Nunca antes
Alfredo Lora había tenido el cabello tan largo. Su sempiterno look a lo Ringo
Starr en plena explosión beat, que le impuso su mamá desde los dos años, le
sobrepasa el límite de sus hombros y le agrada. Se mira frente al espejo y
piensa: “si mi cabello fuera más lacio y rubio podría parecerme a Brian Jones o
al Jimmy Page de los Yardbirds, tal como aparece en el filme Blow-Up de Antonioni, o si descubriera
un poco mi frente y se dejara crecer mi barba pelirroja, podría parecerme a Ian
Anderson, mejor si ondulara mi cabello sería como Jim Morrison”. Un filósofo
griego de la antigüedad sostenía que el cabello largo hacía más bello a los
hombres bellos y más feo a los hombres feos, aunque a él poco le interesa la
estética, le gusta que su apariencia rebelde se haya acentuado, propio de un
discípulo del rock and roll. Con unos padres permisivos que no le van a obligar
a cortarse el pelo, no va a ver nada ni nadie que lo obligue a mutilarse un
signo esencial de su espíritu libre y creativo.
—A ver esos dos angelitos, ¿a dónde
creen que van? ¡Vengan para acá! —les ordena el director de disciplina a
Alfredo y Marco Aurelio Macaya, apenas traspasan el portal del colegio Mariano.
—Tranquilo, Gordo, no hay nada que
temer —le asegura Alfredo a su amigo. Antes de salir de casa, ambos pusieron
sus cabezas bajo el caño del lavatorio y aplanaron sus melenas con litros de
agua.
—Todos los años me hacen la misma
jugada y creen que uno no se percata. ¡Pasen para allá dónde están todos los
que ‘de un día para otro’ se lavan el pelo por las mañanas.
—Pero mi cabello está bien corto
—arguye el Gordo.
—Mira
Macaya, con esas mechas estás igualito a Túpac Amaru. Un consejo. Nunca te
dejes el pelo largo. En nada te favorece.
Aceptando la derrota,
ambos se reúnen con Chabelo, Coco, Rodrigo, Viche, Rulo, el Negro, Carlitos, Nando,
Tomás... quienes aguardan entre bromas,
sentados en el césped, qué va a pasar con ellos.
—¿Y a Tucho
no lo han atrapado? —pregunta el Negro.
—Ese maricón
se cortó el pelo ayer —responde Carlitos—. Dice que así resalta su cara de niño
bueno, igualito a Tom Cruise en Top Gun.
—¡Cállense
la boca que no es un día de campo! —les ordena Miguel Pratts— Formen una fila
que ahorita los vamos a mandar a sus casas. Y cuidadito de venir mañana con
esos pelos. De reincidir tampoco los vamos a dejar a entrar y les vamos a bajar
dos puntos en conducta.
—¡Uy!, qué
malos —se burla Tomás.
—Te cagaron, Chabelo
—le dice Rodrigo—. Serás el baterista de una banda de Heavy Metal con la peluca
‘formal’.
—Oye, no se me había
ocurrido esa excusa. Puedo alegar que por motivos laborales estoy ‘obligado’ a
llevar el pelo largo.
—Puedes
decir también que es un look familiar —le sugiere Tomás.
—Mi viejo es
calvo.
—Pero tu vieja nunca se
afeita los sobacos, así que están a mano.
Otra explosión de carcajadas que obliga al director del
plantel, el Reverendo Padre Rodrich, a darles una reprimenda.
—¡Genial,
jóvenes! Sigan festejando. Sobre todo aquellos que tienen matrícula condicional
como Novaro, Gómez, Lora... —al detenerse en este último, acentúa el tono
afeminado de su voz— A propósito, señor Lora, ¿ya decidió en cuál colegio va a
terminar la secundaria?
Silencio sepulcral ante la mordacidad del religioso y Alfredo
responde entre susurros.
—Uno donde
impere el criterio de personas con las hormonas bien definidas.
—¿Ha dicho algo, señor
Lora? —lo reprende el director al escuchar unas risas contenidas.
—¿Ha visto u oído
palabras saliendo de mi boca, padre?
—Segundo día
de clases y está a punto de sobrepasar mi tolerancia. Siga así, lo felicito.
Apresure el desenlace de una expulsión anunciada.
“Segundo día y la guerra está declarada”, piensa Alfredo,
trastocando su mirada altanera en una reflexiva cuando le toca, junto a los
demás, marchar hacia las puertas del colegio, abiertas de par en par. “¿Y ahora qué hacemos?”, pregunta Nando
angustiándose más de lo debido, encontrando inquietud en los estudiantes de los
años inferiores, quienes aguardan de los líderes de quinto una solución ante
tan incómoda situación. Sin embargo Tomás, muy suelto de huesos, sólo atina a
emular al Gran Combo cantando: “¡Pa’fuera, pa’la calle!”
—No sé qué
harán ustedes pero yo me cago de sueño y me quito a jatear a mi casa —anuncia
Coco a sabiendas que su mamá le ampara estas faltas.
—Yo también
me quito a mi jato —se une Rulo—. Le voy a pedir a mi vieja que me rebaje un
poco la peluca y listo.
—Oye Tomás,
¿vamos al Taco? —le propone el Negro a su vecino— Te quedaste debiéndome un par
de mesas, ¿recuerdas?
—Si
rememoramos deudas, yo recuerdo que tú me debes un par de cervezas que caerían
precisas. Al mediodía debe abrir un solcito chelero.
—¿Tú,
Chabelo, qué vas a hacer? —le pregunta Nando al más pelucón.
—Despedirme mi pelo tocando batería como Keith Moon. Estoy resignado,
pero juro por mis baquetas que éste será el último año que seré vilmente
trasquilado.
—¿Y tú Viche?
—Me voy a mi casa. Ayer
encontré una cinta en el betamax en la que mi viejo grabó el Brasil-Italia de
España 82 y lo quiero volver a ver.
—Si quieren
vamos a mi casa —ofrece el Gordo—, allí tengo una porno de mi tío, preparamos
canchita y nos corremos la paja en grupo. ¿Qué opinan?
—¡Me salvas
el pellejo, Gordo! —responde Nando con el alma que le vuelve al cuerpo— Si mi
vieja se entera que me han botado del colegio, me saca la mierda y no me deja
salir hasta fin de año.
—Vamos, yo
también me apunto —se une Carlitos.
—¿Y tú,
Alfredo, vas con nosotros? —pregunta Nando.
—¡No!; yo quiero salir
de esta mierda de una vez por todas.
Sin dar mayores
explicaciones, Alfredo se aleja de sus compañeros y se acerca a un grupo de
muchachos, algunos de pie, otros sentados en la berma, discutiendo en dónde se
van a esconder para que sus padres no los castiguen por haberlos botado del
colegio. Es el grupo de vagos de cuarto de secundaria.
—¡Lucio!
—llama Alfredo al hermano menor de Tatiana Zelaya, su compañera de clases.
—¡Habla, Lora! ¡Qué
buen bronceado! Has aprovechado muy bien la playa.
La amistad entre ambos
se remonta a un par de veranos atrás cuando llevaron juntos un curso vacacional
de computación, ahora inútil por los avances y desarrollo del lenguaje
cibernético. En la primera clase, Lucio dibujó obscenidades en el cuaderno de
Alfredo y éste no tuvo más remedio que agarrarlo a puñetazos para que el
‘mocoso’ le agarre respeto. Después limaron asperezas e incluso Alfredo se
prestó para hacer el papel de celestino para que Lucio se le declarase a Liza
Einhardt, una chiquilla menudita, que se le formaban hoyuelos en las mejillas
cada vez que sonreía y cuyo padre, natural de Alemania, había formado parte en
su juventud de la Hitlerjungend, luchando en la vana defensa de Berlín ante el
asedio del mariscal Zhukov. A pesar de las tarjetitas y mensajitos, el amor
entre Lucio y Liza no se llegó a consumar, porque si bien había atracción,
faltó decisión por parte de él. Sin embargo, el idilio bastó para que Alfredo
le cogiera estima a ese mozuelo regordete y vigoroso, que trabajaba desde los
doce años, dedicado a la distribución de cajas de cerveza.
—Me debes un
favor, ¿recuerdas? —le espeta Alfredo y Lucio menea extrañado la cabeza— ¿Recuerdas
que te evité pasar el bochorno de tu vida en la casa de Úrsula?
Lucio ríe de buena gana
al rememorar la escena, una tarde de octubre del año pasado, vísperas de la
kermés anual del colegio. Alfredo y Coco son designados para organizar el juego
del cuy, aquel que consiste en samaquear a un cuy dentro de un balde hasta
marearlo y luego dejarlo libre para que corra a esconderse en uno de los ocho
casilleros que lo rodean. Gana o ganan quienes hayan apostado al casillero
elegido por el roedor. De los alumnos que en sus casas crían cuyes, sólo Úrsula
Príncipe, quien hace pocas semanas había sido enamorada de Lucio, se ofreció a
prestar uno. “Vayan a recogerlo a mi casa”, les dice y a Alfredo se le ocurre
abordar a Lucio a la salida. “Voy a la casa de ‘tu’ flaca, ¿me puedes llevar?”
“¿A qué hora has quedado con ella?” “A las cinco”. “¡A las cuatro y media estoy
en tu casa!” A la hora convenida el Toyota station-wagon de Lucio se estaciona
en la esquina, a una casa de la de Úrsula. “No quiero que piense que todavía me
cago por ella, te espero acá”. “Ella nos vio conversar a la salida, va a
suponer que me has traído”. “No creo que camine hasta aquí para averiguarlo”.
“Pues yo que tú me voy a la otra cuadra”. Y efectivamente, Úrsula salió de
casa, cargando de manera maternal un cuy blanco con manchas marrones. “No te
creo que hayas venido solo”. Y caminó hacia la esquina, con el cuy en las
manos, mirando hacia ambos lados, pero no sorprendió a Lucio. Menos mal le
había hecho caso a Alfredo.
—Así que ahora me
quieres cobrar tu oportuna intervención.
—Un mínimo favor que
nada te va a costar.
—¿Qué
quieres?
—A tu vieja.
—¿Qué?
—Tu vieja es
peluquera, háblale para que me corte el pelo, sino gratis, al menos por una
bicoca.
—¿Un precio módico para
ti?
—¿Por qué no?
—Porque mi
vieja tiene un pésimo concepto de ti. Piensa que eres un vago, drogadicto y
bueno para nada.
—Eso fue porque en el
quinceañero de Tatiana yo y los demás rompimos el inodoro y el lavatorio de tu
baño, pero ya nuestra etapa vandálica quedó en el pasado.
—Hay percepciones que
nunca cambian.
—No viene al caso si tu
vieja me detesta o no, ella siempre que me ve, me responde con cortesía el
saludo con un “qué tal hijito, cómo estás”, y eso me basta para que me corte el
pelo. Así que vamos.
—¿Vamos?
—¿No quieres que sea tu
paño de lágrimas sobre los desplantes que te hace Úrsula en el aula?
—¡No!
—¡Qué mierda!, quieras
o no igual.
—Vamos, yo también los
acompaño —se cuela Abelardo Quiñones, compañero de clases de Lucio; flaco,
cejijunto, esmirriado, de ojos pequeños y vivaces y una sonrisa prominente en
la que se refleja su espíritu travieso y energúmeno, alimentado por haber
crecido sin reglas a causa de su forzada orfandad, luego que sus progenitores
sucumbieron en un accidente aéreo y la crianza corrió a cargo de su abuela,
quien por edad no tenía mucho carácter para enmendar.
—Bueno, vamos, pero se
quedan tranquilos. A mí me gusta ver televisión por las mañanas y no me gusta
que nadie, ni las moscas, me jodan.
Son las diez de la
mañana y Alfredo está con los dos muchachos de cuarto de secundaria en una
habitación con dos camas, una cama poblada de colonias y una ruma de
calzoncillos recién lavados y un afiche de Kim Basinger en una de las paredes,
con la escena más sugestiva de Nueve
Semanas y Media. En la cama donde dormía Tulio, el hermano mayor,
abandonada hace un par de años a raíz que emigró a Nueva York a freír patatas
en un Burger King, yacen aburridos los dos visitantes, observando cómo el obeso
anfitrión se emociona hasta las lágrimas con un cursi episodio de Carrousel, la versión mexicana de Jacinta Pichimahuida, la serie que
Alfredo veía en la casa de Caludia, en un inmenso televisor Andrea en blanco y
negro cuando cursaban el cuarto año de primaria. Sin nada que conversar,
Abelardo le pide a Lucio el teléfono prestado, quien hace un gesto aprobatorio
sin despegar su mirada de la pantalla.
—Aló, buenos días, ¿con
la señora Álvarez, por favor?
—¿A quién llamas? ¿A la
mamá de Mónica Álvarez? —pregunta Alfredo intrigado y Abelardo responde
afirmativamente con la cabeza, mientras le pide silencio con el dedo índice en
los labios.
—¿Señora Álvarez? La
llamamos del colegio Mariano. Su hijo Hernán acaba de sufrir un terrible accidente.
Por travieso se colgó en uno de los arcos de fútbol y se cayó, rompiéndose la
cabeza con uno de los postes. Sí, está sangrando una barbaridad. Debe llevarlo
al hospital de emergencia. ¿Qué por qué no lo llevamos nosotros? Señora, la
obligación del colegio es brindar servicios de educación, no de primeros
auxilios. A nosotros no nos importa que todavía no haya preparado el almuerzo.
Si no viene a recogerlo, su hijo se va a quedar en un rinconcito desangrándose.
¡Buenos días!
Abelardo estalla en carcajadas
al colgar el auricular ante la sonrisa y el asombro de Alfredo por la sangre
fría del bromista.
—A ver, hazle la misma
pasada a la señora Urquijo —le solicita Lucio, refiriéndose a la madre de un
compañero de clases, conocida por ser la narradora de un noticiero vespertino
de la localidad. Abelardo vuelve a marcar.
—¿Aló? ¿Señora Urquijo?
La llamamos del colegio Mariano para informarle que su hijo Iván se ha roto la
cabeza con una viga. Sí; la herida es bastante profunda. Hay que trasladarlo al
hospital. Sí señora, lo tenemos echadito en una camilla, pero no le podemos
contener la hemorragia. Ya señora, no se preocupe. Venga rápido por favor que
el cholito está embarrando con su sangre toda la oficina. Hasta luego.
Nuevo estallido de
carcajadas, siendo las más escandalosas las de Lucio, quien lagrimea de gusto
como los cocodrilos y aplaude como niño en circo.
—¡Llama a la
casa de Úrsula Príncipe, ¡de Úrsula Príncipe! —exclama como loco, buscando
cobrar una pequeña revancha contra su madre, impulsora para que el romance de
Lucio con su hija llegara a su fin.
—¿Aló? ¿Señora
Príncipe? La llamamos del colegio Mariano para pedirle que traiga un paquete de
toallas higiénicas a su hija Úrsula. No diga nada, señora. Deje que le
explique. Lo que pasa es que Ursulita ha venido al colegio sin toallas y en
plena clase de Biología le ha descendido una considerable cantidad de fluidos,
ensuciando el piso, la carpeta y... ¡que-qué! ¡Qué Ursulita no ha ido al
colegio porque amaneció afiebrada! ¡Oh, disculpe!, ¡la cagué! —exclama colgando
el auricular de golpe.
—¡Puta madre! —se
abochorna Lucio— Ojalá no se le ocurra que yo tuve que ver con esta pasada.
—Úrsula es
muy suspicaz —razona Alfredo—. Si esa vez supuso que me ibas a llevar a su
casa, también supondrá que tú hiciste la llamada.
—Gracias,
Alfredo, era lo que necesitaba escuchar.
—Míralo por
el lado amable. Para bien o para mal le das motivos para que piense en ti.
—Te apuesto que no
serías capaz de hacerle una broma pesada a Caludia.
—A mí Caludia
no me interesa, en cambio Úrsula a ti sí.
—¡Entonces llama! —lo
reta dirigiéndole el auricular.
Alfredo lo piensa, duda
por unos segundos, pero viendo que sería divertido burlarse de la cucufatería
de la señora, con un brillo diabólico en los ojos se decide a marcar el número.
—¿Aló, señora Tévez? Le
habla el Padre Rodrich. Venga rápido al colegio porque su hija Caludia, en
plena clase de Religión, ha caído de bruces al suelo y en medio de convulsiones
se ha puesto a blasfemar contra Cristo, nuestro Salvador. No puedo repetir las
palabras, señora, pero son bastante soeces. Su mirada está perdida. No se
horrorice, señora, por favor no grite. Nada se soluciona agarrándola a
cachetadas. Aquí la tenemos amarrada. Hemos llamado a un sacerdote especialista
en exorcismos para que le saque a Satanás del cuerpo. Pronto va a arrojar
espuma verde y la cabeza se le va a voltear. La esperamos, señora. Dios guarde
de usted.
Alfredo se apresura en
colgar, intentando ocultar su preocupación y nerviosismo. “¿No habré llevado mi
broma demasiado lejos?” Abelardo vuelve a tomar el auricular y marca un número
dispuesto a superar todas las pasadas anteriores.
—Colegio Mariano muy
buenos días —responde la secretaria con voz amable.
—¡Escúchame bien,
maldita burguesa! —exclama Abelardo con rudeza— el Partido Comunista
Revolucionario ha decidido destruir ese colegio, símbolo de la ostentación en
un país pobre y oprimido. ¿Entendiste, perra? ¡Hemos colocado una bomba y los
vamos a hacer volar en pedacitos! ¡No más insultos a la pobreza! ¡Dinos algo,
perra maldita! ¡Dinos tus últimas palabras antes de que estalles y te hagas
mierda!
La secretaria arroja el
auricular como si el asa le quemara, llamando la atención de quienes la rodean.
No puede dar crédito a lo que ha escuchado. Esmeralda Lingán, una mujer entrada
en años, que trabaja en el plantel desde su fundación y funge de tesorera, se
acerca para llamarle la atención.
—Mary, ¿qué te pasa?
¿Por qué tratas el teléfono de esa forma? Mira que este año no tenemos
presupuesto para cambiar artefactos.
—Se-señora
Esmeralda, el teléfono insulta, habla de destrucción, ¡de bombas! —responde al
borde de un ataque de nervios.
—¡Déjate de
cojudeces! —exclama la señora Lingán, dando rienda suelta al lenguaje soez que
la caracteriza cuando está alegre o cuando pierde los estribos— Seguro se
equivocaron de número.
—No señora,
mencionaron el colegio.
—Bueno,
olvídalo —le responde minimizando el asunto—, sácales copia a estas facturas
que...
El timbrar del teléfono
interrumpe a la tesorera. La secretaria mira con espanto el artefacto y duda en
contestar.
—¡Qué
esperas, muchacha! ¡Contesta que ese timbrar me molesta!
—Tengo
miedo, señora. ¿Y si me vuelven a insultar?
—Los mandas
a la mierda, pues hijita. ¡La boca no sirve solamente para comer!
—Colegio
Mariano, buenos días —contesta la pobre con voz temblorosa.
—¡Por qué
colgaste el teléfono, puta bastarda, sucia y barata! —exclama Abelardo,
imitando la voz del Rastrero, el enemigo de Cool McCool— No cometas estupideces
que me hagan perder la paciencia, ¿comprendes? ¡Dime, perra, si comprendes!
—Sí-sí-sí...
pero no entiendo todavía que es lo que usted pretende —responde la secretaria,
recobrando el aplomo al ver que la señora Esmeralda toma en serio el asunto.
—A ti no debe
interesarte que es lo que yo pretendo, ¡puta! Prepárate porque tú y todo ese
colegio de pitucos van a estallar en mil pedazos, ¡zorra sorreparempaiputa!
Abelardo cuelga
bruscamente el teléfono y en el dormitorio de Lucio todo es carcajadas. En las
oficinas del colegio en cambio, el gesto de la secretaria llevándose las manos
a la boca horrorizada, simboliza la preocupación que se propaga de escritorio
en escritorio.
—¡Estos
tipos hablan en serio! ¡Hay una bomba en el colegio! —dice la secretaria a
punto de estallar en lágrimas.
—¡Qué bomba
ni ocho cuartos! —exclama la señora Esmeralda, intentando calmar el gallinero—
Seguro se trata de una broma pesada que...
El teléfono vuelve a timbrar y todas las miradas se
concentran en él.
—¡Por favor!,
conteste usted, señora Esmeralda —le solicita la secretaria.
—¡Aló!
—contesta la tesorera con mucha firmeza.
—¡A mí me
contestas bonito, vieja cabrona! —responde Abelardo, reconociendo la diferencia
de edad por el timbre de voz.
—¡Carajo,
qué tal insolencia! ¡Vamos, sé valiente y di quién carajo eres!
—Me gusta su actitud,
vieja filibustera —añade Abelardo al reconocer la voz de la señora Esmeralda,
quien el año pasado iba salón por salón sacando a los morosos de los pensiones,
entre ellos a él— ‘Ora pro nobis’ y disfrute de lo que le quede de vida. La bomba
estallará en cualquier momento.
Tercera colgada y la
señora Esmeralda palidece con el auricular entre las manos.
—Puede ser
una mala pasada pero también puede ser que vaya en serio. Mary, corre y avísale
al padre Rafael. Él sabrá qué hacer.
Cuarta llamada. Se
levanta el auricular pero nadie se anima a contestar.
—¡Qué pasa, carajo!
—exclama Abelardo— ¿La cobardía ahoga las palabras en tu garganta?
—¡Escúcheme bien,
mentecato! —responde el padre Rodrich—, habla el director de esta institución.
No tengo conocimiento de cuál es su problema, pero le solicito por la Virgen
María que no llame más a molestar.
—Cuánto gusto conversar
con el dueño del circo y no con los payasos.
—¡Dígame,
patán, que diablos desea! —endurece el sacerdote la voz.
—¡La
voluntad del Partido Comunista Revolucionario es volar el colegio Mariano en
mil pedazos!
—¡Por qué quieren
cometer barbarie semejante!
—Servirá
como advertencia a los demás colegios religiosos que en nombre de Dios cobran
un dineral y trafican con un servicio educativo que en poco supera al que
imparten en las escuelas fiscales. Servirá también como aviso para la clase
explotadora que sabría que sus hijos no son tan intocables como creían en sus
castillos de cristal. ¡Viva nuestro líder, guía espiritual y sendero de luz, el
presidente Belisario!
—¡Viva el presidente
Belisario! —gritan Alfredo y Lucio a la señal de Abelardo, aunque el primer
comienza a sospechar si ese muchacho desatado sería capaz de volar el colegio
si estuviera en posibilidades de hacerlo.
—¡Ustedes están
dementes! —les dice el padre Rodrich.
—¡Van a
morir, colegio de pituquitos! ¡Larga vida a la lucha armada!
Colgada la bocina, al director del plantel no le quedan
dudas. “¡Hay que llamar a la policía, esto es una emergencia!”. La secretaria
llama de inmediato a la Unidad de Detonación de Explosivos. Mario Pratts,
pregunta si es necesario evacuar las aulas, a lo que el padre Rodrich responde:
“Evitemos el pánico. Esperemos que llegue la policía, Ellos sabrán qué
hacer”.
Pasan los minutos. Se suceden las llamadas. Llegan las
progenitoras de Iván Urquijo y de Hernán Álvarez, preocupadas por el estado de
sus vástagos. “¡No, señoras, a sus hijos no les ha pasado nada!”, responden
Pratts, deduciendo que todo se trata de una mala pasada. Se aparece doña
Beatriz, la madre de Caludia Tévez.
—¡Quiero ver
a mi hija!
—Su hija está bien,
señora —la calma Pratts—, algún graciosito ha hecho una mala jugada.
—No le ha pasado nada
todavía, ¡pero ahora va a conocer realmente quién es su madre! ¡Tráigala de
inmediato!
Pratts no se molesta en
pedir explicaciones, se dirige al aula de quinto año, interrumpe la clase de
Geopolítica y saca a Caludia del salón. Extrañada, acompaña al director de
disciplina y se asusta cuando se topa con la mirada asesina de su madre.
—Mamá... ¿qué
te pasa? —inquiere y como respuesta recibe una sonora bofetada, a la vez que la
hala de los cabellos con furia.
—¡Esa es la
formación que te hemos dado! ¡Dónde están tus principios, tus valores, tu amor
a Dios! ¡Ven aquí! ¡No te corras! ¡Voy a quitarte a Satanás de encima!”
Doña Beatriz está tan
fuera de sus casillas que se hace necesaria la intervención de Pratts y del
Hermano Wong, quien se asoma ante el escándalo. Caludia es separada de su madre
y llora sin lograr entender nada de lo que le sucede. Consternada la observa
vociferar, sin querer comprender que todo se trata de una broma telefónica.
Tienen que repetírselo tres veces más para doblegar la histeria de la señora y
poder, por fin, hacerla entrar en razón.
—¡Caludita, hija mía!
¡Cuánto lo siento! —exclama doña Beatriz, intentando abrazar a su hija.
—¡Suéltame,
mamá! ¡Esto no te lo perdonaré jamás! —responde Caludia echándose a correr
hacia el campo de fútbol. La madre va tras ella y el propio Mario Pratts, pero
es detenido por el padre Rodrich.
—¡Venga
rápido! ¡Acaba de llegar la policía!
El director de
disciplina mira hacia la entrada y observa el ingreso intempestivo de varios
efectivos del Escuadrón de Detonación de Explosivos, cargando armas y equipos,
y se apostan en un rincón aguardando las indicaciones de su superior.
—Buenos días, padre,
soy el Capitán Colina para ayudarle —se presenta el oficial a cargo ante el
director del Mariano—. ¿Cuántas llamadas amenazantes han recibido?
—Tantas que hemos
perdido la cuenta —se apura en responder la señora Esmeralda—. Nos han estado
llamando cada cinco minutos...
Vuelve a timbrar el
teléfono y el personal del plantel observa al Capitán, quien alzando los brazos
les solicita calma.
—Conteste
usted y sígales la corriente —es la indicación del Capitán para la señora
Esmeralda—. No les mencione que nosotros estamos aquí.
La señora vuelve a
contestar con un tímido: “¿Aló?”, mientras que el oficial les hace señas a unos
subalternos para que conecten algunos cables para rastrear la llamada
telefónica.
—Ya
se te quitó toda la altanería, vieja ladrona. Eres una cerda consumista cuya
grasa sirve para engrasar el engranaje de este sistema corrupto que oprime al
proletariado.
—¡Ya me cansaste,
infeliz! —estalla la tesorera en cólera— ¡Pronto sabremos quién eres y juro que
la vas a pagar caro!
—Ya falta
poco, vieja cutrera. Te deseamos suerte, suerte, suerte...
—¡Hijo de
puta, mal nacido! —exclama observando al policía que le pide con señas que siga
extendiendo la conversación— ¡Te voy a arrancar los huevos!
—Suerte, suerte,
suerte...
Por enésima vez, Germán
cuelga, dejando a la señora Esmeralda derramando lisura del otro lado de la
línea.
—¿Lo tienes?
¿Lo tienes? —inquiere el Capitán Colina a su subalterno.
—Lo siento, Capitán. El
desgraciado colgó justo cuando faltaba poco.
—No se
preocupe —interviene la señora Esmeralda—, no me cabe duda que van a volver a
llamar.
—Entonces
ahí estarán fritos —exclama el Capitán, dándole tres golpes cariñosos al
rastreador.
En la casa de Lucio, sin embargo, todo sigue siendo
carcajadas.
—Eres un
maestro, Abelardo —lo felicita el anfitrión—. Este chongo va a ser difícil que
alguien lo pueda superar.
—Yo creo que
debemos hacer una última llamada. En este momento deben estar haciéndose la
caca de miedo. Le digo que faltan sólo cuatro minutos para que estalle la bomba
y todos van a salir volando a la calle.
—Esa sería la cereza
del pastel, ¡llama de una vez! —lo anima Alfredo.
Abelardo introduce el
dedo en el discado. Marca el cinco, el siete, el cero, el cinco de nuevo, el
ocho, le falta solamente el nueve, cuando una voz estridente que llega de otra
habitación hace que se detenga.
—¡Lucio! —vocifera la
señora Zelaya— Hace rato que tú y tus amigos están que pierden el tiempo con el
teléfono! ¡Cómo se nota que a ti las cosas de esta casa no te cuestan! ¡Cuelga
que estoy esperando una llamada de tu abuelo!
—Será mejor
que cuelgues, Abelardo, o si no mi vieja nos va a colgar de las bolas —advierte
Lucio, sabedor del carácter de su progenitora.
Abelardo duda, falta discar un solo número. El último
susto sólo le tomaría unos segundos. Se decide seguir adelante, pero es
demasiado tarde. Lucio aplasta el botón que cancela la llamada.
—¡Qué
lástima! —se lamenta el bromista— Nuestra obra maestra quedará inconclusa.
—Oye Lucio
—cambia Alfredo de tema—, ya que llegó tu viejita, dile que nos corte el pelo.
—Siempre
quieres ver la forma de sacar provecho, ¿no cabrón? Bueno, espérate que se acabe El Chapulín Colorado y luego bajamos...
—¡Llamen,
malditos desgraciados! —exclama la señora Esmeralda— ¡Llamen para darles su
merecido!
—Han
transcurrido más de veinte minutos —calcula el Capitán—, parece que ya se
cansaron de jugar.
—¿Qué
hacemos ahora? —pregunta el padre Rodrich.
—Mire,
padre, no me cabe la menor duda de que todo se trata de una broma de mal gusto,
pero igual haríamos mal de no tomarla en serio.
—No le entiendo.
—Que igual debemos
hacer caso de la amenaza porque en estos casos es mejor prevenir que lamentar.
Debemos evacuar a todos los alumnos y luego dejar que el escuadrón registre,
centímetro por centímetro, todos los rincones del colegio...
La sugerencia del
policía es acatada de inmediato. Los efectivos ingresan salón por salón y dan
la orden a profesores y educandos que formen hileras y salgan del lugar en el
mayor orden posible, colocándose los útiles encima de sus cabezas en previsión
de que ocurriese algo. “¡Vamos!, avancen más rápido, no se aglomeren en los
pasadizos”. El rostro de todos los escolares, avanzando a paso presuroso, es
una mezcla de pánico y desazón. Sienten que el estómago y el corazón se les
hace gelatina en su interior.
—Se suspenden las
clases, ¡abran las puertas!, qué salgan primero los alumnos de primaria —ordena
Pratts.
—Pro-profesor,
se me cayeron mis lapiceros —exclama Beto, parándose de improviso.
—¡Avanza, baboso! —le
responde el profesor Derbez— ¡Interrumpes el paso!
—¡Dios mío! Sé que he
faltado y tu sexto mandamiento no he respetado, pero por lo que más quieras, no
hagas que muera tan joven y hermoso —implora Tucho.
—¡Calla, mierda!
—recibe la ‘bendición’ de Jonás.
—Caludia, ¿qué te pasó
la cara? —le pregunta Joaquina a su amiga.
—¡Nada que
te importe! —responde con amargura.
—Oigan, ese policía,
tan alto, tan fornido y varonil, no está nada mal —se da tiempo Mónica de
coquetear—. ¡Mírenlo! Es muy amoroso.
—¡Señoritas!
—aulla Pratts— Dejen el barullo para otro momento y apuren el paso. Esto puede
ser cuestión de vida o muerte...
El reloj marca las dos menos diez minutos, la hora de
salida de clases. Alfredo Lora se asoma por las inmediaciones del colegio con
el cabello muy corto, estilo militar, pues con tal de no ir a la peluquería por
un buen tiempo, le pidió a la señora Zelaya que le metiera máquina. Se
encuentra con varios grupos de alumnos quienes aguardan hace más de dos horas
que sus padres los vengan a recoger. No ve a ninguno de sus compañeros de
quinto año, ni siquiera de cuarto que le pueda comentar qué ha sucedido en el
colegio esa mañana y él, con calculado cinismo, hacerse el que no sabe nada.
Percatándose que la puerta permanece abierta, se anima a ingresar y da una
rápida mirada en su interior. Nadie a la vista. Avanza. Piensa por un momento
si la mamá de Caludia habrá hecho caso de su llamada. Piensa en Caludia y en lo
agradable que de repente emergiera entre las columnas que se erigen entre los
pasadizos.
—¿Qué hace
usted aquí, señor Lora? —le dice Mario Pratts a sus espaldas y le sorprende
verlo sentado en las gradas de concreto que conducen a la oficina de
Orientación y Bienestar del Educando, con un cigarrillo entre los labios cuando
el reglamento interno de la institución lo prohíbe.
—¿Qué pasó,
‘profe’? —pregunta Alfredo— El colegio parece un pueblo fantasma.
—Dicen los expertos en
criminalística que los malhechores siempre regresan al escenario del crimen y
tu presencia les da la razón.
—¿A qué se
refiere, ‘profe’?
—Puedes hacerte el
gracioso, pero por favor no trates de embaucarme que ya estoy viejo para
percatarme que te pasas de pendejo.
—Sigo sin comprenderle.
—Hay que admitir que la
broma les salió redonda y tú figuras entre los candidatos naturales a cargar la
culpa, junto con Novaro, Gómez, Campero, Caligari... pero lamentablemente
todavía no consigo pruebas para inculparlos. Las llamadas de hoy de hecho
fueron efectuadas por una mente fría y calculadora, alguien con experiencia en
este tipo de pasadas. Si bien tenemos indicios que apuntan hacia la posibilidad
de que hayan sido estudiantes del cuarto año, yo dudo que un muchacho de esa
edad sea tan maquiavélico. Estoy convencido que el ‘crimen’ lo perpetró un
alumno de quinto que tuvo el tino de llamar a las casas de dos alumnos de
cuarto para enredar las pistas si es que se ve involucrado...
—No sé de
que está hablando, pero continúe...
—La llamada al
domicilio de Caludia Tévez refuerza mi hipótesis de que el culpable proviene de
su salón. ¡Qué interés pueden tener unos muchachos por hacerle pasar un mal
rato a una muchacha de un año más avanzado! ...Ninguno.
—No menosprecie a
Caludia, ‘profe’. Ella tiene jale en todos los años.
—No lo creo.
El molestar a Caludia lleva tu sello indeleble, Alfredo Lora. Una manera burda
de llamar la atención de un joven enamorado.
—¡Yo no estoy enamorado
de Caludia!
—Eso no es
lo que he escuchado por ahí. Se sabe que Caludia y usted fueron enamorados. Las
paredes de los colegios chicos tienen oídos muy grandes. Pero lo que le hiciste
no merece ningún elogio. Vaya que pasó la muchacha un mal rato.
—¿Qué le
pasó a Caludia? —se preocupa Alfredo de súbito.
—Ya mañana
te enterarás —le dice fijándose en su nuevo corte— Te queda bien el pelo corto,
ese es tu pasaporte para entrar mañana a clases... pero no por mucho tiempo.
—¿Qué quiere decir?
—El padre Rodrich ha
decidido por hoy no darle importancia al asunto a causa de la Prensa.
—¿La Prensa? ¿Vinieron
periodistas aquí?
—La señora Urquijo da
las noticias en el noticiero de la tarde. Apenas supo de la bomba, llamó a
camarógrafos y reporteros y esta cobertura no creo que le brinde buena
publicidad al colegio, por eso el padre ha decidido que lo mejor es dejarlo
así, que no trascienda en los medios que nuestros estudiantes son unos
energúmenos.
—Siempre es bueno tener
a la televisión de nuestra parte.
—Sin
embargo, yo mañana insistiré que se investigue este tema. Un delito así no
puede quedar impune y sentaría un pésimo antecedente en la disciplina de este
plantel.
—Puede encerrarnos como
a los cadetes en La Ciudad y los Perros
en pos de averiguar quiénes se robaron los exámenes.
—Ríete, Lora, mañana me
reiré yo. Todo crimen a la larga se descubre y con el concepto que el padre
Rodrich tiene de ti, tus días en el colegio Mariano están contados.
—Usted habla
como si quisiera venganza, ‘profe’, eso está mal —continúa Alfredo mostrándose
sarcástico.
—Márchese a
su casa, señor Lora. Ya mañana veremos qué es lo que sucede.
El muchacho se encoge
de hombros y se marcha. ¿La llamará a Caludia? No, es inconveniente forzar las
cosas. Si pasó un mal rato, lo mejor es dejar que se aquieten las aguas. “¡Pero
su vieja bien se lo merecía por bruja!”
Cruza el portón y sólo encuentra
en la calle a un niño de la primaria, sentado en la berma, balanceando su
cuerpo de atrás hacia adelante. Por ser tímido y mestizo, siempre anda
solitario, ganándose el apelativo de ‘milamigos’. y todavía tiene que esperar
varios minutos para que llegue su padre a recogerlo y llevarlo a Peñasco,
hacienda a una hora de camino. Alfredo lo ve tan frágil y tan indefenso, que se
coloca a sus espaldas y le grita: “¡booom!”, zarandeándolo de un lado a otro
hasta lograr asustarlo. Luego continúa su camino, riéndose de sus faltas.

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