Se
pasa revista a las bromas, risas y recuerdos. Se comentan las vivencias del
verano que se fue. La euforia del encuentro apenas si se trunca cuando las
autoridades les exigen a los presentes mayor seriedad, disciplina, haciendo
formar a cada sección por hileras en el patio principal. El Reverendo Padre
Rafael Rodrich, director del centro educativo, es el orador principal en el
discurso de apertura del año escolar. De ahí vuelve el cuchicheo camino a las
aulas, haciendo caso omiso a la solicitud de compostura. Es el primer lunes del
resto del año. Queda mucho tiempo por delante para ponerse a aprender.Es la
tercera hora de clases, el reloj marca las nueve y quince de la mañana. Ida la
alegría grupal, llega el momento de pisar tierra y asumir su papel de
estudiantes. El profesor Boz del curso de Matemáticas ya perdió dos horas en
puro protocolo y no quiere desperdiciar ni un minuto más. Llena la pizarra con
líneas y números con las ganas de retrasarse, como todos los años, en el
cumplimiento de las asignaciones establecidas por el Ministerio de Educación
para el quinto año de secundaria. Alfredo Lora está solo en medio de cuarenta y
siete compañeros. A la mayoría los conoce hace más de una década cuando
ingresaron a la primaria. Esa sensación de soledad se implanta siempre que
cualquier profesor parlotea sobre su ciencia y el deber y todos en silencio no
les queda más que mirar al frente, siempre al frente, con el temor de que
cualquier paso en falso repercutirá en tu promedio final. “¿Cuál va a ser mi
actitud?”, se pregunta. “¿Terminar el año con los sobresaltos de siempre?” O
esta vez sí va a poner de su parte para aprobar todos los cursos al menos con
la nota mínima. Cuán incómodo resulta naufragar en un mar de atenciones,
intentando no ser pescado por la mirada del profesor. “No te angusties. Intenta
atender la clase. Abre tu cuaderno cuadriculado. Deja la primera hoja en blanco
para la carátula que este año, me imagino, sí vas a diseñar. Toma tu lapicero.
Mira la pizarra. Transcribe el primer ejercicio. El segundo”. Pausa para dar
paso a la explicación del profesor. “El próximo fin de semana el Tres Coronas
viaja a la sierra para enfrentar al Minas Palmas. Si pierde, el University le
sacaría tres puntos, pues contra el San Marcos la tienen fácil...” El profesor
borra el primer ejercicio de la pizarra para escribir un tercero. Cuando
Alfredo reacciona, el profesor se haya desarrollando el cuarto ejercicio. Se
apura a copiarlos en su cuaderno, pero el docente mueve la mota más rápido. Desesperado,
contorsiona su dorso hacia la carpeta del costado. “Silvita, ¿me prestas tu
cuaderno?” Sin esperar que ella responda, le arrebata el cuaderno de las manos,
apunta las cifras que faltan y aprovechando una nueva explicación del profesor,
llega a tiempo para copiar el quinto ejercicio. Apunta... “Cañita ya no va a
estudiar con nosotros. ¡Pobre huevón! ¿Qué estará haciendo ahora? ¿Estará sano
o andará drogado en medio de un parque? ¿Pensará en nosotros? ¿Pensará que este
salón no será lo mismo sin sus escándalos?” Toma por ejemplo la fluidez con la
que el profesor hace su clase. Cañita ya lo habría bajoneado con alguna
ocurrencia, poniéndolo en ridículo. ¿Dónde están Viche, Tomás, Chabelo, el
Negro y él mismo para tomar la posta? “¿Por qué dejamos que Boz desarrolle sin
problemas el séptimo ejercicio. ¡El séptimo ejercicio...!”
—¡Silvita,
préstame tu cuaderno!
—¡No fastidies! —le responde, protegiendo su cuaderno con las dos manos.
—¿Tiene algún problema, señor Lora? —se interesa el profesor Boz.
—¡No!; nada profesor —responde nervioso al saber
que toda la atención del aula se centra en su persona—. Me atrasé y quería
apuntar lo que usted acaba de borrar.
—No se distraiga usted, ni
distraiga a nadie. Deje en su cuaderno espacio en blanco para lo que le falte
copiar y continúe con la clase —le recomienda el docente.
Alfredo asiente y todo vuelve a su tediosa
normalidad. Octavo ejercicio. El profesor invita a Alejandra Suárez a la
pizarra. El muchacho observa con estupor la facilidad con que brotan las cifras
de su mano, la respuesta llega en minutos contados y él se queda sin entender
un carajo. “Vamos, yo también podría”. “Sólo es cuestión de prestarle más
atención a la vaina”. El profesor llama a Rasputín para que resuelva el noveno
ejercicio. “Claro. La X se transforma en ocho, le sumas dos y... ¿por qué
diablos sale veintitrés?”
—Señor Caligari a la pizarra...
Señor Valle—invita el profesor.
—A-a-lfredo, ¿eso es un-un ocho? —le pregunta Beto
Patiño, sentado en la carpeta de atrás, con su torpe tartamudez. Alfredo le
responde encogiéndose de hombros— A-a ver... préstame tu cua-cuaderno...
Pe-pero te has quedado en el quinto ejercicio.
—Es todo un récord. En
la primera clase de matemáticas del año pasado no pasé del tercero.
—Ya-ya tiraste la toalla pa-para todo el año?
—“Zapatero a tus zapatos” —exclama encogiéndose de
hombros—. Yo no nací para las matemáticas. Somos antagonistas irreconciliables.
Soy la antítesis de Pitágoras y de mi viejo que como buen ingeniero vive
enamorado de los números.
—¿Por qué no le haces la-la lucha?
—No hay peor guerra que la que uno no le interesa
pelear. Las matemáticas están allí, al frente, desafiando mi agudeza. Pero yo
les rehúyo. Soportaré que me maltraten y queden como manchas rojas en mi
libreta hasta que termine este año y no volverlas a ver en lo que me quede en
vida. Ellas seguirán su camino y yo me perderé por el mío, haciendo felices o
infelices a todos los que se crucen por nuestros destinos.
—No-no te excuses. Eso
es de-debilidad. A mí tampoco me gustan las-las matemáticas, pero intento que
ellas no-no me superen.
—Tu viejo también es
ingeniero, ¿no?
—S-sí.
—Y como si se tratara de Norman
Vincent Peale, intenta meterte ese positivismo en la cabeza para que no le
tengas temor a los números.
—S-sí.
—¡Qué ingenuo! Lo que a mí no me
entra por desidioso, a ti no te entra por imbécil. Mi viejo intentó la misma
fórmula hace unos años conmigo y con mi hermano Genaro...
—¿A qué se debe que
hayas pasado toda la mañana recolectando hojas de cuadernos viejos, cosiéndolos
y engrapándolos —le pregunta doña Elena a su cónyuge, intrigada por tanta
laboriosidad.
—A no avergonzarme. No
destilar bilis. No quiero que la próxima vez que lleguen a mis manos las
libretas de ese par de energúmenos, sufra accesos de náuseas.
—¿Te refieres a tus hijos?
—Sí, me refiero a ese
par de holgazanes que no tienen mayores obligaciones que estudiar. Pero no,
salen desaprobados y lo toman como si hubieran cometido una gracia. Esos dos
necesitan que los desahueven. Hemos sido demasiados condescendientes. ¡Genaro!,
¡Alfredo!, ¡vengan para acá!
—¿Qué quieres, papá? —llega
Alfredo desganado— La cortas en los más interesante. Annie le acaba de decir a
Annie que está templado de Candy.
—¡Siéntate tú aquí y tú
siéntate allá!
—¿Y esa pizarra? —exclama
Genaro— Viejo, ¡qué tal remember! No la veía desde que estaba en primaria.
—Estaba apolillándose en la
azotea. Desde que la sacaste de tu cuarto, según tú porque estorbaba, comenzó
tu debacle intelectual. ¡Tengan!
—¿Y qué se supone que son estos
mamarrachos? —pregunta Genaro.
—Son libretas de apuntes, iguales
a los que yo me fabricaba para ir al colegio. A tu abuelo no le alcanzaba la
plata para comprarme cuadernos nuevos. Ahora sí, préstenme atención. Me han
demostrado ‘viveza’ para muchas cosas. Tú, Genaro, dibujas bien y a ti,
Alfredo, te gusta leer y tienes un nivel de cultura general asombroso para tu
edad. ¿Por qué no pueden plasmar esa habilidad para los números? Las matemáticas
son una ciencia exacta...
—Que a mí
particularmente no me sirve de nada —interrumpe Genaro.
—¡Empezamos! ¿Por qué
afirmas semejante barbaridad?
—Porque viejo, yo no
tengo intenciones de ser ingeniero como tú y mucho menos matemático. ¿Para qué
diablos me pueden servir las matemáticas avanzadas? ¿Qué aplicaciones les puedo
dar en mi vida diaria? ¿No basta acaso con saber sumar, restar, multiplicar y
dividir?
—Las matemáticas
amplían el criterio de los seres racionales. Expanden tu agudeza, despejan tu
mente, ¿comprendes?
—¡No! Soy feliz con mi
cerebro limitado.
—Yo no he engendrado hijos que
por negligencia limitan su capacidad intelectual. Si no quieren aprender
matemáticas por las buenas, aprenderán por las malas. ¡Presten atención,
carajo!
—¿Cu-cuánto le duró a
tu viejo la obsti-ti-nación po-porque ap-aprendan matemáticas?
—Sólo unos minutos. Escribió sus
ejemplos en la pizarra y mientras hablaba de monomios, binomios, trinomios y
‘deuteronomios’, yo y Genaro nos jugábamos de manos o dibujábamos ‘pichulitas’
en el cuadernillo del otro. Mi viejo nos tiró un manazo a cada uno y nos sentó
a los extremos, pero aun así, como estábamos más atentos al vuelo de las
moscas, emitiendo un concluyente “¡mierda!”, el pobre estrelló la tiza contra
la pizarra y se retiró diciendo: “no vuelvo a perder el tiempo con ustedes”.
—Qué fru-frustración.
¿No-no te dolió fa-fallarle a tu papá de esa ma-manera?
—En ese momento no... Y ahora que el tiempo ha
pasado... Tampoco.
—¿Y nu-nunca más volvió a
intentar enseñarles?
—Nunca. Es más cuando
nos acercábamos con alguna tarea de números, él mismo cambiaba de tema. Mi
vieja propuso ponernos un profesor particular, pero mi viejo le respondió: “¡No
quiero más profesores particulares en casa! Si es profesora, Alfredo la va a
correr con su morbosidad, igual como hizo con su profesora de francés, y si es
profesor, Genaro lo va a querer agarrar a golpes y hasta me pueden demandar.
Así que mejor guarda esa platita. Ahorra para tu vejez”.
—¡Quién co-como
ustedes! Yo he tenido hasta pro-profesor particular de Educación Física. Y para
las ma-matemáticas, no hay peor pro-profesor que mi papá. Si a la pri-primera
explicación no-no lo entiendes, se e-enoja, a la segunda te-te insulta y a
la-la tercera... bueno, ya no hay ter-tercera po-porque de los insultos pa-pasa
a los ma-manazos. Eso es lo-lo malo cuando te enseñan los-los ingenieros. Creen
que to-todos tienen la misma pre-predisposición a entender los nu-números como
ellos. Lo mismo te habrá pa-pasado con tu viejo.
—No, a mí mi viejo me
quiere...
Camisa, pantalón y
zapatos. Chompa no porque todavía hace calor. Se viste. Son las siete de la
mañana. Se echa colonia al rostro, ardiéndole en la zona del bozo
afeitado.Intenta un inútil peinado. Toma un cuaderno delgado destinado como
borrador y sale de su cuarto.
—Hijo, ¡espera! —le
dice su madre antes de llegar a las escaleras, voltea y el flash de la cámara
fotográfica golpea sus retinas— Es tu último primer día de clases. Quería
conservar un recuerdo.
Baja las gradas. La
empleada le ofrece un vaso de leche con cocoa pero indica que va apurado,
cuando le sobra más de media hora para que suene la campana. Quiere salir a la
puerta y esperar a Marco Aurelio Macaya —el Gordo para los amigos de toda la
vida—, quien al verlo listo tan temprano exclamará sorprendido: “¡Carajo!, se nota
que es el primer día de clases”, porque sabe que en el resto del año su amigo y
vecino no dará otra muestra de puntualidad.
—Espero tengas presente
el papel que firmaste —le dice su padre desde el garaje, donde le echa agua,
sin apurarse, al radiador de su Datsun pick-up.
—No te preocupes, papá
—le responde sin estar convencido de sus palabras y con un seco “nos vemos”,
sale a la calle, donde recordará, mientras espera al Gordo, una escena de
principios de febrero, cuando aprobó los exámenes subsanatorios de inglés y
matemáticas sin dar un solo examen en la escuelita fiscal ubicada a espaldas de
su casa. El encargado de la negociación con los profesores de ese plantel había
sido Tucho Salas. El precio, dos botellas de Johnnie Walker —etiqueta roja—,
dos canastas con arroz, fideos, menestras y demás víveres y un cebiche de
premio para el negociador. Provisto de los certificados que demuestran que ha
aprobado los cursos, Alfredo y su padre son citados para registrar su matrícula
en el colegio Mariano. Acuden a la Dirección General donde el Reverendo Padre
Rodrich los espera.
—No es un secreto para
usted que su hijo ha ocasionado bastantes problemas en este plantel.
—Sí, padre. Por eso
cuentan con mi autorización para corregirlo a patadas si es necesario. Muchas
veces yo me he quejado por la disciplina muy indulgente de esta institución.
Cada vez que se porta mal, hágalo limpiar los baños. Va a ver cómo se corrige
en un dos por tres.
—¿Es consciente de que
por rendimiento y comportamiento usted es un alumno indigno de este colegio?
—se dirige esta vez a Alfredo con cierta rudeza.
—¿Por qué? —responde el
aludido, muy suelto de huesos.
—Hagamos un repaso del
acumulado de sus calificaciones en la Secundaria —dice tomando el papel que
reposa en el secante del escritorio— En el Primer Año un total de doce notas
desaprobatorias. Su máxima nota es dieciocho en Historia...
—Al profesor le gustó
las monografías que hice sobre La Ilíada
y La Odisea —responde Alfredo con
autosuficiencia.
—Mínima nota,
cero-siete en Arte...
—Por venganza, no por
rendimiento. El profesor Gómez jamás perdonó que me burlara de su hija el día
que le vino su primera menstruación en plena aula.
—Un bimestre
desaprobado en conducta. Nota promedio: doce.
—Los cambios hormonales
de la pubertad. Fácilmente comprensible.
—Segundo año, todo un
récord, ¡veintitrés desaprobados! Máxima nota, catorce en Geografía...
—Otro excelente trabajo
monográfico sobre el Reino Unido, mezcla de Charles Dickens, Piccadilly Circus y
el álbum blanco de los Beatles.
—Mínima nota, vuelve a
repetir el plato, cero-seis en Arte...
—De nuevo por causa de
la hija del profesor. Al año siguiente se fue del colegio y la metieron en un
internado de monjas porque no podía soportar que le dijéramos cosas como:
‘sangrona’, ‘loca coágulo’, ‘reservorio de Drácula’ y su viejo se las agarró
conmigo.
—Dos cursos
desaprobados, Matemáticas con cero-nueve...
—Por mi asco natural a
los números.
—Lenguaje con diez...
—Nunca fui ni seré
santo de devoción de la profesora Muñiz. Deberían hacerla ver por sentir un
goce patológico al desaprobar alumnos.
—En conducta, dos bimestres desaprobados. Promedio final, once.
—En tercer año once notas
desaprobadas...
—En ese año conocí las
fiestas, el licor, el tabaco...
—Nota máxima:
diecisiete en Literatura.
—Gracias a La Celestina me volví fanático del Siglo de Oro Español.
—Saliste desaprobado en
Matemáticas con cero-nueve. Sólo un bimestre desaprobado en conducta. Promedio
final, once. —pasa saliva y prosigue— En Cuarto Año, veintiún notas desaprobadas.
Máxima nota, dieciocho en Historia.
—Gracias a dos excelentes
exposiciones sobre la Inglaterra victoriana primero y sobre el orden europeo
tras finalizar la Primera Guerra Mundial, después.
—Nota mínima,
cero-cuatro en Inglés.
—Antipatía recíproca. Menos mal que ese profesor no
me enseña más.
—Desaprobado de año en Matemáticas con cero-ocho y
en Inglés con cero-nueve.
—He pasado todo enero
‘estudiando’. Sacrifiqué muchas horas de playa con tal de aprobar.
—Los cuatro meses desaprobados en conducta.
Promedio final, cero-ocho —alza la mirada hacia Alfredo pero este se queda en
silencio— ¿Qué le sucede? De repente se quedó sin excusas. Su conducta del año
pasado es motivo suficiente para que usted no cruce ni el umbral de este
plantel. ¿Es consciente de ello?
—Sí; siento asco de mi comportamiento.
—¿Y qué piensa hacer al respecto?
—Intentar mejorar.
—Sólo intentar no es suficiente.
—¿Y qué quiere que le
diga? La tentación por hacer chacota en clase es muy grande y yo no soy un
santo. Voy a tratar de controlarme y tener presente que los profesores son
también seres humanos.
—Espero que su autocontrol le
dure todo el año —dice el religioso extrayendo un papel del primer cajón de su
escritorio—. ¿Sabe usted lo que es esto?
—Mi sentencia.
—Algo parecido. En el argot
educativo se le llama ‘matrícula condicional’. ¿Sabe usted lo que significa? Que
a la primera falta que cometa, usted será inmediatamente expulsado del colegio,
sin ningún miramiento o contemplación. Ahora, reflexione un momento. ¿Vale la
pena correr tamaño riesgo? ¿Por qué mejor no se matricula en otro colegio donde
no hagan caso de sus magros antecedentes? Recapacite y evítese este mal momento
para usted, para el colegio y para sus padres.
—Cristo siempre le da una oportunidad al pecador
para no quedar fuera del rebaño. ¿No puedo esperar lo mismo de una institución
cristiana como esta?
—La tiene, señor Lora, pero condicionada. Firme
este papel y asuma con nosotros el compromiso acordado... Bien, ahora désela a
su padre para que lo firme... Correcto. Tiene casi dos meses para ir amoldando
su conducta. Le aconsejo que asista a las catequesis que se dictan los sábados
en nuestra parroquia. Ojalá que puede porque si no ya sabe, a la primera falta
¡adiós!
Suena la campana a las
diez de la mañana. El primer recreo del año. Una quincena de muchachos forman
un círculo en el patio, cerca del quiosco para asaltar al primer incauto que se
acerque a comprar. Todos lanzan comentarios intrascendentes que mueven a la
risa sincera y a la risa forzada, hasta que un tema inevitable hace que todos
se pongan reflexivos.
—Cañita ya no está más con
nosotros. Vamos a extrañar a ese hijo de puta —comenta Tomás.
—Era bastante hábil
—apunta Rulo—. Lástima que el consumo de marihuana primero, cocaína después y
ahora pasta básica, lo malograron para siempre.
—Es un cague de risa —agrega
Viche, compañero habitual de sus mataperradas—. Recuerdan cuando presentó la
tarea de Biología en un rollo de papel higiénico o cuando se metía a mear en el
baño de mujeres, estando totalmente lleno.
—Es un cagado que
terminó quemando checo. No me extrañaría un día de estos verlo caminando sucio,
desarrapado, descalzo y con una bolsa en la cabeza —dictamina Jonás con su
característico tono despectivo e inmisericorde ante la situación del compañero
con el que compartió gran parte de su vida escolar.
La noticia sobre su
deserción se había esparcido como reguero de pólvora, luego que Miguel Pratts,
el director de disciplina, se lo comentara a Felipe Beltrán, uno de sus alumnos
allegados, con la finalidad de que lo esparciera como si se tratase de un
escarmiento divino y una advertencia para los alumnos descarriados. Luego,
cuando los estudiantes tomaron ubicación en sus respectivas carpetas, siempre
los estudiosos adelante y los energúmenos atrás, Pratts volvió con el tema.
—Espero que este año el
comportamiento de este salón sea el adecuado, ahora que el alumno Gallardo ha
sido recluido en una institución que velará por su salud física y mental. Los
desenfrenos que han conducido a su compañero a este estado lamentable, debe
hacerlos recapacitar y entender que las drogas no conducen a ninguna parte
—subraya el director de disciplina.
¿Quién puede brindar
mayores detalles de lo que sucedió con Cañita? Todas las miradas se centran en
CaludiaTévez, su prima y pariente más cercana, pero ella avergonzada, opta por
guardar pudoroso silencio. Tendrán que aguardar que Eva Soto, quien vive en la
misma calle de Cañita, les cuente a Rulo, Maribel y Tatiana —y éstos lo
propalen en minutos a todos los demás— la versión que se tiene en su barrio
sobre los hechos: “Cansada de enamorar con un drogadicto, Martha cortó su relación
de años y se fue con un estudiante de Leyes. Desolado, el consumo de Cañita
creció en progresión geométrica, al punto que en pocas semanas se puso a vender
las cosas de su casa para recursearse la ‘vaina’. Desesperada su mamá y sin un
esposo que la apoye, porque ustedes saben, el señor Gallardo murió en un
accidente automovilístico, lo convenció para que se internara en Paz &
Bien, el centro de rehabilitación para adictos ubicado en el camino a Puerto
Banderas. Pero Cañita apenas si soportó un mes. Se fugó y ahora las malas
lenguas aseguran que anda por Lamas, donde forma parte de una banda dedicada a
desmantelar carros”.
—Triste final —se lamenta
Carlitos.
—Y sólo tiene diecisiete años
—agrega Chabelo.
—Él mismo labró su camino —señala Rodrigo—. Las
drogas se consumen con inteligencia. Si pierdes el dominio de ellas,
simplemente te vas a la mierda.
—Eso es lo paradójico del asunto
—le corrige Viche—, uno se cree dominador del asunto sin imaginarse que lo
primero que termina perdiendo es el dominio de uno mismo.
—Eso es para los
débiles, acomplejados o autodestructivos —lo desautoriza Rodrigo—. Cañita era
autodestructivo e inició el consumo de sustancias muy temprano, a los diez
años, en los veranos en Cayo Cangrejo, y se agudizó con la muerte de su viejo.
De probar drogas más fuertes pasó a drogas más baratas.
—Nunca voy a olvidar
esa clase en la que Cañita llegó tarde, recontra estoneado y con los ojos
enrojecidos —rememora Coco—. ‘El Gallo Hervido’ no lo quiso dejar pasar y
Cañita le dijo: “ya pe’ profe, no se ponga thriller” y el profesor indignado lo
mandó a Disciplina diciendo: “¡Fuera!; y para que lo sepa, yo no soy ningún
triste’”.
—Mejor fue aquella vez
que Boz escribía en la pizarra y Cañita le tiró un manazo por la espalda. “Oye,
estás zonzo, ¡qué tienes!” y él muy fresco le dice: “Nada profe, mire, tenía
una mosca en la espalda”.
—Cañita no tenía bandera —comenta
Carlitos—. Si bien se mostraba sociable y era pata de todo el mundo, en el
fondo era una persona solitaria con la cual no se podía intimar.
—Nosotros éramos sus
amigos de colegio y nada más —interviene Chabelo—. Sus verdaderas juntas eran
Juancho, Calolo y otros viejos atorrantes que se pasan la vida fumando hierba
en el parque grande de Cali.
—Había que ser idiota para
confiar en él —replica Jonás.
—¡Me lo vas a decir a mí! Ahora
sí no tengo esperanzas de que me devuelva los cassettes de Indochine y Guns n’
Roses que le presté —se lamenta el Negro.
—E-eso no es nada —agrega Beto—,
a mí me dejó sin zapatos de co-colegio. ¿Se-se acuerdan de unos mo-mocasines
con una cruz gamada incrustada que-que mi mamá me trajo de Alemania? —los pocos
que le prestan atención menean la cabeza negativamente— Bueno, una tarde fue a
mi ca-casa, me dijo que mis za-zapatos le vacilaban y que si esa noche se los
podía prestar pa-para las Bodas de Oro de sus abuelos. Total, el año lo a-acabé
con unos zapatos viejos de mi papá, uno sin lengüeta y el otro con-con agujero
en la-la suela.
—Ya me imagino el
cachetadón de tu vieja, repitiéndote a gritos la misma prohibición de todos los
días de tu vida: “¡No prestes a nadie tus cosas, carajo!”, se burla Nando.
—A tipos como Cañita,
prestar es sinónimo de perder las cosas, así que una vez identificado, mejor ni
darle la mano —recomienda Jonás.
—Recuerdo cuando Cañita
cumplió ocho años y nos invitó a su fiesta —trae a colación Alfredo.
—Sí, ya nos has contado
mil veces que esa fue la primera vez que le hablaste a Caludia... —lo corta
Coco.
Alfredo retrocede nueve años y se ve en medio de una
fiesta infantil, con la ropa fina que su mamá lo viste para los eventos
especiales. De la vieja radiola se escucha una guaracha que dice: “Rómpela,
rompe la piñata, rómpela...”
—¡Hola! —le dice Caludia.
—Hola —responde con timidez.
—¿No te da vergüenza conversar
conmigo?
—Yo no vine a conversar contigo, vine a coger una
gelatina.
—De piña o de fresa.
—De limón.
—¿Me das una de fresa?
—Toma.
—¿Ves?, ahora sí conversas
conmigo.
—¡Yo no estoy conversando
contigo!
—¿Tienes miedo de
conversar conmigo?
—¡Yo no tengo miedo a conversar
contigo de nada!
—Me tienes miedo porque soy una
niña —le dice sacándole la lengua.
—Las niñas son demasiado estúpidas
para tenerles miedo.
—Más estúpidos son los
niños, intentando parecer menos estúpidos que nosotras, las niñas.
—Nosotros no perdemos el tiempo
con muñecas, ni mamá pierde el tiempo haciendo trenzas con mis cabellos.
—Pero juegan fútbol o a la guerrita,
o matan lagartijas con una resortera y eso sí me parece tonto.
—Esos juegos son divertidos
porque exigen mucha acción. Si quieres ven al patio y anímate a jugar con
nosotros.
—Para terminar sudando y con
mugre hasta las orejas, ¡no, gracias!
—¿Te parece más divertido pasar
la tarde sentadita, cuidando no manchar tu vestido y tus zapatos de charol?
—No voy porque allá
todos son chicos y yo soy la única niña. ¿Tú no estarías incómodo si fueras a
una fiesta y te rodearan puras niñas? Yo no quería venir pero me obligó mi
mamá.
—¿No te aburres aquí solita?
—Me divierto viendo a los niños
jugar.
—Mentirosa.
—Yo no miento porque mi
mamá dice que eso es pecado.
—Te propongo algo.
—¿Qué?
—Cierra los ojos.
—¿Para qué?
—Para jugar contigo.
—¿Vamos a jugar a la mamá y al
papá?
—¡No!; te voy a dar caramelos.
—¿Para qué?
—Para jugar contigo.
—No te entiendo.
—Vamos a jugar a
adivinar sabores. Yo te pongo un caramelo en la boca y tú tienes que adivinar
sin chuparlo si es de cereza, naranja, manzana o limón, ¿aceptas?
—¡Sí!
—¿Prometes no abrir los ojos?
—Sí.
—Abre la boca, ¿es
naranja o cereza?
Clase de Filosofía,
Religión, veinte minutos de refrigerio como intermedio, Educación Cívica y a la
una y media de la tarde llega la última hora, clase de Inglés. Pasan cinco,
diez y el encargado del curso no aparece. Ingresa Mario Pratts y se aquieta la
bulla. Anuncia que la profesora no ha podido venir, así que alisten sus cosas
que en un rato se van a sus casas. Sale el Director de Disciplina y la palabra
‘profesora’ es el comentario del sector masculino.
—No se hagan ilusiones, puede ser
una vieja gorda y fea —les dice Maribel con ganas de desanimarlos.
—O puede ser una Silvia Kristel —le responde Tucho.
Alfredo no participa por hallarse aislado entre Ana,
Gina, Anacé en las carpetas delanteras, Silvia y Miriam por los costados y Beto
detrás, así que toma su cuaderno, guarda su lapicero en el bolsillo del
pantalón y se pone de pie para participar en la chacota.
—¿Te pasa algo? —le dice Caludia cuando pasa por su
asiento y él al mirarla, esboza una sonrisa sarcástica.
“Claro que me pasa algo”, quiso responderle. Podría
decirle que ella sigue siendo la propietaria de un corazón idiota que volvió a
ilusionarse cuando estuvieron juntos en la fiesta de Milly, reviviendo lo que
creía finiquitado. Podría agregar que en Puerto Banderas estuvo con Leticia , que en la madrugada de ayer en Pacás tuvo
relaciones con una muchacha que en físico la superaba. Podría enrostrarle que
le dolió que lo dejara plantado la semana pasada y que desde que la vio en la
mañana se hizo el firme propósito de evitarla. Sin embargo de su boca sólo
salió una palabra:
—Nada.
—¿Nada? Te conozco muy bien, Alfredo. No en vano
fuimos...
—¿Enamorados?
—Sí, enamorados, durante...
—¿Un poco más de seis
años?
—Sí, aproximadamente, y tú estás raro. ¿Se podría
saber por qué?
—Seis años a tu lado son
suficientes para saber que algo estás tramando. Y cuando tú tramas algo, soy yo
el que termina con el hígado hinchado, así que...
—A ver tú, angelito, ¿qué haces
parado? —le dice Pratts al retornar al salón— ¡Toma asiento! El hecho de que no
haya profesor no quiere decir que esto se vuelva tierra de nadie. ¡Un momento! Párese de nuevo. Así que está
peluconcito, ¿no? ¡Mañana no me entra al colegio si no se corta el pelo! Y
usted también, Campero. ¡Qué horror! Con esas mechas parece una vieja, una
vieja fea. Terrones, La Madrid, Macaya, Caligari... ¡Sin un corte decente
ninguno me entra mañana! Este es un colegio mixto, no de señoritas. Ahora sí,
alístense y traten de salir en orden. El primer día de clases ha terminado.
Todos obedecen con
expresiones de júbilo. Alfredo vuelve a tomar su cuaderno y espera reunirse con
sus amigos, pero de nuevo una voz femenina lo detiene.
—Así que soy especialista en
hincharte el hígado.
—Nadie lo hace mejor que tú.
—¿Y acaso tú con tus
actitudes no amargas también a cualquiera?
—Mantente lejos de mí y
nadie saldrá lastimado.
—Esa es una actitud muy tuya que molesta. Ese aire
de superioridad que te
hace pensar que estás por encima de tus errores cotidianos.
—¡Debo ser superior a mis errores! Si ellos fueran
mejores que yo, no podría llegar a ninguna parte.
—Ese es precisamente el problema.
Creyéndote superior nada haces por no caer en las mismas faltas, y ese es el
peor error que puedes cometer.
—¿Acabó tu psicoanálisis
que por si acaso yo no te pedí?
—¡No!; hasta que me digas qué
tienes, por qué te comportas así.
—¿Comportarme cómo? Todo el día
he procurado estar lejos de ti.
—¡Ajá! Entonces admites
que tienes conmigo algo personal. ¿Por qué? Porque no fuimos al cine la semana
pasada. ¿Eso tanto te ha ofendido?
—¿Y te parece poco? Teníamos un
compromiso y te zurraste en mí.
—¡Eso no es verdad! Yo...
—Caludia se detiene al ver que el Gordo, Nando y Tucho aguardan a Alfredo en la
puerta del colegio.
—Vamos por ahí, mongolo —le dice
el Gordo.
—¿Pueden esperarse?
¡Está conversando conmigo! —exclama Caludia.
—¡Vaya! A pesar que han
terminado hace un millón de años, ella todavía lo manipula. ¡Bravo, Alfredo!
Serás pisado por toda la vida —se burla Tucho.
—Yo no piso a Alfredo, así que
cállate —se pica la muchacha.
—En pocas palabras, métete tu lengua al culo
—rezonga el aludido—. ¿De qué hablábamos antes de ser interrumpidos por estos
asnos?
—De lo ofendido que estás porque
te dejé plantado la semana pasada.
Los tres amigos
estallan en carcajadas, las cuales van en aumento conforme las mejillas y
orejas de Alfredo se ruborizan.
—Estás cagado, amigo —vuelve
Tucho a la carga—. Anda pronto a un especialista antes de que pierdas la noción
de lo que significa el ‘orgullo’.
—¿Y por qué lo dejaste
plantado? —se entromete Nando— ¿Acaso supiste de su aventura con ‘mujeres’ que
tienen veinticinco centímetros de ‘plíctoris’?
—Clítoris, Nando, ¡clítoris! —le
corrige el Gordo.
—¿Mujeres con
veinticinco centímetros de qué? ¿A qué se refieren?
—Eso que te lo explique tu ex
enamorado que va al templo de San Francisco en la madrugada, pero no
precisamente para expiar sus pecados —agrega Tucho, dándole unas palmas a
Alfredo en la espalda—. Adiós, ‘loco mostaza’.
—¡Qué malcriados se han puesto estos atorrantes!
—rezonga Caludia cuando los ve alejarse— Deberías ponerlos en su sitio.
—Debería poner a muchos en su
sitio, incluso a una bocona como tú. Sabiendo lo jodidos que son, ¿por qué me
avergüenzas contándoles que me dejaste plantado?
—No creo que tú conozcas el
significado de la palabra vergüenza.
—Quizá lo perdí la semana pasada
cuando me hiciste esperarte como un idiota afuera de tu casa.
—Insistes con lo mismo.
Déjame explicarte lo que pasó. Mi mamá me dijo para ir a comprar mi ropa del
colegio y pensamos demorarnos una hora como mucho. Pero al llegar a Lady
Consul, aprovechamos para comprar una blusita, un par de pantalones nevados y
un par de zapatillas Reebok. No nos dimos cuenta y salimos de la tienda casi a
las ocho de la noche. Como comprenderás, no fue mi intención de plantar a un
buen ‘amigo’ como tú. Razones de fuerza mayor me obligaron a hacerte esperar en
vano.
—Entonces ahora debo
comprenderte, tragarme el orgullo y conversarte como si nada hubiera pasado.
—¿Y qué quieres? ¿Qué
te pida disculpas de rodillas?
—No; quiero que me digas por qué
no cogiste el teléfono y me llamaste para disculparte ese día, el siguiente o
un día antes de viajar por Semana Santa.
—Lo siento, se me pasó. No
consideré que te ibas a resentir.
—Ese es el problema y
lo ha sido durante los seis años y pico que fuimos enamorados. Eres la persona
más desconsiderada que conozco. Nunca piensas en lo que pueden sentir los
demás. Tácitamente asumes que todos debemos amoldarnos a ti y comprender de
antemano tu manera de proceder. ¡Egoísta!
—¡Oh!, disculpa si
tanto te dolió no presentarte mis excusas telefónicas. ¿Quieres que te llame
hoy, mañana y pasado suplicándote perdón por haberte dejado bajo la lluvia dos
horas, mil horas, como un perro?
—No seas irónica. Lo único que te
pido es que la próxima vez que quedes conmigo y se te presente un imprevisto,
avises para no hacerme pasar un mal momento, ¿está bien?
—Está bien. Pero ya
cambia de tema, ¿quieres? Van a ser las dos de la tarde, ¿me acompañas a mi
casa? Como en los viejos tiempos, sólo por esta vez, ¡eh!
—Caludia, son como diez cuadras
que me desvió y ya es hora del almuerzo y...
—Ya pues, acompáñame,
no quiero caminar sola hasta allá, ¿sí?
Derretido por su
sonrisa y su voz de niña engreída, Alfredo accede en memoria a esos días cuando
de niño jugaba al enamorado que todas las tardes visitaba en bicicleta a su
niñita, sólo un ratito porque al día siguiente había clases, y ella lo recibía,
vestida con su polito de Hello Kitty y los labios embadurnados de pudín de
vainilla.
—Alfredo, nunca antes te había
visto tan bronceado.
—Nunca antes me había bronceado
tanto.
—Te queda bien.
—En cambio a ti te veo
un poquito más gordita desde la última vez que te vi.
—Hace tres semanas que estoy a
dieta y hago ejercicios para recuperar mi peso.
—Nosotros no nos vemos desde...
—La fiesta en la casa
de Milly, cuando hizo su debut Requiescat.
—¡Ah, sí!, esa vez te vi tan
bonita, tan dulce, tan agradable. La pasé muy bien contigo esa noche.
—Yo igual la pasé bien.
Me gustó cuando Rulo y tú cantaron a dúo El
Extraño del Pelo Largo. Oye, ¿a qué se refería Nando con eso de la aventura
con mujeres que tenían veinticinco centímetros de no sé qué? ¿Me puedes
explicar?
—Sí; te lo explico yo antes de
que te enteres por las malas lenguas. La noche que me dejaste plantado, Chabelo
sacó su carro y después de comprar unos tragos, nos fuimos por la zona roja de
la ciudad...

No hay comentarios:
Publicar un comentario