Por un instante el silencio. Sólo se puede percibir el crujir de las brochetas de carne asándose a la parrilla y a la radio desde el quiosco de madera, informando sobre disturbios raciales en algún punto del inmenso territorio soviético. El Ranchito, huarique enclavado en el parque grande de Cali, es el centro de ocio y bohemia de los vecinos del barrio. En esa noche de mitad de semana, se ha convertido en escenario de una discusión acalorada luego que sobre tres personas cayera una infame acusación que de risueño comentario amenaza con transformarse en un estigma de por vida.
Unidas las dos
mesas que acogen a sus bebedores al aire libre, bajo las acacias del parque,
seis pares de ojos se detienen para observar a los acusados. Con ganas de
dilucidar la verdad de los hechos, Carlitos vierte cerveza en su vaso y entrega
la botella a Nando, sentado a su diestra. Con su voz gangosa, similar a la de
Humphrey Bogart, exclama:
—Son tantas las versiones vertidas que no me queda
claro hasta qué punto llega la magnitud de su falta. Sean claros, por favor, y
respondan la pregunta: ¿tuvieron o no tuvieron contacto carnal con ese travesti?
—¡No seas huevón, Carlitos! Hace rato que vengo
repitiendo que nada pasó —exclama Chabelo exaltado.
—¡Yo no les creo! —interviene Jonás, el improvisado
fiscal, compañero del mismo colegio pero venido de San Pedro, el barrio rival,
por lo que está a la caza de cualquier falta de sus amigos caleños, para
enrostrárselos como perro de presa— Ustedes son unos enfermos con semen en el
cerebro, capaces de todo, incluso de forrarse a un maricón.
—¡Bocón de mierda! —reacciona el Gordo, otro de los
acusados— Nadie aquí se ha forrado a un cabro. Si algo de esto llega a los
oídos de Rosita, te juro que te saco la puta madre.
—Así que se levantaron a un cabro sólo para mirarle
la cara —apunta Nando, también de Cali, pero por la chacota se une a los de San
Pedro para lanzar sus dardos venenosos.
—¡El cabro jamás se trepó a mi carro! —afirma
tajante Chabelo. —Le pagaron el taxi para que los siga —insiste Nando divertido.
—¿O nos quieren hacer tragar que ayer en la noche
se estacionaron frente a la iglesia San Francisco para rezar por sus almas? —se
aúna Rodrigo, otro de los chicos de San Pedro.
—¡Te lo tienes que tragar porque nosotros jamás
pasamos por la iglesia San Francisco! —se cierra el Gordo.
—Entonces, anoche que regresaba con mi padres de la
casa de mi abuela, no era tu carro el que vi frente a la iglesia, rodeado de
travestis —agrega Jonás, asegurando ser testigo de los acontecimientos.
—Esteeee... no. —asegura Chabelo.
—¿No era Alfredo acaso el que prácticamente estaba
encima del cabro? —dice Jonás incisivo, luego que la respuesta abriera más
dudas que certezas.
—¡Y yo qué sé! —se limpia Chabelo— Alfredo es capaz
de eso y de otras marranadas.
Al ver a su amigo lavarse las manos como Pilatos,
el aludido por fin se anima a intervenir.
—¡Chabelo, qué cobarde eres! Admite de una vez que
todos estuvimos involucrados. Es tanta la evidencia que negarlo resulta
infantil.
—¡Ven! —exclama Jonás alborozado— ahora sí lo
admiten. La culpa ha quedado al descubierto.
—¡Agárrenme! ¡Agárrenme! Ahora sí le saco la puta
madre —señala el Gordo, haciendo el ademán de querer abalanzarse contra Jonás y
estirando los brazos para que lo contengan.
—Lo único que admito, so pedazo de asno, es que si
ayer pasamos por la «zona roja» y nos pusimos a joder cabros, fue porque nos
quedó a la mano —sostiene Alfredo.
—O sea que para ustedes joder cabros es un vacilón
—señala Viche, también de Cali y que normalmente hubiese defendido a sus amigos
del barrio, pero su marcada homofobia hace que se sienta asqueado.
—Que nos hayamos puesto a joder maricones no
significa que lo seamos —capitula Chabelo—, sólo fue por pasar el rato un
martes por la noche en que no pintaba ni mierda.
—Eso que dices es muy diferente a la versión que me
contaron hoy en la tarde. Según sé ustedes...
—¡Pueden pensar lo que chucha quieran, pero ninguno
de sus comentarios sale de esta mesa! ¿Entienden? —interrumpe el Gordo a Viche,
visiblemente asustado.
—¡Estás bien huevón! —se burla Rodrigo— Este tema
tiene cuenta bastante larga. Cómo quisiera que mañana mismo se inicien las
clases para hacerlos mierda en el salón.
—¡Ni te atrevas!, ¿oíste? —le amenaza el Gordo.
—Lo siento. Soy amigo de mis amigos, pero más amigo
soy de la verdad.
—¡So reconchetumadre! Lo que eres es amigo del
chisme, pero si me traes problemas con Rosita te cagas conmigo —sentencia el
Gordo.
—Seguro de aquí al lunes la cosa estará tan
‘tregivesada’ que de culeadores de cabros, ustedes pasarán a ser los culeados
por los cabros —agrega Nando.
—Se dice tergiversada, Nando, ¡tergiversada! —le
corrige Viche.
—Seguimos en dimes y diretes y no llegamos a saber
en concreto que pasó en realidad. Sólo ustedes tres pueden aclarar el asunto.
La duda embarra sus reputaciones en caca —dictamina Carlitos, metido en su
papel de Tremendo Juez.
—Ya pues, Chabelo, tú fuiste el que nos inquietaste
en tu carro. ¡Haz nuestro descargo! —implora el Gordo.
—¡No jodas! Ya gasté mucha saliva —dice al aludido
mortificado.
—¡Cabrones! La evidencia es tan abrumadora que no
se pueden defender —exclama Jonás con gesto triunfalista.
—¡Por qué más bien no habla Alfredo! —alza Carlitos
la voz— Tu silencio no colabora para nada en tu situación. Danos tu versión de
lo que pasó ayer.
—En lo que a mi respecta —narra Alfredo,
empapándose los labios con la espuma de cerveza—, todo empezó a las tres de la
tarde con una llamada telefónica...
Marca el 72-0620. Una timbrada. Dos timbradas. Tres
timbradas.
—¿Aló? ¿Quién habla? Hola Paola, ¿cómo estás? Soy
Alfredo. Sí, hace tiempo que no hablamos. ¿Está tu hermana? Pásale la voz.
Gracias. Aló, ¿Caludia? ¿Estabas dando siesta? Disculpa por interrumpirla. ¿Qué
vas a hacer más tarde? ¿Vamos al cine? ¿Qué vas a acompañar a tu mamá? ¿Y a qué
hora regresan? ¡Perfecto! Tenemos como media hora para llegar a la función de
Vermouth. En el cine Úper están dando Betty
Blue, una película francesa que por lo leído en el periódico parece buena.
No, no es pornográfica. Si bien en el cine francés no es raro que se vea un
chocho o una verga, las exhibiciones no tienen nada escandaloso. Sí, ya sé que
soy un vulgar de porquería, pero así me quieres. ¿Paso por ti a las seis y
media? ¡Perfecto! Estate arreglada. Sabes que no me gusta esperar.
Al colgar el auricular, Alfredo, para matar la
tarde, mira un partido de la Juventus por alguna copa europea, luego se ducha,
se rasura, se cambia y se empapa de colonia la cara. Sale de la casa, no sin
antes colocar en su bolsillo la carta que le ha escrito a su primo Piero la
noche anterior, aguardando depositarla en el correo, camino al cine.
—Caludia no está, va a llegar tarde... —le dice
Paola tras tocar la puerta de su casa.
—Pero cómo si ella quedó conmigo a las seis y media
y...
—Si quieres espérala, pero no te lo aconsejo.
Cuando mi mamá y Caludia salen de compras se demoran un montón.
—Tu hermana ha quedado conmigo y no creo que me
falle. La esperaré un rato.
El rato se traduce en tres colillas de cigarrillo
aplastadas en la vereda. Falta poco para las siete, la película a punto de
comenzar y Caludia no aparece.
—Paola, le dices a tu hermana que me cansé de
esperarla.
—Te lo advertí —añade Paola, sospechando que
Alfredo Lora es de los que hace caso omiso a ese tipo de advertencias.
Así que no quedándole más que retornar a su casa
con lo que resta de orgullo, quiere pensar en Leticia Cano, su amor del verano
pasado, para demostrarle sobre todo a sí mismo, que no necesita a Caludia y que
ese mal sabor por la plantada no le significa nada.
—¡Ah ya! O sea por el plantón de una mujer fuiste
en busca de un cabrejo para desahogarte —concluye Rodrigo.
—Caludia es sólo una amiga. La fui a buscar porque
la aprecio y...
—Sigues templado de ella, huevonazo. No trates de
atarantarnos con barajos cojudos.
—Yo no tengo por qué barajar nada. A mí poco me
importa si me creen o no.
—Rodrigo tiene razón, Alfredo —señala Carlitos—, no
te vayas por las ramas y anda directo a lo que nos interesa.
A eso de las ocho, Alfredo toca la puerta de la
familia Campero, ubicada en la calle Magna de Cali. Sale Monti, el cuñado
haragán de Chabelo, con la facha de que ese día no ha ido a trabajar, al igual
que ayer y varios meses atrás. Le dice que espere. Pasan unos minutos y sale un
muchacho de piel albina, desgarbado y con el cabello muy oscuro llegándole a la
altura del hombro.
—Oe, ¿y? Regresaste de Puerto Banderas y no pasas
la voz.
—Ayer estuve ocupado comprando mis huevadas para el
colegio.
—Quién como tú. A mí ni siquiera me han comprado un
tajador. Iré al cole con lo que me sobrevive del año pasado.
—No te quejes que todo lo debes tener en buen
estado. Eres de los huevones que cuida sus cosas igual que una hembrita.
—¿Y qué pinta más tarzán?
—No sé, para eso venía.
—Estoy con Salvatore, ensayando unos solos de Steve
Ray Vaugham, ¿quieres escucharnos?
—Gracias, pero paso.
—Mi hermano viaja hoy a Lamas y seguro me dan el
carro para ir a dejarlo en la terminal. A golpe de diez y media-once te paso viendo
por tu jato.
—Ya pe’.
Pasa la noche. A las once y media, Chabelo y
Salvatore pasan por las casas de Viche, Nando y Tucho, pero por la hora
avanzada no se animan a tocar. “Pásale la voz a Alfredo, su ventana es la que
da a la calle”. Puesto en aviso, Alfredo sale, al igual que el Gordo, cuya
ventana de su alcoba también da a la calle.
—No me digan que les dio roche tocar. Ustedes saben
que yo soy materia disponible a cualquier hora —interrumpe Tucho.
—No te buscamos porque para salir te demoras un culo
y encima sales misio, peor que limosnero —apunta el Gordo.
—¿Por qué no admiten que no querían testigos de sus
gustos medios extraños? —insiste Jonás.
—Después de dos meses de playa, lo único que quería
era salir, percibir el smog del asfalto —prosigue Alfredo, taconeando sobre la
mesa el cuarto cigarrillo de la noche—, si bien no pintaba ni mierda, esas
cosas el alcohol siempre las arregla...
Polémica de medianoche frente a la puerta de
barrotes de La Virreina, licorería de la zona vieja de la ciudad, concurrida
por sus tragos preparados, muchos de ellos de dudosa calidad. Tras una colecta
donde unos ponen más y otros menos, compran un macerado de coco que todos toman
del mismo pico de la botella —menos Salvatore quien es abstemio— mientras el Toyota
station-wagon de Chabelo consume combustible inútilmente, dando vueltas por la
ciudad.
—Ya pues, déjense de pendejadas y no me paseen.
Deme cada uno lo que me debe o se cagan conmigo —reclama el Gordo quien ha
puesto más en la colecta.
—Yo no pienso darte nada por esta basura —se cierra
Alfredo—, este macerado es tan suave que parece hecho para mujeres. Si
hubiéramos puesto un poco más en la chancha, estaríamos chupando pisco o un
buen ron.
—¡Calla, huevas! —exclama Chabelo— Estos tragos
dulcetes son los más pendejos. Entran suavecito pero se te suben rápido a la
cabeza.
—Pero yo no quiero tambalearme con algo suave.
Quiero algo fuerte que me raspe el buche al pasar.
—Si eso querías hubieras puesto de tu bolsillo,
chungo conchetumadre —se queja el Gordo—. Ninguno de ustedes puso un centavo
más para comprar un miserable vasito de plástico.
—Regresemos a La Virreina y compremos algo que nos
entone. Una ‘Naranja Mecánica’ o un ‘Destroyer’.
—¡No!; esos tragos te sacan la mierda y dolor de
cabeza y mañana temprano tengo que estar lúcido —se niega el Gordo.
—No hagan muchos planes. Una vuelta más por la
Plaza Mayor y dejo a cada uno en su casa.
—¡Por qué si la noche es virgen y yo he puesto
plata para llenar el tanque! —se queja Salvatore—. Mira, la ciudad no sólo es
pubs, discotecas o chinganas de mala muerte. Demos un vueltón por la «zona
roja» para ver putas. Sé que no tenemos mucho dinero, pero quizá entre joda y
joda alguna puta se compadezca y atraque a tirar gratis con los cuatro.
—¡Ah, ya entiendo! Fueron en busca de putas, pero
con su presupuesto sólo pudieron levantar a un rosquete —presume Jonás.
—Escucha, huevón, si vuelves a sacar conclusiones
por adelantado no digo ni una palabra más —amenaza Alfredo.
—¡Nada de quedarse callado! Cuéntanos cómo y en
cuántas poses se lo forraron al cabro —se aúna Rodrigo.
—Ya no interrumpan —solicita Carlitos—, a este paso
el día va a aclarar y Alfredo no va a acabar con su historia. Supongo que
iniciaron su incursión por el 24 Horas que es la puerta de la «zona roja», algo
así como Estambul es la puerta de Europa hacia el oriente...
La avenida Mediterránea divide en dos el casco
histórico de la urbe, al cruzarla se llega a la «zona roja» donde proliferan
los bares, boites, prostitutas callejeras, hoteles baratos, cines porno, casas
de juego que en un tiempo fungieron de fumaderos de opio. Sus viejas paredes de
adobe, pintarrajeadas con arengas futboleras y propaganda política, que
amenazan con cualquier excusa venirse abajo, son mudas testigos de crímenes y
puterío. El 24 Horas, restaurante inaugurado por un inmigrante de Okinawa en
los años cuarenta, fue el primero en abrir sus puertas todo el día, incluido
feriados. En las madrugadas no sólo sacia el hambre de la fauna noctámbula,
sino que alrededor de su fachada pululan las mujeres que comercian con placeres
carnales, a la tarifa impuesta por un proxeneta o por ellas mismas cuando por
la edad se manejan en el negocio con independencia.
—¡Conduce más despacio! —reclama Salvatore— Así no
vamos a levantar nada.
—¿Y qué vamos a conseguir? —refunfuña Chabelo—
¿Crees que por tu linda cara vamos a cachar gratis?
—¡Da la vuelta, huevón! —se une Alfredo— Jodiendo
no perdemos nada.
Chabelo da la vuelta a la manzana. Pasa por la
legendaria taberna Portales, antro de periodistas deportivos y cronistas
policiales; el bar Rosado, con sus parroquianos seniles suspirantes por los
días en que el mundo era suyo y los almanaques se lo arrebataron; el Hotel
Americano donde —dicen— Ernest Hemingway se hospedó de incógnito; el
cine-teatro Smith que pasó de exhibir películas con Gary Cooper y John Wayne a
filmes triple equis con Seka o Vanessa del Río. Al doblar la esquina vuelven a
pasar por el 24 Horas y cuatro mujeres se acercan. La primera en llegar apoya
sus uñas acrílicas en la puerta del conductor.
—Hola chicos, ¿quieren festejar?
—¿Qué edad puede tener esta niña? —susurra el
Gordo, sorprendido por la juventud de la ninfa.
—Quince o dieciséis años como mucho —calcula
Alfredo.
—Cuánta pinga debe haber probado a su corta edad
—apunta el Gordo.
—¡Cállense, carajo que no dejan hablar a la
señorita! —les dice Chabelo, girando su mirada hacia atrás. Luego, con su mejor
sonrisa, vuelve a dirigirse a la fémina— Ahora sí, flaquita, ¿cómo es la vaina?
—Sesenta la ‘salida’ más treinta por el hotel que
está a la vuelta.
—¿Ninguna rebajita?
—No. Es nuestra tarifa especial por Semana Santa.
—Vas a tener cuatro clientes de un solo golpe.
Merecemos un descuento.
—Cincuenta por cabeza, ¡no más!
—La verdad es que haciendo una colecta entre todos
podemos reunir unos ochenta. ¿Qué nos puedes ofrecer por eso?
—Por ese precio les dejo que olisqueen mi calzón un
rato —las demás putas ríen por la ocurrencia—. Ya-ya.ya, circulen que nos
espantan a la clientela.
La station-wagon se presta a partir, cuando un
vendedor ambulante de hot-dogs con repollo les dice desde su carretilla:
—Vayan a la otra esquina. Quizás Bruna o Matilda
atraquen con lo que tienen.
—Ya escuchaste, ¡vamos a ver a Matilda! —ordena
Salvatore.
—Sí pero que negocie otro huevón —dice Chabelo.
—No hay problema, yo bajo —se ofrece Alfredo, al
ver que todas las miradas se posan en él.
—¿Y qué tales estaban esa Matilda o la tal Bruna?
—inquiere Tucho, imaginándose en una emergencia monetaria similar.
—¡Hasta las huevas, cuñau! —afirma el Gordo— Una
era gorda y con cara de sapo, la otra esquelética y no tenía dientes, parecía
que fumara cohetones.
—¿Y si eran tan feas por qué no dieron media
vuelta? —pregunta Carlitos.
—Porque era un cague de risa ver cómo lo choteaban
a este tarado —responde Chabelo señalando a Alfredo.
—Esas putas eran espantosas, pero bien que se
prestaban para la joda...
La station-wagon llega a la otra esquina, a la
fachada del hostal San José. Las suripantas ahí apostadas, cuyos largas
temporadas en el oficio se traducen en diversas deformidades corporales, aúllan
diversas frases lujuriosas para llamar la atención de los tripulantes.
—Vengan, papitos, ardo por hacer míos sus deseos
—les dice una mostrando sin resquemor sus ubres caídas con tal de ganarse la
clientela. Buena estrategia de marketing. En contados instantes no sólo Alfredo
se apea de la camioneta, también Salvatore, quien mudo lo escucha transar.
—Bueno, chicas, al grano. Estamos arrechos y sólo
tenemos ochenta. Por esa tarifa, ¿cuántas se animan a tirar con los cuatro?
—¡Vayan a correrse la paja, mocosos de mierda! —les
dice la doña que les mostró las tetas.
El grupo de rameras se dispersa en seguida. Sólo
dos quedan en exhibición, quienes por su baja estatura era imposible reparar en
ellas en un primer momento.
—Supongo que ustedes se llaman Bruna y Matilda.
—¿Tan famosas somos por nuestras artes amatorias?
—responde Bruna, la flaca desdentada.
—Por eso y por sus precios populares. Como ya
escucharon, sólo tenemos ochenta entre todos, es decir veinte por pichula.
¿Aceptan nuestra oferta?
—¡Por cien! —transa Matilda, la de cara de sapo,
luego de cavilar.
—Ochenta es lo que les podemos ofrecer.
—Ya pues, ochenta... ¡Pero ustedes ponen el hotel!
—subraya Bruna.
—¡Nada de hoteles! Lo hacemos en el carro o en
algún descampado.
Bruna observa a su compañera y ella, encogiéndose
de hombros, da a entender que aceptan. Eso hace que Alfredo y Salvatore se miren
y se alejen un poco para reconsiderar el asunto.
—¿Qué estamos haciendo? Esas son las putas más horrorosas
que he visto en mi vida. ¿Acaso no te preguntas por qué se ofrecen a precio tan
módico? Si no padecen de sida, deben tener alguna putrefacción vaginal que hará
que la pinga se nos caiga a pedazos —exclama Salvatore con una sonrisa
nerviosa, que trasluce toda la dentadura de su prominente quijada.
—Mira Sal; mi cumpleaños fue en diciembre y nos
fuimos al chongo. Eso pasó hace más de tres meses que es el tiempo que llevo de
abstinencia. Mi cara está llena de granos. Explotan en semen si me reviento
uno, ¿comprendes? —Salvatore menea la cabeza negativamente— Lo que trato de
explicar es que tengo la imperiosa necesidad de cachar bien sin mirar a quien.
Después de eyacular, si quieres les pasamos el carro por encima y las fondeamos
por algún rincón para que su existencia no siga ofendiendo los principios
elementales de la estética.
—¿No te importa si te cagan de por vida?
—Para eso tengo esto —saca de su billetera dos
condones Näkken, hechos en Escandinavia—, así que vamos a reunir los ochenta
—¿Quieres que pague por una puta que le dobla la
edad a mi mamá?
—Bueno, si quieres no caches, pero colabora para
que los demás sí.
—¡Ándate a la mierda! —estalla Chabelo al ser
consultado— Bastante hice con verte cómo afanabas. ¡Qué asco!
—¿Y tú, Gordo?
—¿Yo qué?
—Manifiéstate con tu parte.
—No tengo plata.
—¿Cómo que no tienes plata?
—¡No tengo ni mierda! Todo lo puse en el trago y
todavía sigo esperando que me des tu parte, ¡reconchetumadre!
—¡Me cago en la...! —dirigiéndose a las dos
mujeres— Lo siento, chicas, para otra vez será.
Con paso fracasado sube al automóvil, mientras las
dos prostitutas caminan en busca de mejor suerte a la otra esquina.
—Ustedes los de Cali son asquerosos —dictamina
Jonás—. Si hubiera estado Tucho, Coco o Pepe Peláez, seguro que empeñaban hasta
los calzoncillos con tal de tirarse a esos bagres.
—Oye —salta Nando, señalando a Alfredo—, no creas
que en Cali todos somos mugrientos como este huevón.
—Ustedes cuando están arrechos se comportan como
animales —insiste Jonás—. Sigan pues, ¡desembuchen que más hicieron!
—Nada —continúa Alfredo—, partimos con la intención
de regresar a la casa. Con la intención...
Para salir de la «zona roja», Chabelo bordea la
plazuela Bolívar e ingresa en el centro histórico. Hundido en el asiento,
desilusionado por el coito perdido, Alfredo no dice una sola palabra.
Salvatore, desde su ventana, divisa algo que llama su atención.
—¡Para!, ¡para!, ¡mira ese culo! Perfecto y
redondito, como para morderlo.
—No te ilusiones. En esta cuadra todos son
travestis —le advierte el Gordo.
—¡Pero qué buenos están! Los que antes había estaban
tan mal hechos que provocaba escupirlos —exclama Chabelo, sobreparando la
marcha.
—Tenemos mejores cabros, la ciudad progresa
—concluye el Gordo.
—A ver, párate cerca del que va con hilo dental
dorado —solicita Alfredo.
Chabelo obedece y se detiene al costado del
travesti indicado. Sus nalgas firmes, terminadas en unas piernas bien
contorneadas y sus senos a punto de reventar por tanta silicona, los tiene
cautivados. Por la finura de su rostro y el cabello ondulado y bien cuidado,
nadie sospecharía que se trata de un varón. Lo único que lo delata es su voz
ronca y la dilatada manzana de Adán en el pescuezo.
—¿Qué pasa, chicos? —les dice el travesti al verlos
con la boca abierta— ¿Acaso les arrancaron la lengua en la «zona roja»?
—Cu-cu-cu... —tartamudea Alfredo sacando la cabeza
por la ventana.
—¿Cuánto cobro?
—No; cu-cu-culazo el que te manejas...
—¿Te gusta, verdad? —dice el travesti y le da la
espalda, dejando sus glúteos a merced de los lobos— Lo mantengo hermoso y
exuberante. Nada que ver con las nalgas varicosas de esas sidosas del 24 Horas.
¿No quieren palparlas para que constaten su firmeza.
Perplejo ante la perfección de esas nalgas que se
le ofrecen, un impulso inconsciente ocasiona que la mano de Alfredo se levante
en pos de palparlas y luego apretarlas, pero cuando sus garras están a
milímetros de su objetivo, observa con el rabillo del ojo a sus amigos quienes
aguardan ansiosos que toque el fruto prohibido para hacer mofa de ello. Eso lo
inhibe y decide dejar la oportunidad pasar.
—¡No es cierto! Yo vi clarito que le cogiste el
trasero —afirma Chabelo.
—Estuve tentado pero al final me arrepentí, así que
no hables lo que no es.
—Tuviste la intención de tocarlo, así que igual
eres cabro —sentencia Viche.
—Ayer dijeron lo mismo de mí... justamente por lo
contrario.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no te animas? —le invita el
travesti— Anda, no seas ‘rosquete’ que mi poto no muerde.
—¡Vámonos! Estamos perdiendo el tiempo —les dice un
Alfredo apocado a sus amigos.
—¿Perdiendo el tiempo? ¿Por qué, huevón? Sigue
jodiendo. A pique nos liga algo —le anima Chabelo.
—¿Y qué quieres que nos ligue?
—¡No sé!; tú jode no más. Algo resultará.
Encogiéndose de hombros, Alfredo vuelve a sacar la
cabeza por la ventanilla y detiene la marcha del travesti a punto de reunirse
con sus ‘compañeras’.
—¡Hey, flaca!
El travesti detiene la marcha y voltea con una
sonrisa a flor de labios.
—Esteee... mis amigos y yo queremos saber cuánto
nos cobrarías por darnos una buena mamada a cada uno.
—¡Chuparlas nada más? ¿Van a desaprovechar un culo
tan rico como el mío?
—Estamos cansados y no tenemos ganas de meter
pichula en ningún orificio. Queremos que una lengua nos recorra desde el glande
hasta los huevos y nosotros sin movernos, mirando para arriba, contando las estrellas
que iluminan el cielo.
—Han tomado sus tragos así que imagino les tomará
su tiempo venirse. No habrán inhalado cocaína, ¿verdad? Cuando jalan se tienen
que hacer malabarismos con la lengua para que se les pare... —Alfredo le
responde meneando negativamente la cabeza— Entonces les cobro cuarenta por
persona.
—¿No nos haces una rebaja?
—Cuando sientas mi lengua vas a ver que mi
‘servicio’ bien vale ochenta.
—¿Cuánto pueden pagar?
—‘Flaca’, por ti pagaría todo —se inmiscuye
Chabelo, ganado por la libido—, el problema es que nuestros bolsillos no van
acordes con nuestros deseos...
—¿Cuánto tienen?
—A la franca, juntando hasta los centavos
reuniremos unos treinta —asegura Alfredo.
—¿Treinta cada uno?
—Treinta entre todos...
—Dudo, chiquillos, que alguna vez hayan visto una
cintura como esta, un trasero como este o unas gomas como estas —asegura el
travesti haciendo de lado el corpiño que apresa sus senos artificialmente
perfectos y que difícilmente la Naturaleza podría igualar— ¿Saben cuánto me
cuesta mantenerme así? ¡Mucho! Por ética profesional no puedo entregarme por la
miseria que me ofrecen.
—¿Cuánto tiempo gastarías en ‘despachar’ a cuatro
‘burros’ que los tienes a punto de botar semen por todos los poros? —retruca
Alfredo con calculada zalamería— Cinco minutos como mucho. Y todo en virtud a
tu espléndida figura. Tu belleza es digna de la mejor película porno.
—Perverso adulador —ronronea coqueto el travesti al
sentir ensalzada su vanidad—, sabes decir palabras encantadoras y eso me
agrada. Esta noche tengo ganas de tragar ‘lechecita caliente’, así que puedo
aceptar por cuarenta, ¡ni un centavo menos!
—¡Hecho! —exclama Chabelo alborozado— Reúnan ustedes
los treinta, yo pongo los diez que faltan.
—Esperen un ratito. Voy a pedirle a una de mis
‘amigas’ que apunte la placa de su carro. No es que desconfíe de ustedes pero
en estos tiempos violentos ‘una’ nunca sabe. Vayan juntando la platita. El pago
es por adelantado.
—¡Ahora sí déjense de huevadas! —dice Chabelo
apenas el travesti se aleja— ¿Cuánto va a poner cada uno? Gordo, no creo que
estés misio, así que con cuanto te ‘matriculas’.
—Me ‘matriculo’ con cinco.
—¿Tú, Alfredo?
—Con veinte.
—¿Tú, Sal?
—¿Yo? Amigos, sinceramente no tengo ganas. Si
quieren, que se las chupe a ustedes. Yo paso. No me miren así. Simplemente los
maricas no van conmigo. No se preocupen por mí. No pienso contarle a nadie su
aventura ‘cacanera’.
Sin decir una palabra, los otros tres amigos se
observan entre sí. La respuesta a lo que hay que hacer a continuación queda
tácitamente despejada. Saben que no les queda más alternativa que... partir.
—...Y eso, amigos, fue todo —puntualiza Alfredo—.
Sal se tiró para atrás y los demás nos desanimamos.
—¿Por qué? —exclama Tucho al imaginarse, pero no lo
admite públicamente, que él sí se habría forrado al travesti de haber tenido la
oportunidad.
—Es fácil de imaginar —arguye Jonás el fiscal—. O
pecaban los cuatro o no pecaba nadie. Ninguno debía quedar libre de culpa,
porque después los señalaría con el dedo.
—Yo creo que ese rosquete nos hechizó con la magia
de su ano —se defiende Chabelo— Si lo hubieran visto, estoy seguro que ustedes
también se habrían dejado llevar por la arrechura. La negativa de Sal sirvió
para salir del encantamiento.
—No se disculpen, igual son unos cachacabros —los
señala Viche—. Vale la intención y no el hecho. Si Salvatore hubiera entrado en
la macana, ustedes se lo habrían forrado y hoy todos guardarían sobre el tema
un silencio sepulcral.
A golpe de dos de la mañana, la station-wagon se
cuadra en el parque grande de Cali y Chabelo, bajándole el volumen a la música,
es quien toma la palabra.
—Casi la cagamos. Pero me imagino que de este carro
ni una palabra va a salir sobre este asunto.
—¿Por qué me miran así? —exclama Salvatore al
sentirse observado— Yo soy muy reservado y no ando por ahí divulgando las
huevadas de nadie.
—Lo de esta noche no sucedió jamás —recalca el
Gordo—. Todos debemos ser una tumba. Estar a un tris de que un travesti nos
haga una fellatio no es como para divulgarlo por todo el barrio...
—Sin embargo, ha sido tan grave su falta que todo
el mundo se ha enterado —insiste implacable Jonás.
—Si pues, porque nunca falta un bocón —se lamenta
Chabelo.
—Si pues, te pasaste. Gordo, yo en tu lugar no
habría la bocaza —les dice Nando.
—Te lo conté a ti porque necesitaba contárselo a
alguien. Me olvidé que este petizo es chiquito como un ratón, pero indiscreto
como un león.
—Si crees que una cosa así se puede callar es que
te ha entrado grasa al cerebro.
—No debiste abrir la boca, Gordo —se lamenta
Alfredo—. Dios perdona el pecado pero no el escándalo. Ahora estamos a merced
de todos estos energúmenos.
—Tú, Alfredo, eres más bocón que yo. Lo único que
le conté a Nando fue que fuimos a ver putas y que al pasar por la iglesia San
Francisco te pusiste a joder cabros y nada más. Tú te has encargado a ponerle
color y sabor a este asunto.
—Antes de que abrieras la boca —interviene
Carlitos—, lo de la mariconada era una joda. Tu error fue tomarla en serio y
graficarnos más de lo que debías. Ahora ya no quedan dudas de su
intencionalidad y premeditada alevosía, por lo que puedo concluir que el Gordo,
Chabelo y tú sobre todo, son cacaneros en potencia.
—Hablé porque el hijo de puta de Jonás nos había
visto. Así que antes de que afirme que nos vio culeando cabros en plena
calle...
—Yo inventé todo, Alfredo. ¿Cómo se te ocurre que
voy a pasar un martes a las dos de la mañana por ese lugar? ¡Ni que fuera
cabro! Sólo les seguí la corriente para joderlos un rato.
—El pez por la boca muere... —exclama Rodrigo— A
nosotros los de San Pedro nos preocupa lo que sucede en Cali. Primero es ese
amigo suyo, Pepe Peláez, que una vez se dejó chupar la pinga por un maricón y
otra vez tuvo la frescura de afirmar que “chapar a un cabro es como chapar con
una hembra...”
—Compréndanlo —lo defiende Tucho—, el pobre es muy
arrecho. Borracho se deja llevar por sus básicos instintos.
—Tú, Tucho, no te quedas atrás —vuelve Jonás a la
carga—. Todos conocemos tu afición a ‘sangrar’ maricas. Si el año pasado no
repetiste el año fue porque compraste a los profesores con plata del cabro
Aldo. Ese favor no sabemos cómo lo pagaste después.
—No seas mal hablado, hijo de las mil putas. La
borrachera con el profesor Boz corrió por mi cuenta. El Aldo, generosamente,
prestó su carro para movilizarnos de un bar a otro. Nada más.
—Entonces, eso que los vieron a ti y al Aldo
saliendo de un hotel a la mañana siguiente, con el pelo mojado, ¿es mentira?
—lo bate Nando.
—Me han visto saliendo de un telo con el pelo
mojado, pero acompañado de una de tus hermanas, Nando de mierda.
—Los nombres de Chabelo, Gordo y Alfredo ahora se
suman a la lista de cacaneros —dictamina Jonás—. Sugiero a los pocos caleños de
virilidad incuestionable que se muden a San Pedro, si les interesa preservar su
imagen.
—Mira, Jonás —salta Carlitos por su barrio—, Tucho,
Pepe Peláez, Chabelo, Alfredo, el Gordo, así cometan tantos actos execrables,
no son peores que nadie en Cali, tampoco mejores. Todos aquí estamos felices de
vivir en estas calles, eso es lo que ustedes, los de San Pedro, no pueden ni
nunca podrán entender. El misticismo que pervive en este barrio es porque todos
estamos llenos de vicios y virtudes, todos somos tan distintos e iguales a la
vez, siempre clavándonos puñales por la espalda, pero aún así seguimos
unidos.
—Tus palabras me huelen a que quieres apañar la
mariconada —asegura Rodrigo—, yo por mi parte los voy a hacer mierda cuando
comiencen las clases.
—Espera que se enteren el Negro y Tomás para
hacerlos remierda —se regocija Jonás—. Ya lo verán.
—Antes de pensar en el colegio, preocupémonos por
la Semana Santa que mañana empieza —exclama Carlitos, vaciando lo que resta de
la última botella—. ¿Qué planes hay?
—Hasta ahora, darle el encuentro a Coco en Pacharra
—apunta Tucho.
—¡Nada de playa! Vamos organizando una encerrona
con mujeres, cerveza, drogas y mucha música satánica... —propone Chabelo.
—Si convidan al travesti que ayer nos dejó en
pindinga, yo me apunto —bromea el Gordo.
—Serviría para evaluar que tal gusto tienen —se une
Carlitos.
—¡Cabros de mierda!

No hay comentarios:
Publicar un comentario