Como si la vida se les fuera, ambos huyen hacia la playa, tomados de la mano. A un costado de la comisaría, divisan el automóvil color crema del gordo Haroldo y a través de la ventanilla se percatan que las llaves están puestas. Con una cómplice sonrisa y sin tramitar ningún permiso, la pareja se sube y pone el vehículo en marcha, dirigiéndose hacia el norte, al sector Alaska, donde apenas si se divisan casas. Alucinado con sumergirse en los papeles de Peter Fonda y Susan George en Crazy Larry, Dirty Mary, Alfredo pisa el acelerador y recorre temerario el camino que serpentea la rivera del balneario. Busca, con el rabillo del ojo, a su compañera, su ninfa adorada. ¡Qué bella la ve! Sus labios expiden ese brillo provocador que le retuerce el interior. ¡Maldita impotencia de no poderla besar! Maldita cobardía represora de impulsos. Cuántas ganas de parar la marcha y tomarla de los hombros. Atraparla en un abrazo que quede eternizado en el vaivén del universo.
Como todos los veranos, Alfredo se aloja por unas semanas en la casa de su tío Miguel en Puerto Banderas. En esta temporada, lo más resaltable ha sido conocer a Leticia Cano, una amiga de sus primas, de la que se prendó desde el momento que la vio tomando sol con su bikini amarillo, tendida sobre una toalla de color frambuesa. Su naturaleza enamoradiza hizo que idealizara sus ojos saltones y sus dientes de roedor, etiquetándola como la salvadora del sufrimiento que de cuando en cuando le ocasiona el recuerdo de la reina absoluta de su pasado.
Con el paso de los días, no era extraño verlos juntos. Fumando un cigarrillo a medias a la hora del ocaso, degustando un helado en copa en la cafetería del boulevard, charlando sobre cualquier nadería hasta pasada la medianoche en la plazuela, oyendo un partido del Tres Coronas por la radio sentados en las tribunas de madera del estadio, mientras el equipo local perdía en el gramado, o ir de excursión al campanario del templo abandonado para ver copular a los gallinazos. Todo como si ambos se trataran de grandes amigos, inmunes a los chismorreos de los conocidos, quienes los tildan de ser la pareja revelación del verano, a pesar de que nadie los ha visto jamás juntar sus labios.
“...La
otra vez los vi muy acurrucaditos en el muelle y él le metía la mano debajo del
pantalón”, afirmó un malicioso lenguaraz y Leticia estalló mortificada. “¡No
sean idiotas! ¡Somos amigos y nada más! ¿No tienen nada mejor de que hablar?”
Alfredo, en cambio, no replicaba porque sintiéndose enamorado, le agradaban ese
tipo de comentarios y dejaba que los perros ladraran esas versiones falaces. En
la fiesta de Ño Carnavalón de hacía un par de sábados atrás, Leticia volvió a
dejar en claro su malestar. “¡Él no me gusta! ¡Nunca estaría con alguien sólo
porque me cae bien! ¿Sí o no, Alfredo?”, encaró en público a su supuesto amante
y éste asintió son la cabeza, ocultando la desazón bajo una falsa careta,
sufriendo por la certeza de que era un absurdo de que ella se interesara por
él. Podría ser su amigo, quizá su hermano, pero jamás alguien a quien amar...
“Es sólo otro fracaso”.
El
Toyota sedán de Haroldo se aparca cerca de la orilla del mar, en un lugar
solitario, lejos del alumbrado público. Leticia exhala un suspiro. Alfredo
cierra los ojos e invita a que acudan a su mente las imágenes de lo acontecido
en la fiesta, hace apenas unos instantes.
—¡Leticia!,
para la mano. Si sigues tomando así te vas a embriagar y ninguna de nosotras es
tu mamá para venir a cuidarte —le advierte Pilar, su amiga y confidente,
viéndola preocupada ingerir vaso tras vaso de piña colada sin temor a que se le
suba a la cabeza.
Inmerso
en otro grupo, conformado por chicos y chicas de su colegio, llegados a Puerto
Banderas para la juerga tradicional de cierre de temporada, Alfredo finge
indiferencia. De cuando en cuando aventura una mirada que voltea nervioso si se
cree sorprendido por Leticia o cualquiera de sus amigas. Que al menos le quede
el orgullo de no delatar sus inquietudes.
—¡Vamos
a bailar! —le sugiere una muchacha del grupo que lo conduce, sin aguardar su
consentimiento, hacia donde muchos se mueven y sudan frenéticos. Desanimado
como está, apenas si mueve las piernas y los brazos— Oye, ¿qué tienes? Estas
bailando conmigo. ¿Podrías prestarme atención?
El
reproche lo hace fijarse mejor en Inés Meléndez, su pareja de turno. Unos meses
mayor que él, había acabado en su mismo colegio el año pasado con diploma de
honor. Su buen rendimiento en los estudios compensaba la inocuidad de sus
atractivos. Bebido como luce, tiene la audacia de rozar sus caderas voluptuosas,
obligándola a tomar distancia. Creyendo que no sería difícil doblegar su pudor,
él la toma de los brazos y busca su cuello, como si se tratara de un vampiro.
Calcula que dentro de poco ella accederá a sus ímpetus, de la misma forma como
sucedió en una noche no muy lejana de discoteca, en la que se llenaron de besos
y manoseos al ritmo de un tema lento de Air Supply, sin importarles el poner su
reputación en boca de todo el colegio. Esta vez, si insiste lo suficiente, es
probable que la muchacha le permita avanzar más allá de su calzón y eso es lo
que él más precisa en esa velada, arranchar a Leticia de él, fornicando como
carreteros, cerca del mar.
Conforme
transcurren las canciones, los movimientos entre ambos se tornan más pegajosos
y ardientes. Muchas miradas se posan en ellos. Alfredo parece bastante
concentrado en aquello de: “no, no me saquen de aquí, por favor, estoy
demasiado tranquilo, ni quiero enterarme de nada hoy, así es el calor”, cuando
a sus espaldas una voz melindrosa, de mocosa engreída, pronuncia su nombre y
sus piernas se ponen a temblar. Se trata de Leticia y él la saluda con un beso,
empapándose con el sudor de su mejilla. Los dos se miran en silencio, tornando
incómoda la situación.
—Hola
Leticia... Adiós Leticia... —exclama antes de voltear y cobijarse de nuevo en
los brazos de Inés. Se muestra insensible cuando por dentro le parece percibir
los pasos de su amada alejarse, llevándose un pedazo de su corazón.
Sordo
a la solicitud de Inés de mover a los pies al ritmo de El serrucho de los Latin Brothers, Alfredo se sumerge en su presa,
lamiéndola y toqueteándola por sus zonas erógenas sin encontrar resistencia.
Tras la conjunción de las lenguas, llega el momento de una proposición.
—Vámonos
de aquí. La gente nos estorba.
Dudosa
primero, pero ganosa después ante la posibilidad de entregarse sin
responsabilidades al joven que tanto le gusta, Inés ofrece un gesto aprobatorio
y deja que Alfredo la lleve a pecar. Mas de repente se escucha en el ambiente
un griterío de muchacha: “¿Qué diablos te pasa? ¡Suéltame, imbécil! ¡Auxilio!”
Alfredo
se desliga de Inés y corre hacia la posición de Leticia. Un borracho la tiene
sujeta del brazo y busca algo más que obligarla a bailar con él. Muchos son los
que se disponen a defenderla, pero es él, con la ira en carne viva, quien llega
primero.
—¡Suéltala!
—le grita al borracho y lo ‘estudia’ de paso. Frente a él se yergue un serrano
de gruesa contextura, bastante alcoholizado, a quien le lleva media cabeza de
estatura. Cuadrándose, le propina tal empujón que casi lo derriba.
—¡Mocoso
de mierda! ¡No te metas, carajo! —le espeta el agredido, dando algunos pasos
tambaleantes.
Palabras
suficientes para que Alfredo se abalance contra él y descargue en su rostro
chaposo toda la furia contenida en sus puños. Su oponente se desmorona sin
alcanzar a repeler el ataque, y aún en el suelo, lo remata a patadas. Manolo,
una de esas amistades que se vuelve íntima en los veranos, pero son olvidadas
el resto del año, lo contiene, tomándolo por atrás de los brazos.
—¡Para,
huevón! ¡Lo vas a matar! —le advierte.
Alfredo
recién se calma cuando ve a Leticia observarlo entre lágrimas, consolada en el
regazo de Pilar.
—¿Te
encuentras bien? —inquiere, pero ella no responde. Sólo avanza hacia él y busca
refugio entre sus brazos, los cuales, sorprendidos, atinan a atenazarla.
Lucho
Chu, a cuya familia le familia le pertenece el único hospedaje de lujo de
Puerto Banderas, se les acerca con ganas de meterles miedo.
—No
sabes con quién te has metido. Has masacrado a un milico. Va a buscarte con su
comando y te va a meter bala.
Alfredo
duda. No sabe si creerle. Si bien lo conoce poco, su fama de mentiroso es
sabida en todo el balneario. Invadido por un aplomo alcohólico, manifiesta que
no se va a mover de la fiesta, no quiere que Leticia se despegue de sus brazos.
“¡Muévete que te van a matar!”, le insisten, pero él se mantiene firme. Sólo
cambia de opinión cuando ella levanta la cabeza y le pide: “¡Sácame de aquí!” Sin
decirle nada a nadie, ambos se escabullen presurosos por la callecita empinada
que va a dar al muelle, pasando por la comisaría.
Dentro
del Toyota se instaura una hermética incomunicación. Las miradas se clavan en
el ir y venir de las olas. Qué desgracia para un enamorado no encontrar las
palabras que cautiven a la chiquilla que yace a su costado.
—Creo
que debo darte las gracias.
—Deberías...
Me acabo de jugar la vida por ti.
—¿No
te enojas porque malogré tu plan con esa tipa?
—No
hables mal de Inés que de regalona no tiene nada. Hace tiempo que yo le gusto.
Eso es todo. Lástima que ella no me interese en lo más mínimo.
—Disculpa,
no era mi intención herir susceptibilidades, señor ‘irresistible’. El
espectáculo que ofrecieron en la fiesta indicaba que se querían.
—Mejor
no digas nada. Me haces pensar que quizá no haya valido la pena dejarla en
medio de todos y arriesgar mi pellejo por una niña caprichosa...
La
muchacha voltea su rostro y con todo su orgullo contiene las ganas de llorar.
“La cagué”, piensa él. “¡Arréglala rápido! ¡Suelta algo inteligente!”
—Sin
embargo, lo volvería a hacer. Una y mil veces lo haría por ti.
—Alfredo...
¿Yo significo algo para ti?
—Significas
mucho, Leticia. Más de lo que puedes imaginar...
El
corazón del muchacho comienza a darle brincos. “Estúpido, ¿no puedes frenar tus
palabras?, se recrimina por delatar sus sentimientos. Observa a Leticia y la
nota expresiva, ni resentida o halagada. Enciende un cigarrillo y tras un par
de bocanadas se lo cede a su acompañante, quien ahora lo mira de forma
insinuante. “¡Vamos! ¡Aprovecha y bésala! ¡Tómala entre tus manos!”, le ordena
su subconsciente. “¡Calma, tarado! Ella lo va a tomar a mal y vas a tirar por
la borda todo lo que pudiste avanzar”, le aconseja su consciente. Sus ojos
buscan los de la muchacha en pos de una respuesta a su incertidumbre. Capta en
sus retinas el brillo luminoso de un barco lejano y busca convencerse de que es
un mensaje, una solicitud de ternura, una confesión que expresa el más vivo
deseo por amar y ser amada. El alcohol puede provocar que uno vea lo que
ferviente se anhela.
Con
el permiso otorgado por el deseo, Alfredo besa a Leticia. El contacto apenas si
dura unos instantes, suficientes para llenarse de angustia al vislumbrar una
reacción virulenta, próxima a reventarle en toda la cara.
—No
pares... —le solicita sintiendo el golpe de su aliento femenino y él no lo
puede creer. Es como si un imposible, algo sin razón de ser, se volviera en
hermosa realidad. Controlado el sofocón que lo sacude de pies a cabeza, unen
sus labios y su lengua se abre paso para entrelazarse con la de ella. Ambos se
atreven a tocarse, primero con prudencia, luego con voracidad.
—Nunca
creí que llegaría a besarte.
—Y
yo que alguien como tú llegara a gustarme.
—Yo
estoy loco por ti, Leticia. Quise decirlo mil veces, pero nunca me atreví. Las
palabras se me quedaban incrustadas en la garganta.
—Si
me daba cuenta de los apuros que pasabas. Qué cómico, ¿no?
—¿Cómico?
Yo muriendo por dentro y tú riéndote de mí. Debiste ayudarme si veías que no me
podía declarar. Darme una señal que hiciera el camino menos tortuoso. —No hice nada porque no estaba segura
de quererte. Recién hoy cuando te vi agarrando con esa tipa, sentí algo feo
dentro de mí. Sentí que te perdía y que me hacías falta y me abordó la
impotencia de nada poder hacer... Salvo coquetear con ese grupo de cadetes que
se morían por sacarnos a bailar...
—Así
que tú le diste cabida a ese serrano baboso.
—Sólo
un poquito para ver si reaccionabas.
—Después
de todo, no ha sido tan malo aguantar hasta hoy. Si me declaraba antes, seguro
me rechazabas.
—Quizás
sí por no darle gusto a toda la gente que decía que me gustabas. Quizás no
porque me gusta estar contigo. O quizás no habría dicho ni sí ni no, divirtiéndome
al verte desesperado por mi falta de decisión.
—Eres
cruel, Leticia. Tu calculada frialdad mata cualquier tipo de ilusión.
—Nunca
me ha gustado descubrir mis sentimientos. Llámalo orgullo, pero el amor para mí
es una debilidad y no me gusta mostrarme débil ante nadie.
—De
nada vale reclamar las horas, los días, las semanas perdidas. Lo único que
quiero es que me digas que deseas estar conmigo.
—¿No
me dejarás cómo lo hiciste con esa tal Inés?
—No.
Palabra del «Chapulín Colorado».
—Idiota.
Hablando en serio tanto tiempo ya sonaba raro...
Es
de mañana. El rumor de las olas y los escalofríos por haber dormido en la
arena, a la intemperie, consiguen que retorne del mundo de los sueños. Ve que
son casi las ocho en su reloj. Nota que el cielo permanece nublado, sin
muestras de despejar.
—Ya
era hora de que te levantes...
Con
la vista borrosa, Alfredo consigue distinguir la figura de Coco Caligari, su
amigo y compañero de clases en el colegio. Junto con Iván, su hermano mayor,
Bambán y otros dos amigos llegados desde la Capital, habían llegado a Puerto
Banderas con ganas de juerguear. Se encontró con ellos a golpe de cuatro de la
mañana, al bajar al malecón y se quedaron libando una caja de cerveza hasta que
rompió el alba, exponiéndose a más de una pelea con otros grupos de borrachos.
Junto a la carpa que Bambán había armado junto a las de unos gringos mochileros
que combinaban el Blow Up Your Video de
AC/DC con latas de Budweiser y porros de marihuana, Alfredo terminó desparramado,
arrullado por las escenas compartidas al lado de Leticia, horas atrás.
—¡Hijo
de puta! ¿Quién carajo te autorizó a coger mi carro? —le recriminó el gordo
Haroldo, ese lo que, jurándose pintor autodidacta, se aburrió de la disciplina
castrense y se estableció en Puerto Banderas, aspirando a capturar con sus
pinceles toda la bravura del mar. Había recorrido medio balneario en busca de su
Toyota, trepado en la camioneta de otro ‘artista’ como él. De poco valieron las
explicaciones, el gordo desalojó furibundo a la pareja del vehículo, quienes
luego se echaron a correr cuando se percataron que los neumáticos se habían
atascado en la arena. Cuando llegaron a la plazuela, que lucía desolada a esa
hora de la madrugada, Alfredo sintió a Leticia tiritar de frío por lo que la
recogió entre sus brazos.
—Deja
de temblar, princesa. Ya nada peor nos puede pasar...
—¡Sí!
Que se salga el «Ahogado».
El
joven rio de buena gana y recriminó a la muchacha por traer a colación a los
espíritus que, según los lugareños, emergen de las aguas en busca de víctimas a
las que arrastra para sumergirlas en el mar.
—¿Viste
Creepshow? En esa película, Leslie
Nielsen entierra a una pareja en la playa hasta la cabeza y ambos se ahogan al
subir la marea. Luego ambos ahogados regresan y entierran a su asesino de la
misma forma. Bueno, el verano pasado, en esta misma playa, dos amigos míos se
retaron a ser enterrados de la misma forma para ver quien soportaba más. Ganó
el Negro. El pobre Tucho se puso a gritar desesperado cuando sintió que el agua
comenzó a chocarle la barbilla...
—Vámonos
de aquí. Corre un viento que me escarapela el cuerpo —le solicitó al demostrar
que no estaba dispuesta a soportar la helada brisa que se apoderó del
balneario, empujando la neblina a posarse entre las calles sin asfalto. Sin
soltarse de la mano, prosiguieron su camino y llegaron a la casa de una tía de
Leticia. Sólo hubo tiempo para un beso corto de despedida y la promesa de
volverse a ver temprano en la mañana.
—Oye,
huevas, apúrate. Vamos a recoger tus cosas a la cas de tus tíos. El carro rumbo
al norte sale a las dos de la tarde.
—¿A
dónde?
—Tan
borracho has estado que no recuerdas en qué quedamos ayer.
—Tienes
razón, no recuerdo un carajo.
—Hablamos
de Caludia, amigo mío, ¡Caludia! ¿Te suena ese nombre?
—Caludia...
—se dice y es imposible no pensar en la chiquilla con la que enamoró desde
tercero de primaria hasta tercero de secundaria y de la cual, horror confesar,
le seguía doliendo, a pesar de que Leticia había cumplido muy bien su labor de
eclipsarla en ese verano que se va.
—Caludia
y todas las chicas han planeado salir de campamento al norte por Semana Santa y
quedamos en darles el encuentro. Ayer estabas animadísimo en venir con
nosotros.
Y
es cierto. En la madrugada, Alfredo se entusiasmó con vacilarse entre las
carpas, luaus en la playa y cantar con Caludia a la luz de una fogata. A
Leticia apenas si la mencionó, con tan poco énfasis que más que una enamorada,
pareció que hablaba de una aventura reciente, al punto que su nombre no
guardaba ningún significado para Coco por la mañana. Pero ahora que salía de la
sumisión alcohólica, el nombre de Leticia cobra vigencia y no desea saber nada
de campamentos con viejos dolores, sólo quiere estar con la chiquilla que
promete hacerlo feliz de verdad.
—Chess...
¡Qué mala suerte!
—¿Qué
te pasa? ¿Por qué esa cara? ¿Tan feo te coge la resaca?
—No,
huevas. Sabes que tengo unos parientes en Cáscara que poseen viñedos y han
enviado a la casa de mi tío Miguel un cajón de uvas que yo debo enviar a mi
casa por encomienda. Más tarde les doy el encuentro en el paradero de buses.
Como
en otras ocasiones, Alfredo apuesta por mentir antes que mencionar a Leticia.
Sabe de antemano que no le van a creer lo de la enamorada nueva y no quiere
perder tiempo valioso en vanas explicaciones. Sabe que también se terminará
comprometiendo en algo que al final no va a cumplir.
—¿En
cuánto tiempo?
—En
una hora, más o menos...
Alfredo
confía en la efectividad de su mentira y Coco, sin creer un ápice en las
palabras de su amigo, se despide de él. Uno parte rumbo al norte, el otro hacia
lo que cree es la felicidad.
—¿Se
puede saber por qué te demoras tanto? ¡Llevo más de cuarenta minutos esperando!
—le recrimina Alfredo, sentado en la hamaca que yace colgada en el porche de la
casa de la tía.
—Cuando
llegaste recién me levantaba. ¿Tenía que arreglarme un poco, no?
El
joven opta por callarse. Lo poco que conoce de naturaleza femenina le dice que
de insistir generará una discusión que puede desencadenar en pelea. Tras
rechazar la invitación de desayunar leche, tostadas y pejerrey frito recién
salido del mar, la pareja soporta una empalagosa despedida, llena de saludos y
encargos.
—No
te olvides de decirle a tu mamá que me envíe ese manjarblanco de chirimoya que
tanto me gusta —insiste la tía y Alfredo responde mentalmente con un “¡apúrate,
vieja de mierda!”, sin dejar de sonreír.
Al
salir de la casa con dirección a la playa, él hace el ademán de querer tomarla
de la mano, pero ella no se deja, invadida por un súbito temor de mostrar su
naciente relación a la luz del día. Alfredo lo comprende y no insiste. Más
adelante, en la calzada del malecón, se topan con Alfonso Packard, uno de esos
infelices que alguna madre descriteriada hizo mal en engendrar.
—¡Esa
parejita! —les dice cerrándoles el paso con su motocicleta— Siempre caminando
tan juntita.
—Oye,
Alfonso, ¿podría tu moto y tú arrancar hacia el mar y no detenerse hasta que
lleguen a Australia?
Sin
darse por aludido ante la invitación de que él y su motocicleta se fueran
directo a la mierda, Alfonso se desmonta de su Yamaha y le da la espalda a
Alfredo, con la intención de acaparar la atención de la muchacha.
—Hace
un rato me encontré con tus hermanas desayunando en El Chinchorro. Me
encargaron si te veía que fueras a buscarlas a la plazuela. Pronto van a llegar
tus papás a recogerlas.
—¡Uy!
¿Qué tarde es! ¡Vamos corriendo para allá!
—Si
quieres yo te llevo... —se ofrece Packard, palpando insinuante el asiento de su
motocicleta y originando que a Alfredo se le suba la sangre a la cabeza. Si
Leticia accede jura que se arma, ¡jura que se arma...!
—No,
Alfonso, gracias. Estoy con Alfredo. Más bien hazme un favor, si vuelves a ver
a mis hermanas, diles que en un momento nos encontramos...
Ante
el rechazo, al motociclista no le queda más que poner la marcha y partir a toda
velocidad. “Ojalá que te estrelles en la bahía, hijo de puta”, le desea
Alfredo, antes de abrazar a Leticia y caminar rumbo a la plazuela que en ese
momento luce adornada por las señoras devotas con hojas de palma. Por la tarde
se celebrará la procesión y la misa por el Domingo de Ramos.
—¿Cómo
te imaginas nuestras vidas de aquí en adelante?
—Espero
que funcione. Nosotros estamos enamorados. Ya veo a los chicos sacándonos en
cara el habernos demorado tanto.
—Guillermo
decía que cuando nuestro amor se haga realidad, iba a erupcionar como esperma
reprimida...
—¡Ay!
¿Por qué tienes que ser tan vulgar?
—Son
palabras de Guillermo, no mías. Yo soy más cursi. El amor para mí es un trance
maravilloso, semejante a las caricaturas de Sarah Kay, con pajarillos trinando
de felicidad, el arco iris besando nuestros pies y...
—¡Leticia!
¿Podrías decirle a tu ‘amigo’ que nos tome una foto a toda la familia aquí,
desde la pérgola? —exclama con su voz gangosa un hombre gordo y canoso, que
resulta ser el padrastro de Leticia. Su padre biológico había muerto cuando
ella sólo tenía seis años.
Alfredo
recibe como saludo la cámara fotográfica y una estúpida sonrisa de parte de ese
señor que invita a su esposa e hijastras a posar para el recuerdo. Tras enfocar
la toma en el abdomen voluminoso de ese sujeto, devuelve la Halina Paulette y
aguarda que Leticia lo presente formalmente como su ‘amiguito’, pero el
prospecto de suegra no da hincapié a ningún protocolo.
—Espero,
hijita, que te hayas divertido. Apúrate que debemos partir a la ciudad y hacer
las maletas...
—¿Maletas?
—inquiere Alfredo.
—Sí.
Nuestro vuelo a los Estados Unidos sale mañana —le pone en autos una de las
hermanas de Leticia.
—¿A
los Estados Unidos?
—¿Acaso
Leticia no te comentó que todos nos vamos a Ohio? —le aclara la otra hermana—
Nos vamos a quedar en la casa de una tía y de ahí a ver que se hace. Tú sabes
que en este país no hay oportunidades.
—¡Así
no son las cosas! —retruca Leticia— ¡Mamá ha dicho que si no nos acostumbramos
es posible que regresemos!
Conmocionado
por la novedad, Alfredo no quiere escuchar más. Ajusta su orgullo lo mejor que
puede y pega la media vuelta, alejándose sin despedirse y sin importarle quedar
como mal educado ante la que pudo ser su ‘familia política’. “¿Ese es el
amiguito con cara de baboso que anda detrás de tu hija?”, llega a escuchar a
sus espaldas. También escucha las llamadas reiteradas de Leticia, pero él no se
detiene. Ella tiene que correr a su encuentro a través de la bajada que conduce
a la orilla y tomar asiento a su lado, en la arena caliente.
—¿Por
qué no me dijiste nada? —le recrimina, negándose a que ella le tome el brazo.
—Porque
lo del viaje era una posibilidad, no era nada seguro. En estos días que hemos
estado en la playa, mi mamá debe haber vendido el carro y juntado la plata para
que podamos irnos...
—Si
había la posibilidad debiste advertirme. No me sentiría tan miserable por
hacerme tantas ilusiones.
—Pero
no tenemos por qué terminar. Yo no me voy a Estados Unidos para siempre. Yo no
quiero quedarme allá. Hoy acabo de encontrar un buen motivo para regresar. El
próximo año nosotros...
—¡Nada
pasará el próximo año! Hoy sales de mi vida y no voy a verte más. No eres la
primera, tampoco serás la última.
—Alfredo,
yo no quería hacerte sufrir. Debes comprender que...
—Todo
lo tengo claro. Tú te vas y yo me quedo aquí. Para ti una nueva vida, para mí
la rutina.
Leticia
intenta explicar, implora a la razón, promete una y otra vez regresar y no
enamorarse de nadie. Sin embargo, Alfredo se niega a escuchar. Parece
anestesiado y con la mirada perdida en la inmensidad del horizonte. Sintiéndose
humillada, la muchacha arroja sus últimas lágrimas en la arena y con un carrizo
graficó una frase en la parte húmeda de la arena. Luego, mirando a alguien que
no la mira, parte al encuentro de su familia. Entonces, cuando la siente
alejarse, Alfredo voltea. No puede, ni quiere, evitar observarla por última
vez, entre bañistas y jugadores de voleyplaya. Una sensación de angustia se le
queda en la garganta cuando la ve doblar la esquina del malecón y desaparecer
para siempre.
Al
ponerse de pie, se percata que las aguas amenazan con borrar los trazos que
Leticia ha dejado en la arena. Se acerca y encuentra escrito con letra corrida:
“Siempre habrá un verano para los dos”. Palabras llenas de amor, esperanza,
ilusión y que con furia son despreciadas y borradas con el pie. En ese momento
tiene que pensar si tiene tiempo para correr hacia el final del malecón, subir
las cuatro cuadras hasta el paradero de buses y al encontrarse con Coco y los
demás, pedirles que esperen lo que le demora armar un morral y partir al norte
con destino de juerga.

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