Doña Domitila Orreaga es un personaje tan
anacrónico como su nombre de pila. Una dama cuasi sexagenaria que sólo en las
mañanas permite ver por las calles de la urbanización, su figura menuda y
encorvada, cuando con su peculiar forma de caminar —arrastrando sus sandalias—
recorre las doce cuadras que separan su domicilio del templo de Nuestra Señora
de Guadalupe, ubicado en la avenida del mismo nombre, se confiesa con el
párroco, así no tenga nada grave que revelar, cumple con su penitencia y con el
alma impecable se siente lista para comprar los alimentos del día en el
mercadillo que se encuentra en la avenida Las Sirenas, en el otro extremo de
Cali, y los prepara mientras sigue la programación de una emisora de amplitud
modulada desde una pequeña radio a transistores que permanece debajo de un
retrato enmarcado del Sagrado Corazón de Jesús.
La
familia Orreaga vive frente a la morada de Marco Aurelio Macaya, en la calle
Euskera, poblada de refugiados de origen vasco que huyeron de España durante la
Guerra Civil. El señor Orreaga, buhonero itinerante, vende su mercadería en
todos los pueblos del norte del país, por lo que rara vez se le ve. Perlita es
la hija mayor de la pareja. Se casó con un vecino, Boris Ugarriza, quien por
años la hizo su amante. Tuvo que romper su matrimonio para poder desposarse con
él. Katia, la segunda, acabó el colegio hace un par de años y hace unos meses
enamoró con Carlitos Tabay, prendado de las voluminosas protuberancias que
resaltan su delantera—teniendo la oportunidad de darles una buena mamada— por
lo que se había ganado en el barrio el apelativo de ‘Cicciolina’ o simplemente
‘La Chicho’. Pasada la última Navidad, partió a la casa de una pariente en Los
Ángeles con visa de turista y todavía permanece allí en condición de ilegal.
Toto y Tota, los dos menores, son mellizos y fueron engendrados cuando su
progenitora bordeaba la menopausia. Contemporáneos con Alfredo Lora, hace un
lustro atrás, en época de Carnaval, tuvo problemas con ellos, cuando lanzó un
globazo con agua helada —puesto previamente en la refrigeradora— en la
fisonomía desgarbada de Tota, quien llorando se fue a acusarlo con su mamá.
Como doña Domitila no aceptó la excusa de “Carnaval tiene la culpa, señora”,
emitida con total frescura por el mojador, buscó a doña Elena y le dio las
quejas, repitiéndole la cantaleta como si rezara el rosario. Doña Elena hizo lo
propio con don Genaro, quien cansado del trabajo y del calor de febrero,
minimizó los hechos. “Cosas de chiquillos” y no dictaminó ningún castigo. La
afrenta originó a la semana que Alfredo se liara a golpes con Toto, picado por
lo que había pasado con su hermana. Ambos se repartieron y la gresca acabó sin
ganador, originándose desde ese entonces una abierta animadversión que sin
manifiestos se mantiene hasta el día de hoy.
Esa
mañana de miércoles, doña Domitila se levantó del tálamo con el marido ausente,
a las cinco, como es su costumbre. Aún en penumbra, se arrodilló en el
reclinatorio para efectuar sus plegarias matinales y a su retorno, tras hacer
la pila en el baño, se puso a gritar como loca: “¡Milagro! ¡Milagro! ¡La
Virgen! ¡La Virgen! ¡Se ha aparecido la Virgencita en mi cuarto!” Las señoras
del barrio, las que parecen competir en devoción con la doña, se encargaron de
difundir el prodigio. “¡La Virgen se ha aparecido en la casa de los Orreaga!”,
le informa el Gordo a un Alfredo adormilado por soplarse las dos horas y tantos
que dura The Flight of the Phoenix de
Robert Aldrich en la función de Trasnoche y la novedad, de alguna forma, remece
sus sentimientos heréticos. A las ocho de la mañana, el asunto es comidilla en
el colegio Mariano, al punto que el encuentro de ayer entre Quinto y Cuarto y
la lesión del Negro a Castañón, pasan a segundo plano.
“Al
Negro lo van a sacar del equipo”, anuncia Rasputín con tono lúgubre a los
interesados en el tema. El día anterior, por la noche, Arzú se había reunido
con el Reverendo Padre Rodrich para ponerle en autos sobre lo acontecido en el
partido. A pesar de que el religioso insiste en culpar a Édgar Novaro —y tener
con ello la excusa perfecta para expulsarlo del plantel—, el entrenador saca a
relucir la deferencia que siente por el infractor y se rehúsa a echarle la
culpa, aduciendo que la jugada fue totalmente casual y de esa forma lo va a consignar
en el informe que piensa presentar en la mañana. “Pues igual merece su
irresponsable accionar una sanción. Queda tajantemente prohibido que el alumno
Novaro vuelva a jugar en la selección de fútbol”, dictamina el director a quien
le gusta quedarse siempre con la última palabra. Al día siguiente, antes de
sonar el timbre de entrada, el Monín busca a Rasputín y Tomás y les comunica la
novedad y les muestra la lista de jugadores que conformarán el equipo, teniendo
presencia mayoritaria los estudiantes de Cuarto.
—Ellos
ganaron el partido —justifica.
—¡Mentira,
profe!, la bola jamás ingresó. Yo la despejé de la misma línea —asegura Tomás.
—El
picón de Petrozzi sostiene otra cosa y si ustedes estiman a Édgar conviene que
las aguas se aquieten. Si ese testarudo sigue reclamando y jorobando la pita,
ustedes van a perder más que ganar.
Resignados,
ambos amigos leen los dieciséis nombres que ha escrito el Monín en un papel
cuadriculado. En el arco, Giancarlo Martínez va de titular y de suplente
Chiricuto Beltrán de Tercer Año; Rasputín, Coco, Tomás, Petrozzi y Ross en la
defensa; Bruno, Carlitos, Urquizo, Camacho y Cabieses en el medio; Rulo,
Quiñones, Ordóñez y el habilidoso Andrés Wilson de Tercer Año en la delantera.
Es decir, seis alumnos de Quinto, ocho de Cuarto y dos de Tercero. “Hemos
perdido un huevo”, se lamenta Coco, mientras que el Negro se encoge de hombros.
“Me han vetado de la selección de fútbol, pero no de la de básquet”. Otros que
ven su no convocatoria por el lado amable son Alfredo quien no hará más gala de
su torpeza demoliendo las piernas de sus rivales y Viche quien no tendrá que
sacrificar su sueño vespertino por ir a entrenar. Quien sí se deprime es Nando,
acostumbrado desde la primaria a formar parte de los seleccionados. “Seguro te
llaman más adelante, siempre se necesitan aguateros”, se burla Jonás que
tampoco ha sido —ni aspiraba— ser convocado.
Acabado
el segundo recreo tocan dos horas de clase de Religión, dictadas por el Hermano
Javier Wong, religioso al que Alfredo aprecia por no ser tan dogmático y estar
siempre dispuesto al debate. Recuerda, por ejemplo, una clase del año pasado cuando
el propio religioso cuestionó la veracidad de diversos pasajes del Génesis y
contradiciendo a lo que sostuvo la Iglesia por centurias, les decía a sus
alumnos que se trataban de ‘figuras de explicación’, metáforas que si bien
parten de sucesos veraces —como el origen del mundo o el diluvio universal— no
se podían tomar de manera literal. Animoso de poder prolongar la sesión de
clase con algunos de sus cuestionamientos teológicos como la conformación de la
Trinidad o la herencia del pecado original, el estudiante escucha al Hermano
enunciar, sin ningún atisbo de escepticismo, lo que a esa hora del día es vox
pópuli en todos los colegios religiosos.
—Como
es de dominio público nuestra madre, la Santísima Virgen, acaba de elegir una
casa de Cali como su nueva Cova da Iria.
—¿Es
un hecho confirmado, Hermano? —pregunta Alfredo y el religioso con la sabiduría
oriental heredada de sus ancestros, opta por dudar y ya no se muestra tan
concluyente como el padre Rodrich sobre este asunto.
—No,
queridos alumnos, hasta el momento no tenemos una postura oficial del
arzobispado. A la Iglesia le toma su tiempo investigar y luego pronunciarse
sobre supuestos prodigios, como la licuefacción de la sangre de San Genaro o la
autenticidad del Sagrado Sudario de Turín. Sin embargo —y ahora sí utiliza ese
tono escéptico que Alfredo comenzaba a extrañar—, ante la movilización de
creyentes que están llegando a la calle Euskera movidos por la Fe, es que el
Reverendo Padre Rodrich se ha puesto de acuerdo con los directores de otros
colegios católicos, para cada uno enviar una delegación de estudiantes que le
rinda tributo a la Madre de Dios.
—¿Pero
si todo resulta una falacia? —insiste el alumno hereje, pero el Hermano
prefiere hacer oídos de mercader.
—Por
eso envían a una delegación de alumnos, si todo resulta una farsa, las
instituciones no se exponen oficialmente al ridículo al tratarse de una
supuesta iniciativa estudiantil —le responde Carla Viñas entre murmullos. No le
confiesa que ella misma ha sido involuntaria testigo de la charla entre el
Padre Rodrich y el Hermano Wong en el pasadizo del edificio administrativo,
mientras aguardaba que el psicólogo Elías se desocupara para que le tome un
test vocacional.
—Así
que están a la convocatoria de tontos útiles.
—O
puede que se conviertan en los próximos Lucía, Francisco y Jacinta. ¿No crees
en milagros?
—No
si son de origen cristiano.
Antes
que el Hermano convoque a un proceso de selección, el grupo de Karina Johansen,
Ximena Gálvez y Giannina Thorne se ofrece a llevar el arreglo floral a nombre
del colegio. “¿Se van a dejar ganar por ese trío de cucufatas?”, guapea Rulo
a Marité y Anita, cabezas del grupo con
las que mantienen una abierta rivalidad. “Ellas levantaron la mano primero”,
responde Anita. “Caballero, no siempre se puede ganar”, complementa Marité.
Alfredo observa de reojo a Caludia y se extraña que siendo tan creyente,
permanezca cabizbaja, apuntando no se sabe qué en su cuaderno, en vez de
mostrar interés en el asunto.
—Oye
Gordo —le dice Alfredo en el camino a sus hogares—, desde el balcón de tu casa
debes tener una visión privilegiada de todas las incidencias.
—Cuando
me iba al colegio había un montón de viejas curiosas que llegaban.
—Qué
te parece si después de almuerzo te voy a ver para chismear un poco. Ya sabes,
todo es con fines antropológicos.
—Tengo
planes de ir a la casa de Rosita en la tarde.
—¡Puta
madre! ¿Quién piensa en marcar tarjeta cuando desde tu ventana tienes butaca de
primera fila para el espectáculo que rompe lo monótono del día a día. ¿Por qué
no la llamas y le dices que te vaya a ver?
—¿Estás
loco? Sabes que mi mamá la detesta.
—Madre
sobreprotectora que no soporta que enamoren a su bebé —Tucho se inmiscuye.
—Bueno...
voy un rato a chismear y luego te citas con tu flaca.
—Yo
también me apunto —se aúna Tucho.
—Y
yo —le dice Nando, devorado también por la curiosidad.
A
las cuatro de la tarde, con los binoculares colgando de su cogote, a medida que
Alfredo se acerca a la esquina de la calle Euskera, se le hace más dificultoso
avanzar y llega a un punto que se vuelve imposible. Es tal la marea humana que
imagina a media ciudad congregada en una sola cuadra. Da media vuelta, avanza
unos pasos y se encuentra con Tucho, Nando y su vecino César Paredes, creídos
de que van a observar el mayor prodigio de sus vidas. “Ni cagando vamos a
pasar”, les asegura. Tucho entonces recuerda que la casa del Gordo tiene una
puerta falsa que da a un parque descuidado, colindante con la avenida Las
Sirenas, al costado del local del Mercado Popular, cúbica mole abandonada que
testimonia la ineficiencia del régimen actual, a donde el cuarteto de amigos
llega tras bordear cuatro manzanas. Como esa entrada carece de timbre, tienen
que golpear bien fuerte para que después de buen rato el Gordo les abra. Cuando
se asoman al balcón, ninguno puede creer —y mucho menos contar— la cantidad de
personas apostadas a lo largo de la calle. Sentados en una banca de madera,
intentan con los binoculares atisbar a alguna figura conocida, a pesar que la
humareda de las fritangas, expendidas por los ambulantes que se apropiaron de
la vereda, les dificulta la visión.
—¿Dónde
está la Virgen? —pregunta Nando al otear la fachada de la frente, aguardando al
menos encontrar un halo luminoso.
—Se
apareció en el cuarto de la señora —afirma el Gordo—, allí debe permanecer.
—Calculo
que son unos veinte policías los que custodian la entrada —apunta César,
preguntándose con qué criterio disciernen entre los que pugnan por entrar.
—Quizás
están cobrando entrada —deduce Tucho, imaginando el tremendo negocio y sumando
cuánto sacarían si ellos mismos alquilaran ese balcón por un cuarto de hora a
cada devoto y cuánto más si habilitaran también el filo de la cornisa,
encomendándose a la Virgen para que nadie se caiga.
Después
de observar detenidamente, caen en cuenta que Isidoro Langara, párroco de
origen guipuzcoano, encargado del templo de Nuestra Señora de Guadalupe y
confesor de doña Domitila, es quien decide quienes ingresan y por cuánto tiempo,
acomodándose en el patio interior, justo debajo de la ventana de la alcoba
bendita. Los hombres de prensa, radio y televisión son atendidos por el propio
religioso, pero a nadie se le permite tomar fotografías, asomarse a la sala y
mucho menos subir las escaleras que conducen a la segunda planta.
—¡Gordo,
prende la tele! —exclama Tucho al percatarse que los camarógrafos apostados en
el punto donde Panagra Televisión transmite vía microondas para todo el país,
han ponchado el balcón tras ejecutar un paneo circular por el ambiente.
Puesto
a buen volumen, se informan a través de una reportera bastante fachosa que las
autoridades aguardan la presencia de Monseñor Dámaso Junghans, arzobispo de la
ciudad, para confirmar la veracidad de la aparición. Invitado a un encuentro
episcopal latinoamericano en la capital, se prevé que tomará el vuelo de
Aerolíneas Fawler de las seis de la tarde, arribará media hora después y se
hará presente en la residencia de los Orreaga a las ocho de la noche, a más
tardar.
Las
autoridades políticas y castrenses no pierden la oportunidad de mostrarse
públicamente y declarar ante los medios la emoción que les embarga por
presenciar este suceso maravilloso que profundiza aún más sus convicciones cristianas.
Desfila el prefecto y un par de candidatos a diputados. Un regidor del municipio
no tiene reparos en anunciar que muchos lugares pueden enorgullecerse de
recibir las visitas de cantantes de rock o estrellas de cine, pero poquísimos
tienen el orgullo de recibir a la Madre de Dios, por lo que en el menor de los
plazos se edificará en ese mismo lugar un templo de magníficas dimensiones que
recuerden su presencia entre nosotros.
—Gordo,
puede que declaren tu jato monumento histórico —le dice César, tan alucinado
con todo lo que sucede como ese grupo de predicadores desgreñados y pelucones
quienes advierten que la presencia de la Virgen es una señal de que el fin del
mundo se acerca y hacen circular una versión no autorizada y visiblemente
apócrifa de la Tercera Epístola de Fátima.
—Oye
Alfredo, ¿esa flaca que sale de la casa no es con la que bailabas en el
quinceañero el sábado pasado? —le dice Nando y como si de repente recordara
algo, voltea señalando a Tucho— Y tú, mierda, no te hagas el loco, sigo
esperando que me devuelvas mi camisa lavadita y planchadita.
—Lavadita
y planchadita, petiso, voy a dejar a cada una de tus hermanas.
Alfredo
toma los binoculares y los enfoca en una delegación de jóvenes, quienes
provistos de guitarras y panderetas han venido a cantarle a la Virgen.
Representan a la parroquia de Nuestra Señora de la Misericordia de la
urbanización San Pedro, los cuatro varones visten camisa blanca de manga larga
y pantalón azul marino, las muchachas vestido blanco con un listón de la misma
tonalidad azul alrededor de la cintura. Rocío luce radiante, como tocada por la
gracia divina y el muchacho, sintiendo calidez en su interior, habría sido
capaz en ese momento de abandonar todas sus apostasías si ella voltea y
comparte con él una sonrisa.
—Oye
y ¿quién es el pata que va pegado a su costado? —pregunta Nando y Alfredo
repara que efectivamente su ‘dulcinea’ camina acompañada de un joven unos años
mayor que él, provisto de una barba y melena ensortijada que le recuerdan al
Cat Stevens del disco Tea for the
Tillerman.
—Es
Juan Pablo Nassi, un pata de mi colegio, un par de promociones mayor que yo
—responde César—, del mismo salón que Pepe Peláez. Tiene su banda de rock
cristiano y tocan temas como Spirit in
the Sky o Jesus is Just Alright,
lanzando entre tonada y tonada mensajes antisatánicos. Los curas
siempre lo invitan a que se presente en las kermeses o las verbenas del patio
principal.
—La
que camina detrás de ella, con un cirio que parece tener más altura, es la
chata car’e cobaya que le gusta a Chabelo —chismea Nando.
—¡Esa
es Patty Zalvidea! —señala César— La
conozco bien porque Juan Pablo Montealegre, un pata de mi salón, se caga por
ella. Si su amigo tiene interés, díganle que se apure porque cualquier día de
estos se la monta Montealegre.
—Más
respeto con lo que dices, mira que al frente está la Virgen —lo censura Nando— quien arrebata los binoculares
de las manos de Tucho y vuelve a observar la fachada de la casa— ¿No se
preguntan ustedes cómo será su cara?
—La
he visto miles de veces en templos, pinturas, estampitas —responde el Gordo
quien incluso la ha retratado en un par de ocasiones en los cursos de verano
que ha seguido en Bellas Artes—, su expresión es lánguida y sus párpados caídos,
mira siempre hacia abajo, a ves con dolor, otras con paciencia o conmiseración.
—Siempre
blanca —apunta Alfredo quien vuelve a recuperar los binoculares y los dirige al
grupo parroquial de Rocío, quienes se detienen a un costado y con guitarra y
panderetas comienzan a cantar: “Mientras recorres la vida, tú nunca solo estás,
contigo por el camino, Santa María va”.
—A
veces pálida, otras veces amarillentas. Rafael Sanzio y el Sassoferrato la
pintaban rosácea —agrega el Gordo, haciendo gala de su ilustración pictórica.
—Siempre
europea.
—No
la van a pintar china.
—Pero
podrían plasmarla más semita, con rasgos palestinos, como era en realidad
—prosigue Alfredo—, si en este momento se asomara por la ventana quizá nos
llevaríamos una sorpresa al ver que su fisonomía no es similar a la que nos
tienen acostumbrados. Pensaríamos que se trata de la empleada de la casa.
—¡No
te permito que te expreses así de...!
—¿De
quién? —corta el descreído a César—, ¿de la mujer que nació en Judea hace dos
mil años? ¿Cómo creen que se veía?¡Cómo cualquier judía de esa época! Distinta
a las que se ven en Los Diez Mandamientos
o en Ben-Hur. Todas eran morenas y
tenían muy poco de arias. Si los judíos que los nazis exterminaron en masa eran
medio colorados, se debe a que tras la diáspora se mezclaron con latinos, germanos,
escandinavos y eslavos.
—Si
sigues hablando pichuladas, del cielo va a caer un rayo fulminante que nos va a
pulverizar a todos —interviene Tucho, temeroso de la ira divina.
—Aparte
de la raza, ¿cuál será el aspecto de la Virgen? —persiste Alfredo sin
inmutarse— Lucirá cómo la chiquilla de quince años que quedó preñada por obra y
gracia del Espíritu Santo o cómo una matrona de cincuenta, edad aproximada en
la que vio a su hijo morir en la cruz y ella ascendió a los cielos.
—Yo
pienso que una vez que alcanzó la inmortalidad, la Virgen se despojó de su
materia terrenal y como madre y abogada de toda la humanidad, carece de un
patrón físico definido —argumenta César—, es un ser espiritual que debe manifestarse como
un halo luminoso que luego es representado según las características
etnográficas de quienes tuvieron la dicha de verla. Rubia si se trata de
quienes la presenciaron en Lourdes o morena, mestiza, como la retratada en
Guadalupe.
—Un
ser espiritual que desconoce la risa. Mira que siempre que la caracterizan se
le ve sufrida. Lo mismo sucede con los santos y el propio Jesucristo, que me
pregunto si habrá heredado algo de la fisonomía de su progenitora. No conozco
una sola imagen en la que se la vea sonriente, y no digo riéndose a mandíbula
batiente como aparece su hijo retratado en Nazarín,
película de Luis Buñuel quien era más blasfemo que yo, pero al menos una
sonrisa benévola o complaciente O acaso la risa es propia de sátiros y seres
diabólicos. El culto al sufrimiento y la resignación, un motivo más para que el
cristianismo me desagrade.
—¡Entonces,
huevón, lárgate de aquí! —estalla César— denigra con tus ideas por otro lado y
déjanos a quienes creemos compartir este momento de devoción.
—¡Aguanta,
aguanta! —lo detiene el Gordo— Esta es mi casa y a mí me gusta que las ideas,
así no las comparta, sean discutidas. Yo tampoco soy muy creyente que digamos
Jesús, para mí, era un extraterrestre que llegó a la tierra en una nave que los
antiguos identificaron como la Estrella de Belén y fue crucificado por
enfrentarse a los intereses mundanos. Si estoy perdiendo mi tiempo en este
balcón, ganándome una bronca segura con Rosita, es porque espero que la Virgen
sea otro alienígena y podamos hacer contacto con su nave nodriza.
—¡Estos
huevones no creen! —se lamenta Nando, intentando observar con los binoculares
el arribo al lugar de las señoritas Gálvez, Thorne y Johansen.
La
primera de ellas saca lustre a su condición de hija consentida del burgomaestre
al hacer que lleguen custodiadas por un contingente de guardias municipales,
encargados de abrirles paso entre la muchedumbre. La segunda lleva un enorme
arreglo floral en representación de los estudiantes del colegio Mariano. La
tercera una gargantilla de oro y piedras preciosas en un fino estuche de pana,
adquirido a precio exorbitante en la joyería más exclusiva de la urbe, donada por
algunas damas encopetadas de Cayo Cangrejo, convencidas que cualquier
desembolso es pequeño si se aspira a la salvación eterna. Mientras los comunes
mortales esperan desde tempranas horas ingresar al recinto, ellas con una sola
seña de quien parece ser el edecán del municipio, pasan de inmediato.
—¡Puedes
dejar de hablar como un resentido social! —censura César a Nando— Pareces
miembro del PCR enarbolando la bandera de la igualdad de clases.
—¡Yo
no hablo de reivindicaciones de ningún tipo, huevón! Sólo grafico algo que
estoy viendo. No me parece justo que por ser hija del alcalde, Ximena tenga
preferencias. ¡Allí hay personas que llevan horas esperando!
—¡Así
es la vida! En este mundo siempre habrá gente de arriba y gente de abajo. En
ninguna parte los seres humanos son tratados igual. En países comunistas como
la China o la Unión Soviética, los miembros del politburó y sus familiares
tienen preferencias. Aquí no somos tan hipócritas. ¿Si tu viejo fuera alcalde
no le sacarías también provecho a la situación?
—Oye
César, ¿has venido con ánimo pleitista? —le dice Tucho al vecino de Nando,
recordando las continuas peleas que ambos mantuvieron en el verano cuando
trabajaron en la zapatería de los padres del Gordo vendiendo zapatillas de
marca, sobre todo aquella vez que un joven distraído pagó con un billete grande
y se olvidó de solicitar el vuelto, César reclamó la mitad y Tucho estuvo
dispuesto a entregarle la cuarta parte, pues él había hecho la transacción,
mientras que su compañero estuvo sólo de mirón. Armó tal escándalo que el
asunto llegó a oídos del padre del Gordo quien ‘salomónicamente’ decidió quedarse
con el dinero y advertirles que si no volvían a entregar el vuelto, así el
cliente no lo solicitara, los dos serían despedidos.
—He
venido con ánimo de fe y un poquito de chisme —asegura al llegarle el turno de
observar por los binoculares— Mira, Alfredo, ¿la que allí va no es Caludia?
—menciona a la chica que lo llevó como su pareja a la Fiesta de Pre— ¿Quién es
el milico que la acompaña?
Alfredo
sabe que César busca fastidiarlo, seguro de que el tema Caludia le molesta —lo
cual es cierto—, de ahí que en las dos o tres ocasiones que se vieron luego de
la Fiesta de Pre, éste lo punzara con: “Casi me agarro a tu flaca, huevón”,
“Ella quiso pero yo me hice rogar” o “Si supieras lo que hicimos en su sala
cuando fui a dejarla a su casa, pero no es de caballeros hablar de las
calenturas de una dama”, y otras puyas por el estilo. Sin embargo, a pesar que
se muere de ganas de arrebatarle los binoculares y observar quien es el tipo de
uniforme al cual hace referencia, sabe que no le queda más remedio que fingirse
indiferente.
—Él
la lleva del brazo —apunta Tucho— y parece estar muy contenta.
—Seguro
su padre le eligió a un cadete para que le sirva de chambelán —por fin
interviene Alfredo arrebetándole los prismáticos a Tucho y observar la escena
con bastante detenimiento. Se percata por el uniforme que no se trata de un
cadete, si no de un oficial, de un teniente si conoce algo de rangos.
Físicamente aparenta unos veintitantos años y tiene el mismo tipo que César
Paredes, rubio y de ojos claros. Ella parece sentirse muy a gusto asida de su
brazo. “El sueño de tu padres se haría realidad”, piensa embargado por los
celos. Otea mejor la escena y puede ver que adelante efectivamente va el
coronel Tévez con doña Beatriz, encargados por el General de Brigada de llevar
un enorme arreglo con flores cuya tonalidad asemejan el pabellón patrio.
Aguardan a un costado donde Rocío y su parroquia ahora cantan: “Ave, Ave, Ave
María”, a que la delegación del colegio Mariano salga para ingresar.
—¿Tú
no lo conoces? —insiste César con cierta crueldad.
—Es
el mismo que se lo calzaba a tu vieja —exclama con cierta hostilidad,
aguardando que éste se pique también y le responda con igual o mayor virulencia
y si es posible desahogar a puñetazos la ira que en ese momento le embarga, sin
embargo César, enrojecido como un tomate, solamente le dedica una mirada
furiosa y permanece en silencio. De alguna forma su frase sirvió como antídoto
a tanto veneno.
Los
cinco muchachos siguieron observando el ir y venir de personas hasta que
comenzó la tarde a caer y se encendieron velas para proseguir la vigilia. Hace
buen rato que Caludia, sus padres, Rocío y su grupo parroquial se han marchado.
Nando es el primero en decir que se tiene que marchar. “La tarea de Matemáticas
es para mañana y yo no he hecho ni mierda”. Alfredo y Tucho tampoco y si bien
no tienen intenciones de cumplir con la asignación, deciden retirarse también.
A pesar que desea quedarse un poco más, César no tiene más remedio que
acompañarlos. Vuelven a salir por la puerta falsa y ya en la calle, la
despedida entre Alfredo y su amigo del Celestiano, como es de esperarse, es
casi de compromiso. “Va a pasar buen tiempo para que la mierda se le pase”, le
susurra Tucho cuando se quedan solos y él se encoge de hombros. “¡Qué se vaya a
la puta madre ese huevón!”
A
la mañana siguiente, Marco Aurelio Macaya sale rumbo al colegio. Apenas si
muestra interés en la docena de barrenderos municipales enfrascados en la
recolección de desperdicios. La calle Euskera nunca antes había congregado a
tal multitud, tampoco lo haría después y sólo volvería a captar la atención de
los medios a nivel internacional cuando a mediados de la década siguiente un
comando de terroristas vascos refugiados en una morada al otro extremo de la
cuadra acabaron acribillados por un grupo paramilitar español. A esa hora
solamente aparecen los vecinos que tienen que ir a trabajar o estudiar. Ya no
se ven curiosos venidos de otros lares. La puerta de la casa de los Orreaga
permanece cerrada y para los malpensados podría darles la impresión de hasta
definitivamente clausurada.
La
noche anterior, a causa de la densa neblina en el aeropuerto, Monseñor Junghans
arribó dos horas después de las previstas. Cuando el reloj marcaba las nueve, se
apersonó al escenario de los hechos acompañado de un grupo de religiosos
peritos en milagros y apariciones, comisionados por el propio Cardenal. A las
nueve y veinte el séquito salió de la residencia de los Orreaga con el rostro
taciturno, negándose a brindar declaraciones a los medios y al gentío que
aguardaba con voraz expectativa. Un vocero del Monseñor anunció que dentro de
una hora, en el palacio arzobispal, se realizaría una conferencia de prensa. A
las diez y treinta y cinco el propio vocero propaló a las radios y televisoras
que transmitían en cadena nacional que la tan ansiada aparición de la Virgen
María, redentora de la humanidad, no había acontecido en el hogar mencionado,
ni en la calle, urbanización y en ninguna parte de la ciudad, que todo se debió
a una desafortunada equivocación de la que la Iglesia como institución quedaba impoluta,
que al Monseñor y al propio Cardenal de igual manera les complacía comprobar
que la fe de su rebaño se mantenía efervescente en estos tiempos donde los
marxistas intentan imponer su materialismo dialéctico. “Es la chusma que
necesita creer en algo o en alguien superior que les diga qué hacer con sus
vidas”, rezonga don Genaro, culpable directo de los descreimientos de Alfredo,
observando como la mayoría de la urbe, el noticiero de Panagra Televisión. La
profunda desilusión colectiva no trajo desmanes. Con lágrimas en los ojos,
cesaron las plegarias, se arriaron las pancartas y blasones y se llevaron sus
cánticos a otra parte. Nadie quiso culpar ni exigir explicaciones de un gran
embuste del que alegremente se apresuraron en aceptar. La vergüenza de haber
formado parte de un ridículo colectivo que tuvo repercusiones mundiales, los
hacía sentirse mal consigo mismos. La credulidad debería colocarse entre los
pecados capitales. “Todos fuimos partícipes de esta histeria”, publicó El Heraldo, el diario más importante de
la ciudad, en su editorial del fin de semana y otro reconocido sociólogo salió
a restregar aquello de: “en la masa el coeficiente intelectual baja y la
estupidez se multiplica”, agregando que “la voz del pueblo puede ser la voz de
Dios, pero nunca su razón y menos su verdad”. Sin embargo, el Arzobispado sí
halló a un culpable, el padre Langara, encargado de alimentar la farsa con
algún fin oscuro de notoriedad. Un par de semanas después, se anunció que
dejaba sus labores en el templo de Nuestra Señora de Guadalupe, “por motivos de
salud”, indicándose que partiría con premura a su Guipuzcoa natal.
—Oye,
Gordo, ¿y cuál ha sido la reacción de tu vecina? —pregunta Anita Finobacci,
gozosa por el ridículo que el grupo de la Gálvez le había tocado escenificar.
—¡Nada
se sabe de esa loca de mierda! Con tremendo roche seguro no dejará ver su
espantosa figura por la cuadra durante mucho tiempo —vaticina el Gordo y no le
falta razón. A la noche siguiente, escucha a los vagos de su barrio, reunidos
en la bodega de Mitterrand —quien se había ganado el apodo por hablar con voz
gangosa, como si tuviera el acento del presidente francés—, comentar sobre lo
que en realidad había sucedido en el dormitorio de doña Domitila la madrugada
del miércoles. Tras culminar sus oraciones, arrodillada en el reclinatorio, la
señora dejó de lado la manta con la que se guarecía del frío auroral y se ocupó
en el baño. Al salir se llevó tremenda impresión cuando creyó ver a la Virgen
manifestándose y salió despavorida escaleras abajo en éxtasis místico para
vociferar la ‘buena nueva’. Aparte de sus hijos, el padre Langara fue el único
en ingresar y observar que todo el asunto de la aparición se reducía a la
propia manta de la doña que al caer encima de una silla tomó una forma
caprichosa que en la penumbra le dio la impresión de tratarse de la Madre del
Redentor. En un primer momento intentó desmentir a su fiel feligresa, pero al
verla sometida en tal histeria —acentuada por la falta de marido y sus ansias
de figuración—, decidió seguirle la corriente pensando que se trataría de una
buena estrategia para reavivar la fe de tantos descreídos en estos tiempos
impíos.
—Quien
tuvo una aparición espectacular fue nuestra querida Caludia —comenta Gina—, en
la televisión se le vio muy bien del brazo de ese oficial que estaba para
comérselo a besos. ¿Quién es?
—Es
un amigo que me escribe cartas desde que nos conocimos y yo le respondo
—anuncia lo suficientemente alto como para que todos se enteren en el salón,
mostrando el papel de la misiva que está redactando.
—¿Y
desde cuándo se conocen? —se interesa Marité.
—Desde
el domingo pasado. Acompañé a mi papá a la ceremonia de izamiento de bandera en
el Cuartel y allí me lo presentó.
—¿Y
quién es él? —se interesa Joaquina también.
—En
que lugar se enamoró de ti —se inmiscuye Rulo parafraseando a Perales, siempre
presto a participar en las conversaciones de este grupo.
—Se
llama Stuart Jones, es un teniente inglés enviado a la base de Huaranasi, pero
como agregado militar recorre todas las bases del país. Aquí se va a quedar
hasta el próximo fin de semana y todos los días me envía una carta en inglés la
cual yo misma me encargo de transcribirla al castellano y también mi respuesta
procuro escribirla en los dos idiomas.
—Eres
una especie de Amarilis —interviene el Negro quien a esas alturas ya se olvidó
por completo de la pierna de Castañón, haciendo referencia a la
poetisa que mantuvo una relación espistolar con Lope de Vega.
—Algo
así... Aunque yo no sé escribir poemas y tampoco él. Me envía las letras de los
temas de amor de los Beatles —responde, mostrando orgullosa el primer párrafo
de I Need You.
—¿Y
qué planes tienen para este fin de semana? —insiste Joaquina— ¿Lo vamos a
conocer?
—Seguro
vamos al cine y a tomar un helado. Quizá más tarde podemos juntarnos en una
casa. A Stuart no le gusta mucho salir a bailar a discotecas.
—¡Mira
que ya lo conoces bastante bien! —comenta Gina, mientras que quienes las rodean
emiten silbidos que a Caludia parecen agradarle en vez de contrariarla.
En
todo momento, Alfredo intenta mantenerse ecuánime en un aula donde todo se sabe
de inmediato. “¡Díganles que se callen, no me dejan atender la clase!”,
exclama, cuando todos saben que jamás le van a interesar los ejercicios de la
pizarra. “No es la única que tiene una cita mañana”, le dice Chabelo
palmeándole la espalda. “Sí, amigo mío, ya es tiempo que mañana sea otro
día”.

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