Esa noche resultó
imposible dormir. Pasó las horas meditando, agazapado sobre el muro de la
azotea donde acostumbra fumar sus cigarrillos noctámbulos, con la mirada fija
en la casa de los Benítez, cuyas luces encendidas delataban el movimiento que
había en su interior. La madrugada cayó más fría y mojada que de costumbre. El
silencio era interrumpido por el silbato de Facundo, el celador de la cuadra,
el ulular de alguna lechuza, augurio según los supersticiosos de infortunio, y
el aullar incesante de un par de perros que lo hizo recordar la creencia de que
eran capaces de ver a los muertos. Cuando era niño, Juan Carlos le contó que un
curioso se colocó legañas de perro y perdió la razón al ver espectros grises y
gaseosos desfilando por sus ojos. Si fuera cierto, los quiltros estarían
observando el alma del Viejo en su marcha hacia quien sabe dónde. “¡Maldita
sea! ¡Por qué diablos tenía que morirse!” En su cabeza sigue dando vueltas la
misma idea, la de haber estado con él el día anterior, habiéndolo abrazado y viéndolo sufrido, pero bastante
vivo, y ahora no sea más que una masa de carne inerte, que de la morgue pasó a
la funeraria y de ahí a su domicilio para ser velado. Comprobar cuán delgada e
invisible es la línea que separa la vida de la muerte es lo que lo mantiene
aturdido. En Tercer Año, en la clase de Literatura del Vasco, aprendió que “la
vida son como los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”, compuesto por
Jorge Manrique tras la muerte de su padre, por eso le parece irracional que un
caudal acuoso con tanta vitalidad se haya truncado de una manera tan repentina,
opinando que las personas no tienen derecho de fallecer así, sin avisar.
Después de dormir toda la mañana, se levantó a la hora
del almuerzo y se sentó en el comedor, donde callado ingirió sus alimentos. Los
estornudos eran la prueba de su enfriada nocturna. No participó en los
comentarios de sus padres sobre el deceso de quien consideraba su amigo y
protector. Tampoco contradijo al bocón de Genaro quien aderezaba con chismorreos
morbosos las posibles causas de lo que había sucedido. “Cruce de navajas por
una mujer”. Alfredo quería explotar y decir: “¡Fue por mi culpa, papá! ¡Yo lo
empujé a matar y morir en el intento!”, pero las palabras se le atragantaron
igual que ese enorme pedazo de carne que casi se le queda en la garganta. Con
los ojos vidriosos, luego que su padre lo ayudó a digerir golpeándole la
espalda, se excusó de no acabar lo que restaba en el plato y subió a encerrarse
en su dormitorio. “Cambiemos de tema”, sugirió don Genaro, comprendiendo que su
hijo estaba tocado por el asunto. Doña Elena propuso rezar por el descanso
eterno de una persona que había dejado huella en los alrededores del parque de
La Guillotina.
—Tienes razón. ¡Soy un hijo de puta! —le dice Alfredo al
Gordo, quien se asoma por su habitación a golpe de cinco de la tarde para
asistir al velorio.
—Todos lo somos, sólo que tú a veces te excedes. Anda y
pídele disculpas al Viejo.
—¡No puedo! Me siento muy culpable. Yo no quería que esto
acabara así. Cómo puedo mirarles la cara a sus hermanos y sobrinos y darles el
pésame tan campante. La sangre me hierve en la cara. No me atrevo a
afrontarlos.
—¿Por qué? —interviene César Paredes quien ha llegado en
compañía del Gordo y que resulta ser un primo lejano del finado— Marco Aurelio
me ha contado lo sucedido y no me parece que seas tan culpable como crees.
Cualquiera de estos días Juan Carlos iba a terminar cosido a puñaladas por los
Chacales. Lo único que hizo fue apurar su destino. Así que vístete rápido.
Serías un verdadero hijo de puta si no cumples con darle a tu amigo el último
adiós.
El argumento de una persona tan cáustica e insidiosa como
César tiene asidero por lo que decide hacerle caso. Se baña, se viste y cruza
con sus dos amigos el parque. La casa de los Benítez congrega al triple de
asistentes, comparado a las exequias de hace dos tardes. Danilo, el segundo de
los hermanos del Viejo, cumple con una de sus últimas voluntades, sacar el
equipo estereofónico al patio de la entrada e irradiar los temas que componen
una selección de cassettes titulados «Canciones
para mi Muerte». Cuando ellos llegan suena Chain Gang de Sam Cooke, dando cabida a que los vagos de la cuadra
conversen sobre los variopintos gustos musicales del finado, desde los valses y
boleros con los que se inició, a todas las vertientes del rock anglosajón.
—...Sam Cooke murió a los treinta y tres años,
acribillado a balazos —narra el Ponja Murakami la historia que el Viejo le
contó años atrás—. La versión oficial es que lo mató la dueña del motel, creyendo
que su integridad corría peligro cuando vio al cantante salir al vestíbulo en paños
menores. Sin embargo, se especula que el Ku Klux Klan lo asesinó porque era
negro, millonario y activista por los Derechos Civiles.
—¿Y cuál es la versión oficial sobre la muerte del Viejo?
—pregunta el Gordo, sin temor a sonar impertinente.
—Ninguno de estos cojudos se pone de acuerdo —responde el
Guille—, ahora resulta que todos estuvieron con él minutos antes de su muerte.
Los don nadie buscan cualquier eventualidad para sentirse importantes.
—Yo
fui el único que estuvo con el Viejo hasta las tres de la tarde —asegura el
Papi—, los demás se habían marchado ya. Me dijo que estaba cansado, quería
tomarse una ‘pepa’ y dormir hasta el día siguiente. Yo le creí.
—Danilo me contó que a eso de las tres y media el Viejo
le dijo que le dolía la cabeza y que se iba a la farmacia. Fue la última vez
que lo vio con vida —comenta el Ponja.
—Quien se dio una vuelta por aquí temprano fue el Pollo
Quijano...
—¡Ese cojudo se acuerda del barrio sólo cuando acontece
una desgracia —corta el Guille a Jeshu— Ni siquiera hizo acto de presencia en
el velorio de su hijo.
—No seas mal hablado —le corrige Jeshu—, vino la noche
del miércoles para firmar el certificado de defunción de Nicolás, el jueves no
vino porque le tocaba guardia y ayer
estuvo presente en el levantamiento de los cuerpos en el lugar de los hechos,
así que como médico forense ha tenido acceso al parte policial. Me contó todo
hoy en la mañana.
—¡A ese fanfarrón yo no le creo nada! —se une el Gordo
Zaldívar al malestar de Guille por traer a colación a un tipo que despierta sus
antipatías.
—¿Y qué averiguó el Pollo? —le pregunta Alfredo a Jeshu,
ávido de saber lo averiguado por los efectivos del orden.
—Más o menos a las cuatro de la tarde, el Viejo se
apareció por La Piedra, ese antro donde se expende todo tipo de drogas y los
malandros paran estoneados. Pericles no lo vio venir, estaba pasadazo, de
espaldas. Lo chapó del cuello y lo estrelló contra la pared, reventándole el
cerebro. Cuando lo soltó, convulsionaba en el suelo y botaba una sustancia
espumosa rosácea por la boca y nariz. Lo dejó grave.
—¿No lo mató? —preguntaron todos con estupor.
—Según el Pollo, se encuentra internado en el la Unidad
de Cuidados Intensivos del Hospital Regional. Puede sobrevivir, pero va a
quedar dañado de por vida.
—¿Y qué pasó con sus compinches? —insiste Alfredo.
—Resguardo
fue quien llevó la peor parte. Sacó su puñal y en el intento de hundirla en el
pecho del Viejo, éste le tomó la muñeca y dirigió la punta hasta clavarla en
una de las carótidas. Le tomó sus minutos pero allí se murió, de rodillas,
sangrando a borbotones.
—¿Y Branco continúa vivo?
—Pero con
varias vértebras rotas. Al ver a sus compinches caídos, se echó a correr y
llegó hasta ‘Las Flamitas’ donde las putas intentaron guarecerlo. El Viejo
irrumpió contra la puerta, con la violencia de un tren expreso, y le propinó a
Branco una lluvia de patadas con sus borceguíes con punta de acero. Según el
Pollo, es un milagro que tras tremenda paliza continúe vivo, pero va a ser muy
difícil que vuelva a caminar. Lo más seguro es que de ahora en adelante se
ponga a cagar en bolsa.
—¡Cuánto odio le tenía a esos delincuentes! —opina el
Gordo Zaldívar— No hallo otra explicación para que haya procedido con tanta
violencia. Con el líder y sus dos lugartenientes fuera de circulación, logró la
total aniquilación de Los Chacales. Los pocos secuaces que restan, seguro se
abrirán o se unirán a otra banda.
—Según te entiendo, Juan Carlos estaba vivo y sin ningún
rasguño cuando dejó a sus tres rivales fuera de combate —observa César—;
entonces, ¿quién lo mató?
—¡Ay, chibolo, chibolo! —interviene el Guille con un
verbo florido, propio de los vates callejeros— Cuán desdichados resultan
aquellos que llegaron a este mundo bajo una mala estrella, seres sentimentales
nacidos para sufrir a causa de la perfidia femenina. El Viejo vivió para ser
víctima de las mujeres y no es un capricho que su Destino se halla cerrado con
una de ellas asesinándolo. Se sospecha que Ester, la suripanta del orificio
putrefacto de la que se prendó tras conocerla bajo las sombras de un aguajal,
cogió una daga filosa y le dio una estocada en el dorso. Un corte tan artero
como certero, suficiente para derrumbar a ese portento de figura colosal...
—Y quedó tendido en el alfombrado del salón principal de
un burdel de mala estofa, mismo Ringo Bonavena en el Mustang Ranch —complementa
el Ponja—. Cuesta digerir que solo un dagazo haya bastado para ultimar a un
hombrón con semejante vigor.
—Me siento culpable por lo sucedido —confiesa Alfredo
resquebrajado—. Yo lo empujé al Viejo a sufrir tan macabro desenlace.
—¡Otro huevón que se la quiere dar de importante! —salta
el Guille— En la tragedia del Viejo el único protagonista ha sido él y nadie
más. Nadie lo empujó a ni mierda. Hace tiempo que le decía a todo quien le
quisiera oír que iba a aniquilar a Pericles y sus Chacales. Su único
impedimento era la responsabilidad que tenía con su hijo, pero una vez que éste
se murió, cumplió con liberar a la ciudad de esa plaga.
—Tenía
complejo de Batman —puntualiza el Papi.
En eso se une Tucho Salas al grupo, que pasa por las
inmediaciones como quien observa primero el ambiente y si lo ve propicio, se
anima a quedarse. Jeshu propone armar una ‘chancha’ para comprar unas cuantas
botellas de ron antes de que caiga la noche que va a ser bastante larga.
“Aprovechen para presentar sus condolencias a la familia, orita está
despejado”, les invita Carmen Fernández, una de las vecinas que se presta a
retirarse. Alfredo sigue a César y al Gordo y Tucho va tras ellos. Ingresan en
la sala y observan los mismos rostros compungidos de hace un par de días.
“Parece que la funeraria tiene un stock de cajones extra-large”, apunta el
Gordo al percatarse que padre e hijo serán sepultados en ataúdes color damasco
de similares proporciones. Alfredo saluda sin atreverse a mirar a los deudos.
“El cajón está abierto, vamos a despedirnos del Viejo”, propone Tucho y Alfredo
flaquea en una mezcla de cobardía y desagrado por este tipo de espectáculos.
Más que un adiós, lo considera un trance que incentiva el morbo de las personas
al ponerse cara a cara con la muerte. Solamente ha visto un cadáver una vez.
Tenía once años cuando falleció su tía abuela Angélica y se quedó buen rato
pegado al vidrio del cajón. Si bien las causas del deceso habían sido
naturales, su rostro nonagenario y cetrino lucía agestado, como si sus últimos
instantes hubieran sido amargos. “En qué estaría soñando la viejita, porque la
muerte la sorprendió dormida”, comentó su padre. “Recordaría seguro las
fechorías de su yerno que la dejaron sin casa y sin ningún real, acabando sus
días confinada en un asilo”, añadió la sarcástica de su madre, esparciendo
pimienta en un tema que sacaba ronchas en el seno de su familia política. Ese
día Alfredo se prometió que evitaría en lo posible volver a ponerse frente a un
occiso, sin embargo en ese momento se siente obligado a despedirse del amigo
que le dio mucho de manera desinteresada y nunca pidió nada a cambio. Lo
observa y nota que lo han vestido con la misma pilcha que lució en el funeral
de Nicolás. En su semblante no aparece ningún rictus de dolor, más bien parece
sosegado, durmiendo en paz con la satisfacción de haber cumplido con su deber.
“Ya nos encontraremos, amigo mío”, le dice sinceramente, convencido de que es
el tipo de personas con las que le agradaría encontrarse en el más allá. No le
dedica ningún padrenuestro porque ambos comparten el mismo agnosticismo y al
retirarse siente que su ánimo está más sosegado. Antes que una plegaria, sabe
que el Viejo preferiría que le cantaran Any
Time at All de los Beatles, otro de los temas seleccionados que suena en
ese instante.
—Quién diría
que llegaría el día de encontrarnos aquí, tomando con Marquito Macaya, chibolo
al que vimos crecer —comenta el Guille, quien en un ratito luce bastante
avanzado en tragos, cuando vuelven a unirse al grupo. El Gordo recuerda que
para todos esos treintañeros, él era como una mascota, su chochera, a quien
siempre le festejaban sus ocurrentes bocetos sobre superhéroes, gladiadores,
comandos y, sobre todo, de mujeres exuberantes, con las ubres apenas cubiertas
por corpiños futuristas.
—O el propio
Alfredito quien de niño era bastante ocurrente y no tenía vergüenza de
compartir sus relatos pornográficos —agrega el Gordo Zaldívar—. Todavía
conservo uno que me regalaste, titulado ‘¡Ah, puta, goza de esta verga!’ y para
qué, cumplía con inflarte la pichula. ¿Sigues escribiendo cochinadas?
—Todo el
tiempo —responde escueto el aludido, apocado como siempre que alguien rinde
loas a su talento como escribidor.
—Yo he
tenido la oportunidad de tratar a varios de los Lora, incluidos tus primos
mayores, y puedo afirmar que eres el más ‘buena gente’ de tu familia —afirma el
Guille—. Siempre sencillo, no te pareces un carajo al petulante de Genaro quien
ni siquiera se ha asomado por aquí.
—Al Viejo le
llegaba al pincho tu hermano —agrega Jeshu, chispeado también por el ron.
—Compartían una antipatía recíproca —finaliza Alfredo,
quien recibe de buena gana su primer vaso de ‘chicharrón’, ron mezclado en una
jarra con chicha morada de sobre.
En eso hace su aparición otro sujeto que tampoco goza de
las simpatías de los treintañeros, el Pollo Quijano, ataviado con su bata
blanca de médico, aduciendo que no ha tenido tiempo de cambiarse. A todos les
cae mal porque hace una punta de años les soltó varias de sus verdades,
tildándolos de ser una sarta de fracasados sin oficio ni beneficio, alcohólicos
mantenidos, caricaturas de Los Inútiles
de Federico Fellini, y él precisamente, con su rostro de pavo, provisto de unos
ojos desorbitados que le otorgan aire de depravado, había optado, como
estudiante aplicado, no perder más el tiempo juntándose con ellos, inclusive
con el Viejo —con el que mejor se llevaba— a quien criticaba por no haber
retomado sus estudios de medicina y haberse echado al abandono, sin bríos para
ser alguien en la vida.
—Ya que
estás aquí —le espeta el Gordo Zaldívar, con quien alguna vez se agarró a
trompadas en ese mismo parque—, ¿por qué no nos aclaras como clínico cuál era
el síndrome que padecía el hijo de Juan Carlos?
—Si bien existe bastante cercanía con el síndrome de
Angelman, los especialistas nunca lo encasillaron en uno determinado. Del cerro
de análisis que le hicieron, llegaron a la conclusión de que padecía de una
extraña anomalía ocasionada por un gen recesivo que le impidió un normal
desarrollo neuronal en el cerebro, impidiendo que haga sinapsis...
—Habla más claro que nosotros no somos médicos —le
interrumpe el Gordo Zaldívar—. ¿Qué carajo es sinapsis?
—Es el
proceso a través del cual las neuronas hacen contacto unas con otras. Aparte el
muchacho sufría de disfuncionalidad en el hígado, el bazo muy grande y la
carencia en los ojos de conos y bastones, las células oculares que nos permiten
captar y prestar atención en las imágenes y los colores. De ahí que prefiriera
el sonido y reaccionara con las voces o con la música. Su familia gastó un
dineral paseándolo por los mejores centros de rehabilitación del país. La jarana
de los análisis empezó cuando apenas tenía sesenta horas de nacido. A los tres
meses y medio lo operaron de hernia inguinal. Lo curioso es que en su
desarrollo posterior se ocupó en darle la contra a los diagnósticos de los
especialistas. Vaticinaron que no iba a caminar y caminó apenas cumplidos los
once meses. Que iba a ser enfermizo, pero a Nicolás rara vez si se agripaba o
le daba tos. El más reputado y más optimista de mis colegas aseguró que a lo
mucho viviría hasta los nueve años. Vivió hasta los veintitrés y falleció por
una causa accidental.
—Sin intención de ofender a quien está aquí presente —interviene
jeshu—, los médicos de esta ciudad son unas bestias. El Viejo contaba que
cuando le escuchaban, parecía que aprendían algo nuevo y al final se limitaban
a recetar alprazolam.
—Ya les dije que se trataba de una rara anomalía —salta
el Pollo en defensa de su gremio—. Sin embargo, debo reconocer que más de un
inconsciente prescribió medicamentos innecesarios. Pastillas para relajarlo,
para que pueda dormir, para que le funcione el hígado y el estómago. El pobre
tenía más químicos que suero en la sangre. Cuando cumplió doce años, Juan
Carlos decidió suspenderle las pepas y la pasó fatal, casi dos semanas en vela
para limpiarlo de la adicción a los fármacos. Felizmente consiguió
estabilizarse y hasta diría que hubo progresos conductuales como establecer una
especie de comunicación. Por ejemplo, si Nicolás llegaba con un vaso de
plástico vacío, el mensaje era que tenía sed y otras manifestaciones por el
estilo.
—Lo padecido por el Viejo es como para sacarse el
sombrero —agrega el Papi—. Reto al más pintado de los presentes a tener los
mismos arrestos si hubieran tenido que afrontar tamaña responsabilidad, una
cruz más pesada y dolorosa que la cargada por Jesucristo camino al Gólgota.
Lidiar todos los días por darle de comer, asearlo, soplarse su caca y gastar un
huevo en pañales para adultos. Nunca rendirse y dedicarse, como cuando notó que
tenía los muslos delgados por pasarla sentado y se ocupó por mantenerlo el
mayor tiempo erguido, haciendo que ‘sacara piernas’ y alcanzara la misma
estatura de jirafa que su progenitor.
—Lo contradictorio es que si el Viejo no le hubiera
enseñado a caminar, su hijo estaría vivo todavía —agrega el venenoso del Gordo
Zaldívar.
—¡Ahora sí te consagraste, huevón! —reacciona el Guille—
Te has pasado la vida criticando a Juan Carlos. Todo lo que hacía o dejaba de
hacer estaba mal para ti. ¡Explícanos por qué carajo no debió enseñarle a
caminar!
—Porque las piernas de Nicolás sirvieron al final como
herramienta de su propia autodestrucción. Que alguien con sus limitaciones se
echara a andar, sin tener conciencia del espacio y los peligros, fue como darle
a un infante de dos años una pistola cargada para que juegue.
—¿Cómo murió el hijo del Viejo? —se interesa Tucho, quien
al igual que sus amigos creía que el deceso se produjo por efectos naturales.
—Se rompió la crisma, rodando por las escaleras —aclara
el Ponja.
—¿En qué
parte del cuerpo está la ‘crisma’? —pregunta Jeshu.
—En ninguna —le instruye el Pollo—. Es una alocución de
origen religioso utilizada como sinónimo de ‘sacarse la mierda’. El pobre
Nicolás falleció por una fractura en el cuello. Como saben, ambos vivían en el
tercer piso de la casa y Juan Carlos siempre se aseguraba de colocar una tranca
para que su hijo no se aventurase por los peldaños. El miércoles pasado parece
que no tomó las acostumbradas precauciones y el desenlace ha sido fatal.
—Me parece increíble que una persona responsable y metódica,
quien por años efectuó la misma rutina, cometiera este descuido injustificable —razona
el Gordo Zaldívar.
—¿A qué te refieres? —lo encara el Papi.
—Pienso que el ‘descuido’ no fue accidental. El Viejo lo
hizo adrede para ‘solucionar’ de una vez por todas el problema de Nicolás.
—¡Gordo de
mierda! ¡Eres una cagada! No respetas la memoria del Viejo ni en su propio
velorio. Sólo tu mente retorcida puede figurarse que sería capaz de cometer un
filicidio —se indigna el Guille.
—Aunque parezca cruel y descabellado, yo no lo criticaría
por haber procedido de esa manera —se justifica el Gordo Zaldívar—. Cuántas
veces el Viejo nos confió que le rogaba al Destino que Nicolás se muriese antes
que él porque no habría nadie en el mundo que lo cuidara como su padre. Yo en
su lugar habría investigado cuál sería el mejor método eutanásico a aplicar.
—¡Hablas con
la frialdad de quien no tiene hijos! —le responde el Papi— Con limitaciones y
todo, el Viejo adoraba a Nicolás y todos estos años se ha dedicado a sacarlo
adelante. Sería incapaz de hacer algo que atentara contra su existencia.
—La eutanasia es cuestionada por las religiones y los
activistas retrógrados, pero desde mi punto de vista clínico, yo lo veo como un
acto de amor y dignidad —opina el Pollo, poniéndose increíblemente a favor de
la tesis de su más encarnizado detractor.
—¿Alguna vez
el Viejo te mencionó la posibilidad de la eutanasia? —le pregunta el Guille al
Pollo.
—¡Jamás! Pero las pocas veces que nos vimos en los
últimos tiempos, hablábamos de Nicolás y yo lo sentía cansado de llevar a
cuestas una carga tan pesada y perpetua. Me parece comprensible que quisiera
descansar.
—¿Se sabe
algo de la madre de Nicolás? —pregunta César— Imagino que si al Viejo le pasaba
algo, ella podría hacerse cargo de la criatura.
—¡Esa
cabrona de malas entrañas ni siquiera está enterada de la muerte de su hijo! —le
corrige el Papi— ¡Nadie, ni el propio Viejo, sabe en dónde carajos está! La
última vez que ella remitió una carta interesándose por la salud de Nicolás fue
hace veinte años.
—Si lo analizan bien, el enfrentamiento de Juan Carlos
contra los Chacales, más que una inmolación, pudo ser un acto de expiación, un
suicidio para aplacar los remordimientos por haber facilitado la muerte de su
vástago —agrega Jeshu, dejándose convencer por los argumentos.
—Quizá lo
tenía planeado así —presume el Gordo Quijano—, mi hijo muere primero y sigo yo
a continuación, mismo Joseph Goebbels quien envenenó a su prole y luego se
quitó la vida ante la caída del Tercer Reich...
Pasmado por el cariz de la conversación, Alfredo le da la
razón a su padre cuando le dijo que las personas dedicadas al ocio tienden a
ser pérfidos, ya que el tiempo improductivo lo dedican a pensar mal y a
envidiar a los demás, como justificándose de su mediocridad. Una tarde el Viejo
se ofreció acompañarlo a la boutique a recoger un encargo de su madre y en el
trayecto, con los ojos vidriosos, le contó que esa mañana se había levantado y
sorprendió a su hijo rompiendo, uno por uno, su colección de discos de Javier
Solís. Nunca había sentido una genuina aversión contra Nicolás como en aquel
instante, al punto que le gritó: “¡Ojalá te murieras!”, frase que, estaba
seguro, luego se arrepintió de proferir. No cree conocer a Juan Carlos Benítez
mejor que todos los beodos allí presentes, pero le resulta imposible que una
persona con un alma tan bondadosa fuera capaz de cometer crimen semejante; por
ello en tributo a su añeja amistad y como último favor por haberle liberado de
la amenaza de Branco y Resguardo, siente la imperante necesidad de intervenir y
resguardar su imagen de tantas hipótesis viperinas.
—Hoy que
recordamos a nuestro amigo, quizá el personaje más noble y desinteresado que
llegaremos a conocer de aquí a lo que nos resta de vida, considero oportuno
limpiarlo de tantas leyendas exageradas con las que lo han venido chancando
durante años. Cierto es que alguna vez necesitó dinero y recurrió a vender el
único legado que dejó su abuela; su dentadura postiza. Sin embargo, ustedes
caricaturizaron la situación y sostuvieron que Juan Carlos, alicate en mano, le
extrajo los dientes de oro al cadáver de la vieja. Es cierto que su enamorada
en la Facultad de Leyes le sacaba la vuelta y lo sangraba, pero no al punto de
mantener también a sus amantes que le sacaron ropa y hasta un carro del año. Es
cierto que de cuando en cuando se metía en la cama de la señora Lazo y la hacía
chillar como marrana, pero no que el marido los presenciaba y éste se lo cogía
por atrás, haciendo un ‘pan con pescado’. Es probable que alguna vez se haya
comido a algún cabrejo en sus acostumbrados ‘tours mineros’ por la zona roja de
la ciudad, pero no que haya sodomizado al señor López luego que quedó en coma
tras sufrir un derrame cerebral. Juan Carlos era un tipo capaz de muchas aberraciones,
pero era el propio barrio el encargado de magnificarlas y repetirlas hasta que
lo inverosímil ganaba credibilidad. Mis padres, por ejemplo, creen muchas de
las barbaridades que él jamás cometió y lo que me preocuparía es que un rumor
tan execrable como que pudiera planificar la muerte de su propio hijo,
trascienda este círculo de personas y encuentre eco en estas calles ávidas de
chismorreos.
—¡Aquí nadie
asegura nada, chibolo! —salta el Gordo Zaldívar, pronunciando la última palabra
con sarcasmo para rebajarlo—. Sólo hemos vislumbrado una posibilidad y la
estamos desmenuzando.
—¡Pues si
fueran sus amigos y lo conocieran de verdad, esa posibilidad ni siquiera debió
vislumbrarse! Juan Carlos no pudo matar a su hijo porque era lo que más amaba,
era su motivo de vida. Las personas se acostumbran a sobrellevar las cargas más
pesadas y liberarse de ellas significaría un vacío difícil de llenar. A veces
podía mostrarse cansado y molestarse como sucede en cualquier relación normal
entre padres e hijos, pero eso no significa que deseara su muerte. Yo estoy a
favor de la eutanasia y creo que una persona racional como el Viejo también,
pero con Nicolás no se habría atrevido a aplicar una medida extrema, salvo
sufriera una enfermedad terminal. Nicolás era su cachorro y con fallas o no, él
estaba feliz de tenerlo en su día a día.
—¿Pero no te parece insólito que alguien tan cuidadoso
como Juan Carlos haya cometido un error tan garrafal? —insiste el Gordo
Zaldívar.
—Los seres humanos no somos máquinas e incluso podemos
fallar hasta en lo rutinario. Aún poniéndonos en el supuesto de que el Viejo
hubiera deseado acabar con la existencia de su vástago, no habría recurrido a
un método tan doloroso y riesgoso de funcionar como una rodada de escaleras. No
conozco la estadística, pero puedo suponer que la probabilidad de cada diez
rodadas es que una causará mortandad de manera instantánea. En la mayoría de
ocasiones quien cae sufre lesiones de variable gravedad. Era más probable que
con la caída Nicolás quedara parapléjico y con ello los gastos y cuidados
aumentarían. ¿Creen ustedes que un sujeto tan inteligente como Juan Carlos iba
a correr ese riesgo?
El razonamiento de Alfredo suena tan convincente que el
Gordo Zaldívar —a quien sus estudios de leyes le han dado una vocación de
fiscal— y a los demás presentes no tienen cómo replicar. “Tienes el talento de
Perry Mason para resolver casos de misterio, le dice el Ponja.
La llegada de un taxi transportando a Mónica, la hermana
del Viejo, junto con su esposo argentino, provoca que el Guille cambie rápido
de conversación. Habla de cómo el clima ha cambiado de un momento a otro. “El
fin de semana pasado tomábamos nuestros traguitos en mangas de camisa, por ahí
una chompita sobre los hombros para engañar el bajón de la madrugada, pero
mírennos ahora, encasacados y cagándonos de frío y todavía no son ni las nueve
de la noche. El invierno se ha tragado al otoño entre borrachera y borrachera”.
“El cambio climático no es un mito”, agrega el Pollo y sus contemporáneos pasan
revista a los veranos de antaño, cuando el Sol parecía brillar más, cayendo en
el agujero de la nostalgia y de las pendejadas que jamás volverán.
Café con lecho no, mejor un jugo de naranja. Si bien se
quedó en el velorio hasta pasada la medianoche y tomó mesurado, a las diez de
la mañana sufre los efectos de la resaca que le incitan a beber litros de agua.
“¡Apúrate que estamos en la hora!”, le dice su madre quien junto con su padre y
hermanas menores también asistirá a la misa de cuerpo presente. Sólo su hermano
mayor permanece impávido al movimiento nocturno. Dormirá su embriaguez a
puertas cerradas hasta la media tarde. Alfredo se baña y se viste con premura.
Elige una camisa oscura y un pantalón formal. “Elige cualquier color menos el
rojo que es una falta de respeto en un funeral. Es el color del Diablo”, le
advierte doña Elena. “Papá, ¿sabías que en el Oriente el color de luto es el
blanco?” “¡Claro! —le responde su progenitor, anudándose la corbata frente al
espejo— El blanco es la ausencia de vida, representa a la nada”. La familia
sube al Toyota station-wagon y recorren las pocas cuadras hacia el templo de
Nuestra Señora de Guadalupe. No encontrar un sitio cerca donde aparcarse les
avisa que debe haber bastante gente. “Hijo, tu madre y yo cumplimos con asistir
a la Iglesia, al panteón te vas tú nomás en nuestra representación”. Ingresan y
se percatan que la liturgia todavía no comienza. Milagrosamente encuentran
cuatro asientos en la última hilera. “Caballero, hijito, tendrás que soplarte
la misa de pie”, le advierte doña Elena y él se muestra conforme, estar parado
le permite moverse y escabullirse de este tipo de rituales en los que no cree.
Observa entre la muchedumbre y no avista a Tucho o al Gordo, sólo a César a lo
lejos, acompañado de sus padres y hermanos. Por tratarse del Viejo, el padre
Langara, quien todavía no sospecha que efectúa su última misa dominical en este
país, permite que los vagos del barrio, todos más resaqueados que Alfredo,
entonen En el juego de la vida de Daniel Santos, el bolero
favorito del difunto. “...Juega con tus cartas limpias, en el juego de la vida,
al morir nada te llevas, vive y deja que otros vivan...” Cuando el sacerdote
pronuncia: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo...”, el joven
hereje opina que ya escuchó bastante y sale del lugar, dirigiéndose hacia la
bodega más cercana en busca de una Sprite bien helada. Mayúscula es su sorpresa
al encontrarse con Coco, quien también busca aminorar con una gaseosa la
caldera de alcoholes sabatinos en su interior. “¿Dónde estuviste ayer?”, le
pregunta al estrechar su mano. “Me la pegué con Iván en la casa de unos primos.
Nos quedamos hasta las cinco de la mañana y mi papá me castigó levantándome a
las nueve con el encargo de dejar unos víveres en la casa de mi abuela”. “Y ya
estás de regreso a casa”. “Todavía no voy. Estoy a medio camino. Tomo otra
gaseosa y quedo listo”. Como desea retornar al templo al momento de la
eucaristía, ambos amigos hacen tiempo conversando sobre la muerte del Viejo.
“Así que las perras resultaron ser la kriptonita de Superman”, se burla al
despedirse, cargando la canasta con lo encomendado, Alfredo se apura y al
llegar al templo, le causa desazón notar que Langara continúa con su sermón,
parafraseando versículos de la Epístola a los Romanos. “Como está escrito, por
causa de Dios somos muertos todo el tiempo, somos estimados como ovejas de
matadero. Que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni
potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna
criatura por importante que sea, nada nos debe apartar del amor de Dios, que es
Cristo Jesús...” Quizá esas palabras podrían consolar a varios de los
presentes, pero no a Juan Carlos a quien los libros y los sufrimientos lo
volvieron un renegado de los credos. “De ahora en adelante, Dios y yo somos
enemigos”, había manifestado cuando las prolongadas oraciones de su hermana y
cuñadas no ayudaban en mejorar el estado de Nicolás, arrojando un crucifijo al
fuego, de la misma forma como tiempo después lo hiciera el personaje del Conde
Salieri en Amadeus. Sin embargo, si
lo acontecido después no fue obra del Creador, entonces el Maligno, con figura
de macho cabrío, tuvo algo que ver. En el momento de la doxología, los
feligreses tienen la sensación de que el féretro se comienza a mover, luego
sobreviene la certidumbre cuando se agita de un lado a otro y todos enmudecen,
incluso el Reverendo Padre. El vaivén se vuelve tan frenético que el cajón se
cae del pedestal y ante el estupor y la histeria generalizada, se observa a un
hombrón que sale y pugna por respirar. Créalo o no, el Viejo ha resucitado.

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