Si bien la oficina del Reverendo Padre Rodrich es la más amplia del Colegio Mariano, la de Lucho Elías es la mejor implementada. Sus paredes enchapadas en madera, piso alfombrado, muebles forrados en cuero y un escritorio de caoba con finos acabados, retratan bien la personalidad de quien allí labora; un personaje muy meticuloso de su vestir y de expresar sus modales, un profesional que por edad y formación guarda distancia con los docentes añosos del plantel. Becado por la Fundación Adenauer, comparte con los profesores Brown y el Vasco Etxeverria, el privilegio de ser los únicos con estudios de posgrado en Europa. Tipo sigiloso que apenas si se deja ver por las instalaciones de la institución, confraterniza con pocos y sólo acepta entrevistas con alumnos y padres de familia, previa cita anticipada.
Elías
es el psicólogo y su oficina con aire
acondicionado, funge de consultorio psicológico. A la hora de entrada, Alfredo
es abordado por Mario Pratts, quien lo conmina a asistir a esa oficina cuando
suene el timbre del recreo. El joven obedece a regañadientes y se aparece en el
momento fijado por la recepción y la secretaria, quien parece todavía no estar
repuesta del susto de ayer, le informa que el psicólogo se encuentra en una
reunión con el director, que no demora y abriéndole la puerta, lo invita a
esperarlo en su consultorio.
Transcurren
los minutos, que Alfredo no lamenta perder pues toca clases de Física con el
‘Zorrillo’ Pomar —curso y profesor que no son de su agrado— y él permanece en
ese ambiente tan pulcro y ordenado que obliga a permanecer quieto por temor a
ajar o desencajar tanta perfección. No sospecha que su espera ha sido pactada con
antelación por el psicólogo, Pratts y el padre Rodrich, con la intención de
intimidar y ablandar al sospechoso principal de la pasada de ayer.
—Buenos
días, señor Lora —saluda Elías al ingresar al espacio con la sigilosidad que le
caracteriza y sin que Alfredo se percate—, lo veo muy absorto en sus
pensamientos, ¿en qué está pensando?
—Pensaba
en cuánto me costaría montar una oficina como esta —responde recuperándose de
la sorpresa.
—Le
costaría bastante. Para eso necesitaría estudiar en una buena universidad, de
esas que se ingresan con un buen promedio ponderado. ¿Usted está dispuesto a
acabar bien la Secundaria?
—Depende
si la Secundaria no acaba conmigo primero.
—¿Tiene
idea de por qué ha sido citado a mi oficina?
A
pesar que lo sabe, prefiere menear negativamente la cabeza. Desde temprano ha
visto salir de su aula a todos los que ayer les prohibieron el ingreso a clases
por llevar el cabello largo. Con unos como Viche y Nando se demoraron poco. Con
otros como el Negro y Tomás, ambos con matrícula condicional, se demoraron más.
Alfredo ha sido dejado para el final.
—A
usted y a varios de sus compañeros ayer se les negó la entrada al colegio. ¿Qué
hizo en toda la mañana? —inquiere el psicólogo.
—Me
fui a mi casa.
—¿Puedo
hacer una llamada y verificar si lo que afirma es verdad?
—Hágalo
si quiere, pero le digo de antemano que no me vieron entrar. Desde que mis
padres me dieron llave he aprendido a entrar y salir sin que nadie se percate.
Ayer, justamente, no quería que las empleadas se dieran cuenta que no me habían
dejado entrar al colegio, si no le iban con el chisme a mi mamá quien seguro me
castigaría... Ahora, si quiere que me castiguen, llame y ponga a mi madre al
tanto de mi falta. Quedarme el fin de semana encerrado en casa no debe ser un
problema para usted.
—Entonces
dígame, qué hizo usted en su casa.
—Nada.
Me encerré en mi cuarto y me puse a ver televisión. El canal del Estado pasa
muy buenas películas en la mañana. ¿Han visto El Gran Silencio con Jean-Louis Trintignant y Klaus Kinski? Es un
western que...
—No
me gustan las películas de vaqueros.
—¿Ni
las italianas?
—Menos.
—No
sabe lo que se pierde.
—Puedo
llamar al canal y verificar si pasaron el filme que menciona —Alfredo se encoge
de hombros, ha visto los avances de la programación y sabe que han pasado ese y
otros spaghetti-western a lo largo de la semana—, puedo llamar también a su
casa, pero para qué perder el tiempo. Señor Lora, su coartada igual carece de
veracidad.
—¿Coartada?
¿Esto se trata de una cita psicológica o de un interrogatorio con la Gestapo?
—Vamos
al grano, señor Lora. Usted y yo sabemos que no estuvo en su casa la mañana de
ayer.
—¿En
dónde estuve entonces?
—Haciéndose
el gracioso, escudado en el más cobarde anonimato, a través de un telefóno. ¿Es
usted consciente de la gravedad y consecuencias de sus actos?
—Yo
no hice nada. Hoy en la mañana todo el mundo comentaba sobre las llamadas
anónimas. El colegio tiene la culpa por no invertir en un rastreador.
—Todas
las sospechas igual recaen sobre su persona, señor Lora. ¿Con quién estaba?
Quizá con alumnos de cuarto año. ¿Podrían ser Lucio Zelaya y Abelardo Quiñones?
—Al
primero lo conozco, al segundo no.
—¿No
estuvo ayer con ellos?
—No
—responde Alfredo con absoluta frialdad.
—Ellos
manifiestan todo lo contrario.
—¿Qué
raro? —exclama, llevando su cinismo a niveles insospechados— ¿Me pregunto por
qué afirmarían algo así? Lucio a la salida me va a tener que dar algunas
explicaciones.
—¿Sabe
Caludia que usted llamó ayer a su progenitora?
—Yo
no molesté a nadie.
—Según
tengo conocimiento —añade el psicólogo, fingiendo apuntar algo en su libreta—
usted tiene una fijación con la señorita Tévez.
—La
única fijación que tengo es con Kathleen Turner.
—Pienso
que tiene tanta necesidad de llamar su atención que no le bastó con molestar a
la madre, necesitaba de una acción más descomunal, no con la intención de
embromar al colegio, si no de involucrar a Caludia y obligarla a someterse a
sus caprichos. Casi un deseo inconsciente de quererla manipular.
Con
cierta perplejidad el joven acepta en parte el diagnóstico de su inquisidor y
por un instante recordó la primera entrevista que sostuvieron un par de años
atrás, en esa misma oficina. “Usted es inteligente, señor Lora, pero demasiado
displicente”, le criticó por tomar a la ligera el test para medir su
coeficiente intelectual en el que pudo sacar un puntaje superior. Esa vez ambos
se ocasionaron una grata impresión. Alfredo pensó que el psicólogo poseía un amplio
criterio, aparte de ser fanático de los Rolling Stones a quienes había visto en
vivo en un concierto en París. “Ver a los Stones, después morir”, le dijo con
plena satisfacción, despertando el respeto de un muchacho que a las justas
había visto a Los Violadores y El Tri presentándose en el coliseo de su ciudad
provinciana. A Elías por su parte, le había impresionado la madurez con la que
ese muchacho se expresaba, quedándole indeleble sus argumentos de que la maldad
es una característica de los seres racionales. “En las personas retrasadas o
con síndrome de Down es imposible hallar un atisbo de malicia. Mientras más
inteligente seas, más malo puedes llegar
a ser. Todos podemos ser bondadosos de manera inconsciente, pero para hacer
daño se necesita pensar”.
—A
mí siempre me ha llamado la atención la inusual precocidad para hacer muchas
cosas.
—Mi
precocidad no es nada comparada con la de los chiquillos que aprenden a
sobrevivir en la calle.
—Yo
pienso que su manera de comportarse tiene nombre de mujer. Usted se acostumbró
a amarla desde muy temprana edad y cuando su relación se rompió, quedó en una
orfandad existencial que lo ha llevado a puertas de convertirse en un
delincuente juvenil.
—Yo
pienso que usted se equivoca. Con Caludia o sin ella, siempre me he conducido
como un caballo desbocado. Que hallamos terminado no significa que haya
desatado mi animadversión a la disciplina o a las normas de la sociedad.
—Por
lo que sé —refiere el psicólogo revisando unos expedientes— la señorita Tévez
ha tenido siempre un buen rendimiento académico, nunca ha tenido problemas
disciplinarios, es responsable y bastante comprometida con todas las
actividades que se le encomiendan. ¿Cómo pudo enamorar con un desadaptado cómo
usted?
—Caludia
no es tan distinta a mí como cree. La conozco mejor que lo que reza en sus
archivos.
—¿Cuántos
años enamoraron?
—Un
poco más de seis años.
—Eso
quiere decir que ustedes enamoran desde que ustedes tenían...
—Ella
nueve años, yo nueve años y meses.
—Esa
precocidad es anormal.
—¿Enfermiza?
—Excéntrica.
¿Cómo es que dos mocosos pueden decidir que se quieren a tan temprana edad?
—Le
digo que con ella tengo varias cosas en común y usted no me hace caso.
—¿Recuerda
el momento exacto en que ambos decidieron que serían enamorados?
—Caludia
y yo compartimos durante dos años consecutivos carpetas vecinas. Al principio
no le hablaba más que para pedirle borrador o lapicero rojo para subrayar los
títulos, pero después que pasamos juntos un cumpleaños de su primo Cañita, todo
cambió y nos dedicábamos a conversar sobre cualquier tema y a intercambiar
cosas. Yo le daba mis cómics de Archi y ella de Susy, ‘secretos del corazón’,
¿conoce usted esas revistas?
—Sí,
en mi infancia también era aficionado a los cómics. Continúe.
—Caludia
era de las de estatura más baja en el salón, pero su cara, su piel, su sonrisa,
para mí representaban la perfección y como suele ocurrir cuando ves en alguien
tantas perfecciones, te enamoras de ella, al menos platónicamente.
—¿La
quiso platónicamente?
—Por
más de un año en el que me conformaba con saber que coincidíamos en gustos y
afinidades, lo que a esa edad se traduce en gustarte y comentar los mismos
programas de la tele.
—¿En
qué momento se animó a declararle su amor?
—Yo
no le declaré nada. Todo ocurrió una noche en una chocolatada nocturna en el
colegio. Yo estaba con Viche y Caludia y Mónica se nos pegaron. Nos pusimos a
jugar ‘Charada’. ¿Sabe cómo se juega ‘Charada’?
—No,
señor Lora, agradecería que me ilustre.
—Se
juega por equipos, en este caso de niños contra niñas. Se trata de adivinar el
título de la película que el equipo rival le dio a tu compañero y que él trata
de darte pistas a través de la mímica.
—Suena
divertido.
—Sí,
lo es. Bueno, el asunto es que no sé a quien se le ocurrió mencionar Melody,
la película de los dos adolescentes que estudian y se enamoran en un colegio de
Londres, rebelándose contra el mundo de los adultos cuando se oponen a su
relación.
—Muy
conveniente para su caso.
—Al
final los dos terminan huyendo por las vías del ferrocarril. ¿La ha visto? —Elías
mueve negativamente la cabeza— A Caludia le encantó y a mí, después de verla cuando
la pasaban por las tardes, también. El asunto es que tras hablar de la trama, a
Caludia se le ocurrió proponerme, delante de Mónica y Viche, que ella y yo
seríamos enamorados, con tanta seriedad que los dos nos la creímos y desde esa
noche a todo aquel que nos preguntaba sí estábamos, no teníamos reparos en
decir que sí.
—Todo
comenzó como una humorada de Caludia.
—Sí.
Puedo admitir sin vergüenza que desde muy temprano, desde antes que tuviéramos
algo, Caludia ya tenía injerencia sobre mí y ella lo sabía. Por eso cuando
propuso públicamente que fuéramos enamorados, sabía que yo estaría de acuerdo,
al igual que si me pedía que me pare de lengua o le trajera queso de la Luna.
—Admite
entonces que ella lo manipulaba.
—Siempre.
Nunca me ha gustado llevarle la contraria.
—Pero
la humorada llegó el momento en que se transformó en una relación genuina. Una
relación que exige un contacto físico entre dos. ¿Recuerda cuándo se dieron su
primer beso?
—Esa
misma noche, antes que su mamá llegara a recogerla, en la puerta del baño de
mujeres.
—¿En
serio? ¿Tan mocosos y ya tenían ganas de intercambiar fluidos bucales?
—Caludia
y yo éramos adictos a las telenovelas mexicanas, argentinas, brasileñas y
venezolanas, ellas te incitan y te enseñan a besar. Caludia besaba muy bien.
Ambos terminábamos con la cara ensalivada.
—¿Se
besaban seguido?
—No
tanto. Creo que en un principio sólo nos besábamos en las noches y eso no
ocurría nunca porque nuestra relación era una relación de mañana, de colegio,
que finalizaba apenas sonaba el timbre de salida. En la tarde, si no había
moros en la costa, conversábamos un ratito por teléfono.
—¿Y
qué dijo su mamá cuando se enteró que a los nueve años ya tenías enamorada?
—En
casa yo no le dije a nadie que tenía enamorada. Era mi juego secreto y no
quería que nadie lo fuera a estropear. El bocón de mi hermano Genaro llegó con
el chisme una tarde, dado que todo el colegio lo sabía, pero mi mamá no le hizo
caso. Tomó la noticia como una candidez de chiquillos, como lo era
efectivamente. Caludia y yo, aparte de pregonar que éramos enamorados, nunca
hicimos nada escandaloso. Ni siquiera íbamos tomados de la mano.
—¿Y
cuál fue la reacción de la madre de Caludia?
—Ella
tampoco se dio por enterada. A fin de año habíamos cumplido cuatro meses de
enamorados y cuando llegó el verano, ni ella ni yo nos frecuentamos, ni
siquiera nos llamamos por teléfono, cada uno por su lado. Volvimos a retomar la
relación al inicio del siguiente año escolar, pero a la profesora Carmela,
nuestra tutora en quinto año de primaria, no le agradó que anduviéramos juntos
en el salón, decidió separarnos y nos envió de extremo a extremo. Fue allí que
nuestro idilio se volvió más serio y siempre que podía, tomaba mi bicicleta e inventaba
cualquier excusa para visitar a Caludia en día de semana, quedándome a tomar
lonche y ver algo de televisión.
—Supongo
que a la madre de Caludia no vería con buenos ojos que frecuentaras su casa.
—Seguro.
Yo nunca le caí bien a la señora Beatriz. Si no corría a escobazos era porque
Caludia le engañó que el colegio había adoptado como medida que los alumnos con
buen rendimiento ayudasen a los de menos a elevar su promedio, así que ella
estaba ‘obligada’ a que el compañero designado, o sea este pechito, de tarde en
tarde la visitara para ayudarlo en sus tareas.
—Hacían
las tareas juntos entonces.
—Es
un decir: Pasábamos la tarde más que nada viendo televisión.
—Pienso
que en algún momento la señora Beatriz llegaría a sospechar de que tus visitas
no eran sólo por estudios. ¿Cómo es que se enteró?
—Por
boca de la profesora Carmela. Ella la citó y le informó que Caludia y yo éramos
más que amigos y que hiciera algo al respecto porque no era muy conveniente que
dos estudiantes de diez años hicieran cosas de grandes.
—¿Y
qué pasó?
—Esa
misma tarde la señora Beatriz le prohibió tajantemente que me volviera a
dirigir la palabra, algo a lo que ella se negó. La señora tomó a su hija y de
las trenzas la llevó a entrevistarse con el sacerdote de su parroquia, algo así
como el consejero espiritual de la familia, lo puso en autos y le pidió que
sacara al Diablo del cuerpo de su niña. El sacerdote intentó conciliar el
asunto, le dijo a Caludia que no quemara etapas, que hiciera las cosas propias
de las niñas de su edad y a la madre le dijo que se tranquilizara, que no era
pecaminoso, y mucho menos diabólico, que una menor se ilusionase con un
compañerito de su edad, que esos eran los riesgos de estudiar en un colegio
mixto, por lo que él seguía siendo partidario de que hombres y mujeres
estudiaran por separado. La señora hizo eco de esta última observación y
amenazo a su hija que si me volvía a dirigir la palabra la sacaba del Colegio
Mariano y la matriculaba en el Virgen de las Mercedes. Caludia no tuvo más
remedio que aceptar la prohibición.
—Con
eso la señora se quedó tranquila.
—¿Tranquilizarse?
¡Qué va! Al día siguiente pidió entrevistarse con el director del colegio, el
padre Fidel Ruz y le armó tremendo escándalo porque en sus narices se
permitieran relaciones inapropiadas. El padre, por supuesto, manifestó que no
sabía nada pero que tomaría medidas al respecto. Incluso citaron a mi mamá para
que interviniera en el asunto.
—¿Y
qué hizo su mamá?
—Ella
y mi papá me hablaron, me repitieron el rollo de que a mis diez años ciertos
compromisos eran inapropiados, que me dedicara a estudiar, a jugar y a otras
cosas de mi edad. Que enamorarse no era malo, pero que esperara hasta que sea
el tiempo apropiado.
—¿Pero
no esperaste?
—No,
porque Caludia tampoco quiso esperar.
—Caludia
le faltó a la promesa que le hizo a su mamá.
—Técnicamente
no. Ella le prometió que no me dirigiría la palabra y cumplió su promesa en lo
que restó de ese año. Comenzó a comunicarse conmigo a través de mensajes
escritos que me entregaba personalmente o me los enviaba con Mónica y Joaquina.
—¿Mensajes?
—Sí,
mensajes en hojas de cuaderno, muchos de los cuales conservo todavía. El
primero de ellos diciéndome pase lo que pase y oponga quien se oponga, ella y
yo seguíamos siendo enamorados. Los demás eran sobre las clases, los
profesores, los amigos y si iba a participar en tal o cual actividad. Yo por mi
parte utilizaba el mismo canal para responderle, comunicarle sobre mis planes y
recomendarle cuales canciones que sonaban en la radio me gustaban para que se
acordase de mí.
—No
rompieron entonces.
—No.
—Imagino
que por las circunstancias tampoco se vieron en el siguiente verano.
—Imposible
vernos, pero yo ya no podía dejar pasar un día sin pensar en ella.
—Al
siguiente año escolar siguieron manteniendo su relación epistolar.
—Ya
no. El primer día, en la formación, Caludia rompió su silencio, me preguntó por
todo lo que había hecho en el verano y que si la había extrañado. Le dije que
sí. “Perfecto, entonces seguimos siendo enamorados”, declaró y yo le dije que
sí. Para ese entonces parecía que la política represiva del plantel hacia
nosotros se había relajado y ya no teníamos a los tutores y al director de
disciplina observando todos nuestros movimientos. Teníamos once años y tanto
Caludia como yo comenzamos a disfrutar de más libertades por parte de nuestros
padres. Ya nos daban permiso para ir al cine o a la casa de una amiga los fines
de semana, ya podíamos pasar más tiempo juntos a la par que comenzaron a
formarse nuevas parejas en el salón, Mónica con Eduardo Andrade o Gina con el
Negro Novaro.
—¡En
sexto de primaria!
—Eran
días románticos. El amor estaba en el aire.
—Supongo
que igual todo lo hacían a espaldas de la señora Beatriz.
—Claro,
o si no la vieja era capaz de armar el mismo bolondrón. Caludia le decía que
iba al cine con Mónica, Marité, Ana y omitía mi nombre, sucedía lo mismo si la
reunión era en casa de una de sus amigas.
—¿En
algún momento la señora aceptó su relación?
—La
tuvo que aceptar a regañadientes, al año siguiente, cuando cursábamos el
primero de secundaria. Una tarde, Paola, la hermana de Caludia, nos sorprendió
besándonos en el parque grande de Cali y le fue con el chisme a su mamá. La
vieja entró en trompo y la quiso cachetear y repetir el mismo ritual de
llevarla ante su consejero espiritual, pero Caludia, que detrás de sus
facciones angelicales esconde un carácter duro y arrebatado, se enfrentó a su
madre y le dijo que ya estaba cansada de mantener nuestra relación en la
penumbra, que ya había conversado con su padre sobre el asunto y el Coronel
Tévez, en ese entonces Comandante, viendo que su hija ya estaba menstruando y
le habían crecido las tetas, daba el visto bueno para que tenga su primer
‘amiguito’ y que era mejor tener al ‘enemigo’ controlado y vigilado dentro de
la casa, que a escondidas y a su libre albedrío en la calle.
—Así
que tuvieron en el padre de Caludia el aliado que necesitaban para poder al fin
oficializar su relación.
—Sí.
Nuestros primeros tres años nos amamos en la clandestinidad.
—Y
volvió a pisar la casa de Caludia.
—Sí,
esta vez contando con Paola como la edecán. No nos dejaba ni un momento a solas
en la sala.
—Acoso
que seguro a usted le debió molestar.
—Ni
crea. La verdad es que la mocosa se hizo mi pata y los tres la pasábamos
requetebién. Figúrese que aún ahora, a dos años de haber terminado con su
hermana, Paola y yo todavía nos tratamos de ‘cuñados’.
—¿Y
la relación con el padre de Caludia, qué tal era?
—Distante
pero cordial. La verdad es que en esos años el padre de Caludia, por su rango
castrense, lo trasladaban por largas temporadas a la zona de emergencia para
luchar contra los guerrilleros del Partido Comunista Revolucionario.
Honestamente, creo que nunca me prestó mucha atención.
—¿Nunca
le insinuó que no se sobrepasase con su hija?
—Nunca.
—¿Y
usted nunca sintió deseos de sobrepasarse?
—Siempre.
—¿Ella
dejaba que usted se sobrepasara?
—A
veces permitía que mi mano se deslizara por sus ondulaciones y cavidades, pero
siempre con la ropa puesta. Si iba más allá me pellizcaba.
—¿Llegaron
a tener relaciones sexuales?
—No.
—No
le creo.
—No
me interesa que me crea.
—¿Me
quiere hacer creer que la precocidad inusual de ambos no los llevó a querer
experimentar con el sexo?
—Yo
quería experimentar, ella no.
—Le
rehuía al contacto físico.
—Casi.
En los primeros tiempos podíamos pasar semanas sin besarnos, sin tan siquiera
abrazarnos y así era yo feliz. Me bastaba con estar a su lado. Había veces que
me moría de ganas de atraparla y estrujarla, pero ella cuando quería se
comportaba peor que un témpano y me paraba en seco. Caludia era quien decidía
cuando podía tocarla y cuando no. Nuestra pasión se desfogaba solamente cuando
ella daba luz verde. Si yo estaba ganoso y la chiquita no, simplemente me las
tenía que aguantar. Esa situación, ese maltrato o ese chantaje me eran
soportables hasta que llegamos a la pubertad y ahí sí que la abstinencia se
volvió una tortura. Su egoísmo carnal se convirtió en el motivo fundamental de
nuestras continuas peleas hasta antes de terminar.
—¿Alguna
vez le propuso a Caludia tener contacto íntimo? —pregunta al notar cómo el
joven se sulfuró al recordar esa arista dolorosa de su relación.
—Creo
que en sexto de primaria y primero de secundaria se lo insinué, a partir de
segundo se lo propuse abiertamente varias veces, pero ella siempre se negó. Su
madre y las lecciones sabatinas de catequesis cumplieron con preservarla virgen
de mí.
—¿Considera
que Caludia todavía conserva su virginidad?
—No
lo sé. Luego de terminar ella sumó dos enamorados más a su estadística. El
último cuatro años mayor que nosotros. Uno no puede mantenerse siempre incólume
a la tentación de la carne.
—¿No
confía en Caludia?
—No
confío en mí, menos voy a confiar en los demás.
—¿Es
usted virgen?
—Si
desea satisfacer su morbosa curiosidad, dejé de serlo en Lamas, a los catorce
años. Mis primos me llevaron al estadio a ver un partido del Tres Coronas y de
ahí nos fuimos a celebrar el triunfo a un burdel, camino al puerto, a espaldas
de la fábrica de la Coca-Cola.
—En
ese entonces usted estaba con Caludia.
—Sí.
—Le
fue infiel.
—Con
putas, varias veces. Pero técnicamente eso no es serle infiel a nadie. Pagar
por un polvo es un desfogue adolescente, casi como correrse una buena paja.
—Mejor
que Caludia se haya abstenido de usted. Pudo contagiarle cualquier enfermedad.
—Hasta
ahora he tenido bastante suerte. En mi primer año burdelero no contraje ni una
miserable gonorrea, y eso que mis amigos y yo tirábamos sin ningún tipo de
protección. Recién tomamos conciencia cuando en los periódicos publicaron los
primeros casos de sida en la ciudad y comenzamos a usar condón, los Tahití o
los Sultán que son los más baratos.
—¿Por
qué Caludia y usted terminaron?
—Supongo
que crecimos y nos dimos cuenta de que el juego había terminado.
—¿Ella
terminó la relación?
—Sí.
Siempre hemos hecho todo en el tiempo y momento que ella ha querido.
—¿Se
enamoró de otro?
—De
Marco Ferrer, estudiante de quinto año. Nosotros estábamos en tercero.
—¿Te
dolió cuándo rompieron?
—Toda
rotura duele.
—¿Todavía la quieres?
—I
just to love her, but I have to kill her... —se lanza a cantar.
—No lo entiendo.
—¡Qué
sí, señor psicólogo!, ¡todavía la quiero!, lo suficiente como para
incapacitarme de esa bajeza de la que usted me quiere inculpar. Lo último que haría
es hacerle daño a quien hasta hoy significa tanto para mí —exclama con voz
quebrada, sin temor a que le crezca la nariz.
—¡Caludiaaa!
—retumba la voz de Paola por toda la casa— Te llama el ‘Huevo duro’ —agrega el
apelativo con el que siempre le ha tomado el pelo por el tono albino de su
epidermis.
—¿Puedes
decirle a tu hermana que sea más prudente? —le reclama Alfredo a Caludia,
apenas se pone al habla— No quiero que tu madre se entere que te sigo llamando.
—Mi
mamá no está... Y a propósito, ¿por qué le tienes miedo? ¿Te le estás
corriendo? ¿Acaso le has hecho algo?
—Esteee...
¿yo?, ¡nada!, sabes que nunca fui santo de su devoción, así que mejor evitarla.
—¿Por
qué me llamas?
—Porque
hoy me contaron lo que sucedió ayer con tu madre en el colegio. El psicólogo
intentó culparme de eso y de todas las pasadas que hicieron ayer.
—¿Estás
seguro que no tienes nada que ver?
—¿Acaso
crees que sí?
—Te
conozco bien y sé que eres capaz de una canallada como esa.
—Pues
te juro que no tengo nada que ver.
—Más
te vale, si no mueres para mí. La bronca que tengo contra mi madre es muy gorda
y no se me va a pasar así nomás.
—Siempre
has sido una persona muy rencorosa.
—Más
bien con buena memoria y muy suspicaz. Por eso yo creo que de alguna forma has
participado en este entuerto. El juramento de un hereje como tú, que no cree en
nada ni en nadie, carece de credibilidad.
—Qué
puedo hacer para demostrarte mi inocencia.
—Eso
es lo más triste de este asunto, a mí no me interesa que hagas nada. Estoy
seguro que tú hiciste esas llamadas, aflorando a ese Alfredo abominable al que
soporté por mucho tiempo hasta que me dije no más.
—¿Abominable
yo?
—¡Sí,
el peor de todos! Durante años soporté que te portaras como un patán, grosero y
vulgar, sin mostrar modales o una pizca de respeto por algo o por alguien.
Siempre te gustó hacerte el payaso, el foco de atención, sin interesarte a
quienes perjudicabas con tus mataperradas.
—En
un principio mis bromas te hacían reír.
—Sí,
cuando éramos niños, pero parece que yo crecí y tú no. Muchas veces intenté
hacerte cambiar, recapacitar o que tomaras las cosas en serio, hasta que un
buen día me cansé y me di cuenta que ya no quería estar más con un perdedor.
—¿Me
consideras un perdedor?
—¡Por
supuesto! Tu rendimiento en los estudios es paupérrimo, te comportas como un
delincuente, estás con matrícula condicional y cualquier día de estos te van a
expulsar del colegio. ¡Qué futuro te espera!
—Espero
llegar vivo de aquí al año 2000.
—Alfredo,
aléjate de mí, por favor. No quiero que me llames, que me hables, ni siquiera
que me mires. Ya había logrado desintoxicarme de ti. ¡Te quiero de nuevo fuera
de mi vida!
—Si
así lo deseas, será cómo tú quieres, Caludia. Siempre todo es cuando a ti se te
da la gana. Me queda al menos el alivio de que nunca más me volverás a humillar...
—¡Idiota!
Caludia
cuelga furiosa el teléfono y Alfredo, por un buen rato, se queda temblando.
Para sobreponerse va a necesitar de más de media cajetilla y de una mezcla
musical de Iron Maiden con Black Sabbath. Llega la madrugada y parece que no va
a conciliar el sueño, agobiado por los magros pensamientos, sin embargo en un
momento piensa que la llamada a doña Beatriz podía por fin liberarlo de una
pasión que el raciocinio le aconsejaba hace rato dejar atrás, que ocho años,
casi la mitad de su vida, influenciado por la omnipresencia de Caludia eran más
que suficiente. “¡Pequeña pendeja, ándate a la mierda!”, se dijo, antes de
quedarse dormido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario