jueves, 26 de marzo de 2015

el cristo de pacharra


Viajar de noche al aire libre, es una oportunidad para ponerse en contacto con la oscuridad, desgarrada a intervalos por el paso de camiones y buses interprovinciales. En la tolva de la ‘Perica’, como el Gordo llama cariñosamente a su vieja Datsun pick-up color roja, van apretujados Nando, Viche, Chabelo, Rodrigo, Carlitos y Tucho. Todos maldicen a Alfredo, el culpable de haber salido tan tarde de la ciudad, quien como si nada viaja en la cabina, junto con el Gordo y Rasputín.
            —Calla, duerme, piensa, queda mucho por andar, la carretera extensa y llueve sin parar...
            —¡Y todavía canta el hijo de puta! —exclama el Gordo— Salimos tarde por su culpa y él sigue fresco como una lechuga.
            —La culpa es mía por confiar en este huevón —se lamenta Rasputín. 
            —Agradézcanme que los haya hecho acordar de visitar las iglesias antes de partir de excursión. Cristo es nuestro copiloto...


            Jueves Santo. Como es costumbre en la ciudad, todos los templos están abiertos de par en par. Doña Elena, la madre de Alfredo, junto con unas amigas, entre ellas la madre de Rasputín, recorren las calles cumplen con el recorrido de estaciones, tradición que consiste en visitar y orar en siete iglesias distintas, emulando las siete caídas de Jesús rumbo al Calvario. Fuera de las muestras de devoción de una feligresía cada vez más descreída, la costumbre sirve como excusa entre las señoras para hacer un poco de vida social, acudiendo muy bien maquillas y emperifolladas, para entregarse a cotorreos que poco tienen que ver con la pasión del Hijo de Dios. 
            —Oye, Alfredo, se nos hace tarde —le dice Rasputín—, ¿no quedamos a las ocho en encontrarnos en la puerta del cine Bijou?
            —Despreocúpate —mira su reloj—, apenas son las siete...
            Rasputín no se queda conforme. Podría jurar que la hora pactada era la siete de la noche, con la idea de llegar a Pacharra lo más temprano posible. Sin embargo, no insiste. Sigue detrás de las señoras con su mochila como equipaje a la espalda.  
            La hora avanza. Las señoras del templo de Santo Domingo, pasan a la Catedral en plena Plaza Mayor.
            —¡Alfredo!, estoy podrido de que las viejas pierdan toda la noche conversando con doña Memé, doña Toña, doña Dorita y doña la gran puta que la parió. Ya no falta nada para las ocho, ¡vámonos ya!
            —No te apures, todavía es temprano. Anda, reza un poquito más.
            —¡Puta madre! ¡De cuándo a acá te volviste tan devoto, maldito hereje! ¿Qué te traes entre manos?
            —Nada. Sólo cumplir con mi viejita como todos los años. Sabes que a ella le encanta hacer este recorrido.
            Si bien Alfredo desempeña esta vez su papel de buen hijo, la posibilidad de toparse por ‘casualidad’ con Caludia, es su motivación principal. Con qué ganas desea recriminarle el plantón que ella le dio, dos días atrás.
            Hace unos cuatro años, cuando todavía eran enamorados, les dieron permiso un Jueves Santo para ver una de esas grandes producciones bíblicas, Quo Vadis?, en la que Peter Ustinov se luce haciendo de Nerón. Esa fue la primera oportunidad en que Alfredo, entre beso y beso, rozó los pechos de su amada, que recién se comenzaban a formar.
            Pasan los minutos y la ira de Alfredo se aminora y da paso al deseo de sólo verla, aunque sea un instante. “Ya pues Jesusito, la Virgen y todos los Santos, si viene, prometo perdonarla. Quiero llevarme su sonrisa a Pacharra”.
            —¡Alfredo! ¡Rasputín! ¿Cómo están?
            Ambos voltean y se encuentran con Gina, la tetona rubilinda, acompañada de Anita, la morena de mirada felina.
            —¡Chicas! ¡Qué gusto de verlas! —dice Rasputín, dando paso al protocolar saludo con beso en la mejilla.
            —¿Qué hacen por acá? —inquiere Anita.
            —Haciendo tiempo para encontrarnos con los demás —responde Rasputín—, nos vamos de campamento a Pacharra.
            —¿Ustedes, supuestamente, no deberían estar allá? —pregunta Alfredo.
            —A ninguna de nosotras nos dieron permiso para ir, así que mañana no nos queda más que ver las películas que siempre pasan por la tele —se lamenta Gina.
            —En tu casa al menos ven televisión. En la mía está prohibida. Sólo se prende la radio para escuchar el sermón de las tres horas —agrega Anita.
            —Oigan, ¿y qué es de Caludia? No la veo desde el concierto de Requiescant en la casa de la china Milly.
            —Su familia es muy devota y están haciendo vigilia al Señor en el templo que tienen en San Pedro —le informa Anita.  
            —¿Pero eso de la ‘vigilia’ no es mañana?
            —No para quienes organizan las rondas. Caludia nos comentó que se había ofrecido de organizadora. Ahorita debe estar con Ramiro Cassinelli y otros jóvenes de su parroquia.
            —¡Chesumadre!
            —¡Alfredo! ¡Respeta que estás en el templo!
            —No se hagan bolas que el dueño de casa, en unas horas, estará muerto. ¡Vámonos, Rasputín, se nos hace tarde!
            Despidiéndose de las chicas con un beso furtivo, los dos jóvenes corren a despedirse de sus progenitoras y del grupo de señoras que las acompañan.
            —Cuídense mucho, hijitos —recomienda doña Elena—. No se separen y anden siempre juntos. Rasputín, tú que eres más responsable, no dejes que Alfredito tome mucho. Ya sabes lo cabeza loca que es tu amigo...
Ambos amigos salen de la Catedral a paso presuroso, rumbo al cine Bijou.
—¡Alfredo! ¡No vayas tan rápido! ¿Acaso no estamos en la hora?
—¡Apúrate y no jodas!
Pasan por el templo San Agustín y se topan con Henry Brown, su profesor de historia, uno de los docentes más queridos y respetados por su cultura e intelecto. Siempre se lo encuentran en el ritual de las siete iglesias de Jueves Santo.
—Hola, muchachos. Falta poco para volvernos a ver. Espero que este año lo aprovechen como es debido.
El profesor tiene la intención de charlar, pero Alfredo hace señas de que van apurados y prosiguen su camino. Sudorosos por la agitación, llegan hasta el Bijou, cine ubicado al costado de la zapatería del Gordo y que como otros, en un tiempo pasaba películas convencionales, pero por la crisis ahora proyecta películas triple equis en su raído ecran. En la puerta, siete amigos aguardan con sus cosas y todos miran enojados a los recién llegados.
—¡Hijos de puta! —estalla el Gordo— ¿No podían demorarse más?
—¿Demorarnos? ¡Pero si estamos puntuales! —se defiende Rasputín, señalando su reloj.
 —¡Quedamos a las siete, huevones! No a las ocho.
—No puede ser, si Alfredo me dijo que...
—Es una estupidez recriminarnos por el tiempo perdido —interrumpe Alfredo—, ¡vámonos de una vez! ¡Las perras nos esperan!
—Pensé que Tucho era el rey de los conchudos, pero hoy lo superaste —le dice Nando a Alfredo.
—¡Apúrense, mierdas! —agrega Viche— Esperar en la puerta de un cine porno es muy malaspectoso, peor en Jueves Santo.
Alfredo lee el aviso que aparece en la cartelera: Por Viernes Santo, cinema-teatro Bijou se complace en presentar: Vida y Milagros de San Martín de Porras (4:00 pm) —¿No es Porres su apellido?, había preguntado Nando hace rato, a lo que Viche aclaró que Porras era el apellido original, pero la Iglesia lo proscribió para beatificarlo, porque ‘porra’ significa ‘verga’— Los Diez Mandamientos (6:00 pm), El Rey de Reyes (10:00 pm), pero a la medianoche, de todas maneras, doble función caliente full XXX: Dame tu semen caliente y El demoledor de Anos.
—Después de todo es Sábado de Gloria —señala Tucho.
—¡Bueno, carajo! Ahora sí ‘trepen’ que ya me voy —dice el Gordo señalando su pick-up.
—¡Alfredo de mierda! —se queja Nando— ¡No seas conchudo! Llegas tarde y encima quieres ir en la cabina.
—Atrás llevan las botellas de ron. ¡Cuídenlas bien! Pueden ustedes en el viaje sacarse la puta madre, pero el trago llega intacto —exclama Rasputín, acomodándose también en la cabina.
—Las vamos a cuidar como si fuera agua bendita... —responde Chabelo destapando una de las botellas.


Transcurre una hora de camino y los seis que van apretujados en la tolva destapan la segunda botella. Han sido cuatro veces las que Tucho, cogiendo firme la gorra que lleva puesta —de la que hace alarde de lo fina y costosa que es—, toca el techo de la cabina, solicitándole al Gordo que se detenga a la vera del camino para mear.
—¡Puta madre! ¿Pueden dejar de chupar? ¡El trago es para todos! —les advierte Rasputín.
—Por supuesto —responde Chabelo bastante mareado—, sólo un poquito más para el frío.
—¡Estamos cagados! Estos cojudos de hecho se van a tirar todo el trago. ¡Pásame un pucho! —le pide el Gordo a Alfredo, quien no para de cantar.
—Curvas, baches, bares. Perros muertos, cinco ya. Y la música que tú, has traído para recordar, a aquella niña que sabe Dios dónde estará...


El viaje continúa. Al pasar cerca de Puerto Banderas, Alfredo piensa en las semanas que pasó con Leticia. “Qué cabrona la vida por no dejar que la relación funcione”. Se pregunta que estará haciendo en esos momentos, en el frío de Ohio, rodeada de gringos insulsos, en el McDonalds de algún centro comercial, comiendo una big mac cuando en Semana Santa no se debe comer carne. En los Estados Unidos todos celebran el nacimiento de Jesucristo, pero pocos su crucifixión. “¿Se tomará al menos la molestia de pensar un poco en mí? O será cierto que de lejos voltear la página es más fácil y un amor de verano manifestado de manera tardía es fácil de desechar. Fue muy estúpido despedirse de Leticia de forma tan poco amistosa. Podría, incluso, haberse tomado una foto del recuerdo en la pérgola de la plazuela, prueba de que ella fue protagonista de un instante memorable.   
—Y mientras tú, estás en casa, donde el tiempo no pasa. Y yo no paro de pensar en ti, sueño con las calles de Madrid. Y los técnicos recogen, todo el mundo se ha ido ya. Ya no quedan ilusiones, sólo cajas que cargar, en un camión que espera para llevarme a otro lugar...
Después de dejar atrás el pueblo de Pacás, la ‘Perica’ se introduce por un camino afirmado, con totorales en ambos lados y llegan a la playa de Pacharra. Han sido tres horas en total de trayecto. Un grupo electrógeno se encarga de iluminar las pocas viviendas. El ronroneo del motor se asemeja a los gruñidos de una bestia adormecida. El Gordo mira su reloj, son más de las once de la noche y se siente cansado. “Espero que tremendo trote haya valido la pena”, se dice mientras conduce por las calles sin asfaltar. Los demás observan a las personas que deambulan alrededor. Todos son jóvenes despreocupados, venidos de distintos puntos del país. Todos con una botella en la mano, riendo y fumando cualquier cosa que cae en sus manos. El olor de la marihuana se torna más denso.
—¡Estaciónate al lado de ese jeep! —exclama Tucho desde la tolva, al ver a un grupo de chiquillas moverse al ritmo de Evil Inside de Inxs.   
—Esas son ‘surferitas’ —deduce Viche—, les hacen caso sólo a los que corren tabla.
—Tan jóvenes, tan rubias y tan inalcanzables... —se lamenta Carlitos.
El Gordo estaciona su vehículo y todos los de la tolva se apean, cada uno más ebrio que el otro, a causa de las dos botellas de ron puro y el viento que ha golpeado sus rostros.
—¿No íbamos a buscar a Coco? —inquiere Rasputín.
—No te preocupes, el alcohol lo va a atraer hacia nosotros —asegura Tucho.
—¡Esa gente! —exclama justamente Iván, el hermano mayor de Coco, tambaleándose de borracho.
—¿No les dije? —sonríe Tucho triunfante.
—¿Por dónde anda tu hermano? —pregunta Carlitos.
—Se metió a una fiesta, en un garaje, abajo en la playa.
—¿Y cómo está la huevada? —indaga Rodrigo.
—Hay sus cueros… pero más ‘movimiento’ hay acá arriba.
—Si Coco no se mueve de allá abajo es porque seguro le está yendo bien, rodeado de culos —razona Carlitos y anima a todo el grupo a dejar sus mochilas dentro de la cabina de la ‘Perica’ y descender por un acantilado, en fila india, guiados por el mayor de los Caligari.   
—¡Pisen bien! Las piedras están filosas. No se vayan a sacar la mier... ¡Aaaay!
—Ya se cortó la pata el Nando —informa Viche. 
—¡Qué no joda y que siga caminando! —lo guapea Rodrigo.
Ya a ras de la arena, el grupo se dirige hacia la única casa iluminada en donde un grueso número de muchachos pugna por entrar. El propietario de la casa, un pescador de recia contextura, controla el ingreso de quienes sólo han pagado su entrada.   
—Por favor, don Agustín, déjeme pasar. Busco a mi hermana —le solicita un joven, vecino de Pacharra.
—¡Tu hermana aquí no está! Anda búscala en la playa —exclama el pescador y todos los presentes estallan en risas maliciosas.
—Se ve que hay su ‘gentita’. Creo que podemos arriesgarnos a pagar —razona Viche.
—¿Y si nos ensartamos? —arguye Nando— Nos quedamos sin fondos para ir a otros locales en toda la noche...
—¡Denme a mí la plata! —solicita Tucho estirando la mano— Yo negocio para que nos rebajen el precio y nos sobre p’a las chelas.
Todos aceptan a regañadientes. “Seguro este hijo de puta se las arregla para no pagar entrada”, es lo que piensa más de uno y efectivamente, eso es lo que sucede, pero también es cierto que al igual que en otras oportunidades, ha conseguido que el grupo ingrese a una fiesta pagando menos.
Dan una mirada alrededor y constatan con desilusión que la vista desde la puerta los ha engañado. En el ambiente hay pocas mujeres, y de ellas poquísimas son pasables. La mayoría son hombres, casi todos de Pacás o Pacharra. La disputa para bailar los temas de los Latin Brothers o del Gran Combo es bastante reñida. Para colmo de males, la cerveza se vende al tiempo porque el hielo se ha agotado.
—¡Puta!; pensé que ya no venían —los recibe Coco, bastante empilado.   
—Y también ya estamos de salida —le responde Rodrigo bastante arrepentido.
—¡Este es Casino, mi amigazo! —les dice Coco presentándoles a un muchacho de frente amplia y ojos achinados—, le dicen ‘Casino’ por el de Los Comandos de Garrison. ¿Se acuerdan de Los Comandos de Garrison?
—Oye, Coco... te ves bien para ser portador del síndrome de inmunodeficiencia adquirida —bromea el Gordo con malicia.
—Seguro que ya te llegó el rumor —dice Coco mirando a Alfredo.
—Sí; bienvenido a la fraternidad de los sidosos.
—No voy a perder mi tiempo intentando convencerlos. Estoy sano. Yo no tengo sida.
—Eso veremos cuando te hagas la prueba de Elisa —señala Rodrigo—, mientras tanto chupas con diferente vaso. 


De ser la medianoche, rápido cae la una, las dos, las tres de la mañana. Rodrigo, Viche, Rasputín, Carlitos y el Gordo no la pasan muy bien. En cierta forma les incomodan los nuevos amigos de Coco, todos llegados de Pacás, cuyos temas de conversación giran en surf, playa y marihuana.
—¿Desean fumar un poco de grifa? —les ofrece un muchacho moreno que físicamente les recuerda a Gonzo del Show de los Muppets.
Rodrigo, quien acaba salir del baño tras jalar su tercera línea de cocaína, se niega con el habitual desprecio que sienten los coqueros contra los fumones.
—Probar de todo de vez en cuando no es tan malo —acepta Nando y fuma por primera vez en su vida un troncho de marihuana.
            —¡Buena, «Humo» Valdez! «Humo» Valdez! —lo bautiza Carlitos y todos estallan en carcajadas. Todos comienzan a decirle ‘«Humo» Valdez’ y Nando no puede replicar, también lanza una risotada.
—¡Vámonos, carajo! —exclama Viche, amargo y sin ningún interés de intimar con los pacasinos— ¡Debería caer la Policía, el Ejército, la DEA y meterles bala a todos estos fumones. 
—No le ofrezcan hierba a Chabelo —recomienda el Gordo—, borracho como está, se va a pasar de vueltas.
Sin embargo, Chabelo no hace caso; fuma y fuma mucho, hasta caer derrumbado en medio del grupo.
—¡Mejor! ¡Así se deja de joder! —sentencia Carlitos.
—¿Y Tucho, por dónde anda? —inquiere Viche. Tras una rápida inspección ocular nadie lo ve por el lugar.  
—No se preocupen —dice Coco al llegar con dos botellas en la mano—, ya aparecerá.
A las tres y media de la mañana, apenas termina de sonar Todo Empezó de Eddie Santiago, el propietario de la vivienda desconecta abruptamente el grupo electrógeno apagando la música y dejando todo a oscuras. El abucheo es general.
—Muchachos, váyanse a descansar —exclama el viejo pescador halando a un pollino de las riendas—, aquí duerme mi burro y debe descansar. Mañana tiene que trabajar. 
—La fiesta se acaba porque un burro tiene que jatear. ¡En dónde estamos! —exclama Rodrigo.
—En Pacharra —le responde un pacasino.
Lentamente todos los asistentes a la fiesta suben por el acantilado. Carlitos y el Gordo tienen el trabajo de cargar a Chabelo quien balbucea incoherencias.
—...Vosotros lo habéis visto, yo no os engaño. ¡La maldad se ha posado sobre la tierra! ¡Nadie se acuerda hoy de orar y reflexionar! Nadie se arrepiente de sus actos. ¡La nueva Sodoma se ha instalado! Las fechas sacras son excusa de vicio y fornicación...
—¡Carajo! ¡No hables pichuladas! —le pide el Gordo— Nos haces más difícil el ascenso.
En la cima del acantilado, la gente sigue en juerga.
—Es temprano. ¡Vamos a seguir chupando! —les anima Coco.
—¡Miren allí! —les avisa Carlitos— ¡Están que golpean a Tucho!
Todos voltean y constatan que un grupo de lugareños empuja a Tucho de un lado a otro dentro de un círculo, pero éste no se amilana y sigue vociferando.
—¡Mi gorra, carajo! ¡Devuélvanme mi gorra!
—Mucho tiempo había pasado sin que se armara una pelea —dice Casino.
—¿A qué te refieres? —pregunta Alfredo.
—Los pacharreños se vuelven pleitistas cuando viene gente de afuera a su playa. Al menor motivo buscan camorra.
—Y uno se imagina que más al Norte vas a encontrarte con gente hospitalaria —comenta Viche.
—A nosotros los pacasinos nos odian —continúa Casino—, y en el fondo los entiendo. Siempre que llegamos nos levantamos a sus mujeres.
A sabiendas de que Tucho cuando está con un par de tragos encima, es adicto a buscar pelea, Viche y Carlitos, como tantas veces, tienen que interponerse entre Tucho y quienes lo vapulean para evitar que lo masacren.
—¡Dejen a nuestro amigo en paz! —exige Carlitos.
—¡Tranquilos! —Viche pide calma con las manos—, no queremos problemas... ¿Qué pasa, Tucho?
—¡Estos hijos de perra me han robado mi gorra! ¡Vamos a sacarles la mierda! ¡Mi gorra! ¡Con el logo de Billabong bordado! ¡Mi hermana Cheni me la trajo de Panamá!
—¡Estás borracho, huevón! —dice uno de los pacharreños— Se te debió caer cuando subías el acantilado.
—¡Borracha la tengo a tu madre, cabrón! ¡Colgando de mis bolas! —exclama Tucho envalentonado por hallarse rodeado de sus amigos, así que se lanza contra el pacharreño y le impacta dos puñetazos en la cara.
De ahí nada faltó para que se desencadenase una gresca descomunal. Viche revienta a otro de los pacharreños a patadas. Carlitos desploma a otro de un cabezazo. Alfredo y un flaco con cara de ladronzuelo, caen tomados mutuamente del cuello, rodando por el filo del acantilado. Rasputín también se revuelca con otro. Nando toma impulso para patear a alguien, no calcula bien y se pasa de largo, cayendo de bruces al suelo. No se vuelve a levantar. Los muchachos de Pacás gustosos se involucran, azuzados por la rivalidad pueblerina que los desune con los de Pacharra. Coco hace sentir la contundencia de sus puños al derribar a dos lugareños, colisionando las cabezas de ambos.
—¡Esta bronca es estúpida! —le dice Rodrigo al Gordo, mirando las acciones de lejos— Llevemos a Chabelo al carro para que descanse.
A medida que los golpes se suceden, Alfredo, con un labio reventado por un certero puñetazo, levanta la cabeza y con estupor constata al ver a su alrededor que los pacharreños se multiplican en progresión geométrica. Cada vez llegan más y más para inmiscuirse en la pelea.
            —¡Así son estos hijos de puta! —advierte Casino— Empiezan a bronquearse cuatro y de la nada aparecen veinticuatro.
            —¡Péguense espalda con espalda y repartan! —ordena Carlitos quien luce con los párpados hinchados.
—¡Sigan dando patadas! —exclama Rasputín, sangrando profusamente de la cabeza tras ser golpeado con un palo que no lo consigue derribar.
Ver al amigo emanando sangre es la constatación de que los pacharreños se han armado con palos, piedras y otros objetos punzocortantes. Eso obliga a que por un momento se dé una tregua.
—¿Qué les pasa? ¡Ahora se cagan de miedo! —se burla un pacharreño.
—¡Está bien! —intenta Carlitos apaciguar— ¡Ya nos sacaron la puta madre! Nos vamos tranquilos a Pacás.
—¡Huevón! —exclama el mismo pacharreño— ¡Acá la bronca se acaba cuando te arranque la cabeza y la use como carnada para tiburones!
Esas palabras significan un grito de guerra y los lugareños arremeten con todo. Alfredo es el primero en caer derribado. Se cubre la cabeza como puede ante la lluvia de palazos. Luego cae Viche. Tucho y Coco son acorralados entre ocho detrás de un quiosco. Nando continúa en el suelo. Recoge sus piernas y se encoge hasta tomar la forma de un tajador. 
—¡Basta ya! —interviene un viejo pescador, acompañado de dos pescadores de su misma edad, tomando a uno de los agresores por la espalda.
—¡Pero, papá! ¡Ellos nos buscaron! ¡Vinieron acá y nos insultaron!
—Estos faltosos ya recibieron su merecido —prosigue el pescador—. ¿Qué buscan ahora? ¿Matarlos y que todo el pueblo cargue con el crimen? No somos abusivos y mucho menos asesinos. Ellos ya entendieron que nosotros los pacharreños sabemos defender nuestro suelo. Así que déjenlos marchar.
—Pero papá, déjanos darles, aunque sea, una patadita más.
—¡Váyanse! —les dice el pescador a Casino y sus amigos de Pacás— Si al amanecer ustedes siguen por acá, no doy garantías por sus vidas.
Tras esa advertencia, los pacharreños comienzan a disiparse y los amigos a reponerse.
—¿Estás bien? —le dice Viche a Alfredo, ofreciendo su mano para que se levante.
—¡Vámonos! ¡Qué se vaya Pacharra a la mierda!
            —Llevemos a Rasputín a una posta médica —sugiere Carlitos, moviendo la mandíbula de un lado a otro para constatar que todo se encuentra en su lugar.
            —¡Carajo, no se rindan! ¡Yo los corto! ¡Los corto! —arenga el terco de Coco, luchando por sacar la navaja de su pequeño cortaúñas.
            Más allá, uno de los pacharreños saca debajo de su camisa floreada, la gorra Billabong que Tucho reclamaba y la agita en el aire, llamando la atención de su antiguo propietario.
—¡Hijo de puta! ¡Mi gorra! ¡No seas ladrón, devuélvemela!
Tucho va decidido a sacarse la mierda con todo el pueblo, pero Casino y dos pacasinos le cierran el paso.
—¡Vas allá y te peleas tú solo! Ninguno de nosotros va a pelear de nuevo...
—¡Me llega al pincho! ¡Mi hermano John es policía! ¡Me pasa algo y se cagan!
—¿Y de qué carajo te va a servir que tu hermano John sea Robocop o el Ministro del Interior si al final te matan?
—¡A mí me pasa algo y ellos se cagan! ¡Yo soy Tucho Salas!, hermano de John Salas... ¡Y John Salas es la cagada!
—¿Quién diablos es John Salas? —le pregunta Casino a Alfredo.
—¡Olvídalo! —responde Alfredo cogiendo a Tucho de los hombros— Bueno, ahora sí déjate de huevadas. ¡Nos regresamos a casa porque si no nos cachan!
—¡Vamos a traerlo al John! ¡Él los va a cagar!
—John está lejísimos, huevón, y el hijo de puta ese ya desapareció con tu gorra.
—¡Vamos a buscarlo!
—No seas imbécil, yo no quiero morir joven y creo que tú tampoco.
—Por favor, vamos a recuperar mi gorra Billabong —pide Tucho al mismo tiempo que se deja llevar por Alfredo del brazo—. La gorra es la cagadita. Las letras son bordadas. Cheni me la trajo de Panamá...
Al llegar hasta la ‘Perica’, todos con ganas de increparle a Rodrigo y al Gordo su eterna cobardía, encuentran a este último maldiciendo hasta el séptimo cielo.
—¡Me cagaron, puta madre, me cagaron! ¡Miren lo que han hecho con la pintura de la mionca! ¡Unos hijos de puta la han rayado! ¡Me la han hecho mierda!
—Más que con unas llaves, parece que lo hubiesen hecho con punta de cuchilla —deduce Carlitos, palpando la superficie.
—¡Y ahora qué hago! ¡Mi viejo me va a sacar la puta madre!
—¡Merecido te lo tienes por cabrón! —subraya Tucho— Ahora sí, vámonos. Quiero regresar a primera hora con John para cagar a esos hijos de perra...
—¡Vamos a una posta médica! —exclama Viche— ¡Rasputín está perdiendo mucha sangre!
            —¡Ayúdenme a subir a Chabelo! —solicita Rodrigo— Entre el Gordo y yo lo hemos querido levantar y no pudimos. Es peso ‘muerto’.
            —Ojalá que algún día te saquen la mierda —le dice Coco a Rodrigo mientras trepa en la tolva—, recuerda que ese día, así estemos todos, ninguno saltará por ti.  
            —¿Te vas con nosotros? —le pregunta Nando a Coco.
            —Sí; me regreso a la ciudad. Qué Pacharra se vaya al carajo.
            —¿No le vas a decir nada a tu hermano? —insiste Nando.
            —Debe estar borracho por cualquier parte. Si luego se preocupa o no por mí, es problema suyo, no mío.
            —Oye, despierta, regresamos a casa... —sacude Alfredo a Chabelo, intentando que vuelva en sí. 
            De repente el beodo abre los ojos y se pone de pie. Como si se tratase de un poseso, hace a Alfredo a un lado y se echa a correr, como impulsado por un resorte, rumbo al mirador de Pacharra.
            —¡Soy Jesucristo! ¡Soy Jesucristo! —grita de manera desaforada.
            —¡Puta madre! ¡Agárrenlo antes de que comenta alguna idiotez! —exclama el Gordo.
            Pero a nadie parece importarle. Viche y Carlitos intentan con un polo controlar la sangre que emana de la cabeza de Rasputín. Nando argumenta que han sido muchas emociones para una sola noche y se mete en la cabina de la ‘Perica’ de donde asegura “no lo saca nadie”. Tucho insiste en mentar a su hermano John para recuperar su gorra perdida. Sólo Alfredo, Coco y Rodrigo intentan atajar a Chabelo.
            —¡Mirad, mujeres de Magdala! Tomad de mi cuerpo, bebed de éste, mi capullo de carne... —exclama el improvisado profeta, bajándose la bragueta del pantalón y mostrando sus vergüenzas con todo el que se cruza.
            —¡Chabelo! ¡Déjate de huevadas! ¡Te van a sacar la puta madre! —le advierte Rodrigo intentando asirlo del brazo.
            Mas Chabelo no se deja coger por sus amigos y de nuevo se echa a correr, csi tambaleándose, cuesta arriba.
            —¡Malditos ‘fariseos’! Dejadme entrar a mi templo —exclama sacudiendo su miembro, orinando a chisguetazos sin detener su marcha— Hijos míos, ¡esta es mi sangre! ¡Beban! ¡Beban la sangre de Cristo!    
Algunos de los que reparan en Chabelo sonríen ante sus disparates, pero otros, como un gordo grandote de la capital, sintiéndose afectado en su credo, está dispuesto a moler a golpes al blasfemo. “No seas abusivo, está ‘drogado’. Mañana si quieres le pegas cuando lo encuentres por ahí tirado”, lo contiene su enamorada.
Chabelo termina de mear pero nada de dejar de exhibir su colgajo de carne. Se detiene cuando ve a una señora, iluminada por una lámpara de querosene, detrás de una parrilla donde cocina brochetas de corazón, pancita y molleja.
            —¡Señora! ¡En Semana Santa no se come carne!
            —Eso es el viernes, a partir de las nueve de la mañana, cuando comienza el suplicio de nuestro Señor —arguye la brochetera.
            —¡Usted con tal de ganar dinero vendería su alma! Vosotros profanan ‘mi’ Semana Santa al igual que los mercaderes profanaban el Templo de Jerusalén. ¡No le importa que a Cristo “se lo coman”! —le dice sacudiendo su miembro cerca a la parrilla— ¡Cocine mi pinga, señora! ¡Cocine mis huevos! ¡Esta es la carne de Cristo!
            El miembro de Chabelo queda cerca del fierro hirviente, ante la sorpresa y el horror de la brochetera. Cuando su prepucio comienza a enrojecer, llega Alfredo y embiste a su amigo, haciéndolo caer de manera aparatosa.  
            —¡Qué hacéis, profano!
—¡Cómo qué hago! ¡Te acabo de salvar la verga, tarado!
Entre Alfredo, Coco, Rodrigo y el Gordo quien se les ha unido, toman al ‘Cristo informal’ de sus extremidades y casi ‘crucificado’ como aspa —al igual que San Andrés— es conducido hacia su Gólgota, en este caso la tolva de la pick-up.
—¡Qué hacéis! ¡Regresa su Redentor y me volvéis a crucificar! ¡Os haré hervir en el Averno! Vosotros profanan. ‘Mi’ propia Iglesia, que tantos crímenes ha cometido en mi nombre, también me persigue porque hoy todavía Cristo es revolucionario, Cristo es peligroso...


Depositado como saco de estiércol en la tolva, el Gordo sube a la ‘Perica’ y jura que no va a regresar nunca más a Pacharra al poner el motor en marcha.
—¡Cambien de cara que no se ha muerto nadie! —les dice Casino acomodado entre todos.  
—Me han robado mi gorra, la Billabong, de letras bordadas, ¿con qué cara quieres que esté? —se lamenta Tucho.
—¿Y qué diablos pasó contigo? —le pregunta Carlitos a Tucho— Te saliste de la fiesta y luego te encontramos a punto de que te saquen la mierda.
—Nada, huevas. Le metí letra a una flaca mientras hacía cola en el baño. Me dijo que la acompañara arriba y atraqué. Estaba a punto de agarrármela cuando saltó su enamorado y de ahí sus amigos me quitaron mi gorra, ¡mi gorra! Esperen que le cuente a John. ¡Mañana venimos y los cagamos!
—¿Qué planes tienen para lo que resta de Semana Santa? —Casino les cambia de tema.
—Levantarme temprano —vislumbra Viche—, escuchar el sermón de las tres horas por la radio y esperar que mi papá prepare cebiche y pescado arrebosado.
—Parecen monjas de claustro —se mofa Casino—. Para los que quieran, mi casa en Pacás está a disposición. Mis viejos han viajado, así que está a completa disposición. ¿Qué opinan?
La mayoría de ellos rechaza el ofrecimiento. “Ben-Hur es un buen motivo para quedarme viendo televisión en casa”, piensa Carlitos al momento que el carro del Gordo circula por las calles despobladas de Pacás, casi a las cinco de la mañana. Se escucha una voz alcohólica que dice “¡Bajan!” para que se queden los que quieren prolongar la juerga.
El vehículo se detiene cerca de la Plaza Mayor y de la tolva se apean Coco, Alfredo, Casino y Rodrigo, quien no tiene intenciones de pasarla en casa, escuchando música satánica, mientras su madre y hermana mayor rezan el rosario. Camino a la casa de Casino, Alfredo observa la infraestructura del centro de Pacás, conformado por solares extensos y republicanos como los del centro de su ciudad. Ese pueblo vivió tiempos de esplendor y jolgorio que llegaron a su fin con el cooperativismo y la reforma agraria. Ahora la gloria de los tiempos idos se cae a pedazos por la pobreza y el descuido.
La casa de Casino es más bien moderna. El patio luce finos azulejos españoles y amplias ventanas con lunas polarizadas en la segunda planta. De la refrigeradora de la cocina, el anfitrión extrae un pack con seis latas de cerveza para el último brindis de la noche y hace subir a sus invitados al segundo nivel.
—Esta es mi habitación, mi santuario, por eso no la comparto. La de allá es de mis viejos. La del costado era de mi hermano Martín, convertida en cuarto de huéspedes desde que se casó. Al fondo está el cuarto de mi hermano Manuel, quien ha viajado a Lamas. Vean ustedes dónde quieren dormir.   
—Ya amanece y hay que jatear un poco —aconseja Coco tras acabar de un tirón su lata de cerveza—, ya más tarde vemos qué hacemos.
—Déjalo a Coco que jatee solo en el otro cuarto. Recuerda que porta el VIH —le dice Rodrigo a Alfredo en el oído.
—Yo tampoco tengo ganas de tomar —dice Casino, botando lo que le resta de cerveza en el inodoro—. Mañana les paso la voz temprano.
Una vez que Casino se mete en su dormitorio, Coco se instala en el cuarto de huéspedes y Alfredo y Rodrigo del cuarto del otro hermano.
—Si jatean en la misma cama, nada de mariconadas. Duerman boca arriba cuidando la ‘retaguardia’ —se mofa Coco.
“¡Calla, sidoso de mierda!”, piensa, pero no lo dice, Rodrigo, instalándose en la alcoba designada, provista de ropero, escritorio, paredes llenas de afiches de pistolas y rifles de grueso cañón y una cama de plaza y media.
—Menos mal la cama es grande —comenta Rodrigo—, pero igual me llega al pincho dormir con tu cabeza al lado. Así que toma esta almohada y jatea con la cabeza a los pies.
—Me parece bien, pero primero nos lavamos las patas en el ñoba.
—Yo, por si acaso, siempre me echo talco para los pies.
—Yo también, pero mejor es prevenir que lamentar. Es horrible dormir oliendo la ‘perra’ de otro.
Tras lavarse y traer a colación la bíblica escena donde la Magdalena le lava los pies y perfuma los pies de Jesucristo, Rodrigo se echa en la cama y enciende la radio que yace encima de una repisa, porque si no se arrulla con la música no consigue dormir. Alfredo no encuentra inconvenientes porque le agrada la programación radial de Semana Santa, la única vez en el año que las radioemisoras no incluyen tandas publicitarias y seleccionan buenas canciones que difícilmente serían irradiadas en días ‘normales’.

Tras pasar de largo a dos radios de propaganda evangélica, Rodrigo detiene el dial en Radio Panagra —junto con Radio Noticias las únicas que se escuchan en cadena a nivel nacional— y la cuña radial a cargo de la voz inconfundible de Iván Mercado, locutor oficial de la estación, dice: “Semana Santa en Radio Panagra, música para reflexionar” y a continuación se escucha la versión cantada del viejo Ludwig Van Beethoven a cargo de Miguel Ríos: “Escucha, hermano, la canción de la alegría, el canto amado del que espera un nuevo día...” Las mismas notas que incitan a la violencia en La Naranja Mecánica, piensa Alfredo antes de conciliar un sueño sereno, como deben dormir los que no saben de pecados. 

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