“De qué vale saber tanto sobre tantas
cosas, si un profesor de mente obtusa va a desaprobarme por no tener el
cuaderno al día. ¿Por qué debo transcribir tantas palabras, digo yo? Para mejorar
la caligrafía? ¿Para memorizar y luego olvidar?”, despotricaba Alfredo en
alguna ocasión. “Sirve para inculcarte lo que no tienes: disciplina —le
contradijo su padre—, porque sin disciplina, por mucho que sepas, no vas a
llegar a ninguna parte”. “Pero yo no tengo intenciones de llegar a ningún lado,
sólo quiero vivir este momento, este momento y nada más —respondió con todo el
hedonismo de su juventud, respaldado por el nihilismo autodidacta que principió
a la mitad de sus años, cuando obligado a guardar cama por una dolencia
muscular, devoró toda literatura que halló a la mano (al mismo tiempo que
engordaba como una esfera por efectos de la cortisona) engendrándole en la
cabeza un conjunto de ideas anárquicas—. Yo me opongo a tomar dictados o
transcribir libros al pie de la letra. Mis cuadernos me sirven para escribir
mis historias, mientras los profesores repiten conocimientos que a mí no me
interesa conocer. Los seres humanos debemos tener el derecho de elegir que es
lo que deseamos o no aprender”.
—Señor
Lora, ¿su cuaderno? —solicita el profesor Veira de Historia Nacional.
—No
lo tengo al día, profe.
—Tiene
cero-cinco, señor Lora. Recuerde que esta nota repercutirá en su promedio
bimestral.
Historia
es la materia que Alfredo domina más, por lo cual a advertencia del profesor lo
tiene sin cuidado. Se cree con la suficiencia de sacarse un dieciséis en el
examen escrito, sin esforzarse en memorizar o romperse la cabeza como el resto
de sus compañeros, nota suficiente para aprobar y decirle tácitamente al
profesor “que se meta al culo su cuaderno al día”.
—...Supongamos
que logras sacarte dieciséis —calcula Caludia—, con el cero-cinco que te acaban
de clavar, sumas veintiún puntos, es decir promedias diez y medio, lo que
equivale a un once miserable. ¿Te contentas con eso?
—El
once me basta y me sobra. No en vano es mi número favorito.
—Deberías
preocuparte más. Estamos en la cuarta semana de clases y en todos los cursos
estás mal.
—Es
la constante de mi vida escolar. Pésimas notas en abril, mayo y junio. Recién
en noviembre, diciembre asoma mi once salvador.
—Con
esa actitud toda tu vida vas a ser un mediocre, viviendo sin ganas de
superarte.
—No
me juzgues bajo tu escala de superación que es diferente a la mía. Tú eres una
buena estudiante. Sacarte veinte te provoca un orgasmo y tu ponderado bimestral
no baja de quince. Para mí en cambio, una nota alta me sirve como prueba de que
no necesito estudiar para ser mejor que los chancones del salón. No es algo que
me llene o me haga sentir realizado. A mí ningún hijo de puta, por más cartones
de pedagogía que ostente, me va a calificar con una nota. Yo no soy un once o
un doce. Lo que valgo no se mide con los números en un registro. El
conocimiento que poseo o lo que pienso es algo que no quiero que alguien
cuantifique.
—¿Con
ese raciocinio, cómo diablos piensas culminar la secundaria?
—No
te preocupes, ya me las ingeniaré, burlándome siempre de los parámetros
pedagógicos establecidos por la sociedad, sin necesidad de rogar o prostituirme
por una nota aprobatoria.
—¿Crees
que así vas a poder ingresar a una universidad?
—Ingresaré y estudiaré lo que me interese
aprender. Ahora, estoy jodido si me toca enfrentar profesores de mente tan
cuadriculada como los que he sufrido en el Mariano.
—¿Sabes
lo que creo? Que eres un comodón que busca siempre lo más fácil, lo que
equivalga a una vida más relajada.
—¿Y
por qué el camino fácil debe ser el inapropiado? Al final lo que cuenta es
llegar al destino, dejándome más tiempo libre conmigo mismo, ya sea para crear,
escribir historias o idear películas que nunca voy a filmar...
—Más
tiempo para perder, diría yo, siguiendo ideales que no sirven para nada y para
nadie, ni siquiera a ti mismo. Como dice mi papá: “a los diecisiete años crees
que puedes imponer al mundo tu manera de ser, luego llegan las
responsabilidades y te bajas de la nube y si no tienes la suficiente madurez
para aterrizar de pie, te estrellas contra la realidad”.
—¡Vaya!
No hubiera sospechado que bajo la pinta de ganso uniformado de tu viejo se
esconde un filósofo en ciernes.
—¡Ya
te he dicho que no te metas con nadie de mi familia!
—¿Tiene
algún problema, señorita Tévez? —interviene el profesor Veira.
—Eh...
no, nada, profesor...
—¿Podría
venir y mostrarme su cuaderno por favor?
Caludia
le saca la lengua Alfredo antes de ponerse de pie. Él responde a la morisqueta
con una sonrisa y voltea hacia Chabelo para continuar con el mismo tema de
conversación.
—¿Qué
piensas sobre el futuro?
—Es lo que llega cuando se acaba el presente.
—¿Le
tienes miedo?
—Nunca
pienso en el mañana. Puedo morir esta noche.
—Mis
viejos me hacen sentir que este es mi último año de irresponsable. A partir de
enero próximo estoy obligado a entrarle con fuerza a la vida.
—Que tengas suerte y seas feliz.
—No es tan sencillo. Tengo miedo de hacerle
frente.
—Dicen
que la vida muerde y te destroza si estás desprevenido. Cuando salgamos del
colegio, me dedicaré un par de años a observar tus movimientos, si te va
regular, quizás me anime también a salir del cascarón.
—¿Crees
que vas a llegar a los veinte siendo hijito de papá?
—Me conformo con que sea hasta los cuarenta. De
ahí mis hijos estarán lo suficientemente grandes para que me puedan mantener.
—¿Y
mientras tanto a qué te vas a dedicar?
—Me
dedicaré a lo mío, a la batería —tamborilea la carpeta con sus dedos largos y
flacos—, demostrándole al mundo que el espíritu de Keith Moon habita en mí.
—Dedicarse a la música es una buena forma de
huevear. ¿Este viernes tu banda va a tocar esa canción que les compuse en Las
Tinajas?
—No
sé, compadre. Ya falta poco y tu canción todavía está ‘verde’.
—¿Cómo
que está ‘verde´? En el verano ya la sacaban más o menos. Ahora, ¿con qué
excusa me sales?
—¿No
te conté que el domingo pasado hubo cambios drásticos en la banda? Rafo nos ha
dejado. El próximo lunes viaja a Chile a seguir estudios de Electrónica. Al
Chino hemos decidido darle de baja.
—¿Al Chino? ¿Por qué?
—Por
incompatibilidad musical. Salvatore y yo hemos decidido tocar Trash Metal, ni
siquiera rock clásico como lo hemos venido haciendo, mientras que el Chino es
una perra pop. Imagínate que en una presentación quisimos sacrificar a varios
pollitos de la granja de mi papá sobre el escenario, triturándolos con las
botas o degollándolos con las manos. El Chino estuvo de acuerdo con el show
pero propuso que sea con una canción de Soda Stereo. ¿Te imaginas ese
espectáculo dantesco y nosotros cantando: “Nada personal, oh-oh-oh”? Ni
cagando, ¿verdad?
—¡Te
delataste, cabrón! No quieres tocar mi canción porque es una balada no muy
rocanrolera.
—Sí, para qué negarlo...
—Quedamos en que introduciéndole un buen riff y
un punteo agudo, la canción te quedaba como cualquier lento a lo Bon Jovi.
—Es que a nosotros nos llega el pincho el Heavy
Metal comercial.
—¡No es Heavy comercial!
—¿Ah,
sí? Y a qué te sueva eso de: “ellos ponen precio a tu cabeza, y tu piel la
empapan de cerveza”... Nosotros queremos tocar música fuerte, ruda, ¡satánica!
Algo que nos acerque a Slayer o Sepultura.
—Eso
no es Heavy Metal, es Heavy Mierda. Es ruido monótono que utiliza el satanismo
como gancho comercial para engatusar a varios huevones poseros.
—Engaño o realidad, yo quiero vivir tocando
música para Satanás.
—Si
quieres hacer Metal de cloaca es tu problema. Yo pensé que querías hacer algo
en la música. Acercarte a Black Sabbath o Iron Maiden, cuyo satanismo no es
incompatible con su calidad. Yo no me fijaría en bandas como Possessed o
Thanatos que hoy gozan de sus quince minutos con su sonido hostil y barato y
mañana nadie los va a recordar.
—Eso
me lo dices para que toquemos tu cancioncita de mierda y te lancemos al
estrellato. Si te computas compositor...
—¡No
me computo nada, huevón! No sé leer partituras y nunca haber aprendido a tocar
guitarra es una de mis frustraciones. A veces solamente se me mete una
tonadilla en el checo, le pongo letras y ¡zas!, tengo lista una canción.
—Pienso
que en el fondo eres un plagiario de poco vuelo, pero igual voy a proponerte
algo, compón una canción satánica para mi banda.
—Muy
difícil.
—¿Por
qué?
—Porque
no es lo mío la composición. Soy melómano nada más y el satanismo no es un tema
que me inspire.
—Inspírate
entonces en una mujer. Expláyate en todo lo que harías por ella y luego, cuando
esté lista, le quitamos el nombre de la chica, esteee... ¿Caludia puede ser?
—Alfredo enrojece y Caludia quien escucha la conversación, también— y ponemos
el nombre de Satán.
—Nada
pierdo intentándolo.
—¡Magnífico!
¿Crees que la puedas tener para hoy en la tarde?
—No
te prometo nada. Haré el intento.
—¡Alfredo!
No te olvides que hoy tenemos ensayo —interviene Caludia.
—¡Chabelo,
estaré en tu casa en la tarde! ...después del ensayo.
La dejadez
y tantos bultos arrumados en la primera planta de la casa de los Campero, con
una gruesa capa de polvo cubriendo el piso y el escaso mobiliario, podría
resultar desagradable para cualquiera, menos para los componentes de
Requiescat, la banda que ha hecho del lugar el sitio idóneo para ensayar,
aislados del ruido mundanal. En la sala, destaca por su volumen, la
destartalada batería de Chabelo, hecha de forma artesanal. Las tarolas son
placas de radiografía templadas y el bombo lo ha robado de la banda del
colegio. Lo único comprado son los platillos cuya calidad de sonido se
distancian bastante de los Zildjan o los Paiste. En un extremo, se encuentra
Lucho Ávila —reemplazo del Chino en la banda— con el teclado Yamaha de su
propiedad, cuyo cuerpo frágil y menudo contrarresta con la vivacidad que emana
de su mirada, enmarcada en unas gafas circulares que le otorgan cierto parecido
a Lennon. En otro lado aparecen recostadas en la red la Fender Telecaster de
Salvatore y el bajo Cort de Michael Izcue, ocupante del lugar de Rafo Rizzi.
Entre tantos músicos e instrumentos, Alfredo aguarda el veredicto de Chabelo
sobre la canción satánica que ha escrito en su cuaderno de Historia.
—...Elige
el mal, Satán es tu camino. Dios odia el Metal, Satán lo maldijo... La letra
está en ‘algodón’, ¿no? —pregunta Chabelo a los demás integrantes.
—Depende
de los arreglos que se le ponga —sentencia Salvatore tomando su guitarra—.
Alfredo tararea, ¿cómo va la vaina?
—Va así:
ta ta tan tan, ta-ta-ta-ta-ta-ta tan...
—¿Y cómo
arranca? ¿Con Fa o con Re menor? —inquiere Michael, colocándose su bajo.
—Podríamos
innovar con una clave de Sol —responde Salvatore.
—No te
adornes mucho y rasga las cuerdas no más —añade el ‘compositor’—. No resulta
difícil llevarle el ritmo.
—¡No! ¡No! ¡No!
Así te está saliendo un sonido similar a los Sex Pistols y hacer música Punk
sería lo último que haría en mi vida.
—Yo creo
que la canción debería iniciar con un repique de batería —opina Michael—. Algo
así como el inicio de Hello, I love you
de los Doors, claro que con más violencia.
El sonido
estridente del timbre del primer piso interrumpe el ensayo y causa la extrañeza
de Chabelo quien no espera a nadie.
—¡Yo abro! ¡Es
a mí a quien buscan! —se apura en decir Lucho Ávila, quien ha permanecido
callado, sumergido en sus teclados, como aguardando una señal.
Transcurren
unos instantes y aparecen en escena dos muchachas bien entradas en carnes, una
de cabello castaño claro y revuelto, vestida con un faldón sucio y desteñido;
la otra con ojos pequeños, rostro con las huellas del acné y vestida con un
jean y una blusa negra que deja el área rolliza del ombligo a la
intemperie.
—Amigos,
les presento a Patty Rosas y a Patty...
—Morales
—corta Alfredo a Lucho, demostrando que la conoce de antes.
—Ha pasado
mucho tiempo, ¿no Alfredito? —corresponde la aludida, lanzando una cómplice
sonrisa, como si recordara la noche que se conocieron, la noche en que salieron
y la noche que tuvieron relaciones, la primavera pasada.
—¿Te
parece? —responde nervioso.
—Creo que
fue noviembre. Nunca más me volviste a llamar.
—Era imposible.
Perdí la agenda donde apunté tu teléfono.
—Y también
perdiste la dirección de mi casa, la del Instituto donde estudio, la de mis
amigas y todo lo que tenga que ver conmigo.
—Se nota
que ustedes se conocen bastante bien —interviene Chabelo ante el mutismo de su
amigo.
—¡Por supuesto!
—responde ella— Si fuimos enamorados.
Chabelo y
Salvatore estallan en carcajadas por la afirmación de esta fémina no muy agraciada
que lleva la etiqueta de ‘pendeja’ por sus cuatro y rebosantes costados.
Alfredo se ruboriza, pero calla al no encontrar palabras para desmentir la
afirmación de la recién llegada.
—¿Ustedes
son amigas de Luchito? —pregunta Salvatore.
—Puta, loco,
¡somos sus groupies! —responde Patty Rosas, con un tono de voz que delata que se
ha fumado un bosque— Vamos a todos sus conciertos. Lo seguimos a todos los
grupos en los que ha tocado.
—A
nosotras nos encanta la música —complementa Patty Morales—. Tú puedes dar
crédito de eso, ¡no es cierto, Alfredito?
Replegado
en un rincón, Alfredo sólo atina a mover afirmativamente la cabeza.
—¿Trajeron
lo que les encargue? —pregunta Lucho con avidez.
—Puta,
loco, traje la hierba, el papel Rizla, tenazas pa’ la chicharra... todo.
—Wait a minute,
plis! ¿Qué carajo
piensan hacer en mi casa? —salta Chabelo.
—¡Fumar!
—responde Lucho muy suelto de huesos— La música con grifa entra mejor. ¿O acaso
me van a trabajar de ‘zanahorias’? Me van a decir que no le aplican su porrito
o sus tiritos antes de ponerse a tocar.
En los meses
que lleva formada la banda, sólo en una oportunidad y por insinuación del
Chino, Chabelo, Salvatore y Rafito Rizzi estuvieron a punto de consumir
alcaloides, en los momentos previos a su primera presentación en la casa de
Mili el verano pasado, contando con Rulo como vocalista improvisado, quien al
final cantó a dúo con Alfredo El extraño
del pelo largo, en versión de Los Violadores; pero finalmente desistieron y
los moños terminaron en el retrete. Tanto el baterista como el guitarrista han
fumado marihuana en más de una parranda, pero jamás lo habían hecho para
ensayar.
—Bueno...
—comenta Chabelo, tomando asiento en su taburete y dándole golpes al tambor ‘Napoleón’ con las
baquetas—, deberíamos intentarlo.
—¿Intentar qué?
—exclama Salvatore sorprendido.
—Ensayar
estoneados —responde tranquilamente el dueño de casa, ensayando con el pedal
del bombo.
—¡No me
jodan! Porque este huevón necesita de drogas para inspirarse, no va a imponer
en nuestro primer ensayo imponernos su sistema de trabajo, el cual
personalmente, yo no comparto —replica el guitarrista.
—Sal,
llevamos más de ocho meses con este asunto de la música y qué carajo hemos
alcanzado. Una tocada para mis amigos del colegio en la casa de una amiga, una
participación en el Festival de grupos amateur en el Club Libertad y ahora una
invitación para tocar de teloneros en Las Tinajas, de nueve a diez de la noche
cuando no hay ni público.
—Las
oportunidades no llegan de repente. Los Beatles tuvieron tocaron durante años
en varios antros de Liverpool y Hamburgo antes que llegara Brian Epstein y los
hiciera famosos.
—Sí, pero
podríamos estar mejor si todas las tardes nos metiéramos más en el asunto en
vez de huevear como mayormente lo hacemos.
—Sabes muy
bien que era el Chino quien se la pasaba hueveando, por eso ya no está más en
el grupo.
—No sólo era el
Chino, Sal. Todos tenemos culpa porque no encontramos todavía ese elemento que
nos hace falta, ese algo que hace que todos los grupos funcionen y suenen
especial. ¿Por qué no lo intentamos? ¿Acaso tienes miedo? Lo han hecho Lennon y
McCartney, Jagger y Richards, Page y Plant, García y Mestre, y que yo sepa a
ninguno le hizo mal. ¿Qué dices? Hagámoslo solamente por esta única vez para
ver que tal nos sale.
Salvatore
duda pero no tiene la fuerza de voluntad para hacerse negar. El tecladista y
sus dos acompañantes se alegran y sin aguardar más permiso, Patty Rosas abre el
paquete de hierba y arma una docena de bates, enciende un par y los hace girar
entre todos los presentes.
—Puta,
loco, se nota que es la primera vez que fumas, ¿verdad?
—¡Por
supuesto que no! —se pica Alfredo, quien no desea quedar como primerizo ante
Patty Rosas— Probé un poco hace un par de veranos en Puerto Banderas y de ahí
—se detiene a recordar—, un par de veces más —miente—. ¿Por qué me preguntas?
¿Acaso parece que no he fumado antes?
—Sí, loco.
Parece que te partes el labio por primera vez. Puta, fumas la hierba como si
estuvieras fumando un cigarrillo cualquiera y así no es la cuestión —ella toma
el bate que Alfredo tiene en sus manos y se lo coloca en los labios— Al
aspirar, no golpees y botes el humo de inmediato... Aspíralo profundamente,
llena con humo tus pulmones y retenlo dentro de ti el mayor tiempo posible...
Así, ¿ves?
—¡Síiiii...!
—responde Alfredo con un hilo de voz, aspirando y reteniendo una buena cantidad
de humo.
En
instantes solamente, Alfredo constata en su propio organismo que lo que la
muchacha afirma es cierto. Sentado en el parquet polvoriento, compara
experiencias y se percata que en sus encuentros anteriores con el cannabis
nunca le habían invadido los efectos que le invaden en ese momento, comenzando
por el cosquilleo que siente en las sienes, como si se tratara de un flujo que
toma su cabeza por asalto, poniéndolo más ligero de presiones, más ligero de
ideas y de palabras, más ligero de deseos, volviendo cada vez más inútil sus
esfuerzos por mantenerse en sus cabales.
—Ven,
Alfredito, fuma conmigo —le invita Patty Morales, parada delante de él.
—No quiero.
—¿Por qué?
¿Acaso ya no me deseas? —le increpa, sentándose en sus partes genitales,
oprimiendo sus pechos voluptuosos y dándole de fumar el bate que lleva en la
mano— ¿Por eso ya no me llamas? ¿Ya te olvidaste de mí?
Como
respuesta, Alfredo emite una sonora carcajada y no pone reparos cuando la
Morales, exhalando lentamente humo por las fosas nasales, lo besa, restregando
su boca con voracidad, succionando sus labios como si quisiera arrancharlos,
frotando la zona pélvica con su entrepierna. Jadeando como un animal en celo,
la mujer no se detiene y disfruta cuando siente al joven mojarse. No se detiene
a pesar que lo escucha gritar de dolor y éste la deja bruscamente de lado. Al
ponerse de pie, constata que le han rasgado de un mordisco el labio superior y
con la palma de la mano recoge el fluido que le emana.
—¿Ves cómo
me deseas? Puedo sentir tu sangre hervir —le espeta ella, saboreando con su
lengua la sangre arrebatada, emitiendo una gutural y alharaquienta risotada,
removiendo su sebosa anatomía en el piso.
El dolor
en el labio, los efectos del segundo porro, el vampirismo, las caricias de
Luchito a los senos de Patty Rosas —cuya adicción permanente a las drogas ha
provocado que su mirada se pierda en algún momento de su vida— y los intentos
de Chabelo, Michael y Salvatore de emular a The Experience en una poco lograda
versión de Purple Haze —“...Excuse
me, while I kiss the sky”—, ocasionan en Alfredo una sensación de mareo que lo
obliga a apoyarse en la pared, sintiendo que pierde la noción de lo cierto y lo
incierto.
—¡Déjame!
¡Déjame! Ahorita no tengo ganas de eso —exclama Patty Rosas tras ser besada sin
su consentimiento.
—¿A qué diablos
has venido entonces? —replica Luchito sulfurado.
—Puta,
loco, a escuchar ya sabes qué.
—¿Ahora?
—¿Qué
mejor momento? ¿No ves que tu grupito ya se cansó de jugar a los metaleros y
están encima de mi tocaya? Vamos, Tócala para mí —le solicita y a Alfredo,
quien ha sido testigo del parlamento, piensa por un momento en Ilsa Lund.
Viendo
aplazados sus anhelos de sexo fácil, Luchito le cede el bate a quien sería su
objeto de placer y haciendo tronar sus dedos, se coloca frente a los teclados y
toca una de las composiciones más hermosas de José María Cano, intentando
imitar lo mejor que puede la voz de Ana Torroja.
—Nada
tienen de especial, dos mujeres que se dan la mano. El matiz viene después,
cuando lo hacen por debajo del mantel... —Con calculada lentitud, Patty Rosas
gira hacia Patty Morales, quien le sigue el juego, liberándose de las garras
que la sujetan en forma libidinosa— ...Luego a solas sin nada que perder, tras
las manos va el resto de la piel... —ambas se toman las manos y se mueven
pausadas al ritmo de la tonada— ...Un amor por ocultar, aunque en cueros no hay
dónde esconderlo. Lo disfrazan de amistad, cuando salen a pasear por la
ciudad... —La Rosas aprisiona los cabellos azabaches de la otra, apoya su
rostro en su hombro y de su anodina mirada se escapa un brillo de pena
comprimida que sólo Alfredo, fumando un tercer bate, logra captar— ...Una opina
que aquello no está bien, la otra opina que qué se le va a hacer. Y lo que
opinen los demás está demás, quién detiene palomas al vuelo, volando al ras del
suelo, mujer contra mujer...
—Corre,
pórtate mal —le dice Patty Rosas a su compañera, dándole un beso en los labios
y luego con una sonrisa.
Ambas
mujeres se separan. Patricia Morales es jalada por Chabelo del brazo y se
pierden en el cuarto contiguo, Patricia Rosas se sienta en el piso, entierra la
mirada y se fuma otro porro.
—¿Me
convidas un par de ‘toques’? —le pide Alfredo, sentándose a su lado. Ella le
cede el bate sin emitir palabras, por un buen momento la barrera del silencio
que él rompe con una pregunta— ¿Fumas para entristecerte?
—No, loco
—le responde sin voltear a verlo—, sólo que hoy estoy full depresión.
—¿Malos
recuerdos?
—Yo no
tengo recuerdos buenos. Todos llegan con pena a mi cabeza.
—¿Y qué
recuerdas?
—A mi viejo...
—hace una pausa— Lo mataron, ¿sabes? Era un médico fenomenal. Director de Salud
para todo el valle de Chamec. Los guerrilleros lo mataron por no donar
medicamentos a la lucha armada. Lo emboscaron en la carretera. Cinco disparos,
a las cuatro de la mañana, hace tres años ya...
—Disculpa, no
sabía que...
—No te
preocupes, el tiempo hace que las penas duelan menos. Mi viejo debe estar en el
cielo, pasándola de puta madre con tanto locazo. ¿Lo alucinas? Allá arriba con
Jimi Hendrix, Brian Jones, Janis Joplin, drogándose, perdiéndose en unas
pichangazas mostrasas y mi viejo curando a todos los que se pasan de vueltas porque
como médico es la cagada
El equipo
de música suena a todo volumen y se escucha a los Doors tocar: “Five to one,
baby, one in five. No one here gets out alive, now...” Sin decir una
palabra, la muchacha jala a Alfredo y se mueve al ritmo de la música. La
situación le parece tan ridícula que él no para de reír. Sus intentos de
hilvanar una conversación coherente con una mujer incoherente aumentan su
hilaridad.
—¡Ten cuidado
al moverte, torpe de mierda! —se enoja Luchito al verlo tropezar con su teclado—
¡Casi tiras al suelo mi herramienta de trabajo!
—Puta,
loco, es Morrison, ¡Jim Morrison! ¡Qué bello! —la chica cierra los ojos y
abraza a Alfredo del cuello— Por él estaría dispuesta a realizar cualquier
sacrificio.
—¿Estarías...
dispuesta... a... realizar... un sacrificio... en... el lecho de amor? —pregunta
Michael, balbuceando con dificultad y mirando sin mirar.
Alfredo
se abalanza encima de la anatomía de la muchacha y ambos caen al suelo, ella se
resiste y él intenta besarla a la fuerza.
—No, loco, qué
haces... Yo no quiero, yo no quiero, yo no...
Sin hacer
caso de las peticiones, le baja una de las tiras de su vestido y como no lleva
corpiño se apodera de uno de sus senos, el cual succiona con fruición hasta que
el dolor le impide continuar. Patty Rosas ha colocado sus uñas en la cara y
debe retirarse si no quiere que le deje marcas en la piel.
—Por Jim Morrison, Patricia... “Come together one more time...”
—“Get
together one more time...” —replica la muchacha, correspondiendo al beso, pero
luego se arrepiente y vuelve a colocarse la tira del vestido— No seas
maleado, loco. Has chapado con la Patty. A ella le perteneces...
Alfredo se
aparta y ríe de buena gana. “A Patty le perteneces”. Suena poco menos que
surrealista cuando escucha a la Morales desde la otra habitación diciéndole con
toda desfachatez a Salvatore: “¡Ay! ¡Ay! Despacito porque me duele... ¡Soy
virgen!”, luego que acaba de revolcarse con Chabelo.
—¡A nadie
pertenezco y nadie me pertenece! —exclama y se carcajea a más no poder. Cierra
los ojos y deja que el ‘Rey Lagarto’ tome posesión de sus oídos cuando suena Soul Kitchen y recuerda la traducción de
la letra. “El reloj dice que es hora de cerrar, ahora. Imagino que lo mejor es
irme, ahora. Quisiera quedarme aquí toda la noche. Los carros están llenos de
múltiples ojos. Las luces de las calles esparcen su hueca luz. Aún me queda un
lugar donde ir. Déjame, ‘Caludia’, dormir toda la noche en la cocina de tu
alma. Calienta mi mente junto a tu suave horno. Si me dejas afuera, nena, vagaré
sin rumbo por los bosques de neón...”
—Alfredo,
¡despierta!, ¡despierta! —lo remueve Chabelo del suelo.
El tiempo es
una dimensión que se escapa, más aún bajo los efectos de ciertas sustancias. Se
percata que está agitado al volver en sí, comprimiendo su cuerpo en posición
fetal. “¡Imbécil, qué tienes! ¡Qué carajo te pasa!”, se pregunta a sí mismo,
buscando inútilmente de retomar el control de su conciencia. Siente de repente
una ingobernable sensación de pánico, pavor como el que nunca antes ha
experimentado en su vida, al punto de que siente temor de Chabelo, Salvatore y
Michael que intentan ayudarlo a incorporarse. Observa que Lucho Ávila y las muchachas
ya no están. Hace media hora que partieron en un taxi. “¡Oye, huevón, ellos son
tus amigos y no te van a hacer daño!”, intenta convencerse, pero es en vano, el
terror es más fuerte, al punto que le resulta insoportable. “¡Vamos! ¡Saca
fuerzas y ponte de pie!” Él mismo se levanta apoyando su cuerpo con la
pared.
—¡Déjenme
solo! ¡Por favor! ¡Me siento hasta las huevas! —Chabelo intenta tomarlo de los
brazos, pero él se corre vociferando— ¡Carajo! ¡He dicho que me suelten!
Michael y
Salvatore intentan frenar la corrida, pero Alfredo logra escabullirse hacia la
puerta, golpeando a ambos con sus codos. Una vez que llega a la calle, se echa
a correr con todas sus fuerzas directo a su casa. Aguarda escuchar que alguien
le diga que se detenga, aunque sólo le llega el murmullo del viento. Cierra de
cuando en cuando los ojos para no sobrecogerse con la lobreguez de las calles.
“¡Falta poco para que llegues a tu casa y te refugies de toda esta
mierda!” A la altura del parque grande
le parece ser acechado por los espectros de Branco y Resguardo, alucina los
alaridos de los otros ‘Chacales’ acechando de esquina en esquina, prestos a
lincharlo en venganza de los caídos. Corre más aprisa y se detiene al escuchar
la frenada de un Nissan que casi se le viene encima al cruzar imprudentemente
la pista. Él no puede evitar caer contra la acera al tropezar con el sardinel.
El chofer del auto abre la puerta con la intención de auxiliarlo. “¡Párate y
corre si no quieres que te saquen la mierda!”, se dice y continúa en su huida
despavorida. Llega a su casa. Ve la hora en su Citizen y se percata que son más
de las once. Seguro le va a caer una buena reprimenda porque tiene prohibido
salir hasta tan tarde los días de semana. Gira la llave e ingresa a la
vivienda, todo está a oscuras, pero sabe ubicarse. Llega a la cocina y digiere
su comida lo más rápido que puede. “¡Alfredo! ¡Alfredooo...! ¡Te has estado
drogando! ¡Te vas de esta casa de inmediato! ¡Yo no he criado hijos fumones!”
Le parece escuchar la voz de su madre retumbando entre las paredes. Deja el
tenedor en el plato. Sabe que va a ocasionar la ira de su madre y la decepción
de su padre si en ese momento descubren que el menor de sus hijos varones ha
fumado marihuana, notorio por el escaso dominio que posee de su mente y también
por el olor impregnado en su vestimenta, cabellos y piel. Tiene la suerte,
aunque él no lo sabe, que sus padres han ido al cine en la última función a ver
la versión del motín del Bounty protagonizada por Mel Gibson y Anthony Hopkins
y regresarán pasada la medianoche. Sube las escaleras con la máxima cautela,
rogando porque su hermano no se cruce en su camino. “¡Lo logré!”, suspira con
alivio cuando llega a su dormitorio y cierra la puerta con seguro. Se desnuda
rápido, esconde toda su ropa —incluido calzoncillos— en el fondo del ropero, se
pone su pijama y se mete en la cama. El primer contacto con la cama helada le
ocasiona un súbito escalofrío. Cierra los ojos, pero es tanta la angustia que
no consigue dormir. Siente como en El
Corazón Delator de Edgar Allan Poe que el piso late, que las paredes laten,
que la puerta late y que todo en cualquier momento se va a venir abajo.
“¡Creíste que no nos íbamos a dar cuenta, drogadicto de mierda!” “¡No, papá!
¡No me pegues! ¡No me pegues!” “¡Dale fuerte! ¡Sácale sangre hasta que
escarmiente!” “¡Cálmate, idiota! Esto no está pasando. Todos duermen en la
casa, todos duermen en toda la cuadra. Es tu imaginación que te juega malas
pasadas...” Por más que se esfuerza y trata de inculcarse valor, su cuerpo yace
recogido y no para de temblar. “¡Por favor! ¡Qué me venga el sueño! ¡Qué me
venga ya!” Pero no. Su mente se encuentra hiperactiva y es bombardeada por un
sinnúmero de imágenes y pensamientos que no lo dejan en paz hasta que asoman
los primeros rayos del alba.
Más
dormido que despierto, Alfredo se mete a la ducha y remoja su cuerpo bajo agua
hirviendo. Apenas son las seis de la mañana. Todos en la casa permanecen
todavía entre las sábanas. Sale mojando las baldosas como es su costumbre y se
mira en el espejo. Sonríe. El aplomo ha vuelto y aquel terror espantoso parece
ido con las penumbras de la madrugada. A las siete se cruza con su padre.
Aguarda que le llame la atención por haber llegado tarde, pero no, conversan
sobre la película que vio ayer con su madre y la comparan con aquella versión con
Marlon Brando y Trevor Howard que vieron por televisión en alguna tarde
dominical. Media hora después toma desayuno y comprueba al tomar el vaso de
leche que le ha quedado como vestigio de la fumadera un impertinente temblor en
las manos, que intenta ocultar de los ojos incisivos de la Java. Se apura y
sale a la puerta a la espera de que el Gordo Macaya pase por él para ir al
colegio.
—¿Te
caíste de la cama? Es un milagro que ya estés listo. La gente se va a asustar
viéndonos llegar tan temprano.
—No he
podido dormir, ‘gorda’. He pasado la noche más horrible de mi vida.
—¿El cuco
no te dejó dormir?
—Ayer me
pegué una estoneada tremenda.
—¿Has
fumado grifa? ¡Puta que eres tarado! ¿Y cómo pasó?
—En la
casa de Chabelo, llegaron un par de golfas con un paquete repleto de hierba,
por dármela de bacán me fumé como cinco bates y terminé hecho mierda. ¡Mira
cómo me tiemblan las manos! —exclama estirando los brazos.
—¡Imbécil!
¡Se te pasó la mano!
—Al
principio con la hierba me sentía de la conchesumadre, totalmente ligero,
sentía que todo me causaba gracia. Mas a medida que la euforia se fue
disipando, se apoderó de mí un sentimiento de desprotección, provocando que
sintiera un temor que rápidamente se transformó en pánico, como si todos y
absolutamente todo me fueran a agredir... Fue terrible, infernal. No me imaginé
que guardara tanto miedo dentro de mí y que con la marihuana me saliera a
flote.
—Eso pasa
con las drogas, loco. Pueden expandir tu mente, liberar tu creatividad y
disminuir tus prejuicios, pero también pueden hacer que broten tus traumas y
terrores. A ti te agarró la noica, te afloró un sentimiento de desprotección
que seguro llevas en tu yo profundo. Tienes terror a quedarte solo. Temes que
el mundo te vaya a comer.
—No lo
había visto de esa manera.
—Tienes
suerte, loco. ¿Cuántos pueden tener a su propio Freud personal a la vuelta de
la casa? ¡Nadie! Por eso te aconsejo que no vuelvas a fumar. La marihuana no es
para ti, te enfrenta con tus debilidades más profundas en un encuentro que
llevas todas las de perder. Tú eres como yo, somos artistas, yo para el dibujo,
tú para la escritura y no necesitamos de drogas. No necesitamos ni siquiera de
las mujeres. Nuestras necesidades sexuales las podemos satisfacer sin necesidad
de compromisos, papeles o responsabilidades que puedan consumir nuestra
capacidad creativa.
Alfredo
asiente aunque se conoce bien y sabe que no será la última vez que se someterá
al humo del cannabis. Si bien su pasada de vueltas lo llevó a conocer los
límites de la demencia y la autodestrucción, es consciente que ha experimentado
un trance interesante y no exento de atractivo, lo que Jim Morrison llamaba “ir
más allá de las puertas de la percepción” y si quiere volver a encontrarse consigo
mismo, quizá sería bueno repetirlo.

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