Pensaron levantarse temprano.
Abrieron los ojos a las diez de la mañana y todavía con ganas de seguir
durmiendo. El calor en la habitación se agudiza conforme el día avanza,
provocando que Rodrigo y Alfredo emanen hedores mezcla de sudor y alcohol. En
la radio, antes de cada canción, se escucha la cuña preparada con la voz del
locutor Iván Mercado: “Semana Santa en Radio Panagra, música para reflexionar”.
Ahora le toca el turna al ‘Puma’ José Luis Rodríguez con: “Cristo te ama en
espíritu y verdad, búscalo, búscalo...”
—¿No
hay otra emisora para escuchar? —pregunta Rodrigo aburrido.
—He
movido el dial por toda la banda. Sólo se escucha Panagra, Radio Noticias y una
en AM que transmite el rezo del Santo Rosario y el Sermón de las Tres Horas...
¡Elige!
—¡Pueblo
de mierda! Yo no entiendo por qué la programación de radios y televisoras son
tan depresivas en Semana Santa.
—¿Será
porque ha muerto Cristo, nuestro Señor?
Rodrigo
se da la vuelta e intenta dormir un poco más. Alfredo en cambio, se acomoda
para disfrutar de las canciones las cuales considera ideales para fumar un
cigarrillo, pensar, escribir o aún mejor, estar al lado de la mujer amada y
escuchar sin decirse nada, compartiendo un momento de paz. Ahora la que canta
es Mercedes Sosa: “Sólo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es
un monstruo grande y pisa fuerte, como la pobre inocencia de la gente...”
En
el momento en que intenta enfrascarse en sus pensamientos, irrumpe Coco en
compañía de Casino Galarreta, el primero con huellas de la resaca, el segundo
con dos botellas de cerveza, robándoles sonidos al chocarlas entre sí.
—Levántense,
haraganes —les dice Coco— ¡La Semana Santa se nos escapa!
—Y
para cortar la resaca, nada mejor que tomar el mismo veneno en el desayuno —les
dice el anfitrión.
—No
quiero chupar; quiero comer. ¡Me cago de hambre! —se queja Rodrigo.
—Vístanse rápido y por allí nos
empujamos un cebichito.
—¡Tienes
los pómulos hinchados! —le dice Alfredo a Casino.
—Yo
hematomas no tengo; pero me duele toda la espalda —dice Coco.
—Yo
sólo tengo un moretón en la canilla —se examina Alfredo—, supongo que de un
puntazo. Espero que toda la cojudez se me quite con un duchazo.
Abre
la regadera y se queda largo rato remojando su cabeza en agua helada hasta
sentir las sienes adormecerse. “¡No gastes toda el agua!”, le había sugerido
Casino antes de meterse, informando que el gran problema de Pacás, enclavado en
un desierto frente al mar, era la carestía del líquido elemento. Cierra la
llave, se seca, se lava la boca y se viste con un short y un polo con estampado
playero. Ya está listo. Casino lo espera con una botella de cerveza.
—¡Salud!
y apura para irnos a almorzar al mejor restaurante de Pacás.
Salud
y a ponerse en marcha. Caminan por las calles y sienten que el Sol no quema,
arde. Al mediodía es imposible guarecerse en alguna sombra. Las primeras
personas con las que se cruzan son unas ancianas vestidas con hábito, cuyo paso
cansino hace pensar que cumplen con alguna penitencia. Llegan a la Plaza Mayor
y se topan con un grupo de jóvenes despreocupados, vestidos con ropa de playa,
libando cerveza y con la música desde sus vehículos a todo volumen. En días de
juerga, ningún minuto se puede desperdiciar.
Cruzan
la plaza en dirección diagonal y llegan a La Estación, restaurante ubicado en
lo que fuera la estación del ferrocarril y que en su interior guarda como
ornamento varias fotografías de cuando el pueblo era un puerto próspero por la
exportación de azúcar. Ingresan y toman posesión de la única mesa desocupada,
sentándose en sillas de madera y mimbre. Tras varios minutos de espera, los
atiende una señora gorda, ataviada con un mugriento delantal y calzando
sayonaras, entregándole a Coco la única carta, una hoja de papel enmicada y
redactada a máquina de escribir. Sin ninguna cortesía, pregunta qué se van a
servir.
—Antes que nada, dos cervezas bien
heladas... —pide Casino.
—¿Por
qué el pescado está tan caro? —pregunta Coco.
—Por la oferta y la demanda —responde
la señora, de repente una gurú del marketing—, el precio del pescado siempre se
dispara en Semana Santa.
—Sírvame entonces un lomo saltado.
—Joven,
no servimos carne de res en Viernes Santo.
—Pues aquí aparece —insiste Coco
señalando la carta— y yo lo que deseo es comer un lomo saltado.
—Te
lo sirvo cualquier día del año pero no hoy. Comer carne roja es pecado.
—¡Pecado
un comino! ¡Me da lomo saltado o le rompo el quiosco!
—Querido
amigo, no seas necio —le recomienda Casino—. Respeta el costumbrismo de la
fecha y todos almorzaremos tranquilos.
—Este
antro no vende carne pero sí cerveza para que la gente se emborrache —observa
el terco—, así que dejémonos de hipocresías y sírvanme mi lomo con muchas papas
fritas y por favor sin cebolla que no quiero andar con mal aliento en la boca.
—Mire
joven, en este restaurante no servimos carne de res porque sería como comerse
la carne del Señor. Si quiere carne, váyase a otra parte.
—¡Caramba!;
no sabía que Jesús tuviera cuernos y predicase la palabra con mugidos... pero
no se altere, haré caso a mi amigo y cambiaré de pedido. Tráigame chicharrón de
calamar con mucha mayonesa y que no se hable más.
Casino a su vez pide un cebiche de
corvina. Rodrigo lo mismo más una salsa de pulpo y langostinos. Alfredo por el
chicharrón de langostinos con mococho frito.
—Pero
por favor, las cervezas ahorita —subraya Casino.
La
señora se retira y Alfredo, tras darle una ojeada al ambiente, pregunta:
—Miren
a las cuatro chicas sentadas en esa mesa. Se rieron con el bochinche que Coco
armó.
—Es
cierto, no están mirando —concede Casino.
—¿No las conoces? —le pregunta
Rodrigo.
—No.
De hecho vienen de otra ciudad.
—Y dos de ellas están muy buenas —observa
Coco.
—La
chatita también está en algo —agrega Alfredo.
—Pero
la gorda si es más fea que la ‘chancha’ Patty —sentencia Rodrigo.
—Nada
puede ser perfecto —replica Coco—, nunca falta la horrible que como nadie le
hace caso, cuida que las más ricas no agarren viaje.
—Bueno...
¿y quién es el mandado que se para y las trae?
—Alfredo es el más mongo y por ende
el más mandado —asegura Coco—. ¡Anda y consíguenos esas hembras!
—Chúpame
la pinga primero. Hagámosle señas desde aquí y seguro se acercarán las muy
pendejas.
—No
pierdas tiempo —dice Rodrigo—. Tráelas antes que otros, más aventados que
nosotros, se las levanten.
—¡No jodan! Siempre soy yo. Ahora
les toca mandarse a ustedes.
—No te hagas de rogar —interviene
Casino—, si las traes te pongo dos chelas.
—Atraco
si pones cuatro.
—Tres.
—Apúrate,
huevas, no te hagas de rogar —le exige Coco.
—¡Está
bien! Otra vez volveré a ser la punta de lanza. Sólo para que Casino, quien
recién me conoce, no crea que soy un engreído de porquería.
—Apura no más, mongol de mierda —exclama
Rodrigo—, y procura no fallar que tengo ganas de mojar el casco...
Alfredo
aplaca sus nervios y se pone de pie. Con un vaso de cerveza en la mano, se
acerca a la mesa de las muchachas y pasa revista a cada una de ellas. La del
frente tiene cejas pobladas, cabello amarrado y una sonrisa insinuante. La de
la derecha es rubia y de cabellos enmarañados. La de la izquierda es la
chiquilla de piel bronceada y poco tamaño, de ojos muy pícaros. Le da la
espalda la de gruesa contextura, mestiza y cuya dureza en la mirada es capaz de
espantar a cualquiera.
—Hola,
disculpe que las moleste... Les cuento que ustedes cuatro son motivo de apuesta
entre mis amigos y yo. Me pagan dos cervezas si adivino al menos el nombre de
una de las cuatro... Si no les importa, ¿me pueden decir sus nombres?
—Me
llamo Liz —le responde la chiquilla del pelo recogido—, si le interesa a los
preguntones, ella es mi hermana Patricia —asiente la rubia—, Mónica —sonríe la
menuda— y Paola —la menos agraciada no siquiera lo mira—.
—Caramba, no le chunté a ninguna.
Ustedes tienen cara más de Fabiola, Giovanna, Maritza... En fin, mi nombre es
Alfredo y entre las preguntas que nos hacíamos, pensábamos si era factible que
ustedes nos quisieran acompañar con unas cervezas.
Las
cuatro muchachas, sin decir una palabra, se miran entre sí. Mueven la cabeza,
unas sonríen, otras permanecen inexpresivas. Parece que van a mostrar su
disconformidad. Parece que no...
—Vamos, pues... —responde Liz,
quien parece la cabecilla del grupo.
Alfredo
suspira aliviado, las muchachas se levantan y él hace señas a sus amigos para
que le ayuden a juntar la mesa que ellas ocupan con la de ellos. Casino se
apura en recolectar las sillas. Las presentaciones de los niños con las niñas
llegan al mismo tiempo que los cebiches y chicharrones.
—¿De
dónde vienen ustedes? —pregunta Casino.
—De Chicote —le dice Liz.
—¡Qué
bonita tierra! Siempre me doy una vuelta por allá —afirma Casino.
—Es
la primera vez que venimos a Pacás —agrega Mónica—, es la primera vez que nos
dejan viajar solas. Llegamos en la mañana.
—Escuchamos
que mañana va a ver una fiesta en La Estancia —comenta Liz.
—Las
fiestas en La Estancia son para viejos —asegura Casino—, ¿tienen ustedes con
quién ir?
—¡No!
—responde Liz— Hemos llegado solas y pensábamos ir solas.
—Mejor solas que mal acompañadas —dice
Paola entre susurros.
—Nosotros también estamos solos
aquí en Pacás —comenta Coco—, dos grupos solos cuando se juntan se hacen
compañía.
—¿En dónde se están quedando? Si
desean las puedo alojar en mi casa. Mis padres no están y la pongo a su entera
disposición —ofrece Casino.
—¡Ni hablar! —se niega Paola
tajante.
—No seas negativa, chiquita. No es
mi intención, ni la de mis amigos, hacerles pasar un mal rato. Somos chicos
educados y de buena familia —asegura Casino—. No se preocupen si las mordemos,
estamos vacunados contra la rabia...
—Tienen razón, Paola, no seas tan
desconfiada —opina Mónica—. Estamos en un hotel de mala muerte que pagamos como
si fuera de lujo, así que yo voto por hospedarnos en la casa de este chico.
—No
lo sé. Tengo mis dudas...
—Dediquémonos mejor a conocernos un
poco más. Quizá mis dos amigos —dice Casino señalando a Rodrigo y Alfredo—
podrían participar en la conversación y no dejarme todo el rollo a mí solo.
—Mi llamo Alfredo...
—¡Qué
bonito nombre! —se apura Mónica a decir.
—Y el mío Rodrigo —dice con la boca
llena—, hablo poco cuando está servido.
Con
vianda en la mesa, el hambre no perdona. Las muchachas que parecen de poco
comer, piden para las cuatro una fuente de cebiche mixto y otra de arroz con
mariscos que luego distribuyen salomónicamente. La charla se anima con una caja
de cerveza al costado se va llenando con botellas vacías. Casino vuelve a
insistir que las cuatro muchachas se hospeden en su casa.
—¿Tienes agua caliente? —pregunta
Liz.
—No. Mis padres siempre desconectan
la terma en verano.
—¿Y camas suficientes para todas? —pregunta
Mónica.
—Para
las cuatro. Mis amigos, como buenos aventureros, se pueden acomodar en
cualquier parte.
—¿Y todos los cuartos tienen
televisor? —pregunta Patricia.
—Y
betamax. Tengo películas de Sylvester Stallone y de Ginger Lynn.
—¿Y se van a portar bien con
nosotras? —pregunta Paola.
—Como su anfitrión estoy obligado
de que nada deshonroso les suceda en mi casa. Como caballero medieval he de
velar por su seguridad.
—¡Qué romántico eres! —dice Liz más
animada— Bueno, chiquillas, ¿qué opinan?
—No sé. Todavía no me convenzo.
“Anímate
y no la cagues, fea de mierda”, piensa Alfredo, pero manifiesta otra cosa.
—Me aúno a la intención de Casino
por hacer de su estadía en Pacás segura y agradable. Nadie hará nada que no
desee realmente.
—Justo
de eso tengo miedo, patán.
—Moriría primero antes de no
cumplir con tu voluntad —asegura Alfredo, haciendo el ademán de tomar la mano
de Paola e inclinarse para besarla.
—¡No se diga más! —manifiesta
Mónica, dirigiéndole una pícara mirada al engatusador— Nos ponemos bajo su
protección.
Declaración
de que la mesa aunque vacía se muestra ‘servida’. Alfredo sonríe al saberse no
indiferente a esa chiquilla, no preciosa como las dos hermanas, pero bastante
agradable. Si no mete la pata, tiene asegurada la compañía femenina en esta
Semana Santa, lejos de los fantasmas de Leticia y de Caludia.
Toda
la cuenta es dividida entre los cuatro amigos y Paola, reacia a aceptar que
alguien pague su consumo. Los ocho se levantan y salen del restaurante. Sin
perder tiempo, Alfredo se coloca al lado de Mónica, dispuesto a defender de los
chacales lo alcanzado hasta ese momento. No es el único. Casino monopoliza la
atención de Liz y conversan sin participar en la conversación de los demás. A
Coco y a Rodrigo les queda bregar por el interés de Patricia, seguro la más
agraciada y que a pesar no le es indiferente la compañía de los chicos, hay en
ella algo distante, una barrera, que la hace inaccesible.
A
falta de taxis en las calles, caminan unas cuadras y llegan a la zona baja de
Pacás, conocida como el ‘enclave obrero’. La mayoría de sus habitantes labora
en la planta conservera de pescado, a punto de quebrar, al igual que sus
instalaciones oxidadas. Llegan al hotel donde se hospedan las cuatro muchachas,
un edificio malaspectoso de cinco pisos. Empujan la puerta y suben por unas
escaleras angostas y empinadas al segundo nivel. Llegan a la recepción, cuyo
suelo de madera huele a querosene. La administradora les sale al encuentro.
—Este hotel no acepta ‘visitas’ a
las habitaciones —les advierte en un inesperado arrebato de moralidad—. Como
estamos limpiando el lobby, rogaría a los caballeros que aguarden en la calle.
—Señora, venimos a recoger nuestras
cosas —la encara Liz—. Díganos cuánto le debemos por las horas que nos albergó.
—El
día de hoy me lo pagan completo —exclama la administradora, anotando la tarifa
en una boleta—. Por favor, desalojen rápido la habitación que tenemos muchos
turistas merodeando.
“¡Vieja
puta!”, piensan los cuatro mientras ven a las muchachas subir y veinte minutos
después bajar con sus cosas. Mónica lanza su maletín a la acera y faltando dos
peldaños para bajar las escaleras, cierra los ojos y estirando los brazos,
dice:
—Esto
de empacar y desempacar me marea. ¡Qué cansada estoy! Alfredo, cógeme.
Sin
decir más, la muchacha abalanza su pequeño cuerpecillo al vacío, con destino a
un Alfredo sorprendido que, con no poca torpeza y mucha alegría, toma a la
muchacha, ante los ojos envidiosos de Rodrigo y Coco.
—Parece
que se le hizo a este baboso —comenta uno.
—Mientras
no se la agarre, que no cante victoria —afirma el otro.
Rumbo
a la casa de Casino, el grupo vuelve a pasar por la Plaza Mayor donde dos
bandos muy heterogéneos se dividen el lugar. A un lado los jóvenes licenciosos,
quienes beben, manosean a sus mujeres, profieren groserías y escuchan canciones
pesadas como Hell Ain’t a Bad Place to Be
de AC/DC. En el otro extremo, se ven a personas de distintas edades, fieles
feligreses que sacan en andas a la imagen del Señor que murió en la cruz.
—¡Vamos
a ver la procesión! —dice Patricia, tomando la mano de Paola, dirigiéndose
hacia los devotos.
—Ya
que estamos acá —dice Casino—, déjenme mostrarles algo que no verán en ninguna
parte del país y acaso del mundo.
Casino
deja la maleta de Liz en la acera y se acerca a las áreas verdes de la plaza.
Sin hacer caso del letrero que pide no pisar el césped, toma las hojas de unos
pequeños arbustos y se los lleva a los demás.
—¿La reconocen?
—Es
cannabis —deduce Rodrigo sin inmutarse.
—Por supuesto, marihuana, sembrada
en todos los rincones de la plaza. Frente al ayuntamiento, la comisaría, la
iglesia, frente a la escuela y la posta médica. No creo que ningún otro pueblo,
ni siquiera Jamaica, exista otra plaza igual
—Milagros del olvido y la
decadencia —puntualiza Alfredo.
—¿Y desde cuándo permiten sembrar
marihuana en la plaza? —se interesa Mónica.
—No está permitido. Salvo los
jóvenes, nadie menciona su presencia. Para los mayores se trata de una hierba
cualquiera. El primer retoño lo sembró un gringo hippie cuando huyó de San
Francisco, quien enamorado de nuestras playas se quedó por acá. Murió hace
mucho pero su cultivo se extendió como malahierba por todo el lugar. ¿Quieren
probarla?
—¡Ni
locas! —menciona Liz hablando por todas— Esas cosas atrofian el cerebro y no
vamos a caer en la tentación de probarla en Semana Santa.
—Esta hierba necesita secarse para
consumirla —les informa Casino, tirando las hojas al suelo—. No se preocupen,
en mi casa habrá cerveza en vez de marihuana.
—Vamos,
Casino, rápido a tu casa que me meo —apura Coco.
—No podemos irnos sin Paola ni
Patricia... —dice Liz.
—Voy
a pasarles la voz —se ofrece Mónica—. ¿Me acompañas, Alfredo? Estoy en el
primer año de Antropología y estas manifestaciones populares me fascinan.
“Es
universitaria —piensa—, debe llevarme uno o dos años de diferencia y... también
de experiencia”.
Abriéndose
paso entre la muchedumbre, Mónica intenta ubicar a sus amigas, algo que le
resulta difícil por su menuda estatura.
—¿Consigues divisarlas?
—Están
adelante —responde Alfredo tras empinarse y estirar el cogote.
La
pareja pide permiso y avanza, excusándose cada que pisan o le impiden a alguien
observar la procesión. Con mucha dificultad consiguen llegar hasta ellas y
Alfredo tiene que arrodillarse cuando alguien de la multitud le grita: “¡Qué se
agache ese muchacho con cara de ganso!” Al levantar la mirada se percata que
hay lágrimas en el rostro de Paola.
—¿Qué
te pasa? —le pregunta Mónica.
—¿Es
que no lo ves?
—¿No
veo qué?
—Que
ha muerto nuestro Señor.
—Sí,
amiga, nuestro Señor siempre se muere por estas épocas —le dice Patricia—. Pero
todos sabemos que en tres días volverá a resucitar.
—Resucitó mientras estuvo presente
en nuestros corazones, pero ahora ya no lo está, lo hemos arranchado de allí.
¿Acaso eres ciega? ¿Qué observas allá en la otra esquina?
Alfredo
y las dos chicas miran al grupo de juergueros que cantan abrazados Highway to Hell. Una botella de cerveza
rueda y moja el pavimento por donde la procesión va a pasar.
—Nos hemos convertido en la misma
chusma que lo hizo crucificar. El Señor hoy está más muerto que nunca. Ya nadie
quiere tomarlo en cuenta. Es una burla llamarnos cristianos y darle la espalda
cuando debemos adorarlo.
—No
seas melodramática, Paola —le dice Mónica—. Jesús está allá arriba y vela por
nosotros. Para adorarlo no necesitamos de una fecha en el calendario.
—¿Y
acaso nos acordamos de él cualquier día del año?
—¿Y
qué quieres? Si tu deseo era guardar en estas fiestas, te hubieras quedado en
casa rezando el rosario. Si salimos de viaje es para dispersarnos un poco. Dios
está bien y nosotras procuraremos también pasarla bien. Ahora vamos que nos
están esperando.
—Un
momento tan solo. El Señor está pasando delante de nosotros...
Alfredo,
quien ha permanecido de espaldas a la procesión, gira para fijarse en la
sagrada imagen, pintada en un lienzo púrpura. Su cuerpo, apenas cubierto en sus
partes púdicas, luce lánguido y con una tonalidad amarillenta que sobrecoge al
verlo de cerca. La corona de espinas provoca que gruesas gotas de sangre
recorran sus sienes y se deslicen por su barba. Su mirada desolada expresa
mucho dolor, no se sabe si por la sed o porque comprueba in situ que los
hombres no saben lo que hacen.
Repuesto
de la impresión, Alfredo se dispone, como si se tratara de Moisés, a abrirse
paso entre la multitud y llegar hasta sus amigos quienes aguardan impacientes
en el centro de la plaza.
A
golpe de seis de la tarde, cuando el cielo de Pacás se torna más naranja que en
otros lares, las cuatro huéspedes terminan de instalarse en la habitación de
uno de los hermanos de Casino. Paola y Patricia compartirían la cama, Liz y
Mónica una cama plegable. A las siete de la noche, Casino, Liz, Alfredo y
Mónica recorren con el control remoto del televisor los dos únicos canales que
se ven en el pueblo. Uno transmite Ben-Hur
de Wyler, el otro Fratello Sole, Sorella
Luna de Zeffirelli. Patricia y Paola aparentemente duermen, Coco y Rodrigo
también. A las ocho, los dos últimos se asoman por la sala. Como no tienen
pareja, Casino saca tres billetes de su bolsillo y les pide que vayan a comprar
una caja de cerveza. A las nueve habían vaciado cinco botellas y se les había
unido Patricia. Paola se quedó en el cuarto excusándose sentirse indispuesta.
Radio Panagra sigue pasando por Semana Santa “música para reflexionar”.
—¿No
pueden poner música más alegre? —exige Mónica.
Casino
enciende el tocadiscos y mientras gira, se pone a buscar entre los vinilos de
cumbias y guarachas de sus padres, duda entre el De toque a toque de Ruli Rendo, Disco
Samba de Two Man Sound, Stars on 45
y al final se inclina por el Bad Girls
de Donna Summer. Alfredo saca a Mónica a bailar, pero a ella no parece
agradarle idea. Se mueve sin mucha convicción. La moda de la música disco es
cosa del pasado.
—¿Viste
la película Jesucristo Superstar? —le
pregunta Alfredo.
—¡No!
—¿Al menos has escuchado las
canciones?
—¡No!
—Antes de que Casino pusiera el
disco, la canción que sonaba en la radio era Yo no sé cómo amarlo, Ángela Carrasco la canta en nuestro idioma.
Habla sobre María Magdalena quien no sabe cómo expresar su amor, si de manera
pía o carnal, por Cristo, y eso le produce una mezcla de angustia y felicidad.
—¡Mmmmm!...
Alfredo
no lo nota pero a Mónica poco le interesan las óperas-rock o la pasión de
Magdalena por el hijo de Dios. Lo único que desea en ese momento es escuchar a
alguien que le cuente algo divertido, algo banal que le alegre la velada y su
galán de turno carece de las palabras para conseguirlo. Hablar de temas
cultosos en momentos como ese resulta soporífero.
—¿No hay más cerveza en tu vaso?
Déjame servirte un poco más...
Sin
molestarse en mirarlo, Mónica estira el vaso y por fin Alfredo nota que el
interés inicial de Mónica hacia él se está congelando. Vierte, con mucha
torpeza, el contenido de la botella en el vaso, obligando que la espuma se
desborde.
—¡Fíjate
en lo que haces! —exclama la chica fastidiada.
—Esas
torpezas son normales en Alfredo —se inmiscuye Coco, quien como buitre aguarda
el momento de atacar—. En un cuaderno llevo anotadas muchas de sus ‘hazañas’,
algunas son de antología...
—¡Cómo
se te ocurre darme el vaso sin siquiera haberlo secado! —continúa ella
mortificada, ejecutando una estocada directa en Alfredo, quien termina
atolondrándose y derrumbándose en un sillón. Las ganas de afanar o participar
en la conversación se le esfuman.
—...Yo
creo en Cristo —le dice Casino a Liz a un costado de Alfredo—. Si en esta
Semana Santa apareciste tú en mi camino, es por un designio divino.
—No seas florero. A cuántas les
dirás lo mismo.
—No todas las Semanas Santas se
aparece un ángel como tú.
—No te acerques tanto...
—¿Por
qué?
—Porque
es peligroso...
—Soy inofensivo.
—Eres
pecaminoso.
—Cristo es mi testigo...
—Todos
ellos también. Nos pueden ver.
—Cierra los ojos y a ellos no los
verás más...
Ver
a Casino besar la boca de Liz llena a los tres amigos de envidia. Patricia,
molesta porque su hermana haya bajado la retaguardia, corta en seco la
conversación que venía sosteniendo con Rodrigo y se retira a ver a Paola.
—Liz,
no te demores mucho. Es tarde y hay que dormir —le dice su hermana antes de
desaparecer de la escena.
—¿Tarde? Pero todavía no son ni las
diez —comenta Rodrigo en un intento infructuoso por retener a Patricia, quien
sube las escaleras sin responder.
Animado
por la pasión que derrochan los besos de Liz y Casino, Alfredo apura de un solo
trago lo que queda de cerveza en su vaso y con nuevos bríos intenta de nuevo
abordar a Mónica.
—...Falta
un par de horas para la medianoche. Pronto las radios pondrán música más
moderna para bailar.
—¡Sí!
—responde cortante la muchacha quien, sin mirar a Alfredo, se pone de pie y se
acerca a Coco, quien le había hecho señas para que se acerque. Éste le hace un
comentario al oído y ella estalla en carcajadas.
“¡Hijo
de puta, ya me atrasaste!”, se lamenta Alfredo y se siente fatal. “Maldita
Leticia, maldita Caludia, ya pueden reírse de mí”.
—¡Se acabó la cerveza! —anuncia
Rodrigo al que no le queda más que ponerse a beber.
—Yo
puse la primera caja —resalta Casino—, espero que mis huéspedes devuelvan la
cortesía.
—Entre
Coco, Alfredo y yo hacemos la chancha para una caja... El problema es dónde la
vamos a comprar.
—La bodega de la esquina debe
seguir abierta —asegura el lugareño.
—La
primera caja fuimos a comprarla Coco y yo —enfatiza Rodrigo—, ahora les toca ir
a ustedes...
No
hay más por discutir. Tras juntar el monto, Casino toma la caja con doce
botellas vacías y con una seña le indica a Alfredo a ponerse en camino. Salen a
la calle y un viento helado los sacude. “Es el otoño que mata al verano”,
piensa el dolido, tomando la caja por una de las asas y enrumbando hacia la
bodega.
—¡Maldita
sea, está cerrada! —exclama Casino mirando su reloj— Sería un milagro encontrar
a esta hora un huarique abierto en Viernes Santo. Sin embargo, vamos a la
plaza, a la bodega de don Juan. Ese viejo en el único Dios que cree es en el
dinero.
Ambos
cargan la caja como si de un ataúd se tratara y caminan calle arriba, apenas
iluminada por los faroles y la poca luz de luna llena que escapa de los gruesos
nubarrones.
—No
se ve ni un alma en las calles —señala Alfredo.
—Todos
se han ido a Pacharra, allá está el movimiento. Pacás es una tumba que asusta.
Ojalá mañana se arregle con la fiesta en La Estancia...
Siguen
caminando. No se percatan que de la oscuridad un perro chusco, de negro pelaje,
en cuya sangre se cruzan todas las razas, los sigue por detrás con mucha
dificultad.
—¿Y
ese perro?
—Como
tantos en Pacás. No tienen dueño y deambulan por las calles, viviendo para
comer y aparearse, hasta que mueren de rabia o atropellados por algún conductor
borracho.
—Éste
se salvó de la muerte y cojea. Una de sus patas traseras le cuelga inutilizada.
—¿Nos sigue todavía?
—Guarda su distancia. Parece que la
calle le ha enseñado a desconfiar de los humanos.
—Pobrecito. Si nos sigue hasta la
bodega de don Juan, haremos nuestro acto misericordioso. Compraremos bizcochos
para el desayuno y le arrojaremos un par...
—Luce
tan esquelético que parece no haber comido en días...
—Así
como tú.
—¿A
qué te refieres?
—Por la forma como intentas abordar
a la chata, se te nota angustiado...
—¡Eso
no es cierto!
—Entonces
intenta acercarte más sereno. Mira, estas cojudas han llegado a Pacás en busca
de pinga y tienen la posibilidad de elegir entre cuatro. Debes tener en cuenta
que son las mujeres quienes deciden con quien se acuestan y no al revés. Si se
hacen un poco las ‘difíciles’ es porque así son las reglas del juego, las que
ingenuamente nos hacen creer que somos ‘conquistadores’ cuando ellas de
antemano han decidido cuándo y cómo hacerlo. Mónica, desde el almuerzo te ha
dado bastante ‘entrada’, pero todavía te falta para que te la puedas agarrar.
Tranquilízate y demuéstrale que ahora que se conocen un poco más, tú eres su
hombre para divertirla y hacerla gozar en esta Semana Santa.
Casino
y Alfredo llegan hasta la bodega de don Juan y ambos exclaman “¡Mierda!” al
unísono al encontrarla cerrada. Pegan la vuelta y la desazón se desvanece
cuando se percatan que el perrito, fielmente, todavía los sigue, mirándolos con
una mezcla de tristeza y dulzura.
—¡Mira! —se alegra Casino— Allí
está la bodega del chino Chung y se ve la luz prendida, vamos a tocar.
Transcurren
dos-tres-cuatro minutos y nadie los atiende. Alfredo se desanima pero Casino
sigue tocando con insistencia. Por fin, una luz del segundo piso se enciende y
un asiático entrado en años, se asoma por la ventana.
—¿Qué
desean? —pregunta con voz dormilona.
—Don
Chung, disculpe la molestia. Estamos celebrando mi cumpleaños y nos hemos
quedado sin cerveza. ¿Nos podría vender una cajita, cigarritos y una bolsa de
bizcochitos para el desayuno de mañana?
—Estas
no ser horas de atención. Mañana abro ocho de la mañana.
—Don
Chung, hablemos como cristianos, véndanos la mercadería con un veinte por
ciento de recargo por la molestia y que no se hable más del asunto.
—Ni
por el cuarenta por ciento, muchachos... Quizá por el cincuenta.
—Don
Chung, los bizcochos son para mi perro —interviene Alfredo señalando al quiltro
que los sigue—, está cojito, está famélico. No permita que el pobre pase hambre
esta noche.
El
perrito levanta la cabeza y a pesar de la obscuridad el chino puede percibir la
pena que transmite su mirar. Sin soportarlo más, se retira de la ventana e
instantes después se escucha el rechinar de sus sayonaras descendiendo por las
escaleras y pueden ver de cerca su rostro amarillento y poblado de vellos
hirsutos cuando abre la ventanita de rejas.
—Tengo
bizcochos, tengo cigarrillos, cerveza no. Turistas chupar mucho en Semana
Santa, como si el mundo se fuera a acabar. Agotaron mi guarnición.
—Véndame
entonces las dos botellas de pisco De los Reyes que tiene allí, dos cajetillas
de Winston y una bolsa de bizcochos...
Despachado
el pedido, los muchachos se despiden de don Chung y prosiguen su camino.
Alfredo abre la bolsa de bizcochos y le arroja uno al can que aún conserva la agilidad
de atraparlo en el aire, mas no lo devora, sigue trotando detrás de ellos,
llevándolo bien aferrado en los colmillos.
—¡Puta
madre!, ahora nos va a seguir hasta mi casa y yo no voy a tener corazón para
botarlo.
—Dame
otro bizcocho. Es comida y como no tiene dos hocicos, se va a detener por los
dos —argumenta Alfredo lanzándole otro bocado, pero esta vez el perro ignora el
regalo y sigue igual de campante—. Mala suerte, creo que tendrás que adoptarlo.
—Si
llegando a la casa no se desvía, tendremos que correrlo a piedrazos.
A
falta de dos cuadras para llegar al domicilio de Casino, el perro se adelanta a
los muchachos con una velocidad insospechada, no propia de un animal con una
pata inútil y se mete en una casa cuyas puertas están abiertas de par en par,
iluminando la calle con la luz que sale de su interior.
—El
perro ya encontró casa, ¡problema resuelto! Vámonos antes de que lo boten a
palazos.
—Eso
me parece bastante cruel —le contradice Alfredo, dejando la caja y asomándose
por la puerta de la casa. Se sorprende cuando se topa con varias personas de
rostro compungido, algunas sentadas, otras de pie, bebiendo anisado o café.
Nota en el fondo a una mujer entrada en años, recibiendo condolencias de parientes,
vecinos y amigos. Se adentra en busca del perro rengo y no lo encuentra.
Levanta la mirada y siente un vuelco en su interior cuando ve un féretro frente
a él, rodeado de cuatro cirios y una muleta apoyada en el pedestal.
—¿Usted
conocía al Cojo Dimas? —le dice un hombre anciano y obeso, haciéndolo palidecer
cuando siente el contacto de sus dedos callosos sobre su hombro— Era un
maleante, pero buen vecino. La policía lo cogió a balazos ayer en el huerto de
Getsemaní.
—Dígame
si puede ser cristiano acribillar a alguien cuando iba a recolectar flores para
la última cena con su madre —se queja otro vecino.
—¡Malditos!
—interviene otro conocido— El Cojo ya había cambiado de vida. Lo mataron por un
ajuste de cuentas. ¡Mafiosos con placa!
—¿Y
el perro? —inquiere Alfredo.
—¿Qué
perro?
—¡Santa semana!; ese perro podría
ser...
—¡Apura
que se nos hace tarde! —le corta Casino cogiéndolo del brazo.
—¿No comprendes? Ese perro era...
—Aquí
en Pacás ocurren esas cosas. Realismo mágico García Márquez le llama. Por cada
alma en pena no nos podemos detener.
—Acaso ese perro era...
—Parece
que sí o tal vez no. Déjalo ahí o perderás la razón.
—Pero,
¿por qué nos ha traído a su casa?
—Él
no nos ha traído, nosotros nos cruzamos en su camino cuando salió a despedirse
de su barrio, antes de marcharse en definitiva.
—¿Tú
crees?
—No importa lo que yo crea. Vámonos
porque la gente ya nos empieza a mirar mal. Nadie aquí es muy ‘santo’ que
digamos.
Alfredo
comprueba que lo que afirma Casino es cierto. Donde pone la mirada encuentra
sujetos hostiles, así que reprime el deseo morboso de acercarse al ataúd para
ver el rostro del difunto y da media vuelta, no sin antes depositar una de las
botellas de pisco en las manos del primero que le dirigió la palabra. “Sin la
ayuda del difunto no la hubiéramos conseguido”. Ya en la calle, echan una veloz
carrera hasta la casa, la caja con botellas vacías la dejan en el patio y al
ingresar a la sala, notan que una nube viscosa de humo de cigarrillo impregna
todo el ambiente y es Rodrigo quien emerge de ella.
—¿A dónde fueron a comprar? ¿A
Pacharra? ¡Se han demorado un huevo!
El
reloj de pared, al costado de la chimenea, marca la medianoche más quince
minutos y Radio Panagra ha retomado su programación habitual. Se escucha la
pegajosa Devil Inside de INXS. Casino
no da explicaciones. Sediento más de la boca de Liz que de alcohol, se abalanza
sobre ella en el sofá. Alfredo busca a Mónica y una gran desazón le invade
cuando la ve en un rincón, jadeando excitada, dejando que Coco le descubra y
mordisquee sus hombros.
—¿Sólo
les alcanzó para una miserable botella de pisco? —se queja Rodrigo.
—Chupa
y no lloriquees —responde sin ánimos de nada. Destapa la botella y toma del
pico un trago largo y más amargo que de costumbre. Una lágrima furiosa amenaza
con escapar de sus retinas.

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