sábado, 21 de marzo de 2015

siempre habrá un verano



          Como si la vida se les fuera, ambos huyen hacia la playa, tomados de la mano. A un costado de la comisaría, divisan el automóvil color crema del gordo Haroldo y a través de la ventanilla se percatan que las llaves están puestas. Con una cómplice sonrisa y sin tramitar ningún permiso, la pareja se sube y pone el vehículo en marcha, dirigiéndose hacia el norte, al sector Alaska, donde apenas si se divisan casas. Alucinado con sumergirse en los papeles de Peter Fonda y Susan George en Crazy Larry, Dirty Mary, Alfredo pisa el acelerador y recorre temerario el camino que serpentea la rivera del balneario. Busca, con el rabillo del ojo, a su compañera, su ninfa adorada. ¡Qué bella la ve! Sus labios expiden ese brillo provocador que le retuerce el interior. ¡Maldita impotencia de no poderla besar! Maldita cobardía represora de impulsos. Cuántas ganas de parar la marcha y tomarla de los hombros. Atraparla en un abrazo que quede eternizado en el vaivén del universo.
         Como todos los veranos, Alfredo se aloja por unas semanas en la casa de su tío Miguel en Puerto Banderas. En esta temporada, lo más resaltable ha sido conocer a Leticia Cano, una amiga de sus primas, de la que se prendó desde el momento que la vio tomando sol con su bikini amarillo, tendida sobre una toalla de color frambuesa. Su naturaleza enamoradiza hizo que idealizara sus ojos saltones y sus dientes de roedor, etiquetándola como la salvadora del sufrimiento que de cuando en cuando le ocasiona el recuerdo de la reina absoluta de su pasado.   
        Con el paso de los días, no era extraño verlos juntos. Fumando un cigarrillo a medias a la hora del ocaso, degustando un helado en copa en la cafetería del boulevard, charlando sobre cualquier nadería hasta pasada la medianoche en la plazuela, oyendo un partido del Tres Coronas por la radio sentados en las tribunas de madera del estadio, mientras el equipo local perdía en el gramado, o ir de excursión al campanario del templo abandonado para ver copular a los gallinazos. Todo como si ambos se trataran de grandes amigos, inmunes a los chismorreos de los conocidos, quienes los tildan de ser la pareja revelación del verano, a pesar de que nadie los ha visto jamás juntar sus labios.

“...La otra vez los vi muy acurrucaditos en el muelle y él le metía la mano debajo del pantalón”, afirmó un malicioso lenguaraz y Leticia estalló mortificada. “¡No sean idiotas! ¡Somos amigos y nada más! ¿No tienen nada mejor de que hablar?” Alfredo, en cambio, no replicaba porque sintiéndose enamorado, le agradaban ese tipo de comentarios y dejaba que los perros ladraran esas versiones falaces. En la fiesta de Ño Carnavalón de hacía un par de sábados atrás, Leticia volvió a dejar en claro su malestar. “¡Él no me gusta! ¡Nunca estaría con alguien sólo porque me cae bien! ¿Sí o no, Alfredo?”, encaró en público a su supuesto amante y éste asintió son la cabeza, ocultando la desazón bajo una falsa careta, sufriendo por la certeza de que era un absurdo de que ella se interesara por él. Podría ser su amigo, quizá su hermano, pero jamás alguien a quien amar... “Es sólo otro fracaso”. 
El Toyota sedán de Haroldo se aparca cerca de la orilla del mar, en un lugar solitario, lejos del alumbrado público. Leticia exhala un suspiro. Alfredo cierra los ojos e invita a que acudan a su mente las imágenes de lo acontecido en la fiesta, hace apenas unos instantes.
—¡Leticia!, para la mano. Si sigues tomando así te vas a embriagar y ninguna de nosotras es tu mamá para venir a cuidarte —le advierte Pilar, su amiga y confidente, viéndola preocupada ingerir vaso tras vaso de piña colada sin temor a que se le suba a la cabeza.  
Inmerso en otro grupo, conformado por chicos y chicas de su colegio, llegados a Puerto Banderas para la juerga tradicional de cierre de temporada, Alfredo finge indiferencia. De cuando en cuando aventura una mirada que voltea nervioso si se cree sorprendido por Leticia o cualquiera de sus amigas. Que al menos le quede el orgullo de no delatar sus inquietudes.
—¡Vamos a bailar! —le sugiere una muchacha del grupo que lo conduce, sin aguardar su consentimiento, hacia donde muchos se mueven y sudan frenéticos. Desanimado como está, apenas si mueve las piernas y los brazos— Oye, ¿qué tienes? Estas bailando conmigo. ¿Podrías prestarme atención?  
El reproche lo hace fijarse mejor en Inés Meléndez, su pareja de turno. Unos meses mayor que él, había acabado en su mismo colegio el año pasado con diploma de honor. Su buen rendimiento en los estudios compensaba la inocuidad de sus atractivos. Bebido como luce, tiene la audacia de rozar sus caderas voluptuosas, obligándola a tomar distancia. Creyendo que no sería difícil doblegar su pudor, él la toma de los brazos y busca su cuello, como si se tratara de un vampiro. Calcula que dentro de poco ella accederá a sus ímpetus, de la misma forma como sucedió en una noche no muy lejana de discoteca, en la que se llenaron de besos y manoseos al ritmo de un tema lento de Air Supply, sin importarles el poner su reputación en boca de todo el colegio. Esta vez, si insiste lo suficiente, es probable que la muchacha le permita avanzar más allá de su calzón y eso es lo que él más precisa en esa velada, arranchar a Leticia de él, fornicando como carreteros, cerca del mar. 
Conforme transcurren las canciones, los movimientos entre ambos se tornan más pegajosos y ardientes. Muchas miradas se posan en ellos. Alfredo parece bastante concentrado en aquello de: “no, no me saquen de aquí, por favor, estoy demasiado tranquilo, ni quiero enterarme de nada hoy, así es el calor”, cuando a sus espaldas una voz melindrosa, de mocosa engreída, pronuncia su nombre y sus piernas se ponen a temblar. Se trata de Leticia y él la saluda con un beso, empapándose con el sudor de su mejilla. Los dos se miran en silencio, tornando incómoda la situación.
—Hola Leticia... Adiós Leticia... —exclama antes de voltear y cobijarse de nuevo en los brazos de Inés. Se muestra insensible cuando por dentro le parece percibir los pasos de su amada alejarse, llevándose un pedazo de su corazón.  
Sordo a la solicitud de Inés de mover a los pies al ritmo de El serrucho de los Latin Brothers, Alfredo se sumerge en su presa, lamiéndola y toqueteándola por sus zonas erógenas sin encontrar resistencia. Tras la conjunción de las lenguas, llega el momento de una proposición.
—Vámonos de aquí. La gente nos estorba.
Dudosa primero, pero ganosa después ante la posibilidad de entregarse sin responsabilidades al joven que tanto le gusta, Inés ofrece un gesto aprobatorio y deja que Alfredo la lleve a pecar. Mas de repente se escucha en el ambiente un griterío de muchacha: “¿Qué diablos te pasa? ¡Suéltame, imbécil! ¡Auxilio!”
Alfredo se desliga de Inés y corre hacia la posición de Leticia. Un borracho la tiene sujeta del brazo y busca algo más que obligarla a bailar con él. Muchos son los que se disponen a defenderla, pero es él, con la ira en carne viva, quien llega primero.
—¡Suéltala! —le grita al borracho y lo ‘estudia’ de paso. Frente a él se yergue un serrano de gruesa contextura, bastante alcoholizado, a quien le lleva media cabeza de estatura. Cuadrándose, le propina tal empujón que casi lo derriba.
—¡Mocoso de mierda! ¡No te metas, carajo! —le espeta el agredido, dando algunos pasos tambaleantes.         
Palabras suficientes para que Alfredo se abalance contra él y descargue en su rostro chaposo toda la furia contenida en sus puños. Su oponente se desmorona sin alcanzar a repeler el ataque, y aún en el suelo, lo remata a patadas. Manolo, una de esas amistades que se vuelve íntima en los veranos, pero son olvidadas el resto del año, lo contiene, tomándolo por atrás de los brazos.
—¡Para, huevón! ¡Lo vas a matar! —le advierte. 
Alfredo recién se calma cuando ve a Leticia observarlo entre lágrimas, consolada en el regazo de Pilar.
—¿Te encuentras bien? —inquiere, pero ella no responde. Sólo avanza hacia él y busca refugio entre sus brazos, los cuales, sorprendidos, atinan a atenazarla.
Lucho Chu, a cuya familia le familia le pertenece el único hospedaje de lujo de Puerto Banderas, se les acerca con ganas de meterles miedo.
—No sabes con quién te has metido. Has masacrado a un milico. Va a buscarte con su comando y te va a meter bala.
Alfredo duda. No sabe si creerle. Si bien lo conoce poco, su fama de mentiroso es sabida en todo el balneario. Invadido por un aplomo alcohólico, manifiesta que no se va a mover de la fiesta, no quiere que Leticia se despegue de sus brazos. “¡Muévete que te van a matar!”, le insisten, pero él se mantiene firme. Sólo cambia de opinión cuando ella levanta la cabeza y le pide: “¡Sácame de aquí!” Sin decirle nada a nadie, ambos se escabullen presurosos por la callecita empinada que va a dar al muelle, pasando por la comisaría.
Dentro del Toyota se instaura una hermética incomunicación. Las miradas se clavan en el ir y venir de las olas. Qué desgracia para un enamorado no encontrar las palabras que cautiven a la chiquilla que yace a su costado.
—Creo que debo darte las gracias.   
            —Deberías... Me acabo de jugar la vida por ti.
            —¿No te enojas porque malogré tu plan con esa tipa?
            —No hables mal de Inés que de regalona no tiene nada. Hace tiempo que yo le gusto. Eso es todo. Lástima que ella no me interese en lo más mínimo.         
            —Disculpa, no era mi intención herir susceptibilidades, señor ‘irresistible’. El espectáculo que ofrecieron en la fiesta indicaba que se querían.    
            —Mejor no digas nada. Me haces pensar que quizá no haya valido la pena dejarla en medio de todos y arriesgar mi pellejo por una niña caprichosa...
            La muchacha voltea su rostro y con todo su orgullo contiene las ganas de llorar. “La cagué”, piensa él. “¡Arréglala rápido! ¡Suelta algo inteligente!”
            —Sin embargo, lo volvería a hacer. Una y mil veces lo haría por ti.      
            —Alfredo... ¿Yo significo algo para ti?
            —Significas mucho, Leticia. Más de lo que puedes imaginar...
            El corazón del muchacho comienza a darle brincos. “Estúpido, ¿no puedes frenar tus palabras?, se recrimina por delatar sus sentimientos. Observa a Leticia y la nota expresiva, ni resentida o halagada. Enciende un cigarrillo y tras un par de bocanadas se lo cede a su acompañante, quien ahora lo mira de forma insinuante. “¡Vamos! ¡Aprovecha y bésala! ¡Tómala entre tus manos!”, le ordena su subconsciente. “¡Calma, tarado! Ella lo va a tomar a mal y vas a tirar por la borda todo lo que pudiste avanzar”, le aconseja su consciente. Sus ojos buscan los de la muchacha en pos de una respuesta a su incertidumbre. Capta en sus retinas el brillo luminoso de un barco lejano y busca convencerse de que es un mensaje, una solicitud de ternura, una confesión que expresa el más vivo deseo por amar y ser amada. El alcohol puede provocar que uno vea lo que ferviente se anhela.
            Con el permiso otorgado por el deseo, Alfredo besa a Leticia. El contacto apenas si dura unos instantes, suficientes para llenarse de angustia al vislumbrar una reacción virulenta, próxima a reventarle en toda la cara.
            —No pares... —le solicita sintiendo el golpe de su aliento femenino y él no lo puede creer. Es como si un imposible, algo sin razón de ser, se volviera en hermosa realidad. Controlado el sofocón que lo sacude de pies a cabeza, unen sus labios y su lengua se abre paso para entrelazarse con la de ella. Ambos se atreven a tocarse, primero con prudencia, luego con voracidad.   
            —Nunca creí que llegaría a besarte.
            —Y yo que alguien como tú llegara a gustarme.      
            —Yo estoy loco por ti, Leticia. Quise decirlo mil veces, pero nunca me atreví. Las palabras se me quedaban incrustadas en la garganta.
            —Si me daba cuenta de los apuros que pasabas. Qué cómico, ¿no?
            —¿Cómico? Yo muriendo por dentro y tú riéndote de mí. Debiste ayudarme si veías que no me podía declarar. Darme una señal que hiciera el camino menos tortuoso.           —No hice nada porque no estaba segura de quererte. Recién hoy cuando te vi agarrando con esa tipa, sentí algo feo dentro de mí. Sentí que te perdía y que me hacías falta y me abordó la impotencia de nada poder hacer... Salvo coquetear con ese grupo de cadetes que se morían por sacarnos a bailar...
            —Así que tú le diste cabida a ese serrano baboso.
            —Sólo un poquito para ver si reaccionabas.
            —Después de todo, no ha sido tan malo aguantar hasta hoy. Si me declaraba antes, seguro me rechazabas.
            —Quizás sí por no darle gusto a toda la gente que decía que me gustabas. Quizás no porque me gusta estar contigo. O quizás no habría dicho ni sí ni no, divirtiéndome al verte desesperado por mi falta de decisión.
            —Eres cruel, Leticia. Tu calculada frialdad mata cualquier tipo de ilusión.
            —Nunca me ha gustado descubrir mis sentimientos. Llámalo orgullo, pero el amor para mí es una debilidad y no me gusta mostrarme débil ante nadie.
            —De nada vale reclamar las horas, los días, las semanas perdidas. Lo único que quiero es que me digas que deseas estar conmigo.
            —¿No me dejarás cómo lo hiciste con esa tal Inés?        
            —No. Palabra del «Chapulín Colorado».
—Idiota. Hablando en serio tanto tiempo ya sonaba raro...


Es de mañana. El rumor de las olas y los escalofríos por haber dormido en la arena, a la intemperie, consiguen que retorne del mundo de los sueños. Ve que son casi las ocho en su reloj. Nota que el cielo permanece nublado, sin muestras de despejar.
—Ya era hora de que te levantes...
Con la vista borrosa, Alfredo consigue distinguir la figura de Coco Caligari, su amigo y compañero de clases en el colegio. Junto con Iván, su hermano mayor, Bambán y otros dos amigos llegados desde la Capital, habían llegado a Puerto Banderas con ganas de juerguear. Se encontró con ellos a golpe de cuatro de la mañana, al bajar al malecón y se quedaron libando una caja de cerveza hasta que rompió el alba, exponiéndose a más de una pelea con otros grupos de borrachos. Junto a la carpa que Bambán había armado junto a las de unos gringos mochileros que combinaban el Blow Up Your Video de AC/DC con latas de Budweiser y porros de marihuana, Alfredo terminó desparramado, arrullado por las escenas compartidas al lado de Leticia, horas atrás.  
—¡Hijo de puta! ¿Quién carajo te autorizó a coger mi carro? —le recriminó el gordo Haroldo, ese lo que, jurándose pintor autodidacta, se aburrió de la disciplina castrense y se estableció en Puerto Banderas, aspirando a capturar con sus pinceles toda la bravura del mar. Había recorrido medio balneario en busca de su Toyota, trepado en la camioneta de otro ‘artista’ como él. De poco valieron las explicaciones, el gordo desalojó furibundo a la pareja del vehículo, quienes luego se echaron a correr cuando se percataron que los neumáticos se habían atascado en la arena. Cuando llegaron a la plazuela, que lucía desolada a esa hora de la madrugada, Alfredo sintió a Leticia tiritar de frío por lo que la recogió entre sus brazos.
—Deja de temblar, princesa. Ya nada peor nos puede pasar...
—¡Sí! Que se salga el «Ahogado».
El joven rio de buena gana y recriminó a la muchacha por traer a colación a los espíritus que, según los lugareños, emergen de las aguas en busca de víctimas a las que arrastra para sumergirlas en el mar.
—¿Viste Creepshow? En esa película, Leslie Nielsen entierra a una pareja en la playa hasta la cabeza y ambos se ahogan al subir la marea. Luego ambos ahogados regresan y entierran a su asesino de la misma forma. Bueno, el verano pasado, en esta misma playa, dos amigos míos se retaron a ser enterrados de la misma forma para ver quien soportaba más. Ganó el Negro. El pobre Tucho se puso a gritar desesperado cuando sintió que el agua comenzó a chocarle la barbilla...
—Vámonos de aquí. Corre un viento que me escarapela el cuerpo —le solicitó al demostrar que no estaba dispuesta a soportar la helada brisa que se apoderó del balneario, empujando la neblina a posarse entre las calles sin asfalto. Sin soltarse de la mano, prosiguieron su camino y llegaron a la casa de una tía de Leticia. Sólo hubo tiempo para un beso corto de despedida y la promesa de volverse a ver temprano en la mañana.    
—Oye, huevas, apúrate. Vamos a recoger tus cosas a la cas de tus tíos. El carro rumbo al norte sale a las dos de la tarde.
—¿A dónde?
—Tan borracho has estado que no recuerdas en qué quedamos ayer.
—Tienes razón, no recuerdo un carajo.
—Hablamos de Caludia, amigo mío, ¡Caludia! ¿Te suena ese nombre?
—Caludia... —se dice y es imposible no pensar en la chiquilla con la que enamoró desde tercero de primaria hasta tercero de secundaria y de la cual, horror confesar, le seguía doliendo, a pesar de que Leticia había cumplido muy bien su labor de eclipsarla en ese verano que se va.
—Caludia y todas las chicas han planeado salir de campamento al norte por Semana Santa y quedamos en darles el encuentro. Ayer estabas animadísimo en venir con nosotros.
Y es cierto. En la madrugada, Alfredo se entusiasmó con vacilarse entre las carpas, luaus en la playa y cantar con Caludia a la luz de una fogata. A Leticia apenas si la mencionó, con tan poco énfasis que más que una enamorada, pareció que hablaba de una aventura reciente, al punto que su nombre no guardaba ningún significado para Coco por la mañana. Pero ahora que salía de la sumisión alcohólica, el nombre de Leticia cobra vigencia y no desea saber nada de campamentos con viejos dolores, sólo quiere estar con la chiquilla que promete hacerlo feliz de verdad.   
—Chess... ¡Qué mala suerte!
—¿Qué te pasa? ¿Por qué esa cara? ¿Tan feo te coge la resaca?
—No, huevas. Sabes que tengo unos parientes en Cáscara que poseen viñedos y han enviado a la casa de mi tío Miguel un cajón de uvas que yo debo enviar a mi casa por encomienda. Más tarde les doy el encuentro en el paradero de buses.
Como en otras ocasiones, Alfredo apuesta por mentir antes que mencionar a Leticia. Sabe de antemano que no le van a creer lo de la enamorada nueva y no quiere perder tiempo valioso en vanas explicaciones. Sabe que también se terminará comprometiendo en algo que al final no va a cumplir.
—¿En cuánto tiempo?
—En una hora, más o menos...
Alfredo confía en la efectividad de su mentira y Coco, sin creer un ápice en las palabras de su amigo, se despide de él. Uno parte rumbo al norte, el otro hacia lo que cree es la felicidad.
—¿Se puede saber por qué te demoras tanto? ¡Llevo más de cuarenta minutos esperando! —le recrimina Alfredo, sentado en la hamaca que yace colgada en el porche de la casa de la tía.
—Cuando llegaste recién me levantaba. ¿Tenía que arreglarme un poco, no?
El joven opta por callarse. Lo poco que conoce de naturaleza femenina le dice que de insistir generará una discusión que puede desencadenar en pelea. Tras rechazar la invitación de desayunar leche, tostadas y pejerrey frito recién salido del mar, la pareja soporta una empalagosa despedida, llena de saludos y encargos.
—No te olvides de decirle a tu mamá que me envíe ese manjarblanco de chirimoya que tanto me gusta —insiste la tía y Alfredo responde mentalmente con un “¡apúrate, vieja de mierda!”, sin dejar de sonreír.
Al salir de la casa con dirección a la playa, él hace el ademán de querer tomarla de la mano, pero ella no se deja, invadida por un súbito temor de mostrar su naciente relación a la luz del día. Alfredo lo comprende y no insiste. Más adelante, en la calzada del malecón, se topan con Alfonso Packard, uno de esos infelices que alguna madre descriteriada hizo mal en engendrar.
—¡Esa parejita! —les dice cerrándoles el paso con su motocicleta— Siempre caminando tan juntita.
—Oye, Alfonso, ¿podría tu moto y tú arrancar hacia el mar y no detenerse hasta que lleguen a Australia?    
Sin darse por aludido ante la invitación de que él y su motocicleta se fueran directo a la mierda, Alfonso se desmonta de su Yamaha y le da la espalda a Alfredo, con la intención de acaparar la atención de la muchacha.
—Hace un rato me encontré con tus hermanas desayunando en El Chinchorro. Me encargaron si te veía que fueras a buscarlas a la plazuela. Pronto van a llegar tus papás a recogerlas.
—¡Uy! ¿Qué tarde es! ¡Vamos corriendo para allá!
—Si quieres yo te llevo... —se ofrece Packard, palpando insinuante el asiento de su motocicleta y originando que a Alfredo se le suba la sangre a la cabeza. Si Leticia accede jura que se arma, ¡jura que se arma...!
—No, Alfonso, gracias. Estoy con Alfredo. Más bien hazme un favor, si vuelves a ver a mis hermanas, diles que en un momento nos encontramos...
Ante el rechazo, al motociclista no le queda más que poner la marcha y partir a toda velocidad. “Ojalá que te estrelles en la bahía, hijo de puta”, le desea Alfredo, antes de abrazar a Leticia y caminar rumbo a la plazuela que en ese momento luce adornada por las señoras devotas con hojas de palma. Por la tarde se celebrará la procesión y la misa por el Domingo de Ramos.  
—¿Cómo te imaginas nuestras vidas de aquí en adelante?
—Espero que funcione. Nosotros estamos enamorados. Ya veo a los chicos sacándonos en cara el habernos demorado tanto.
—Guillermo decía que cuando nuestro amor se haga realidad, iba a erupcionar como esperma reprimida...
—¡Ay! ¿Por qué tienes que ser tan vulgar?
—Son palabras de Guillermo, no mías. Yo soy más cursi. El amor para mí es un trance maravilloso, semejante a las caricaturas de Sarah Kay, con pajarillos trinando de felicidad, el arco iris besando nuestros pies y...
—¡Leticia! ¿Podrías decirle a tu ‘amigo’ que nos tome una foto a toda la familia aquí, desde la pérgola? —exclama con su voz gangosa un hombre gordo y canoso, que resulta ser el padrastro de Leticia. Su padre biológico había muerto cuando ella sólo tenía seis años.
Alfredo recibe como saludo la cámara fotográfica y una estúpida sonrisa de parte de ese señor que invita a su esposa e hijastras a posar para el recuerdo. Tras enfocar la toma en el abdomen voluminoso de ese sujeto, devuelve la Halina Paulette y aguarda que Leticia lo presente formalmente como su ‘amiguito’, pero el prospecto de suegra no da hincapié a ningún protocolo.   
—Espero, hijita, que te hayas divertido. Apúrate que debemos partir a la ciudad y hacer las maletas...
—¿Maletas? —inquiere Alfredo.
—Sí. Nuestro vuelo a los Estados Unidos sale mañana —le pone en autos una de las hermanas de Leticia. 
—¿A los Estados Unidos?
—¿Acaso Leticia no te comentó que todos nos vamos a Ohio? —le aclara la otra hermana— Nos vamos a quedar en la casa de una tía y de ahí a ver que se hace. Tú sabes que en este país no hay oportunidades.
—¡Así no son las cosas! —retruca Leticia— ¡Mamá ha dicho que si no nos acostumbramos es posible que regresemos!
Conmocionado por la novedad, Alfredo no quiere escuchar más. Ajusta su orgullo lo mejor que puede y pega la media vuelta, alejándose sin despedirse y sin importarle quedar como mal educado ante la que pudo ser su ‘familia política’. “¿Ese es el amiguito con cara de baboso que anda detrás de tu hija?”, llega a escuchar a sus espaldas. También escucha las llamadas reiteradas de Leticia, pero él no se detiene. Ella tiene que correr a su encuentro a través de la bajada que conduce a la orilla y tomar asiento a su lado, en la arena caliente.
—¿Por qué no me dijiste nada? —le recrimina, negándose a que ella le tome el brazo.
—Porque lo del viaje era una posibilidad, no era nada seguro. En estos días que hemos estado en la playa, mi mamá debe haber vendido el carro y juntado la plata para que podamos irnos...
—Si había la posibilidad debiste advertirme. No me sentiría tan miserable por hacerme tantas ilusiones.
—Pero no tenemos por qué terminar. Yo no me voy a Estados Unidos para siempre. Yo no quiero quedarme allá. Hoy acabo de encontrar un buen motivo para regresar. El próximo año nosotros...
—¡Nada pasará el próximo año! Hoy sales de mi vida y no voy a verte más. No eres la primera, tampoco serás la última.
—Alfredo, yo no quería hacerte sufrir. Debes comprender que...
—Todo lo tengo claro. Tú te vas y yo me quedo aquí. Para ti una nueva vida, para mí la rutina.
Leticia intenta explicar, implora a la razón, promete una y otra vez regresar y no enamorarse de nadie. Sin embargo, Alfredo se niega a escuchar. Parece anestesiado y con la mirada perdida en la inmensidad del horizonte. Sintiéndose humillada, la muchacha arroja sus últimas lágrimas en la arena y con un carrizo graficó una frase en la parte húmeda de la arena. Luego, mirando a alguien que no la mira, parte al encuentro de su familia. Entonces, cuando la siente alejarse, Alfredo voltea. No puede, ni quiere, evitar observarla por última vez, entre bañistas y jugadores de voleyplaya. Una sensación de angustia se le queda en la garganta cuando la ve doblar la esquina del malecón y desaparecer para siempre.
Al ponerse de pie, se percata que las aguas amenazan con borrar los trazos que Leticia ha dejado en la arena. Se acerca y encuentra escrito con letra corrida: “Siempre habrá un verano para los dos”. Palabras llenas de amor, esperanza, ilusión y que con furia son despreciadas y borradas con el pie. En ese momento tiene que pensar si tiene tiempo para correr hacia el final del malecón, subir las cuatro cuadras hasta el paradero de buses y al encontrarse con Coco y los demás, pedirles que esperen lo que le demora armar un morral y partir al norte con destino de juerga.   

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