lunes, 20 de abril de 2015

barras bravas


            El fútbol forma parte indesligable en la vida de los aficionados. Hinchar por un equipo, llevar sus colores en el corazón y la piel, se convierte en un pacto de amor que sólo se rompe en la tumba, dedicándole una fidelidad absoluta que no se la prodigas ni a tu seres queridos. Alfredo es de esos fanáticos que disfruta o sufre con los resultados del Tres Coronas. Si gana, la euforia lo acompaña durante todo el domingo, si pierde, la depresión se prolonga a lo largo de la semana, hasta que se dispute la próxima fecha del campeonato. Ayer, ni la impresión que le ocasionó la increíble resurrección del Viejo, lo distrajo de la transmisión radial desde el estadio del club de sus amores. Enfrentaban al Rosandino, un rival ganable, ideal para levantar cabeza tras perder el domingo pasado frente al Sporting Rambler. El partido acabó igualado sin abrir el marcador y con ello el Tres Coronas quedaba relegado a la mitad de la tabla de posiciones. “¡Ese Amaraldo es una basura!”, se lamenta Tomás, otro de los hinchas de la institución albiverde, reunido en un rincón del aula con Viche, Nando, el Cabezón y Carlitos, quienes comparten la misma desazón. El centro delantero brasileño que el equipo ha contratado en la presente temporada, se falló goles increíbles, consecuente con su rendimiento en las cuatro fechas anteriores en las que tampoco se ha hecho presente en el marcador. “¡Para contratar cagadas nadie nos gana!”, añade Viche, siendo conocida la corrupción de los dirigentes del club, quienes aceptan que jugadores mediocres vistan sus colores a cambio de un grueso porcentaje de la transacción, depositado en sus cuentas bancarias en el extranjero. En el otro extremo del aula, se ubica la cofradía del University, el eterno rival, conformada por Coco, Rulo, el Negro y Diego Merino, quienes observan con una sonrisa burlona a los de la otra facción, viendo que su equipo está cómodo en la punta, a dos unidades del segundo en la tabla. “Ríanse, nomás, que este domingo nos vemos las caras”, los emplaza Carlitos, trayendo a colación que faltan siete días para jugarse el partido más importante del balompié nacional, el clásico de los clásicos, que para las dos hinchadas más numerosas del país, representa un pasaporte a la gloria o al infierno. Tocan la puerta y Rasputín le solicita permiso al profesor Boz para ingresar al salón, tras haberse reunido con el entrenador Arzú en su despacho. 
            —¡Muchachos, mañana jugamos! —comenta a sus compañeros, apenas toma asiento.
            —¿Contra quiénes nos enfrentamos? —inquiere Rulo.
            —Contra Los Cipreses —responde.
            —¿De locales o de visita? —pregunta Tomás.
            —De visita, en la punta del cerro.
            —El año pasado jugamos allí y es una cancha terrible. Perdimos cinco a tres —rememora Rulo.
            —Perdimos porque nos mariconeamos —apunta el Negro quien estuvo en la banca como arquero suplente en ese encuentro—, no soportamos la presión del público que asistió.
            —Nos insultaron feo y se la agarraron con Toño Centella —añade Coco, mencionando al mejor jugador de ese equipo, egresado con la promoción del año pasado, y que sacándole provecho a su velocidad (estableció en el colegio la marca de once segundos en los cien metros planos) desbordaba a todos los rivales por la banda izquierda hasta que comenzaron a lanzarle cáscaras de fruta y restos de caña de azúcar chupada, ante la pasividad del árbitro quien no prestó atención a los reclamos airados de Arzú.
            —Es por eso que el entrenador quiere tomar precauciones para la próxima confrontación —subraya Rasputín—. Considera que para que los nuestros no se amilanen, el apoyo de una barra aguerrida resulta fundamental, no una tan blandengue como la del año pasado.
            Con esa observación, todos recuerdan a la barra montada por quienes estaban en Quinto el año pasado. Roberto Cano, primo del amor de verano de Alfredo, había adoptado los cánticos de los Boy-Scouts y de Puerto Banderas en las Olimplayas, muchas muy sanas y empalagosas que hacían quedar al colegio Mariano como un equipo ñoño. “O palele, ameriquititombe, a moza-moza-moza, o pale-paluá-palué...”, cantaba y los más cándidos lo seguían como rebaño en campamento. Dejó de usar la cantata en un partido de baloncesto frente al Colegio Franciscano, que el colegio perdió por canasteada, cuando una voz anónima le gritó desde las graderías: “¡Métete tu opalele al culo, sorreconchetumadre!” Fueron tales las carcajadas que Cano dejó de ser jefe de barra.       
            —Si este año queremos cambiar las cosas, ya no podemos caer en cánticos del tipo: “araña-araña-araña, los del Celestiano no se bañan”. Tenemos que entonar verdaderos himnos de batalla que incentiven a los jugadores a disputar cada balón en la cancha y los empuje siempre hacia adelante. El respeto hacia un equipo comienza en la tribuna —filosofa Rasputín.
            —Díganle a Chabelo que componga barras satánicas —sugiere Rodrigo.
            —¡No! —exclama Rasputín— El plan del entrenador es convocar a todos los alumnos de Tercero a Quinto Año que tengan voz y presencia intimidante. Como jefe de barra se debe designar a alguien con experiencia en estadios, alguien que conozca estribillos de los principales equipos, alguien como... ¡Viche!
            Todos voltean a ver al compañero elegido, el más querido, la chochera de todos, que vive y transpira fútbol como nadie, pero algún escéptico cuestiona por lo bajo si tendrá el suficiente liderazgo para manejar a un grupo de muchachos bastante heterogéneo que quizá necesite de un sujeto más avezado que incite a los demás a cantar fuerte y hacer lo que fuera por el equipo.
            —Déjenlo cacarear —aconseja el profesor Boz, mientras Silvia y Karla resuelven unos ejercicios en la pizarra—, puede que el polluelo se haya convertido en el gallo que necesita el galpón.


            El colegio, para esa hora de la tarde, experimenta un movimiento inusual. En la biblioteca, los alumnos de Tercero de Primaria se preparan en la Biblioteca para su Primera Comunión. Los de Cuarto Año ensayan Kathie y el hipopótamo bajo la supervisión del Vasco en el auditorio. En la cancha principal, el equipo de fútbol entrena con miras a su primer partido oficial de la temporada. Los cuadros femeninos de basquetbol y voleibol se preparan para un torneo relámpago en el colegio Paulista. En el grass de la cancha de fútbol auxiliar, Viche intenta enseñar una docena de cánticos futboleros aprendidos en los años que ha concurrido al estadio a alentar al Tres Coronas. Sus ‘alumnos’ son una veintena de muchachos de diversas edades.
            —¡...Oooh, vamos Mariano, vamos! ¡Uooooh! ¡...Oooh, vamos Mariano, vamos! ¡Son tan buenos, que ganamos!
            —¡Por la puta madre! ¡Cómo pueden ser tan desorejados! ¿No distinguen la diferencia de cantar ‘¡uoooh!’ que ‘¡uooooh!’?
            Para ayudarse a dirigir a un grupo tan indisciplinado, Viche necesita de un compañero más extrovertido y por eso recurre a Alfredo quien ensaya los saltos y los movimientos de brazos. Necesita también de alguien mandón como el Negro quien mantiene el orden mostrando los puños y lanzando un par de carajos. Acepta, además, el aporte de Diego que, al igual que él, acude en las vacaciones estivales y de medio año a la Capital para ver al University, por eso se sabe un puñado de barras de su equipo.
            —El Monín ha conseguido dos microbuses para mañana, uno trasladará al equipo y otro a la barra. Salimos a las tres de la tarde. Almuercen a la carrera y procuren ser puntuales. Mañana no pienso venir a clases. Estaré en Tiendas Penélope comprando telas azules y anaranjadas para confeccionar banderolas, y témperas de los mismos colores para pintarnos las caras. Ustedes deben conseguir palos de escoba para que sirvan como astiles y plata para que me devuelvan lo invertido. En la noche, antes que se corran la paja, busquen periódicos y se ponen a hacer papel pica-pica, mínimo me traen dos bolsas por cabeza. ¿Está claro?
            Todos los presentes asienten y se retiran cuando la tarde comienza a caer. Sólo se queda el jefe de barra y sus tres colaboradores, quienes conversan lo que será su participación en el partido de mañana. Pasan por el baño de damas y se topan con Caludia, capitana del equipo de vóley, y Mónica y Tatiana, pilares del equipo de básket. Los rostros enrojecidos de las tres delatan lo duro que han entrenado. Los siete salen juntos del colegio.
            —No me terminaste de contar cómo fue que tu amigo regresó de los muertos —le pregunta Caludia a Alfredo.
            —La prensa publicó que murió el viernes y resucitó el domingo, mismo Jesucristo —añade Mónica, interesada como todos en el tema.
            —Según mi vecino que es médico forense —alude Alfredo al Pollo Quijano—, se trató de un caso de catalepsia, una afección que causa en quienes la padecen una suspensión de todos sus signos vitales, como el pulso o los latidos del corazón, los cuales retornan pasados los minutos, las horas o incluso los días.
            —¡Qué horror! ¡Te pueden enterrar vivo! —se espanta Tatiana.
            —La catalepsia es más común de lo que se supone —interviene el Negro—. Han sucedido casos en que los cuerpos han sido exhumados y en sus rostros ha quedado plasmado el pánico al saber que iban a perecer asfixiados. Los arañazos en el féretro quedan como registro de su desesperación.
            —Eso le sucedió a la novia de Charly García —apunta Mónica—. Ella murió, la enterraron y esa noche él tuvo un sueño donde la veía gritando desesperada, pidiendo que la liberen de su lápida. Al día siguiente Charly fue al cementerio, armó un escándalo y consiguió que exhumaran el cuerpo, encontrando que la tapa del cajón estaba repleta de arañones y la pobre tenía las uñas reventadas en sangre. Un par de años después compuso Rasguña las piedras para recordar a la novia que había sido enterrada viva.
            —El miedo a ser enterrado vivo aterrorizaba y fascinaba a las gentes del siglo XIX —ahonda Viche— y nadie como Edgar Allan Poe para llevarlo a la literatura. La caída de la Casa Usher se inspira en ese tema y es una pequeña joyita.
            —Hace tiempo vi una película sobre un tipo que por si despertaba en la tumba, había colocado una serie de herramientas que le permitieran escapar, sin embargo, cuando le llega la hora todo le falla —acota Caludia.
            —Se trata de El entierro prematuro de Roger Corman, inspirada en una narración de Poe, pero sazona la historia con la presencia de una mujer que busca retomar una antigua relación amorosa, mostrándose abnegada y comprensiva con las fobias que aquejan a su futuro marido, revelándose al final que lo que desea es asesinarlo y sepultarlo vivo —complementa Alfredo, quien por un momento le parece reconocer a Caludia en el papel interpretado por Hazel Court.  
            —¿Y qué produce la catalepsia? —pregunta Tatiana.
            —Se manifiesta mayormente en las personas epilépticas, en los que se pasan de vueltas con la cocaína o los que sufren de Parkinson o padecimientos mentales como la psicosis, histeria o la esquizofrenia —se apura a responder el Negro—. ¿Cuál de estos cuadros encaja con tu amigo?
            —Lo conozco, pero tampoco soy fanático —aclara Alfredo—. No sé si ser cacanero se puede considerar un padecimiento mental.
            —¿Y en dónde se encuentra tu amigo ahora? —inquiere Mónica.
            —En el Hospital Regional, restableciéndose de la herida punzocortante que desencadenó su estado catatónico. En la morgue, como lo creyeron cadáver, lo suturaron igual que a un costal de papas.  
            —Lo que a mí me intriga —observa Diego quien se ha mantenido callado hasta ese momento—, es que según los periódicos, tu pata mató a un delincuente y dejó a los otros dos bastante graves. Eso en cualquier legislación se pena con cárcel.
            —Estamos mal entonces. No puede ser que metan preso a un benefactor que purga a la sociedad de los parásitos —exclama Caludia mortificada.
            —La suerte de Juan Carlos es que su hermano mayor funge de vocal en la Corte Superior de Justicia y seguro moverá sus influencias para que le den arresto domiciliario mientras duren las investigaciones —hace Alfredo partícipe de los rumores que ayer corrieron en su barrio.
            —Suerte para algunos que en este país la Justicia nunca es igual para todos...


            Los microbuses con capacidad de trasladar a veinticuatro pasajeros sentados han sido fletados por el colegio a la empresa de transportes Cali S.A. El trayecto hasta el distrito de Toropo, el más alejado de la ciudad, enclavado a seiscientos metros sobre el nivel del mar, siendo el puente natural de la costa con la sierra, les toma unos cincuenta minutos. Conocido por su clima benévolo, soleado durante todo el año, el lugar es prolijo en cultivos de fruta y productos de panllevar. Las familias portentosas gozan de fincas de varias hectáreas, con piscina y solares con todas las comodidades. Las casas del pueblo, en cambio, son modestas construcciones de adobe de una o dos pisos. Si bien desde el gobierno del Cachaco los jornaleros dejaron de ser esclavizados por patrones y capataces, con el retorno de la democracia, los terratenientes volvieron a apoderarse, poco a poco, de sus latifundios, delegando a sus empleados de confianza que la producción agrícola y ganadera no aminore, así sea a punta de latigazos.
            El colegio Los Cipreses no cuenta con una cancha de fútbol, ni aulas y servicios higiénicos adecuados. Un terral a orillas del río sirve como área deportiva y de recreación. El equipo realiza sus presentaciones oficiales en el Estadio Municipal, una vetusta edificación con tribunas de madera y una cancha yerma que parece superficie lunar. A diferencia de los partidos escolares en la ciudad, donde los espectadores son los propios alumnos y, ocasionalmente, los padres de los futbolistas, en Toropo acuden todos sus vecinos, incluido el alcalde, el párroco y el encargado de la comisaría. Más que un momento de esparcimiento, cada evento deportivo representa para los toropinos una cita en la que reafirman su orgullo por haber nacido en esa tierra, y cada vez que le patean el trasero a la escuadra rival —sobre todo a los que llegan de la ciudad—, la algarabía desencadena en fiesta popular en la plaza mayor.
            Con cinco mil espectadores cantando y danzando bailes folclóricos, ejecutados por la banda que lleva el nombre de San Isidro Labrador, patrono del distrito, los cuarenta muchachos que conforman la barra del Mariano, asoma como una pequeña mancha azul-anaranjada, arrumada en la tribuna sur, que colinda con las horadadas canteras de cal. A falta de pinceles, los muchachos se han pintarrajeado la cara con las témperas, utilizando los dedos como brochas, algunos más anaranjados, otros más azules, los menos duchos han adquirido una tonalidad marrón oxidado en los pómulos. Viche ha dispuesto que ocupen ocho hileras, con cinco alumnos en cada una, formando un rectángulo asimétrico.  
            —¿No alcanzó dinero para comprar petardos? —inquiere el Gordo, aficionado a la pirotecnia.
            —Estamos prácticamente en la sierra, aquí la gente es más sensible a las bombas de los terrucos. Debemos alentar sin provocar animadversiones —sostiene el jefe de barra.
            —Yo he traído estos por si acaso —señala el preguntón, extrayendo hileras de cohetecillos rojos y verdes de la casaca de Educación Física del colegio.
            —¡Préndelos, huevón! —se entusiasma el Negro— Un poco de ruido animará a la gente.
            Viche responde pidiendo prudencia con las manos. Propone que sean reventados cuando el equipo salte a la cancha, mientras tanto le indica al Negro que de un par de manazos devuelva al rebaño al par de estudiantes que le compran a un heladero dos paletas de lúcuma hechas con agua de puquio.
            —¿Primera vez que vienes a Toropo? —pregunta Diego a Alfredo, colocándose en la frente una vincha con los colores del Mariano.
            —Alguna vez acompañé a mi viejo a supervisar la construcción de la posta médica, cuando trabajaba en el área de infraestructura del Ministerio de Salud.
            —Mi tío posee un fundo en la otra rivera del río. Siembra paltas y mangos de exportación. El año pasado venía seguido. Me quedaba todo el fin de semana. Me enamoré de Luchi, una chibola que tenía los ojos del color del cielo toropino. Vive en las faldas del cerro que ves al frente. Con ella escalamos hasta la cima, calzando botas para evitar las mordeduras de las culebras, donde se encuentra un manantial con las aguas más cristalinas que te puedas imaginar. Allí hice el amor por primera vez. No caché como estoy acostumbrado desde los trece años con putas del chongo. Lo hice con esa dulzura que te entrega sólo quien te quiere bien.
            —¡Entonces que el partido se vaya a la mierda y vamos a la punta del cerro a tirarnos un par de toropinas!
            —¡Luchi era virgen, huevón! Yo fui el primero en su vida. Estaba loco por ella. Cuando mi padre se enteró de mis calenturas, puso el grito en el cielo. Me prohibió tajantemente volver a verla. A mi tío le conminó a no volver a hospedarme en su casa.
            —Allí se acabó tu historia de amor.
            —¡No!, se prolongó en el verano. A mi padre le engañaba que me iba a la playa y chapaba mi colectivo hacia Toropo. Regresaba a mi casa al atardecer, tomando la precaución de ir a la playa de Cayo Cangrejo y llenar con arena el interior de mis zapatillas.
            —¿Y sigues con ella?
            —Ya no.
            —¿Por qué?
            —La preñé de tanto subir al manantial.
            —¡Chucha! ¿Y qué hiciste?
            —¡Nada! Su madre se hizo cargo del problema. Le preparó un caldo con hierbas del monte que la hicieron abortar. Después de eso no tuve el valor de volverla a ver. Por eso me ofrecí a formar parte de esta barra. Retornar a Toropo con la ilusión de toparme con ella.
            —¿La has visto en el estadio?
            —No. Hay un huevo de gente. Quizá más tarde en el entretiempo o en la salida.
            El árbitro y los jueces de línea se colocan en el centro del campo. Suena el silbato solicitando la presencia de los dos equipos. Aparece el cuadro de Los Cipreses y parece que las tribunas de madera se van a venir abajo con la algarabía. En la tribuna en la que el Sol golpea directo al caer la tarde, los pueblerinos hacen explosionar un par de bombardas que por el estruendo parecen estar cargadas con nitroglicerina. “Revienta tus cohetecillos en tu orto”, le dice el Negro al Gordo. “¡No salten al terreno todavía!”, les ordena Arzú a sus pupilos, a pesar de los apuros de un juez de línea y del comisario del encuentro, aguardando que aminore la efervescencia de los locales. Viche ordena a la barra que cante: “Olé-olé-olé, olé-olé-olé-olá, vamos azul-naranjas cada día los quiero más; yo soy Mariano, un sentimiento, no puedo parar”, con tantas ganas que sus voces llegan nítidas a sus jugadores y comando técnico. “¡Vamos, carajo, a ganar!”, les arenga Rasputín como capitán y saltan con él a la cancha, Coco, Tomás y Octavio Petrozzi, quienes conforman la línea de zagueros; Giancarlo Martínez bajo los tres palos; Carlitos, el Cabezón, Aldo Cabieses y el serrano Urquijo en el medio; Rulo y Tito Ordóñez en la delantera; seis estudiantes de Quinto y cinco de Cuarto en el equipo titular. El partido se inicia apenas los curiosos de siempre abandonan el campo, con un zapatazo del Cabezón de casi cincuenta metros que hizo estremecer el larguero, ocasionando una notoria rajadura en la parte central. El comisario del compromiso llama al árbitro y le solicita suspender las acciones. “Ese madero está podrido, se va a desplomar en cualquier momento”. “¿Está loco? Las tribunas son una caldera. Hágase de la vista gorda o si no salimos de aquí embadurnados en brea y emplumados”. El equipo intenta, en los primeros minutos, cumplir las indicaciones del Monín, de contener el avance de los rivales, pero la erosión y los desniveles del terreno dificultan su labor. El delantero de Los Cipreses es un muchachillo menudo, de cabello trinchudo y mirada de roedor, que no supera el metro sesenta. Su habilidad le permite doblegar con facilidad a la zaga del Mariano que ni poniendo pierna fuerte es capaz de contener sus avances. No obstante, al colocarse en posición de definir, sus disparos, de una potencia insospechada, salen desviados o se estrellan en la gruesa anatomía de Martínez, quien aguanta los impactos con estoicismo. Las tribunas vitorean su apelativo y su apellido: “¡Taladro! ¡Chamorro!” y aúllan con cada uno de sus embates. El “Vamos, Marianos, que tenemos que ganar, esta hinchada no te deja de alentar”, apenas si sirve para levantarle los bríos a sus compañeros. A la media hora de juego, Taladro vuelve a colarse en el área, dejando a Coco, Tomás y Petrozzi regados en el suelo. Martínez se arrastra en pos de quebrarle las piernas. El menudo atacante salta y queda solo frente al arco. “Ese gol ni Alfredo se lo falla”, le comenta el Gordo a Diego. Rasputín no tiene más remedio que derribarlo con una patada descalificadora que bien pudo partirle el fémur. El árbitro cobra penal y le muestra la tarjeta amarilla al infractor que muy bien pudo ser expulsión como exige gran parte del estadio. “Baja las revoluciones si quieres salir vivo de acá”, le recomienda Coco a su capitán. El propio Taladro se dispone a cobrar la falta. “¡Díganle a Giancarlo que se coloque la gorra!”, vocifera Arzú al ver que el Sol dificulta la visión del portero. El ejecutor dispara y sea por mala puntería o fortuna del atajador, el balón se estrella en sus piernas y sale expelido hacia el tiro de esquina. La barra del Mariano estalla jubilosa y los muchachos de Cuarto, liderados por Carloncho Galarreta, vitorean el nombre de su compañero de clases sin contar con la autorización del jefe de barra. El Negro se dispone a llamarlos al orden a punta de golpes, pero Viche lo contiene. “Esta improvisación hace que todos ganemos moral”. La facción que parece liderada por Carloncho, que ha compartido algunos tronchos de marihuana antes de subir al bus, se torna más ruidosa y rebelde cuando casi al final del primer tiempo, Ordóñez culmina el contraataque principiado por Cabieses con un disparo que se introduce en el arco, tras impactar en uno de los parantes —astillando aún más el larguero— marcando el cero a uno a favor de la visita.                  
            —¡Diego! ¡Alfredo! ¡Acompáñenme a meterles un par de piñazos a esos paparulos de Cuarto! —exclama el Negro.
            —¡Alfredo, mira hacia allá! —dice Diego ignorando al Negro, señalando a una muchacha que lo observa sentada al costado del pequeño quiosco empotrado en otra tribuna— ¡Es Luchi!  
            —¡Acércate a ella! Si quieres te hago la taba —se ofrece Alfredo.
            —No puedo. Tengo miedo. Nunca le dije adiós.
            —Si nunca te despediste, el ‘hola’ permanece vigente, suspendido en el aire. Vamos, no seas cobarde.
            —¿A dónde van ustedes? —les increpa el Negro.
            —A tomar una gaseosa —responde Alfredo—. Aprovecha el medio tiempo para hidratar la garganta.
            Los dos amigos se abren paso y llegan al pasadizo que los conecta con la tribuna aledaña. Se tropiezan con los trombones y la tuba de la banda que descansa y llegan hasta la fémina toropina que observa impasible la presencia de aquel joven que no ha dejado un solo día de pensar en ella.
            —Luchi.
            —¿Nos conocemos?
            —Quiero hablar contigo.
            —No tenemos de qué.
            —De lo que tuvimos hasta hace poco.
            —Y que se fue como el agua que se lleva el río.
            —Necesito que me perdones.
            —Necesito que me dejes en libertad.
            —Me gustaría volver a intentarlo.
            —Imposible. Yo soy de aquí y tú de allá.
            —Me arrepiento de no haber luchado por ti.
            —Ya es tarde. Quizá sea mejor así.
            —¿Puedo tomar tu mano?
            —Mira el anillo que llevo.
            —¿Qué significa eso?
            —Que estoy comprometida. Me caso.
            —No puede ser. Yo recuerdo aquel día en que nos fuimos a bañar. Aquel agua tan fría y tu forma de nadar, en el río aquel, tú y yo y el amor que nació de los dos.
            —Me caso con un primo que vive en Constanza y que apenas conozco. Mi familia convenció a su familia a cambio de una parcela y un par de becerros. Así se arreglan las cosas por aquí.  
            —No me resignaré a perderte.
            —¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a enfrentarte a tu padre, dejarás tu casa y tu futuro en la ciudad a cambio de una parcela y un par de becerros en Toropo?
            —Esteee... Ya comienza el segundo tiempo. Te busco más tarde.


            La misma tónica se mantiene en la etapa complementaria. La escuadra local intenta a través de su escurridizo delantero y la visita se defiende, apelando a la brusquedad y el despeje a cualquier parte. Al promediar el minuto veinte y a pesar que los jugadores del Mariano lucen los estragos de la altura, el Sol, el mal estado del campo y sus abusos con el tabaco y el alcohol, Arzú se siente confiado. “Ese Chamorro será muy habilidoso, pero es un desastre de cara al arco. Ya perdí la cuenta de todos sus remates desviados”. En un mano a mano contra Tomás por la banda lateral, el atacante fuerza la jugada para no darla por perdida y en el ímpetu uno de sus chimpunes sale expelido fuera del campo junto con la pelota. Sin que nadie se percate, Chamorro se despoja del otro calzado y de las medias y con los pies desnudos vuelve a la carga, driblea a los defensas y dispara a un rincón imposible para Martínez. Es el gol de la igualdad y las tribunas estallan en una ovación estrepitosa. Los reclamos indignados de Arzú no son atendidos por el árbitro ni por el comisario del partido. Otros jugadores de Los Cipreses imitan a su compañero y se despojan de los chimpunes. Ahora funcionan como una máquina incontenible, se muestran más cómodos moviéndose a pata calata. Ganados por la impotencia, Tomás y Rasputín clavan los cocos de sus chimpunes en los empeines desnudos de sus rivales, pero es imposible detenerlos. En el minuto treinta consiguen el gol del desnivel y cuatro minutos después obtienen su tercer gol tras una desinteligencia entre Coco y Carlitos. “¡Qué chucha te pasa, huevón! ¡No veías que tenías cerca a Chamorro!”, le reclama Petrozzi a Coco de mala manera y éste no duda en meterle un manazo a su propio compañero de equipo por lo que considera una falta de respeto. Los muchachos de Cuarto se enfrentan contra los de Quinto y entre insultos y empujones no hay forma que Arzú pueda reordenar a sus pupilos. Cuando las aguas se aquietan, ya no quedan ganas de evitar un cuarto y quinto gol que llegan antes del pitazo final. El enfrentamiento de los jugadores de distintos años se traslada del terreno al seno de la barra del Mariano. Carloncho se envalentona y encara a Viche exigiéndole más ‘acción’.
            —¡Nos están goleando y tú propones que sigamos cantando! ¡Vamos a buscar pelea! ¡Causemos vandalismo para que queden huellas del paso de nuestra barra por este estadio!
            —¡Piensa bonito, atolondrado! ¿Quieres que nosotros cuarenta provoquemos a más de cuatro mil espectadores? ¡Cálmate o no salimos vivos de aquí!
            La tensión dentro de la barra explosiona cuando de otra tribuna lanzan una bolsa llena de orines que impacta de lleno en el rostro porcino de Fernando Cuellar.
            —¡Te vas a la mierda, huevón! —exclama Carloncho desaforado, empujando a Viche con las dos manos y tomando el estandarte de una de las banderolas como arma para cobrar venganza.
            Mudo testigo de todo, el Negro se dispone a contener a Carloncho del cogote, pero Viche lo detiene. Sabe que la afrenta ha sido en su contra y si quiere mantener el respeto y liderazgo de sus huestes, no tiene más alternativa que mostrar decisión en su semblante normalmente flemático, abrirse paso entre los atónitos barristas y evitar que el faltoso se salga con la suya. Antes de que el barrista de Cuarto Año llegue a la otra tribuna, empuñando la punta del estandarte, previamente afilada, con intenciones de clavárselo al primero que le salga en frente, el jefe de barra le estampa una patada que le impacta a la altura del cóccix, haciéndolo caer y rodar graderías abajo. Los esbirros del caído quisieron cobrar revancha, pero bastó un par de patadas aéreas del Negro para volver al orden. 
            —¡Arríen las banderolas! —ordena el Gordo, orgulloso por la reacción de su amigo. El partido finalizó hace un buen rato y el equipo del Mariano abandona el terreno en silencio, sin que haya conatos de bronca entre los estudiantes de Quinto y Cuarto. El deseo de Viche es que suceda lo mismo en el seno de la barra.
    

            —El próximo partido es contra el Santiago Apóstol —comenta Diego después que los buses los han dejado en el colegio y ya de noche se reúne con el Gordo, Alfredo, el Negro y Viche, fuera de la casa de este último.
            —Menos mal que la riña contra los de Cuarto no pasó a mayores —suspira el Negro—. Hubiera sido la excusa perfecta para que el padre Rodrich nos expulse a Alfredo y a mí.
            —Ese fumón de mierda es peligroso —opina el Gordo— Es una bomba de tiempo. Debemos sacarlo de la barra.   
            —Si sacamos a Carloncho, se van todos los de Cuarto Año y no podemos darnos ese lujo —razona Viche—. Su presencia es un mal necesario.
            —Pero como dice el Gordo, Carloncho es peligroso. Debemos hacer algo para neutralizarlo —agrega Diego.
            —Y nada de hablar o negociar con él —exclama el Negro tajante—, eso sería darle demasiada importancia a ese imbécil.
            —¡Yo no negocio con fumones! —recalca Viche—, pero creo que podemos valernos de ellos. Si todo sale como calculo, sacaremos provecho de su estupidez y ganas de figurar cuando enfrentemos al Santiago Apóstol. 

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