viernes, 27 de marzo de 2015

el perro cojuelo


           Pensaron levantarse temprano. Abrieron los ojos a las diez de la mañana y todavía con ganas de seguir durmiendo. El calor en la habitación se agudiza conforme el día avanza, provocando que Rodrigo y Alfredo emanen hedores mezcla de sudor y alcohol. En la radio, antes de cada canción, se escucha la cuña preparada con la voz del locutor Iván Mercado: “Semana Santa en Radio Panagra, música para reflexionar”. Ahora le toca el turna al ‘Puma’ José Luis Rodríguez con: “Cristo te ama en espíritu y verdad, búscalo, búscalo...”
            —¿No hay otra emisora para escuchar? —pregunta Rodrigo aburrido.
            —He movido el dial por toda la banda. Sólo se escucha Panagra, Radio Noticias y una en AM que transmite el rezo del Santo Rosario y el Sermón de las Tres Horas... ¡Elige!
            —¡Pueblo de mierda! Yo no entiendo por qué la programación de radios y televisoras son tan depresivas en Semana Santa.
            —¿Será porque ha muerto Cristo, nuestro Señor?
            Rodrigo se da la vuelta e intenta dormir un poco más. Alfredo en cambio, se acomoda para disfrutar de las canciones las cuales considera ideales para fumar un cigarrillo, pensar, escribir o aún mejor, estar al lado de la mujer amada y escuchar sin decirse nada, compartiendo un momento de paz. Ahora la que canta es Mercedes Sosa: “Sólo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, como la pobre inocencia de la gente...”
            En el momento en que intenta enfrascarse en sus pensamientos, irrumpe Coco en compañía de Casino Galarreta, el primero con huellas de la resaca, el segundo con dos botellas de cerveza, robándoles sonidos al chocarlas entre sí.
            —Levántense, haraganes —les dice Coco— ¡La Semana Santa se nos escapa!
            —Y para cortar la resaca, nada mejor que tomar el mismo veneno en el desayuno —les dice el anfitrión.
            —No quiero chupar; quiero comer. ¡Me cago de hambre! —se queja Rodrigo.
            —Vístanse rápido y por allí nos empujamos un cebichito.
            —¡Tienes los pómulos hinchados! —le dice Alfredo a Casino.
            —Yo hematomas no tengo; pero me duele toda la espalda —dice Coco.
            —Yo sólo tengo un moretón en la canilla —se examina Alfredo—, supongo que de un puntazo. Espero que toda la cojudez se me quite con un duchazo.


            Abre la regadera y se queda largo rato remojando su cabeza en agua helada hasta sentir las sienes adormecerse. “¡No gastes toda el agua!”, le había sugerido Casino antes de meterse, informando que el gran problema de Pacás, enclavado en un desierto frente al mar, era la carestía del líquido elemento. Cierra la llave, se seca, se lava la boca y se viste con un short y un polo con estampado playero. Ya está listo. Casino lo espera con una botella de cerveza.
            —¡Salud! y apura para irnos a almorzar al mejor restaurante de Pacás.
            Salud y a ponerse en marcha. Caminan por las calles y sienten que el Sol no quema, arde. Al mediodía es imposible guarecerse en alguna sombra. Las primeras personas con las que se cruzan son unas ancianas vestidas con hábito, cuyo paso cansino hace pensar que cumplen con alguna penitencia. Llegan a la Plaza Mayor y se topan con un grupo de jóvenes despreocupados, vestidos con ropa de playa, libando cerveza y con la música desde sus vehículos a todo volumen. En días de juerga, ningún minuto se puede desperdiciar.
            Cruzan la plaza en dirección diagonal y llegan a La Estación, restaurante ubicado en lo que fuera la estación del ferrocarril y que en su interior guarda como ornamento varias fotografías de cuando el pueblo era un puerto próspero por la exportación de azúcar. Ingresan y toman posesión de la única mesa desocupada, sentándose en sillas de madera y mimbre. Tras varios minutos de espera, los atiende una señora gorda, ataviada con un mugriento delantal y calzando sayonaras, entregándole a Coco la única carta, una hoja de papel enmicada y redactada a máquina de escribir. Sin ninguna cortesía, pregunta qué se van a servir.          
         —Antes que nada, dos cervezas bien heladas... —pide Casino.
            —¿Por qué el pescado está tan caro? —pregunta Coco.
         —Por la oferta y la demanda —responde la señora, de repente una gurú del marketing—, el precio del pescado siempre se dispara en Semana Santa.
         —Sírvame entonces un lomo saltado.
            —Joven, no servimos carne de res en Viernes Santo.
         —Pues aquí aparece —insiste Coco señalando la carta— y yo lo que deseo es comer un lomo saltado.
            —Te lo sirvo cualquier día del año pero no hoy. Comer carne roja es pecado.
            —¡Pecado un comino! ¡Me da lomo saltado o le rompo el quiosco!
            —Querido amigo, no seas necio —le recomienda Casino—. Respeta el costumbrismo de la fecha y todos almorzaremos tranquilos.
            —Este antro no vende carne pero sí cerveza para que la gente se emborrache —observa el terco—, así que dejémonos de hipocresías y sírvanme mi lomo con muchas papas fritas y por favor sin cebolla que no quiero andar con mal aliento en la boca.
            —Mire joven, en este restaurante no servimos carne de res porque sería como comerse la carne del Señor. Si quiere carne, váyase a otra parte.
            —¡Caramba!; no sabía que Jesús tuviera cuernos y predicase la palabra con mugidos... pero no se altere, haré caso a mi amigo y cambiaré de pedido. Tráigame chicharrón de calamar con mucha mayonesa y que no se hable más. 
         Casino a su vez pide un cebiche de corvina. Rodrigo lo mismo más una salsa de pulpo y langostinos. Alfredo por el chicharrón de langostinos con mococho frito.
            —Pero por favor, las cervezas ahorita —subraya Casino.
            La señora se retira y Alfredo, tras darle una ojeada al ambiente, pregunta:
            —Miren a las cuatro chicas sentadas en esa mesa. Se rieron con el bochinche que Coco armó.
            —Es cierto, no están mirando —concede Casino.
         —¿No las conoces? —le pregunta Rodrigo.
            —No. De hecho vienen de otra ciudad.
         —Y dos de ellas están muy buenas —observa Coco.
            —La chatita también está en algo —agrega Alfredo.
            —Pero la gorda si es más fea que la ‘chancha’ Patty —sentencia Rodrigo.
            —Nada puede ser perfecto —replica Coco—, nunca falta la horrible que como nadie le hace caso, cuida que las más ricas no agarren viaje.
            —Bueno... ¿y quién es el mandado que se para y las trae?
         —Alfredo es el más mongo y por ende el más mandado —asegura Coco—. ¡Anda y consíguenos esas hembras!
            —Chúpame la pinga primero. Hagámosle señas desde aquí y seguro se acercarán las muy pendejas.
            —No pierdas tiempo —dice Rodrigo—. Tráelas antes que otros, más aventados que nosotros, se las levanten.
         —¡No jodan! Siempre soy yo. Ahora les toca mandarse a ustedes.
         —No te hagas de rogar —interviene Casino—, si las traes te pongo dos chelas.
            —Atraco si pones cuatro.
            —Tres.
            —Apúrate, huevas, no te hagas de rogar —le exige Coco.
            —¡Está bien! Otra vez volveré a ser la punta de lanza. Sólo para que Casino, quien recién me conoce, no crea que soy un engreído de porquería.
         —Apura no más, mongol de mierda —exclama Rodrigo—, y procura no fallar que tengo ganas de mojar el casco...       
            Alfredo aplaca sus nervios y se pone de pie. Con un vaso de cerveza en la mano, se acerca a la mesa de las muchachas y pasa revista a cada una de ellas. La del frente tiene cejas pobladas, cabello amarrado y una sonrisa insinuante. La de la derecha es rubia y de cabellos enmarañados. La de la izquierda es la chiquilla de piel bronceada y poco tamaño, de ojos muy pícaros. Le da la espalda la de gruesa contextura, mestiza y cuya dureza en la mirada es capaz de espantar a cualquiera.
            —Hola, disculpe que las moleste... Les cuento que ustedes cuatro son motivo de apuesta entre mis amigos y yo. Me pagan dos cervezas si adivino al menos el nombre de una de las cuatro... Si no les importa, ¿me pueden decir sus nombres?
            —Me llamo Liz —le responde la chiquilla del pelo recogido—, si le interesa a los preguntones, ella es mi hermana Patricia —asiente la rubia—, Mónica —sonríe la menuda— y Paola —la menos agraciada no siquiera lo mira—.
         —Caramba, no le chunté a ninguna. Ustedes tienen cara más de Fabiola, Giovanna, Maritza... En fin, mi nombre es Alfredo y entre las preguntas que nos hacíamos, pensábamos si era factible que ustedes nos quisieran acompañar con unas cervezas. 
            Las cuatro muchachas, sin decir una palabra, se miran entre sí. Mueven la cabeza, unas sonríen, otras permanecen inexpresivas. Parece que van a mostrar su disconformidad. Parece que no...
         —Vamos, pues... —responde Liz, quien parece la cabecilla del grupo.
            Alfredo suspira aliviado, las muchachas se levantan y él hace señas a sus amigos para que le ayuden a juntar la mesa que ellas ocupan con la de ellos. Casino se apura en recolectar las sillas. Las presentaciones de los niños con las niñas llegan al mismo tiempo que los cebiches y chicharrones.
            —¿De dónde vienen ustedes? —pregunta Casino.
         —De Chicote —le dice Liz.
            —¡Qué bonita tierra! Siempre me doy una vuelta por allá —afirma Casino.
            —Es la primera vez que venimos a Pacás —agrega Mónica—, es la primera vez que nos dejan viajar solas. Llegamos en la mañana.
            —Escuchamos que mañana va a ver una fiesta en La Estancia —comenta Liz.
            —Las fiestas en La Estancia son para viejos —asegura Casino—, ¿tienen ustedes con quién ir?
            —¡No! —responde Liz— Hemos llegado solas y pensábamos ir solas.
         —Mejor solas que mal acompañadas —dice Paola entre susurros.
         —Nosotros también estamos solos aquí en Pacás —comenta Coco—, dos grupos solos cuando se juntan se hacen compañía.
         —¿En dónde se están quedando? Si desean las puedo alojar en mi casa. Mis padres no están y la pongo a su entera disposición —ofrece Casino.
         —¡Ni hablar! —se niega Paola tajante.
         —No seas negativa, chiquita. No es mi intención, ni la de mis amigos, hacerles pasar un mal rato. Somos chicos educados y de buena familia —asegura Casino—. No se preocupen si las mordemos, estamos vacunados contra la rabia...
         —Tienen razón, Paola, no seas tan desconfiada —opina Mónica—. Estamos en un hotel de mala muerte que pagamos como si fuera de lujo, así que yo voto por hospedarnos en la casa de este chico.
            —No lo sé. Tengo mis dudas...
         —Dediquémonos mejor a conocernos un poco más. Quizá mis dos amigos —dice Casino señalando a Rodrigo y Alfredo— podrían participar en la conversación y no dejarme todo el rollo a mí solo.
         —Mi llamo Alfredo...
            —¡Qué bonito nombre! —se apura Mónica a decir.
         —Y el mío Rodrigo —dice con la boca llena—, hablo poco cuando está servido.
            Con vianda en la mesa, el hambre no perdona. Las muchachas que parecen de poco comer, piden para las cuatro una fuente de cebiche mixto y otra de arroz con mariscos que luego distribuyen salomónicamente. La charla se anima con una caja de cerveza al costado se va llenando con botellas vacías. Casino vuelve a insistir que las cuatro muchachas se hospeden en su casa.
         —¿Tienes agua caliente? —pregunta Liz.
         —No. Mis padres siempre desconectan la terma en verano.
         —¿Y camas suficientes para todas? —pregunta Mónica.
            —Para las cuatro. Mis amigos, como buenos aventureros, se pueden acomodar en cualquier parte.
         —¿Y todos los cuartos tienen televisor? —pregunta Patricia.
            —Y betamax. Tengo películas de Sylvester Stallone y de Ginger Lynn.
         —¿Y se van a portar bien con nosotras? —pregunta Paola.
         —Como su anfitrión estoy obligado de que nada deshonroso les suceda en mi casa. Como caballero medieval he de velar por su seguridad.
         —¡Qué romántico eres! —dice Liz más animada— Bueno, chiquillas, ¿qué opinan?
         —No sé. Todavía no me convenzo.
            “Anímate y no la cagues, fea de mierda”, piensa Alfredo, pero manifiesta otra cosa.
         —Me aúno a la intención de Casino por hacer de su estadía en Pacás segura y agradable. Nadie hará nada que no desee realmente.
            —Justo de eso tengo miedo, patán.
         —Moriría primero antes de no cumplir con tu voluntad —asegura Alfredo, haciendo el ademán de tomar la mano de Paola e inclinarse para besarla.
         —¡No se diga más! —manifiesta Mónica, dirigiéndole una pícara mirada al engatusador— Nos ponemos bajo su protección.
            Declaración de que la mesa aunque vacía se muestra ‘servida’. Alfredo sonríe al saberse no indiferente a esa chiquilla, no preciosa como las dos hermanas, pero bastante agradable. Si no mete la pata, tiene asegurada la compañía femenina en esta Semana Santa, lejos de los fantasmas de Leticia y de Caludia.
            Toda la cuenta es dividida entre los cuatro amigos y Paola, reacia a aceptar que alguien pague su consumo. Los ocho se levantan y salen del restaurante. Sin perder tiempo, Alfredo se coloca al lado de Mónica, dispuesto a defender de los chacales lo alcanzado hasta ese momento. No es el único. Casino monopoliza la atención de Liz y conversan sin participar en la conversación de los demás. A Coco y a Rodrigo les queda bregar por el interés de Patricia, seguro la más agraciada y que a pesar no le es indiferente la compañía de los chicos, hay en ella algo distante, una barrera, que la hace inaccesible.
            A falta de taxis en las calles, caminan unas cuadras y llegan a la zona baja de Pacás, conocida como el ‘enclave obrero’. La mayoría de sus habitantes labora en la planta conservera de pescado, a punto de quebrar, al igual que sus instalaciones oxidadas. Llegan al hotel donde se hospedan las cuatro muchachas, un edificio malaspectoso de cinco pisos. Empujan la puerta y suben por unas escaleras angostas y empinadas al segundo nivel. Llegan a la recepción, cuyo suelo de madera huele a querosene. La administradora les sale al encuentro.
         —Este hotel no acepta ‘visitas’ a las habitaciones —les advierte en un inesperado arrebato de moralidad—. Como estamos limpiando el lobby, rogaría a los caballeros que aguarden en la calle.
         —Señora, venimos a recoger nuestras cosas —la encara Liz—. Díganos cuánto le debemos por las horas que nos albergó.
            —El día de hoy me lo pagan completo —exclama la administradora, anotando la tarifa en una boleta—. Por favor, desalojen rápido la habitación que tenemos muchos turistas merodeando.
            “¡Vieja puta!”, piensan los cuatro mientras ven a las muchachas subir y veinte minutos después bajar con sus cosas. Mónica lanza su maletín a la acera y faltando dos peldaños para bajar las escaleras, cierra los ojos y estirando los brazos, dice: 
            —Esto de empacar y desempacar me marea. ¡Qué cansada estoy! Alfredo, cógeme.
            Sin decir más, la muchacha abalanza su pequeño cuerpecillo al vacío, con destino a un Alfredo sorprendido que, con no poca torpeza y mucha alegría, toma a la muchacha, ante los ojos envidiosos de Rodrigo y Coco.
            —Parece que se le hizo a este baboso —comenta uno.
            —Mientras no se la agarre, que no cante victoria —afirma el otro.


            Rumbo a la casa de Casino, el grupo vuelve a pasar por la Plaza Mayor donde dos bandos muy heterogéneos se dividen el lugar. A un lado los jóvenes licenciosos, quienes beben, manosean a sus mujeres, profieren groserías y escuchan canciones pesadas como Hell Ain’t a Bad Place to Be de AC/DC. En el otro extremo, se ven a personas de distintas edades, fieles feligreses que sacan en andas a la imagen del Señor que murió en la cruz.
            —¡Vamos a ver la procesión! —dice Patricia, tomando la mano de Paola, dirigiéndose hacia los devotos.
            —Ya que estamos acá —dice Casino—, déjenme mostrarles algo que no verán en ninguna parte del país y acaso del mundo.
            Casino deja la maleta de Liz en la acera y se acerca a las áreas verdes de la plaza. Sin hacer caso del letrero que pide no pisar el césped, toma las hojas de unos pequeños arbustos y se los lleva a los demás.
            —¿La reconocen?
            —Es cannabis —deduce Rodrigo sin inmutarse.
            —Por supuesto, marihuana, sembrada en todos los rincones de la plaza. Frente al ayuntamiento, la comisaría, la iglesia, frente a la escuela y la posta médica. No creo que ningún otro pueblo, ni siquiera Jamaica, exista otra plaza igual
            —Milagros del olvido y la decadencia —puntualiza Alfredo.
            —¿Y desde cuándo permiten sembrar marihuana en la plaza? —se interesa Mónica.
            —No está permitido. Salvo los jóvenes, nadie menciona su presencia. Para los mayores se trata de una hierba cualquiera. El primer retoño lo sembró un gringo hippie cuando huyó de San Francisco, quien enamorado de nuestras playas se quedó por acá. Murió hace mucho pero su cultivo se extendió como malahierba por todo el lugar. ¿Quieren probarla?
            —¡Ni locas! —menciona Liz hablando por todas— Esas cosas atrofian el cerebro y no vamos a caer en la tentación de probarla en Semana Santa.
            —Esta hierba necesita secarse para consumirla —les informa Casino, tirando las hojas al suelo—. No se preocupen, en mi casa habrá cerveza en vez de marihuana.
            —Vamos, Casino, rápido a tu casa que me meo —apura Coco.
            —No podemos irnos sin Paola ni Patricia... —dice Liz.
            —Voy a pasarles la voz —se ofrece Mónica—. ¿Me acompañas, Alfredo? Estoy en el primer año de Antropología y estas manifestaciones populares me fascinan.
            “Es universitaria —piensa—, debe llevarme uno o dos años de diferencia y... también de experiencia”.
            Abriéndose paso entre la muchedumbre, Mónica intenta ubicar a sus amigas, algo que le resulta difícil por su menuda estatura.
            —¿Consigues divisarlas?      
            —Están adelante —responde Alfredo tras empinarse y estirar el cogote.
            La pareja pide permiso y avanza, excusándose cada que pisan o le impiden a alguien observar la procesión. Con mucha dificultad consiguen llegar hasta ellas y Alfredo tiene que arrodillarse cuando alguien de la multitud le grita: “¡Qué se agache ese muchacho con cara de ganso!” Al levantar la mirada se percata que hay lágrimas en el rostro de Paola.
            —¿Qué te pasa? —le pregunta Mónica.
            —¿Es que no lo ves?
            —¿No veo qué?
            —Que ha muerto nuestro Señor.
            —Sí, amiga, nuestro Señor siempre se muere por estas épocas —le dice Patricia—. Pero todos sabemos que en tres días volverá a resucitar.
            —Resucitó mientras estuvo presente en nuestros corazones, pero ahora ya no lo está, lo hemos arranchado de allí. ¿Acaso eres ciega? ¿Qué observas allá en la otra esquina?
            Alfredo y las dos chicas miran al grupo de juergueros que cantan abrazados Highway to Hell. Una botella de cerveza rueda y moja el pavimento por donde la procesión va a pasar.
            —Nos hemos convertido en la misma chusma que lo hizo crucificar. El Señor hoy está más muerto que nunca. Ya nadie quiere tomarlo en cuenta. Es una burla llamarnos cristianos y darle la espalda cuando debemos adorarlo.
            —No seas melodramática, Paola —le dice Mónica—. Jesús está allá arriba y vela por nosotros. Para adorarlo no necesitamos de una fecha en el calendario.
            —¿Y acaso nos acordamos de él cualquier día del año?
            —¿Y qué quieres? Si tu deseo era guardar en estas fiestas, te hubieras quedado en casa rezando el rosario. Si salimos de viaje es para dispersarnos un poco. Dios está bien y nosotras procuraremos también pasarla bien. Ahora vamos que nos están esperando.
            —Un momento tan solo. El Señor está pasando delante de nosotros...
            Alfredo, quien ha permanecido de espaldas a la procesión, gira para fijarse en la sagrada imagen, pintada en un lienzo púrpura. Su cuerpo, apenas cubierto en sus partes púdicas, luce lánguido y con una tonalidad amarillenta que sobrecoge al verlo de cerca. La corona de espinas provoca que gruesas gotas de sangre recorran sus sienes y se deslicen por su barba. Su mirada desolada expresa mucho dolor, no se sabe si por la sed o porque comprueba in situ que los hombres no saben lo que hacen.
            Repuesto de la impresión, Alfredo se dispone, como si se tratara de Moisés, a abrirse paso entre la multitud y llegar hasta sus amigos quienes aguardan impacientes en el centro de la plaza.


            A golpe de seis de la tarde, cuando el cielo de Pacás se torna más naranja que en otros lares, las cuatro huéspedes terminan de instalarse en la habitación de uno de los hermanos de Casino. Paola y Patricia compartirían la cama, Liz y Mónica una cama plegable. A las siete de la noche, Casino, Liz, Alfredo y Mónica recorren con el control remoto del televisor los dos únicos canales que se ven en el pueblo. Uno transmite Ben-Hur de Wyler, el otro Fratello Sole, Sorella Luna de Zeffirelli. Patricia y Paola aparentemente duermen, Coco y Rodrigo también. A las ocho, los dos últimos se asoman por la sala. Como no tienen pareja, Casino saca tres billetes de su bolsillo y les pide que vayan a comprar una caja de cerveza. A las nueve habían vaciado cinco botellas y se les había unido Patricia. Paola se quedó en el cuarto excusándose sentirse indispuesta. Radio Panagra sigue pasando por Semana Santa “música para reflexionar”.
            —¿No pueden poner música más alegre? —exige Mónica.
            Casino enciende el tocadiscos y mientras gira, se pone a buscar entre los vinilos de cumbias y guarachas de sus padres, duda entre el De toque a toque de Ruli Rendo, Disco Samba de Two Man Sound, Stars on 45 y al final se inclina por el Bad Girls de Donna Summer. Alfredo saca a Mónica a bailar, pero a ella no parece agradarle idea. Se mueve sin mucha convicción. La moda de la música disco es cosa del pasado.    
            —¿Viste la película Jesucristo Superstar? —le pregunta Alfredo.
            —¡No!
            —¿Al menos has escuchado las canciones?
            —¡No!
            —Antes de que Casino pusiera el disco, la canción que sonaba en la radio era Yo no sé cómo amarlo, Ángela Carrasco la canta en nuestro idioma. Habla sobre María Magdalena quien no sabe cómo expresar su amor, si de manera pía o carnal, por Cristo, y eso le produce una mezcla de angustia y felicidad.
            —¡Mmmmm!...
            Alfredo no lo nota pero a Mónica poco le interesan las óperas-rock o la pasión de Magdalena por el hijo de Dios. Lo único que desea en ese momento es escuchar a alguien que le cuente algo divertido, algo banal que le alegre la velada y su galán de turno carece de las palabras para conseguirlo. Hablar de temas cultosos en momentos como ese resulta soporífero.
            —¿No hay más cerveza en tu vaso? Déjame servirte un poco más...
            Sin molestarse en mirarlo, Mónica estira el vaso y por fin Alfredo nota que el interés inicial de Mónica hacia él se está congelando. Vierte, con mucha torpeza, el contenido de la botella en el vaso, obligando que la espuma se desborde.
            —¡Fíjate en lo que haces! —exclama la chica fastidiada.
            —Esas torpezas son normales en Alfredo —se inmiscuye Coco, quien como buitre aguarda el momento de atacar—. En un cuaderno llevo anotadas muchas de sus ‘hazañas’, algunas son de antología...
            —¡Cómo se te ocurre darme el vaso sin siquiera haberlo secado! —continúa ella mortificada, ejecutando una estocada directa en Alfredo, quien termina atolondrándose y derrumbándose en un sillón. Las ganas de afanar o participar en la conversación se le esfuman.
            —...Yo creo en Cristo —le dice Casino a Liz a un costado de Alfredo—. Si en esta Semana Santa apareciste tú en mi camino, es por un designio divino.
            —No seas florero. A cuántas les dirás lo mismo.
            —No todas las Semanas Santas se aparece un ángel como tú.
            —No te acerques tanto...
            —¿Por qué?
            —Porque es peligroso...
            —Soy inofensivo.
            —Eres pecaminoso.
            —Cristo es mi testigo...
            —Todos ellos también. Nos pueden ver.
            —Cierra los ojos y a ellos no los verás más...
            Ver a Casino besar la boca de Liz llena a los tres amigos de envidia. Patricia, molesta porque su hermana haya bajado la retaguardia, corta en seco la conversación que venía sosteniendo con Rodrigo y se retira a ver a Paola.
            —Liz, no te demores mucho. Es tarde y hay que dormir —le dice su hermana antes de desaparecer de la escena.
            —¿Tarde? Pero todavía no son ni las diez —comenta Rodrigo en un intento infructuoso por retener a Patricia, quien sube las escaleras sin responder.
            Animado por la pasión que derrochan los besos de Liz y Casino, Alfredo apura de un solo trago lo que queda de cerveza en su vaso y con nuevos bríos intenta de nuevo abordar a Mónica.  
            —...Falta un par de horas para la medianoche. Pronto las radios pondrán música más moderna para bailar.
            —¡Sí! —responde cortante la muchacha quien, sin mirar a Alfredo, se pone de pie y se acerca a Coco, quien le había hecho señas para que se acerque. Éste le hace un comentario al oído y ella estalla en carcajadas.
            “¡Hijo de puta, ya me atrasaste!”, se lamenta Alfredo y se siente fatal. “Maldita Leticia, maldita Caludia, ya pueden reírse de mí”.
            —¡Se acabó la cerveza! —anuncia Rodrigo al que no le queda más que ponerse a beber.
            —Yo puse la primera caja —resalta Casino—, espero que mis huéspedes devuelvan la cortesía.
            —Entre Coco, Alfredo y yo hacemos la chancha para una caja... El problema es dónde la vamos a comprar.
            —La bodega de la esquina debe seguir abierta —asegura el lugareño.
            —La primera caja fuimos a comprarla Coco y yo —enfatiza Rodrigo—, ahora les toca ir a ustedes...
            No hay más por discutir. Tras juntar el monto, Casino toma la caja con doce botellas vacías y con una seña le indica a Alfredo a ponerse en camino. Salen a la calle y un viento helado los sacude. “Es el otoño que mata al verano”, piensa el dolido, tomando la caja por una de las asas y enrumbando hacia la bodega.
            —¡Maldita sea, está cerrada! —exclama Casino mirando su reloj— Sería un milagro encontrar a esta hora un huarique abierto en Viernes Santo. Sin embargo, vamos a la plaza, a la bodega de don Juan. Ese viejo en el único Dios que cree es en el dinero.           
            Ambos cargan la caja como si de un ataúd se tratara y caminan calle arriba, apenas iluminada por los faroles y la poca luz de luna llena que escapa de los gruesos nubarrones.
            —No se ve ni un alma en las calles —señala Alfredo.
            —Todos se han ido a Pacharra, allá está el movimiento. Pacás es una tumba que asusta. Ojalá mañana se arregle con la fiesta en La Estancia...
            Siguen caminando. No se percatan que de la oscuridad un perro chusco, de negro pelaje, en cuya sangre se cruzan todas las razas, los sigue por detrás con mucha dificultad.
            —¿Y ese perro?
            —Como tantos en Pacás. No tienen dueño y deambulan por las calles, viviendo para comer y aparearse, hasta que mueren de rabia o atropellados por algún conductor borracho.
           —Éste se salvó de la muerte y cojea. Una de sus patas traseras le cuelga inutilizada.
           —¿Nos sigue todavía?
           —Guarda su distancia. Parece que la calle le ha enseñado a desconfiar de los humanos.
          —Pobrecito. Si nos sigue hasta la bodega de don Juan, haremos nuestro acto misericordioso. Compraremos bizcochos para el desayuno y le arrojaremos un par...
            —Luce tan esquelético que parece no haber comido en días...
            —Así como tú.
            —¿A qué te refieres?
            —Por la forma como intentas abordar a la chata, se te nota angustiado...
            —¡Eso no es cierto!
            —Entonces intenta acercarte más sereno. Mira, estas cojudas han llegado a Pacás en busca de pinga y tienen la posibilidad de elegir entre cuatro. Debes tener en cuenta que son las mujeres quienes deciden con quien se acuestan y no al revés. Si se hacen un poco las ‘difíciles’ es porque así son las reglas del juego, las que ingenuamente nos hacen creer que somos ‘conquistadores’ cuando ellas de antemano han decidido cuándo y cómo hacerlo. Mónica, desde el almuerzo te ha dado bastante ‘entrada’, pero todavía te falta para que te la puedas agarrar. Tranquilízate y demuéstrale que ahora que se conocen un poco más, tú eres su hombre para divertirla y hacerla gozar en esta Semana Santa. 


            Casino y Alfredo llegan hasta la bodega de don Juan y ambos exclaman “¡Mierda!” al unísono al encontrarla cerrada. Pegan la vuelta y la desazón se desvanece cuando se percatan que el perrito, fielmente, todavía los sigue, mirándolos con una mezcla de tristeza y dulzura.
            —¡Mira! —se alegra Casino— Allí está la bodega del chino Chung y se ve la luz prendida, vamos a tocar.
            Transcurren dos-tres-cuatro minutos y nadie los atiende. Alfredo se desanima pero Casino sigue tocando con insistencia. Por fin, una luz del segundo piso se enciende y un asiático entrado en años, se asoma por la ventana.
            —¿Qué desean? —pregunta con voz dormilona.
            —Don Chung, disculpe la molestia. Estamos celebrando mi cumpleaños y nos hemos quedado sin cerveza. ¿Nos podría vender una cajita, cigarritos y una bolsa de bizcochitos para el desayuno de mañana?
            —Estas no ser horas de atención. Mañana abro ocho de la mañana.
            —Don Chung, hablemos como cristianos, véndanos la mercadería con un veinte por ciento de recargo por la molestia y que no se hable más del asunto.
            —Ni por el cuarenta por ciento, muchachos... Quizá por el cincuenta.
            —Don Chung, los bizcochos son para mi perro —interviene Alfredo señalando al quiltro que los sigue—, está cojito, está famélico. No permita que el pobre pase hambre esta noche.
            El perrito levanta la cabeza y a pesar de la obscuridad el chino puede percibir la pena que transmite su mirar. Sin soportarlo más, se retira de la ventana e instantes después se escucha el rechinar de sus sayonaras descendiendo por las escaleras y pueden ver de cerca su rostro amarillento y poblado de vellos hirsutos cuando abre la ventanita de rejas.
            —Tengo bizcochos, tengo cigarrillos, cerveza no. Turistas chupar mucho en Semana Santa, como si el mundo se fuera a acabar. Agotaron mi guarnición.
            —Véndame entonces las dos botellas de pisco De los Reyes que tiene allí, dos cajetillas de Winston y una bolsa de bizcochos...
            Despachado el pedido, los muchachos se despiden de don Chung y prosiguen su camino. Alfredo abre la bolsa de bizcochos y le arroja uno al can que aún conserva la agilidad de atraparlo en el aire, mas no lo devora, sigue trotando detrás de ellos, llevándolo bien aferrado en los colmillos.
            —¡Puta madre!, ahora nos va a seguir hasta mi casa y yo no voy a tener corazón para botarlo.
            —Dame otro bizcocho. Es comida y como no tiene dos hocicos, se va a detener por los dos —argumenta Alfredo lanzándole otro bocado, pero esta vez el perro ignora el regalo y sigue igual de campante—. Mala suerte, creo que tendrás que adoptarlo.
            —Si llegando a la casa no se desvía, tendremos que correrlo a piedrazos.
            A falta de dos cuadras para llegar al domicilio de Casino, el perro se adelanta a los muchachos con una velocidad insospechada, no propia de un animal con una pata inútil y se mete en una casa cuyas puertas están abiertas de par en par, iluminando la calle con la luz que sale de su interior.
            —El perro ya encontró casa, ¡problema resuelto! Vámonos antes de que lo boten a palazos.
            —Eso me parece bastante cruel —le contradice Alfredo, dejando la caja y asomándose por la puerta de la casa. Se sorprende cuando se topa con varias personas de rostro compungido, algunas sentadas, otras de pie, bebiendo anisado o café. Nota en el fondo a una mujer entrada en años, recibiendo condolencias de parientes, vecinos y amigos. Se adentra en busca del perro rengo y no lo encuentra. Levanta la mirada y siente un vuelco en su interior cuando ve un féretro frente a él, rodeado de cuatro cirios y una muleta apoyada en el pedestal. 
            —¿Usted conocía al Cojo Dimas? —le dice un hombre anciano y obeso, haciéndolo palidecer cuando siente el contacto de sus dedos callosos sobre su hombro— Era un maleante, pero buen vecino. La policía lo cogió a balazos ayer en el huerto de Getsemaní.
            —Dígame si puede ser cristiano acribillar a alguien cuando iba a recolectar flores para la última cena con su madre —se queja otro vecino.
            —¡Malditos! —interviene otro conocido— El Cojo ya había cambiado de vida. Lo mataron por un ajuste de cuentas. ¡Mafiosos con placa!
            —¿Y el perro? —inquiere Alfredo.
            —¿Qué perro?
            —¡Santa semana!; ese perro podría ser...
            —¡Apura que se nos hace tarde! —le corta Casino cogiéndolo del brazo.
            —¿No comprendes? Ese perro era...
            —Aquí en Pacás ocurren esas cosas. Realismo mágico García Márquez le llama. Por cada alma en pena no nos podemos detener.
            —Acaso ese perro era...
            —Parece que sí o tal vez no. Déjalo ahí o perderás la razón.
            —Pero, ¿por qué nos ha traído a su casa?
            —Él no nos ha traído, nosotros nos cruzamos en su camino cuando salió a despedirse de su barrio, antes de marcharse en definitiva.
            —¿Tú crees?
            —No importa lo que yo crea. Vámonos porque la gente ya nos empieza a mirar mal. Nadie aquí es muy ‘santo’ que digamos.
            Alfredo comprueba que lo que afirma Casino es cierto. Donde pone la mirada encuentra sujetos hostiles, así que reprime el deseo morboso de acercarse al ataúd para ver el rostro del difunto y da media vuelta, no sin antes depositar una de las botellas de pisco en las manos del primero que le dirigió la palabra. “Sin la ayuda del difunto no la hubiéramos conseguido”. Ya en la calle, echan una veloz carrera hasta la casa, la caja con botellas vacías la dejan en el patio y al ingresar a la sala, notan que una nube viscosa de humo de cigarrillo impregna todo el ambiente y es Rodrigo quien emerge de ella. 
            —¿A dónde fueron a comprar? ¿A Pacharra? ¡Se han demorado un huevo!     
            El reloj de pared, al costado de la chimenea, marca la medianoche más quince minutos y Radio Panagra ha retomado su programación habitual. Se escucha la pegajosa Devil Inside de INXS. Casino no da explicaciones. Sediento más de la boca de Liz que de alcohol, se abalanza sobre ella en el sofá. Alfredo busca a Mónica y una gran desazón le invade cuando la ve en un rincón, jadeando excitada, dejando que Coco le descubra y mordisquee sus hombros.
            —¿Sólo les alcanzó para una miserable botella de pisco? —se queja Rodrigo.
            —Chupa y no lloriquees —responde sin ánimos de nada. Destapa la botella y toma del pico un trago largo y más amargo que de costumbre. Una lágrima furiosa amenaza con escapar de sus retinas.
            “¡Puta madre, otra vez me tocó perder!”

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