lunes, 23 de marzo de 2015

De vuelta al barrio






Cuarenta kilómetros de carretera, traducidos en cincuenta minutos de viaje, separan a Puerto Banderas de su ciudad. Cuarenta kilómetros que simbolizan el colofón de los placeres estivales y el inicio de las obligaciones otoñales. Cuarenta kilómetros en silencio para reflexionar en lo que se queda atrás y jamás volverá.
La nostalgia por Leticia le deja un mal sabor en el alma. Quiéralo o no, ella será la imagen inolvidable de ese verano que se va. Cuando la rabia se disipe, comprenderá que el daño cometido es ínfimo comparado a los momentos vividos con esa muchacha de bikini amarillo, ojos saltones y dientes de roedor. A ella le debe también el haber hecho posible olvidar y creer que puede volverse a enamorar, emancipándose de ese lastre sentimental que lo acompaña desde que Caludia terminó con él. Eso le hace ver con optimismo los días que se avecinan que tendrán un punto de no retorno para su vida desidiosa. El próximo año, los veranos de plena vagancia habrán acabado. En diciembre y con dieciocho años cumplidos, Alfredo Lora habrá culminado la Secundaria. Será un ciudadano con documentos, plenamente responsable de sus actos, obligado a cumplir con expectativas ajenas. Sólo nueve meses lo separan de esa etapa crucial. Desde los primeros días de enero le caerá el compromiso de convertirse en alguien productivo para la sociedad.
—¡Joven, por favor! —le dice una señora entrada en años desde el asiento al otro lado del pasillo— ¡Estamos en un vehículo cerrado! ¡Apague su cigarrillo!   
Alfredo aplasta el pucho en el cenicero. Respetar los derechos de los demás es una materia que todavía no tiene bien aleccionada. Sin el tabaco, paliativo de ansiedades, piensa en cómo encontrará a su gente tras casi dos meses de ausencia y qué nuevas le depara su última etapa escolar, justo a principiar en una semana.  
Once y media de la mañana. Lunes. Súbita emoción por volver a la tierra querida, sensación que se disipa apenas el sol, a punto de alcanzar el cénit, le cae de lleno en la cara. “Sol y ciudad nunca serán compatibles”, opina. Tras regatear el precio, él y los dos morrales que conforman su equipaje, suben a un taxi y enrumba hacia su domicilio en Cali, urbanización del lado oeste de la urbe, de parques amplios y vientos omnipresentes. Llega, se sienta en la mesa de la cocina y le pide a una de las empleadas que le prepare un buen vaso de jugo de maracuyá y dos panes con salchicha de ternera embadurnados en mostaza para engañar el estómago hasta la hora del almuerzo. Apenas su madre lo ve, corre a abrazarlo y le estampa un beso, dejándole la huella de su rouge recargado en la mejilla.
—¡Qué hijo tengo! Nada te costó llamar, por lo menos, una vez por semana para saber cómo estás.
—No me he muerto, madre. Mis tíos me cuidaron bien.     
—Por supuesto que nada te iba a pasar. En Puerto Banderas no hay tiburones y no he criado hijos imprudentes que se metan al mar con la panza llena. Pero, ¿qué hay de tu preocupación por cómo estoy yo, tu padre o tus hermanos? Ya eres un hombrecito y no puedes ser tan desconsiderado...
 El vástago se excusa con que en Puerto Banderas los domicilios no cuentan con telefonía y la única oficina con ese servicio para atestada de personas tanto o más urgidas de llamar y las colas para coger una de las cuatro cabinas eran inmensas. Tuvo precaución de no mencionar que en la plazuela ya habían colocado un teléfono a cincuenta centavos la llamada local. No obstante, la madre continuó su insoportable cantaleta con los mismos reclamos, hasta que recordó su cita con la manicurista y cambió de tema. 
 —No hagas planes para la tarde porque vamos a comprar tu uniforme y tus útiles escolares.
Mamá se despide e ingresa Genaro, su hermano mayor, sentándose en la mesa para almorzar temprano. Sus clases en la Universidad comienzan a las dos de la tarde.  
 —Así que papá va a costear un ciclo más de una carrera que no vas a terminar.
 —Idiota, por si no lo sabes, en el verano salí invicto en los cursos de nivelación y este semestre voy a llevar carga completa de cursos...
 —De segundo ciclo...
 —De tercero, imbécil.
 —No te creo un carajo, pero bueno, es problema de los viejos si les vacila sentirse engañados.
 —Te falta poco para que te pongas en mi pellejo —le advierte como si los estudios fueran una maldición—. Me voy a cagar de risa cuando postules y no ingreses a la Universidad.
 —Para el próximo año, el Gobierno ya anunció que otorgará licencia a una veintena de universidades privadas a nivel nacional. Con tanta competencia todos van a ingresar. Los exámenes de admisión van a ser un mal recuerdo del pasado.  
 —Mejor cambia de tema y cuéntame, ¿qué tal la pasaste en Puerto Banderas?
 —Bien.
 —Luces bronceado. Raro en un ‘marciano’ como tú que aborrece insolarse.
 —Bajaba a la playa a golpe de cuatro de la tarde. Ese sol igual quema.
 —Puerto Banderas no es lo mismo sin Piero, ¿verdad?
  —No.
  —¿Qué sabes de él?
  —Sigue en Puerto Rico. Sé que dejó de estudiar Agronomía y se pasó a Mecánica. Me chismean que anda enamorando con una boricua.
  —Cuenta algo nuevo. Desde Navidad eso ya lo sabía.
  —Tú conoces bien a Piero. Es un Lora. A la distancia se vuelve tan ‘comunicativo’ como cualquiera de nosotros.
  —Tú como el ‘escribidor’ de la familia bien harías en escribirle una carta.
   —Quizás lo haga, aunque sé de antemano que no va a responder...

A la una de la tarde, aparece su padre por la puerta. El adusto semblante que le caracteriza, heredado de su progenitor, se transforma en una sonrisa cuando recibe un beso y un abrazo del hijo ausente.
    —¿Cómo está tu tío?
    —Bien.
    —Imagino que no habrás faltado el respeto a su casa. Habrás llegado temprano y no borracho como acostumbras.
    —¿Borracho yo? ¡Jamás, papaíto!
    —Te creería si el alcahuete de tu tío Miguel no fuera el primero en fomentar el trago en su casa —comenta el viejo, abstemio de toda la vida y crítico principal de la conducta disipada de su hermano menor.
Tras despojarse de su camisa sudada y soltar un “¡Qué calor de mierda!”, una de sus frases más frecuentes en el verano, el ingeniero Genaro Lora toma la baraja de naipes y le propone a su hijo jugar unas manos de «Golpeado» antes del almuerzo que consistirá en mollejitas en salsa de sillao como entrada, arroz con guiso de pollo y frejoles de fondo y fresas con leche condensada de postre. Luego de tan opíparo banquete, los comensales irán directo a dormir la siesta. Alfredo sube a la azotea y efectúa su rutina perniciosa de fumar un cigarrillo después de tener la barriga llena. Mientras exhala el humo, siente que necesita hallarle una explicación a la ansiedad que no cesa de intranquilizarlo desde que salió del balneario. Quiere encontrar una respuesta pero no sabe exactamente a qué. Piensa en Dylan con aquello de: “The answer, my friend, is blowin’ in the wind...”  
 

    —¿Has visto que te sobrevive del año pasado? Zapatillas te sobran. ¿Quieres unas Diadora para chacrearlas? ¡No fastidies! Basta con las que te compró tu padre en Navidad. El buzo y demás implementos de Educación Física están desteñidos y maltratados, pero si pones un poquito de tu parte pueden durar hasta fin de año. ¿No te queda ningún pantalón? ¿Ni siquiera ese que heredaste de tu hermano y sólo había que bajarle la basta? No me digas que se transformó en la porquería con la que terminaste el año pasado. ¡Qué horror! Tú crees que la ropa escolar viene con nueve meses de expiración. Mejor ni pregunto si te queda alguna camisa. He visto tu chompa y remendando los huecos de las mangas puede defenderse de mayo a noviembre que son los meses de frío. Te compraré dos pantalones. ¿Muy pocos? Está bien, ¡tres! Y cinco camisas. ¡Ni una más! Menos mal que es la última vez que sufro esta odisea contigo. Espero que no me hagas la misma gracia de repetir el Quinto Año como tu hermano. Pruébate. ¿Qué tal te queda? ¿No sientes que te aprieta en las bolas? Sé que te gusta llevar la ropa ceñida pero rápido se rompen por la entrepiernas y nada te dura. En fin, déjame mirarte bien. ¡Carijo! Es una maldición haber tenido milicos de izquierda en el Gobierno. Todos los socialistas tienen mal gusto. ¿En qué pensaría el Cachaco cuando en su reforma educativa se le ocurrió obligar a todos los colegios a utilizar este uniforme color plomo rata? Ni en la China de Mao o en la Cuba de Fidel se han visto uniformes tan espantosos como este. En mi época cada colegio tenía su propio uniforme. El mío era una blusita blanca, chaleco y medias azules, falda escocesa celeste con negro y boina de un azul más intenso. Vestida así, ¿cómo no iba a provocar ir al colegio? Qué tiempos aquellos. Por ejemplo, los alumnos del Celestiano iban bien uniformados, con su terno y corbata púrpura. Mira que terminé fijándome en tu padre que estudiaba en un colegio nacional con puro serrano apestoso. Su uniforme color amarillo patito los hacía verse más cholos. ¿Qué falta comprar ahora? Cinco pares de medias y un talco desodorante porque te apestan las patas. Finalmente, los zapatos. Cuídalos mucho porque cuestan caro y son los mismos que vas a utilizar para las fiestas con terno a las que te inviten. Tú ya sabes cómo es el maniático de tu hermano con su ropa y no le hizo ninguna gracia prestarte los zapatos para tu fiesta de Pre y se los devolvieras vomitados. No es el caso que no fuera tu vómito si no el de Nando que estaba bastante mareado, tú no sabes cuidar lo tuyo y tampoco lo ajeno. ¡Carijo, cómo se va la plata! Ojalá esta inversión produzca más gustos que disgustos. Ahora a comprar los útiles escolares. Dos juegos de lapiceros rojo, azul y negro. Una regla. Deme esa que tiene el escudo del Tres Coronas porque el niño es fanático de esos negros cochinos. Lápiz, borrador y tajador te quedan del año pasado, así que no pidas. Fólderes. Cuadernos. ¿Por qué no quieres los de precio popular? Están hechos con papel corriente, pero son ideales para ti que nada sabes cuidar. ¿Qué cuaderno tuyo ha llegado bien siquiera hasta junio? Ya-ya-ya, no me salgas con el cuento del estatus. Maldita televisión que ha incubado una generación de acomplejados. Te voy a comprar esos cuadernos de espiral con hojas de colores, pero será tu problema si en un par de semanas lucen descuajeringados. Tu hermano dejó intacto sus libros de Historia, Geopolítica y Filosofía. Los hijos de tu tía Melva me van a dar los de Economía y Literatura y el hijo de tu tía Camucha los de Matemáticas y Física. Nada de rayarlos y dibujar obscenidades. ¡Tengo que devolverlos intactos! El texto de inglés si tendré que comprarlo a pesar que cuesta como un pasaje a Nueva York. Espero que en tus manos termine en buen estado para ver si lo ofrezco a cualquiera de tus tías el próximo año. Ahora sí, ¡acabamos! ¿Quieres que te deje en la casa? Espera que primero haga unas cositas antes que se me pase la tarde...    
 

—...Así que te quedaste cuidándole el carro a tu vieja hasta las ocho de la noche —le dice Tucho, el amigo que vive a la vuelta y con el que le gusta perder el tiempo sentados en la puerta de su casa.                         
—Sí, pero no me quejo. ¿Sabes con quién me encontré? Con Karina Johansen...
—¿Karina Johansen te dirigió la palabra?
—¿Y por qué no? Ambos paramos mucho en la Primaria. Diría que fue la primera gran amiga que tuve.
—¡Ah!, ya no es Caludia la primera.
—Caludia fue mi amor primero. Karina mi amiga. Lo que sucede es que tu cerebro cuadriculado, que cree que las mujeres sólo sirven para culear, no concibe que pueda existir genuina amistad entre macho y hembra.  
—Yo no creo que los chanchos vuelan ni tampoco que la Johansen y tú fueron íntimos amigos... ¡Por favor!
—Pues es la verdad. En la Secundaria dejamos de frecuentarnos, cuando ella comenzó a andar con Gilda y Romina y los humos se le subieron a la cabeza.
—¿Y se percató que eras un perdedor de mierda... ¿Y dónde te la encontraste? ¿Comprando su uniforme escolar en Gucci? ¿En Versace?
—Estaba comprando sus cuadernos en la librería Studium. ¿Y sabes qué me chismeó? Que Fabiola Rázuri está preñada de cuatro meses y ya la sacaron del colegio.  
 —¿Y? —exclama Tucho, con calculada indiferencia.
 —Y nada... ¿Acaso no es un buen chisme?
 —No me sorprende. Las que hacen finta de ser ‘zanahorias’ en el aula, pero que sueltan la papaya con cualquiera que tenga carro o maneje billete, es lógico que en cualquier momento le inflen la barriga. ¿Y quién es el supuesto padre del engendro?
 —Eso no trasciende todavía. Varios son los candidatos.
 —Se lo merece por idiota. Para jugar a puta debes ser pendeja y no huevona.
  —Así como hablas, pareces tenerle resentimiento.
 —¡Para nada! En mis dos años estudiando en el Mariano jamás nos hemos hablado. Me es indiferente si termina o no el colegio con nosotros. ¿O me vas a salir con que a ti sí te importa? Que yo sepa, esa cojuda a ti tampoco te dirigía la palabra.
  —Yo me hablo con todos. No tengo recelos ni complejos.
  —Entonces es tu amiga.
  —No, no es mi amiga.
  —Pero te importa.
  —Tanto como cualquiera que haya compartido conmigo un salón de clases. ¿Por qué piensas que Fabiola me interesa de manera especial?
  —Porque en el fondo te gusta estar informado sobre el mundillo social de Punta Rocas. Te cagas por ser como uno de ellos, que te acepten, aunque sea como huelepedos...
  —Tengo muchos defectos, pero nunca he sido un arribista.
  —¿Acaso no te sientes feliz porque cruzaste palabras con Karina Johansen? Que una ‘aristócrata’ se digne a compartir un chisme seguro te hace sentir menos ‘plebeyo’.
  —Desde que te conozco eres tú quien sueña con tener algún reconocimiento social. Yo vivo contento con mi condición clasemediera. No necesito de estatus para sentirme querido y respetado.
  —¡Anda, huevón! Si te han aceptado en el círculo de Puerto Banderas es porque allá tus primos son populares, no por ti.
  —No necesito la popularidad de nadie. Por suerte el círculo amical de Puerto Banderas es abierto y tengo la particularidad de caerles bien a las personas.  
   —Y bueno «Miss Simpatía», ¿qué tal pasaste tus vacaciones?
   —De puta madre.
    —Tu ‘puta madre’ no necesariamente es mi ‘puta madre’, así que específica qué hiciste.
    —Y qué te pudo contar. Olas, chelas, crepúsculos, tertulias en la plazuela, fiestas los fines de semana y... tuve una enamorada.
    —¿Te la cachaste?
    —El amor no es sólo cache, amigo mío.
    —A mí no me huevees. ¡Te la cachaste o no!
    —No. Terminamos a las pocas horas de comenzar.
    —¿Terminaron? ¿Y por qué? ¡Abriste la boca y se dio cuenta de que eras un nerd!
    —No. Simplemente partió al extranjero y no hubo tiempo para más. Tenía todas las cualidades para ser el gran amor de mi vida.
    —Tus patéticos padecimientos de amor no correspondido ya no me sorprenden.  
    —¿Y ustedes que hicieron en estos meses?
    —Lo mismo de siempre. Chelear en El Ranchito o en El Murphy. Si no nos colábamos en una fiesta, la pasábamos en el Che Burger, donde aparte de la ‘clásica’ porción de papas que todo el mundo pide, teníamos suerte si alguien llegaba con algo para beber, aunque sea ron de quemar. Algunos se la pasaron estudiando inglés o computación. Yo pasé el verano trabajando en la zapatería del Gordo, junto con César Sampaio.
     —¿Trabajando tú?
     —Durante mes y medio. El viernes pasado fue mi último día.
     —¿Qué fue del Chabelo y su banda?
      —Requiescat se presentó hace un par de semanas en el Club Libertad y para qué, no lo hizo del todo mal.
      —¿Nando?
      —Sólo se dejaba ver cuando jugábamos fulbito, nunca en las noches. Ya sabes que sus viejos lo tienen encerrado en casa.    
      —¿Coco?      
      —Por fin se la pudo culear a la Mosi...
      —¡No te creo!          
      —Tampoco lo creería si yo no lo hubiera visto agarrando esa noche en La Cabaña.
      —¿Y cómo pasó?
      —Según Coco, de La Cabaña la acompañó a su pensión y entre beso y beso, ella le pidió que no siga, que no lo podía hacer pasar a su cuarto porque la vieja o los otros inquilinos iban a darse cuenta, pero entre tanto no, afloró por ahí un sí y terminó metiéndole verija en las escaleras.       
      —¡Qué envidia! ¡Seguro fue un polvazo!  
      —No lo envidies mucho porque ahora Coco no duerme tranquilo.                  
      —No jodas que la ha preñado.
      —Peor que eso. A los pocos días, se corrió la voz que la Mosi, con la intención de viajar a Argentina, se hizo unos análisis clínicos y la prueba de Elisa arrojó positivo. La pobre está jodida y dicen las malas lenguas que está internada en el pabellón de seropositivos del hospital Nazaret. Claro que nadie se ha acercado a verificarlo.
      —Yo estuve con Coco ayer en Puerto Banderas y no me dijo nada.  
      —Tú sabes cómo es él, nunca cuenta nada. Además, ser portador del VIH no es algo para pregonar por calles y plazas. Sólo una noche que estábamos en chelas, nos tocó el tema a Viche y a mí. Nos dijo que él no hacía caso de versiones sin confirmar, peor si provenían de chismosos poco respetables sin la categoría de Pepe Peláez. Aparte, jura que se puso condón antes de tirar, pero no le creo. Coco tiene la misma filosofía que yo: tiramos ‘a pelo’ y al ‘poncho’ le hacemos asco.
     —Pero eso es como para andar preocupado y a Coco lo noté feliz de la vida. Es más, quedamos en viajar al norte, ir de campamento en Semana Santa con las chicas del cole. ¿No te dijo nada?
     —Iván me comentó que se iban la semana pasada. Si en estos días no sale ningún plan, seguro me animo a darles el encuentro. Pero eso sí, con Coco de lejitos. Nada de dormir en la misma carpa o chupar del mismo vaso. Pueden decir que el sida sólo se contagia por sexo o por transfusión de sangre, pero yo prefiero prevenir y no lamentar.  
     —Aparte de eso, ¿hubo otra novedad?     
     —Pues no se me ocurre nada. Las novedades no salen así nomás cuando a uno lo presionan. Caen por sí solas conforme avanza la conversación.  
     —¿Sabes algo de Marité, Mónica o Caludia?
     —A esas cojudas no las veo desde el concierto de Requiescat en la casa de Mili donde hiciste el ridículo cantando El extraño del pelo largo, ¿recuerdas?
     —¿Ha pasado algo más?
     —La semana pasado se acabó El pecado de Oyuki y estoy huérfano de telenovelas. La brasileña que pasan a las nueve todavía no me engancha...           
     
                  
Hace quince minutos que Alfredo se despidió de Tucho Salas, doce desde que llegó a su casa y siete desde que yace en su cuarto. Tirado en su cama, intenta retomar la lectura de El puente de Andau de James Michener, una crónica sobre la invasión soviética a Hungría que dejó a medias antes de partir a Puerto Banderas, pero le es imposible. La ansiedad se lo impide. Sube a la azotea a fumar un cigarrillo y al acabar sigue con esa inquietud que le invade y no la puede definir, menos controlar. Enciende el televisor y tras un zapping compulsivo lo apaga. Se percata que su malestar es la propia soledad, esa misma sensación de vacío que viene deprimiéndolo desde el inicio del año y lo hizo escapar hacia la playa. Ahora que retorna a su barrio vuelve a flagelarle. “Nada ha cambiado”, se lamenta al constatar que su problema lleva nombre de mujer, aquella que le viene doliendo desde que terminaron y no sabe cómo arrancar de su interior. Caludia es su nombre, aunque siente vergüenza de pronunciarlo. “¡Maldita y eterna Caludia! Si estoy lejos te olvido, si estoy cerca me haces cautivo. ¡Malditas sean estas ganas de amar y ser amado!” Abre su álbum de fotografías y observa las que sale su tormento. La primera con nueve años de edad, ella llorando y él embutiéndose todo el turrón de chocolate, hasta la última, a fines del año pasado en la fiesta de Pre, donde cada uno asistió con una pareja distinta; ella con César Sampaio del Celestiano y él con Katia Farmakidis, la blonda muñeca del colegio Mercedario con quien la pasó fatal. De repente sintió ganas de escuchar su voz. “Así sea para que me digas con cuál hijo de puta has estado saliendo en estos días. Pero, ¿cómo hago? ¡La llamo por teléfono! Para eso necesito estar menos agitado”.
Alfredo sube a la azotea y tras fumar otro cigarrillo, baja al despacho de su padre donde, amparado en la oscuridad y lejos de los oídos familiares, puede llamar con tranquilidad. Mira la hora en su Citizen dorado. Casi las diez. “¿Será muy tarde? Arriésgate. En el verano la gente se acuesta tarde”. Marca el número. Da una timbrada, su corazón se agita. Dos timbradas, se ruboriza. Tres, le vienen deseos de colgar. Cuatro, ruega porque nadie le conteste. Cinco, “ahora sí es mejor que cuelgue y...”     
 —¿Aló? —contesta la empleada con el acento que delata su origen selvático.         
 —Bu-buenas noches, ¿se-se encuentra Caludia?
 —¿De parte de quién?
 —De A-al-fredo.
 —Voy a ver. Creo que está durmiendo.
 Al escuchar eso, quiso decirle que no la molestara, que podía llamarla mañana, pero demasiado tarde. Tras tres-cuatro minutos de esperan angustiosa, Caludia contesta con voz soñolienta.
  —Aló...
  —Hola, Caludia, ¿cómo estás?
  —¿Alfredo?              
  —¡Vaya! Todavía me reconoces.
  —Tu forma de contestar es fácil de reconocer. ¿Cómo estás? ¿Qué ha sido de tu vida?
  —Allí pasándola. Acabo de llegar de Puerto Banderas. ¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Fuiste a veranear a El Salitral?           
  —No. Me quedé aquí. Estudié un curso avanzado de Matemáticas. Este año va a pasar volando y debo prepararme para postular a la universidad.
   —¿Quién me contestó? ¿Rebeca, la ‘hija de la selva’?
   —Sí y al toque te reconoció. Me pasó la voz diciendo: “es el joven que siempre llama a horas inadecuadas”.
   —Es la hora precisa para hablar de ciertas cosas con privacidad.          
   —¿Cómo cuáles?
   —Como esta sensación tan rara que me agobia. Yo que me ausento unas semanas y ahora me cuesta aclimatarme a la rutina. Me siento como forastero en mi propia tierra, como si la ciudad hubiera cambiado.
   —Es uno el que cambia, Alfredo, no la ciudad.                                        
   —Me encontré con Coco en Puerto Banderas. Me dijo que había hecho planes con ustedes para acampar en Pacharra por Semana Santa.
   —Algo de eso conversamos el otro día en el Che Burger, pero mira, de nosotras, las únicas que tienen permiso desde ya son Mónica y Tatiana. Las demás están en veremos. ¿Y yo? Conociendo lo católica y puritana que es mi mamá, está bien verde que me dé permiso.
   —Tu mamá nunca estuvo de acuerdo a que fuéramos enamorados. Decía que yo tenía al Diablo metido en el cuerpo.
   —Mi familia mantiene vínculos estrechos con el Opus Dei y consideran que salir de juerga en Semana Santa es un sacrilegio en el que se conjugan todos los pecados capitales. Así que lo más seguro es que termine el Jueves Santo recorriendo templos y el Viernes en ayunas, haciendo vigilia en la parroquia del Niño Jesús de Praga.
   —¡Qué aburrimiento te vas a pegar!
   —No necesariamente. Soy una creyente que no dedica el tiempo debido. Creo que esos dos días al menos debo dedicárselos a Cristo como se merece.         
   —Caludia, te conozco demasiado bien. No me quieras trabajar ahora de santurrona.
   —Yo no soy santurrona, pero sí creo que hay fechas para guardar.
   —¿Niegas que te gustaría acampar con nosotros en Pacharra?
   —Me encantaría, pero no en Semana Santa. Qué vayan y se diviertan aquellos a los que el sacrificio de nuestro Señor no les significa nada. Yo porque creo, un acto de constricción es lo menos que le debo.
   —Esos son tus planes para Semana Santa... Pero, ¿qué piensas hacer mañana?
   —No sé. Quizás acompañe a mi mami de compras.
   —¿A qué hora?
   —Me imagino que en la tarde.
   —¿Luego tendrás tiempo?
   —De repente. ¿Para qué?                
   —No sé. Para ir al cine o tomar un milk-shake en el Che Burger, o simplemente ir a tu casa, verte la cara y probar esa rica torta de naranja que prepara la ‘hija de la selva’.
   —Llámame mañana a la hora del almuerzo y te confirmo.         
   —Quedamos así, te llamo.  
   —Está bien, hasta mañana.
   —Hasta mañana...
 


          Al momento de colgar, Alfredo se siente más sereno. La noche no puede hacer más por él. Se dirige a la cocina y, en contados minutos, devora la misma comida del almuerzo. Luego sube y se encierra en su habitación, haciéndose compañía con una de tantas películas italianas que transmiten por la televisión en la madrugada. Sin intenciones de verla, deja el aparato a volumen moderado y arrancando una de las hojas color verde de uno de los cuadernos espiralados que su madre acaba de comprar, comienza a escribir echado en su cama bocabajo.    


Lunes, 23 de marzo

Estimado primo:
          Sé que te resultará extraño recibir esta carta. Nunca te he escrito y no espero que me respondas. Nacimos así y no creo que algo tan banal como la distancia nos haga cambiar. Este verano ha sido el primero que no la pasamos juntos. Hace un año partiste para San Juan, una ciudad con mucha salsa y poco rock’n’roll e ingresaste a la Universidad Interamericana. Desde ese entonces no me hemos vuelto a tener una charla de primos. Será por eso que me brota la necesidad de escribirte. Eres el indicado para desahogar mis tribulaciones existenciales. Este verano en Puerto Banderas fue divertido, pero como dice Genaro, sin ti la playa no es igual. Los amigos siguen siendo los mismos. Hicimos las mismas cojudeces. Lo único novedoso es que me enamoré de una chica que se hizo muy amiga de tus hermanas. Se llama Leticia Cano y si hubiéramos tenido más tiempo quizá la habría amado con locura, igual como manda la canción de The Doors. Ayer terminamos cuando apenas comenzamos. Ella viajó a los Estados Unidos y me pidió que la esperara, pero eso está bien para argumento de telenovelas, yo corté por lo más sano. No estoy para sufrir con relaciones a distancia. Necesito una mujer de carne y hueso ¡ahora! Y como no la tengo, me siento lúgubre e inestable. Ayer en la noche no pude dormir. Por Leticia escribí estas líneas, fiel reflejo de mi dolor en el alma:


1999. 31 de diciembre. 5:36 de la tarde. Viernes. Es tiempo de cambio y mi tiempo ya pasó. El tiempo se va y yo no sé cómo llegar a cualquier parte. ¿Qué esperas de mí? ¿Qué tome tu vida y la lleve a un destino mágico e inalcanzable? Lamento traer abajo tu castillo de cristal. Para realizarte no necesitas de mí. He pesado toda la vida buscándote y ahora que te tengo, yo no consigo encontrarte. Nunca los dos seremos uno. Somos en la inmensidad dos mundos suspendidos. Somos mucho y somos nada. Pasamos la vida cumpliendo objetivos y no sabemos si nos volvemos mejores o peores humanos. ¿Llegamos ya o seguimos en la ruta? ¿Tenemos brújula o estamos extraviados? No quiero marearte. No quiero perderte en donde es imposible escapar. Piensa que eres para mí el principio de una era. Este momento es único e irrepetible. Feliz y miserable a la vez. Fácil de olvidar o de trascender. Este tiempo es nuestro. Depende de ti. Nunca más volveremos a ser dueños de nuestro destino. Si estás viva, toma mi mano. Si hemos cambiado, el mundo también habrá cambiado y seguirá cambiando en lo poco que resta para que llegue el 2000.

Estas palabras van dedicadas a mi Leticia del futuro y mi visión es bastante confusa. Se debe seguro a que como buen zurdo soy maniacodepresivo. Tú que eres el otro siniestro de la familia, debes pasar por lo mismo. ¿No tuviste miedo cuando te alcanzó el tiempo de madurar? Ahora que pareces tener tu futuro encaminado, pienso que a mí me quedan todavía nueve meses para programarme... y en ese trayecto puedo vivir o incluso morir. En fin, querido Piero, sigue adelante y ya veremos que sucede. Saludos a tu girlfriend —no sé cómo se llama— y espero que me devuelvas a tu retorno el Who Made Who de AC/DC que te presté.                            
           
Cerca de las dos de la mañana, mete la hoja en un sobre. “Mañana, camino al cine, la dejo en el correo”. Tras fumar en la azotea el último cigarrillo que le queda, se mete en la cama y se deja arrullar, desde su tocacintas, por la voz nasal de Robert Zimmerman. El sueño que de cotidiano le es esquivo, llegó después de The Times They are a-Changin.




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