martes, 31 de marzo de 2015

teléfono malogrado


          Nunca antes Alfredo Lora había tenido el cabello tan largo. Su sempiterno look a lo Ringo Starr en plena explosión beat, que le impuso su mamá desde los dos años, le sobrepasa el límite de sus hombros y le agrada. Se mira frente al espejo y piensa: “si mi cabello fuera más lacio y rubio podría parecerme a Brian Jones o al Jimmy Page de los Yardbirds, tal como aparece en el filme Blow-Up de Antonioni, o si descubriera un poco mi frente y se dejara crecer mi barba pelirroja, podría parecerme a Ian Anderson, mejor si ondulara mi cabello sería como Jim Morrison”. Un filósofo griego de la antigüedad sostenía que el cabello largo hacía más bello a los hombres bellos y más feo a los hombres feos, aunque a él poco le interesa la estética, le gusta que su apariencia rebelde se haya acentuado, propio de un discípulo del rock and roll. Con unos padres permisivos que no le van a obligar a cortarse el pelo, no va a ver nada ni nadie que lo obligue a mutilarse un signo esencial de su espíritu libre y creativo.  
            —A ver esos dos angelitos, ¿a dónde creen que van? ¡Vengan para acá! —les ordena el director de disciplina a Alfredo y Marco Aurelio Macaya, apenas traspasan el portal del colegio Mariano.
            —Tranquilo, Gordo, no hay nada que temer —le asegura Alfredo a su amigo. Antes de salir de casa, ambos pusieron sus cabezas bajo el caño del lavatorio y aplanaron sus melenas con litros de agua.
            —Todos los años me hacen la misma jugada y creen que uno no se percata. ¡Pasen para allá dónde están todos los que ‘de un día para otro’ se lavan el pelo por las mañanas.
            —Pero mi cabello está bien corto —arguye el Gordo.   
            —Mira Macaya, con esas mechas estás igualito a Túpac Amaru. Un consejo. Nunca te dejes el pelo largo. En nada te favorece.
            Aceptando la derrota, ambos se reúnen con Chabelo, Coco, Rodrigo, Viche, Rulo, el Negro, Carlitos, Nando, Tomás...  quienes aguardan entre bromas, sentados en el césped, qué va a pasar con ellos.
            —¿Y a Tucho no lo han atrapado? —pregunta el Negro.
            —Ese maricón se cortó el pelo ayer —responde Carlitos—. Dice que así resalta su cara de niño bueno, igualito a Tom Cruise en Top Gun.
            —¡Cállense la boca que no es un día de campo! —les ordena Miguel Pratts— Formen una fila que ahorita los vamos a mandar a sus casas. Y cuidadito de venir mañana con esos pelos. De reincidir tampoco los vamos a dejar a entrar y les vamos a bajar dos puntos en conducta.
            —¡Uy!, qué malos —se burla Tomás.
            —Te cagaron, Chabelo —le dice Rodrigo—. Serás el baterista de una banda de Heavy Metal con la peluca ‘formal’.
            —Oye, no se me había ocurrido esa excusa. Puedo alegar que por motivos laborales estoy ‘obligado’ a llevar el pelo largo.
            —Puedes decir también que es un look familiar —le sugiere Tomás.     
            —Mi viejo es calvo.
            —Pero tu vieja nunca se afeita los sobacos, así que están a mano.
            Otra explosión de carcajadas que obliga al director del plantel, el Reverendo Padre Rodrich, a darles una reprimenda.
            —¡Genial, jóvenes! Sigan festejando. Sobre todo aquellos que tienen matrícula condicional como Novaro, Gómez, Lora... —al detenerse en este último, acentúa el tono afeminado de su voz— A propósito, señor Lora, ¿ya decidió en cuál colegio va a terminar la secundaria?
            Silencio sepulcral ante la mordacidad del religioso y Alfredo responde entre susurros.
            —Uno donde impere el criterio de personas con las hormonas bien definidas.
            —¿Ha dicho algo, señor Lora? —lo reprende el director al escuchar unas risas contenidas.
            —¿Ha visto u oído palabras saliendo de mi boca, padre?
            —Segundo día de clases y está a punto de sobrepasar mi tolerancia. Siga así, lo felicito. Apresure el desenlace de una expulsión anunciada.
            “Segundo día y la guerra está declarada”, piensa Alfredo, trastocando su mirada altanera en una reflexiva cuando le toca, junto a los demás, marchar hacia las puertas del colegio, abiertas de par en par. “¿Y ahora qué hacemos?”, pregunta Nando angustiándose más de lo debido, encontrando inquietud en los estudiantes de los años inferiores, quienes aguardan de los líderes de quinto una solución ante tan incómoda situación. Sin embargo Tomás, muy suelto de huesos, sólo atina a emular al Gran Combo cantando: “¡Pa’fuera, pa’la calle!”
            —No sé qué harán ustedes pero yo me cago de sueño y me quito a jatear a mi casa —anuncia Coco a sabiendas que su mamá le ampara estas faltas.  
            —Yo también me quito a mi jato —se une Rulo—. Le voy a pedir a mi vieja que me rebaje un poco la peluca y listo.
            —Oye Tomás, ¿vamos al Taco? —le propone el Negro a su vecino— Te quedaste debiéndome un par de mesas, ¿recuerdas?
            —Si rememoramos deudas, yo recuerdo que tú me debes un par de cervezas que caerían precisas. Al mediodía debe abrir un solcito chelero.
            —¿Tú, Chabelo, qué vas a hacer? —le pregunta Nando al más pelucón.
            —Despedirme mi pelo tocando batería como Keith Moon. Estoy resignado, pero juro por mis baquetas que éste será el último año que seré vilmente trasquilado.
            —¿Y tú Viche?
            —Me voy a mi casa. Ayer encontré una cinta en el betamax en la que mi viejo grabó el Brasil-Italia de España 82 y lo quiero volver a ver.            
            —Si quieren vamos a mi casa —ofrece el Gordo—, allí tengo una porno de mi tío, preparamos canchita y nos corremos la paja en grupo. ¿Qué opinan?
            —¡Me salvas el pellejo, Gordo! —responde Nando con el alma que le vuelve al cuerpo— Si mi vieja se entera que me han botado del colegio, me saca la mierda y no me deja salir hasta fin de año.
            —Vamos, yo también me apunto —se une Carlitos.
            —¿Y tú, Alfredo, vas con nosotros? —pregunta Nando.
            —¡No!; yo quiero salir de esta mierda de una vez por todas.
            Sin dar mayores explicaciones, Alfredo se aleja de sus compañeros y se acerca a un grupo de muchachos, algunos de pie, otros sentados en la berma, discutiendo en dónde se van a esconder para que sus padres no los castiguen por haberlos botado del colegio. Es el grupo de vagos de cuarto de secundaria.
            —¡Lucio! —llama Alfredo al hermano menor de Tatiana Zelaya, su compañera de clases.
            —¡Habla, Lora! ¡Qué buen bronceado! Has aprovechado muy bien la playa.
            La amistad entre ambos se remonta a un par de veranos atrás cuando llevaron juntos un curso vacacional de computación, ahora inútil por los avances y desarrollo del lenguaje cibernético. En la primera clase, Lucio dibujó obscenidades en el cuaderno de Alfredo y éste no tuvo más remedio que agarrarlo a puñetazos para que el ‘mocoso’ le agarre respeto. Después limaron asperezas e incluso Alfredo se prestó para hacer el papel de celestino para que Lucio se le declarase a Liza Einhardt, una chiquilla menudita, que se le formaban hoyuelos en las mejillas cada vez que sonreía y cuyo padre, natural de Alemania, había formado parte en su juventud de la Hitlerjungend, luchando en la vana defensa de Berlín ante el asedio del mariscal Zhukov. A pesar de las tarjetitas y mensajitos, el amor entre Lucio y Liza no se llegó a consumar, porque si bien había atracción, faltó decisión por parte de él. Sin embargo, el idilio bastó para que Alfredo le cogiera estima a ese mozuelo regordete y vigoroso, que trabajaba desde los doce años, dedicado a la distribución de cajas de cerveza.              
            —Me debes un favor, ¿recuerdas? —le espeta Alfredo y Lucio menea extrañado la cabeza— ¿Recuerdas que te evité pasar el bochorno de tu vida en la casa de Úrsula?
            Lucio ríe de buena gana al rememorar la escena, una tarde de octubre del año pasado, vísperas de la kermés anual del colegio. Alfredo y Coco son designados para organizar el juego del cuy, aquel que consiste en samaquear a un cuy dentro de un balde hasta marearlo y luego dejarlo libre para que corra a esconderse en uno de los ocho casilleros que lo rodean. Gana o ganan quienes hayan apostado al casillero elegido por el roedor. De los alumnos que en sus casas crían cuyes, sólo Úrsula Príncipe, quien hace pocas semanas había sido enamorada de Lucio, se ofreció a prestar uno. “Vayan a recogerlo a mi casa”, les dice y a Alfredo se le ocurre abordar a Lucio a la salida. “Voy a la casa de ‘tu’ flaca, ¿me puedes llevar?” “¿A qué hora has quedado con ella?” “A las cinco”. “¡A las cuatro y media estoy en tu casa!” A la hora convenida el Toyota station-wagon de Lucio se estaciona en la esquina, a una casa de la de Úrsula. “No quiero que piense que todavía me cago por ella, te espero acá”. “Ella nos vio conversar a la salida, va a suponer que me has traído”. “No creo que camine hasta aquí para averiguarlo”. “Pues yo que tú me voy a la otra cuadra”. Y efectivamente, Úrsula salió de casa, cargando de manera maternal un cuy blanco con manchas marrones. “No te creo que hayas venido solo”. Y caminó hacia la esquina, con el cuy en las manos, mirando hacia ambos lados, pero no sorprendió a Lucio. Menos mal le había hecho caso a Alfredo.
            —Así que ahora me quieres cobrar tu oportuna intervención.
            —Un mínimo favor que nada te va a costar.   
            —¿Qué quieres?
            —A tu vieja.
            —¿Qué?
            —Tu vieja es peluquera, háblale para que me corte el pelo, sino gratis, al menos por una bicoca.
            —¿Un precio módico para ti?
            —¿Por qué no?   
            —Porque mi vieja tiene un pésimo concepto de ti. Piensa que eres un vago, drogadicto y bueno para nada.
            —Eso fue porque en el quinceañero de Tatiana yo y los demás rompimos el inodoro y el lavatorio de tu baño, pero ya nuestra etapa vandálica quedó en el pasado.
            —Hay percepciones que nunca cambian.
            —No viene al caso si tu vieja me detesta o no, ella siempre que me ve, me responde con cortesía el saludo con un “qué tal hijito, cómo estás”, y eso me basta para que me corte el pelo. Así que vamos.
            —¿Vamos?
            —¿No quieres que sea tu paño de lágrimas sobre los desplantes que te hace Úrsula en el aula?
            —¡No!
            —¡Qué mierda!, quieras o no igual.
            —Vamos, yo también los acompaño —se cuela Abelardo Quiñones, compañero de clases de Lucio; flaco, cejijunto, esmirriado, de ojos pequeños y vivaces y una sonrisa prominente en la que se refleja su espíritu travieso y energúmeno, alimentado por haber crecido sin reglas a causa de su forzada orfandad, luego que sus progenitores sucumbieron en un accidente aéreo y la crianza corrió a cargo de su abuela, quien por edad no tenía mucho carácter para enmendar.
            —Bueno, vamos, pero se quedan tranquilos. A mí me gusta ver televisión por las mañanas y no me gusta que nadie, ni las moscas, me jodan.


            Son las diez de la mañana y Alfredo está con los dos muchachos de cuarto de secundaria en una habitación con dos camas, una cama poblada de colonias y una ruma de calzoncillos recién lavados y un afiche de Kim Basinger en una de las paredes, con la escena más sugestiva de Nueve Semanas y Media. En la cama donde dormía Tulio, el hermano mayor, abandonada hace un par de años a raíz que emigró a Nueva York a freír patatas en un Burger King, yacen aburridos los dos visitantes, observando cómo el obeso anfitrión se emociona hasta las lágrimas con un cursi episodio de Carrousel, la versión mexicana de Jacinta Pichimahuida, la serie que Alfredo veía en la casa de Caludia, en un inmenso televisor Andrea en blanco y negro cuando cursaban el cuarto año de primaria. Sin nada que conversar, Abelardo le pide a Lucio el teléfono prestado, quien hace un gesto aprobatorio sin despegar su mirada de la pantalla.
            —Aló, buenos días, ¿con la señora Álvarez, por favor?    
            —¿A quién llamas? ¿A la mamá de Mónica Álvarez? —pregunta Alfredo intrigado y Abelardo responde afirmativamente con la cabeza, mientras le pide silencio con el dedo índice en los labios.
            —¿Señora Álvarez? La llamamos del colegio Mariano. Su hijo Hernán acaba de sufrir un terrible accidente. Por travieso se colgó en uno de los arcos de fútbol y se cayó, rompiéndose la cabeza con uno de los postes. Sí, está sangrando una barbaridad. Debe llevarlo al hospital de emergencia. ¿Qué por qué no lo llevamos nosotros? Señora, la obligación del colegio es brindar servicios de educación, no de primeros auxilios. A nosotros no nos importa que todavía no haya preparado el almuerzo. Si no viene a recogerlo, su hijo se va a quedar en un rinconcito desangrándose. ¡Buenos días!
            Abelardo estalla en carcajadas al colgar el auricular ante la sonrisa y el asombro de Alfredo por la sangre fría del bromista. 
            —A ver, hazle la misma pasada a la señora Urquijo —le solicita Lucio, refiriéndose a la madre de un compañero de clases, conocida por ser la narradora de un noticiero vespertino de la localidad. Abelardo vuelve a marcar.
            —¿Aló? ¿Señora Urquijo? La llamamos del colegio Mariano para informarle que su hijo Iván se ha roto la cabeza con una viga. Sí; la herida es bastante profunda. Hay que trasladarlo al hospital. Sí señora, lo tenemos echadito en una camilla, pero no le podemos contener la hemorragia. Ya señora, no se preocupe. Venga rápido por favor que el cholito está embarrando con su sangre toda la oficina. Hasta luego. 
            Nuevo estallido de carcajadas, siendo las más escandalosas las de Lucio, quien lagrimea de gusto como los cocodrilos y aplaude como niño en circo.    
            —¡Llama a la casa de Úrsula Príncipe, ¡de Úrsula Príncipe! —exclama como loco, buscando cobrar una pequeña revancha contra su madre, impulsora para que el romance de Lucio con su hija llegara a su fin.
            —¿Aló? ¿Señora Príncipe? La llamamos del colegio Mariano para pedirle que traiga un paquete de toallas higiénicas a su hija Úrsula. No diga nada, señora. Deje que le explique. Lo que pasa es que Ursulita ha venido al colegio sin toallas y en plena clase de Biología le ha descendido una considerable cantidad de fluidos, ensuciando el piso, la carpeta y... ¡que-qué! ¡Qué Ursulita no ha ido al colegio porque amaneció afiebrada! ¡Oh, disculpe!, ¡la cagué! —exclama colgando el auricular de golpe.
            —¡Puta madre! —se abochorna Lucio— Ojalá no se le ocurra que yo tuve que ver con esta pasada.           
            —Úrsula es muy suspicaz —razona Alfredo—. Si esa vez supuso que me ibas a llevar a su casa, también supondrá que tú hiciste la llamada.
            —Gracias, Alfredo, era lo que necesitaba escuchar.
            —Míralo por el lado amable. Para bien o para mal le das motivos para que piense en ti.
            —Te apuesto que no serías capaz de hacerle una broma pesada a Caludia.
            —A mí Caludia no me interesa, en cambio Úrsula a ti sí.
            —¡Entonces llama! —lo reta dirigiéndole el auricular.
            Alfredo lo piensa, duda por unos segundos, pero viendo que sería divertido burlarse de la cucufatería de la señora, con un brillo diabólico en los ojos se decide a marcar el número.
            —¿Aló, señora Tévez? Le habla el Padre Rodrich. Venga rápido al colegio porque su hija Caludia, en plena clase de Religión, ha caído de bruces al suelo y en medio de convulsiones se ha puesto a blasfemar contra Cristo, nuestro Salvador. No puedo repetir las palabras, señora, pero son bastante soeces. Su mirada está perdida. No se horrorice, señora, por favor no grite. Nada se soluciona agarrándola a cachetadas. Aquí la tenemos amarrada. Hemos llamado a un sacerdote especialista en exorcismos para que le saque a Satanás del cuerpo. Pronto va a arrojar espuma verde y la cabeza se le va a voltear. La esperamos, señora. Dios guarde de usted.   
            Alfredo se apresura en colgar, intentando ocultar su preocupación y nerviosismo. “¿No habré llevado mi broma demasiado lejos?” Abelardo vuelve a tomar el auricular y marca un número dispuesto a superar todas las pasadas anteriores.
            —Colegio Mariano muy buenos días —responde la secretaria con voz amable.
            —¡Escúchame bien, maldita burguesa! —exclama Abelardo con rudeza— el Partido Comunista Revolucionario ha decidido destruir ese colegio, símbolo de la ostentación en un país pobre y oprimido. ¿Entendiste, perra? ¡Hemos colocado una bomba y los vamos a hacer volar en pedacitos! ¡No más insultos a la pobreza! ¡Dinos algo, perra maldita! ¡Dinos tus últimas palabras antes de que estalles y te hagas mierda!
            La secretaria arroja el auricular como si el asa le quemara, llamando la atención de quienes la rodean. No puede dar crédito a lo que ha escuchado. Esmeralda Lingán, una mujer entrada en años, que trabaja en el plantel desde su fundación y funge de tesorera, se acerca para llamarle la atención.
            —Mary, ¿qué te pasa? ¿Por qué tratas el teléfono de esa forma? Mira que este año no tenemos presupuesto para cambiar artefactos.
            —Se-señora Esmeralda, el teléfono insulta, habla de destrucción, ¡de bombas! —responde al borde de un ataque de nervios.
            —¡Déjate de cojudeces! —exclama la señora Lingán, dando rienda suelta al lenguaje soez que la caracteriza cuando está alegre o cuando pierde los estribos— Seguro se equivocaron de número.
            —No señora, mencionaron el colegio.
            —Bueno, olvídalo —le responde minimizando el asunto—, sácales copia a estas facturas que...
            El timbrar del teléfono interrumpe a la tesorera. La secretaria mira con espanto el artefacto y duda en contestar.      
            —¡Qué esperas, muchacha! ¡Contesta que ese timbrar me molesta!
            —Tengo miedo, señora. ¿Y si me vuelven a insultar?
            —Los mandas a la mierda, pues hijita. ¡La boca no sirve solamente para comer!
            —Colegio Mariano, buenos días —contesta la pobre con voz temblorosa.
            —¡Por qué colgaste el teléfono, puta bastarda, sucia y barata! —exclama Abelardo, imitando la voz del Rastrero, el enemigo de Cool McCool— No cometas estupideces que me hagan perder la paciencia, ¿comprendes? ¡Dime, perra, si comprendes!
            —Sí-sí-sí... pero no entiendo todavía que es lo que usted pretende —responde la secretaria, recobrando el aplomo al ver que la señora Esmeralda toma en serio el asunto.
            —A ti no debe interesarte que es lo que yo pretendo, ¡puta! Prepárate porque tú y todo ese colegio de pitucos van a estallar en mil pedazos, ¡zorra sorreparempaiputa!
            Abelardo cuelga bruscamente el teléfono y en el dormitorio de Lucio todo es carcajadas. En las oficinas del colegio en cambio, el gesto de la secretaria llevándose las manos a la boca horrorizada, simboliza la preocupación que se propaga de escritorio en escritorio.
            —¡Estos tipos hablan en serio! ¡Hay una bomba en el colegio! —dice la secretaria a punto de estallar en lágrimas.
            —¡Qué bomba ni ocho cuartos! —exclama la señora Esmeralda, intentando calmar el gallinero— Seguro se trata de una broma pesada que...            
            El teléfono vuelve a timbrar y todas las miradas se concentran en él.
            —¡Por favor!, conteste usted, señora Esmeralda —le solicita la secretaria.
            —¡Aló! —contesta la tesorera con mucha firmeza.          
            —¡A mí me contestas bonito, vieja cabrona! —responde Abelardo, reconociendo la diferencia de edad por el timbre de voz.
            —¡Carajo, qué tal insolencia! ¡Vamos, sé valiente y di quién carajo eres!
            —Me gusta su actitud, vieja filibustera —añade Abelardo al reconocer la voz de la señora Esmeralda, quien el año pasado iba salón por salón sacando a los morosos de los pensiones, entre ellos a él— ‘Ora pro nobis’ y disfrute de lo que le quede de vida. La bomba estallará en cualquier momento.
            Tercera colgada y la señora Esmeralda palidece con el auricular entre las manos.    
            —Puede ser una mala pasada pero también puede ser que vaya en serio. Mary, corre y avísale al padre Rafael. Él sabrá qué hacer.
            Cuarta llamada. Se levanta el auricular pero nadie se anima a contestar.
            —¡Qué pasa, carajo! —exclama Abelardo— ¿La cobardía ahoga las palabras en tu garganta?
            —¡Escúcheme bien, mentecato! —responde el padre Rodrich—, habla el director de esta institución. No tengo conocimiento de cuál es su problema, pero le solicito por la Virgen María que no llame más a molestar. 
            —Cuánto gusto conversar con el dueño del circo y no con los payasos.  
            —¡Dígame, patán, que diablos desea! —endurece el sacerdote la voz.   
            —¡La voluntad del Partido Comunista Revolucionario es volar el colegio Mariano en mil pedazos!
            —¡Por qué quieren cometer barbarie semejante!
            —Servirá como advertencia a los demás colegios religiosos que en nombre de Dios cobran un dineral y trafican con un servicio educativo que en poco supera al que imparten en las escuelas fiscales. Servirá también como aviso para la clase explotadora que sabría que sus hijos no son tan intocables como creían en sus castillos de cristal. ¡Viva nuestro líder, guía espiritual y sendero de luz, el presidente Belisario!
            —¡Viva el presidente Belisario! —gritan Alfredo y Lucio a la señal de Abelardo, aunque el primer comienza a sospechar si ese muchacho desatado sería capaz de volar el colegio si estuviera en posibilidades de hacerlo.
            —¡Ustedes están dementes! —les dice el padre Rodrich.    
            —¡Van a morir, colegio de pituquitos! ¡Larga vida a la lucha armada!
            Colgada la bocina, al director del plantel no le quedan dudas. “¡Hay que llamar a la policía, esto es una emergencia!”. La secretaria llama de inmediato a la Unidad de Detonación de Explosivos. Mario Pratts, pregunta si es necesario evacuar las aulas, a lo que el padre Rodrich responde: “Evitemos el pánico. Esperemos que llegue la policía, Ellos sabrán qué hacer”.       
            Pasan los minutos. Se suceden las llamadas. Llegan las progenitoras de Iván Urquijo y de Hernán Álvarez, preocupadas por el estado de sus vástagos. “¡No, señoras, a sus hijos no les ha pasado nada!”, responden Pratts, deduciendo que todo se trata de una mala pasada. Se aparece doña Beatriz, la madre de Caludia Tévez.
            —¡Quiero ver a mi hija!
            —Su hija está bien, señora —la calma Pratts—, algún graciosito ha hecho una mala jugada.
            —No le ha pasado nada todavía, ¡pero ahora va a conocer realmente quién es su madre! ¡Tráigala de inmediato!
            Pratts no se molesta en pedir explicaciones, se dirige al aula de quinto año, interrumpe la clase de Geopolítica y saca a Caludia del salón. Extrañada, acompaña al director de disciplina y se asusta cuando se topa con la mirada asesina de su madre.
            —Mamá... ¿qué te pasa? —inquiere y como respuesta recibe una sonora bofetada, a la vez que la hala de los cabellos con furia.
            —¡Esa es la formación que te hemos dado! ¡Dónde están tus principios, tus valores, tu amor a Dios! ¡Ven aquí! ¡No te corras! ¡Voy a quitarte a Satanás de encima!”
            Doña Beatriz está tan fuera de sus casillas que se hace necesaria la intervención de Pratts y del Hermano Wong, quien se asoma ante el escándalo. Caludia es separada de su madre y llora sin lograr entender nada de lo que le sucede. Consternada la observa vociferar, sin querer comprender que todo se trata de una broma telefónica. Tienen que repetírselo tres veces más para doblegar la histeria de la señora y poder, por fin, hacerla entrar en razón.  
            —¡Caludita, hija mía! ¡Cuánto lo siento! —exclama doña Beatriz, intentando abrazar a su hija.  
            —¡Suéltame, mamá! ¡Esto no te lo perdonaré jamás! —responde Caludia echándose a correr hacia el campo de fútbol. La madre va tras ella y el propio Mario Pratts, pero es detenido por el padre Rodrich.     
            —¡Venga rápido! ¡Acaba de llegar la policía!
            El director de disciplina mira hacia la entrada y observa el ingreso intempestivo de varios efectivos del Escuadrón de Detonación de Explosivos, cargando armas y equipos, y se apostan en un rincón aguardando las indicaciones de su superior.
            —Buenos días, padre, soy el Capitán Colina para ayudarle —se presenta el oficial a cargo ante el director del Mariano—. ¿Cuántas llamadas amenazantes han recibido?
            —Tantas que hemos perdido la cuenta —se apura en responder la señora Esmeralda—. Nos han estado llamando cada cinco minutos...  
            Vuelve a timbrar el teléfono y el personal del plantel observa al Capitán, quien alzando los brazos les solicita calma.            
            —Conteste usted y sígales la corriente —es la indicación del Capitán para la señora Esmeralda—. No les mencione que nosotros estamos aquí.
            La señora vuelve a contestar con un tímido: “¿Aló?”, mientras que el oficial les hace señas a unos subalternos para que conecten algunos cables para rastrear la llamada telefónica.
            —Ya se te quitó toda la altanería, vieja ladrona. Eres una cerda consumista cuya grasa sirve para engrasar el engranaje de este sistema corrupto que oprime al proletariado.
            —¡Ya me cansaste, infeliz! —estalla la tesorera en cólera— ¡Pronto sabremos quién eres y juro que la vas a pagar caro! 
            —Ya falta poco, vieja cutrera. Te deseamos suerte, suerte, suerte...
            —¡Hijo de puta, mal nacido! —exclama observando al policía que le pide con señas que siga extendiendo la conversación— ¡Te voy a arrancar los huevos!
            —Suerte, suerte, suerte...
            Por enésima vez, Germán cuelga, dejando a la señora Esmeralda derramando lisura del otro lado de la línea.  
            —¿Lo tienes? ¿Lo tienes? —inquiere el Capitán Colina a su subalterno.
            —Lo siento, Capitán. El desgraciado colgó justo cuando faltaba poco.
            —No se preocupe —interviene la señora Esmeralda—, no me cabe duda que van a volver a llamar.
            —Entonces ahí estarán fritos —exclama el Capitán, dándole tres golpes cariñosos al rastreador.
            En la casa de Lucio, sin embargo, todo sigue siendo carcajadas.
            —Eres un maestro, Abelardo —lo felicita el anfitrión—. Este chongo va a ser difícil que alguien lo pueda superar.
            —Yo creo que debemos hacer una última llamada. En este momento deben estar haciéndose la caca de miedo. Le digo que faltan sólo cuatro minutos para que estalle la bomba y todos van a salir volando a la calle.
            —Esa sería la cereza del pastel, ¡llama de una vez! —lo anima Alfredo.
            Abelardo introduce el dedo en el discado. Marca el cinco, el siete, el cero, el cinco de nuevo, el ocho, le falta solamente el nueve, cuando una voz estridente que llega de otra habitación hace que se detenga.
            —¡Lucio! —vocifera la señora Zelaya— Hace rato que tú y tus amigos están que pierden el tiempo con el teléfono! ¡Cómo se nota que a ti las cosas de esta casa no te cuestan! ¡Cuelga que estoy esperando una llamada de tu abuelo!
            —Será mejor que cuelgues, Abelardo, o si no mi vieja nos va a colgar de las bolas —advierte Lucio, sabedor del carácter de su progenitora. 
            Abelardo duda, falta discar un solo número. El último susto sólo le tomaría unos segundos. Se decide seguir adelante, pero es demasiado tarde. Lucio aplasta el botón que cancela la llamada. 
            —¡Qué lástima! —se lamenta el bromista— Nuestra obra maestra quedará inconclusa.          
            —Oye Lucio —cambia Alfredo de tema—, ya que llegó tu viejita, dile que nos corte el pelo.
            —Siempre quieres ver la forma de sacar provecho, ¿no cabrón?  Bueno, espérate que se acabe El Chapulín Colorado y luego bajamos...
            —¡Llamen, malditos desgraciados! —exclama la señora Esmeralda— ¡Llamen para darles su merecido!
            —Han transcurrido más de veinte minutos —calcula el Capitán—, parece que ya se cansaron de jugar.
            —¿Qué hacemos ahora? —pregunta el padre Rodrich.
            —Mire, padre, no me cabe la menor duda de que todo se trata de una broma de mal gusto, pero igual haríamos mal de no tomarla en serio.
            —No le entiendo.
            —Que igual debemos hacer caso de la amenaza porque en estos casos es mejor prevenir que lamentar. Debemos evacuar a todos los alumnos y luego dejar que el escuadrón registre, centímetro por centímetro, todos los rincones del colegio...
            La sugerencia del policía es acatada de inmediato. Los efectivos ingresan salón por salón y dan la orden a profesores y educandos que formen hileras y salgan del lugar en el mayor orden posible, colocándose los útiles encima de sus cabezas en previsión de que ocurriese algo. “¡Vamos!, avancen más rápido, no se aglomeren en los pasadizos”. El rostro de todos los escolares, avanzando a paso presuroso, es una mezcla de pánico y desazón. Sienten que el estómago y el corazón se les hace gelatina en su interior.
            —Se suspenden las clases, ¡abran las puertas!, qué salgan primero los alumnos de primaria —ordena Pratts.
            —Pro-profesor, se me cayeron mis lapiceros —exclama Beto, parándose de improviso.
            —¡Avanza, baboso! —le responde el profesor Derbez— ¡Interrumpes el paso!
            —¡Dios mío! Sé que he faltado y tu sexto mandamiento no he respetado, pero por lo que más quieras, no hagas que muera tan joven y hermoso —implora Tucho.
            —¡Calla, mierda! —recibe la ‘bendición’ de Jonás.           
            —Caludia, ¿qué te pasó la cara? —le pregunta Joaquina a su amiga.
            —¡Nada que te importe! —responde con amargura.
            —Oigan, ese policía, tan alto, tan fornido y varonil, no está nada mal —se da tiempo Mónica de coquetear—. ¡Mírenlo! Es muy amoroso.
            —¡Señoritas! —aulla Pratts— Dejen el barullo para otro momento y apuren el paso. Esto puede ser cuestión de vida o muerte...


            El reloj marca las dos menos diez minutos, la hora de salida de clases. Alfredo Lora se asoma por las inmediaciones del colegio con el cabello muy corto, estilo militar, pues con tal de no ir a la peluquería por un buen tiempo, le pidió a la señora Zelaya que le metiera máquina. Se encuentra con varios grupos de alumnos quienes aguardan hace más de dos horas que sus padres los vengan a recoger. No ve a ninguno de sus compañeros de quinto año, ni siquiera de cuarto que le pueda comentar qué ha sucedido en el colegio esa mañana y él, con calculado cinismo, hacerse el que no sabe nada. Percatándose que la puerta permanece abierta, se anima a ingresar y da una rápida mirada en su interior. Nadie a la vista. Avanza. Piensa por un momento si la mamá de Caludia habrá hecho caso de su llamada. Piensa en Caludia y en lo agradable que de repente emergiera entre las columnas que se erigen entre los pasadizos.
            —¿Qué hace usted aquí, señor Lora? —le dice Mario Pratts a sus espaldas y le sorprende verlo sentado en las gradas de concreto que conducen a la oficina de Orientación y Bienestar del Educando, con un cigarrillo entre los labios cuando el reglamento interno de la institución lo prohíbe.  
            —¿Qué pasó, ‘profe’? —pregunta Alfredo— El colegio parece un pueblo fantasma.
            —Dicen los expertos en criminalística que los malhechores siempre regresan al escenario del crimen y tu presencia les da la razón.
            —¿A qué se refiere, ‘profe’?
            —Puedes hacerte el gracioso, pero por favor no trates de embaucarme que ya estoy viejo para percatarme que te pasas de pendejo.
            —Sigo sin comprenderle.
            —Hay que admitir que la broma les salió redonda y tú figuras entre los candidatos naturales a cargar la culpa, junto con Novaro, Gómez, Campero, Caligari... pero lamentablemente todavía no consigo pruebas para inculparlos. Las llamadas de hoy de hecho fueron efectuadas por una mente fría y calculadora, alguien con experiencia en este tipo de pasadas. Si bien tenemos indicios que apuntan hacia la posibilidad de que hayan sido estudiantes del cuarto año, yo dudo que un muchacho de esa edad sea tan maquiavélico. Estoy convencido que el ‘crimen’ lo perpetró un alumno de quinto que tuvo el tino de llamar a las casas de dos alumnos de cuarto para enredar las pistas si es que se ve involucrado...
            —No sé de que está hablando, pero continúe...
            —La llamada al domicilio de Caludia Tévez refuerza mi hipótesis de que el culpable proviene de su salón. ¡Qué interés pueden tener unos muchachos por hacerle pasar un mal rato a una muchacha de un año más avanzado! ...Ninguno.
            —No menosprecie a Caludia, ‘profe’. Ella tiene jale en todos los años.
            —No lo creo. El molestar a Caludia lleva tu sello indeleble, Alfredo Lora. Una manera burda de llamar la atención de un joven enamorado.
            —¡Yo no estoy enamorado de Caludia!
            —Eso no es lo que he escuchado por ahí. Se sabe que Caludia y usted fueron enamorados. Las paredes de los colegios chicos tienen oídos muy grandes. Pero lo que le hiciste no merece ningún elogio. Vaya que pasó la muchacha un mal rato.
            —¿Qué le pasó a Caludia? —se preocupa Alfredo de súbito.
            —Ya mañana te enterarás —le dice fijándose en su nuevo corte— Te queda bien el pelo corto, ese es tu pasaporte para entrar mañana a clases... pero no por mucho tiempo.
            —¿Qué quiere decir?
            —El padre Rodrich ha decidido por hoy no darle importancia al asunto a causa de la Prensa.
            —¿La Prensa? ¿Vinieron periodistas aquí?
            —La señora Urquijo da las noticias en el noticiero de la tarde. Apenas supo de la bomba, llamó a camarógrafos y reporteros y esta cobertura no creo que le brinde buena publicidad al colegio, por eso el padre ha decidido que lo mejor es dejarlo así, que no trascienda en los medios que nuestros estudiantes son unos energúmenos.
            —Siempre es bueno tener a la televisión de nuestra parte.
            —Sin embargo, yo mañana insistiré que se investigue este tema. Un delito así no puede quedar impune y sentaría un pésimo antecedente en la disciplina de este plantel.
            —Puede encerrarnos como a los cadetes en La Ciudad y los Perros en pos de averiguar quiénes se robaron los exámenes. 
            —Ríete, Lora, mañana me reiré yo. Todo crimen a la larga se descubre y con el concepto que el padre Rodrich tiene de ti, tus días en el colegio Mariano están contados.
            —Usted habla como si quisiera venganza, ‘profe’, eso está mal —continúa Alfredo mostrándose sarcástico. 
            —Márchese a su casa, señor Lora. Ya mañana veremos qué es lo que sucede.
            El muchacho se encoge de hombros y se marcha. ¿La llamará a Caludia? No, es inconveniente forzar las cosas. Si pasó un mal rato, lo mejor es dejar que se aquieten las aguas. “¡Pero su vieja bien se lo merecía por bruja!”

            Cruza el portón y sólo encuentra en la calle a un niño de la primaria, sentado en la berma, balanceando su cuerpo de atrás hacia adelante. Por ser tímido y mestizo, siempre anda solitario, ganándose el apelativo de ‘milamigos’. y todavía tiene que esperar varios minutos para que llegue su padre a recogerlo y llevarlo a Peñasco, hacienda a una hora de camino. Alfredo lo ve tan frágil y tan indefenso, que se coloca a sus espaldas y le grita: “¡booom!”, zarandeándolo de un lado a otro hasta lograr asustarlo. Luego continúa su camino, riéndose de sus faltas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario