miércoles, 22 de abril de 2015

la noche de la marihuana


       “De qué vale saber tanto sobre tantas cosas, si un profesor de mente obtusa va a desaprobarme por no tener el cuaderno al día. ¿Por qué debo transcribir tantas palabras, digo yo? Para mejorar la caligrafía? ¿Para memorizar y luego olvidar?”, despotricaba Alfredo en alguna ocasión. “Sirve para inculcarte lo que no tienes: disciplina —le contradijo su padre—, porque sin disciplina, por mucho que sepas, no vas a llegar a ninguna parte”. “Pero yo no tengo intenciones de llegar a ningún lado, sólo quiero vivir este momento, este momento y nada más —respondió con todo el hedonismo de su juventud, respaldado por el nihilismo autodidacta que principió a la mitad de sus años, cuando obligado a guardar cama por una dolencia muscular, devoró toda literatura que halló a la mano (al mismo tiempo que engordaba como una esfera por efectos de la cortisona) engendrándole en la cabeza un conjunto de ideas anárquicas—. Yo me opongo a tomar dictados o transcribir libros al pie de la letra. Mis cuadernos me sirven para escribir mis historias, mientras los profesores repiten conocimientos que a mí no me interesa conocer. Los seres humanos debemos tener el derecho de elegir que es lo que deseamos o no aprender”.       
            —Señor Lora, ¿su cuaderno? —solicita el profesor Veira de Historia Nacional.
            —No lo tengo al día, profe.
            —Tiene cero-cinco, señor Lora. Recuerde que esta nota repercutirá en su promedio bimestral.
            Historia es la materia que Alfredo domina más, por lo cual a advertencia del profesor lo tiene sin cuidado. Se cree con la suficiencia de sacarse un dieciséis en el examen escrito, sin esforzarse en memorizar o romperse la cabeza como el resto de sus compañeros, nota suficiente para aprobar y decirle tácitamente al profesor “que se meta al culo su cuaderno al día”.            
            —...Supongamos que logras sacarte dieciséis —calcula Caludia—, con el cero-cinco que te acaban de clavar, sumas veintiún puntos, es decir promedias diez y medio, lo que equivale a un once miserable. ¿Te contentas con eso?
            —El once me basta y me sobra. No en vano es mi número favorito.
            —Deberías preocuparte más. Estamos en la cuarta semana de clases y en todos los cursos estás mal.
            —Es la constante de mi vida escolar. Pésimas notas en abril, mayo y junio. Recién en noviembre, diciembre asoma mi once salvador. 
            —Con esa actitud toda tu vida vas a ser un mediocre, viviendo sin ganas de superarte.
            —No me juzgues bajo tu escala de superación que es diferente a la mía. Tú eres una buena estudiante. Sacarte veinte te provoca un orgasmo y tu ponderado bimestral no baja de quince. Para mí en cambio, una nota alta me sirve como prueba de que no necesito estudiar para ser mejor que los chancones del salón. No es algo que me llene o me haga sentir realizado. A mí ningún hijo de puta, por más cartones de pedagogía que ostente, me va a calificar con una nota. Yo no soy un once o un doce. Lo que valgo no se mide con los números en un registro. El conocimiento que poseo o lo que pienso es algo que no quiero que alguien cuantifique.
            —¿Con ese raciocinio, cómo diablos piensas culminar la secundaria?
            —No te preocupes, ya me las ingeniaré, burlándome siempre de los parámetros pedagógicos establecidos por la sociedad, sin necesidad de rogar o prostituirme por una nota aprobatoria.
            —¿Crees que así vas a poder ingresar a una universidad?
            —Ingresaré y estudiaré lo que me interese aprender. Ahora, estoy jodido si me toca enfrentar profesores de mente tan cuadriculada como los que he sufrido en el Mariano.
            —¿Sabes lo que creo? Que eres un comodón que busca siempre lo más fácil, lo que equivalga a una vida más relajada.
            —¿Y por qué el camino fácil debe ser el inapropiado? Al final lo que cuenta es llegar al destino, dejándome más tiempo libre conmigo mismo, ya sea para crear, escribir historias o idear películas que nunca voy a filmar...
            —Más tiempo para perder, diría yo, siguiendo ideales que no sirven para nada y para nadie, ni siquiera a ti mismo. Como dice mi papá: “a los diecisiete años crees que puedes imponer al mundo tu manera de ser, luego llegan las responsabilidades y te bajas de la nube y si no tienes la suficiente madurez para aterrizar de pie, te estrellas contra la realidad”.
            —¡Vaya! No hubiera sospechado que bajo la pinta de ganso uniformado de tu viejo se esconde un filósofo en ciernes.
            —¡Ya te he dicho que no te metas con nadie de mi familia!
            —¿Tiene algún problema, señorita Tévez? —interviene el profesor Veira.  
            —Eh... no, nada, profesor...
            —¿Podría venir y mostrarme su cuaderno por favor?      
            Caludia le saca la lengua Alfredo antes de ponerse de pie. Él responde a la morisqueta con una sonrisa y voltea hacia Chabelo para continuar con el mismo tema de conversación.
            —¿Qué piensas sobre el futuro?
            —Es lo que llega cuando se acaba el presente.
            —¿Le tienes miedo?
            —Nunca pienso en el mañana. Puedo morir esta noche.
            —Mis viejos me hacen sentir que este es mi último año de irresponsable. A partir de enero próximo estoy obligado a entrarle con fuerza a la vida.
            —Que tengas suerte y seas feliz.
            —No es tan sencillo. Tengo miedo de hacerle frente.
            —Dicen que la vida muerde y te destroza si estás desprevenido. Cuando salgamos del colegio, me dedicaré un par de años a observar tus movimientos, si te va regular, quizás me anime también a salir del cascarón.
            —¿Crees que vas a llegar a los veinte siendo hijito de papá?
            —Me conformo con que sea hasta los cuarenta. De ahí mis hijos estarán lo suficientemente grandes para que me puedan mantener.
            —¿Y mientras tanto a qué te vas a dedicar?
            —Me dedicaré a lo mío, a la batería —tamborilea la carpeta con sus dedos largos y flacos—, demostrándole al mundo que el espíritu de Keith Moon habita en mí.
            —Dedicarse a la música es una buena forma de huevear. ¿Este viernes tu banda va a tocar esa canción que les compuse en Las Tinajas?
            —No sé, compadre. Ya falta poco y tu canción todavía está ‘verde’.
            —¿Cómo que está ‘verde´? En el verano ya la sacaban más o menos. Ahora, ¿con qué excusa me sales?
            —¿No te conté que el domingo pasado hubo cambios drásticos en la banda? Rafo nos ha dejado. El próximo lunes viaja a Chile a seguir estudios de Electrónica. Al Chino hemos decidido darle de baja.   
            —¿Al Chino? ¿Por qué?
            —Por incompatibilidad musical. Salvatore y yo hemos decidido tocar Trash Metal, ni siquiera rock clásico como lo hemos venido haciendo, mientras que el Chino es una perra pop. Imagínate que en una presentación quisimos sacrificar a varios pollitos de la granja de mi papá sobre el escenario, triturándolos con las botas o degollándolos con las manos. El Chino estuvo de acuerdo con el show pero propuso que sea con una canción de Soda Stereo. ¿Te imaginas ese espectáculo dantesco y nosotros cantando: “Nada personal, oh-oh-oh”? Ni cagando, ¿verdad?
            —¡Te delataste, cabrón! No quieres tocar mi canción porque es una balada no muy rocanrolera.
            —Sí, para qué negarlo...
            —Quedamos en que introduciéndole un buen riff y un punteo agudo, la canción te quedaba como cualquier lento a lo Bon Jovi.
            —Es que a nosotros nos llega el pincho el Heavy Metal comercial.
            —¡No es Heavy comercial!
            —¿Ah, sí? Y a qué te sueva eso de: “ellos ponen precio a tu cabeza, y tu piel la empapan de cerveza”... Nosotros queremos tocar música fuerte, ruda, ¡satánica! Algo que nos acerque a Slayer o Sepultura.
            —Eso no es Heavy Metal, es Heavy Mierda. Es ruido monótono que utiliza el satanismo como gancho comercial para engatusar a varios huevones poseros.
            —Engaño o realidad, yo quiero vivir tocando música para Satanás.
            —Si quieres hacer Metal de cloaca es tu problema. Yo pensé que querías hacer algo en la música. Acercarte a Black Sabbath o Iron Maiden, cuyo satanismo no es incompatible con su calidad. Yo no me fijaría en bandas como Possessed o Thanatos que hoy gozan de sus quince minutos con su sonido hostil y barato y mañana nadie los va a recordar.
            —Eso me lo dices para que toquemos tu cancioncita de mierda y te lancemos al estrellato. Si te computas compositor...
            —¡No me computo nada, huevón! No sé leer partituras y nunca haber aprendido a tocar guitarra es una de mis frustraciones. A veces solamente se me mete una tonadilla en el checo, le pongo letras y ¡zas!, tengo lista una canción.
            —Pienso que en el fondo eres un plagiario de poco vuelo, pero igual voy a proponerte algo, compón una canción satánica para mi banda.
            —Muy difícil.
            —¿Por qué?
            —Porque no es lo mío la composición. Soy melómano nada más y el satanismo no es un tema que me inspire.     
            —Inspírate entonces en una mujer. Expláyate en todo lo que harías por ella y luego, cuando esté lista, le quitamos el nombre de la chica, esteee... ¿Caludia puede ser? —Alfredo enrojece y Caludia quien escucha la conversación, también— y ponemos el nombre de Satán.
            —Nada pierdo intentándolo.
            —¡Magnífico! ¿Crees que la puedas tener para hoy en la tarde?
            —No te prometo nada. Haré el intento.
            —¡Alfredo! No te olvides que hoy tenemos ensayo —interviene Caludia. 
            —¡Chabelo, estaré en tu casa en la tarde! ...después del ensayo.

           
            La dejadez y tantos bultos arrumados en la primera planta de la casa de los Campero, con una gruesa capa de polvo cubriendo el piso y el escaso mobiliario, podría resultar desagradable para cualquiera, menos para los componentes de Requiescat, la banda que ha hecho del lugar el sitio idóneo para ensayar, aislados del ruido mundanal. En la sala, destaca por su volumen, la destartalada batería de Chabelo, hecha de forma artesanal. Las tarolas son placas de radiografía templadas y el bombo lo ha robado de la banda del colegio. Lo único comprado son los platillos cuya calidad de sonido se distancian bastante de los Zildjan o los Paiste. En un extremo, se encuentra Lucho Ávila —reemplazo del Chino en la banda— con el teclado Yamaha de su propiedad, cuyo cuerpo frágil y menudo contrarresta con la vivacidad que emana de su mirada, enmarcada en unas gafas circulares que le otorgan cierto parecido a Lennon. En otro lado aparecen recostadas en la red la Fender Telecaster de Salvatore y el bajo Cort de Michael Izcue, ocupante del lugar de Rafo Rizzi. Entre tantos músicos e instrumentos, Alfredo aguarda el veredicto de Chabelo sobre la canción satánica que ha escrito en su cuaderno de Historia.     
            —...Elige el mal, Satán es tu camino. Dios odia el Metal, Satán lo maldijo... La letra está en ‘algodón’, ¿no? —pregunta Chabelo a los demás integrantes.
            —Depende de los arreglos que se le ponga —sentencia Salvatore tomando su guitarra—. Alfredo tararea, ¿cómo va la vaina?
            —Va así: ta ta tan tan, ta-ta-ta-ta-ta-ta tan...
            —¿Y cómo arranca? ¿Con Fa o con Re menor? —inquiere Michael, colocándose su bajo.     
            —Podríamos innovar con una clave de Sol —responde Salvatore.
            —No te adornes mucho y rasga las cuerdas no más —añade el ‘compositor’—. No resulta difícil llevarle el ritmo.
            —¡No! ¡No! ¡No! Así te está saliendo un sonido similar a los Sex Pistols y hacer música Punk sería lo último que haría en mi vida.
            —Yo creo que la canción debería iniciar con un repique de batería —opina Michael—. Algo así como el inicio de Hello, I love you de los Doors, claro que con más violencia.
            El sonido estridente del timbre del primer piso interrumpe el ensayo y causa la extrañeza de Chabelo quien no espera a nadie.
            —¡Yo abro! ¡Es a mí a quien buscan! —se apura en decir Lucho Ávila, quien ha permanecido callado, sumergido en sus teclados, como aguardando una señal.
            Transcurren unos instantes y aparecen en escena dos muchachas bien entradas en carnes, una de cabello castaño claro y revuelto, vestida con un faldón sucio y desteñido; la otra con ojos pequeños, rostro con las huellas del acné y vestida con un jean y una blusa negra que deja el área rolliza del ombligo a la intemperie.    
            —Amigos, les presento a Patty Rosas y a Patty...
            —Morales —corta Alfredo a Lucho, demostrando que la conoce de antes.
            —Ha pasado mucho tiempo, ¿no Alfredito? —corresponde la aludida, lanzando una cómplice sonrisa, como si recordara la noche que se conocieron, la noche en que salieron y la noche que tuvieron relaciones, la primavera pasada. 
            —¿Te parece? —responde nervioso.
            —Creo que fue noviembre. Nunca más me volviste a llamar.
            —Era imposible. Perdí la agenda donde apunté tu teléfono.
            —Y también perdiste la dirección de mi casa, la del Instituto donde estudio, la de mis amigas y todo lo que tenga que ver conmigo.
            —Se nota que ustedes se conocen bastante bien —interviene Chabelo ante el mutismo de su amigo.  
            —¡Por supuesto! —responde ella— Si fuimos enamorados.
            Chabelo y Salvatore estallan en carcajadas por la afirmación de esta fémina no muy agraciada que lleva la etiqueta de ‘pendeja’ por sus cuatro y rebosantes costados. Alfredo se ruboriza, pero calla al no encontrar palabras para desmentir la afirmación de la recién llegada. 
            —¿Ustedes son amigas de Luchito? —pregunta Salvatore.
            —Puta, loco, ¡somos sus groupies! —responde Patty Rosas, con un tono de voz que delata que se ha fumado un bosque— Vamos a todos sus conciertos. Lo seguimos a todos los grupos en los que ha tocado.
            —A nosotras nos encanta la música —complementa Patty Morales—. Tú puedes dar crédito de eso, ¡no es cierto, Alfredito?
            Replegado en un rincón, Alfredo sólo atina a mover afirmativamente la cabeza.
            —¿Trajeron lo que les encargue? —pregunta Lucho con avidez.
            —Puta, loco, traje la hierba, el papel Rizla, tenazas pa’ la chicharra... todo.   
            —Wait a minute, plis! ¿Qué carajo piensan hacer en mi casa? —salta Chabelo.
            —¡Fumar! —responde Lucho muy suelto de huesos— La música con grifa entra mejor. ¿O acaso me van a trabajar de ‘zanahorias’? Me van a decir que no le aplican su porrito o sus tiritos antes de ponerse a tocar.
            En los meses que lleva formada la banda, sólo en una oportunidad y por insinuación del Chino, Chabelo, Salvatore y Rafito Rizzi estuvieron a punto de consumir alcaloides, en los momentos previos a su primera presentación en la casa de Mili el verano pasado, contando con Rulo como vocalista improvisado, quien al final cantó a dúo con Alfredo El extraño del pelo largo, en versión de Los Violadores; pero finalmente desistieron y los moños terminaron en el retrete. Tanto el baterista como el guitarrista han fumado marihuana en más de una parranda, pero jamás lo habían hecho para ensayar.   
            —Bueno... —comenta Chabelo, tomando asiento en su taburete y dándole  golpes al tambor ‘Napoleón’ con las baquetas—, deberíamos intentarlo.   
            —¿Intentar qué? —exclama Salvatore sorprendido.
            —Ensayar estoneados —responde tranquilamente el dueño de casa, ensayando con el pedal del bombo.
            —¡No me jodan! Porque este huevón necesita de drogas para inspirarse, no va a imponer en nuestro primer ensayo imponernos su sistema de trabajo, el cual personalmente, yo no comparto —replica el guitarrista.
            —Sal, llevamos más de ocho meses con este asunto de la música y qué carajo hemos alcanzado. Una tocada para mis amigos del colegio en la casa de una amiga, una participación en el Festival de grupos amateur en el Club Libertad y ahora una invitación para tocar de teloneros en Las Tinajas, de nueve a diez de la noche cuando no hay ni público.  
            —Las oportunidades no llegan de repente. Los Beatles tuvieron tocaron durante años en varios antros de Liverpool y Hamburgo antes que llegara Brian Epstein y los hiciera famosos. 
            —Sí, pero podríamos estar mejor si todas las tardes nos metiéramos más en el asunto en vez de huevear como mayormente lo hacemos.
            —Sabes muy bien que era el Chino quien se la pasaba hueveando, por eso ya no está más en el grupo.
            —No sólo era el Chino, Sal. Todos tenemos culpa porque no encontramos todavía ese elemento que nos hace falta, ese algo que hace que todos los grupos funcionen y suenen especial. ¿Por qué no lo intentamos? ¿Acaso tienes miedo? Lo han hecho Lennon y McCartney, Jagger y Richards, Page y Plant, García y Mestre, y que yo sepa a ninguno le hizo mal. ¿Qué dices? Hagámoslo solamente por esta única vez para ver que tal nos sale.
            Salvatore duda pero no tiene la fuerza de voluntad para hacerse negar. El tecladista y sus dos acompañantes se alegran y sin aguardar más permiso, Patty Rosas abre el paquete de hierba y arma una docena de bates, enciende un par y los hace girar entre todos los presentes.
            —Puta, loco, se nota que es la primera vez que fumas, ¿verdad?
            —¡Por supuesto que no! —se pica Alfredo, quien no desea quedar como primerizo ante Patty Rosas— Probé un poco hace un par de veranos en Puerto Banderas y de ahí —se detiene a recordar—, un par de veces más —miente—. ¿Por qué me preguntas? ¿Acaso parece que no he fumado antes?
            —Sí, loco. Parece que te partes el labio por primera vez. Puta, fumas la hierba como si estuvieras fumando un cigarrillo cualquiera y así no es la cuestión —ella toma el bate que Alfredo tiene en sus manos y se lo coloca en los labios— Al aspirar, no golpees y botes el humo de inmediato... Aspíralo profundamente, llena con humo tus pulmones y retenlo dentro de ti el mayor tiempo posible... Así, ¿ves?
            —¡Síiiii...! —responde Alfredo con un hilo de voz, aspirando y reteniendo una buena cantidad de humo. 
            En instantes solamente, Alfredo constata en su propio organismo que lo que la muchacha afirma es cierto. Sentado en el parquet polvoriento, compara experiencias y se percata que en sus encuentros anteriores con el cannabis nunca le habían invadido los efectos que le invaden en ese momento, comenzando por el cosquilleo que siente en las sienes, como si se tratara de un flujo que toma su cabeza por asalto, poniéndolo más ligero de presiones, más ligero de ideas y de palabras, más ligero de deseos, volviendo cada vez más inútil sus esfuerzos por mantenerse en sus cabales.
            —Ven, Alfredito, fuma conmigo —le invita Patty Morales, parada delante de él.
            —No quiero.
            —¿Por qué? ¿Acaso ya no me deseas? —le increpa, sentándose en sus partes genitales, oprimiendo sus pechos voluptuosos y dándole de fumar el bate que lleva en la mano— ¿Por eso ya no me llamas? ¿Ya te olvidaste de mí?
            Como respuesta, Alfredo emite una sonora carcajada y no pone reparos cuando la Morales, exhalando lentamente humo por las fosas nasales, lo besa, restregando su boca con voracidad, succionando sus labios como si quisiera arrancharlos, frotando la zona pélvica con su entrepierna. Jadeando como un animal en celo, la mujer no se detiene y disfruta cuando siente al joven mojarse. No se detiene a pesar que lo escucha gritar de dolor y éste la deja bruscamente de lado. Al ponerse de pie, constata que le han rasgado de un mordisco el labio superior y con la palma de la mano recoge el fluido que le emana.
            —¿Ves cómo me deseas? Puedo sentir tu sangre hervir —le espeta ella, saboreando con su lengua la sangre arrebatada, emitiendo una gutural y alharaquienta risotada, removiendo su sebosa anatomía en el piso.
            El dolor en el labio, los efectos del segundo porro, el vampirismo, las caricias de Luchito a los senos de Patty Rosas —cuya adicción permanente a las drogas ha provocado que su mirada se pierda en algún momento de su vida— y los intentos de Chabelo, Michael y Salvatore de emular a The Experience en una poco lograda versión de Purple Haze —“...Excuse me, while I kiss the sky”—, ocasionan en Alfredo una sensación de mareo que lo obliga a apoyarse en la pared, sintiendo que pierde la noción de lo cierto y lo incierto.
            —¡Déjame! ¡Déjame! Ahorita no tengo ganas de eso —exclama Patty Rosas tras ser besada sin su consentimiento.
            —¿A qué diablos has venido entonces? —replica Luchito sulfurado.
            —Puta, loco, a escuchar ya sabes qué.
            —¿Ahora?
            —¿Qué mejor momento? ¿No ves que tu grupito ya se cansó de jugar a los metaleros y están encima de mi tocaya? Vamos, Tócala para mí —le solicita y a Alfredo, quien ha sido testigo del parlamento, piensa por un momento en Ilsa Lund.
            Viendo aplazados sus anhelos de sexo fácil, Luchito le cede el bate a quien sería su objeto de placer y haciendo tronar sus dedos, se coloca frente a los teclados y toca una de las composiciones más hermosas de José María Cano, intentando imitar lo mejor que puede la voz de Ana Torroja.
            —Nada tienen de especial, dos mujeres que se dan la mano. El matiz viene después, cuando lo hacen por debajo del mantel... —Con calculada lentitud, Patty Rosas gira hacia Patty Morales, quien le sigue el juego, liberándose de las garras que la sujetan en forma libidinosa— ...Luego a solas sin nada que perder, tras las manos va el resto de la piel... —ambas se toman las manos y se mueven pausadas al ritmo de la tonada— ...Un amor por ocultar, aunque en cueros no hay dónde esconderlo. Lo disfrazan de amistad, cuando salen a pasear por la ciudad... —La Rosas aprisiona los cabellos azabaches de la otra, apoya su rostro en su hombro y de su anodina mirada se escapa un brillo de pena comprimida que sólo Alfredo, fumando un tercer bate, logra captar— ...Una opina que aquello no está bien, la otra opina que qué se le va a hacer. Y lo que opinen los demás está demás, quién detiene palomas al vuelo, volando al ras del suelo, mujer contra mujer...
            —Corre, pórtate mal —le dice Patty Rosas a su compañera, dándole un beso en los labios y luego con una sonrisa.
            Ambas mujeres se separan. Patricia Morales es jalada por Chabelo del brazo y se pierden en el cuarto contiguo, Patricia Rosas se sienta en el piso, entierra la mirada y se fuma otro porro.
            —¿Me convidas un par de ‘toques’? —le pide Alfredo, sentándose a su lado. Ella le cede el bate sin emitir palabras, por un buen momento la barrera del silencio que él rompe con una pregunta— ¿Fumas para entristecerte?
            —No, loco —le responde sin voltear a verlo—, sólo que hoy estoy full depresión.
            —¿Malos recuerdos?
            —Yo no tengo recuerdos buenos. Todos llegan con pena a mi cabeza.
            —¿Y qué recuerdas?
            —A mi viejo... —hace una pausa— Lo mataron, ¿sabes? Era un médico fenomenal. Director de Salud para todo el valle de Chamec. Los guerrilleros lo mataron por no donar medicamentos a la lucha armada. Lo emboscaron en la carretera. Cinco disparos, a las cuatro de la mañana, hace tres años ya...
            —Disculpa, no sabía que...
            —No te preocupes, el tiempo hace que las penas duelan menos. Mi viejo debe estar en el cielo, pasándola de puta madre con tanto locazo. ¿Lo alucinas? Allá arriba con Jimi Hendrix, Brian Jones, Janis Joplin, drogándose, perdiéndose en unas pichangazas mostrasas y mi viejo curando a todos los que se pasan de vueltas porque como médico es la cagada
            El equipo de música suena a todo volumen y se escucha a los Doors tocar: “Five to one, baby, one in five. No one here gets out alive, now...” Sin decir una palabra, la muchacha jala a Alfredo y se mueve al ritmo de la música. La situación le parece tan ridícula que él no para de reír. Sus intentos de hilvanar una conversación coherente con una mujer incoherente aumentan su hilaridad.
            —¡Ten cuidado al moverte, torpe de mierda! —se enoja Luchito al verlo tropezar con su teclado— ¡Casi tiras al suelo mi herramienta de trabajo!
            —Puta, loco, es Morrison, ¡Jim Morrison! ¡Qué bello! —la chica cierra los ojos y abraza a Alfredo del cuello— Por él estaría dispuesta a realizar cualquier sacrificio.
            —¿Estarías... dispuesta... a... realizar... un sacrificio... en... el lecho de amor? —pregunta Michael, balbuceando con dificultad y mirando sin mirar.  
            Alfredo se abalanza encima de la anatomía de la muchacha y ambos caen al suelo, ella se resiste y él intenta besarla a la fuerza.
            —No, loco, qué haces... Yo no quiero, yo no quiero, yo no...
            Sin hacer caso de las peticiones, le baja una de las tiras de su vestido y como no lleva corpiño se apodera de uno de sus senos, el cual succiona con fruición hasta que el dolor le impide continuar. Patty Rosas ha colocado sus uñas en la cara y debe retirarse si no quiere que le deje marcas en la piel.
            —Por Jim Morrison, Patricia... “Come together one more time...”
            —“Get together one more time...” —replica la muchacha, correspondiendo al beso, pero luego se arrepiente y vuelve a colocarse la tira del vestido— No seas maleado, loco. Has chapado con la Patty. A ella le perteneces...
            Alfredo se aparta y ríe de buena gana. “A Patty le perteneces”. Suena poco menos que surrealista cuando escucha a la Morales desde la otra habitación diciéndole con toda desfachatez a Salvatore: “¡Ay! ¡Ay! Despacito porque me duele... ¡Soy virgen!”, luego que acaba de revolcarse con Chabelo.
            —¡A nadie pertenezco y nadie me pertenece! —exclama y se carcajea a más no poder. Cierra los ojos y deja que el ‘Rey Lagarto’ tome posesión de sus oídos cuando suena Soul Kitchen y recuerda la traducción de la letra. “El reloj dice que es hora de cerrar, ahora. Imagino que lo mejor es irme, ahora. Quisiera quedarme aquí toda la noche. Los carros están llenos de múltiples ojos. Las luces de las calles esparcen su hueca luz. Aún me queda un lugar donde ir. Déjame, ‘Caludia’, dormir toda la noche en la cocina de tu alma. Calienta mi mente junto a tu suave horno. Si me dejas afuera, nena, vagaré sin rumbo por los bosques de neón...”
           
           
            —Alfredo, ¡despierta!, ¡despierta! —lo remueve Chabelo del suelo.
            El tiempo es una dimensión que se escapa, más aún bajo los efectos de ciertas sustancias. Se percata que está agitado al volver en sí, comprimiendo su cuerpo en posición fetal. “¡Imbécil, qué tienes! ¡Qué carajo te pasa!”, se pregunta a sí mismo, buscando inútilmente de retomar el control de su conciencia. Siente de repente una ingobernable sensación de pánico, pavor como el que nunca antes ha experimentado en su vida, al punto de que siente temor de Chabelo, Salvatore y Michael que intentan ayudarlo a incorporarse. Observa que Lucho Ávila y las muchachas ya no están. Hace media hora que partieron en un taxi. “¡Oye, huevón, ellos son tus amigos y no te van a hacer daño!”, intenta convencerse, pero es en vano, el terror es más fuerte, al punto que le resulta insoportable. “¡Vamos! ¡Saca fuerzas y ponte de pie!” Él mismo se levanta apoyando su cuerpo con la pared.  
            —¡Déjenme solo! ¡Por favor! ¡Me siento hasta las huevas! —Chabelo intenta tomarlo de los brazos, pero él se corre vociferando— ¡Carajo! ¡He dicho que me suelten!   
            Michael y Salvatore intentan frenar la corrida, pero Alfredo logra escabullirse hacia la puerta, golpeando a ambos con sus codos. Una vez que llega a la calle, se echa a correr con todas sus fuerzas directo a su casa. Aguarda escuchar que alguien le diga que se detenga, aunque sólo le llega el murmullo del viento. Cierra de cuando en cuando los ojos para no sobrecogerse con la lobreguez de las calles. “¡Falta poco para que llegues a tu casa y te refugies de toda esta mierda!”  A la altura del parque grande le parece ser acechado por los espectros de Branco y Resguardo, alucina los alaridos de los otros ‘Chacales’ acechando de esquina en esquina, prestos a lincharlo en venganza de los caídos. Corre más aprisa y se detiene al escuchar la frenada de un Nissan que casi se le viene encima al cruzar imprudentemente la pista. Él no puede evitar caer contra la acera al tropezar con el sardinel. El chofer del auto abre la puerta con la intención de auxiliarlo. “¡Párate y corre si no quieres que te saquen la mierda!”, se dice y continúa en su huida despavorida. Llega a su casa. Ve la hora en su Citizen y se percata que son más de las once. Seguro le va a caer una buena reprimenda porque tiene prohibido salir hasta tan tarde los días de semana. Gira la llave e ingresa a la vivienda, todo está a oscuras, pero sabe ubicarse. Llega a la cocina y digiere su comida lo más rápido que puede. “¡Alfredo! ¡Alfredooo...! ¡Te has estado drogando! ¡Te vas de esta casa de inmediato! ¡Yo no he criado hijos fumones!” Le parece escuchar la voz de su madre retumbando entre las paredes. Deja el tenedor en el plato. Sabe que va a ocasionar la ira de su madre y la decepción de su padre si en ese momento descubren que el menor de sus hijos varones ha fumado marihuana, notorio por el escaso dominio que posee de su mente y también por el olor impregnado en su vestimenta, cabellos y piel. Tiene la suerte, aunque él no lo sabe, que sus padres han ido al cine en la última función a ver la versión del motín del Bounty protagonizada por Mel Gibson y Anthony Hopkins y regresarán pasada la medianoche. Sube las escaleras con la máxima cautela, rogando porque su hermano no se cruce en su camino. “¡Lo logré!”, suspira con alivio cuando llega a su dormitorio y cierra la puerta con seguro. Se desnuda rápido, esconde toda su ropa —incluido calzoncillos— en el fondo del ropero, se pone su pijama y se mete en la cama. El primer contacto con la cama helada le ocasiona un súbito escalofrío. Cierra los ojos, pero es tanta la angustia que no consigue dormir. Siente como en El Corazón Delator de Edgar Allan Poe que el piso late, que las paredes laten, que la puerta late y que todo en cualquier momento se va a venir abajo. “¡Creíste que no nos íbamos a dar cuenta, drogadicto de mierda!” “¡No, papá! ¡No me pegues! ¡No me pegues!” “¡Dale fuerte! ¡Sácale sangre hasta que escarmiente!” “¡Cálmate, idiota! Esto no está pasando. Todos duermen en la casa, todos duermen en toda la cuadra. Es tu imaginación que te juega malas pasadas...” Por más que se esfuerza y trata de inculcarse valor, su cuerpo yace recogido y no para de temblar. “¡Por favor! ¡Qué me venga el sueño! ¡Qué me venga ya!” Pero no. Su mente se encuentra hiperactiva y es bombardeada por un sinnúmero de imágenes y pensamientos que no lo dejan en paz hasta que asoman los primeros rayos del alba. 


            Más dormido que despierto, Alfredo se mete a la ducha y remoja su cuerpo bajo agua hirviendo. Apenas son las seis de la mañana. Todos en la casa permanecen todavía entre las sábanas. Sale mojando las baldosas como es su costumbre y se mira en el espejo. Sonríe. El aplomo ha vuelto y aquel terror espantoso parece ido con las penumbras de la madrugada. A las siete se cruza con su padre. Aguarda que le llame la atención por haber llegado tarde, pero no, conversan sobre la película que vio ayer con su madre y la comparan con aquella versión con Marlon Brando y Trevor Howard que vieron por televisión en alguna tarde dominical. Media hora después toma desayuno y comprueba al tomar el vaso de leche que le ha quedado como vestigio de la fumadera un impertinente temblor en las manos, que intenta ocultar de los ojos incisivos de la Java. Se apura y sale a la puerta a la espera de que el Gordo Macaya pase por él para ir al colegio.
            —¿Te caíste de la cama? Es un milagro que ya estés listo. La gente se va a asustar viéndonos llegar tan temprano.
            —No he podido dormir, ‘gorda’. He pasado la noche más horrible de mi vida.
            —¿El cuco no te dejó dormir?
            —Ayer me pegué una estoneada tremenda.
            —¿Has fumado grifa? ¡Puta que eres tarado! ¿Y cómo pasó?
            —En la casa de Chabelo, llegaron un par de golfas con un paquete repleto de hierba, por dármela de bacán me fumé como cinco bates y terminé hecho mierda. ¡Mira cómo me tiemblan las manos! —exclama estirando los brazos.
            —¡Imbécil! ¡Se te pasó la mano!
            —Al principio con la hierba me sentía de la conchesumadre, totalmente ligero, sentía que todo me causaba gracia. Mas a medida que la euforia se fue disipando, se apoderó de mí un sentimiento de desprotección, provocando que sintiera un temor que rápidamente se transformó en pánico, como si todos y absolutamente todo me fueran a agredir... Fue terrible, infernal. No me imaginé que guardara tanto miedo dentro de mí y que con la marihuana me saliera a flote.  
            —Eso pasa con las drogas, loco. Pueden expandir tu mente, liberar tu creatividad y disminuir tus prejuicios, pero también pueden hacer que broten tus traumas y terrores. A ti te agarró la noica, te afloró un sentimiento de desprotección que seguro llevas en tu yo profundo. Tienes terror a quedarte solo. Temes que el mundo te vaya a comer.
            —No lo había visto de esa manera.
            —Tienes suerte, loco. ¿Cuántos pueden tener a su propio Freud personal a la vuelta de la casa? ¡Nadie! Por eso te aconsejo que no vuelvas a fumar. La marihuana no es para ti, te enfrenta con tus debilidades más profundas en un encuentro que llevas todas las de perder. Tú eres como yo, somos artistas, yo para el dibujo, tú para la escritura y no necesitamos de drogas. No necesitamos ni siquiera de las mujeres. Nuestras necesidades sexuales las podemos satisfacer sin necesidad de compromisos, papeles o responsabilidades que puedan consumir nuestra capacidad creativa.

            Alfredo asiente aunque se conoce bien y sabe que no será la última vez que se someterá al humo del cannabis. Si bien su pasada de vueltas lo llevó a conocer los límites de la demencia y la autodestrucción, es consciente que ha experimentado un trance interesante y no exento de atractivo, lo que Jim Morrison llamaba “ir más allá de las puertas de la percepción” y si quiere volver a encontrarse consigo mismo, quizá sería bueno repetirlo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario