El fútbol forma parte indesligable en la vida
de los aficionados. Hinchar por un equipo, llevar sus colores en el corazón y
la piel, se convierte en un pacto de amor que sólo se rompe en la tumba,
dedicándole una fidelidad absoluta que no se la prodigas ni a tu seres
queridos. Alfredo es de esos fanáticos que disfruta o sufre con los resultados
del Tres Coronas. Si gana, la euforia lo acompaña durante todo el domingo, si
pierde, la depresión se prolonga a lo largo de la semana, hasta que se dispute
la próxima fecha del campeonato. Ayer, ni la impresión que le ocasionó la
increíble resurrección del Viejo, lo distrajo de la transmisión radial desde el
estadio del club de sus amores. Enfrentaban al Rosandino, un rival ganable,
ideal para levantar cabeza tras perder el domingo pasado frente al Sporting
Rambler. El partido acabó igualado sin abrir el marcador y con ello el Tres
Coronas quedaba relegado a la mitad de la tabla de posiciones. “¡Ese Amaraldo
es una basura!”, se lamenta Tomás, otro de los hinchas de la institución
albiverde, reunido en un rincón del aula con Viche, Nando, el Cabezón y
Carlitos, quienes comparten la misma desazón. El centro delantero brasileño que
el equipo ha contratado en la presente temporada, se falló goles increíbles,
consecuente con su rendimiento en las cuatro fechas anteriores en las que
tampoco se ha hecho presente en el marcador. “¡Para contratar cagadas nadie nos
gana!”, añade Viche, siendo conocida la corrupción de los dirigentes del club,
quienes aceptan que jugadores mediocres vistan sus colores a cambio de un
grueso porcentaje de la transacción, depositado en sus cuentas bancarias en el
extranjero. En el otro extremo del aula, se ubica la cofradía del University,
el eterno rival, conformada por Coco, Rulo, el Negro y Diego Merino, quienes
observan con una sonrisa burlona a los de la otra facción, viendo que su equipo
está cómodo en la punta, a dos unidades del segundo en la tabla. “Ríanse,
nomás, que este domingo nos vemos las caras”, los emplaza Carlitos, trayendo a
colación que faltan siete días para jugarse el partido más importante del
balompié nacional, el clásico de los clásicos, que para las dos hinchadas más
numerosas del país, representa un pasaporte a la gloria o al infierno. Tocan la
puerta y Rasputín le solicita permiso al profesor Boz para ingresar al salón,
tras haberse reunido con el entrenador Arzú en su despacho.
—¡Muchachos,
mañana jugamos! —comenta a sus compañeros, apenas toma asiento.
—¿Contra
quiénes nos enfrentamos? —inquiere Rulo.
—Contra
Los Cipreses —responde.
—¿De
locales o de visita? —pregunta Tomás.
—De
visita, en la punta del cerro.
—El
año pasado jugamos allí y es una cancha terrible. Perdimos cinco a tres —rememora
Rulo.
—Perdimos
porque nos mariconeamos —apunta el Negro quien estuvo en la banca como arquero
suplente en ese encuentro—, no soportamos la presión del público que asistió.
—Nos
insultaron feo y se la agarraron con Toño Centella —añade Coco, mencionando al
mejor jugador de ese equipo, egresado con la promoción del año pasado, y que
sacándole provecho a su velocidad (estableció en el colegio la marca de once
segundos en los cien metros planos) desbordaba a todos los rivales por la banda
izquierda hasta que comenzaron a lanzarle cáscaras de fruta y restos de caña de
azúcar chupada, ante la pasividad del árbitro quien no prestó atención a los
reclamos airados de Arzú.
—Es
por eso que el entrenador quiere tomar precauciones para la próxima
confrontación —subraya Rasputín—. Considera que para que los nuestros no se amilanen,
el apoyo de una barra aguerrida resulta fundamental, no una tan blandengue como
la del año pasado.
Con
esa observación, todos recuerdan a la barra montada por quienes estaban en
Quinto el año pasado. Roberto Cano, primo del amor de verano de Alfredo, había
adoptado los cánticos de los Boy-Scouts y de Puerto Banderas en las Olimplayas,
muchas muy sanas y empalagosas que hacían quedar al colegio Mariano como un
equipo ñoño. “O palele, ameriquititombe, a moza-moza-moza, o
pale-paluá-palué...”, cantaba y los más cándidos lo seguían como rebaño en
campamento. Dejó de usar la cantata en un partido de baloncesto frente al
Colegio Franciscano, que el colegio perdió por canasteada, cuando una voz
anónima le gritó desde las graderías: “¡Métete tu opalele al culo,
sorreconchetumadre!” Fueron tales las carcajadas que Cano dejó de ser jefe de
barra.
—Si
este año queremos cambiar las cosas, ya no podemos caer en cánticos del tipo:
“araña-araña-araña, los del Celestiano no se bañan”. Tenemos que entonar
verdaderos himnos de batalla que incentiven a los jugadores a disputar cada
balón en la cancha y los empuje siempre hacia adelante. El respeto hacia un
equipo comienza en la tribuna —filosofa Rasputín.
—Díganle
a Chabelo que componga barras satánicas —sugiere Rodrigo.
—¡No!
—exclama Rasputín— El plan del entrenador es convocar a todos los alumnos de
Tercero a Quinto Año que tengan voz y presencia intimidante. Como jefe de barra
se debe designar a alguien con experiencia en estadios, alguien que conozca
estribillos de los principales equipos, alguien como... ¡Viche!
Todos
voltean a ver al compañero elegido, el más querido, la chochera de todos, que
vive y transpira fútbol como nadie, pero algún escéptico cuestiona por lo bajo
si tendrá el suficiente liderazgo para manejar a un grupo de muchachos bastante
heterogéneo que quizá necesite de un sujeto más avezado que incite a los demás
a cantar fuerte y hacer lo que fuera por el equipo.
—Déjenlo
cacarear —aconseja el profesor Boz, mientras Silvia y Karla resuelven unos
ejercicios en la pizarra—, puede que el polluelo se haya convertido en el gallo
que necesita el galpón.
El
colegio, para esa hora de la tarde, experimenta un movimiento inusual. En la
biblioteca, los alumnos de Tercero de Primaria se preparan en la Biblioteca
para su Primera Comunión. Los de Cuarto Año ensayan Kathie y el hipopótamo bajo la supervisión del Vasco en el
auditorio. En la cancha principal, el equipo de fútbol entrena con miras a su
primer partido oficial de la temporada. Los cuadros femeninos de basquetbol y
voleibol se preparan para un torneo relámpago en el colegio Paulista. En el
grass de la cancha de fútbol auxiliar, Viche intenta enseñar una docena de
cánticos futboleros aprendidos en los años que ha concurrido al estadio a
alentar al Tres Coronas. Sus ‘alumnos’ son una veintena de muchachos de
diversas edades.
—¡...Oooh,
vamos Mariano, vamos! ¡Uooooh! ¡...Oooh, vamos Mariano, vamos! ¡Son tan buenos,
que ganamos!
—¡Por
la puta madre! ¡Cómo pueden ser tan desorejados! ¿No distinguen la diferencia de
cantar ‘¡uoooh!’ que ‘¡uooooh!’?
Para
ayudarse a dirigir a un grupo tan indisciplinado, Viche necesita de un
compañero más extrovertido y por eso recurre a Alfredo quien ensaya los saltos
y los movimientos de brazos. Necesita también de alguien mandón como el Negro
quien mantiene el orden mostrando los puños y lanzando un par de carajos.
Acepta, además, el aporte de Diego que, al igual que él, acude en las
vacaciones estivales y de medio año a la Capital para ver al University, por
eso se sabe un puñado de barras de su equipo.
—El
Monín ha conseguido dos microbuses para mañana, uno trasladará al equipo y otro
a la barra. Salimos a las tres de la tarde. Almuercen a la carrera y procuren
ser puntuales. Mañana no pienso venir a clases. Estaré en Tiendas Penélope
comprando telas azules y anaranjadas para confeccionar banderolas, y témperas
de los mismos colores para pintarnos las caras. Ustedes deben conseguir palos
de escoba para que sirvan como astiles y plata para que me devuelvan lo
invertido. En la noche, antes que se corran la paja, busquen periódicos y se
ponen a hacer papel pica-pica, mínimo me traen dos bolsas por cabeza. ¿Está
claro?
Todos
los presentes asienten y se retiran cuando la tarde comienza a caer. Sólo se
queda el jefe de barra y sus tres colaboradores, quienes conversan lo que será
su participación en el partido de mañana. Pasan por el baño de damas y se topan
con Caludia, capitana del equipo de vóley, y Mónica y Tatiana, pilares del
equipo de básket. Los rostros enrojecidos de las tres delatan lo duro que han
entrenado. Los siete salen juntos del colegio.
—No
me terminaste de contar cómo fue que tu amigo regresó de los muertos —le
pregunta Caludia a Alfredo.
—La
prensa publicó que murió el viernes y resucitó el domingo, mismo Jesucristo —añade
Mónica, interesada como todos en el tema.
—Según
mi vecino que es médico forense —alude Alfredo al Pollo Quijano—, se trató de
un caso de catalepsia, una afección que causa en quienes la padecen una
suspensión de todos sus signos vitales, como el pulso o los latidos del
corazón, los cuales retornan pasados los minutos, las horas o incluso los días.
—¡Qué
horror! ¡Te pueden enterrar vivo! —se espanta Tatiana.
—La
catalepsia es más común de lo que se supone —interviene el Negro—. Han sucedido
casos en que los cuerpos han sido exhumados y en sus rostros ha quedado
plasmado el pánico al saber que iban a perecer asfixiados. Los arañazos en el
féretro quedan como registro de su desesperación.
—Eso
le sucedió a la novia de Charly García —apunta Mónica—. Ella murió, la
enterraron y esa noche él tuvo un sueño donde la veía gritando desesperada,
pidiendo que la liberen de su lápida. Al día siguiente Charly fue al
cementerio, armó un escándalo y consiguió que exhumaran el cuerpo, encontrando
que la tapa del cajón estaba repleta de arañones y la pobre tenía las uñas reventadas
en sangre. Un par de años después compuso Rasguña
las piedras para recordar a la novia que había sido enterrada viva.
—El
miedo a ser enterrado vivo aterrorizaba y fascinaba a las gentes del siglo XIX —ahonda
Viche— y nadie como Edgar Allan Poe para llevarlo a la literatura. La caída de la Casa Usher se inspira en
ese tema y es una pequeña joyita.
—Hace
tiempo vi una película sobre un tipo que por si despertaba en la tumba, había
colocado una serie de herramientas que le permitieran escapar, sin embargo,
cuando le llega la hora todo le falla —acota Caludia.
—Se
trata de El entierro prematuro de
Roger Corman, inspirada en una narración de Poe, pero sazona la historia con la
presencia de una mujer que busca retomar una antigua relación amorosa,
mostrándose abnegada y comprensiva con las fobias que aquejan a su futuro
marido, revelándose al final que lo que desea es asesinarlo y sepultarlo vivo —complementa
Alfredo, quien por un momento le parece reconocer a Caludia en el papel
interpretado por Hazel Court.
—¿Y
qué produce la catalepsia? —pregunta Tatiana.
—Se
manifiesta mayormente en las personas epilépticas, en los que se pasan de
vueltas con la cocaína o los que sufren de Parkinson o padecimientos mentales
como la psicosis, histeria o la esquizofrenia —se apura a responder el Negro—.
¿Cuál de estos cuadros encaja con tu amigo?
—Lo
conozco, pero tampoco soy fanático —aclara Alfredo—. No sé si ser cacanero se
puede considerar un padecimiento mental.
—¿Y
en dónde se encuentra tu amigo ahora? —inquiere Mónica.
—En
el Hospital Regional, restableciéndose de la herida punzocortante que
desencadenó su estado catatónico. En la morgue, como lo creyeron cadáver, lo
suturaron igual que a un costal de papas.
—Lo
que a mí me intriga —observa Diego quien se ha mantenido callado hasta ese
momento—, es que según los periódicos, tu pata mató a un delincuente y dejó a
los otros dos bastante graves. Eso en cualquier legislación se pena con cárcel.
—Estamos
mal entonces. No puede ser que metan preso a un benefactor que purga a la
sociedad de los parásitos —exclama Caludia mortificada.
—La
suerte de Juan Carlos es que su hermano mayor funge de vocal en la Corte
Superior de Justicia y seguro moverá sus influencias para que le den arresto
domiciliario mientras duren las investigaciones —hace Alfredo partícipe de los
rumores que ayer corrieron en su barrio.
—Suerte
para algunos que en este país la Justicia nunca es igual para todos...
Los
microbuses con capacidad de trasladar a veinticuatro pasajeros sentados han
sido fletados por el colegio a la empresa de transportes Cali S.A. El trayecto
hasta el distrito de Toropo, el más alejado de la ciudad, enclavado a
seiscientos metros sobre el nivel del mar, siendo el puente natural de la costa
con la sierra, les toma unos cincuenta minutos. Conocido por su clima benévolo,
soleado durante todo el año, el lugar es prolijo en cultivos de fruta y
productos de panllevar. Las familias portentosas gozan de fincas de varias
hectáreas, con piscina y solares con todas las comodidades. Las casas del
pueblo, en cambio, son modestas construcciones de adobe de una o dos pisos. Si
bien desde el gobierno del Cachaco los jornaleros dejaron de ser esclavizados
por patrones y capataces, con el retorno de la democracia, los terratenientes
volvieron a apoderarse, poco a poco, de sus latifundios, delegando a sus
empleados de confianza que la producción agrícola y ganadera no aminore, así
sea a punta de latigazos.
El
colegio Los Cipreses no cuenta con una cancha de fútbol, ni aulas y servicios
higiénicos adecuados. Un terral a orillas del río sirve como área deportiva y
de recreación. El equipo realiza sus presentaciones oficiales en el Estadio
Municipal, una vetusta edificación con tribunas de madera y una cancha yerma que
parece superficie lunar. A diferencia de los partidos escolares en la ciudad,
donde los espectadores son los propios alumnos y, ocasionalmente, los padres de
los futbolistas, en Toropo acuden todos sus vecinos, incluido el alcalde, el
párroco y el encargado de la comisaría. Más que un momento de esparcimiento,
cada evento deportivo representa para los toropinos una cita en la que
reafirman su orgullo por haber nacido en esa tierra, y cada vez que le patean
el trasero a la escuadra rival —sobre todo a los que llegan de la ciudad—, la
algarabía desencadena en fiesta popular en la plaza mayor.
Con
cinco mil espectadores cantando y danzando bailes folclóricos, ejecutados por
la banda que lleva el nombre de San Isidro Labrador, patrono del distrito, los
cuarenta muchachos que conforman la barra del Mariano, asoma como una pequeña
mancha azul-anaranjada, arrumada en la tribuna sur, que colinda con las
horadadas canteras de cal. A falta de pinceles, los muchachos se han
pintarrajeado la cara con las témperas, utilizando los dedos como brochas,
algunos más anaranjados, otros más azules, los menos duchos han adquirido una
tonalidad marrón oxidado en los pómulos. Viche ha dispuesto que ocupen ocho
hileras, con cinco alumnos en cada una, formando un rectángulo asimétrico.
—¿No
alcanzó dinero para comprar petardos? —inquiere el Gordo, aficionado a la
pirotecnia.
—Estamos
prácticamente en la sierra, aquí la gente es más sensible a las bombas de los
terrucos. Debemos alentar sin provocar animadversiones —sostiene el jefe de
barra.
—Yo
he traído estos por si acaso —señala el preguntón, extrayendo hileras de
cohetecillos rojos y verdes de la casaca de Educación Física del colegio.
—¡Préndelos,
huevón! —se entusiasma el Negro— Un poco de ruido animará a la gente.
Viche
responde pidiendo prudencia con las manos. Propone que sean reventados cuando
el equipo salte a la cancha, mientras tanto le indica al Negro que de un par de
manazos devuelva al rebaño al par de estudiantes que le compran a un heladero
dos paletas de lúcuma hechas con agua de puquio.
—¿Primera
vez que vienes a Toropo? —pregunta Diego a Alfredo, colocándose en la frente
una vincha con los colores del Mariano.
—Alguna
vez acompañé a mi viejo a supervisar la construcción de la posta médica, cuando
trabajaba en el área de infraestructura del Ministerio de Salud.
—Mi
tío posee un fundo en la otra rivera del río. Siembra paltas y mangos de
exportación. El año pasado venía seguido. Me quedaba todo el fin de semana. Me
enamoré de Luchi, una chibola que tenía los ojos del color del cielo toropino.
Vive en las faldas del cerro que ves al frente. Con ella escalamos hasta la
cima, calzando botas para evitar las mordeduras de las culebras, donde se
encuentra un manantial con las aguas más cristalinas que te puedas imaginar.
Allí hice el amor por primera vez. No caché como estoy acostumbrado desde los
trece años con putas del chongo. Lo hice con esa dulzura que te entrega sólo
quien te quiere bien.
—¡Entonces
que el partido se vaya a la mierda y vamos a la punta del cerro a tirarnos un
par de toropinas!
—¡Luchi
era virgen, huevón! Yo fui el primero en su vida. Estaba loco por ella. Cuando
mi padre se enteró de mis calenturas, puso el grito en el cielo. Me prohibió
tajantemente volver a verla. A mi tío le conminó a no volver a hospedarme en su
casa.
—Allí
se acabó tu historia de amor.
—¡No!,
se prolongó en el verano. A mi padre le engañaba que me iba a la playa y
chapaba mi colectivo hacia Toropo. Regresaba a mi casa al atardecer, tomando la
precaución de ir a la playa de Cayo Cangrejo y llenar con arena el interior de
mis zapatillas.
—¿Y
sigues con ella?
—Ya
no.
—¿Por
qué?
—La
preñé de tanto subir al manantial.
—¡Chucha!
¿Y qué hiciste?
—¡Nada!
Su madre se hizo cargo del problema. Le preparó un caldo con hierbas del monte
que la hicieron abortar. Después de eso no tuve el valor de volverla a ver. Por
eso me ofrecí a formar parte de esta barra. Retornar a Toropo con la ilusión de
toparme con ella.
—¿La
has visto en el estadio?
—No.
Hay un huevo de gente. Quizá más tarde en el entretiempo o en la salida.
El
árbitro y los jueces de línea se colocan en el centro del campo. Suena el
silbato solicitando la presencia de los dos equipos. Aparece el cuadro de Los
Cipreses y parece que las tribunas de madera se van a venir abajo con la
algarabía. En la tribuna en la que el Sol golpea directo al caer la tarde, los
pueblerinos hacen explosionar un par de bombardas que por el estruendo parecen estar
cargadas con nitroglicerina. “Revienta tus cohetecillos en tu orto”, le dice el
Negro al Gordo. “¡No salten al terreno todavía!”, les ordena Arzú a sus
pupilos, a pesar de los apuros de un juez de línea y del comisario del
encuentro, aguardando que aminore la efervescencia de los locales. Viche ordena
a la barra que cante: “Olé-olé-olé, olé-olé-olé-olá, vamos azul-naranjas cada
día los quiero más; yo soy Mariano, un sentimiento, no puedo parar”, con tantas
ganas que sus voces llegan nítidas a sus jugadores y comando técnico. “¡Vamos,
carajo, a ganar!”, les arenga Rasputín como capitán y saltan con él a la
cancha, Coco, Tomás y Octavio Petrozzi, quienes conforman la línea de zagueros;
Giancarlo Martínez bajo los tres palos; Carlitos, el Cabezón, Aldo Cabieses y
el serrano Urquijo en el medio; Rulo y Tito Ordóñez en la delantera; seis
estudiantes de Quinto y cinco de Cuarto en el equipo titular. El partido se
inicia apenas los curiosos de siempre abandonan el campo, con un zapatazo del
Cabezón de casi cincuenta metros que hizo estremecer el larguero, ocasionando
una notoria rajadura en la parte central. El comisario del compromiso llama al
árbitro y le solicita suspender las acciones. “Ese madero está podrido, se va a
desplomar en cualquier momento”. “¿Está loco? Las tribunas son una caldera.
Hágase de la vista gorda o si no salimos de aquí embadurnados en brea y
emplumados”. El equipo intenta, en los primeros minutos, cumplir las
indicaciones del Monín, de contener el avance de los rivales, pero la erosión y
los desniveles del terreno dificultan su labor. El delantero de Los Cipreses es
un muchachillo menudo, de cabello trinchudo y mirada de roedor, que no supera
el metro sesenta. Su habilidad le permite doblegar con facilidad a la zaga del
Mariano que ni poniendo pierna fuerte es capaz de contener sus avances. No
obstante, al colocarse en posición de definir, sus disparos, de una potencia
insospechada, salen desviados o se estrellan en la gruesa anatomía de Martínez,
quien aguanta los impactos con estoicismo. Las tribunas vitorean su apelativo y
su apellido: “¡Taladro! ¡Chamorro!” y aúllan con cada uno de sus embates. El
“Vamos, Marianos, que tenemos que ganar, esta hinchada no te deja de alentar”,
apenas si sirve para levantarle los bríos a sus compañeros. A la media hora de
juego, Taladro vuelve a colarse en el área, dejando a Coco, Tomás y Petrozzi
regados en el suelo. Martínez se arrastra en pos de quebrarle las piernas. El
menudo atacante salta y queda solo frente al arco. “Ese gol ni Alfredo se lo
falla”, le comenta el Gordo a Diego. Rasputín no tiene más remedio que
derribarlo con una patada descalificadora que bien pudo partirle el fémur. El
árbitro cobra penal y le muestra la tarjeta amarilla al infractor que muy bien
pudo ser expulsión como exige gran parte del estadio. “Baja las revoluciones si
quieres salir vivo de acá”, le recomienda Coco a su capitán. El propio Taladro
se dispone a cobrar la falta. “¡Díganle a Giancarlo que se coloque la gorra!”,
vocifera Arzú al ver que el Sol dificulta la visión del portero. El ejecutor
dispara y sea por mala puntería o fortuna del atajador, el balón se estrella en
sus piernas y sale expelido hacia el tiro de esquina. La barra del Mariano
estalla jubilosa y los muchachos de Cuarto, liderados por Carloncho Galarreta, vitorean
el nombre de su compañero de clases sin contar con la autorización del jefe de
barra. El Negro se dispone a llamarlos al orden a punta de golpes, pero Viche
lo contiene. “Esta improvisación hace que todos ganemos moral”. La facción que
parece liderada por Carloncho, que ha compartido algunos tronchos de marihuana
antes de subir al bus, se torna más ruidosa y rebelde cuando casi al final del
primer tiempo, Ordóñez culmina el contraataque principiado por Cabieses con un
disparo que se introduce en el arco, tras impactar en uno de los parantes —astillando
aún más el larguero— marcando el cero a uno a favor de la visita.
—¡Diego!
¡Alfredo! ¡Acompáñenme a meterles un par de piñazos a esos paparulos de Cuarto!
—exclama el Negro.
—¡Alfredo,
mira hacia allá! —dice Diego ignorando al Negro, señalando a una muchacha que
lo observa sentada al costado del pequeño quiosco empotrado en otra tribuna—
¡Es Luchi!
—¡Acércate
a ella! Si quieres te hago la taba —se ofrece Alfredo.
—No
puedo. Tengo miedo. Nunca le dije adiós.
—Si
nunca te despediste, el ‘hola’ permanece vigente, suspendido en el aire. Vamos,
no seas cobarde.
—¿A
dónde van ustedes? —les increpa el Negro.
—A
tomar una gaseosa —responde Alfredo—. Aprovecha el medio tiempo para hidratar
la garganta.
Los
dos amigos se abren paso y llegan al pasadizo que los conecta con la tribuna
aledaña. Se tropiezan con los trombones y la tuba de la banda que descansa y
llegan hasta la fémina toropina que observa impasible la presencia de aquel
joven que no ha dejado un solo día de pensar en ella.
—Luchi.
—¿Nos
conocemos?
—Quiero
hablar contigo.
—No
tenemos de qué.
—De
lo que tuvimos hasta hace poco.
—Y
que se fue como el agua que se lleva el río.
—Necesito
que me perdones.
—Necesito
que me dejes en libertad.
—Me
gustaría volver a intentarlo.
—Imposible.
Yo soy de aquí y tú de allá.
—Me
arrepiento de no haber luchado por ti.
—Ya
es tarde. Quizá sea mejor así.
—¿Puedo
tomar tu mano?
—Mira
el anillo que llevo.
—¿Qué
significa eso?
—Que
estoy comprometida. Me caso.
—No
puede ser. Yo recuerdo aquel día en que nos fuimos a bañar. Aquel agua tan fría
y tu forma de nadar, en el río aquel, tú y yo y el amor que nació de los dos.
—Me
caso con un primo que vive en Constanza y que apenas conozco. Mi familia
convenció a su familia a cambio de una parcela y un par de becerros. Así se
arreglan las cosas por aquí.
—No
me resignaré a perderte.
—¿Y
qué vas a hacer? ¿Vas a enfrentarte a tu padre, dejarás tu casa y tu futuro en
la ciudad a cambio de una parcela y un par de becerros en Toropo?
—Esteee...
Ya comienza el segundo tiempo. Te busco más tarde.
La
misma tónica se mantiene en la etapa complementaria. La escuadra local intenta
a través de su escurridizo delantero y la visita se defiende, apelando a la
brusquedad y el despeje a cualquier parte. Al promediar el minuto veinte y a
pesar que los jugadores del Mariano lucen los estragos de la altura, el Sol, el
mal estado del campo y sus abusos con el tabaco y el alcohol, Arzú se siente
confiado. “Ese Chamorro será muy habilidoso, pero es un desastre de cara al
arco. Ya perdí la cuenta de todos sus remates desviados”. En un mano a mano
contra Tomás por la banda lateral, el atacante fuerza la jugada para no darla
por perdida y en el ímpetu uno de sus chimpunes sale expelido fuera del campo
junto con la pelota. Sin que nadie se percate, Chamorro se despoja del otro
calzado y de las medias y con los pies desnudos vuelve a la carga, driblea a
los defensas y dispara a un rincón imposible para Martínez. Es el gol de la
igualdad y las tribunas estallan en una ovación estrepitosa. Los reclamos
indignados de Arzú no son atendidos por el árbitro ni por el comisario del
partido. Otros jugadores de Los Cipreses imitan a su compañero y se despojan de
los chimpunes. Ahora funcionan como una máquina incontenible, se muestran más
cómodos moviéndose a pata calata. Ganados por la impotencia, Tomás y Rasputín
clavan los cocos de sus chimpunes en los empeines desnudos de sus rivales, pero
es imposible detenerlos. En el minuto treinta consiguen el gol del desnivel y
cuatro minutos después obtienen su tercer gol tras una desinteligencia entre
Coco y Carlitos. “¡Qué chucha te pasa, huevón! ¡No veías que tenías cerca a
Chamorro!”, le reclama Petrozzi a Coco de mala manera y éste no duda en meterle
un manazo a su propio compañero de equipo por lo que considera una falta de
respeto. Los muchachos de Cuarto se enfrentan contra los de Quinto y entre
insultos y empujones no hay forma que Arzú pueda reordenar a sus pupilos. Cuando
las aguas se aquietan, ya no quedan ganas de evitar un cuarto y quinto gol que
llegan antes del pitazo final. El enfrentamiento de los jugadores de distintos
años se traslada del terreno al seno de la barra del Mariano. Carloncho se
envalentona y encara a Viche exigiéndole más ‘acción’.
—¡Nos
están goleando y tú propones que sigamos cantando! ¡Vamos a buscar pelea!
¡Causemos vandalismo para que queden huellas del paso de nuestra barra por este
estadio!
—¡Piensa
bonito, atolondrado! ¿Quieres que nosotros cuarenta provoquemos a más de cuatro
mil espectadores? ¡Cálmate o no salimos vivos de aquí!
La
tensión dentro de la barra explosiona cuando de otra tribuna lanzan una bolsa
llena de orines que impacta de lleno en el rostro porcino de Fernando Cuellar.
—¡Te
vas a la mierda, huevón! —exclama Carloncho desaforado, empujando a Viche con
las dos manos y tomando el estandarte de una de las banderolas como arma para
cobrar venganza.
Mudo
testigo de todo, el Negro se dispone a contener a Carloncho del cogote, pero
Viche lo detiene. Sabe que la afrenta ha sido en su contra y si quiere mantener
el respeto y liderazgo de sus huestes, no tiene más alternativa que mostrar
decisión en su semblante normalmente flemático, abrirse paso entre los atónitos
barristas y evitar que el faltoso se salga con la suya. Antes de que el
barrista de Cuarto Año llegue a la otra tribuna, empuñando la punta del
estandarte, previamente afilada, con intenciones de clavárselo al primero que
le salga en frente, el jefe de barra le estampa una patada que le impacta a la
altura del cóccix, haciéndolo caer y rodar graderías abajo. Los esbirros del
caído quisieron cobrar revancha, pero bastó un par de patadas aéreas del Negro
para volver al orden.
—¡Arríen
las banderolas! —ordena el Gordo, orgulloso por la reacción de su amigo. El
partido finalizó hace un buen rato y el equipo del Mariano abandona el terreno
en silencio, sin que haya conatos de bronca entre los estudiantes de Quinto y
Cuarto. El deseo de Viche es que suceda lo mismo en el seno de la barra.
—El
próximo partido es contra el Santiago Apóstol —comenta Diego después que los
buses los han dejado en el colegio y ya de noche se reúne con el Gordo, Alfredo,
el Negro y Viche, fuera de la casa de este último.
—Menos
mal que la riña contra los de Cuarto no pasó a mayores —suspira el Negro—.
Hubiera sido la excusa perfecta para que el padre Rodrich nos expulse a Alfredo
y a mí.
—Ese
fumón de mierda es peligroso —opina el Gordo— Es una bomba de tiempo. Debemos
sacarlo de la barra.
—Si
sacamos a Carloncho, se van todos los de Cuarto Año y no podemos darnos ese
lujo —razona Viche—. Su presencia es un mal necesario.
—Pero
como dice el Gordo, Carloncho es peligroso. Debemos hacer algo para
neutralizarlo —agrega Diego.
—Y
nada de hablar o negociar con él —exclama el Negro tajante—, eso sería darle
demasiada importancia a ese imbécil.
—¡Yo
no negocio con fumones! —recalca Viche—, pero creo que podemos valernos de
ellos. Si todo sale como calculo, sacaremos provecho de su estupidez y ganas de
figurar cuando enfrentemos al Santiago Apóstol.

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