguro van a cobrar revancha.
—Los
van a emborrachar como pavos en Navidad y luego les van a cortar el pipilín
—añade el Gordo.
—Como
en El Imperio de los Sentidos donde
la ninfa le corta la vaina y se lo pone como collar —comenta Viche, recordando
esa película que vieron en el cine en grupo, en función de trasnoche, pagando
el doble por ser menores de edad.
—Esa
película de mierda me traumatizó —añade Pepe—, nunca entendí por qué la chica
estrangula a su amante.
—Para
arrebatarle una última erección —le ilustra el Cabezón—, si te aprietan el
cuello la vaina se te para, y si te siguen apretando hasta puedes eyacular.
—De
ahí que todos los condenados a la horca arrojen semen cuando cuelgan del
cogote. En la Edad Media se creía que cuando caían esas gotas en la tierra, de
esta brotaba la mandrágora que era una planta milagrosa, capaz de curar muchos
males, entre ellos la impotencia —complementa el Gordo.
—¡La
mandrágora te la puedes meter por el culo! —corta Alfredo— ¡Chabelo! ¡Son
veinte para las nueve!
—¡Chucha,
ya empieza la telenovela! —comenta Pepe— Me quito. Mañana es mi última noche,
hagamos una despedida, puede salir una cosa bonita.
Se
despide el vecino y Chabelo le dice a todos que esperen. Se mete a su casa a
cenar, lavarse el hocico y bañarse en colonia. Cuando vuelve a salir el reloj
marca las nueve de la noche.
—¡Carajo,
vamos! —exclama el único interesado.
—Espérate...
Oigan acabo de ver por la tele que el país ha decidido renunciar a la Comisión
Internacional de Derechos Humanos hasta que logren erradicar el terrorismo. Los
especialistas mencionan que se está cocinando la restauración de la pena de
muerte y la suspensión de garantías constitucionales para la población.
—Deben
estar obedeciendo directrices de los norteamericanos, recontra picones por el
atentado, por eso están tan envalentonados —deduce el Gordo—. Se instaura el
terrorismo de Estado, las torturas, las desapariciones...
—¡No
hay otra manera! —apoya Coco la medida— Nadie entiende que estamos en medio de
una guerra civil en la que más allá que las libertades individuales, está en
juego la supervivencia de nuestro estilo de vida. Se deben tomar decisiones
extremas si no queremos terminar como Vietnam o Corea del Norte.
—Es
pura pantalla, huevones —asegura Viche—. El próximo mes hay elecciones y en dos
más este Gobierno se despide. Se les venció el plazo para tomar medidas
drásticas. Al menos que estén cocinando un autogolpe.
—Difícil
en estos tiempos que la democracia se ha puesto de moda en América Latina
—añade el Cabezón—. Yo también pienso como Viche que este Gobierno está
haciendo mucho ruido y al final serán muy pocas nueces. A lo largo de cinco
años han sido incapaces de aminorar la presencia guerrillera que continúa
expandiéndose como un cáncer por toda la patria, no van a solucionar este
entuerto faltándoles unas cuantas semanas. Se tomarán algunas medidas
represivas, se poblarán las cárceles con varios sospechosos y nada más.
“¿Y
por qué es que se desaparecen? —retoma Chabelo la canción más polémica del Buscando América—, “porque no todos
somos iguales”.
—A
este paso, estos cojudos jamás se van a mover —se burla el Gordo.
—¿Ves,
Chabelo? Por tu ‘culpa’ somos el hazmerreír de Cali. ¡Vamos o no! Son las nueve
y cuarto y ya no van a pasar micros.
—Tranquilo,
compadre —dice al cerrar la puerta de su casa—, caminemos hacia la esquina.
¿Tienes un cigarrillo?
—¡Huevón!
Por esa pachocha tuya ya me fumé hasta la cajetilla.
—¿Y
qué vamos hacer nosotros? —observa Viche al llegar a la esquina de la avenida
Guadalupe con la calle Magna— ¿Nos quedamos parados hasta ver cómo se embarcan
en su aventura idílica?
—Yo
no nací para cuidar traseros. Menos uno tan horripilante como el de Chabelo —añade
el Gordo trayendo a colación aquella encerrona en la casa del Negro, cuando el
anfitrión, aprovechando que el aludido andaba con los sentidos adormecidos por
efectos del ron, le bajó el pantalón del buzo mientras él distraído hablaba por
teléfono con Karina Johansen, dejando por buen rato a la vista de todos sus
glúteos lechosos, casi transparentes, notándose sus venas violáceas.
—Nadie
se va a quedar —asegura Coco—, nosotros seguimos camino al Che Burger.
Una
vez los dos solos, observan calle abajo aproximarse uno de los micros verdes de
Cali, dudan entonces en estirar el brazo para detenerlo o no. Ambos se miran,
las piernas cobardes se atornillan en la acera. La unidad de transporte pasa de
largo y ellos se quedan con una sensación mezcla de alivio y frustración por no
haberlo tomado.
—¡Carajo!
¡No nos queda tiempo! —increpa Alfredo, necesitado de la decisión de su amigo
para actuar— Vamos a perder la oportunidad de amar.
—¿Temprano
no me dijiste que un amigo de César Paredes está afanando a Patty? —pregunta
dubitativo.
—Un
tal Juan Pablo Montealegre.
—¿Y
a ‘tu’ Rocío no la está afanando un cantante de canciones cristianas?
—Un
tal Juan Pablo Nassi.
—Estamos
cagados por una plaga de Juan Pablos. ¡Debemos exterminarlos! Comenzando por
Juan Pablo II.
—Una
cosa es que las afanen y otra que ya estén con ellas.
—Y
qué tal si les dan el ‘sí’. Qué tal si llegamos y las vemos abrazadas de sus
galanes. Cómo te recuperas de un roche como ese.
—Y
qué pasa si realmente nos están esperando, en la casa de Patty, odiándonos
atentas al reloj, la pizza enfriándose y los discos de jazz sonándoles más
amargos que de costumbre.
—¿Nos
arriesgamos entonces?
—¡Son
las nueve y media, cabrón!, hora no muy apropiada para ir a visitar a dos
señoritas de su casa. El micro que venga debe ser el último. Si no lo tomamos
nos vamos a la mierda.
—¡Okay,
nos vamos a la mierda!
Aguardan cinco minutos. A lo lejos asoma un vehículo con
las luces encendidas y el rugido inconfundible de una unidad de transporte
urbano, el último de la jornada como bien había calculado Alfredo. A media
cuadra pueden distinguir la carrocería Chrysler, manufacturada en el pais hace
un par de décadas, pintada de verde y blanco y que en el rótulo superior lleva el
nombre promisorio de «Patty».
“¡Páralo!”, menciona uno mentalmente. “¡Estira la mano, mierda!”, responde el
otro como si tuviera poderes telepáticos. Al final observan cómo el micro llega
hasta la otra cuadra y gira hacia la calle San Francisco, perdiéndose la última
oportunidad de cumplir con la cita pactada.
—¡Vengan, huevonazos! —les
grita Coco desde la puerta del Che Burger, riéndose por la cobardía e
indecisión de sus amigos. Alfredo y Chabelo se encogen de hombros. “¡Ya la
jodimos!” se dicen y también estallan en risas.
Concebido como las fuentes de soda norteamericanas, con
una amplia área de parqueo para ser atendidos en el propio vehículo, el Che
Burger se encuentra ubicado cerca de la esquina conformada por las avenidas
Guadalupe y Libertadores, al costado de la pizzería Mamanna, ambos
establecimientos propiedad de Domingo Funes, argentino cordobés —de ahí el
nombre—, quien se distingue por su obesa figura y baja estatura, de unos ojos
verdes inmensos, similares a los de su esposa, hembra tanto o más obesa que él,
pero de estatura más elevada, de una piel escandalosamente blanca y que sin
sospecharlo se había vuelto en la obsesión sexual del Gordo Macaya. “¡Qué rico
debe ser penetrarla, patitas al hombro, mordisquear sus pantorrillas, cuales
lonjitas de jamón, y dejarle marcas en sus nalgas a punta de rasguños!”, repite
cada vez que la ve, siempre callada, distante, como si le molestara verse
rodeada de tanto adolescente. Contrario a ella, su marido es bastante locuaz,
conversa con todos y de todo, de fútbol, política y rocanrol, convencido de que
el trato amical es la mejor estrategia para fidelizar a la clientela.
El Che Burger es junto a El Ranchito los dos puntos en
los que converge la muchachada de Cali, una urbanización residencial con muy
pocos antros nocturnos. No acuden al Mogambo, local cuya fachada con cortezas
de bambú es conocido por su pollo a la brasa y refugiar a la juventud de unos
tres o cuatro lustros atrás, quienes en sus ambientes privados, consumen licor,
marihuana y otras sustancias psicotrópicas e incluso tienen sexo con dos
prostitutas, de espíritu hippie, propias de ese local, aficionadas a la música
de Deep Purple y Grandfunk. Tampoco van a la Argentina, regentado por una viuda
bonaerense que lo ha decorado como si se tratase de un boliche milonguero,
aunque lo terminarán frecuentando antes de que finalice el año, luego que el
gordo Domingo, agobiado por las deudas decida retornar a su país, clausurando
el Che Burger y traspasando el Mamanna a la familia Packard, los dueños de las
propiedades, mientras que El Ranchito cerrará sus puertas un par de meses antes
cuando su venerable propietaria sufra de un derrame cerebral que la dejará
parapléjica.
Para ser una noche de viernes, pocas personas han acudido
al Che Burger. Parece que lo sucedido en la capital ha generado que muchos se
queden en sus casas. En el ecran de afuera, los videoclips y los spots de Pepsi
—el sabor de la nueva generación— son proyectados para un Volkswagen donde se
acurruca una pareja de enamorados. Los únicos que ocupan las mesas en el
comedor, poblado de retratos de Laurel & Hardy y Los Tres Chiflados, son
los seis amigos, quienes observan la mezcla de kétchup, mostaza y mayonesa que
queda en el plato, testimonio de la porción de papas fritas —lo más solicitado
en el menú del Che por ser lo más económico— que cada uno ha pedido. El tedio
combina a la perfección con la anímica lobreguez de Alfredo.
—¿Marité
te aseguró que iba a venir? —observa Chabelo la hora, las once menos veinte.
—Sí, pero no me dijo el mes, tampoco el año —bromea
Coco.
—Seguro se encuentran metidas en casa —vislumbra Viche—.
Puede que quienes se aventuren a salir esta noche, nunca más vuelvan a
aparecer.
—¿Ya nos reímos de aquella vez en la que Nando queriendo
dársela de gracioso se acercó a la caja y exclamó: “Me da un Quique...
chesumadre” y luego casi se orina en los pantalones al percatarse que el propio
Quique estaba detrás de él? —pregunta el Gordo y todos asienten, incluso el
propio Quique, el mozo del local, con tan poco trabajo que se inmiscuye en la
conversación— ¿Y de la vez que dijo ‘Aspiriam’ en vez de ‘Miriam’?
—Claro —responde la propia Miriam, la cajera, tanto o más
aburrida que el sexteto—, dijo que le dolía la cabeza y se confundió porque me
quería pedir una aspirina.
—¿Y cuándo el Burro Galarreta pidió que su porción de
papas venga con yapita, a lo que el Nando respondió: “¡acá ta’ tu ‘paya’,
huevonazo!”
—¡También! —responden todos al unísono.
—Entonces el Che sin personas, sin las chicas, sin la
mujer de domingo y, sobre todo, sin Nando, es más aburrido que pegarte a la
televisión en Viernes Santo. Me quito a mi casa —amenaza el Gordo, acabando de
un sorbo lo que resta en su botella de Pepsi, marca auspiciadora del local,
coge su casaca y cuando se dispone a marcharse, Anita, Gina y Marité cruzan el
umbral y toman asiento con sus amigos.
—Esto parece tan divertido como la película que mi tío
nos recomendó alquilar —comenta Anita, burlándose de los gustos
cinematográficos del papá de Marité, mostrando como prueba la videocinta que
contiene Barry Lyndon de
Kubrick.
—¿Por qué llegan tan tarde? —les reclama Coco, como si
hubieran pactado una cita de antemano.
—Porque esa película, aparte de lenta, dura como tres
horas que se hacen interminables —se queja Gina—. Y eso que a mí me encanta
Ryan O’Neal, pero aquí nada que ver con Love-Story.
—No hemos venido a quedarnos mucho rato. Vamos a comer
algo y nos regresamos a la casa de Anita. Haremos una piyamada con un poquito
de tabaco y ron —les informa Marité.
—Mi mamá está muy nerviosa con este asunto de las bombas —recalca
Anita—, por eso quiere que nos juergueemos en casa y no en otro lado.
—¿Podemos participar? —propone Chabelo— Recojo mi piyama
y en un santiamén estoy en tu puerta. De ahí nos bañamos juntos si quieren.
—Ni te asomes si no quieres que mi mamá te arroje pichi
con todo y bacinica —le responde Anita.
—Parece que con esta histeria colectiva nacional pocos
van a salir de casa esta noche —apunta Viche— Ya mañana se olvidan.
—Si pues, no todas tenemos la suerte de salir con alguien
que te haga sentir segura y ese resguardo transmitírselo a tus padres quienes
estarán encantadísimos de que te lleve hasta el fin del mundo —señala Gina.
—¿Acaso te refieres a...? —comenta Marité observando a
Alfredo de reojo.
—Es obvio que me refiero a Caludia —y ahora todas las
miradas se concentran en el ex enamorado—, hoy tenía una cita con su soldadito
británico. La llamé en la tarde y me dijo emocionada que hoy irían al cine,
luego a cenar y más tarde, posiblemente, a bailar.
—¡Por eso estamos jodidos! —refunfuña el Gordo— El país
está a punto de reventar y los milicos pensando en irse de baile.
—Y quizás en culear —agrega malicioso el Cabezón.
—¡Oyeee, no te pases! —estallan las tres amigas.
—¿Por qué se paltean? Yo me refiero a los milicos en
general quienes deberían efectuar mejor su trabajo. Si hubieran barrido al PCR,
mis viejos no estarían pensando a cada rato en largarse del país.
—Pero no metan al ‘inglesito’ en el mismo saco —lo
defiende Anita—, según nos comentó Caludia, él ha venido por unos meses casi en
calidad de observador, así que no tiene vela en este entierro.
—¡Las huevas! —interviene el Gordo— El cojudito aquí no
ha venido de paseo sino como agregado militar, por ende debe estar encuartelado
y no pensando en meterle verija a la hija de un Coronel.
—¿Y
tú qué opinas, Alfredo? —se dirige Coco cruelmente al amigo que le gustaría en
ese momento que la tierra se lo trague.
—Que
siempre habrá personas que sabrán sacarle provecho a una cita y otras que
lamentarán ser tan huevonas...

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