domingo, 29 de marzo de 2015

no uno sino muchos pecados


       Vivir en la carretera, estar siempre en marcha, seguro tiene su encanto. Andar de ida y de vuelta, acumulando kilómetros de asfalto, consumiéndose en el movimiento el tiempo y el espacio, mirando siempre hacia adelante, nunca hacia atrás, sin darle cabida al remordimiento, quizás a la nostalgia. ¿Por qué sus amigos se empeñan en traer a colación lo que ya quedó a lo lejos? ¿Por qué insisten en culparlo por lo que ya quedó en el camino y pronto se perderá en el olvido? Deben entender que hay que seguir rodando y rodando. La libertad consiste en no darle cabida a los hechos del pasado.
            El ómnibus se detiene en Turkavest. Bajan los pasajeros que se quedan en ese destino y otros bajan para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, desaguar la vejiga orinando en la llanta del vehículo o beber en un quiosco de ruta una gaseosa que aminore el bochorno de la tarde.
            —¡Qué carajo pasó por tu cabeza! —lo encara Coco, aguzando sus ojos pequeños y Alfredo se ríe de su inquisidor. 
            Todo habría salido distinto si ayer por la mañana no se hubiera despertado con la cabeza estallándole por la resaca y con esa sensación depresiva de sentirse perdedor cada vez que fracasa en las lides amatorias. Aunque tuvo la intención de tomar las cosas con optimismo, tras quedarse dormido en el suelo con la botella de pisco al costado, la infortuna es mala consejera cuando para los demás todo es alegría.
            El Sábado de Gloria se levantó con la intención de restarle importancia a su fracaso, porque la vida —y eso es cierto— siempre nuevas oportunidades. Para sobreponerse intentó dibujar una buena cara. Ser estúpido no tiene remedio, pero siempre se puede disimular. Hace unos instantes, la morbosa curiosidad lo llevó a deambular por la casa y al empujar la puerta del escritorio, encontró a su mejor amigo durmiendo desnudo boca arriba y al costado la muchacha que pudo haber sido suya si no evidenciaba su torpeza, durmiendo con un polo que dejan al descubierto sus muslos prietos.


            —¿Por qué estás con esa cara? —le pregunta Rodrigo a Alfredo, apenas se sienta en la mesa para tomar desayuno.
            —Por el pisco barato, por dormir en el piso, por amanecer hecho mierda.
            —Nada de lisuras con el estómago vacío —bromea Coco— que puedes agriarte la digestión. 
            —Parece que el perro de ayer te ha dejado espantado —apunta Casino.
            —¿No es broma lo que cuentan? —interviene Liz— Esa historia del perro ‘cojuelo’ me parece alucinante.
            —¡Qué perro fantasma ni ocho cuartos! —salta Rodrigo— A mí me suena a excusa para tirarse la plata. Así que vayan soltando la diferencia.
            —Casualidad o encuentro cercano con un alma en pena, pienso que la experiencia sirve para replantear nuestras existencias —dice Alfredo con tono solemne.
            —Ahora sí me jodiste el desayuno... —apunta Coco.
            —Espero les hayan gustado los huevos fritos con tocino que les preparé —dice Mónica poniéndose de pie y recogiendo los platos para depositarlos en el lavabo—. Paola me decía que comer chancho es pescado, pero le recordé que ya no es Viernes Santo.
            —No dije que fuera malo —se defiende la aludida—, sólo comenté que para los judíos la carne de chancho es impura.
            —Impura o no, yo me comería a todos los chanchos del mundo, incluso a los triquinosos —continúa Coco, dándole rienda a su buen humor.
            —Y también a los sidosos —agrega la lengua viperina de Rodrigo, robándole una sonrisa maliciosa a Alfredo.     
            —¿Qué pasa con Patricia que no baja? —pregunta Casino— Se extraña su dorada presencia.
            —Está con una migraña que le impide ponerse de pie —le informa Paola.
            —¿Y es grave? Mira que cerca hay una farmacia y podemos comprarle un analgésico.
            —Gracias por preocuparte —le dice Liz besando la frente de Casino—, pero ya le pasará. ¿Chicas ya acabaron? ¡Vamos a cambiarnos!
            Una vez que las chicas desaparecen por las escaleras, Coco y Casino proceden a explayarse en el segundo placer que conlleva el acostarse con una mujer: el de hacerlo partícipe a los demás.
            —¡No se imaginan cuán firmes son las carnes de la enana! —describe Coco— Sus piernas son pura fibra. Su barriguita es plana y durita y con la pichula adentro es una maestra. Con decirles que nada hice yo. El trago me había puesto torpe. Con una buena mamada me armó el pájaro y cuando se puso encima, hizo lo que quiso.
            —¿Cuántos polvos te tiraste? —pregunta Rodrigo.
            —Uno.
            —¿Sólo uno?
            —Estaba cansado y me hice el dormido. La chata es ninfómana y no quería arriesgarme a quedar en ridículo.
            —¡Qué desperdicio!
            —¡Nada de desperdicio! Uno bien dado equivale a diez mal cachados.
            —Y a ti, Casino, ¿qué tal te fue? —continúa Rodrigo con su interrogatorio.
            —Score en blanco.
            —¿Cómo así?
            —Yo no me la pude culear. Cuando ya había hecho míos sus pechos, se asomó su hermana por las escaleras y la amenazó con bajar de inmediato si ella no subía...
            —Y la perra obedeció.
            —Quería evitar roches con su hermana.
            —No te preocupes —le anima Coco—, más tarde te desquitas.
            —Pero mucho más tarde —responde.
            —¿Qué quieres decir? —se interesa Alfredo.
            —Cuando una perra cae fácilmente, simplemente me deja de interesar. A estas cojudas las tenemos en el bolsillo y no se van a marchar de esta casa. Yo les propongo en la noche irnos sin ellas a la fiesta de La Estancia. Allí van a ver un culo de cueros, mucho más ricas que estas huevonas.
            —No lo sé —duda Coco—. Bien reza el refrán: “más vale chucha en mano que ciento revoloteando”.
            —¡No seas conformista! Estas perras se han ilusionado con nosotros y no se van a mover de aquí. Si en la fiesta nada nos liga, podemos regocijarnos con las ‘sobras’ que se quedan en casa.
            —¿Y si se paltean? —insiste Coco.
            —Una puta ilusionada al final atraca con cualquier floro. Las mujeres están dispuestas a creer en todo. Lo único que no perdonan es que no tengas una buena excusa.
            —A mí el plan me agrada —comenta Rodrigo.
            —Porque no tienes nada que perder.
            —Es lo decidimos más tarde —comenta el anfitrión—. En cualquier momento bajan y no deben sospechar que son el plato de consuelo y no el principal.


            Del bus llaman a los pasajeros para que suban a bordo. Alfredo comenta que le da lástima que a ambos lados de la carretera sólo se aprecien vulcanizadoras y restaurantes mugrosos, cuando de pequeño su padre lo llevó a conocer la campiña que es preciosa y a bañarse en una laguna libre de polución.
            —No cambies de tema, huevonazo —le corta Rodrigo—. ¿Vas a negar que perdiste tu plata premeditadamente para quedarte con ellas en la casa?
            —Ya les dije que tenía un billete de cincuenta y no me explico en qué momento se me cayó. Seguro cuando fuimos a comprar las botellas de pisco...
            —Vino el perrito fantasma y te arranchó el billete —se burla Coco.
            —Es inútil explicar. Ustedes no aceptan otro veredicto que no sea mi culpabilidad...


            —¿No entiendo? —le dice Mónica a Coco echada en la cama, apenas cubierta con una pequeña toalla antes de bañarse tras haber pasado toda la tarde copulando— ¿Necesitas echarte tanta colonia para ir a comprar cerveza?
            —Mi papá siempre dice que vaya presentable, así sea para comprar a la esquina. Mira un poco de televisión mientras yo regreso. Verás que no me demoro nada.
            —¡Apúrate! —se asoma Casino por el umbral de la puerta, no menos perfumado y vestido con su mejor ropa— Van a dar las nueve.
            —¿Cómo es que no los podemos acompañar? —inquiere Liz, apareciendo por la espalda de Casino.
            —Porque todavía no están listas.
            —Pero nunca nos dijeron que nos alistáramos.
            —Esas son excusas. Mejor vayan poniendo los vasos que regresamos al toque. Aprovechen para arreglarse. Después vamos a dar una vuelta por ahí.
            Rodrigo se asoma también y les hace señas a Coco y Casino para que se acerquen a un lugar donde no los puedan escuchar.
            —¿Qué pasa? —pregunta Coco.
            —El idiota de Alfredo cagándola toda como siempre.    
            —No seas tan hijo de puta, a ti también te pudo pasar.
            —El problema es que sólo a ti te pasan estas cosas y nos jodes a los demás.
            —¡Sean claros y digan qué carajo pasó! —exige Coco.
            —Dice el tarado que se le ha caído un billete de cincuenta del bolsillo.
            —¡Un billete de cincuenta y estás tan tranquilo! —se sorprende Coco.
            —No sé cómo pasó. Estaba en mi bolsillo ayer cuando fui a comprar y hoy ya no está.
            —Seguro se te cayó en la bodega —apunta Casino.
            —¡Puta madre! —estalla Coco— ¡Cómo puedes ser tan torpe!
            —Bueno, no hay vuelta que darle —concluye Casino—. Quien haya encontrado ese billete que lo aproveche. Nosotros sigamos pa’elante.
            —Yo no puedo...
            —¿Cómo que no puedes?
            —Ese billete era lo único que me quedaba para juerguear. Lo poco que tengo es para regresar a casa. A menos que me demuestren de qué madera está hecha su amistad y me socorran con algunos billetes...
            —Lo siento, mongol, yo sólo tengo para mi entrada y para una caja de cervezas.
            —Tampoco te arrimes a mí. Todavía me debes una botella de pisco.
            —Yo te prestaría —dice Casino—, pero ando ajustado. Recién podré picarles plata a mis viejos cuando lleguen mañana por la tarde.
            —Entonces...
            —Entonces te jodiste —sentencia Rodrigo.
            —Si pues —continúa Coco—, vas a tener que cuidar que las chuchas no se vayan de la casa. Ese es el precio por ser tan huevón.
            —No lo tomes a mal, Alfredo. Aprovecha para ver alguna película de Semana Santa.
            —Sin resentimientos, amigos. Vayan y juerguéense. Ya veré cómo me las arreglo con estas cojudas.
            —Me gusta que lo tomes así —le dice Casino palmeándole el hombro—. Te quedas como dueño de casa. Cuídala bien.
            —Si por la calle nos topamos con un perro fantasma jugando al póquer con un billete de cincuenta, le enviaremos tus saludos... —se mofa Rodrigo.


            “Panagra Televisión es... ¡todo el país a la vez” —exclama Iván Marcado, la voz de Corporación Panagra, acompañando el spot de promoción del canal en el que aparece un grupo de gente desde un punto geográfico de la patria, saludando con las manos alzadas y cantando: “¡nos estamos viendo!” Son casi las once de la noche y no hay nada bueno que ver. Y aún si lo hubiera, la impaciencia de Liz y Mónica porque regresen sus amantes hace que no le tomen importancia a la programación. Ambas revolotean como polillas alrededor de la habitación, mientras que Alfredo yace en la cama, fingiendo estar absorto frente a la pantalla.
            —¡Y éstos se han ido a fabricar la cerveza! —exclama Mónica enojada.
            —Una cosa es que sean ilusas y otra que se quieran graduar de idiotas —les dice Paola—. ¡Ellos las han plantado! Se han ido a otro lugar y no van a regresar.
            —No creo que Coco sea capaz de hacer eso.
            —Coco es hombre y todos los hombres son cortados por la misma tijera. “Hombre, paloma y gato no hay animal más ingrato”. ¿Tú qué opinas, Liz?
            —Yo ya no sé en qué creer.
            —Van a regresar. No creo que van a dejar a su amigo solo, esperando... —razona Mónica, señalando a Alfredo.
            —¿Por qué te dejaron con nosotras, papito? —le pregunta Paola, con las manos en la cintura.
            —Ya van a regresar —responde Alfredo—, no se impacienten. Seguro se encontraron con alguien y eso los hace demorar.
            —Tú estabas igual que ellos —insiste Paola—, vestido para salir. ¿Por qué de repente te pusiste short y polo?
            —Porque hace calor y no quiero transpirar mi ropa para salir.
            De repente se escucha un agudo quejido que provoca que a Alfredo se le pongan los pelos de punta.
            —¡Es Patricia! —se alarma Paola
            —¡Vamos a ver qué le pasa! —se une Liz, pero antes de que pudieran salir de la habitación de los padres de Casino, es la misma Patricia quien aparece en el umbral con el rostro agestado de dolor.
            —Les juro que no aguanto. ¡El dolor es insoportable!
            —Ven, hermanita —le dice Liz tomándola del brazo y llevándola a la cama—, Alfredo se va a mover para que te puedas acostar con nosotras.
            —Sí. No es bueno que estés allá tan sola con esos dolores —le dice Mónica.
            —Háganme espacio —solicita Patricia sobándose el abdomen y Alfredo no encuentra inconvenientes de que esa chiquilla, de lejos la más agraciada del grupo, se acueste a su lado. Cuánta envidia sentirían todos, si esa chiquilla de melena dorada y mirada felina, cuya aura misteriosa la vuelve distante y enigmática a la vez, acceda a sus besos y abrazos.
            —¿Qué te duele? —pregunta Alfredo con ingenuidad masculina.
            —Me duele mucho, como nunca antes...
            —¡Pero qué te duele!
            —Me duele...
            —¡Cállate, Patricia! Hay cosas íntimas que las mujeres nunca deben comentar —la censura Paola.
            —Paola, no seas retrógrada. No es escandaloso que un hombre se entere que estoy con la regla.
            —¡Patricia! —se escandaliza cómo si hubiera quebrado un tabú.
            —A mí la regla me viene con unos cólicos espantosos —continúa Patricia— y sufro un montón. Mi ginecólogo dice que me puedo componer cuando salga embarazada, pero hasta ese entonces no me queda más que padecer...
            —Voy a prepararte un poco de té de tilo para que se te pase —le ofrece Mónica, saliendo de la habitación.
            Como una felina adolorida, Patricia se retuerce en la cama y apoya su cabeza en las piernas de Alfredo.
            —¡Qué piernas tan ‘gordas’ tienes!
            —Pero le falta poto... —se burla Liz.
            —La menstruación hace que ahora delires —le critica Paola.
            —No estoy delirando, sólo digo lo que veo... ¡Qué pelitos tan rubiecitos! —exclama jalando con suavidad los vellos de sus piernas— Provoca jugar con ellos.
            El comentario —o piropo— le hace gracia a Alfredo. Es lo mejor que le han dicho desde que retornó de Puerto Banderas. Por un instante, la cama se convirtió en una especie de Edén, tan idílico como privado. Mientras tanto, Panagra Televisión anuncia que pasará en su última función pasará el filme La Calumnia, con Audrey Hepburn y Shirley McLaine.
            —¡Perfecto! —se lamenta Mónica— Es sábado y la vamos a pasar viendo una película del año de la pera.  
            —¡A mí me encanta Audrey Hepburn! —señala Alfredo— Mira la película tranquila que en cualquier momento llegan mis amigos con las cervezas.
            —Y también con dos chanchos volando... Prefiero irme a dormir. Ya verá Coco cuando se aparezca por ‘nuestro’ dormitorio —refunfuña Mónica retirándose del lugar. 
            —Yo sí tengo ganas de ver la película —dice Patricia—. ¿Y tú, Liz?
            —Prefiero tomar algo para que se me pase la desazón.
            —¿Tomar? —exclama Paola.
            —Vodka. Ron. Whisky. Cualquier cosa que me haga digerible este mal sabor de boca. Nada de cerveza porque ya estoy hastiada de su sabor.
            —Hagamos entonces una ‘travesura’ —le propone Alfredo a Liz—. Casino ha sido muy respetuoso del bar de su viejo y no ha sacado ni una botella de trago fino. Como al tío no lo conozco, ni tengo intenciones de conocerlo, ¿por qué no sacamos una o dos botellas. Sería un buen castigo para Casino por dejarnos plantados.
            —Yo opino que ya hemos bebido bastante —se niega Paola.
            —Te juro, Paola, que es la última vez que viajo contigo a cualquier parte —le advierte Liz—, personas tan apáticas como tú deberían quedarse en su casa. Vamos, Alfredo. Quiero darle una mirada a ese bar.
            Como si se tratase de una travesura de adolescentes, Alfredo y Liz bajan a la sala y abren las portezuelas del mueble que hace las veces de bar, encontrando botellas de distintos orígenes y sabores.
            —Aquí yacen almacenados los frutos prohibidos del árbol del Bien y del Mal —comenta Alfredo, impresionado por la variedad.
            —¿No crees que Casino se enoje? —se arrepiente Liz súbitamente.
            —¿Acaso no estás enojada por el plantón que te han dado? El enojo con enojo se paga...
—Tienes razón —responde picada por el orgullo—, ¡asaltemos la barra! ¿Bolls? ¿Qué licor es este? Su color es lila.
—Es un licor de ‘fantasía’, pluscafé según los entendidos —le dice Alfredo, abriendo la botella— Ya está... Prueba un poco y me dices qué te parece.
—Es agradable —dictamina la muchacha, después de tomar del pico—, pero no como para tirarse una borrachera. ¿Qué más hay?
—Aquí hay una botella de Cointreau. Es un licor de naranja. Yo tenía uno así en el bar de la casa, regalo de mi abuela, que en paz descanse. Lo abrí cuando tenía trece años y me pegué una de mis primeras borracheras. Mi mamá me sacó la mierda.           
            —¿Qué más hay?
            —Campari, Cinzano, Fernet Branca que hay que tomarlo con Coca-Cola...
            —¡Quiero probar ese que está ahí!
            —¿Cuál? ¿El Disaronno?
            —¡Claro! En mi casa había uno y me pareció buenísimo.
            —Pero está sellado y en su caja. Parece que lo guardan para una ocasión especial.
            —No te acobardes, ¡sácalo te digo!
No muy acostumbrado a obedecer las órdenes de una mujer —ni siquiera las de su madre—, Alfredo extrae la botella de su caja azul y luego sube con Liz al dormitorio de los padres de Casino, encontrándose con la puerta cerrada.
—¡Paola abre la puerta! —ordena Liz.
—¡No te voy a abrir!
            —¡Caramba! ¿Qué tienes? ¿Por qué no quieres abrir?
            —Patricia se siente mal. El olor a licor y el humo del cigarrillo le van a provocar náuseas.
            —Patricia, ¿cómo te sientes? —busca cerciorarse Liz.
            —Mal, hermana. El estómago se me retuerce. ¡Quiero descansar!
            —¿Vas a estar bien?
            —Sí; solamente déjenme descansar...
            —Esa babosa de Paola seguro ya le lavó el cerebro —dice Liz a media voz, sólo para que Alfredo la escuche y luego levanta el tono— ¡Ni modo, pues! ¡Qué duermas bien!
            —Patricia, el Disaronno es lo mejor para los cólicos menstruales —asegura Alfredo en su afán de no renunciar a ese ‘rubio objeto de deseo’—. ¡Patricia! ¡Patricia...!
            —Vamos, Alfredo. Quiero que cuando Casino llegue, me encuentre ebria.
            Nadie responde del otro lado, así que se deja llevar por Liz hacia la sala.


El bus prosigue camino a la ciudad. Cae el Sol de la tarde y aumenta el calor en el interior del vehículo. Echándose aire con un folleto que encuentra a la mano, Alfredo aúna su voz a la de otros pasajeros que le piden al conductor sintonizar la radio en vez de escuchar cintas con pasillos ecuatorianos. Ese Domingo de Resurrección es la primera fecha del torneo de fútbol profesional y a esa hora el Tres Coronas, el equipo del cual es hincha, se enfrenta al Unión Fierro, equipo que el año pasado consiguió su ascenso a Primera División.
—Yo no sé de qué pudiste conversarle si sólo sabes hablar de fútbol —le dice Rodrigo a Alfredo.
—Quizá no tenga un verso florido pero tengo una virtud: se escuchar.
—Si pues, he ahí el por qué acumulas tan pocos agarres en tu vida. Te haces ‘amiguito’ de las putas, volviéndote en su consejero sentimental... —anota Coco.
—Si pues... Pero cuando me liga, me liga...


Cuando Alfredo y Liz se quedan con la compañía del Disaronno, parece que al principio no tienen nada que decir ni compartir. Se sirven el primer trago y lo beben con parsimonia, el segundo con decisión y el tercero con satisfacción. De repente, ambos se sueltan y los minutos comienzan a correr. La radio se ha quedado en una emisora que emite viejas baladas románticas, como: “Si en la noche azul, oyes el eco enamorado de mi voz, escúchalo mi bien que es para ti...” 
—...Esa canción me recuerda a mi madre. La puedo ver escuchándola, pegada a la ventana, con uno de sus cigarrillos negros de tabaco negro que impregnaban todo con su aroma pestilente, esperando hasta el anochecer la llegada de papá. Nosotras éramos muy niñas y no sabíamos de dónde venía. Mamá nunca nos dijo nada. Siempre callada, optaba por ocultar la amarga realidad que rumiaba en su boca.
—¿Tus padres se separaron?
—Sólo por un tiempo, pero me dejaron un terror al matrimonio. No sé si sería capaz de soportar todo lo que mi mamá sufrió. Los hombres son sujetos muy despreciables. Hoy por ejemplo, Casino se fue y me dejó de lado. A mí no debería importarme. Es seguro que después de mañana no nos volveremos a ver. No debería recordar que en una Semana Santa él me dijo que era especial, que le inspiraba una ternura de la que no se creía capaz de sentir y que desea que lo nuestro vaya más allá de este encuentro fortuito... Las mujeres deberíamos vacunarnos contra esas palabras, dichas para luego hacernos sufrir.
—Siempre debe haber alguien en quien creer y a quien amar.    
—Yo quise creer en Casino. Él llegó en el momento justo que necesitaba de una ilusión, de alguien que me hiciera sentir bien. Y luego, ¿qué hace? Me patea y me deja de lado. Tú, que eres hombre, explícame, ¿por qué todos se comportan así?
—No somos diferentes a ustedes. El maltrato no es monopolio de un solo sexo. En toda relación siempre hay uno que entrega más y otro abusador que humilla y hace sufrir.
—Es más común que los hombres abusen de las mujeres. Somos ‘maravillosas’ hasta que consiguen lo que quieren y luego nos tratan peor que chatarra que ni siquiera se molestan en reciclar.
—Pero hay mujeres también que manipulan a los hombres, los subyugan con sus vaginas y los hacen capaces de hacer cualquier cosa por culpa de una mujer. “Cherchez la femme”, como diría Alejandro Dumas.  
—¿Quiénes son los malos entonces?
—Creo que todos y ninguno a la vez podemos ser malos, crueles y egoístas. Incluso tú eres capaz de causar sufrimientos de quienes nos aman o podemos ser la víctima si elegimos a una persona que no nos quiere o no nos quiere lo suficiente.
—¿Tú crees que Casino me quiera?
—¿Crees que se puede querer a alguien que se conoce de un día para otro?
—Yo creo que lo quiero.
—Pero eso no asegura que el otro sienta lo mismo por ti. El amor es una lotería en la que se apuesta sin estar seguros si jugamos al número indicado.
—No me gustaría llegar a la edad de mi madre y darme cuenta recién que he fracasado en el amor.
—¿Consideras que tu mamá ha fracasado?
—Sigue junto a mi papá pero dudo que sea feliz. Hace unos años todo iba bien. Las cosas comenzaron a cambiar cuando yo tenía once años, Patricia nueve y mi otra hermanita tres. Mi papá comenzó a llegar tarde a casa y luego a ausentarse días enteros, diciendo que su compañía lo enviaba a la Sierra a supervisar las tiendas en Huaranasi y Marcaray. Mi mamá sabía, pero nunca nos aclaró que el verdadero motivo era su secretaria, la maldita secretaria. Mi mamá nunca le reclamó, sólo lloraba sin compartir su dolor. Yo me hice mujer observándola triste, consumiendo sus mejores años en la languidez. Hoy parece una anciana cuando no llega ni a los cuarenta. Un día mi padre recogió sus cosas y se marchó de casa. Mi madre lloró, suplicó, insistió, pero fue vana tanta humillación. Ser testigo de todo eso me ha amargado la vida, pero peor le fue a Patricia quien enfermó de los nervios y perdió un año escolar. Ella era muy apegada a papá y si bien hace unos meses él regresó a casa pidiéndonos perdón, mi hermana ya no es la chica que era antes. Casi no habla con nadie y hay que tenerle paciencia. Patricia es tan especial...  
—Y muy bella.
—¡Le tengo asco a mi papá! Vieras cómo se arrastraba luego de que su secretaria lo dejó por un gerente de mayor rango. Mi causa está llena de sentimientos marchitos. Me causa espanto admitirlo. No hay odio, no hay amor, tampoco resentimientos o remordimientos. Todo eso me causa pena. Muchos piensan que soy una chica fría, calculadora y pragmática, pero no es verdad. El sufrimiento no me ha hecho más fuerte sino más sensible al dolor. Yo quiero creer en el amor. Quiero amar y ser amada de verdad. Quiero creer que el amor no es una fábula.
—El amor es un drama, no una fábula, escrito por el mejor de los dramaturgos: el Destino. Depende de su capricho si nuestras historias tendrán un final feliz o uno que nos hará sentir miserables.
—¿Tú crees en el amor?       
—Creo en lo que aparece de repente y no se busca con desesperación. Eso que se instala sin que presiones en tu corazón. Eso que empieza con un buen abrazo...
Lizse deja aprisionar por los brazos de Alfredo y éste puede percibir cuántacongoja corre por su interior. Vulnerable como está, ella no se opone a que élpose los labios en sus mejillas y se embriague al probar sus lágrimas, besandosus cejas y pestañas. Sin decir nada, permite que su mentón sea levantado y suboca besada con verdadera voracidad. Liz degusta también del sabor del muchachoy mueve la lengua con fruición. Las manos que recorren su anatomía, tomancontacto con una de sus piernas y la libera del faldón de mezclilla que lecubre hasta las pantorrillas. Qué tersa es su piel y cuán generosas son suscarnes sin tener visos de obesidad. Las yemas de Alfredo las aprietan converdadero deleite, sin parar un instante de besarla, robándole gemidos de placer.Llegado el momento, los dedos avanzan más allá, hacia las bragas. Primero frotapor encima, luego hace de lado la tela que cubre la vulva y descubre una húmedamaraña de vellos que parece latir. Llevándose los humores genitales a las fosasnasales, el muchacho deposita el cuerpo de Liz en el piso de parquet y laaprisiona reposando encima de ella, extrayéndole el calzón con una mano y conla otra bajándose el short hasta las rodillas. Sin mayores impedimentos, la penetrada es impecable, provocando en la muchacha un ligero quejido que es apocado por la embestida de una lengua inquieta.    
El encuentro se inició cuando el cielo estaba color azul celeste y culminó cuando ya había amanecido del todo. Al derramarse, Alfredo deposita su cabeza en los senos cubiertos de ropa, pues nunca los apreció ni tampoco acarició, sin embargo Liz lo hace de lado poniéndose de pie y sin pronunciar palabras, sube escaleras arriba y se encierra en el baño, escuchándose el correr del tanque del inodoro y luego del caño de la ducha. No sabe cómo habrá quedado ella por la experiencia, pero él se siente en el nirvana. Sin limpiar su miembro de las secreciones vaginales, se sube el short y se queda dormido en el piso de la sala, tras fumarse un último cigarrillo.


—No censuramos lo que hiciste —le dice Coco—, cualquiera en tu pellejo habría caído en la tentación. ¿Sabes lo que realmente fue censurable?
Claro que lo sabe. Al despertarse a eso de las nueve de la mañana, cuando sus amigos llegan después de una noche que no fue tan propicia como creyeron, con una sonrisa sarcástica Alfredo se coloca en el camino de Casino, quien se presta a levantar de lo que todavía no disfruta.
—No te apures, yo ya me la caché.
—¿Qué te cachaste qué?
—A Liz, en esta misma sala, al rayar el alba.
—¿A-a-a-a Liz? —insiste Casino, desdibujándose su rostro.
—¡Sí! No es que precisamente yo lo haya buscado, pero las cosas se dieron. Espero que no te importe.
—No-no importa, ¡es una puta! —responde Casino, disimulando la desazón. 


—En realidad sí le importó —participa Rodrigo— y en lo que quedó del día no lo pudo ocultar.
—¿Qué te costó quedarte callado? —le recrimina Coco.
—Es que no sé, de repente sentí la necesidad de contárselo y...
—¡Me lo hubieras contado a Coco o a mí, pero no a quien le podía afectar! ¿Acaso no tienes criterio?
—Pensé que para Casino, Liz era una golfa y no le iba a importar.
—Liz podía ser una golfa, huevón, pero era ‘la’ golfa de Casino y tú se la quitaste —rezonga Coco—, nos hiciste quedar hasta el culo con un pata buena gente que nos acogió en su casa con la mejor voluntad.
—Déjame aclarar que Liz no es una golfa. La conocí un poco más y descubrí una muchacha sensible que busca un poco de cariño, nada más.
—Y de buenas a primera se abrió contigo de piernas. ¡Es una cachera de mierda, huevón! —sentencia Rodrigo.
—Y tu segunda falta, no sé si más grave, fue no darte cuenta que Liz realmente quería tirar con Casino. 
—Liz podía querer con Casino, pero al final si tiró con alguien, ¡fue conmigo!
—Pero ella estaba ilusionada con Casino —insiste Coco—. Ella quiso estar con él apenas llegó y tú no los dejaste.
—Es que ¡carajo!, fue un polvo maravilloso. Estoy seguro que ustedes también habrían buscado la oportunidad de tirarse otro.
—Ella ya no quería contigo, huevón.
—¡Claro que sí! ¡Ella al final me eligió a mí!
—No; esa una mentira que quieres creer para sentirte bien contigo mismo.
—¿Qué habrían hecho ustedes en mi lugar?
—Cualquier cosa, menos insistir hasta caer pesado —se inmiscuye Rodrigo—. Saber retirarse a tiempo es a veces más honorable. ¿Todavía no te das cuenta de que has quedado hasta el culo?
—De ahí que durante toda la mañana Mónica te tratase como una basura. Para ella tú fuiste el abusador de la borrachera de su amiga y por tu culpa ella ahora es infeliz pues impediste que su relación con Casino se hiciera verdad.
—Las mujeres no son tan ingenuas. A leguas se veía que esa relación era sólo por el fin de semana.
—Las mujeres se engañan solas y son felices así —filosofa Coco—. Mónica cree que lo nuestro es serio y seguro lo va a seguir creyendo hasta que se percate que nunca más va a volver a saber de mí. ¿Qué sabor dejó en ti la hora de la despedida?...


            Alfredo no había pensado en eso. Hace un par de horas se encontraban cerca al mercado de Pacás. Entre la suciedad, los mendigos y los vendedores ambulantes, se apiñan los transportes interprovinciales y los jaladores llaman a los pasajeros que viajan con destino al norte, al sur y a la sierra. Paola fue la primera que tras un seco “¡adiós!” abordó uno de los buses que partía para Chicote.
—Se va y nos deja la duda si era o no era lesbiana —le susurra Rodrigo a Coco.
—Adiós y gracias por todo —se despide Patricia, dispuesta a abordar después de su amiga—. Si alguna vez van a Chicote, no duden en visitarnos. Espero que vayas tú, piernas ‘gordas’ —le dice a Alfredo con una pícara sonrisa.
—Prométeme que me escribirás, ‘bebé’ —se despide Mónica de Coco, tras besar sus labios.
—Escríbeme tú primero. Tienes mi dirección.
—No sonrías mucho, papito —le dice a Alfredo cuando se despide de él—. Nunca fuiste y nunca serás.
—No te comprendo —intenta refutar, pero ella le da la espalda y lo ignora.
—No creo que te pueda olvidar y espero que no te lleves una imagen cursi de mí. Quiero que te cuides y te mantengas sano y fuerte. Espero muy pronto volver a dormir contigo —termina diciendo Mónica en un último abrazo, tomando su equipaje, presta a subir al bus.
Un poco más alejados, Liz y Casino se despiden, mas no con la ternura que ella hubiese querido.
—¿No me besas ni me abrazas?
—No pierdas el tiempo —le dice tras besarla y abrazarla casi por compromiso—Puedes perder el bus.
—Por favor, no me olvides. Yo nunca me olvidaré de ti.
—Yo tampoco olvidaré lo que pasó. Ahora sube.
Tragándose el mal momento, Liz se despide de Coco y Rodrigo. Cuando le llega el turno a Alfredo, intenta ser más cariñoso que Casino.
—Nunca te olvidaré —dice él con un abrazo sincero.
—Lo sé. Es imposible que me puedas olvidar.


            Minutos más tarde el bus parte del improvisado paradero y toma dirección hacia la carretera del norte. Quienes se quedan se dirigen a los buses que parten hacia el sur.
—Allí está nuestro carro —le dice Rodrigo estrechando la mano de Casino—, muchas gracias por todo. Gracias por salvarnos la Semana Santa.
—De nada, amigos. Ya saben que aquí en Pacás tienen una casa.
—Nunca olvidaré tu gesto, amigo —le dice Coco abrazando a Casino—. Nos volveremos a encontrar.
—Cuando quieras, Coquito —retribuye el abrazo de buena gana.
—Espero que no me guardes resentimientos —dice Alfredo a su turno—, creo que al final te debo una disculpa.
—No te preocupes, esas chicas son unas perras y yo no me peleo por perras. Ten suerte y buen viaje. 
Los tres amigos suben al carro y se instalan en los asientos de atrás. Alfredo se queda taciturno. Sabe que a pesar de las palabras de Casino, él se ha quedado con un sinsabor por culpa suya.
—Yo que tú jamás me aparezco por Pacás y menos con una hembrita porque Casino va a querer cobrarse la revancha —le dice Coco.


Kilómetros más adelante y el bus llega a la ciudad. Apenas se abren las puertas, todos los pasajeros bajan en tropel. Son exactamente las cinco de la tarde.
—¡Qué bus de mierda! —se queja Rodrigo, sobándose la espalda.
—Tomemos un solo taxi que nos vaya dejando uno por uno en nuestras casas —propone Coco.
Los tres regatean la tarifa con el chofer de un viejo Hillman y luego se suben al vehículo. Mientras van por la avenida Mediterránea, el conductor sintoniza Radio Noticias que transmite los minutos finales del partido entre el Tres Coronas y el Unión Fierro. 
—Sólo con pensar que mañana comienzan las clases ya me siento cansado —se queja Coco, pegando un largo bostezo.
—Dinos Alfredo —observa Rodrigo— ¿en qué vas a gastar el billete de cincuenta que nunca perdiste?
—¿De qué hablas?
—Del billete de cincuenta que sacaste al momento de pagar tu pasaje.
—¡Hijo de puta! ¡Lo tenías todo planeado! —exclama Coco volteando desde el asiento delantero— Hoy es domingo, anda a la iglesia, arrepiéntete de tus pecados...
—¡No te arrepientes de ni mierda! —finaliza Rodrigo— Hoy acaban las vacaciones y todo queda atrás. A partir de mañana todo va a ser diferente.

—Eso mañana se verá, amigos —reflexiona Alfredo un poco antes de escuchar que el árbitro pita el final del partido—. Por lo pronto el Tres Coronas ha ganado cuatro a uno. Las cosas comienzan bien...

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